Lamento sentirlo




Como siempre, el ambiente en el torneo internacional de Santa Marta de Tormes es excepcional. Una vez finalizada la temporada, la atmósfera es distendida, los padres se permiten relajarse en el bar, los chicos juegan con sus compañeros, dentro y fuera de la pista; incluso se perdonan los errores arbitrales, alguna que otra falta dura de un chico descoordinado que juega con la equipación rival y que al tropezar arrastra a uno de “los nuestros”. 


No me sorprende, pero me sorprende, ver a tantos antiguos compañeros jugadores y entrenadores entre el público. No hago cuentas, eso se lo dejo a los matemáticos, pero su proporción me parece exagerada. Sin duda, los hijos de ex jugadores, ex árbitros, ex entrenadores y entrenadores aún en activo están sobrerrepresentados en los equipos, en los torneos y, desde luego, en las selecciones. Esto es lógico, pero me voy a permitir decir que no es lo deseable: es, en cierto modo, la radiografía del fracaso de la educación física y deportiva, baloncestística en este caso, en su tarea de atraer y motivar a perfiles procedentes de otros ámbitos, ajenos al baloncesto, sin una cultura o deseo cultivado y heredado en casa. 


Curiosamente, en realidad no, estos chicos y chicas, hijos e hijas de antiguos jugadores (y jugadoras, en fin) son también los mejores de sus equipos. Empezaron antes, fueron y siguen siendo entrenados en horas no regladas, ven baloncesto en sus casas y, por supuesto, en muchos casos, cuentan con una genética que favorece la práctica de este deporte. La mayor parte de ellos son educados en los valores deportivos, ya saben, los de Toni Nadal: no excusas, “aguanta un poco más”, “es tu responsabilidad”, lo que los hace especialmente competentes en comparación con los criados en los mensajes de “no pasa nada”, “tu compañero es un chupón” o “¿te lo has pasado bien?” En realidad, ambas formas de educación son válidas, todos los mensajes tienen su cabida y su momento y, por supuesto, por falta de experiencia y de pericia, no vengo a decir a nadie cómo tiene que educar a sus hijos. 


Pero lo cierto es que la ventaja inicial proporcionada por entrenamientos tempranos, por la genética, cuando sea el caso, por la cultura deportiva y la presencia habitual de estímulos en el hogar, lejos de acortarse por la vía del entrenamiento se tiende a incrementar por razones que son evidentes, pero que convendría discutir. La principal, perdónenme, es que competimos demasiado pronto con público en las gradas. Me arriesgo nuevamente a que me hagan una relación de los beneficios de la competición en el forjado del carácter, la adquisición de herramientas básicas para un futuro profesional. Créanme, las conozco, las aprecio y, sin embargo, en una nueva cuenta de la vieja, me parecen insuficientes como para justificar tener a niños tropezándose, literalmente, en un patio de colegio delante de los adultos, y esta es la clave. 


Decía Gregorio Luri Medrano, pedagogo y filósofo, que el error sin público es la matriz del aprendizaje. Esto pensando en seres adultos, maduros, con capacidad, algunos, de separar la crítica de la emoción, de esquivar o ignorar los disparos de quienes solo buscan hacer daño. Pues imagínense cómo de importante sería llevar esto a la educación de los niños y jóvenes, convertidos en marionetas y pequeños actores al servicio de los adultos cuando juegan antes de saber entrenar, antes de saber competir, antes de adquirir una autonomía básica, unas destrezas mínimas, para desenvolverse en una pista de baloncesto con el éxito suficiente como para no sentir vergüenza, desear no haberlo hecho o, simplemente, para no jugar para cubrir un expediente, lo que tendrán muchos años para hacer sentados en una oficina. 


No hay reglamento ideado para contrarrestar la discriminación natural que comporta la diferencia de talento o genética y de capital cultural heredado que compense la ventaja inicial que acarrea ser hijo de ex jugador, entrenador o incluso árbitro (acéptenme esta pequeña broma), la ventaja de haber sido entrenado en la más tierna infancia para botar, pasar o tirar mejor que los que no nacieron viendo baloncesto, tocando las pelotas. Y cuántas veces confundimos este talento aprendido con talento natural, con inteligencia deportiva, y empezamos a tomar decisiones (más protagonismo, más minutos, cuando se puede, más, desde luego, muestras de cariño y reconocimiento) en base a esta distinción no natural que oculta el verdadero talento y, sobre todo, empieza a separar a los niños y niñas por un diferente grado de motivación, de adherencia que simplemente diferencia a los que tienen premios antes de aquellos que necesitan más tiempo. Y los que tienen premios son los que ganan. Y los que ganan tienen premios. ¿Qué entrenador puede separarse de este bucle pernicioso? ¿Cómo de separado tiene que estar de sus pasiones más primarias?


Lo siento, pero hacemos pequeño el mundo del baloncesto, no dejamos correr la carrera a quienes nos llegan descalzos, no ponemos un ascensor para quienes aún no saben doblar las rodillas. Perdemos, sin saberlo, potenciales jugadores y, peor aún, ciudadanos seguros de sí mismos, firmes creyentes del entrenamiento y el ensayo como caminos que conducen a destinos mejores. Por qué, porque solo queremos niños precoces, Shirleys Temple o Macaulays Culkin que recibirán el temprano aplauso del público, el reconocimiento de los productores, las predicciones elogiosas que, además, tristemente, acabarán adornando sus lápidas cuando, cansados, ellos también, aunque por otros motivos, prefieran no hacerlo. 


En fin, solo traigo un nuevo alegato, una nueva argumentación a lo ya escrito repetidas veces en este pequeño foro en el que me siento libre y en el que no me expongo, como sí me sucede en los debates presenciales, a escuchar los resoplidos de quienes son incapaces de ver un sistema alternativo al de las competiciones benjamines, los campeonatos de España mini, las selecciones tempranas, los trofeos de consuelo para todos, sí, pero las ovaciones para unos pocos. En fin, me desahogo a voces en este desierto que sé que no tiene ningún futuro porque ningún padre llevaría a sus hijos a mi club ideal: una escuela de entrenamiento en el que todas las competiciones, al menos hasta los quince años, serian internas, a puerta cerrada, administradas según criterios deportivos y educativos, alejadas del fanatismo propio y comprensible de quien ha parido (o ayudado a parir) un hijo, de quien trabaja de sol a sol para alimentarlo y darse un festín de sangre hirviendo los fines de semana. Alejadas también de entrenadores adultos que tienen muy presente su niño interior y solo quieren reconocimiento personal, gratificaciones que colmen nuestra natural vanidad: títulos minis, infantiles o cadetes. 


Lo entiendo todo. Los entiendo. Pero lo lamento. Lo lamento mucho. Y siento lamentarlo. Y lamento sentirlo, pero igual que hay que equilibrar y contrabalancear los poderes de un sistema para que ninguno se vuelva absoluto, hay que amarrar la condición humana para que no eduque en base a la ventaja inicial, el rendimiento temprano y sea verdaderamente democrática al garantizar, en todos los ámbitos, también el deportivo, una verdadera igualdad de oportunidades que ejemplarice que el verdadero éxito es el de ser un poquito mejor cada día y que la verdadera experiencia no debe ser proyectada hacia fuera, sino ser fundamentalmente interna e interior. 


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

0 comentarios:

Publicar un comentario