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Almas gemelas





Hoy me desplazo a la capital de España para ver el encuentro entre los Boston Celtics y el Real Madrid, reedición de aquel otro que enfrentara a ambos equipos en 1988, cuando Petrovic aún correteaba por las canchas anotándola desde todos lados y cuando Larry aún vestía de verde. Y, aunque parafraseando a Rick Pitino, Larry Bird no va a cruzar la puerta del Palacio esta noche (“Larry Bird no va a entrar por esa puerta” confesó el técnico para rebajar el grado de expectativas de los periodistas), el enfrentamiento entre las dos marcas baloncestísticas más laureadas de la historia de este deporte tiene siempre un significado especial.

Diecisiete anillos y nueve Copas de Europa definen el principal paralelismo entre ambos conjuntos. La persecución obsesiva de la victoria es una seña de identidad compartida. Tanto Boston Celtics como Real Madrid se alimentan únicamente de gloria. Su principal combustible es un pasado que imprime carácter y exige resultados. Nombres como Emiliano Rodríguez, Clifford Luyk, Wayne Brabender, Juan Antonio Corbalán, Drazen Petrovic o Arvydas Sabonis inspiran y responsabilizan a las nuevas generaciones de madridistas del mismo modo en que lo hacen los de Bob Cousy, John Havlicek, Dave Cowens, Kevin McHale, Larry Bird, Paul Pierce y, por supuesto, Bill Russell con los nuevos pupilos célticos.

Ambos clubes, además de grandes nombres y triunfos, comparten el paralelismo evidente y a dos entre la pareja que formaron Raimundo Saporta y Pedro Ferrándiz en Madrid con la inseparable, hasta la muerte del primero, entre Walter Brown, primer propietario de los Celtics y Red Auerbach, el más grande pionero que ha conocido el deporte de la canasta. La apuesta de Raimundo Saporta y Walter Brown por dos entrenadores como Ferrándiz y Auerbach redundó en los dos períodos de mayor éxito concentrado que un equipo, cada cual en su orilla del Atlántico, haya conocido.

Sin embargo, a fecha de hoy, los caminos se hallan separados. El Real Madrid atraviesa una época dorada claramente ligada, una vez más, con una afortunada elección de cuerpo técnico. Gracias a Pablo Laso y a unos cuantos sabios movimientos en el mercado de fichajes, el Real Madrid ha conseguido disputar tres veces consecutivas la final de la Euroliga cosechando, finalmente, el último de estos campeonatos. Las normas relativas a los salarios y a los traspasos generan inercias mucho más poderosas en la NBA. De ahí que los períodos de transición sean más largos en la mejor liga del mundo, donde el poderoso caballero no lo es tanto. De ahí que los Celtics, aunque circulen por el camino correcto con la elección de Brad Stevens, aún deban esperar para reverdecer viejos tréboles.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

El baloncesto total





Hablar de fútbol total supone hacerlo de aquel Ajax de comienzos de los 70 entrenado por Rinus Michels y capitaneado, futbolísticamente hablando, por Johan Cruyff y su tocayo Neskeens. Al fútbol ofensivo que ya habían practicado en un pasado más o menos reciente el Madrid de las Copas de Europa y el Brasil de los tres mundiales, (58, 62 y70) los holandeses añadieron la presión en el campo rival, el adelantamiento de la línea defensiva y una versatilidad, hasta entonces desconocida, que hacía que el dibujo táctico fuera lo de menos en la medida en que todos los jugadores podían hacer de todo. En aquel equipo, y también en la Holanda del Mundial de 1974, todo el mundo defendía y todo el mundo atacaba. A ese fútbol que mezclaba el vértigo ofensivo con la disciplina en la recuperación, Guardiola simplemente le añadió el cuidado del balón, el sosiego y la tranquilidad que ofrece el estar en posesión de la pelota. Y entonces vimos al mejor Barça y, tal vez, al mejor equipo de fútbol de la historia.



En el baloncesto, cualquier referencia pasada nos conduce a los Celtics de los 60, al mejor equipo que ha conocido el deporte sin distinción de disciplina. Aquellos Celtics practicaban posesiones cortas, trasladaban el balón en un pestañeo a la pista delantera con una precisión asombrosa de pase y no dudaban a la hora de materializar una ocasión de lanzamiento. Contaban con la garantía de que Russell correría una y otra vez la cancha por el carril central para cargar como un poseso el rebote ofensivo, controlar el defensivo o candar el propio aro. Ya en 1961, en el que sería su tercer título consecutivo, los chicos entrenados por Red Auerbach lanzaron 118 veces por encuentro. Su mejor porcentaje, a lo largo de los once anillos cosechados durante la era Russell no llegó al 43 por ciento. Aun así, aquella fórmula alocada que pudiera parecer suicida, derivó en una sucesión de éxitos. A Wilt Chamberlain, el llamado a dominar aquella época, solo le quedó darles la mano una vez tras otra y con la lengua fuera, a sus enemigos deportivos.



Casi medio siglo después, en uno y otro lado del Atlántico, dos equipos que imponen un ritmo ofensivo acelerado han dominado la competición. Golden State Warriors lideró la liga en número de posesiones por encuentro siendo, curiosamente, un equipo mediocre en las tasas de rebote ofensivo (21º) y defensivo (18º). El mérito residió, además, en liderar la liga también en el “effective field goal percentage” y en compartir el balón con gusto y generosidad (2º en porcentaje de tiros anotados tras asistencia detrás de Atlanta). Su defensa fue la segunda mejor a la hora de provocar malos porcentajes en los rivales y la sexta forzando pérdidas que después materializarían en contraataques.

Un patrón semejante empleó el Real Madrid en Europa, siendo el equipo que más asistencias dio por partido en la Euroliga, el cuarto forzando pérdidas y el que más tiros lanzó (65 por partido, 25 de ellos triples). La versión más exitosa del Madrid bajó un poco el ritmo e incrementó los porcentajes. Redujo un tanto la espectacularidad y reforzó los mecanismos del “otro basket” para ser más eficiente en los momentos decisivos de las finales. El estilo estaba. Faltaba Nocioni.

Las victorias de Golden State Warriors y Real Madrid nos dejaron unas cuantas enseñanzas.

1. La importancia de la preparación física y las rotaciones. Para poder jugar a tantas posesiones sin ver reducida la eficacia ofensiva y la agresividad defensiva, es importante contar con una plantilla amplia, gestionarla bien y tenerla bien preparada físicamente. Las rotaciones de Kerr y Laso consiguieron que todos los miembros de la plantilla estuvieran involucradas al tiempo que permitieron que los jugadores llamados a decidir en los partidos importantes llegaran con las piernas frescas.

2. La línea de tres. El Real Madrid fue el segundo mejor equipo en porcentaje de tiros de tres anotados en Euroliga y ACB. Los Warriors rozaron el cuarenta por ciento siendo el equipo con el mejor porcentaje de la NBA. El tiro de media distancia pierde valor con el tiempo. El lanzamiento de tres, además de permitir a los equipos sumar con mayor rapidez, se convierte en una amenaza que obliga a las defensas a desguarnecer la zona. La figura del tirador, un tanto apagada en el pasado, ha recobrado su proverbial valor. Thompson y Carroll, con su sola presencia en la cancha, ensanchan la pista y multiplican el tiempo.



3. La difícil tesitura para el cinco clásico. Draymond Green y Marcus Slaughter; Andrés Nocioni y Andre Iguodala fueron los ganadores entre los ganadores. Falsos cuatros. Dos metros pelados al servicio de la intendencia y con un corazón enorme. Con piernas para defender a pequeños tras el cambio en el bloqueo y con piernas, también, para correr la pista, taponar lanzamientos y enardecer a la grada. Perdieron, en cambio, Tomic y Bogut. El primero sumó en ataque menos de lo que restó en defensa y en el rebote. El segundo, pese a estar muy implicado en las labores de basurero que Kerr le había encargado, tuvo que sacrificarse y ver desde el banquillo como un quinteto sin ningún jugador con más de dos metros ganaba el anillo. Esta noche, sin embargo, dos pívots, Karl-Anthony Towns y Jahlil Okakor, han sido elegidos en las tres primeras posiciones del draft. Les esperan largas jornadas de trabajo para mejorar su lateralidad, su coordinación de pies y su resistencia para correr la cancha. De lo contrario, lo tendrán difícil para hacerse con un hueco en los minutos decisivos de los partidos.

4. La redefinición del base. El base actual juega el bloqueo pensando primero en anotar y luego en asistir. El base actual sale de los indirectos como un escolta y sabe jugar sin balón. El base actual debe ser capaz de generarse su propio lanzamiento. El prototipo de base actual es Stephen Curry y Sergio Rodríguez y Sergio Llull, aunque diferentes entre sí y respecto al modelo, dos buenos aprendices.

5. El basket total. Atravesamos una fase de transición. El baloncesto ha dejado de reclamar especialistas y reclama polivalencia. Los equipos, por su parte, son maquinarias perfectamente engrasadas en las que el caos luce ordenado. Los entrenadores apuestan por multiplicar sus opciones de anotar utilizando la línea de tres e incrementando el número de posesiones. La defensa, aun siendo fundamental, se ha convertido, al igual que en la Holanda de los 70, el Milán a caballo entre los 80 y los 90 y el Barça de Guardiola, en una herramienta al servicio del ataque, al servicio de un baloncesto total.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Saber esperar





Tendrás que esperar, Pablo. No creció esta hiedra que ahora tupe la tapia que tienes enfrente en una tarde. No se formó aquella luna –a la que en ocasiones te sorprendo mirando en las noches de verano– en un súbito desvelo. Querido amigo, te he concedido un largo viaje no sin confiarte generosas alforjas. Pero tendrás que esperar para conocer su último destino, y ser paciente.

Deberás madrugar cada jornada aun cuando los témpanos de hielo te impidan abrir las ventanas y aun cuando los gatos no hayan emprendido aún su retirada. Deberás programar cada mesociclo y microciclo con el mismo mimo con el que envuelves bajo las sábanas a tus hijos. Deberás implementar en cada sesión un nuevo incentivo con el que motivar a tus jugadores, aunque también les hayas dicho esto mismo que te estoy contando; que sean pacientes, que no caducan los billetes de este metro en el que decidisteis montaros. Pero son jóvenes, Pablo, y tienen prisa.

Sé que esto te duele especialmente, pero habrás de despedirte de buenos amigos, incluso de aquellos con los que un día firmaras un pacto de sangre. “Siempre juntos”, os dijisteis, pero ambos sabiáis que no podría ser, que la vida es una despedida a plazos que no terminan nunca de amortizarse (o que se amortizan en el momento que dejas de ser consciente de ello). A cambio conocerás a nuevas personas que te enseñarán diferentes puntos de vista. No, no te preocupes, no te cambiarán. Seguirás siendo ese chaval humilde que empezó a jugar en los patios de Vitoria. No, no, de verdad que no. Seguirás haciendo jugar a tus equipos con velocidad y siempre con una sonrisa en el rostro. Pero, por favor, escúchalos. Quizá puedan explicarte por qué te vas a quedar, en más de una ocasión, sobre el sinuoso borde que separa el grito victorioso del lamento que acompaña a una dolorosa derrota.

Conocerás otras personas, en cambio, que te enseñarán la puerta de salida y deberás decir inmediatamente que no, que de tu mente siguen saliendo ideas a borbotones y que aún mantienes las ganas de coger la mochila cada mañana y sentarte en el pupitre. Otros, además, te acusarán de perdedor. Son los voceros de la envidia y el desprecio. Reconócelos, junto a los anteriores, como miembros de esa clase de gente que enviaba a la hoguera a los genios por su propia ignorancia. Y sigue adelante.

Acepta, también, que la redención se fabrica con mucho esfuerzo y pocos resultados (aparentes). Comprende que tras años deambulando por los bares, sin proyecto, sin presente ni futuro, la sección aún arrastra vicios irresolubles a los que se ha intentado poner fin con curas de nostalgia. Mantén, por ello, alejado de cualquier toma de decisión a ese millonario de gafitas que se sienta en el palco. Es buen chaval, y madridista, y millonario (perdón, eso ya lo dije). Pero ni idea de basket (aunque se proclame sucesor de Bernabeu o Saporta). 

Y espera. Espera sin renunciar a tus principios y hazlos valer, precisamente, cuando más duro arrecie el huracán contra la proa. Y quiérelos, a los chavales digo, haz que se sientan importantes. Y escúchales; porque nadie como tú, desprovisto de vínculos filiales o matrimoniales, para darles un consejo, un consejo de entrenador.

Y cuéntales un cuento cada día. Pero no uno de esos en los que los personajes tienen poderes especiales. Ni siquiera aquellos clásicos con final feliz. No, mejor cuéntales una historia real. Haz una excepción, no me importa, rompe tu silencio y descubre mi identidad. Cuéntales que hablas con el Dios del baloncesto cada noche, pero no olvides, claro, cuando deseosos de saber el final quieran saltarse las páginas intermedias, que tendrán que esperar. 

Cuando leas estas líneas comprenderás que ha merecido pena. 


UN ABRAZO Y ENHORABUENA AL REAL MADRID DE BALONCESTO POR SU NOVENA COPA DE EUROPA.

Estrellas, entrenadores (,) estrellados





“A Gasol lo que le interesan son los museos, los teatros y esas cosas”. Así, indignado, se mostraba Kevin Durant en una entrevista durante la fase de preparación de la selección americana para el Mundial de España del verano pasado; molesto porque Gasol había declinado la oferta de los Thunder y estaba decidido a firmar por Chicago, por una urbe mucho más atractiva desde el punto de vista cultural, por un mosaico cosmopolita en el que comunidades venidas de medio mundo se mezclan en obligada armonía (a veces también sin ella). No entendía que un tipo de 34 años y escasas –por pura biología– posibilidades de volver a saborear la gloria de un anillo no hiciera primar los criterios deportivos. Conviene decir que Kevin Durant, en las vísperas de firmar un contrato multimillonario con Under Armour abandonó la concentración de la selección estadounidense alegando fatiga. Su temporada ha estado marcada por una grave lesión de tobillo en una especie de fátum tejido, tal vez, con las madejas del propio karma. Cada uno da lo que recibe. Luego recibe lo que da.

Pero no se trata de Kevin Durant. Se trata de un Pau Gasol sobreexplotado en temporada regular, ignorado en multitud de desenlaces igualados y forzado ahora, nuevamente, tras una lesión muscular. En los Lakers Gasol podía aceptar que Kobe asumiera un protagonismo a veces desmesurado, pero tener que asistir a un monólogo de Rose, un jugador disminuido física y mentalmente por las lesiones y muy inferior, en cualquier caso, a Bryant, ha debido causarle más de una indigestión. Ojo, tras años vilipendiado por los sistemas de los inquilinos del banquillo de los Lakers, Thibodeau le ha devuelto el protagonismo, los minutos y la importancia. Eso hasta que llegaron los playoffs y el bueno de Thibs decidió que moriría con y por Rose. Murieron todos.

Lo hicieron a mano de unos Cavs que juegan a lo que dicta Lebron. La pusilanimidad de Blatt bien podría ser entendida como una sabia maniobra. Chocar con el rey siempre supuso penurias para el súbdito o vasallo y Blatt lo sabe. Tratar de imponerse y reivindicarse, como intentó en un principio, conduce, en el mejor de los casos, a la obtención de resultados mediocres. Con Love lesionado e Irving renqueante –más bien lesionado, aunque en cancha– Lebron dirige la orquesta en transición, desde la base, el alero o desde el poste medio. Falla, comete errores, pero sintiéndose el rey, el resto de piezas del tablero se mueven con libertad castigando el exceso de atención que genera su halo de invencibilidad en los rivales. No, haters, un escuadrón formado por Mozgov, Tristan Thompson, Shumpert y JR Smith no es superior a aquel integrado por Longley, Rodman, Kukoc y Pippen. Si Lebron gana con todos los condicionantes a los que se ha visto expuesto, esta victoria será pura como el diamante. Y va por buen camino.



Cierto, por el mismo buen camino por el que iban los Clippers hasta esta noche, la noche en la que a esta franquicia engendrada por un gen perdedor le vinieron a ver todos los fantasmas juntos. Su propuesta de juego colectivo es superior a la de unos Rockets que tuvieron que recurrir a un quinteto sin Harden para remontar el partido e igualar la eliminatoria. El chico de la barba mueve bien la pelota, tiene múltiples recursos, anota sin esfuerzo, pero hace peores a sus compañeros. Huelga decir que esto que hizo McHale, mandar a la estrella al fondo del banquillo en los momentos decisivos del encuentro, es lo que Thibodeau nunca se hubiera atrevido a hacer.

En fin, una gran noche de NBA que sirve de víspera de una Final Four a la que el Madrid llega con la urgencia añadida del fracaso de la sección de la que es deudora. No sé si Laso hará las veces de Thibs o de McHale o si anda en busca de un rey al que confiarse, como Blatt. Lo cierto es que, si pierde, de poco le servirá cantarle por Gardel a la afición aquello de “que veinte años no es nada”. Y es que enfrente tendrá a Zeljko Obradovic. Y él sí que sabe lo que han pasado en estos veinte años tras dejar al Real Madrid como campeón de Europa y en los que mientras la sección se unía y deslavazaba según soplaban los vientos (hasta la llegada de Laso, todo hay que decirlo) él no ha parado de ganar.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Las guerrillas y la modernidad





Mira que hacían fuerza sobre sus hombros aquellos fornidos hombres tratando de enterrarlo en el fondo del océano. Mira que fueron ingeniosas las trampas situadas en el camino, y furibundas las críticas aprovechando la menor ocasión. Pero otra vez logró salir a la superficie para tomar aire. Y de nuevo sorteó, no sabemos si por talento o azar, todos aquellos cepos. Y, bueno, los críticos callaron, pero todos sabemos, que solo para recargar sus niveles de inquina. Pero ya no sufre Pablo Laso por sus desafueros. Solo subsiste.

Que es lo que lleva haciendo desde que en verano su situación de “eterno cuestionado” evolucionara a la de “trabajador en precario” tras la destitución de sus dos ayudantes, Hugo López y Jota Cuspinera. Si antes era ensalzado por elevar el juego del Madrid a cotas desconocidas en Europa, ahora todas sus teorías son reducidas al absurdo y refutadas. Si el equipo juega bien le recuerdan que los equipos que juegan a muchos puntos no ganan. Si el equipo juega a un ritmo de menos posesiones, le aconsejan que recupere la vieja senda del espectáculo, no sea que el público se aburra. En fin, creo que Pablo Laso, gracias a la esquizofrenia del entorno, ya hace lo que le da la puta gana. Total, le va a dar igual.

El Real Madrid demostró anoche que puede jugar en el barro. Tras una primera parte de tanteo en la que ninguno de los dos equipos defendió demasiado, los dos últimos cuartos se plantearon como una guerra de guerrillas de la que el Madrid no renegó. Cómo negarse si este año cuenta en plantilla con una larga nómina de partisanos que parecen recién llegados de Chiapas, la selva colombiana o las sierras peninsulares. Sobre ellos, sobre sus méritos no siempre visibles y su lucha casi infatigable reposó la clave del triunfo. Sobre Nocioni, Ayón, Slaughter, Felipe y, por supuesto, Rudy. Sí, Rudy, un guerrillero heterodoxo, si así lo quieren, pero más hábil y diestro que ninguno en la ardua labor de insertarse en las tropas enemigas e ir minando poco a poco su moral.

Porque el Barça, de entre los dos, era la “Grande Armée”, el ejército poderoso de innumerables recursos. Pero solo apareció Tomic, especialmente motivado contra un Madrid que lo desechó por blando. Solo Tomic y más bien por iniciativa propia, dominando las suertes del rebote y el barrido de balones. Apenas le ayudó un poco Oleson, pero la verdad es que tampoco Xavi Pascual supo aprovechar la profundidad de su plantilla. Muchos de sus hombres murieron en el Vietnam en que derivó el encuentro sin haber podido, tan siquiera, sacar su fusil. Al parecer el tema escoció en el vestuario y Marcelinho Huertas quiso ejercer de portavoz. Pero, para bien o para mal, Xavi Pascual cuenta con todo lo que carece Laso: el apoyo de la institución y el respaldo de la prensa. Quizá por eso envidia a Laso. Él no puede hacer lo que le da la gana.

Ganó el Madrid la copa el día después de que se cumplieran quince años de la muerte de Antonio Díaz Miguel. Y hablando de entrenadores, hacerlo de Antonio es hacerlo de un pionero, de un adelantado a su tiempo que, quizá por ello, no siempre fue bien recibido en su país. A él le debemos, además de su alícuota parte sobre la plata de los Juegos de 1984, la invención de la luz, luz como símbolo de modernidad venido de América para alumbrar Europa en cuestiones tácticas y de preparación física.

Pincha AQUÍ si quieres acceder al homenaje que le rendí ayer en la web www.jordanypippen.es


ENHORABUENA AL REAL MADRID. UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Justicia poética





Lloraba la novia y futura mujer de Sergio Rodríguez antes de que comenzara la prórroga que certificó que habrán de pasar al menos veinte años hasta que el Real Madrid pueda hacerse con la novena Copa de Europa. Lloraba tal vez haciendo uso de su intuición femenina o quizá solamente analizando el cariz que fue tomando el partido con el paso de los minutos. Seguro que se daba cuenta de que las piernas de Sergio y sus compañeros parecían cada vez más pesadas mientras que la de los jugadores de Maccabi parecían regenerarse a cada jugada. Y es que no hay mejor campaña contra el racismo, en vez de tanta simbolismo platanero, que jugar un partido de baloncesto. Ahí la superioridad del hombre blanco queda en entredicho. Lo demostraron Hickman, Smith y Rice templando en los momentos tensos y escogiendo de entre los caminos que conducían a la victoria siempre los más apropiados. Lo demostró también Tyus maltratando la zona del Real Madrid, reboteando una vez tras otra, haciendo pagar sin piedad la mala defensa uno contra uno de los exteriores blancos.



Pero no fue sólo una victoria de raza, en las dos acepciones de la palabra, sino también de psicología y estrategia. Sembró y sembró David Blatt, incuestionable estudioso del juego, y al fin recogió. Tuvo que ser, por desgracia, esta noche, ante otro agricultor profesional, ante un Pablo Laso que se vio corto de piezas y superado, tal vez, por el peso histórico de la empresa. Anulados sus sistemas cortos, con Llull rozando el estrépito, Carroll entre algodones y Rudy convaleciente de un dedo, lo confió todo a la destreza de un Sergio Rodríguez al que la defensa macabea cerró todas las puertas. El tinerfeño sólo encontró acomodo en el lanzamiento exterior, pobre consuelo para un base, negro presagio para un equipo.



La derrota debe hacer reflexionar, pero no es momento de remover cimientos y derribar por la fuerza unas estructuras muy bien consolidadas. Toca hacer balance de un gran año en Europa y preguntarse por los detalles que hicieron que no fuera suficiente. Y aunque estoy convencido de que en el caso de haber llegado con todos los efectivos a punto la historia hubiera sido otra, también reconozco que faltaron en los minutos finales ideas claras y espíritus ganadores, veteranos con la fórmula aprendida y nervios aplacados en el banquillo. Pero en fin, qué fácil es hablar lejos de las trincheras.



El Real Madrid fue la cara triste de este fin de semana de baloncesto del que, curiosamente, tras la paliza del viernes, el Barcelona sale más reforzado. Los de Pascual son conscientes ahora de que una victoria en la liga les convertiría en los vencedores efectivos de la temporada en España. Cuentan con la sed de venganza y con el golpe recibido por el Madrid como avales. Ojo, Valencia espera al acecho y a cada día que pasa parece más favorito.



Pero hablemos de justicia poética, esa que está llamada a recompensar en última instancia la virtud y las buenas prácticas. ¿Faltó acaso a su cita con el Real Madrid? ¿Se olvidó del trabajo de todo el año, de lo mucho que este equipo ha hecho por la popularidad del baloncesto y la felicidad de los aficionados? Tal vez sea, simplemente, que no existe, que no hay mayor justicia que la que reparten dos aros y un balón, aunque algunas veces ésta no se ajuste a nuestros parámetros mentales o a lo que Disney nos enseñó que la vida debería ser.



Digno de Disney, de Perrault o Christian Andersen sí que fue el cuento que escribieron día a día las chicas de la Universidad de Salamanca. Siento que el cambio de categoría y género les haya podido generar confusión pero es que no quería terminar esta entrada sin destacar el mérito acumulado por estas chicas y por su cuerpo técnico, encabezado por Manuel Ángel Rodríguez, un entrenador con el que tuve la oportunidad de compartir tiempo, trabajo, métodos y pasión por el baloncesto hace unos meses y del que es preciso valorar su dedicación y atención a los detalles. Esta mañana consumaron el ascenso a Liga Femenina 2, la segunda competición de nuestro baloncesto, ante rivales con estructuras más poderosas y expectativas más altas. Pudieron hacerlo gracias al trabajo diario, porque no racanearon cuando el instinto les pedía un poco menos de intensidad, un poco de alivio para el dolor.



Merecen, sin duda, una oportunidad en Liga 2, que la Universidad ponga todos los medios posibles y valore todas las opciones que hagan viable el proyecto en términos económicos. Una apuesta por el baloncesto es siempre una apuesta ganada, al menos si todavía se cree en los valores que este deporte irradia cuando se juega con la verdad por delante. Y por verdad interpreten todos los sinónimos de lucha y nobleza que les vengan a la cabeza, porque en ellos se reflejaron estas chicas durante las treinta victorias de esta temporada. Enhorabuena. 






UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Crédito renovado





Falleció Tito Vilanova, el hombre que recibió en su ojo el dedo inquisidor de Mourinho, el entrenador que hizo campeón al Barcelona mientras se sometía a un agresivo tratamiento contra el cáncer que se lo ha llevado por delante. Como es habitual la muerte de un hombre ha unido a un mundo, el del fútbol, tradicionalmente enfrascado en batallas tan viscerales como estériles. La tregua durará tanto como el duelo, tanto como tarde en imponerse el olvido.

Y si ésta fue la nota triste de la jornada, si mañana coparán portadas y páginas de diario las necrológicas de Tito, otras esquelas estaban preparadas para certificar la muerte deportiva del proyecto de Pablo Laso. De poco hubieran servido las victorias consecutivas y los trofeos de Copa y Supercopa si hoy el Real Madrid no hubiera ganado a Olympiakos en un partido en el que, como los demás partidos de la serie venían anticipando, el Madrid no pudo desplegar su mejor juego. El triunfo de hoy no fue tanto el de un estilo como el de un proyecto basado en un adecuado diseño de la plantilla y en una química de grupo alimentada cada fin de semana a base de victorias. Los pívots madridistas, tradicional diana de críticas tras las derrotas, cumplieron con creces con el papel secundario que les tiene asignado su entrenador en base al mayor talento de los jugadores de perímetro. Bourousis desplegó su experiencia y Reyes su habilidad para el rebote y su oficio, mientras Slaughter ayudaba en múltiples cuestiones. El rebote, precisamente el rebote, ese arte no siempre justamente valorado, fue la clave.

Porque Spanoulis hizo el mismo daño que en el resto de partidos, pero más en solitario que como director de orquesta. Le defendieron con honestidad Darden y Llull y prefirió Laso que brillara estadísticamente a que hiciera jugar al resto de sus compañeros. Dio el Madrid un plus en todas las facetas gracias al apoyo de un Palacio de los Deportes que presentó una mezcla pintoresca de traje y corbata, sudaderas y camisas sudadas, cámaras de última tecnología y móviles analógicos para actuar como el sexto jugador que tanto habíamos echado de menos en el pasado reciente.

Sexto o tal vez séptimo, si se comprueba que hay dos “Rudys” en la cancha, uno defendiendo al hombre y otro en zona, cortando líneas de pase, ayudando aquí y allá, tratando de taponar cada tiro o penetración para luego salir al contraataque o asolar la zona rival a base de penetraciones que, si las hiciera cualquier otro jugador, calificaríamos como suicidas. El chachismo, filosofía incompatible con los partidos de la más alta tensión, dejó paso al trabajo menos vistoso y al oficio como bandera. Así se ganan los títulos, y aún quedan los más importantes en juego.

Con esta victoria el Real Madrid renueva su crédito y alcanza su segunda Final Four consecutiva. En semifinales, al igual que el año anterior, se verá las caras con el Barcelona. Será, no puede ser de otra manera, una dura batalla que se resolverá por detalles. 



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Laso sabe quién mató a Kennedy





Pablo Laso sabe quién mató a Kennedy. O por lo menos sería capaz de construir una teoría mucho más convincente de la que salió de la Comisión Warren. O al menos estaría mucho mejor preparado para contársela a sus jugadores que todos esos burócratas embebidos de poder.

Sirvan el quincuagésimo aniversario de la muerte de Kennedy y el excelente momento por el que atraviesa la sección de baloncesto del Real Madrid para introducir un tema fundamental, la alienación a la que nos vemos sometidos sin capacidad de réplica por el mero hecho de habitar en una estructura que de grande nos desborda. Que de densa nos aplasta.

Los que idearon la democracia nunca pensaron que fuéramos a ser tantos y tan diversos. Los que elaboraron la constitución, ellos mismos lo aseguran, nunca imaginaron que su bienintencionada obra derivara en esta pocilga de corruptos despiadados que se deshacen en halagos y alabanzas ante los mercados, comisiones europeas y demás instancias internacionales para después minar las fronteras con espinosas e inhumanas alambradas.

Con nuestros impuestos evitamos ruinas de bancos, saneamos las cuentas públicas de las que otros se apropiaron, pagamos campañas electorales, delirios de grandeza de antiguos jugadores de balonmano,... Nos hacemos cargo, en definitiva, de las desviaciones morales a las que todos estamos expuestos y a las que muy pocos, valientes y bien formados, se resisten. Todo ello para que nuestra salud dependa de un chequeo que nunca llega, la justicia de un juez elegido a dedo y de un juicio que no termina nunca, la integridad física de un policía que certificará el suceso y nuestra educación, clave de todos los bienes y males, de un profesor sin vocación encantado de su condición de funcionario y hastiado de atender a tantos y tan diferentes hijos de su madre y de su padre.

Con esto quiero decir que la sociabilidad intrínseca del ser humano no se satisface mejor por más grande que sea el entorno y por inabarcable que sea el contexto. El sistema, esta sociedad del espectáculo en la que somos meros espectadores, aunque algunos puedan sentirse parte importante porque le lean un “tweet” en antena, nos degrada y nos ofrece muy pocas opciones. Las mejores, creo, pasan por apagar el televisor, retomar la vieja costumbre de leer y, háganme caso, por jugar al baloncesto.

Entiéndanme, jugar al baloncesto o formar parte de pequeñas comunidades donde su voz sea escuchada, donde el proyecto de todos sea también el suyo, donde su autoestima se refuerce y donde ni siquiera sea necesario votar cada cuatro años porque las elecciones, aunque las tome uno, son de todos.

Y ése es el éxito del Real Madrid de Pablo Laso más allá de la calidad de sus jugadores y el diseño de la plantilla. En el equipo blanco las decisiones, aunque encarnadas en su persona, son fruto de un proceso dialógico, real o figurado. Se aceptan porque son el reflejo del pensamiento de los jugadores y por esta razón funcionan. Laso, pregunte o no, “gobierna” como le exigen sus “ciudadanos” sin necesidad de que se lancen a la calle o monten revueltas en el vestuario. Le avalan los conocimientos y le respaldan sus muchas horas de trabajo. Su compromiso está siempre un paso por encima del que tiene el grupo.

Un grupo pequeño y unido donde todos se sienten importantes. Un grupo que está en condiciones de exigir a cada uno de sus miembros por el hecho de que cada uno de sus miembros también puede y debe exigirle al grupo. Un grupo en el que no pueden existir parásitos pues enseguida serían etiquetados y deportados. Un grupo en el que nadie se puede apoderar de una cuota excesiva de poder porque sólo está condenado al fracaso. En el Real Madrid todos han comprendido su rol, han aceptado las diferencias de talento que se plasman en diferencias de minutos como una realidad inescrutable y positiva para el colectivo contra la que se rebelan entrenando cada día más duro. Durante los entrenamientos compiten para mejorar, durante los partidos cooperan para competir.

Y el resultado es bueno en términos cuantitativos, pero podría no serlo en función de elementos no controlables o azarosos y no por ello el grupo estaría peor gobernado y merecería de menos alabanzas. El Real Madrid de Pablo Laso ha conseguido lo que también logró el F.C. Barcelona de Pep Guardiola, aunar a aficionados de muchos lugares y con diferentes colores en la fascinación ante un modelo de juego que se basta a sí mismo para justificarse.

Y toda esta oposición de concepciones de la vida y el baloncesto para reclamar, a nivel político, la devolución del poder y el control a los ciudadanos. Muchos pensaron que, en un mundo global en el que las consecuencias de las acciones de uno afectan irremisiblemente a los otros, era necesario un gobierno mundial. Yo, en cambio, pienso que si queremos convivir todos juntos debemos regresar a las pequeñas comunidades, a gobiernos a escala humana que tengan en cuenta las verdaderas motivaciones y necesidades de los ciudadanos, que se fiscalicen, y esto es lo más importante, a ellos mismos porque de todos es el poder y a todos les concierne.

Como en un equipo de baloncesto. Perdón, matizo, como en todo equipo de baloncesto que es entrenado desde una perspectiva humana, en el que se evita la cosificación de los jugadores y en el que se comparten no sólo las metas deportivas, sino también las personales. Y ese equipo en el que pienso, a fecha de hoy, es el Real Madrid. Tiempo tienen Pascual y todos los demás equipos europeos para imitar el modelo en lo que más importa, en su vertiente social. 



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Se la quedó Felipe





Se la quedó Felipe. Como tantas otras veces. Hasta la pelota quiso despedirse de la temporada abrazada a este estandarte andante de la integridad y la honradez, a este mito del baloncesto al que, como al resto de compañeros de aquella magnífica generación, echaremos de menos cuando ya no esté.

Ganó el Madrid en una serie que nunca debió llegar al quinto partido, en unas finales que el Barcelona afrontó bajo mínimos y que peleó con bravura hasta el último momento gracias a que unos días aparecieron unos y otros días otros. Hasta los que no estaban invitados quisieron colarse en el guateque y amargar la fiesta blanca. Y si no qué les parece la actuación de Sarunas Jasikevicius tirando pases de cuchara o a la remanguillé, anotando tras parada o yendo a la línea como en sus mejores tiempos. Sin embargo, para desgracia de Pascual, impecable estratega, desaparecieron demasiados. Dos han sido los hombres clave durante los últimos años y los dos, Lorbek y Navarro, por unos motivos u otros, no acudieron a la última gran cita.

El Barcelona se encontró con el muro de los 72 puntos, barrera infranqueable que se le apareció una jornada tras otra con independencia de la dureza o agresividad defensiva con que se aplicara el rival. No había más en la recámara. Ni a nivel técnico ni a nivel táctico.

Conociendo, como conocía el Madrid, el problema de su rival para multiplicar los panes y los peces, tiene mayor pecado que tuviera que jugarse un quinto. Y es que por muy dura que fuera, que lo es, la defensa de los azulgrana, el equipo de Pablo Laso, elaborado con sumo tino en la búsqueda de un equilibrio ofensivo y defensivo (no tanto interior-exterior) y con jugadores de perímetro de infinito talento, podría haber trazado mil rutas diferentes para concluir todos los encuentros por encima de los ochenta puntos y haberse llevado la serie 3-0 mandando, de paso, un mensaje diáfano de cara a los próximos tres o cuatro años.

Pero no. El Madrid tuvo que apelar a la heroica, hablar de los árbitros y aferrarse a Felipe para terminar de darle la puntilla al Barcelona. Necesitó sacar la chequera para conseguir a un tres de garantías en la que fue, ésta sí, la puntilla definitiva al sucesor de Carlos Jiménez (disculpen la ironía). Hasta tal punto temieron en Goya por esta liga que hasta Laso hubo de rehacer su rotación, rígida como un menhir, e introducir a Carroll de inicio para marcar un parcial de 10-0 para poner las cosas en su sitio.

Hasta aquí las críticas. Hoy el madridismo, ese sentimiento que me incluye (en un sector, eso sí, que se va moderando con los años) tiene motivos para estar feliz. El primero, claro, es la liga. La liga como título y la liga como recompensa a un trabajo muy bien hecho. El segundo tiene que ver con el pasado, con los años de prédica infructuosa en el vacío de la derrota que hoy, de pronto, quedan atrás, muy atrás. El tercero, el más importante, es el que tiene que ver con el inmediato futuro, con la ilusión que transmite a la afición un proyecto que se consolida a base de nombres, pero sobre todo de ideas.

Y aquí entra Pablo Laso, uno de los personajes del mundillo más parodiado, cuestionado, criticado y, también, admirado y respetado. Aunque en momentos cruciales de la temporada echó el freno de mano y recordó, o le recordaron, que cobra por ganar y no por dar espectáculo, su propuesta de baloncesto es digna de alabanza. Tuvo los cojones, aunque después varias veces este mismo motivo se los haya puesto de corbata, de descartar la renovación de Tomic por su poca implicación defensiva y por su lentitud a la hora de recorrer el carril del cinco en el contraataque. Él y su equipo técnico asumieron las consecuencias de apuestas arriesgadas como las de Slaughter o Draper y le dieron un voto de confianza a Sergio Rodríguez sabedores de lo escaso que anda el talento en el mercado. Tenían la fórmula y simplemente buscaron los ingredientes.

El plato siempre supo bien. Siempre fue agradable al paladar e invitaba a querer probar un poco más. Sin embargo, por pequeños detalles, no terminaba de rematar en los grandes concursos. Se perdió por un rebote defensivo la Copa del Rey, se cedió ante el rodillo de Olympiakos la ansiada novena. Por eso este título, además de esperado se había convertido en urgente. Tocaba avalar con resultados, con trofeos en las vitrinas, un trabajo que a todos nos parecía bueno, nos sabía bueno y nos olía bien.

Por fortuna, para mí como madridista, para nosotros, como amantes del baloncesto, este título ha llegado. Sucedió en la noche de un 19 de junio en la que nos seguimos acordando de Manel y, claro, al igual que el balón, de los huevos de Felipe. 


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Clandestinos







Para un criminal ser un clandestino es norma de vida. Cuando la ley te persigue la única manera de eludirla es convertir tu mundo en una cloaca y asomar la cabeza sólo muy de vez en cuando. En ese caso es normal que no aparezcas en los medios, que los vecinos no te saluden y que la panadera te pregunte cada día qué tipo de bollo te gusta más.

Sin embargo, hablo en nombre del baloncesto español, de su campeonato enseña y de todos cuantos nos dedicamos a este deporte de manera más o menos humilde y entregada, ¿cuál fue nuestro delito? ¿Quién nos persigue para que debamos movernos en este nivel de anonimato que nos conduce, sin posibilidad de enmienda, a la ruina más absoluta?

Mañana, perdonen si la sintaxis a partir de ahora no es tan pulcra pero es que intento recuperar el oxígeno que he consumido buceando hasta las simas más profundas de webs especializadas en deportes, creo, porque es difícil estar seguro acerca de la fecha y el horario de un acontecimiento tan marginal, se disputa el primer partido de la eliminatoria por el título entre el Real Madrid y el Regal Barcelona. Los telediarios, salvo el de la cadena pública, han obviado su existencia o la han reducido a una breve nota al filo de la despedida. En las calles de nuestra “querida” España se intuye el olor de la arcilla de París y apesta al humo negro que contamina la atmósfera de Montreal. Son otras las prioridades de un país que hace ya mucho tiempo que dejó de entender el baloncesto como el segundo deporte, como una alternativa real al fútbol de la que todos hablaban aunque ninguno entendiera. Vamos, eso mismo, como el fútbol.

Otro día, si os apetece, discutimos sobre los factores (rotaciones largas, menor identificación con los equipos, globalización de la NBA, polarización por parte del Dios Balompié, mala comercialización del producto,...), pero hoy quisiera hablar de las consecuencias, del panorama que se dibuja para un deporte que vive su gran clásico como si se tratara de un partido más. Créanme cuando les digo que ninguna de las personas de mi bloque dejará de ir a misa o de tomar el vermouth para ver el partido (entre otras cosas porque no saben ni que se juega). Tampoco se suspenderán las salidas al campo ni las visitas a los abuelos. Las comidas estarán aliñadas de “iphones” y de conversaciones estériles sobre el tiempo, el paro o las notas del muchacho y en el televisor, ese fiel compañero siempre listo para deshacer los incómodos silencios, se escuchará de fondo el canal de dibujos o una cadena musical.

Así vivirá el domingo la clase media española. Esperando a que empiece el tenis. Sufriendo porque Pérez no le rompa el alerón a Alonso. Ignorante de todo cuanto suceda en el Palacio de Deportes en una mañana, la del domingo, que en esta península al menos, es para digerir la resaca.

Ojalá, para los aficionados que aún seguimos creyendo en todo lo que este, nuestro deporte, le puede aportar a la sociedad más allá del mero entretenimiento, el dicho taurino se cumpla a la inversa y que mañana de escasa expectación se convierta en partido de relumbrón. Ingredientes hay de sobra para ello. Grandes jugadores, confrontación de estilos, rivalidad histórica y cuentas pendientes son factores a tener en cuenta. Sin embargo, como también añadía al analizar la final de la NBA, el pasado es pasado y ahora, en este punto de la temporada, sólo cuenta el presente. Por muy clandestino que sea.

Que gane el mejor. Y que nosotros, aunque seamos poquitos, lo veamos.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Siempre Navarro





Eran las siete de la tarde y todo estaba preparado en el Palau. El escenario lucía sus mejores galas. Las gradas, repletas de banderas esteladas, anunciaban una enorme orgía de nacionalismo e independentismo catalán. La excusa, un partido de baloncesto contra el máximo rival, el exponente, bajo su prisma, del centralismo y la España dieciochesca de los Decretos de Nueva Planta y el despotismo ilustrado (a lo que contribuía indudablemente la barba de Sergio Rodríguez similar a la que se dejó el Príncipe Felipe en fechas recientes). 



Por suerte, dos horas después, la excusa se había convertido en el acontecimiento principal de la velada y los gritos de independencia se transformaron, de súbito, en la aclamación popular de un héroe desprovisto de músculos hipertrofiados o de la labia de un Cicerón. Para la fortuna del buen aficionado, el baloncesto se hizo con las riendas de la mano (y los pies, los apoyos como no se cansó de repetir Manel Comas durante la retransmisión) de un Juan Carlos Navarro al que todo adjetivo calificativo (en positivo) que pudiera acompañarle resultaría insuficiente.

Se presentaba el Madrid en Barcelona con ganas de batir récords y de poner en apuros al máximo rival de cara a su clasificación copera. Sin embargo, los de Laso volvieron a mostrar sus carencias dejando un regusto amargo en la boca del seguidor blanco para cuya desaparición harán falta mucho más que doce uvas y una buena borrachera. El estilo del Madrid divierte, pero no es el indicado para alzarse a final de temporada con los títulos de mayor importancia. Así, mientras en los dos últimos partidos el Regal ha demostrado poseer condiciones para adaptarse a cualquier tipo de ritmo o marcador, el Real ha quedado en evidencia. Sólo tiene una marcha. Y no tiene juego interior.

Sin intimidación ni rebote defensivo, a la defensa del Real Madrid le queda confiarse a la rapidez de manos, y piernas, de Rudy, Draper o los Sergios. Sin embargo, al saberse desprotegidos, muchas veces se encuentran ante el dilema de apretar y ser rebasados o dar un paso atrás para intentar mantenerse entre el balón y la canasta. No sé si desde las oficinas del club blanco dan por cerrada la plantilla o si aún existen opciones para reforzarla, pero lo cierto es que el equipo necesita un pívot que asegure rebotes atrás y que cambie unos cuantos tiros en las proximidades del aro.

Pero sería injusto seguir hablando del Madrid en una noche como la de hoy en la que el mundo del baloncesto aún sigue rendido a los pies de Navarro. El twitter ardía a eso de las nueve de la noche y las afirmaciones hiperbólicas se sucedían a riesgo de ofender, sin querer, a Petrovic (no dejéis de ver el vídeo a continuación), Gallis u otros mitos del baloncesto continental. Llovían, también, comparaciones con estrellas de la NBA. Quizá nos pudo la euforia, pero qué delicioso sentimiento éste de saberse feliz por el hecho de existir y de poder ver jugar a un ser aparentemente como nosotros capaz, eso sí, de meterle 33 puntos al Madrid en una serie casi perfecta de tiro y con un estilo inigualable que mañana más de un niño tratará de imitar en el parque junto a su casa.



Gracias a Navarro, a su talento y a su amor por este juego, el baloncesto quedó liberado de las ataduras en forma de sistemas y se simplificó hasta el punto de ser infinitamente bello. Sirva esta exhibición para reivindicar que el trabajo en los clubes de cantera se aleje de la geometría de los esquemas tácticos y se acerque al arte más primario de la danza. Primemos, quienes tenemos la responsabilidad de gestionar un mayor o menor talento, los juegos de coordinación, la creatividad y el uno contra uno. A lo peor perdemos el siguiente partido. A lo mejor, quién sabe, el día de mañana la red social que haya dejado obsoleta a Twitter esté repleta de mensajes de adoración y pleitesía hacia uno de nuestros pupilos. Ocurra esto o no, la mera posibilidad hará que haya merecido la pena. ¿O no?

Reflexiones aparte, lo cierto es que una tarde como ésta merece ser recordada. Lo que iba a ser una orgía política para unos pocos devino en un orgasmo generalizado sin posibilidades de exclusión. No está mal sentirse de un sitio e identificarse con sus símbolos y valores. Entiendo, aunque no comparta, a los que hacen de una bandera su patria, o de una patria una bandera. Pero me identifico más, si es que ésta es la cuestión, con los que en la vida o en el baloncesto, son capaces de reconocer el arte a cada paso, el amor en cada rincón y el talento en las manos y los pies de un genio como Navarro. ¿Independencia? Qué sé yo. ¿Navarro? Siempre.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

FELIZ BALONCESTO






No sé si conseguiré explicarme. En realidad convivo con esta duda cada vez que empiezo a salpicar de negro el fondo blanco de mis pensamientos simbolizado por la hoja de papel virtual del editor de texto. De hecho, no sé si hago bien en escribir sobre estas fechas en unas fechas en las que que las propias fechas explican por sí solas nuestra manera de actuar y nos pilotan, sin rumbo fijo, a un paraíso de fingida felicidad o de irreparable melancolía (allá cada cual) del que es muy difícil escapar.

Pero en fin, me arriesgaré. Me arriesgaré, digo, a contaros la desazón y el desencanto que me provoca la sucesión de tradiciones que, ligeras de contenido, seguimos religiosamente mientras nos proclamamos ateos, escépticos o hijos de un dios menor llámese Messi o Justin Bieber. Llámese mejor, porque éste es su verdadero nombre, dinero, eso que según Jules Renard, postromántico francés, nos preocupa haciéndonos, por ello, diferentes a los animales.

Así, y aun asumiendo la omnipresencia de lo material en nuestras vidas, hoy quiero hacer una llamada a la esperanza, un canto sordo repleto de versos que no riman y estrofas que se pierden como gotas en el océano. Y es que no escribo para que me lean o me escuchen. Menos aún para que sigan las cuatro normas que intento poner en práctica cada día y que olvido torpemente mientras desayuno. Hoy las escribo para eso, para recordarlas. Y las hago extensibles como parte de la terapia que sigo en la búsqueda de sentido de este carrusel el que nos vemos inmersos sin, ni siquiera, tener que pagar entrada.

O mejor, no sé qué os parecerá, hago lo que hago siempre y me dejo de divagaciones estériles. Y es que siempre hay una cura para esta clase de males, una receta milagrosa que dibuja en nuestros rostros una sonrisa que bien pudiera ser definida como tonta, aunque en realidad sea la más inteligente de todas. ¿Y qué hago siempre que me peleo con el mundo, las creencias populares o los belenes de cartón piedra? Pues pensar en baloncesto (por ejemplo en estas imágenes). 



Sirve igual, apunten los ingredientes, un partido de élite o una cancha de parque mugrienta con redes dispuestas a contagiarte el tétanos. No sean quisquillosos, tampoco, con el punto de vista. Jueguen, entrenen o arbitren. Sean, por qué no, meros, qué digo meros, grandes aficionados. Critiquen y abucheen. Simplifiquen si es necesario una complejidad a veces artificial, a veces inherente al propio juego. No sean clasistas. Baloncesto es todo. Lo que gusta y lo que no. Laso, pero también Pascual. Individual, pero también zona. Masculino y también femenino. Clasistas no, pero tampoco tontos, que luego te acaban poniendo el baloncesto a la hora del pincho los domingos coincidiendo con los partidos de las autonómicas y claro, luego audiencias a la baja, patrocinadores que se dan el piro, equipos que no pagan los avales y el reconocimiento generalizado de que el fútbol es más divertido (una liga sentenciada en diciembre), más dinámico (90 minutos de los que se juegan la mitad) o más sostenible (si los clubes de fútbol le debieran dinero a los Corleone habría habido más asesinatos en España que en el Chicago de los años 20).

Vaya, parece que con el fútbol me pasa lo mismo que con la Navidad. No creo en ellos, pero se cuelan entre mis letras como esas chicas de una noche a la que mis principios renuncian perdiendo siempre la batalla contra mis instintos. ¿O es que se dejan perder? Bueno, hablaba de baloncesto y ahora paso a hacerlo de BALONCESTO, el que se enseña, se aprende y se olvida para volver a aprender en las etapas de formación, en los cientos (quizá miles, no tengo ganas de comprobar el dato) de clubes que se esmeran cada día en formar a jóvenes que comparten una misma pasión. 



Por suerte no es éste un asunto de productividad y no aparece en la agenda del Consejo de Ministros, aunque siempre se cierna sobre él la sombra de la guillotina, la del recorte por falta de importancia, la del destierro al cajón del olvido. Y sí, modestos podemos llegar a ser, pero el exceso de humildad no debe impedir que se reconozca la función que miles de entrenadores realizan, realizamos, en los patios de los colegios o, si tenemos más suerte, en los pabellones de nuestras escuelas o localidades. Allí, con un balón por medio, con dos aros y unas cuantas líneas, sin envoltorios de regalo ni sonrisas postizas se entremezclan pasiones y sueños con valores fundamentales que todos debemos aprender. Y es que el baloncesto, bien enseñado, practicado con dureza e ilusión, es una auténtica escuela de vida.

Hablo ahora como entrenador para recordar que muy pocos jugadores de los que tengamos el placer de dirigir llegarán a ser profesionales, a hacer dinero con el baloncesto. Aun así tenemos la obligación de enseñarles todo lo que sabemos y de seguir formándonos para que que nuestro bagaje sea cada vez mayor. Eso, en el aspecto deportivo. Sin embargo, habida cuenta de la escasa proporción a la que antes hacía mención, creo que es más importante generar consumidores futuros de deporte en general y de baloncesto en particular y contribuir, al mismo tiempo, a su formación en aspectos tan básicos como el respeto al compañero y los límites a la libertad.

Me conformaría, y ya me despido, si estos chicos siguen pensando de adultos que Navidad, tal y como se entiende en estos tiempos y dado que no hay otra palabra, puede celebrarse cualquier día. Porque Navidad, en cuanto que sinónimo de celebración o fiesta, es también sinónimo de baloncesto. Y el baloncesto, en cualquiera de sus diferentes formas y bajo sus múltiples máscaras, siempre estará ahí para tendernos su mano amiga.

FELIZ NAVIDAD. FELIZ BALONCESTO