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Cómo formar beduinos

 




Me acuerdo de algo que había dicho Bruno, nos dice Ernesto Sabato en su obra La resistencia: siempre es terrible ver a un hombre que se cree absoluta y seguramente solo, pues hay en él algo trágico, quizá hasta de sagrado, y a la vez de horrendo y vergonzoso. Por su parte, Saint Exupéry, en el relato sobre dos “naúfragos” en el desierto, relata las palabras de uno de ellos tras haber sido salvados por un beduino después de tres días vagando tras haber aterrizado de emergencia su avioneta. Todos mis amigos, todos mis enemigos en ti marchan hacia mí, y no tengo ya un solo enemigo en el mundo.

 

En fin, el baloncesto como escenario en el que se representan actos aislados de la gran comedia humana no es ajeno a la tendencia general de fragmentación de la comunidad y del sentimiento colectivo. Con independencia de la categoría, cada jugador es un proyecto de presidente de gobierno o astronauta, o de Michael Jordan o Kevin Durant. O de mejor hijo del mundo. O de mejor escolta o alero de su categoría o de futuro jugador del primer equipo del club (en el que, según él y sus padres, merecía estar desde alevín). Una marca en sí misma, así de horrenda es la dialéctica neocapitalista que hemos ido asumiendo desde la ignorancia y, peor aún, desde la pereza. También abrumados con nuestra pequeñez ante el tsunami de mensajes e informaciones de tipos tan brillantes como desalmados y desprovistos de toda ética que se arrogaron de un púlpito del que tardamos en echarlos a pedradas.

 

Los anunciantes, los asesores de los políticos, los mismos políticos, conocen la cartografía de sus mensajes, su origen cínico e hipócrita, su lógica sofista, pero se sienten bien porque creen que hay un bien mayor detrás de los mismos: su sueldo, su puesto o su gloria. Así, poco a poco, entre su falta de escrúpulos y nuestra pereza intelectual, nuestra carencia de lecturas y nuestro exceso de televisión, nuestro miedo y nuestra vagancia, la sociedad se ha ido transformando en un supermercado donde cotizan a la baja la empatía y el cuidado y en el que todos estamos en venta.

 

El trabajo absorbe nuestras energías y consume nuestros espíritus como nunca lo había hecho, no porque trabajemos más que en el siglo XIX, sino porque lo hacemos todo el tiempo, desde cualquier lugar. La sociedad, y no me parece mal, ha perdido a las grandes maestras y enfermeras, las madres, y las ha suplido con criados y canguros, sin ningún afecto natural (sí profesional, claro, no lo dudo. Los educan, pero no son sus hijos) por las criaturas que cuidan, quienes, en el futuro, no lo duden, transmitirán también esta indiferencia recubierta de profesionalidad, que es a lo máximo a lo que aspiramos en medio de este monocultivo del trabajo, en esta lógica de la supervivencia económica y emocional.

 

Hemos cambiado los rezos, las lecturas colectivas en torno al fuego, por un sinfín de experiencias, tantas como esqueletos, narradas en primera persona a través de las redes sociales. De hecho, ya no importa la lectura, importa nuestra experiencia como lectores, lo que el relato o libro nos generó. Se muere un genio y colgamos la foto que nos hicimos con él en un aparente homenaje a su figura que en realidad lo es a la nuestra, por lo demás insignificante. Hay una guerra y lo que cuenta es nuestra reivindación como pacifistas, como antirrusos o poseedores del carné de europeo o humanista. Qué exceso de yo. 

 

Lo observo, y eso que estoy contento con los grupos humanos que entreno y dirijo este año, cada día. Escucho juicios sobre otros de los que pretenden hacerme partícipe mientras yo callo y lloro por dentro: siempre empiezan por sus defectos, pocos se detienen en alabar los talentos de sus compañeros. Mis propias correcciones son asumidas por los otros como un señalamiento del interpelado, no como una lección general, un consejo dado con la intención de mejorar de la que todos pueden extraer una ayuda para su juego, que es el de todos. Quizá yo mismo esté cayendo en esto que critico con la redacción de este párrafo, con la diferencia de que en mi caso procuro reflejar compasión y piedad, no celo o envidia.  

 

La cuestión es cómo crear equipos, palabra tan grandilocuente como vacía de significado en sí misma en este contexto en el que cada individuo es una trinchera. Si el baloncesto, un deporte de cooperación-oposición no lo logra por sí mismo, con sus magníficas reglas concebidas para alentar este espíritu de colaboración, si la elección de deporte de los chicos y sus familias no facilita este hecho (suponer que la apuesta por un juego de equipo lo es también de sus presupuestos y principios es mucho suponer, ya lo hablábamos en el pasado: el germen es otro), ¿qué podemos hacer como entrenadores?

 

  • 1.       Elevar los niveles de sacrificio colectivo: en la agonía el ser humano se muestra más humilde; si sigo vivo, decía hace poco Carlos Boyero en una entrevista, es porque he pedido ayuda. Cuanto más duro el entrenamiento, más colaboración se van a prestar entre sí los miembros del equipo. Sufrir unidos en la persecución de un objetivo lleno de sentido es terapéutico y refuerza el nosotros.
  • 2.       Dar importancia al fundamento del pase como elemento clave del respeto que se prestan unos a otros. Limitar el número de botes, dar por perdido cualquier pase que llega desviado, invita a dar importancia al juego sin balón y a la precisión con la que se comparte el móvil, objeto en el que reside la energía del equipo, energía, por cierto, que se pierde con cada bote de más, con cada tiro contra dos defensores, con cada compañero solo obviado por un arrogante poseedor que piensa que es mucho más capaz que este para resolver con éxito una acción.
  • 3.       Diseñar tareas y dinámicas que solo puedan resolverse favorablemente con la participación de todos. Retos para todo el equipo, retos deliberadamente alcanzables que generen una autoestima grupal.
  • 4.       Rituales que sustituyan a los rezos comunitarios (corros, cánticos, recibir en pie a los compañeros sustituidos), que recuerden a la íntima relación entre una unidad de infantería o una hermandad, pero sin esa carga simbólica o religiosa. Lo dice alguien que no cree en Dios ni en sus sustitutos (ídolos, instituciones…), pero sí en los indudables beneficios de caminar de la mano.
  • 5.       Un mensaje coherente y un millón de veces repetido que ponga en valor lo necesitados que estamos del otro, lo necesarios que somos también para él. Establecer vínculos, crear una red de cuidado mutuo. Desdramatizar el error, celebrar los progresos de unos y otros, corregir con una visión universalista en grupo y de manera más personalizada en privado para evitar el efecto imitación de una corrección airada, la sensación de que todos puedan sentirse jueces severos del comportamiento del otro.

 

También crear relatos como el de Saint Exupéry que hagan ver a los chicos que cualquier día su avión puede tener que aterrizar de urgencia en el desierto y que, a punto de fallecer por la ausencia de agua y alimento, ellos, que se creían tan autosuficientes, pueden llegar a necesitar de ese beduino que no juzgó su apariencia ni su color de piel, que simplemente los atendió y los llevó hasta el oasis más cercano. Para que sean conscientes de nuestra debilidad y, sobre todo, para que deseen ser ese beduino. Todos los días. No a la espera de ninguna recompensa o zanahoria colgante. El premio es ser el beduino.

 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

El Código del entrenador

 


Existe una tentación cada vez mayor, yo mismo la siento, por caer en una suerte de nihilismo que resta peso e importancia a los valores, a las creencias e incluso a los hechos, en eso que se conoce como posverdad o visión alternativa, tan cierta en la mente de sus creadores como la probada o cierta a ojos de la ciencia o los sentidos. Ante la sucesión de acontecimientos que nos recuerdan nuestra pequeñez, la insuficiencia de nuestra voluntad particular ante la avalancha de procesos que se nos imponen, es natural invocar el nada importa nada o el si total…

 

Pero nos debe quedar el baloncesto. El baloncesto como cualquier otra actividad que recuerde de alguna manera a aquellas desempeñadas con espíritu caballeresco (o damesco, en fin), en las que las formas sigan constituyendo un fin en sí mismo, en las que veamos al oponente como un compañero de juego que simplemente comparece en la batalla con intereses opuestos, aspirando a lo que nosotros tenemos, protegiendo lo que deseamos. Una actividad que nos devuelva la esperanza en las nuevas generaciones, para que no solo sean más preparadas para procesar información, tomar decisiones basadas en cálculos fríos o manejar nuevas herramientas, sino para que estén dotadas de humanidad, compasión y valores éticos compatibles con la convivencia profunda y afectuosa con el otro. También con las herramientas para sobrevivir, con la humildad, la curiosidad y, sobre todo, el tesón, que conducen al aprendizaje y la maestría.

 

Sin embargo, como entrenadores, antes de ponernos ante un grupo, de liderar una colectividad, esa pequeña aldea en la que la unión no procede de la consanguinidad que es un equipo, debemos autoevaluarnos. La verdad, siento pena por algunos modelos que se nos imponen a través de las pantallas. Siento que la norma sea apretar al árbitro, desestabilizar a los contrarios o tratar como animales de carga a los empleados, llámense en este caso jugadores de baloncesto. Podría poner nombres y apellidos, pero no se trata de esto, primero porque ellos se desenvuelven en entornos de máxima competencia (y lucha por la supervivencia) y segundo porque coincido con Eleanor Roosevelt: los hombres pequeños hablan sobre los demás.



Quede el aprendizaje, el debate de ideas. Sirva para que los entrenadores, a los que en los cursos solo se les habla de formar deportivamente o de ganar, no seamos simplemente unos frikis de la técnica individual o de la táctica colectiva, unas bibliotecas andantes de jugadas, un cofre de situaciones en las que seres humanos se convierten en ejecutores dentro de una gran maquinaria ajena a estados de ánimo, problemas personales o valores universales relacionados con la templanza, la bonhomía o la ya mencionada humanidad.

 

Urge, de esta manera, operar con códigos, es decir, con una legislación autoimpuesta que si la profesión, quizá por no ser tal, no la exige, sí lo haga, en cambio, nuestra conciencia, nuestro sentido del honor y del deber. Andar por la vida sin ellos, sin códigos de conducta o valores a vigilar, es hacerlo borracho al volante de un deportivo en medio de la noche. Es decir, poniendo en peligro a todos los que se cruzarán en el camino. Y en nuestro caso no serán ciervos o jabalíes. En fin, las temporadas están recién iniciadas o a punto de comenzar, así que, entrenador, si aún no lo tienes, revisa tu formación, recuerda las palabras de tus padres y abuelos, acude a las lecturas sagradas o profanas que iluminan tu espíritu y hazte con un código. Aquí algunas normas del mío, siempre en constante revisión.

 

¿Y si sí? En la fábula de Pedro y el lobo yo siempre creeré a Pedro. Como creeré siempre, tras haber reclamado desde el primer día su honestidad, la palabra de los jugadores. Será un modo ingenuo de acercarme a ellos, pero nada más dañino para una relación de confianza que el prejuicio o la presunción de dolo, engaño o reserva.  En fin, con esta postura también me ayudo a mí mismo. Puedo vivir siendo engañado, no soy rencoroso, pero no podría vivir no habiendo creído las palabras de un jugador en el caso de que estas fueran ciertas y mi descrédito le condujera a una situación peor. En mi código de conducta como entrenador, la presunción de veracidad y honestidad de los miembros de un equipo no se discute.



 

Hard on the issue, soft on the person. Duro con el delito, suave con el delincuente. Así adaptó las palabras de Henry Cloud la magnífica Concepción Arenal. Esta es una llamada a terminar con las relaciones de causalidad precipitadas (falló una vez, fallará siempre) que conducen a etiquetas limitadoras y a pensamientos excesivamente rígidos. En un régimen de derecho como en el que creo no hay nada peor que el derecho penal de autor, asociar a una persona los prejuicios que pesan sobre un grupo o colectividad, asumir que el pasado determina hasta tal punto el presente de un individuo que le está prohibido tener un futuro distinto. Seamos educadores.

 

Nada de lo humano me es ajeno. En el momento en que al entrenar piense únicamente en el equipo como en una maquinaria o institución al margen de sus miembros, en el que la masa ingiera al individuo hasta despojarlo de sus cualidades e impedirle pensar por sí mismo, habrá llegado el momento de dejar este modesto oficio. Humano soy, nada de lo humano me es ajeno, es una buena traducción de la máxima de Terencio, como también es una buena traducción de los versos de John Donne la siguiente: la muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad, así que no preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti. Quede dicho.

 

Un Samurai es cortés incluso con sus enemigos. Creo firmemente en el valor del respeto, en que nuestra calidad humana se demuestra en el modo en que tratamos a todos los agentes involucrados en un equipo o competición. En primer lugar, con el compañero, con el que debemos aplicar dosis añadidas de compasión ante el error, pues él mismo está experimentando su propio proceso de aprendizaje. Ser ejemplo en este punto es, desde mi particular punto de vista, clave. Y el rival o los árbitros son también compañeros. Entre todos hacemos posible el juego, esta divertida herramienta pedagógica.



No sin un plan. Luego el azar dictará sentencia, pero ni siquiera Alonso Quijano dejó aquel lugar de la Mancha sin un propósito. O Cervantes, aunque en su idea inicial aquello no pretendiera ser más que una nouvelle. Cuando se nos confiere la responsabilidad de liderar un equipo debemos prefigurar para él un plan, una idea. Necesitamos divisar un destino, describir una misión. Nos viene a decir Kavafis que Ítaca fue el viaje, pero el viaje de Ulises no hubiera existido sin Ítaca, así que, si no la tenemos, tendremos que inventárnosla.

 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

2018, estamos en paz





“Muy cerca de mi ocaso yo te bendigo, vida”. Con este verso comienza uno de los más bellos poemas que he leído. Su nombre, En paz, revela una posición hacia la existencia que, tal vez, solo podamos alcanzar hacia el final de la misma, ese momento en el que el lánguido transitar por sus senderos conduce a un otero desde el que contemplar el trayecto. Desde lo alto quizá cobre sentido el serpenteante camino que nos lleva entre cimas y vaguadas concediéndonos, solamente, la posibilidad de la marcha atrás o el abandono (a eso lo llaman libertad). Y es que no me refiero al cambio estético u ornamental de ciudad, trabajo o pareja, sino al recorrido interior que emprende el alma desde que se despereza en una habitación de hospital hasta que duerme para siempre, puede que agitada y esperanzada, o de un modo simplemente sereno.

2018, por usar una medida cualquiera de tiempo, ha sido un buen año baloncestístico. A vista de pájaro, y sin entrar en detalles, vencieron dos propuestas atractivas y valientes. Tanto Real Madrid como Golden State Warriors creen, contra la lógica cartesiana, que una canasta anotada vale más que una no recibida. Ello sin desdeñar el valor de la defensa como catalizador de la energía grupal, reconociendo a figuras como Taylor, Rudy, Iguodala o Green que entienden mejor que nadie eso de “hacer lo necesario”. A esta tendencia se unió Villanova Wildcats, un equipo que ha hecho del juego de 4 y 1, sencillo en sus fundamentos pero obsesivo en los detalles, una auténtica obra de arte. Pablo Laso, Steve Kerr y Jay Wright deberían estar en las quinielas de “hombre del año”. Créanme, necesitamos autoestima ante la atención mediática que reciben los monstruos con quienes compartimos cromosoma XY.

Por otra parte, perdonen mi incoherencia, 2018 ha sido un mal año baloncestístico. Coincido con Popovich en este punto. El triunfo de los algoritmos, la comprobación de su efectividad, aleja al baloncesto de su condición de juego, automatiza conductas y resta valor a la enseñanza y el aprendizaje de los fundamentos. El baloncesto se empresarializa, quién lo desempresarializará, podría ser el inicio de un trabalenguas pero es más bien una pregunta retórica por más que los Spurs se empeñen. La tendencia, como sucede con todos los avances tecnológicos (que no con los progresos sociales), es irreversible. En fin, como diría César Vallejo, hoy me gusta la vida un poco menos…

En el día de ayer experimenté las dos caras del baloncesto que han presidido mi vida en este año. Por la mañana asistía con el corazón paralizado a cada uno de los lanzamientos abiertos del equipo rival, puñaladas en los sistemas fisiológicos de un equipo profesional, donde siempre es difícil tratar de impostoras a las victorias y las derrotas cuando tantas veces explican lo que sucede con implacable dogmatismo. Por la tarde, reunido con viejos amigos con los que compartí experiencia en San Fernando, en el Campeonato de España Mini, y por la noche, reunido con los chicos que tuve la suerte de entrenar (perdonen que use siempre la misma expresión) durante la temporada pasada en el Cadete A de C.B. Tormes recuperé el pulso de eso que hace tan especial este juego, a pesar de las matemáticas, los medidores de rendimiento y las clasificaciones. O gracias a ello, pues solo en el intento obstinado de ser mejores cada día se alcanzan los niveles de emotividad que permiten que las relaciones que traba el baloncesto sean tan de verdad.



De ahí que 2018, año en el que se mezclaron las aproximaciones vocacionales al baloncesto (C.B. Tormes, selección mini de Castilla y León) con otras de carácter profesional (Synergy Sports, Bodegas Rioja Vega C.B. Clavijo), sea una invitación a seguir dando valor a cada pequeño gesto de los que se compone el juego sin perder de vista la dimensión humana que lo rodea, a explicar cada pequeño paso como indispensable para llegar a la meta, pero también, y sobre todo, como parte inseparable del camino que un día emprendimos y al que un día me gustaría referirme en los términos en que lo hizo Amado Nervo en el poema antes mencionado: Amé, fui amado. El sol acarició mi faz. ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Donde el corazón nos lleve





Sentado, pudiera parecer que impasible. Cómodamente instalado dentro del traje oficial de USA Basketball y sobre unos lustrosos zapatos. Así conocí a Mike Krzyzewski durante mi visita a Bilbao para la celebración del segundo partido de la fase de grupos del pasado Mundial entre Turquía y Estados Unidos. Coach K ha sido siempre toda una referencia, no en vano el programa baloncestístico de Duke, el más exitoso del país en el conjunto de las tres últimas décadas, lleva su intransferible sello personal. Sin embargo, liderando una selección de perfil bajo sobre la que se cernía la sombra de la duda y la sospecha, el licenciado de la West Point Academy, volvió a mostrar todas sus cualidades como gestor de grupos, educador y, en definitiva, padre espiritual de una colectividad, de esa familia en que se convierte un equipo de baloncesto cuando entre sus miembros los lazos se tornan estrechos e irrompibles.

Aquel día simplemente lo observé desde la grada de enfrente. Hoy, gracias a la lectura de su libro, Leading with the heart, inestimable regalo de mi hermano, siento que estoy un poco más cerca de él, de ese chico de Chicago que, como él mismo confiesa, organizaba a los chicos del barrio para jugar al béisbol en la calle. De su instinto e inteligencia para captar cada mensaje que la vida le lanzaba a modo de adagios paterno-filiales, enseñanzas callejeras o lemas castrenses surgió una personalidad incorruptible y al mismo tiempo flexible que encontró en la enseñanza del baloncesto su destino. Un destino que es, en realidad, un camino. Un camino salpicado de temporadas, ese lapso con el que los entrenadores organizamos nuestras agendas. Temporadas que debemos afrontar, así nos lo enseña Coach K, como si fueran toda una vida.

En ese camino hubo derrotas que lo hicieron más fuerte y, por desgracia, se quedaron también algunos amigos, como Jim Valvano, al que acompañó hasta su último aliento. También su madre, a la que siempre recuerda y rinde pleitesía. Con él, por suerte, siguen viajando su mujer, sus tres hijas y su hermano, el más apasionado de todos, como reza la dedicatoria. Con él, además, porque cree que así debe ser, caminan también todos los que fueron sus ayudantes, todos los que algún día formaron parte de la comunidad de Duke en Durham y, por supuesto, todos los que algún día, aunque fuera durante unos segundos, le llamaron, honrando al propio sustantivo, entrenador.

Aunque el libro, por vano orgullo personal, está llamado a formar parte imperecedera de mi biblioteca personal allá donde se emplace en un futuro próximo, hoy se encuentra disponible para todos aquellos que, siendo entrenadores o no, deseen conocer mejor los operadores que le han permitido alcanzar a Mike Krzyzewski sus estándares de excelencia. Entre ellos, y por encima de todos, tal y como avanza el título, mucho corazón.

Éstos son alguno de los párrafos que he rescatado:

Las personas necesitan que les den libertad para mostrar el corazón que poseen. Es responsabilidad de un líder dotarles de esta libertad. Y eso se puede conseguir estrechando las relaciones. Si un equipo es una verdadera familia, sus miembros querrán mostrarte sus almas.

Algunas personas piensan que disciplina es una palabra fea. Pero no debería serlo. Todo lo que significa es hacer lo que estás llamado a hacer de la mejor manera posible en el momento debido. Y eso no está mal.

Hay cinco cualidades fundamentales que hacen de cada equipo grande: comunicación, confianza, responsabilidad colectiva, cuidado mutuo y orgullo. Me gusta pensar que cada uno de ellos como uno de los dedos de un puño. Cada uno de ellos, individualmente, es importante. Pero todos juntos son imbatibles.

Si pones una planta en un jarrón tomará la forma del jarrón. Pero si permites que la planta crezca con libertad, veinte jarrones no serán suficientes para sustentarla. La libertad para crecer personalmente, la libertad para cometer errores y aprender de ellos, la libertad para trabajar duro y ser uno mismo. Todo ello lo debe garantizar un buen líder.

Quiero que cada uno de los jugadores de Duke sepan que nuestra relación va a estar siempre ahí, que los amigos no desaparecen una vez culmina el camino. La amistad es una cuestión del alma. Y todos mis amigos permanecen siempre en mi corazón. Siempre.

El aprendizaje continuo es una de las claves del liderazgo porque nadie puede saberlo todo. En el ejercicio del liderazgo las cosas cambian. Los sucesos cambian, las circunstancias cambian, la gente cambia. Como los hechos demuestran, en el liderazgo todo tiene que ver con el cambio. Los lideres conducen a su gente hacia lugares en los que nunca han estado. Porque los líderes están siempre encontrando nuevas situaciones, tienen que aprender cómo reunirse con los nuevos retos, adaptarse, confrontar, dominar la situación, ganar. El trabajo de un líder es cambiante. Es como un anillo. No tiene fin. El liderazgo nunca se detiene.

Si la única razón por la que yo entrenara fuera ganar partidos de baloncesto mi vida sería bastante miserable. Entreno sólo porque amo este deporte y porque así tengo la oportunidad de enseñar e interactuar con gente joven.

Los miembros de tu equipo necesitan poder mirarse a través de tus ojos. Sólo así podrán ver quiénes son, no quienes ellos creen que son.

Cuando nuestro objetivo es intentar hacer lo mejor de nosotros mismos, cuando nuestro foco se centra en la preparación, el sacrificio y el esfuerzo en vez de en números en el marcador, entonces, nunca perdemos.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Deportistas, millonarios y ya





En estos últimos días, ganándole tiempo al tiempo, he podido disfrutar de tres documentales de alto nivel artístico sobre tres deportistas cuya figura ha traspasado las fronteras de la mera actividad lúdica. En “Cuando Éramos Reyes”, Leon Gast, su director, nos muestra los prolegómenos y el propio combate por el título de los pesos pesados en el que Muhammad Ali recuperaría por última vez su corona ante ese ogro de ébano que era y sigue siendo George Foreman. Esto no tendría nada de particular si no estuviéramos hablando de un icono como Ali y de un combate celebrado en Zaire, antiguo Congo Belga, ante una población negra que sucumbió ante el magnetismo y el poder seductor de Klay. Por su parte, Informe Robinson, magistral producción de Canal Plus, rescató del olvido la emblemática figura de Luis Ocaña, la vida de un rebelde que se resistió de la misma manera a un destino que le dictaba ser carpintero y a un caníbal montado sobre una bicicleta que respondía al nombre de Eddy Mercx. Por último, en “Mi indiscutible verdad” Mike Tyson, de la mano de Spike Lee, se confiesa ante el mundo y nos expone, de manera sincera y sin armadura, cómo de inclinada es la escalera del éxito. En ambos sentidos, claro, en la subida a los cielos y en la bajada a los infiernos, esos dos polos antagónicos situados más allá de la vida y lejos, en cualquier caso, del humilde gueto de Brooklyn en el que nació.



Tanto Ocaña, como Tyson y, especialmente, Ali, son ejemplos paradigmáticos de un concepto de deportista alejado del presente. En la actualidad el deportista, amén de dedicar el tiempo que sea necesario para mantenerse en la élite, se dedica a satisfacer las múltiples cláusulas que le vinculan con una u otra marca deportiva, crema de afeitado, casa de apuestas,... En el marco de una concepción (algunos ni siquiera pueden presumir de tener alguna concepción) funcionalista, aquélla que afirma que las cosas son como deben ser, evitan mezclar su discurso, a menudo de perogrullo, con afirmaciones con carga ideológica o política. Sólo cuando les puede el instinto y ante descuidos de sus asesores, se desmarcan con declaraciones altisonantes, atrevidas, poco adecuadas, en cualquier caso, para sus patrocinadores y equipos. Para su imagen, en definitiva, la única preocupación del deportista del nuevo siglo, de esa persona que se alimenta de las personas con la misma indiferencia con la que los leones devoran a las gacelas que, exhaustas, se rinden ante la fatalidad. Probablemente, la complacencia con la que actuamos ante estos nuevos ricos que se dedican, como tantos otros en el mundo, a hacer bien o muy bien su trabajo, explique en gran medida esta antropofagia, esta alienación de nuestra identidad, una identidad que pasa a ser la suya por imitación o delegación. Ganamos cuando ellos ganan, sentimos, o creemos sentir, lo que ellos sienten y, por eso mismo, aceptamos que ganen lo que ganan, que revisen los contratos al alza con la misma frecuencia con la que una empresa despide a sus trabajadores. Así aceptamos el cinismo con el que estos magnates del nuevo tiempo pretenden combatir la miseria generando fundaciones tapadera que son, ante todo, sumideros de fondos, lavaderos de euros que ningún hospital público, carretera o servicio social verá.



Hay excepciones, claro, oxigenantes y reconciliadoras. Deportistas como Pau Gasol, Dikembe Mutombo, Samuel Eto´o y algunos otros rebasan la línea de la caridad institucionalizada propia de la limosna dirigida por los managers, para integrarse e identificarse con las causas que apoyan sintiéndose, porque lo son, como lo somos todos, corresponsables del bienestar de ésta y de las futuras generaciones que habitan en los lugares menos favorecidos del mundo, lugares que fueron expoliados de sus riquezas naturales, hombres y mujeres que fueron obligados a renunciar a sus modelos de vida coherentes con el medio para pasar a producir a un alto coste (humano y cultural) y a un bajo precio (o valor de mercado) bienes que satisfacieran a las gacelas del mundo “civilizado” y desarrollado, las mismas que se dejan devorar por estos nuevos leones sin escrúpulos que creen que, de verdad, su salario se corresponde con su grandeza (cuando no es insuficiente).






Pero hubo un tiempo, creedme, en el que deportistas emblemáticos, seres bendecidos por un don, conscientes de su fortuna y de su visibilidad, se erigieron como portavoces de diferentes causas. Bill Russell, Ali, Kareem Abdul Jabbar y muchos otros practicaron el activismo político y renunciaron a mantenerse indiferentes ante el trato discriminatorio que sufría la población negra en los Estados Unidos fruto de una absurda creencia que estratifica a las razas bajo no sé qué principio del derecho divino o natural. Cabe recordar, también, el celo con el que se entrenó Jesse Owens para castigar al más fanático de todos, a Adolf Hitler en su propia casa, en su propia bacanal berlinesa durante los Juegos del 36. Y quién puede olvidar el brazo en alto de Tommie Smith y John Carlos al recibir las medallas de oro y bronce en los 200 metros de los Juegos Olímpicos de 1968.



Poco queda ya de aquellos tiempos pese a que la realidad social de determinados países siga mostrando graves injusticias. En España la política ha promovido el deporte profesional, ha sido condescendiente, cuando no cómplice, a la hora de cobrarse deudas y por eso se sabe a salvo de cualquier intento subversivo. No les quepa duda de que se acusaría de traidor a quien osara levantar la voz denunciando la corrupción o la mala gestión de nuestros representantes. Pero hay más. Son las marcas publicitarias, los agentes y asesores de imagen los que recomiendan discursos asépticos. No escucharemos jamás a Nadal, Iniesta, Ricky Rubio o Fernando Alonso levantarse en contra de una política fiscal que grava más a los más pobres al potenciar los impuestos indirectos. Quizá piensen que es suficiente con hacer sonreír al pueblo con una victoria o una medalla en base a ese principio de delegación de sus triunfos del que hablaba antes.



El modelo Russell o Ali de deportistas activistas dejó paso al de Jordan o Tiger Woods como mayores ejemplos de representantes de sí mismos y de su marca. Nike les estará eternamente agradecidos por sus victorias y su carisma a la hora de anunciar sus productos. También Tag Heuer, Gatorade, EA Sports, 2K Sports y muchas otras grandes compañías, amén de innumerables casinos. No seré yo quien les niegue su derecho a amasar riquezas y a emplearlas como deseen, pero me voy a permitir el lujo de recordarles que todo lo que son se lo deben a la comunidad, a una comunidad que los idolatra por el mero hecho de poder hacer lo que ellos nunca podrán. Y así se lo pagan.



Sí, así. Con silencios cómplices, con conductas muchas veces inmorales e inapropiadas, trasladando el típico mensaje del “hagan lo que digo, pero no lo que hago”. Ayer vi a Arbeloa y a Pepe maltratando a Diego Costa, otro ejemplo de mal deportista, cuando el árbitro no les veía y me acordé de Coppi y Bartali compartiendo el agua que les quedaba camino del Galibier. Simplemente una muestra de que el deporte profesional y los negocios aledaños han terminado no sólo con la implicación social de los deportistas, sino también con el carácter ejemplarizante que debería acompañar a toda actividad difundida mundialmente sin filtros de edad. 





Os dejo recomendándoos la visión de los tres documentales que os cité al principio. En Ocaña reconoceréis al hombre testarudo e inconformista, en Tyson a un ídolo caído que solicita redención y en Ali, además de al mejor boxeador de todos los tiempos, a un dios venido del cielo para dotar de esperanza a un pueblo, el africano, maltratado por las naciones que primero se hicieron con la tecnología, por los hombres que primero articularon un discurso racista para imponérselo a los demás. Ay de nosotros, blancos, si los primeros hubieran sido negros.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS.

Normas y valores






Es seis de diciembre, tradicional jornada de asueto para el común con la excusa del aniversario de nuestra última constitución, la séptima de esta joven nación (porque nación, como unión de ciudadanos libres e “iguales” sólo lo somos desde 1812) si sólo tenemos en cuenta aquellas que son fruto de un poder constituyente (y no de la imposición francesa, real o franquista). Una constitución, por cierto, que por ser norma de normas, y por estar abierta a infinitas interpretaciones realizadas, básicamente, por jueces elegidos por los partidos políticos en el Tribunal Constitucional, cada vez nos representa menos.



Es lo que tienen las normas. Nacen de la ambición de sus creadores, quienes inspirados, dicen, en la voluntad popular que les respalda, aspiran a crear textos ajustados a la realidad social y, al mismo tiempo, lo suficientemente generales y abstractos como para perdurar en el tiempo. Se olvidan, quienes creen que pasarán a la historia por dictar muchas y variopintas leyes, que la norma es una aberración, la muestra más clara de que algo no funciona.



No me malinterpreten. Ni siquiera la sociedad más bondadosa podría habitar sin unas normas básicas de convivencia, sin leyes que impongan deberes, otras que restrinjan el abuso de los derechos y otras que doten a los ciudadanos de ciertas potestades. En nuestro caso, viniendo de donde veníamos, podríamos dar por bueno el argumento de que la constitución de 1978 sirvió, al menos, para pacificar el país e instaurar una democracia bastante aparente y pulcra.



Sin embargo, cuando el paso del tiempo nos conceda perspectiva (si la crisis no nos lleva por delante), más allá de la utilidad ya recalcada, recordaremos esta constitución como un acuerdo de mínimos, como un ejemplo de consenso por renuncia y no por convencimiento, como una puerta abierta para que se colaran en ella profesionales del politiqueo, artistas de la corrupción y manipuladores de la historia que quieren fragmentar lo que a vista de pájaro parece una única pieza inseparable.



Pero no es mi intención hablar de la Constitución de 1978, sino sólo utilizarla como ejemplo en el día de su aniversario. Ejemplo, digo, de la perversidad innata de cualquier texto legal. Y es que las normas responden a este patrón perverso cuando se ven desprovistas de su base teórica y moral, cuando responden no a criterios éticos universales, sino a momentos de crispación o a ardores de estómago puntuales. Las normas no nos representan, sino que llaman a la insumisión, cuando nacen de las imposiciones de un colectivo, de las exigencias de un grupo de presión o del interés de los propios legisladores.



Hilo aquí con nuestra función, me dirijo a los entrenadores (también en parte a todos los profesores), de educadores. Ya estemos puestos por el gobierno (funcionarios en el caso de las escuelas municipales) o por una entidad privada (cualquier club) nuestra posición de dominio sobre el grupo se basa, principalmente, en el acto de fe que realizan los chicos y chicas para con nosotros. Entre ellos y nosotros existe un pacto tácito en el que las órdenes y su acatamiento se entretejen a partir de un principio de confianza que puede ser más o menos explícito.



Esta posición asimétrica, entre profesores y alumnos o entre entrenadores y jugadores, puede dar lugar a muchos y variados estilos de liderazgo. Quien considere que la base de su poder es divino dictará normas y exigirá un seguimiento devoto de las mismas. Quien se considere más un guía, compartirá con los tutelados el porqué de sus decisiones y pedirá un cumplimiento informado y, por ello, más consciente.



Ahora bien, ¿están los chicos de hoy en día preparados para aceptar un proceso de negociación que, aunque dirigido por el maestro o entrenador, les exige autonomía y madurez? ¿Cómo lo van a estar, se preguntan algunas voces, si se ha impuesto, por un lado, la cultura de la sobreprotección (“no hagas eso que te puedes caer” o “estudia esto porque es lo mejor”) y, por otro, la de la pillería y el chantaje (“venga, cómprate esa bici, pero no le digas a tu madre que te he dejado solo toda la tarde”). Y no es responsabilidad sólo de los padres, que suelen ser los menos culpables, sino también de los mensajes que reciben de su grupo de iguales y, por supuesto, del principal foco de “desinformación” que manejan los adolescentes de hoy en día, los medios de comunicación e internet (no por el manejo en sí, que brinda grandes oportunidades, sino por lo mal asesorados que están). Ante esta realidad tan compleja, ante la propia individualidad, más exacerbada aún en el período adolescente, de cada ser humano, es fácil acudir a la norma, dictar y sentar cátedra. Instruir y no educar. Y no necesariamente porque se crea en este modelo, sino por mera supervivencia.



Hoy, además del aniversario de la constitución, otra nota de actualidad se impone sobre el resto: La muerte de Nelson Mandela. Su figura, por enorme, nos empequeñece a todos y, por el contrario, su mensaje nos dignifica y nos reconforta con nuestra condición de seres humanos. Él, en este mundo complejo, lleno de hombres crueles y sin una mínima noción de justicia social, podría haber optado por ser un ciudadano más, feliz dentro de su ámbito privado y en su condición de abogado. De esta manera no hubiera pasado veintisiete años de su vida en prisión condenado a cadena perpetua. Es más, tras salir de prisión podría haber renunciado a la lucha, confesar públicamente que no tenía fuerzas para más. Cualquiera lo hubiera entendido. “Es humano”, hubiéramos dicho. Pero no. Y aún hay más. Porque una vez proclamado presidente de Sudáfrica podría haber exigido venganza hacia con los blancos. Muchos también lo habrían entendido. “Es humano”, dirían. Pero no. Optó por la reconciliación, por poner fin a décadas de racismo institucionalizado para proclamar la igualdad entre todos los ciudadanos.



Y ayer murió, como moriremos todos. Pero antes vivió, como no todos haremos si renunciamos a los principios y nos conformamos dictando y cumpliendo normas, actuando de forma “humana” y aceptando sin más nuestros fallos. Traslademos su ejemplo a nuestra vida cotidiana. No todos podremos morir habiendo cambiado un régimen de esclavitud por otro de libertad y justicia, pero sí todos podremos, en nuestro ámbito de actuación, y más aún si trabajamos y convivimos con jóvenes, contribuir a dar forma a una sociedad más justa. Y para ello, créanme, sobran normas y hacen falta valores.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

FELIZ BALONCESTO






No sé si conseguiré explicarme. En realidad convivo con esta duda cada vez que empiezo a salpicar de negro el fondo blanco de mis pensamientos simbolizado por la hoja de papel virtual del editor de texto. De hecho, no sé si hago bien en escribir sobre estas fechas en unas fechas en las que que las propias fechas explican por sí solas nuestra manera de actuar y nos pilotan, sin rumbo fijo, a un paraíso de fingida felicidad o de irreparable melancolía (allá cada cual) del que es muy difícil escapar.

Pero en fin, me arriesgaré. Me arriesgaré, digo, a contaros la desazón y el desencanto que me provoca la sucesión de tradiciones que, ligeras de contenido, seguimos religiosamente mientras nos proclamamos ateos, escépticos o hijos de un dios menor llámese Messi o Justin Bieber. Llámese mejor, porque éste es su verdadero nombre, dinero, eso que según Jules Renard, postromántico francés, nos preocupa haciéndonos, por ello, diferentes a los animales.

Así, y aun asumiendo la omnipresencia de lo material en nuestras vidas, hoy quiero hacer una llamada a la esperanza, un canto sordo repleto de versos que no riman y estrofas que se pierden como gotas en el océano. Y es que no escribo para que me lean o me escuchen. Menos aún para que sigan las cuatro normas que intento poner en práctica cada día y que olvido torpemente mientras desayuno. Hoy las escribo para eso, para recordarlas. Y las hago extensibles como parte de la terapia que sigo en la búsqueda de sentido de este carrusel el que nos vemos inmersos sin, ni siquiera, tener que pagar entrada.

O mejor, no sé qué os parecerá, hago lo que hago siempre y me dejo de divagaciones estériles. Y es que siempre hay una cura para esta clase de males, una receta milagrosa que dibuja en nuestros rostros una sonrisa que bien pudiera ser definida como tonta, aunque en realidad sea la más inteligente de todas. ¿Y qué hago siempre que me peleo con el mundo, las creencias populares o los belenes de cartón piedra? Pues pensar en baloncesto (por ejemplo en estas imágenes). 



Sirve igual, apunten los ingredientes, un partido de élite o una cancha de parque mugrienta con redes dispuestas a contagiarte el tétanos. No sean quisquillosos, tampoco, con el punto de vista. Jueguen, entrenen o arbitren. Sean, por qué no, meros, qué digo meros, grandes aficionados. Critiquen y abucheen. Simplifiquen si es necesario una complejidad a veces artificial, a veces inherente al propio juego. No sean clasistas. Baloncesto es todo. Lo que gusta y lo que no. Laso, pero también Pascual. Individual, pero también zona. Masculino y también femenino. Clasistas no, pero tampoco tontos, que luego te acaban poniendo el baloncesto a la hora del pincho los domingos coincidiendo con los partidos de las autonómicas y claro, luego audiencias a la baja, patrocinadores que se dan el piro, equipos que no pagan los avales y el reconocimiento generalizado de que el fútbol es más divertido (una liga sentenciada en diciembre), más dinámico (90 minutos de los que se juegan la mitad) o más sostenible (si los clubes de fútbol le debieran dinero a los Corleone habría habido más asesinatos en España que en el Chicago de los años 20).

Vaya, parece que con el fútbol me pasa lo mismo que con la Navidad. No creo en ellos, pero se cuelan entre mis letras como esas chicas de una noche a la que mis principios renuncian perdiendo siempre la batalla contra mis instintos. ¿O es que se dejan perder? Bueno, hablaba de baloncesto y ahora paso a hacerlo de BALONCESTO, el que se enseña, se aprende y se olvida para volver a aprender en las etapas de formación, en los cientos (quizá miles, no tengo ganas de comprobar el dato) de clubes que se esmeran cada día en formar a jóvenes que comparten una misma pasión. 



Por suerte no es éste un asunto de productividad y no aparece en la agenda del Consejo de Ministros, aunque siempre se cierna sobre él la sombra de la guillotina, la del recorte por falta de importancia, la del destierro al cajón del olvido. Y sí, modestos podemos llegar a ser, pero el exceso de humildad no debe impedir que se reconozca la función que miles de entrenadores realizan, realizamos, en los patios de los colegios o, si tenemos más suerte, en los pabellones de nuestras escuelas o localidades. Allí, con un balón por medio, con dos aros y unas cuantas líneas, sin envoltorios de regalo ni sonrisas postizas se entremezclan pasiones y sueños con valores fundamentales que todos debemos aprender. Y es que el baloncesto, bien enseñado, practicado con dureza e ilusión, es una auténtica escuela de vida.

Hablo ahora como entrenador para recordar que muy pocos jugadores de los que tengamos el placer de dirigir llegarán a ser profesionales, a hacer dinero con el baloncesto. Aun así tenemos la obligación de enseñarles todo lo que sabemos y de seguir formándonos para que que nuestro bagaje sea cada vez mayor. Eso, en el aspecto deportivo. Sin embargo, habida cuenta de la escasa proporción a la que antes hacía mención, creo que es más importante generar consumidores futuros de deporte en general y de baloncesto en particular y contribuir, al mismo tiempo, a su formación en aspectos tan básicos como el respeto al compañero y los límites a la libertad.

Me conformaría, y ya me despido, si estos chicos siguen pensando de adultos que Navidad, tal y como se entiende en estos tiempos y dado que no hay otra palabra, puede celebrarse cualquier día. Porque Navidad, en cuanto que sinónimo de celebración o fiesta, es también sinónimo de baloncesto. Y el baloncesto, en cualquiera de sus diferentes formas y bajo sus múltiples máscaras, siempre estará ahí para tendernos su mano amiga.

FELIZ NAVIDAD. FELIZ BALONCESTO

Tres que no vuelven y un callejón




En las puertas del cielo tres viejas leyendas ya fallecidas se mezclan entre la muchedumbre para recibir el ticket de la cena. Regresan, como cada noche, tras su visita diaria a los Juegos Olímpicos de Londres. Sus nombres os sonarán. Son Red Auerbach, antiguo entrenador de los Boston Celtics, John Wooden, Míster UCLA, y Chuck Daly, el director de operaciones del único e inimitable Dream Team. Han vuelto demasiado pronto. Todavía no les esperaban.

Deberían estar en el lugar privilegiado desde el que contemplan todo acontecimiento baloncestístico de interés, en ese lugar reservado a los más grandes que les hace estar, literal y figuradamente, por encima del propio juego. Desde allí tenían que estar siguiendo las evoluciones del equipo norteamericano de baloncesto, el que dirige uno de los suyos, un Coach K al que ya le tienen reservado un sillón para cuando la muerte le haga una visita.

En el cielo son famosas sus partidas de ajedrez y sus debates a pecho descubierto sobre diferentes fundamentos técnicos y tácticos de un deporte al que llaman baloncesto. Tanto en el juego, como en la acalorada discusión, respetan las reglas y son caballeros. Auerbach presume de vez en cuando de haber engañado a más de una franquicia para adquirir los derechos sobre Russell o sobre Bird. A Daly no se le caen los anillos cuando reconoce que el equipo de Detroit al que entrenó fue el más sucio de la historia. Y Wooden no quiere desvelar cómo engañó a Bill Walton para que permaneciera un año más después de haber ganado el campeonato universitario de 1973. Pero jamás concibieron la derrota como una posible estrategia. Jamás se sirvieron del deporte que les hizo grandes. Se sabían ejemplos. Y así actuaron siempre.

Después de lo visto esta pasada noche en Londres han decidido no regresar. Una selección vestida de rojo de la que habían escuchado maravillosas referencias se burló del juego, lo utilizó con tanta vileza como impostura para servirse de él con vistas a un objetivo que puede parecer mayor, pero que a los ojos de estos maestros es claramente inferior.

Y es que la victoria deportiva dura lo que dura una celebración. Se mantiene en los libros de historia, sí, pero no es suficiente como para borrar la suciedad que va a empañar todo lo que la selección española pueda conseguir en estos Juegos Olímpicos. No sé cómo se ha tomado la decisión. No sé si en la charla previa al partido se ha hablado de detalles tácticos o si se ha repasado punto por punto el guión de este esperpento valle-inclanesco. Probablemente Scariolo, a pesar de haber vivido en Madrid no sepa dónde está el callejón del Gato ni haya oído hablar de que en él, antes, había unos espejos deformantes. Pero lo que ha sucedido hoy, con premeditación o sin ella, con su consentimiento o sin él, ha sido el punto y final para el espíritu de Saitama, la deformación cóncava y convexa de una manera de jugar, de una manera de vivir. Y mira que te he defendido Sergio... Pero vete a tomar fanta.

Soy demasiado joven como para querer compartir partida de poker con Red, Chuck y John. Aun así me congratulo de que sigan haciendo pedagogía allá por donde pisan, me alegro de que sigan creyendo en el baloncesto con mayúsculas, el que se basa en querer derrotar al rival jugada a jugada, con una buena defensa y con un buen ataque. Con la máxima intensidad, con la mínima decencia. La que le ha faltado hoy a nuestra selección. 



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS