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Curso 21-22. Contradicciones.

 



Si durante todo este tiempo he permanecido en silencio es porque no tenía nada que decir que no tuviera un carácter transitorio, perecedero. Las palabras mueren cuando el sonido se vuelve inclasificable o intraducible y su significado está llamado a caer en el olvido. En la denodada lucha por la coherencia, el ser humano, en todos los ámbitos del conocimiento, ha renunciado a explorar lo que quedaba fuera de su esquema de pensamiento. Sin margen para la contradicción, cuyo peaje social es muchas veces tan elevado, es imposible tomar esas sendas que, como nos recordaba Robert Frost, harán toda la diferencia.

Lo que voy a exponer a continuación es una relación de contradicciones, de afirmaciones que desafían los parámetros de la lógica aristotélica. Voy a defender, porque así lo he interpretado al seguir con atención el curso baloncestístico que ayer tocaba a su fin, que A es igual a B y que A no es igual a B, así que bájense del barco de esta lectura quienes no puedan aceptar este contrasentido y disfrutar con las rugosidades de la superficie del planeta, nada más alejado de esa esfera perfecta que aún luce en las estanterías de sus dormitorios (o los de sus hijos).

 

Es posible jugar sin “bases”. En fin, lo habrán visto. El Real Madrid ha ganado una liga con Carlos Alocén, Williams-Goss y Thomas Heurtel lesionados, con Llull claramente afectado por problemas físicos y con Abalde, la solución más habitual en los tiempos de carestía, también dolorido. Con un fantástico combo como es Causeur, eso sí, rejuvenecido y especialmente motivado, y con una versión Z de Rudy, muy unido a su recientemente fallecido padre.

El Madrid ha controlado las dos transiciones gracias a un balance que comenzaba por su presencia en el rebote ofensivo y, contra todo pronóstico, ha podido correr dando libertad para salir en bote a su fantástico elenco de aleros. Puede que el dominio del rebote sea más importante que la agilidad, la capacidad para distribuir y la visión de juego de los directores de juego más clásicos, incluso que la amenaza de tiro, pero creo que todo esto solo ha sido posible por el grave error estratégico de un Barça poco valiente, cuya defensa conservadora, basada en la flotación, ha permitido al Madrid jugar a una mezcla de balonmano y volley que le ha permitido terminar la eliminatoria con un saldo compensado de robos y pérdidas (toda una hazaña estadística).



Es decir, solo es posible jugar sin directores de juego, manejadores puros de balón capaces de ejecutar con timing el ataque, gracias a planes estratégicos basados en el miedo y el conservadurismo o ante plantillas diseñadas antes para atacar que para defender. Era indecente ver la facilidad con la que el Barcelona permitía la circulación de balón de un Madrid al que habría que haber forzado a jugar desde el bote y a una velocidad superior en ambas canchas, una velocidad que ante la falta de talento ofensivo hubiera sido demasiado alta. Que el Madrid no terminara cada partido con más de quince pérdidas es el resultado de un Barça que zoneaba para protegerse de Tavares, cuando lo que debió hacer es correrle, atacarle con el short roll o con el roll tardío y, por supuesto, poner presión en el perímetro para que el Madrid no pudiera pensar y triangular tan a placer. En resumen, todas las fórmulas que planteó Pedro Martínez en el partido de Manresa y que hacen bueno a los maestros sencillos en la comparación con los aprendices de brujo.

 

No es posible jugar sin “bases”. Los Celtics se dieron cuenta de que, por momentos, defensas asfixiantes como las de Miami y Golden State eran conscientes de que ni Smart ni White son bases de alto nivel. De que Brown y Tatum, desde su atalaya por encima de los dos metros, y aunque cada vez lo hacen mejor, sufren cuando se ven obligados a tomar decisiones sobre bote, a hacer lecturas propias de un base. Sin ningún interior que pudiera hacer las veces de creador desde el poste medio o alto, los Warriors han sabido atascar el arco y provocar numerosas pérdidas en unos Celtics que, además de madurar, deben diversificar su ofensiva y hacerse con algo más de talento en el perímetro. Las 22 pérdidas del último partido contrastas con las 8 del Madrid tanto como para afirmar que no es posible jugar sin bases si el equipo contrario lo sabe y lo explota.

 




El baloncesto es un deporte para especialistas. Si concluimos que no es posible jugar sin bases, que los tiradores letales valen muchísimo, que los treses altos siguen teniendo un gran valor, que los cuatros abiertos son imprescindibles y que los cincos, aunque hayan evolucionado, siguen condicionando el juego, parece que el baloncesto sigue siendo un deporte de especialistas y que tiene sentido eso que dice el entrenador del infantil. Juan, base; Ramón, alero; Jorge, pívot. Qué sé yo, quizá en mi equipo tuvieran siempre sitio un escolta como Kuric, un ala pívot de manual como Mirotic y, desde luego, un cinco como Tavares.

 

El baloncesto avanza hacia un juego sin posiciones estancas. Hay muchas situaciones de juego en equipos como Boston Celtics o Golden State Warriors en que no están claros los roles y es difícil saber quién es cada cual en ese esquema clásico de pensamiento. Que tipos como Green dirijan la ofensiva desde el arco, que gente como Curry pueda renunciar al balón durante numerosos ataques, hace complicado saber quién es el verdadero base del equipo. Lo mismo sucede en los Celtics, donde todo parte de una ofensiva con alternancia de posiciones en la que las mismas situaciones son jugadas para unos u otros, todos bloquean y todos son bloqueados y prácticamente cualquiera puede subir el balón en la transición.



Es el triple, estúpidos.  El baloncesto ha cambiado mucho desde que los San Antonio Spurs ganaran el campeonato en 2014 tirando una media de veintidós triples por encuentro. La amenaza es clave para ensanchar los espacios, ampliar los tiempos y dificultar la toma de decisiones de la defensa, es evidente. La potencial amenaza de tiro exterior debe informar la confección de cada plantilla, pues son evidentes todas estas cuestiones, y, por supuesto, los entrenadores de formación deberíamos darle el peso suficiente a la enseñanza de este fundamento.

 

Es el triple, estúpidos. El equipo que ha cambiado el baloncesto ha ganado el cuarto y el quinto partido de su serie contra los Boston Celtics tirando con peor porcentaje. Y qué decir del Madrid, cuyo déficit de amenaza exterior no fue penalizado, sino que además colaboró al invitar al rival a flotar y conservar, con cinco jugadores pisando la zona en todo momento. La contención, la diversificación del juego ofensivo, la paciencia para buscar una nueva penetración que desordene definitivamente el sistema defensivo de rotaciones y la ampliación de los recursos para finalizar en la media distancia, aunque sea principalmente con tiros por elevación, han demostrado ser claves más importantes de lo que lo han sido los porcentajes de tiro de tres.

 

En fin, toda una serie de contradicciones aparentes que ni me atrevo ni pretendo resolver y que servirán de prólogo a un artículo con conclusiones que sí me parecen incontestables y que contribuirán igualmente, junto a estas contradicciones, a nuestra formación baloncestística.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Poco que decir




Durante la temporada NBA he guardado un respetuoso silencio basado en dos hechos incontestables: no he podido seguirla con la atención de otros años y, en relación con la anterior, no tenía nada que aportar a la visión del aficionado, una visión cada vez más experta gracias a la ayuda de divulgadores del nivel de Piti Hurtado. Algo parecido me sucede tras haber asistido a unas finales de relumbrón, un evento que ha citado en la misma pista a los dos jugadores más relevantes de la década junto a los dos bases mejor dotados técnicamente (en conjunto) de la historia del baloncesto.

Pero la NBA tiene un problema, o eso me parece a mí. La coincidencia en el tiempo de la ampliación de los límites salariales y la cultura del “si no puedes con tu enemigo, únete a él” ha generado dos “trusts” en Cleveland y San Francisco que se saltan todas las leyes de la competencia e invalidan el equilibrio que propicia el sistema de draft. La NBA tiene un amplio arsenal de talento a disposición de las franquicias, pero el más despampanante se concentra en solo dos. Esto ha conducido a unos playoff claramente aburridos, a una liga a la escocesa que no ha dejado margen a las “Cincerella stories”.

Ahora bien, si en el choque de trenes en que se convirtió la final ganaron los Warriors fue por la dosis extra de talento, sí, por la mayor profundidad de banquillo, claro, pero especialmente por estar mucho más rodados tácticamente, especialmente en defensa. Más rodados y más implicados. Más responsabilizados de que no hubiera tiros abiertos, canastas debajo del aro o en transición. Se demuestra una vez más que los tipos de traje en el banquillo tienen mucho que ver en el juego de sus equipos, también en la gestión de los egos. Si en los Cavaliers todo pasa por Lebron, por las caras que pone, por su lenguaje corporal; en los Warriors todo pasa por Kerr, un entrenador que ha hecho de la modestia y un liderazgo tranquilo e inteligente las bases de su carisma.

Estas finales han puesto a prueba también la resistencia de los nostálgicos, su capacidad para no pulsar el botón rojo de los mandos de su televisor. La ausencia de interiores de verdad, canalizadores del juego ofensivo de sus equipos, el ritmo desenfrenado, alocado que dirían mis amigos noventeros, y el abuso del triple, aunque amparado por la estadística, les lleva a proponer medidas reglamentarias que limiten el circo en que se ha convertido este deporte tan serio. No sé, quizá pueda alejarse la línea o elevarse la canasta, pero la tendencia es imparable. La polivalencia, la capacidad de jugar a 105-110 posesiones por partido, la precisión para ejecutar acciones a este ritmo y el tiro exterior como amenaza habilitadora de espacios, son las cualidades que necesita todo jugador de élite, mida 1,80 o 2,21, para disputar unas finales de la NBA.


Si Boston no lo remedia dando buen uso a la primera elección del próximo draft, si Houston no acompaña y adapta el talento de Harden hacia el logro colectivo o si San Antonio no rodea mejor a Kawhi Leonard, apuesten por una cuarta entrega de las finales, por la consolidación de una rivalidad que, si bien puede equipararse en números a la de Celtics y Lakers en los 80 nada tiene que ver, en cambio, en cuanto a la pasión desplegada o el “odio” deportivo que se profesaban unos y otros. Nuevos tiempos.  

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Rescoldos de una noche de hogueras






Amaneció un nuevo día de San Juan. También en Londres, sobre las cenizas de 43 años de permanencia en Europa, sobre sueños y estrellas ya no amarillas, sino negruzcas. Y aún huele a humo en las playas de Levante, hollín anuncio, tal vez, de fumatas blancas de cara a un lunes de resaca electoral. Y se siente aún la brisa cargada de lo viejo que anoche incineramos. Y urge abrir las ventanas del mundo, situadas entre ventrículos y aurículas, y que entre sístole y diástole recobremos el pulso a una vida que, como ese regalo que no nos gusta, parecemos decididos a malgastar.

Llegó a tiempo, también, esta noche mágica para aquellos que a 30 de junio deben hacer balance, cuando no maletas, y discriminar lo que sirve, lo que no, lo que se hizo mal y lo que se pudo hacer mejor. Hoy amanecieron también quemadas las 73 victorias de los Warriors, estériles en el recuerdo de los aficionados, que hubieran cambiado un puñado de ellas por un anillo que se les escapó a poco más de un minuto para que finalizara la temporada, con una secuencia demoledora de tapón y triple, de James e Irving.

No llegó a tiempo, en cambio, Xavi Pascual. Enfrascado en una disyuntiva insoluble, renunció a decidir si seguir o no, si apostar por los jóvenes o volver a fichar ocho extranjeros para después seguir viviendo de Navarro y de Tomic o si mudarse de planeta. Lo cierto es que el Barcelona, tras lo vivido en esta final, necesita algo mucho más contundente que la quema de lo viejo y la plegaria de unos cuantos deseos. Una noche de San Juan no bastará, si no se acompaña, a su vez, de una visita estival a Lourdes. O a Montserrat.

Y así estamos todos hoy, seis años y un día después del nacimiento de este blog, echando de menos la noche más corta del año, lamentando que amaneciera tan temprano y que el oxígeno que a otros nos falta consumiera tan pronto las mágicas llamas. Llegó el solsticio, como se vino y vendrá uno nuevo dentro de doce meses (obvio el lúgubre correlato del invierno). Pero se queda el verano, época de reciclaje personal, de tiempo para leer que luego no se emplea, de viajes que no siempre se realizan. Ah, y de Juegos Olímpicos, esperemos que no marcados por el zika y sí por una última gran actuación de nuestra Generación de Oro.


UN ABRAZO Y BUEN VERANO PARA TODOS

Previa a posteriori




No se inquieten. Aunque sea cierto que ya han empezado las Finales de la NBA, aún hay tiempo para pronósticos. Pronósticos puede que no tan puros y valiosos, pero sí más difíciles de llevar a cabo en cuanto que condicionados por un partido, el primero de la serie, del que se pueden extraer algunas conclusiones. Sin embargo, no hace muchas fechas que quien os escribe quiso pontificar el trabajo de los San Antonio Spurs a raíz de la inicial paliza que estos le dieran a los Oklahoma City Thunder en el primer partido de una serie que terminaron ganando los de Billy Donovan en seis mangas. Del mismo modo, no creo que muchos analistas apostaran por los Lakers tras el primer partido de las finales de 1985, después de que los Celtics los barrieran por un contundente 148-114 en el Memorial Massacre Day, un partido recordado por el calor que hacía en el Boston Garden y las mascarillas de oxígeno que necesitaron varios de los angelinos para sobrevivir a la atmósfera asfixiante.

Yo, sin embargo, aunque tentado en dar como vencedor al gran derrotado de este primer encuentro, creo que van a ganar los Warriors. Aquí mis cuatro razones:

1. Batallas igualadas. Tras una eliminatoria en la que los Warriors se sentían inferiores físicamente en, al menos, cuatro emparejamientos (Westbrook-Curry, Durant-Barnes o Thompson, Ibaka-Green, Adams contra cualquiera), los Cavs les resultarán un juego de niños. Frente a Irving, Curry o Thompson sufrirán mucho menos; ante Love, Green volverá a ser el Green que rebotea y lanza el contraataque de su equipo; contra Thompson, Bogut sacará a relucir su mayor envergadura y su infinita mayor inteligencia (y clase) y, bueno, frente a Lebron, Iguodala ya se ha mostrado como un defensor eficaz gracias a sus buenas posiciones defensivas y a sus manos de ratero.

2. Banquillos desequilibrados. No hay un base suplente en Cleveland que mida dos metros y pueda meter una vez tras otra tiros en suspensión desde cuatro o cinco metros. Tampoco un defensor como Iguodala, capaz de meter todos los tiros que su equipo necesita. Tampoco un pívot inteligente y sucio como Varejao. Tampoco un brasileño rescatado de una gira circense como Barbosa. Sí un tirador que las mete, como Speights, aunque está por ver que Frye pueda mantener el nivel de acierto con la presión que envuelve una final.

3. Las matemáticas. Los Warriors perdieron nueve partidos en poco menos de seis meses. Por regla de tres simple directa, en condiciones normales, no es posible que pierdan nueve, que son los que harían falta para que Cleveland gane el anillo, en dos. Este axioma matemático tiene su traducción deportiva en eso que se llama “inercia ganadora”. Los de la Bahía se han repuesto de tantas situaciones complicadas a lo largo de esta temporada histórica que, si hiciera falta, podrían hacerlo una vez más.

4. Baloncesto. Guste más o menos; sea más o menos puro, clásico o académico, lo cierto es que los Warriors juegan mejor al baloncesto que Cleveland. Así de simple. Comparten mejor la bola, entienden mejor los espacios que deben atacar, leen mejor las ventajas que se generan, disfrutan moviéndose sin balón,… Y esto al final cunde. Cunde porque genera mejores inercias, una mejor química en el vestuario, un mayor compromiso defensivo y una mayor implicación en tareas menos amables como el cierre del rebote o la ejecución de bloqueos y pantallas. Y cunde, también, claro, en el marcador.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

San francisco, ciudad de cine




No hay duda. Ahora no, quiero decir. Porque las hubo, y muchas, tras el doble varapalo sufrido por los Golden State Warriors en sus dos primeras visitas a Oklahoma City. De ellas regresaron magullados, sintiéndose pequeños e inofensivos ante un rival cuyo despliegue físico los apabulló. Nadie de los Warriors se asemeja en rapidez y habilidad a Kevin Durant, nadie llega tan alto como Serge Ibaka o Steven Adams y nadie, absolutamente nadie, reúne en un único cuerpo los capítulos del manual del perfecto atleta como Russell Westbrook, exponente máximo del “citius, altius, fortius” olímpico.

Y, sin embargo, los Warriors ya son finalistas de la NBA por segundo año consecutivo y ya se encuentran, al filo de la medianoche en San Francisco, haciendo sentir el Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958) a los Cleveland Cavaliers, próximos visitantes del Oracle Arena. Todo bajo la égida de Stephen Curry, un chico con cara de niño que bien pudiera haber representado el papel del jovenzuelo desnortado y mujeriego que interpretara Dustin Hoffman en El graduado (Mike Nichols, 1967). Pero este aparentemente inocente e ingenuo Harry Callahan no actúa solo, como tampoco lo hacía el original interpretado por Clint Eastwood (Harry el sucio. Don Siegel, 1971). Este Harry Callahan también cuenta con su particular Chico González, un Klay Thompson al que su actuación en el sexto partido de la eliminatoria, un “win or go home” a domicilio, le debe reservar un amplio y soleado apartamento en la historia de nuestro deporte.

Pero en esta trama no aparecen únicamente Harry y Chico. En el baloncesto de los Warriors nada funcionaría sin la presencia de Frank Bullit (Bullit. Peter Yates, 1968), un hombre ambicioso al que se le pueden encargar toda suerte de tareas ingratas o complicadas, ya sea la custodia de un testigo protegido o pegarse, literalmente, con un neozelandés, Steven Adams, rescatado de alguna saga fantástica, durante siete partidos. Y si Draymond Green es Frank Bullit, Andre Iguodala debe de ser Sam Spade (El halcón maltés. John Huston, 1941), el detective privado más famoso de la Bahía, un hombre reflexivo, irónico y duro al que solo le preocupa sobrevivir en medio de una maraña de oportunistas cazafortunas. Sobrevivir y, en este caso, hacer sobrevivir a su equipo, pues él, con su defensa a Kevin Durant, ha sido el principal sostén de los Warriors durante los momentos de zozobra que han inundado la eliminatoria.

Mas ni siquiera esta mezcla de grandes policías y detectives podría funcionar sin el hábil Harry Caul (La conversación. Francis Ford Coppola, 1974) a los mandos. Este genio de la seguridad privada se halla provisto de los más sofisticados instrumentos de escucha, sus particulares herramientas para hacer scouting. Y al igual que de su infalibilidad depende la vida de decenas de personas, también de las decisiones de Steve Kerr han dependido las tres victorias consecutivas que le han dado la vuelta a una situación que la hemeroteca y las estadísticas tildaban de “casi imposible”.

Así, con Harry Caul al mando y Harry Callahan en acción; perdón, con Steve kerr al mando y Stephen Curry en acción, los Warriors se han convertido en Los pájaros (Alfred Hitchcock, 1963) que atemorizaban a Tippi Hedren, la rubia que ahora simboliza todos los miedos de aquellos seguidores de los Bulls que aún esperan una derrota de Golden State para poder seguir contándole a hijos, sobrinos, primos o nietos, que la temporada 1995-1996 de Chicago fue la más redonda que hubo nunca, la más perfecta.

Desde aquí, y para concluir, mi modesta recomendación de que disfruten de este Instinto básico (Paul Verhoeven, 1992) en el que se está convirtiendo el trasnochar (o madrugar, en mi caso) para ver a los Warriors. De lo contrario, si la sonrisa de Curry se le atraganta, si no disfruta con sus oleadas en contraataque o con sus tiros circenses, no le quedará otra que acudir a un especialista y preguntar aquello de ¿Qué me pasa, doctor? (Peter Bogdanovich, 1972). Porque en la Bahía de San Francisco, área de cine por excelencia, todos los tranvías llevan al Oracle Arena.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

El arte del retorno





Todos los elementos, cuando están fuera de su sitio natural, desean volver a él; especialmente el fuego, el agua y la tierra.

(Leonardo Da Vinci)

No sé cuántas letras serán escritas en su nombre. Desconozco el número exacto de homenajes y textos elogiosos que se le dedicarán en el futuro, pero ni siquiera hoy, que tengo la agenda cargada de eventos, me atrevo a dejar pasar la oportunidad de dedicarle yo mismo una entrada de blog, por modesta que esta sea.

Stephen Curry, como muchos otros deportistas en el pasado, ha hecho del regreso a las canchas un arte. Porque si bien es cierto que no vuelve de una lesión grave que le haya tenido meses apartado de las pistas, también es verdad que su ausencia estaba empezando a resultar determinante en el transcurso de la eliminatoria ante los Blazers.

El número 30 de los Warriors comenzó el partido desde el banquillo, mejor dicho, desde una bicicleta estática donde trataba de mantener en una cifra ideal la temperatura de su maltrecha rodilla. Salió mediado el primer cuarto, con su equipo perdiendo por diez puntos, metió la primera, como suelen hacer todos los cracks de este calibre, y luego entró en una sucesión de errores (sobre todo en el triple, donde falló sus nueve primeros intentos) y aciertos (anotando en la pintura) que duraría hasta bien entrado el último cuarto.

Fue entonces cuando irrumpió el Curry MVP, el Curry a la altura de los más grandes de siempre, aunque no se les parezca en nada y, de nuevo, como tantas otras veces a lo largo de la temporada, ganó, gracias a la inestimable colaboración de Draymond Green y Klay Thompson (y de todo el equipo, se entiende), un partido que estaba perdido.

Curry pudo ganar el encuentro con un tiro apoyado en tabla en las postrimerías de los cuarenta y ocho minutos, pero para qué, si él ya ha visto lo que viene después, si él ya ha estado en el futuro. Cómo iba a dejarnos sin el récord de puntos en una prórroga, sin los 17 que anotó tras rebote, en contraataque, de tiro libre y, por supuesto, generándose tiros imposibles desde situaciones a cada cual más estrambótica.


Pues eso, un texto más, tan insignificante como cualquier otro que pueda ser escrito en este día de resaca, el día en el que con El arte de la fuga sonando de fondo, Curry dio buena cuenta de lo que debe ser El arte del regreso.  


Sobre cómo se fabrica un 73-9




Ayer, en la columna que publico todos los jueves en un diario digital de Salamanca, me pregunté cómo es posible alcanzar un récord como el del 73-9 de los Warriors. 

¿Cómo se ganan 73 (72) partidos en una temporada? ¿Cómo es posible perder solo uno de cada diez jugando cada dos noches ante varios de los mejores equipos del planeta, muchas veces tras haber sobrevolado un país que es más bien un continente? ¿Cómo alcanzar un registro tan importante siendo el equipo más estudiado de la liga y sobre el que todos los focos están puestos a diario? ¿Cómo mantener el nivel de los tanques de la ambición por encima de los del hastío o la autocomplacencia? ¿Cómo se soportan, u obvian, durante ocho meses, las manías del otro para poder trabajar codo con codo con él en la pista, sin que importe que deje la ropa interior tirada por el suelo de la habitación o que mire con lascivia las piernas de tu mujer?


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VEINTE POR CINCO





Los Golden State Warriors pondrán esta noche en juego, una vez más, su imbatibilidad. La visita a Toronto supondrá una buena prueba de fuego. No en vano, los canadienses son uno de los rivales que más cerca han estado de vencer a los chicos de La Bahía. Con todo y con eso, este 20-0 es ya en sí mismo una auténtica hazaña, un inicio soñado en el que el vigente campeón se ha sobrepuesto a la ausencia de su convaleciente entrenador, Steve Kerr, a la pérdida de un suplente de lujo como David Lee y, por encima de todas estas circunstancias, a la autocomplacencia que suele acompañar a aquel que viene de ganarlo todo, de proclamarse “campeón del mundo”.

Aunque es evidente que gran parte del mérito de este record reside en la vuelta de tuerca que ha dado Stephen Curry a sus estadísticas de MVP –con un incremento de ocho puntos de media por partido (32), de cuatro puntos en el porcentaje de tiros de campo (52,4%) y de punto y medio en los lanzamientos de tres (45,9%)–, hoy quiero fijarme en aquellas estadísticas de equipo que explican el abrumador dominio que los Warriors están ejerciendo sobre la competición.

1. Eficiencia en el tiro. Si ridículos son los porcentajes de Stephen Curry, lo mismo se puede decir de los de todo el equipo. El 49,3% supera en dos puntos y medio a los Thunder, segundos en esta estadística. Esto les permite anotar 1,14 puntos por posesión, 0,07 más que los Thunder, también segundos en esta categoría. Si ponderamos el mayor efecto de los lanzamientos de tres en el marcador y lo añadimos a la ecuación en lo que la NBA llama el “Effective Field Goal Percentage”, las cifras son aún más ridículas: 56,7%. Al final, entrenadores, meterla lo es todo.



2. Generosidad. El 69,4% de los tiros anotados por los Golden State Warriors han sido asistidos por un compañero, lo que les lleva, por supuesto, a liderar esta magnitud estadística. Los chicos de Luke Walton también son los mejores si se cotejan las asistencias y las pérdidas. Así, por cada pérdida, los Warriors dan 1,8 asistencias. Ningún equipo da más. Esta estadística se retroalimenta recíprocamente con las estadísticas de tiro y también con las que les sitúan como equipo que más anota en contraataque (21,3 puntos por partido), situación de juego en la que el porcentaje de asistencias es mucho mayor.



3. Defensa. Para un equipo con vocación claramente ofensiva, ser el sexto en eficiencia defensiva es un gran logro. Los 0,97 puntos que concede por posesión son un dato que mejora los 0,98 que consiguió durante toda la temporada anterior. Los perfiles defensivos de Harrison Barnes, Andre Iguodala y Draymond Green, sumados a la reconversión de Bogut y el compromiso defensivo de Klay Thompson, Stephen Curry y todos los jugadores de rotación, les convierten en un equipo temible. Los Warriors son, tras los Knicks, el equipo que mejor defiende el perímetro, concediendo un pírrico 30,1% en los lanzamientos de tres de sus rivales. También es el sexto equipo que fuerza un peor porcentaje en el conjunto de los tiros de sus rivales.



4. Rebote. Comparados con muchos de los equipos a los que se enfrentan, los Warriors no son un equipo excesivamente alto. Aun así, son el sexto equipo que menos rebotes conceden al oponente, 42, estadística con toda seguridad relacionada con el alto porcentaje de tiro, pero que también tiene que ver con un alto nivel de compromiso de todos los jugadores en esta faceta. Además, el elevado número de lanzamientos exteriores practicado por los Warriors, junto con el fantástico despliegue de facultades de un jugador como Draymond Green, les permite coger muchos rebotes ofensivos. De hecho, son el cuarto equipo que más rebotes ofensivos coge por posesión.



5. Ritmo. Los Golden State Warriors son el cuarto equipo que más posesiones ofensivas juega por partido: 101,68. Esto tiene que ver con el promedio de tiempo de cada una de ellas y también con el tipo de defensa que practica, muy orientada a provocar errores y a forzar que los rivales incurran en acciones precipitadas. La profundidad de la plantilla, conseguida gracias a la gestión de los técnicos al priorizar el desarrollo de los jugadores sobre el protagonismo de las estrellas (Curry juega 34 minutos por partido), les permite practicar este baloncesto a lo largo de todo el encuentro.



Cinco facetas con reflejo estadístico que multiplicadas por veinte partidos nos conducen al cien por cien de victorias. Todo eso y mucho, mucho, espectáculo.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

El baloncesto total





Hablar de fútbol total supone hacerlo de aquel Ajax de comienzos de los 70 entrenado por Rinus Michels y capitaneado, futbolísticamente hablando, por Johan Cruyff y su tocayo Neskeens. Al fútbol ofensivo que ya habían practicado en un pasado más o menos reciente el Madrid de las Copas de Europa y el Brasil de los tres mundiales, (58, 62 y70) los holandeses añadieron la presión en el campo rival, el adelantamiento de la línea defensiva y una versatilidad, hasta entonces desconocida, que hacía que el dibujo táctico fuera lo de menos en la medida en que todos los jugadores podían hacer de todo. En aquel equipo, y también en la Holanda del Mundial de 1974, todo el mundo defendía y todo el mundo atacaba. A ese fútbol que mezclaba el vértigo ofensivo con la disciplina en la recuperación, Guardiola simplemente le añadió el cuidado del balón, el sosiego y la tranquilidad que ofrece el estar en posesión de la pelota. Y entonces vimos al mejor Barça y, tal vez, al mejor equipo de fútbol de la historia.



En el baloncesto, cualquier referencia pasada nos conduce a los Celtics de los 60, al mejor equipo que ha conocido el deporte sin distinción de disciplina. Aquellos Celtics practicaban posesiones cortas, trasladaban el balón en un pestañeo a la pista delantera con una precisión asombrosa de pase y no dudaban a la hora de materializar una ocasión de lanzamiento. Contaban con la garantía de que Russell correría una y otra vez la cancha por el carril central para cargar como un poseso el rebote ofensivo, controlar el defensivo o candar el propio aro. Ya en 1961, en el que sería su tercer título consecutivo, los chicos entrenados por Red Auerbach lanzaron 118 veces por encuentro. Su mejor porcentaje, a lo largo de los once anillos cosechados durante la era Russell no llegó al 43 por ciento. Aun así, aquella fórmula alocada que pudiera parecer suicida, derivó en una sucesión de éxitos. A Wilt Chamberlain, el llamado a dominar aquella época, solo le quedó darles la mano una vez tras otra y con la lengua fuera, a sus enemigos deportivos.



Casi medio siglo después, en uno y otro lado del Atlántico, dos equipos que imponen un ritmo ofensivo acelerado han dominado la competición. Golden State Warriors lideró la liga en número de posesiones por encuentro siendo, curiosamente, un equipo mediocre en las tasas de rebote ofensivo (21º) y defensivo (18º). El mérito residió, además, en liderar la liga también en el “effective field goal percentage” y en compartir el balón con gusto y generosidad (2º en porcentaje de tiros anotados tras asistencia detrás de Atlanta). Su defensa fue la segunda mejor a la hora de provocar malos porcentajes en los rivales y la sexta forzando pérdidas que después materializarían en contraataques.

Un patrón semejante empleó el Real Madrid en Europa, siendo el equipo que más asistencias dio por partido en la Euroliga, el cuarto forzando pérdidas y el que más tiros lanzó (65 por partido, 25 de ellos triples). La versión más exitosa del Madrid bajó un poco el ritmo e incrementó los porcentajes. Redujo un tanto la espectacularidad y reforzó los mecanismos del “otro basket” para ser más eficiente en los momentos decisivos de las finales. El estilo estaba. Faltaba Nocioni.

Las victorias de Golden State Warriors y Real Madrid nos dejaron unas cuantas enseñanzas.

1. La importancia de la preparación física y las rotaciones. Para poder jugar a tantas posesiones sin ver reducida la eficacia ofensiva y la agresividad defensiva, es importante contar con una plantilla amplia, gestionarla bien y tenerla bien preparada físicamente. Las rotaciones de Kerr y Laso consiguieron que todos los miembros de la plantilla estuvieran involucradas al tiempo que permitieron que los jugadores llamados a decidir en los partidos importantes llegaran con las piernas frescas.

2. La línea de tres. El Real Madrid fue el segundo mejor equipo en porcentaje de tiros de tres anotados en Euroliga y ACB. Los Warriors rozaron el cuarenta por ciento siendo el equipo con el mejor porcentaje de la NBA. El tiro de media distancia pierde valor con el tiempo. El lanzamiento de tres, además de permitir a los equipos sumar con mayor rapidez, se convierte en una amenaza que obliga a las defensas a desguarnecer la zona. La figura del tirador, un tanto apagada en el pasado, ha recobrado su proverbial valor. Thompson y Carroll, con su sola presencia en la cancha, ensanchan la pista y multiplican el tiempo.



3. La difícil tesitura para el cinco clásico. Draymond Green y Marcus Slaughter; Andrés Nocioni y Andre Iguodala fueron los ganadores entre los ganadores. Falsos cuatros. Dos metros pelados al servicio de la intendencia y con un corazón enorme. Con piernas para defender a pequeños tras el cambio en el bloqueo y con piernas, también, para correr la pista, taponar lanzamientos y enardecer a la grada. Perdieron, en cambio, Tomic y Bogut. El primero sumó en ataque menos de lo que restó en defensa y en el rebote. El segundo, pese a estar muy implicado en las labores de basurero que Kerr le había encargado, tuvo que sacrificarse y ver desde el banquillo como un quinteto sin ningún jugador con más de dos metros ganaba el anillo. Esta noche, sin embargo, dos pívots, Karl-Anthony Towns y Jahlil Okakor, han sido elegidos en las tres primeras posiciones del draft. Les esperan largas jornadas de trabajo para mejorar su lateralidad, su coordinación de pies y su resistencia para correr la cancha. De lo contrario, lo tendrán difícil para hacerse con un hueco en los minutos decisivos de los partidos.

4. La redefinición del base. El base actual juega el bloqueo pensando primero en anotar y luego en asistir. El base actual sale de los indirectos como un escolta y sabe jugar sin balón. El base actual debe ser capaz de generarse su propio lanzamiento. El prototipo de base actual es Stephen Curry y Sergio Rodríguez y Sergio Llull, aunque diferentes entre sí y respecto al modelo, dos buenos aprendices.

5. El basket total. Atravesamos una fase de transición. El baloncesto ha dejado de reclamar especialistas y reclama polivalencia. Los equipos, por su parte, son maquinarias perfectamente engrasadas en las que el caos luce ordenado. Los entrenadores apuestan por multiplicar sus opciones de anotar utilizando la línea de tres e incrementando el número de posesiones. La defensa, aun siendo fundamental, se ha convertido, al igual que en la Holanda de los 70, el Milán a caballo entre los 80 y los 90 y el Barça de Guardiola, en una herramienta al servicio del ataque, al servicio de un baloncesto total.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

La temporada perfecta





Se cumplieron los pronósticos. Un gran equipo ganó a un buen equipo liderado por un único gran jugador. El mayor número de armas, la mayor versatilidad de todas ellas y el uso inteligente de las mismas por parte de un fantástico entrenador, Steve Kerr, decantó la balanza de una interesante final del lado de los Golden State Warriors. El otrora letal tirador ha demostrado tener manga ancha y mano izquierda en el trato con sus jugadores. Estos, a cambio, pusieron a su disposición el sacrificio que genera el hambre de victorias y una suma de talento a la que muy pocos equipos pueden hacer frente.

De unos años para acá, la toma de decisiones de los General Manager del equipo ha sido inmejorable. Las elecciones del draft de Thompson, Barnes, Ezeli y Green vinieron a reforzar la genial maniobra de seleccionar a Curry en el número siete de una promoción que vio pasear por el escenario, antes que al genio salido de Davidson, a nombres tan sospechosos como los de Thabeet, Tyreke Evans o Johnny Flynn. Incluso el de Ricky Rubio chirría, vistas las circunstancias. A pesar de sus iniciales problemas de tobillo, esos que nos hicieron pensar que el suyo sería un nuevo caso Grant Hill, los rectores de los destinos de la franquicia californiana no dudaron a la hora de destronar a Monta Ellis y enviarlo a Milwaukee a cambio de Andrew Bogut, un center que intimida al tiempo que puede jugar de base y al que el karma ha premiado con un año libre de lesiones después de varios de penurias. Solo la adquisición de David Lee a precio de jugador estrella de la liga puede ser discutida, aunque sus números eran magníficos antes de lesionarse en marzo de la temporada pasada. Así, siendo el decimocuarto equipo en el pago de salarios, los Golden State Warriors, con los retoques de Iguodala y Speights, el año pasado, y de Livingston y Barbosa, este, han demostrado ser, sin lugar a dudas, la mejor plantilla del campeonato. Y lo serán nuevamente el próximo, donde el “expiring contract” de David Lee puede ser una jugosa moneda de cambio para reforzar la rotación interior.

Ahora bien, de los dieciséis triunfos más en comparación con el año anterior y de este anillo que viene a suceder al que conquistaran hace cuarenta años bajo la égida de Rick Barry, mucha culpa tienen dos hombres: Steve Kerr y Stephen Curry. El primero, al que ya he alabado en un pasaje anterior de esta entrada, ha conseguido tener listos e involucrados a los quince miembros de su plantilla y, de esta manera, además, ha podido regular los minutos de sus jugadores más importantes. Su postura ecléctica, su flema a la hora de afrontar los errores y la asunción de que con tanto talento reunido lo único que tenía que hacer era convencer a sus chicos para defender unidos, correr y compartir la bola, han sido elementos clave. Steve Kerr ha dejado funcionar algo que de forma natural también lo habría hecho, aunque no tan bien.

Concluyo con Curry, el motivo de cientos de sonrisas repartidas por el mundo a cualquier hora del día. Qué no habría dicho Andrés Montes de este jugón que, compartiendo cartel con cuerpos hercúleos y una profusa generación de bases, ha demostrado ser mejor que todos ellos gracias a un escudo llamado técnica. Técnica para elevarse en menos tiempo y menos espacio que cualquier otro rival. Técnica para driblar por senderos imposibles y sacar pases con ángulo negativo. Técnica para finalizar contra ogros que pretenden aplastarlo. Técnica, pura técnica, para hacernos soñar con una evolución del deporte hacia modelos distintos a la que parecían encaminarnos esos robots biónicos que son Cristiano Ronaldo o Lebron James. Curry mueve los pies como Messi y su mano es la de Maradona, la de Dios, sí. Nadie tiró como él en los 68 años de historia que tiene la liga y nadie olvidará que la no concesión del MVP de las finales obedeció a un ataque de pedantería y erudición mal entendida por parte de siete analistas (los otros cuatro votaron a Lebron) que quisieron premiar el trabajo sucio de Iguodala y su oficio a la hora de aprovechar todos los espacios generados por las amenazas de Curry y Klay Thompson. En fin, seguiré tratando de reconciliarme con el oficio periodístico, pero tendrá que ser en otra ocasión.




UN ABRAZO Y ENHORABUENA A LOS GOLDEN STATE WARRIORS

Jugar en un mundo de adultos





Me hice mayor. Me fui acostando cada noche un poquito más tarde robándole décimas, segundos, minutos, incluso, a los sueños. Y fui arrinconando en beneficio de mi reputación aquel entusiasmo juvenil como encarcelé en cajones que ya no existen a mis cromos, a mis canicas, a mis chapas, a mis muñecos. Y escribí cartas que nunca entregué. Y recité declaraciones de amor frente al espejo que nunca más pronunciaría. Y callé; callé, sí, tras comprender que hacerse mayor es ir renunciando poco a poco a nuestro verdadero ser, ese que jugaba despreocupado con una pelota y regresaba al hogar envuelto en barro, encajando con una sonrisa el azote y la justa reprimenda de una madre.

Pero nos queda Curry, sí, Don Stephen, ese niño de veintisiete años que sigue jugueteando con la pelota mientras sus pies corretean de un lado a otro sin detenerse demasiado en ningún lugar concreto. Su juego es un aluvión de curiosidad, la máxima expresión del deseo del ser humano por explorar sus propios límites. El base de Golden State Warriors, equipo finalista de la NBA, es al baloncesto lo que Messi al fútbol con la gran diferencia de que la canasta, aunque eso a él no le importe demasiado, se encuentra a 3.05 metros de altura. Porque eso da igual cuando armas el tiro en menos de cinco décimas de segundo, cuando en una baldosa eres capaz de levantar un muro de contención frente a tu defensor o cuando tienes la habilidad de un bailarín del Bolshoi para desplazarte con el balón cambiando direcciones y sorteando obstáculos.

El MVP de la temporada afronta el gran reto de conducir a la franquicia de la Bahía de San Francisco a un nuevo anillo después de cuarenta años de una feroz sequía. No lo tendrá fácil; frente a ellos el Mosad, personificado en la figura de David Blatt, un amplio número de francotiradores, (JR Smith, Iman Shumpert, Matthew Dellavedova) infantería pesada (Tristan Thompson y Timofey Mozgov) y el arma de guerra más perfeccionada de la historia del baloncesto: Lebron James. La burocracia del estado de Ohio jugará todas las bazas posibles para que el título aterrice por primera vez en la ciudad de Cleveland, pero ellos sí que no lo tendrán fácil.

Steve Kerr, el entrenador de los Warriors, ha llamado a Klay Thompson y ambos han pasado a recoger a Draymond Green, que ya había quedado con Andrew Bogut y Harrison Barnes. Los cinco, juntos, se habían citado con el resto de la pandilla a las siete de la tarde en el parque. Efectivamente, a esa hora todos estaban allí. Bueno, todos no, una figura se les acercaba a contraluz botando una pelota. El reflejo del sol solo les permitía distinguir una sonrisa, aunque con eso fue suficiente. “Sí, es Stephen, ya estamos todos, ¡a jugar!”


Y cuando los Warriors juegan sus rivales tiemblan. Perseguir la pelota no es divertido. Ver a Stephen Curry en directo, vestido con otra camiseta, tampoco. Porque es una insolencia jugar en un mundo de adultos. Porque el descaro y el desparpajo son características que solo deberían poder aplicársele a chicos de no más de doce años. Porque a veces, sufriendo a Stephen Curry, solo queda citar a Serrat y cantar aquello de “niño, deja de joder ya con la pelota”.  



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Viejas y nuevas predicciones





Emplearé este tiempo, y las siguientes letras, para repasar las predicciones que realicé al comienzo de la liga regular de la NBA y después, a continuación, habilitado por la autoridad que concede el fracaso, compartiré con vosotros mis pronósticos sobre los playoffs (que podéis ver en la foto)

De diez apuestas he ganado una. Afirmé que Steve Kerr sería el entrenador del año y con un 67-15 de récord y desplegando el juego más espectacular del campeonato, parece un hecho que el galardón reposará en sus manos. Sin embargo, manejé como segunda opción a Erik Spoelstra y, aun teniendo en cuenta lo que ha supuesto, para mal, la lesión de Chris Bosh para sus Heat, nunca, a lo largo de la temporada, ha conseguido hacer rendir a un equipo que se ha sentido, en todo momento, huérfano de Lebron James.

Precisamente a Lebron James situaba como MVP de la temporada. Sus números siguen siendo fantásticos, pero “El Rey” no ha sabido conducir a los Cavaliers a los niveles de excelencia que cabría esperar. James tiene mes y medio para adornar su palmarés con un nuevo título de la NBA, pero este año, desde luego, el mayor galardón individual está fuera de su alcance. La votación será ajustada, dicen, entre Curry y Harden. Creo que ganará el primero. Su manejo de balón, sus pases de malabarista y sus triples imposibles, además de su sonrisa, son la mejor marca de la liga en estos momentos. Lamarcus Aldridge era mi segunda opción y, pese a haber realizado otra temporada notable, siendo, tal vez, el cuatro con mayor capacidad para generarse sus propias canastas, no ha dado el salto de calidad que yo esperaba.

En cuanto al novato del año, afirmé que lo sería Jabari Parker. Las lesiones nos han impedido disfrutar de su talento para atacar a jugadores más grandes y pesados en el poste medio. Aun así, reconozco que hubiera tenido muy difícil pelearle el premio a un Andrew Wiggins que se ha mostrado muy regular en números cercanos a los veinte puntos. Mi segunda opción fue Nerlens Noels, este sí un fijo en el primer quinteto rookie del año.

Finalicé pronosticando los campeones de conferencia, San Antonio Spurs y Cleveland Cavaliers, pero lo hice pensando en los playoffs. Nada de lo acontecido en estos seis meses que han transcurrido me impide seguir pensando así. El camino será arduo para ambos, pero sigo pensando que el primer jueves de mes se verán las caras en el A&T Center de San Antonio.

Pero comencemos por analizar lo que será una apasionante primera ronda. Vayamos serie a serie.

CONFERENCIA OESTE

Golden State Warriors (1) – New Orleans Pelicans (8)

Los Pelícanos de la Ciudad del Jazz debían ganar y ganaron a los Spurs para inmiscuirse en una fiesta que no estaba hecha para ellos. Ahora deben luchar contra el mejor record de la liga, contra el perímetro más mortífero, contra la plantilla más larga y compensada (junto a la de los Spurs) y contra un ritmo anotador que difícilmente podrán sostener. A su favor, quizá, la superioridad física de Anthony Davis, por envergadura o velocidad, frente a cualquiera de las opciones que elija Steve Kerr para frenarlo. 4-1 para Warriors.

Houston Rockets (2) – Dallas Mavericks (7)

Rick Carslile agitaba la toalla cuando Kevin McHale, junto al resto de los Celtics de los 80, daban lecciones de baloncesto a sus rivales. Sin embargo, vestidos ambos de traje, Carslile parece una opción mucho más fiable. En una serie a siete partidos será importante realizar ajustes y ofrecer variantes ofensivas y defensivas. Los Rockets serán previsibles dentro del registro improvisador que maneja James Harden. Los Mavericks, en cambio, una incógnita desde la llegada de Rondo, tratarán de recordarle a los Rockets, y a la liga, que es en su equipo donde juega Dirk Nowitzki. 4-2 para Mavericks.

Los Angeles Clippers (3) – San Antonio Spurs (6)

Con una sola victoria más, los pupilos de Doc Rivers contarán con el factor cancha a favor para combatir los otros muchos factores que jugarán en su contra. A priori cuentan con el mejor base y con un juego interior más poderoso. Solo a priori. Porque situar a Chris Paul por encima de Tony Parker, o a la inversa, es una cuestión de gusto y hablar de poderoso, citar la única cualidad en la que Jordan y Griffin pueden ser mejores que Duncan y Diaw. Jordan y Griffin chocan más fuerte y saltan más alto. Duncan y Diaw son más listos, pasan mejor y entienden mejor el juego. Pero, más allá de las comparaciones, ¿quién de los Clippers va a frenar a Kawhi Leonard en el uno contra uno o en transición? 4-2 para Spurs.

Memphis Grizzlies (5) – Portland Trail Blazers (4)

Pese a la mejor posición de los Blazers en el cuadro, el primer partido, en atención al récord, se disputará en Memphis. Los Grizzlies son mis favoritos por un tema de experiencia y “savoir faire”. Su juego es tan aburrido como efectivo y pueden estar seguros de que ninguna de las estrellas de los Blazers jugarán cómodas ante este rocoso equipo. Sufrirá Lillard ante Conley y Aldridge ante las dos torres, Gasol y Randolph, de Memphis. 4-1 para Grizzlies.

CONFERENCIA ESTE

Atlanta Hawks (1) – Brooklyn Nets (8)

El despertar tardío de Brook López y Deron Williams llegó justo a tiempo para ingresar a los Nets en los playoffs. Su presencia, unida a la de Young y Joe Johnson dibuja un quinteto aseado, aunque desasistido desde el banquillo. Lionel Hollins tiene experiencia en playoffs, pero apelo a la justicia poética para apostar por Atlanta y su juego colectivo. 4-2 para Hawks.

Cleveland Cavaliers (2) – Boston Celtics (7)

El penúltimo milagro de Brad Stevens se llama “cuarenta victorias”. Con un equipo cosido con retales del que han desparecido nombres como los de Rondo o Green, parecía imposible soñar con los playoffs. Enfrentados a un nuevo imposible, los Celtics aspiran a pelearle la eliminatoria a los Cavaliers, aunque lo más realista es que sufran, y mucho, para ganar un partido. Los pupilos de Lebron, perdón, de David Blatt, tienen sus miras puestas en el anillo y los Celtics no deben ser más que un cómodo calentamiento. 4-1 para Cavaliers.

Chicago Bulls (3) – Milwaukee Bucks (6)

Jason Kidd, en su segunda temporada, ha vuelto a cumplir sobradamente con los objetivos iniciales. Su equipo, muy joven, juega con inteligencia. El mítico base californiano ha creído ver en Carter-Williams a un digno sucesor, pero aún es demasiado pronto. Unos Bulls más rodados y con un juego interior infinitamente mejor, no deberían tener mayores problemas para imponer su mayor calidad. 4-1 para Bulls.

Toronto Raptors (4) – Washington Wizards (5)

No me gusta demasiado cómo juegan los Wizards. Wall tiene todas las condiciones para ser un gran base, pero aún no ha demostrado saber lo que necesita su equipo para ganar. Se lo intentará explicar Paul Pierce, esencial en su rol de veterano. Mientras tanto, los Raptors cuentan con mucho talento joven y bien entrenado. Será clave el papel de DeRozan. Aquí tengo muchas dudas. 4-3 para Wizards.

La foto de inicio de post es también un enlace a los pronósticos que nos invitan a hacer los chicos de Canal Plus. Apostad y compartid vuestros pronósticos con nosotros.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS