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De la cancha al blog, del blog al papel

 



Llegué al basket como llegaba cualquier otro niño, o tal vez no. En mi cabeza se mezclan locuciones de Barthe y Trecet, canastas demasiado altas como para querer ser Arlauckas (en duelo directo frente a mi amigo Mario, alias Tanoka Beard) o imágenes difusas de partidos callejeros entre jugadores malos y muy malos que a mí me parecían buenos y muy buenos. Llegué al basket, en definitiva, sin empujón previo ni invitación oficial, como un oyente y un voyeur que no acababa de entender lo que ocurría, pero que no tardaría en soñar con ser Raül López mientras jugaba a ser Luis Amado, portero de Caja Segovia y luego de Interviú, cuando las cajas y las revistas para adultos, también las canchas callejeras, aún ocupaban un lugar importante en nuestras vidas de barrio, pequeños submundos donde aún reinaban códigos más propios del Western o del Medievo y uno se las apañaba para sobrevivir intentando demostrar habilidad en lo que fuera, incluso en el baloncesto, para evitar ser la diana de las burlas o el señalado por incompetente o distinto.

 

Hay algo de esa nostalgia en Individual o Zona, el blog, que también verán en Individual o Zona (Ediciones en Huida, 2024), el libro que pronto saldrá a la venta y que recopila, selecciona, ordena y cataloga en cinco capítulos catorce años de artículos, crónicas, reportajes y entradas de diario surgidas casi siempre del impulso primigenio de exprimir la anécdota hasta adquirir una enseñanza, una teoría que me siga permitiendo comprender realidades tan complejas como los 44 tiros libres que lanzó el rival del pasado domingo (frente a nuestros 19) o por qué sigo ocupando los mejores años de nuestras vidas tratando de entender la naturaleza humana a través de un deporte que cada vez me representa menos, asido como está a su faceta de negocio/espectáculo o a la pequeña rendición de cuentas frente a una sociedad que ha dejado de lado la educación y aborda cualquier actividad como si se tratara de una compraventa.

 

Si les digo la verdad, del baloncesto me interesa más su papel, no siempre buscado, de reflejo de la sociedad, de fotografía en color, o blanco y negro, de momentos clave de nuestra historia. De ahí que el libro recoja gran parte de los artículos que dediqué a algunas figuras que trascendieron el 28x15, de hombres y mujeres que planearon muy por encima del parqué y sus miserias. Y, ya saben, hice caso de aquellas sabias palabras que se pronuncian en El hombre que mató a Liberty Valance (John Ford, 1962): cuando la leyenda se convierte en realidad, imprime la leyenda.

 

Del mismo modo, si les da por hojear sus páginas, verán que también abordo dos aspectos que me han interesado: el hecho deportivo y la teoría del entrenamiento. El primero en su faceta sociológica y filosófica; el segundo, como aprendiz en prácticas que sigo siendo de un campo que, como les digo, me resulta cada vez más ajeno, pero con el que me sigo peleando para evitar preguntas incómodas sobre mi identidad o mi sustento. Es decir, treinta años después, aquel niño que intentaba jugar lo mejor posible para sobrevivir en la selva de un barrio de Salamanca sigue haciendo baloncesto para mantenerse en pie en la jungla de asfalto del institucionalismo y las convenciones. No hemos cambiado tanto.

 

Así que no puedo concluir otra cosa: el baloncesto sigue siendo una parte fundamental de mi vida porque me salva y, a pesar de todo, me abriga y cobija de la intemperie. Y quiero pensar que sigue teniendo sentido dedicar los mejores años de nuestras vidas a transformar, aunque sea mínimamente y a poder ser para bien, los caracteres y las mentalidades de las futuras generaciones, aun con el riesgo de que asuman las nuestras, temblorosas y dubitativas, necesitadas del abrazo del baloncesto para mantenerse firmes y en pie. Y no siempre.

 

*Individual o Zona estará próximamente a la venta tanto en la web de Ediciones en Huida como en diferentes librerías a lo largo y ancho de la geografía española.

 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Crianza, reserva y gran reserva

 




Hoy este blog cumple trece años, o tal vez fue ayer, que diría Mersault a propósito de la muerte de su madre en la obra El extranjero. No es que importe demasiado, pero la constancia del paso del tiempo nos permite reflexionar sobre esta dimensión, otorga esencia a los hechos acaecidos, aporta una sensación de continuidad que permite llevar a cabo evaluaciones más o menos precisas, autocríticas o, al contrario, autocomplacientes, de nuestro propio aprendizaje.

 

Y así uno descubre que esta progresión nunca es lineal, que uno no se hace más viejo y, precisamente por ello, más sabio. Y no es solo por la sensación de ignorancia que acompaña a cada hallazgo, sino por la presencia en ese cronograma imaginario de hitos que justifican el silencio de tantas horas, el frío de tantos inviernos. Uno de ellos fue aterrizar en Logroño, capital de la Rioja y del vino hace cinco años y cinco días justos, en su calle Laurel, para conocer en persona a Jenaro Díaz, entrenador del Club Baloncesto Clavijo.

 

Aquí en Logroño he experimentado en mis carnes el proceso de crianza: dos años en barrica y dos en botella con un año entre medias de curación en tierras burgalesas (mezclo vino y embutidos en un guiño a mi lugar de origen), al que también estoy agradecido. En este tiempo el zumo de uva que traía de Salamanca ha fermentado a través de la observación, el diálogo y la experiencia, conectando con los jugadores, ganando y también perdiendo. En el Club Baloncesto Clavijo he preparado hojas de scouting, planes de viaje, borradores de contrato. He hablado con recepciones de hotel, funcionarios de Extranjería, agentes y también colegas. He viajado a lugares paradisíacos y a muchos de los centros de la España interior, vacía o vaciada, según gustos literarios o inclinaciones ideológicas. He conducido y he sido pasajero, piloto y copiloto, asistente y principal. He procurado transmitir entusiasmo y tranquilidad a alevines, chicos y chicas, infantiles, cadetes y juniors, he entrenado a equipos, pero también a jugadores previamente seleccionados, siempre poniendo la búsqueda de la autonomía decisional por encima del seguimiento indiscriminado de normas o conceptos.

 

He intentado que cualquiera de los jugadores pueda compartir cancha con otros cuatro que, con y sin balón, sepan aprovechar la iniciativa que otorga la posesión del balón al equipo atacante y provocar desequilibrios que culminarán en ventajas que, nuevamente a través de la técnica y la táctica individual, aprovecharán o incrementarán mediante un buen uso de los fundamentos básicos y una inteligente ocupación de los espacios. Todo ello sin olvidar que es el atletismo, en un sentido amplio, el que da valor al conocimiento del juego, permitiendo su expresión práctica. Y que la defensa también juega, mediatizando todo el proceso de cognición, toda respuesta finalmente biomecánica.

 

Porque la defensa también juega, este ha sido también otro de los mantras. Y puede ser divertida cuando en vez de especular llama a la asunción de riesgos, al esfuerzo solidario, a la intuición para adivinar el futuro. En defensa hay cinco chicos actuando sin balón, pero en función de él, sintiendo la responsabilidad, pero también ese aire canalla que acompaña al robo y que debe invitarnos a enseñar a usar las manos y a alterar ese principio que daba la iniciativa, por definición, por el hecho de partir con el balón, a los ataques, que pasarían a defenderse de nuestra defensa.

 

También he disfrutado del semiprofesionalismo, que era semi en las condiciones y circunstancias, pero profesionalismo sin matices cuando tocaba trabajar al lado de alguien como Jenaro, un sospechoso habitual de campeonatos de selecciones y Euroliga, quien sigue intentando que sus equipos se parezcan a aquellos, aunque solo sea en la ambición y el empeño. Cómo no recomendar este grado universitario que he podido cursar a su lado, primero como alumno obediente y, cada vez más, como apuntador de ideas e incluso rebatidor nato, al menos hasta que alcanzábamos, previo acuerdo o no, la que debía ser nuestra certeza, la que debíamos transmitir sin fisuras a los jugadores.

 

No los cito porque son muchos y temo dejarme alguno. También porque algunos no lo merecen, en la medida en que no entendieron lo que significaba estar en un equipo y ponerse al servicio de una causa apoyada por una ciudad, una afición y una directiva. De todos aprendí, de todos me llevo algún recuerdo. Los hubo buenos y muy buenos metiendo canastas, pasando el balón, pero me quedo con los que fueron muy buenos ganando partidos, haciendo lo necesario, sin prestar atención a la estadística particular, aunque luego, los cínicos de los entrenadores y directores deportivos, será lo primero en lo que nos fijemos.

 

No los cito porque han sido muchos. Algunos ya han dejado el baloncesto, otros se han cambiado de equipo. La mayoría sigue, a la espera de saber cuál será su equipo el próximo año. Me refiero a los jóvenes jugadores de baloncesto, a esos niños y adolescentes con los que he compartido unas cuantas horas de cancha, seguramente no tantas como nos hubiera gustado a ambos, tampoco de la calidad deseada, mis perdones. Mi mayor deseo es que recuerden alguna anécdota de estos años, que alguna metáfora les permita asociar y recordar lo aprendido; confío también en haber contribuido a forjar su carácter sin haberlo mediatizado en exceso. A veces siento el temor de haber tratado igual a peces y aves, pidiéndoles a todos volar. Espero que me perdonen los primeros. Y que tengan tiempo para hacerse con un par de alas (y ser peces voladores) antes de que alguien los condene de por vida a reptar por el fondo marino.

 

Me voy de Logroño cinco años y cinco días después pudiendo distinguir un vino joven, un crianza, un reserva y un gran reserva, conociendo las normas de la Denominación de Origen Rioja y, sin embargo, más convencido que nunca de lo necesarios que son todos aquellos que, conociéndolas, las ignoran para hacer vinos de autor, caldos que emanan creatividad y frescura, que se alejan de la tradición sin ningún ánimo de crear la suya propia, pues no pretenden trascender. Que simplemente desean que un paladar pueda inundarse de sus matices, que alguien pueda disfrutar de ese simple gesto que es levantar la copa. O armar el tiro. O esconder un pase.

 

UN ABRAZO Y MUCHAS GRACIAS A TODOS LOS QUE ME HAN ACOMPAÑADO EN ESTOS AÑOS. 

La década que vivimos peligrosamente






Hace diez años, en otro caluroso 23 de junio, sin pandemia pero igualmente en crisis, por recomendación de mi hermano Fernando, hermano, compañero y amigo, comencé la redacción de artículos para este diario, un blog de baloncesto que pretende ser algo más siendo, probablemente, mucho menos.

Los principios

Los primeros años estuvieron marcados por el entusiasmo, el seguimiento puntual de los viejos amigos, quienes incluso se atrevían a dejar comentarios, tal era la inocencia con la que nos desenvolvíamos entonces. En lo baloncestístico aún jugábamos sobre las cenizas de los últimos Celtics-Lakers y ya veíamos llegar, de forma inevitable, los años de supremacía de Lebron (pensábamos que también de Durant), no tanto la inesperada irrupción de un nuevo estilo de la mano de los Warriors, aunque ya el 25 de marzo de 2012 le dediqué una entrada a Klay Thompson afirmando, tras anotar 31 puntos frente a Sacramento, que habría más y mejores noches y el 24 de enero de 2015, cuando ante el mismo equipo anotó 37 en un solo cuarto, tuve que volver a escribir.



Entrenadores

Gratas, muy gratas, fueron las sorpresas de Dallas Mavericks, en 2011, y San Antonio Spurs, en 2014, asentadas ambas sobre una concepción del juego que sigue siendo, en mi opinión, la más justa, virtuosa y bella, aunque como escritor disfrute de las epopeyas y los tour de force encarnados en la figura de un solo hombre ungido por los dioses. Aquellas gestas colectivas con acento tejano incrementaron mi interés por el baloncesto y los entrenadores. Desde luego, Gregg Popovich ocupa un lugar de privilegio en mi santoral, principalmente por haber creado a las orillas del río San Antonio una cultura de exigencia máxima y cuidado mutuo, un método sobre el que escribí el 3 de mayo de 2012 y que comparé con el de los New England Patriots el 2 de febrero de 2015.



No les costará mucho adivinar quién es, sin embargo, el entrenador que más veces ha sido citado en este blog. Tres europeos, dos medallas olímpicas, un mundial y un anillo de la NBA como ayudante han terminado de doblegar los recelos iniciales y el consenso es casi unánime: Sergio Scariolo es el mejor seleccionador de nuestra historia.

La formación

A hombros de aquellos gigantes, sin el apoyo pero con el respeto silencioso de los seres queridos, con la incomprensión de muchas otras personas cercanas incapaces de adivinar lo mucho que nos motiva e incita la cancha como uno más de los escenarios de la vida, he ido dando pasos en mi carrera como entrenador. Por un lado, los puramente necesarios, “oficiales” y federativos, que me aportaron mucho más que un título. En el verano de 2012 en Valladolid y en el de 2014 en Zaragoza conocí mejor a mis amigos, sumé nuevos compañeros de viaje y adquirí un renovado compromiso con mi vocación. Por otro, jornadas, talleres, semanas de entrenadores, eventos puntuales que aportaron ideas y nuevas preguntas.



Las experiencias

En cualquier caso, las mejores fuentes de aprendizaje han sido las experiencias. Cada temporada nacemos, crecemos, maduramos y morimos, pero siempre de una manera distinta. Y yo, que me niego a extrapolar el recuerdo como guía de mis actuaciones futuras, pues creo que no hay dos sucesos iguales, dos instantes idénticos, admito, en cambio, que lo esencial es ser conscientes del porqué y el cómo de nuestras decisiones y hacer balance. ¿Actué con ira, con miedo? ¿Estuve tranquilo para analizar con calma o nervioso porque creía estar jugándome la reputación?



Agradezco a todos aquellos que me dieron la oportunidad de estar en sus clubes y aprender junto a ellos. Aunque haya mucho que mejorar a nivel estructural, en este recorrido de diez años me he encontrado con un altísimo porcentaje de personas que actúan con nobleza y honestidad, empezando por los árbitros, a quienes aprendí a entender después de cometer varios errores en el trato hacia ellos, con quienes vuelvo a disculparme, colectiva e individualmente por alguna de mis actitudes pasadas. Cuánto echamos de menos, por cierto, a Pepe San Agustín.

La comunicación

Salvo excepciones, la relación con los padres también ha sido buena en este tiempo. Comprenderlos, sumarlos a la causa, hacerlos partícipes de lo que sucede actuando con plena transparencia me parece fundamental para sumar activos y, por otra parte, para dejar sin argumentos a aquellos que tienen una vocación incendiaria. Llevar el peso de la comunicación, ser el primero en trasladar los mensajes, resta fuerza a los conatos de rebelión y las actitudes egoístas, actitudes que debemos abordar desde la comprensión (todos los somos) y la intransigencia (no tienen cabida en un equipo).

Lo mismo sucede con los jugadores, a quienes no basta con negar la capacidad de opinar para que no opinen o piensen. En este tiempo he aprendido que habrá veces en que habrá que obligar e imponerse, pero también ocasiones para escuchar y reconsiderar posturas. Como siempre, es fundamental marcar los tiempos y los espacios, algo en lo que me ha ayudado mi vocación literaria, una vocación que creía incompatible, por estar basada en valores a priori contrarios a los del deporte como la imaginación o la sensibilidad, y que, sin embargo, se vuelve cada vez más esencial. Los entrenadores somos contadores de historias.

Nuevos retos y "viejos" maestros

Contar historias es lo que hago también en el blog de Sport Coach Academy, empresa líder en la formación online de entrenadores, con la que tengo el placer de colaborar y donde también me esfuerzo por dar salida a mi lado más analítico, el que se está imponiendo de la mano de herramientas como Synergy Sports Technology, empresa en la que tuve la suerte de trabajar durante una temporada, antes de que un compromiso total con el C.B. Clavijo, me impidiera renovar con garantías. Sin duda, en esta parte más táctica del juego, estar en compañía de Jenaro Díaz durante las dos últimas temporadas ha sido un auténtico lujo. Nuevamente, me considero un privilegiado por ello.



En fin, me gustaría citar muchos nombres, a pesar de considerarme autodidacta, pues todos ellos aportaron su granito de arena. Probablemente, nadie me dedicó más tiempo que Nacho Iglesias, en la temporada 2011-2012 en el C.B. Santa Marta, aunque también estuvieron muy bien los cafés con Fernando Merchante a la llegada a C.B. Tormes en 2015, el año junto a Rafael Gil comprendiendo las necesidades del minibasket como su ayudante en la selección de Castilla y León, las ocasiones en que he podido coincidir con Alberto Miranda, ayudante en UCAM Murcia, y, por supuesto, las conversaciones antes del amanecer con el ya citado Jenaro Díaz, despierto desde mucho antes para observar detalles de Euroliga y NBA. Por no hablar de las conversaciones sobre poesía, música y un poco de baloncesto con Fernando García, maestro de maestros o todas las mantenidas con colegas en pabellones, bares o discotecas.



De manera resumida, así han sido estos diez años de blog, la historia de un desatino, de un chico que encontró en el baloncesto un sentido, modesto pero un sentido, para vivir peligrosamente y escribir sobre ello.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Ocho años, mayor de edad



El pasado 23 de junio este blog cumplió ocho años de vida cibernética. Ocho primaveras dejando constancia de las andanzas baloncestísticas de quien lo redacta, no solo a través de los textos diarísticos o autobiográficos, también con los artículos de opinión y toda la miscelánea genérica de la que se ha alimentado tratando, en cualquier caso, de mostrar responsabilidad y gratitud hacia los casi trescientos mil visitantes que han querido curiosear sus tapas virtuales, su lomo invisible.

Ocho años que no pretenden ser la crónica de una década que empezaron dominando los Lakers y el Barcelona y que ahora gobiernan los Warriors y el Madrid, de un período en el que Lebron (con billete para Los Angeles) cruzó el país de este a oeste con escala en Cleveland y en el que vimos envejecer de forma muy distinta a los Junior de Oro, con Felipe Reyes siendo cada día mejor, Gasol estirando su inagotable dosis de talento y otros, en cambio, retirados o pidiendo la hora. Ocho años que han consolidado la fortaleza del baloncesto femenino en nuestro país, una fortaleza que, redondeada con múltiples medallas internacionales, ha hecho palidecer una estructura que al fin parece haber captado el mensaje y anuncia nuevos tiempos.

Cuando comenzaba con la redacción del primer artículo éramos todos muy distintos. Yo, por ejemplo, entrenaba en el Colegio Trinitarios, disfrutaba ensayando metodologías con chicos a los que aún intento reunir para fomentar el sentido de comunidad que el baloncesto, como lugar de encuentro, debe propiciar. Al igual que ahora, pero de un modo mucho más natural, el baloncesto era el mecanismo de expresión que mejor cubría mis demandas. Este deporte, a priori banal, me permitió liberarme de la máscara social, del paso rutinario de los días. En la banda ya intentaba inculcar aquello en lo que aún creo, por mucho que el mundo fuera, y siga yendo, en dirección contraria.

Ocho años después lo correcto me sigue pareciendo un lastre que arrastramos como herencia. Lo correcto estandariza, nos robotiza en un tiempo en el que ya sabemos que habrá androides mucho más hábiles y diestros que nosotros. Yo lo soy por exceso, lo sé, aunque el camino que sigo es justamente el de un desprendimiento. Un desprendimiento no solo de costumbres y máximas que asimilamos sin derecho a crítica, también de todos los vicios del espíritu que nos impiden entregarnos en esa plenitud que alcanza el que nada espera o ambiciona, aunque solo sea en instantes muy precisos, en una fecha y hora concretas; los suficientes para justificar una vida.

Por eso mismo, al soplar las ocho velas de la tarta, solo pedí memoria. Memoria para recordar el error y no volver a cometerlo, al menos por ignorancia. Memoria para tener presente dónde y cómo empezamos, cómo éramos, por si lo mejor no es siempre evolucionar o cambiar, sino ser lo que fuimos o regresar. Y memoria, por supuesto, para resucitar a través de esos instantes que impregnaron nuestras camisas, embadurnaron nuestras pizarras y nos hicieron derramar alguna lágrima de satisfacción.

De todos ellos seguirá alimentándose este blog, aunque sea en dosis cada vez más puntuales, con motivo de nuevas aventuras que exigen, para sí, su propio tiempo. Una de ellas es Sport Coach Academy, una empresa que oferta formación continua y online para entrenadores y en la que colaboro en la parcela de comunicación, haciendo algo parecido a aquello que llevo ocho años practicando en vuestra compañía: generar debates sobre baloncesto, colocar espejos planos, o deformantes, delante de sus múltiples caras, transmitir emoción y pasión, motores del mundo.



Allí os espero para seguir cumpliendo años y cubrir etapas sin descontar ningún día del camino por intrascendente o insulso. También aquí, en este blog que se ha hecho mayor de edad y purga los males de la adultez poniéndose al día con sus amigos muy de vez en cuando, muchas menos veces de lo que me gustaría.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Setenta veces siete




Lo sé, es pecado capital. Recordar la fecha de la primera publicación de este blog no es sino un acceso preocupante de vanidad. Emplearé como defensa el simbolismo del solsticio de verano y la noche de las hogueras, la asociación del nacimiento de este diario con la necesidad de desprenderme, al menos verbalmente, de muchas de mis obsesiones relacionadas con el baloncesto, esas que ahora se consumen en el fuego permanente de la red.

Pero más allá de ser un sumidero de obsesiones, depósito natural de ideas, dudas y temores, este diario ha sido también un asa a través del cual agarrar, aunque sea con la punta de los dedos, el sentido de la vida. Sin hijos a los que alimentar, sin el valor para encarar proyectos filantrópicos que justifiquen interiormente, más allá de teorías biologicistas, mi existencia, tras comprobar que no hay victorias excesivamente duraderas ni (sobre todo esto) derrotas catárticas, la escritura regular en este cuaderno me ha servido para reforzar los finos hilos que me sujetan al gran titiritero que mueve el mundo.

Sin embargo, en la medida en que esta terapia ha adquirido una cierta (y bienvenida) apertura, y se ha convertido en una carta abierta a quien la haya querido leer, debo incorporar, con siete años de retraso, las prevenciones que debí incluir en el contrato inicial. Tómenlas como cláusulas con efectos retroactivos, reciban de buen grado mis disculpas y multiplíquenlas por setenta si Mateo, 18: 21-35 es una de sus lecturas de cabecera.

1. Perdón por el ritmo irregular de las entradas. Si quisieron convertir su lectura en una rutina, no se lo puse fácil.

2. Perdón por la elección de los temas. Seguramente muchos fueron inapropiados; otros insulsos o descontextualizados. Muchos temas de actualidad merecieron una entrada –o una entrada mejor y más reposada, mejor documentada– y otros un silencio que no supe guardar.

3. Perdón por echar mano del humor en situaciones trágicas o por ser demasiado solemne cuando el trance demandaba una vis cómica. No es fácil saber de qué caprichoso modo se está repitiendo la historia en cada momento.

4. Perdón (en realidad no) por ser un Celtic y no ser objetivo con la mejor franquicia de la historia, con mi ídolo de adolescencia (Paul Pierce) y con las expectativas de un equipo, el actual, que a duras penas ganaría la Euroliga (pese a jugar muy bien y contar con un gran entrenador).

5. Perdón por poner sobre la mesa temas incómodos: la relación entre entrenadores y padres, la ausencia de vocaciones, las graves taras de la educación. Perdón, sobre todo, por no ofrecer ninguna solución viable, por acabar cada artículo con una sucesión de dudas.

6. Perdón por no acusar a Orenga, por criticar a uno de los popes del baloncesto, por no acertar un pronóstico sobre los playoff de la NBA. Por salir en defensa de quienes sí fueron profetas en su tierra (aunque no se lo reconozcan), por contar mi experiencia en los cursos de entrenador y de cuantas aventuras consideré suficientemente relevantes para los despistados que van dejándose caer, cada vez más, por este espacio de encuentro.

7. Perdón, en definitiva, por esta autobiografía en movimiento disfrazada a través de historias, crónicas, reseñas de libros, semblanzas biográficas de leyendas, diccionarios de términos y, fundamentalmente, reflexiones sobre un deporte que sigue quitándome el sueño, desvelándome y haciéndome preguntas. Preguntas que seguiré compartiendo, no sé si siete años más.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

El sueño de una tarde de verano






Distinguiendo los colores. Aprendiendo las mayúsculas. Empezando a convivir con sus congéneres. En este estadio de desarrollo se encuentra un blog que nació justo hoy hace tres años para poner negro sobre blanco los pensamientos de su autor, un osado e irreverente don nadie declarado, por su conciencia, inocente enamorado del baloncesto.



Inocente que no irresponsable. Decía Anatole France “prefiero los errores del entusiasmo a la indiferencia de la sabiduría”. Aun así, yo prefiero pensar como Vittorio Gassman cuando afirmaba, desde su religiosidad, “el único error de Dios fue no haber dotado al hombre de dos vidas: una para ensayar y otra para actuar”. Aunque escribir sobre baloncesto pueda ser la actividad más inocua que podamos imaginar, conviene medir las palabras. No es que este blog sea una página de referencia ni un foco generador de opinión. Se trata más bien de un ejercicio de responsabilidad exacerbada, un mínimo que me exijo a mí mismo deseando que todos, en el desempeño de sus actividades profesionales u ociosas, se apliquen el mismo cuento.



Aún hoy, tres solsticios de verano después de aquella calurosa tarde de junio en la que todo empezó, no sé si escribo para escupir todo lo que de baloncesto empapa mis órganos o, si por el contrario, éste es sólo una excusa para eso, para escribir. Lo cierto es que mezclar escritura y baloncesto es una auténtica terapia relajante. Compárenlo, si quieren, con binomios tales como tumbona y martini, copa y puro o pijama y orinal. Espero que todo el placer que experimento sentado en esta silla y tecleando estas líneas traspase la pantalla mediante la cual nos comunicamos.



En alguno de los talleres de escritura que he ido realizando en este tiempo para deshacerme de vicios e ir definiendo un estilo propio, reflexionábamos sobre el oscuro objeto deseo de lo escrito. Miren con escepticismo a quien afirma escribir para sí mismo, a quien dice hacer arte por arte y buscar sólo placer por placer. Yo lo tengo claro, si este blog es público es porque su autor quiere que lo lean y es que su autor, o sea yo (qué triste es hablar de uno mismo en tercera persona), cree a pies juntillas en lo que un día Erich Fromm relató: “Naces solo y mueres solo, y en el paréntesis la soledad es tan grande que necesitas compartir la vida para olvidarlo”.



Hoy, con el asfalto derritiéndose ahí fuera, en medio del sopor que envuelve a un nuevo sueño, prometo seguir desafiando a los avatares de lo cotidiano y encontrar, aunque no exista, un minuto o una hora para comunicarme con vosotros y rellenar este paréntesis que es la vida, una vida que es más plena si se comparte y, también, pruébenlo si no lo creen, si uno entrena, ve o juega al BALONCESTO


Hoy, como durante 371 entradas, me despido como siempre. UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

FELIZ BALONCESTO






No sé si conseguiré explicarme. En realidad convivo con esta duda cada vez que empiezo a salpicar de negro el fondo blanco de mis pensamientos simbolizado por la hoja de papel virtual del editor de texto. De hecho, no sé si hago bien en escribir sobre estas fechas en unas fechas en las que que las propias fechas explican por sí solas nuestra manera de actuar y nos pilotan, sin rumbo fijo, a un paraíso de fingida felicidad o de irreparable melancolía (allá cada cual) del que es muy difícil escapar.

Pero en fin, me arriesgaré. Me arriesgaré, digo, a contaros la desazón y el desencanto que me provoca la sucesión de tradiciones que, ligeras de contenido, seguimos religiosamente mientras nos proclamamos ateos, escépticos o hijos de un dios menor llámese Messi o Justin Bieber. Llámese mejor, porque éste es su verdadero nombre, dinero, eso que según Jules Renard, postromántico francés, nos preocupa haciéndonos, por ello, diferentes a los animales.

Así, y aun asumiendo la omnipresencia de lo material en nuestras vidas, hoy quiero hacer una llamada a la esperanza, un canto sordo repleto de versos que no riman y estrofas que se pierden como gotas en el océano. Y es que no escribo para que me lean o me escuchen. Menos aún para que sigan las cuatro normas que intento poner en práctica cada día y que olvido torpemente mientras desayuno. Hoy las escribo para eso, para recordarlas. Y las hago extensibles como parte de la terapia que sigo en la búsqueda de sentido de este carrusel el que nos vemos inmersos sin, ni siquiera, tener que pagar entrada.

O mejor, no sé qué os parecerá, hago lo que hago siempre y me dejo de divagaciones estériles. Y es que siempre hay una cura para esta clase de males, una receta milagrosa que dibuja en nuestros rostros una sonrisa que bien pudiera ser definida como tonta, aunque en realidad sea la más inteligente de todas. ¿Y qué hago siempre que me peleo con el mundo, las creencias populares o los belenes de cartón piedra? Pues pensar en baloncesto (por ejemplo en estas imágenes). 



Sirve igual, apunten los ingredientes, un partido de élite o una cancha de parque mugrienta con redes dispuestas a contagiarte el tétanos. No sean quisquillosos, tampoco, con el punto de vista. Jueguen, entrenen o arbitren. Sean, por qué no, meros, qué digo meros, grandes aficionados. Critiquen y abucheen. Simplifiquen si es necesario una complejidad a veces artificial, a veces inherente al propio juego. No sean clasistas. Baloncesto es todo. Lo que gusta y lo que no. Laso, pero también Pascual. Individual, pero también zona. Masculino y también femenino. Clasistas no, pero tampoco tontos, que luego te acaban poniendo el baloncesto a la hora del pincho los domingos coincidiendo con los partidos de las autonómicas y claro, luego audiencias a la baja, patrocinadores que se dan el piro, equipos que no pagan los avales y el reconocimiento generalizado de que el fútbol es más divertido (una liga sentenciada en diciembre), más dinámico (90 minutos de los que se juegan la mitad) o más sostenible (si los clubes de fútbol le debieran dinero a los Corleone habría habido más asesinatos en España que en el Chicago de los años 20).

Vaya, parece que con el fútbol me pasa lo mismo que con la Navidad. No creo en ellos, pero se cuelan entre mis letras como esas chicas de una noche a la que mis principios renuncian perdiendo siempre la batalla contra mis instintos. ¿O es que se dejan perder? Bueno, hablaba de baloncesto y ahora paso a hacerlo de BALONCESTO, el que se enseña, se aprende y se olvida para volver a aprender en las etapas de formación, en los cientos (quizá miles, no tengo ganas de comprobar el dato) de clubes que se esmeran cada día en formar a jóvenes que comparten una misma pasión. 



Por suerte no es éste un asunto de productividad y no aparece en la agenda del Consejo de Ministros, aunque siempre se cierna sobre él la sombra de la guillotina, la del recorte por falta de importancia, la del destierro al cajón del olvido. Y sí, modestos podemos llegar a ser, pero el exceso de humildad no debe impedir que se reconozca la función que miles de entrenadores realizan, realizamos, en los patios de los colegios o, si tenemos más suerte, en los pabellones de nuestras escuelas o localidades. Allí, con un balón por medio, con dos aros y unas cuantas líneas, sin envoltorios de regalo ni sonrisas postizas se entremezclan pasiones y sueños con valores fundamentales que todos debemos aprender. Y es que el baloncesto, bien enseñado, practicado con dureza e ilusión, es una auténtica escuela de vida.

Hablo ahora como entrenador para recordar que muy pocos jugadores de los que tengamos el placer de dirigir llegarán a ser profesionales, a hacer dinero con el baloncesto. Aun así tenemos la obligación de enseñarles todo lo que sabemos y de seguir formándonos para que que nuestro bagaje sea cada vez mayor. Eso, en el aspecto deportivo. Sin embargo, habida cuenta de la escasa proporción a la que antes hacía mención, creo que es más importante generar consumidores futuros de deporte en general y de baloncesto en particular y contribuir, al mismo tiempo, a su formación en aspectos tan básicos como el respeto al compañero y los límites a la libertad.

Me conformaría, y ya me despido, si estos chicos siguen pensando de adultos que Navidad, tal y como se entiende en estos tiempos y dado que no hay otra palabra, puede celebrarse cualquier día. Porque Navidad, en cuanto que sinónimo de celebración o fiesta, es también sinónimo de baloncesto. Y el baloncesto, en cualquiera de sus diferentes formas y bajo sus múltiples máscaras, siempre estará ahí para tendernos su mano amiga.

FELIZ NAVIDAD. FELIZ BALONCESTO

Un año en la hoguera




Es lo que tiene nacer un 23 de junio, en vísperas de San Juan y en pleno solsticio de verano. Quizá sólo fuera casualidad, pero fue un día como éste, hace justo un año, cuando este blog vio la luz por primera vez. Lo hizo con este post surgido del tedio estival, del agridulce sabor del no saber qué hacer con todos los minutos del día que te sobran.

Como orgulloso padre de la criatura trato de pensar que todas sus arrugas, que esos ojos tan cerrados y esa cabeza tan deformada se curarán con el paso del tiempo. Tendréis que ser vosotros, los padrinos, quienes juzguéis con la severidad necesaria sus defectos y me los hagáis llegar a través de vuestros comentarios. De esta manera creceremos juntos.

Os lo confieso, no empleo más de veinte minutos en la redacción de cada post. Quiero que salgan de lo profundo de mis entrañas. La reflexión es serena, la escritura, visceral. Sólo actuando de esta manera creo que puedo llegar a transmitir lo que este deporte, el baloncesto, genera en mi corazón: ilusiones, miedos, deseos, ambición, precisión, amistad, derrotas, victorias, entrenamiento, esfuerzo, premio.

Siempre, ante la hoja en blanco, se manifiesta el inevitable temor de elaborar un relato que no compense el minuto y medio que podáis dedicar a su lectura, ese que os agradezco de la manera más sincera que puedo, es decir, sin palabras. Gracias a todos los que os habéis dejado caer por estas líneas. Sí, incluso a esos despistados que buscaron "individual" para hacer una reserva de habitación o "zona" para saber dónde se encuentran los bares de ambiente de una determinada ciudad. Con la intención es suficiente.

En breves horas millones de hogueras iluminarán esta noche mágica en la que, dicen, hemos de deshacernos de todos aquellos rescoldos del pasado que nos incomodan. Supongo que algunos posts merecerían quedar sepultados bajo el fuego y quedar reducidos a cenizas junto a los maderos. Aun así, prefiero quedármelos. Al fin y al cabo incluso las letras peor cocinadas guardan el sabor de lo que un día intenté transmitir a través de ellas.

En un preocupante ejercicio de narcisismo he estado revisando los que, para mí, son mis mejores creaciones. Me quedo con ésta, aunque muchas veces hayan tenido mejor acogida, entre vosotros, algunos retoños a los que creí marchitos antes de nacer. Es ese misterioso vínculo entre lo que imagina el relator y lo que después percibe el lector el que hace tan inocentemente perversa la escritura.

Finalmente he decidido que es mejor saltar el fuego a, simplemente, contemplar como arden los recuerdos. Hoy, tras un año, he comprendido que es el viaje, amigos, lo que mereció la pena. De los resultados, después de doce meses, ya ni me preocupo. Sigamos, pues, caminando e intentando no quemarnos.

UN ABRAZO AMIGOS Y MUCHAS GRACIAS POR ESTAR AHÍ DESPUÉS DE UN AÑO