Mostrando entradas con la etiqueta Brad Stevens. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Brad Stevens. Mostrar todas las entradas

Un plan intachable

 


Es absurdo y, sin embargo, no tengo ninguna explicación para estas lágrimas de felicidad que recorren mis mejillas al ver a los Celtics, a mis Celtics, celebrar la consecución del título de la NBA. Han pasado dieciséis años desde el anterior anillo, la mitad de treinta y dos, que fueron los años que mediaron entre la sexta y la séptima Copa de Europa del Real Madrid, el otro equipo al que irracionalmente entrego mi corazón y con cuyos éxitos y fracasos me fundo.

 

Pero más allá de lo emocional, este triunfo de los Celtics pone fin a un curso baloncestístico en el que algunas notas dominantes deben iluminar el camino de los proyectos que empiezan a urdirse en las oficinas de los distintos clubes. Y, aunque el inciso previo es que no hay ingrediente secreto que conduzca irremediablemente al éxito de los equipos, creo que esta temporada, y especialmente el triunfo de los Celtics, debe dar que pensar a los distintos responsables, a todas las áreas deportivas de las distintas organizaciones que se dedican en cuerpo y alma al baloncesto, antes una ciencia social que una rama de las matemáticas, antes una derivada de la química elemental que un subproducto de un moderno laboratorio.

 

1.      Una mente maravillosa, un plan intachable. La mente, claro, la de Brad Stevens; el plan, obviamente, todo el entramado de nodos y redes que ha ido creando en este tiempo a través de movimientos que, tal vez, concebidos aisladamente no tenían mucho sentido. Brad Stevens sabía cómo debía atacar su equipo para ser casi imposible de defender y cómo debía defender su equipo para ser casi imposible de desarbolar. El entrenador debía creer en esta fórmula en la que la capacidad de desequilibrio de unos y la amenaza de otros dentro de un particular spacing lo es todo. El entrenador debía creer en que la versatilidad defensiva dentro de un contexto de hombres altos de brazos largos rematada por un plus de intimidación los haría casi invulnerables. Él se encargaría de juntar las piezas para hacer funcionar la idea. La clave, por tanto, la fusión de conocimiento e imaginación que dio lugar al plan. La clave, por tanto, tener en el puesto de máxima responsabilidad de una organización deportiva, a un sabio y a un innovador responsable y comprometido con la franquicia y con el baloncesto.

 

2.      Binomios entrenador-organización. En Joe Mazzulla los Celtics no vieron en ningún momento a ese entrenador que multiplica los panes y los peces o transforma el agua en vino, esa figura a la que se aferran tantos directores deportivos en Europa para ahorrarse, quizá, la concepción del plan del que hablaba en el anterior punto. Brad Stevens no se ponía en manos de Joe Mazzulla, de 33 años y sin apenas currículum en aquel momento, para que resolviera todos los problemas de la organización, entre otras cosas porque no había ningún problema que resolver. No estaba llamado a ser un apagafuegos, solo una pieza más, importante, dentro de un engranaje, este sí, perfecto. Este relevo encuentra un cierto parecido en la transición tranquila que encarna Chus Mateo en otra institución, el Real Madrid, que avanza con paso firme e intenciones claras desde hace más de doce años. No es tanto el entrenador, sino la coherencia, los principios que encarna, su preparación para ejecutar el plan y darle ciertos matices. No es tanto el chamán como el líder de un grupo humano. Y la estabilidad, claro.

 

3.      La diferencia entre nostalgia y responsabilidad con el pasado. Que los Celtics son una franquicia con una enorme historia detrás es un hecho. Que los Celtics se aferraron durante muchos años al polvo que inundaba la sala de trofeos puede que también. Pese a la conocida cita de Marx ─ «la historia está llamada a repetirse, unas veces como tragedia y otras como farsa»─, o precisamente por ella, es necesario utilizar esta historia como un elemento motivador, no como una excusa para la parálisis y un injustificado aferramiento a las fórmulas que fueron victoriosas en el pasado y que, como es lógico, en contextos nuevos y en el marco de una competición en la que la única constante es el cambio, están llamadas al fracaso. El ejemplo es claro: si los Celtics hubieran actuado con nostalgia, Marcus Smart hubiera seguido en la plantilla.

 

4.      La alquimia y los indispensables. Es cierto, Joe Mazzulla (o la extensión de Brad Stevens en la cancha) confió en más gente y amplió la rotación que solía emplear Ime Udoka y que él mismo replicó en su primer año en el banquillo. Pero esto también ocurrió gracias a que había más jugadores preparados y menos jugadores necesitados de un protagonismo que no podrían tener en un equipo llamado a pelear el título de la NBA. Es cierto, el modelo de juego facilita que haya tiros para todos y el ejercicio de humildad de los Jays para entender que debían ser antes generadores que anotadores compulsivos, también colaboró con la asunción de roles, la mayor y mejor distribución de los minutos, la diversificación de la ofensiva y, finalmente, como consecuencia de todo esto, la química en el vestuario. Desde luego, fue clave deshacerse de un “amasabalón” como Smart y cambiarlo (aunque en realidad no fue un cambio directo) por un jugador como Holiday, mejor defensor, más capacitado para jugar sin balón y menos pagado de sí mismo. Esto y empoderar aún más a White, una especie de Xabi Alonso o Busquets del baloncesto que da sentido a cada balón que pasa por sus manos.

 

5.      Veteranos con alma de niño. Está muy bien ese discurso que alaba la presencia de veteranos en el vestuario, pero yo añadiría que esos veteranos deben tener hambre de mejora y alma de niño. Hay mucha diferencia entre jugadores que se dan por amortizados y acuden a jubilarse a un equipo poniendo sus derechos por delante y aquellos otros como Horford o el actual Llull que están enamorados del juego, comprenden las necesidades del equipo y preguntan, nada más llegar el primer día al vestuario, «qué se necesita» o «en qué puedo ayudar». 

 

6.      Dividir y doblar como forma de vida. Va a parecer naïf u oportunista, pero los Celtics juegan al baloncesto como un muy buen equipo infantil. En los Celtics no hay bases, aleros y pívots, hay generadores de ventajas, amplificadores de ventajas y rematadores que pueden jugar cerca de la línea de fondo o más allá de la línea de tres. Todo se basa en el uno contra uno, como tantos critican, sí, pero también en leer y castigar la respuesta defensiva de modo que la distribución de las piezas ofensivas impida una reacción efectiva o gratuita. Así, ya sea como consecuencia de la primera ventaja, o de segundas o terceras ventajas derivadas, los Celtics aspiran a terminar su ataque con un tiro de alto porcentaje, ya sea una bandeja próxima al aro o un tiro de tres puntos con los pies encarados a la canasta. Todo ello tras haber desgastado a la defensa y haberse provisto, así, de muy buenas oportunidades de rebote y de una muy buena disposición inicial para el balance. Y para todo ello, en fin, vuelven a ser claves los cuatro fundamentos básicos del ataque bajo mi punto de vista: el driblin, el pase, el tiro y el juego sin balón en su doble vertiente ejecución/decisión.

 

7.      La capacidad para cambiar, la vida en mismatch. El de los Celtics ha sido el segundo mejor defensive rating en liga regular y el tercero en Playoff, por lo que en esta mitad de la pista debemos encontrar quizá algo más que la mitad de su éxito. Hasta cinco defensores se encontró Doncic en su camino al anillo porque incluso más de cinco jugadores de los Celtics podían llegar a defender, con un poco de ayuda, al jugador más talentoso de esta generación. En ese perfil versátil y cineantropométrico de los jugadores de Celtics reside gran parte de su éxito. También en los esquemas, en los detalles técnicos y, sobre todo, en la convicción de que no se pueden alcanzar éxitos tan grandes como un anillo de la NBA sin atender lo que sucede en defensa. Es más, quiero pensar que en la concesión del MVP de las finales a Jaylen Brown, además de una petición implícita de disculpas por no haberlo valorado en su justa medida anteriormente, también había un reconocimiento al nivel físico, de manos y contactos que puso en este lado del parqué.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Boston Celtics: el paradigma



 


Empecé siguiendo a los Celtics cuando el baloncesto era muy distinto, en aquellos remotos inicios de siglo XXI en los que aún había bases y pívots, un grado de especialización muy alta, roles muy bien definidos. Cuando se jugaba con dos o tres marchas menos, a un baloncesto más posicional en el que brillaban las ágiles caderas de Allen Iverson, los hombros bailongos de Kevin Garnett o los infinitos amagos de Kobe Bryant o Paul Pierce. Empecé a seguir a los Celtics cuando Shaquille O´Neal era el jugador más dominante de la liga y lo sigo haciendo ahora cuando tengo infinitas dudas sobre el valor que tendría una figura tan portentosa como la de Shaq en un baloncesto como el actual en el que, honestamente, creo que no podría jugar por la velocidad a la que se practica y la múltiple amenaza de tiro de todos los jugadores en cancha, lo que evita que puedas resguardar a una sola pieza en la pintura sin que le saquen continuamente los colores.

 

Andrés Montes, la añorada voz de aquellas noches de NBA, llamaba “Siglo XXI” a Tim Duncan, valorando su versatilidad como un activo nunca visto antes (aunque para mí rompieron muchos más moldes en su época Bill Russell por su omnipresencia defensiva y Magic Johnson por su capacidad para crear juego desde sus más de 2 metros). Y, sin embargo, jugadores como Duncan, Garnett o Nowitzki, a pesar de sus enormes fundamentos, son ya casi piezas de museo arqueológico, pues estamos viendo cómo jugadores de su estatura actúan ahora como aleros, se crean tiros desde cualquier posición de la cancha y se mueven como humanos de 1,80. La revolución ha venido desde el campo de la preparación física, también desde la selección de los mejores biotipos a edades cada vez más tempranas y no deja de ser una apuesta de los reclutadores de talento, tanto en el baloncesto europeo, como en el universitario, como finalmente en la NBA. El baloncesto es lo que es porque Giannis, Durant, Lebron o Tatum fueron formados, con la paciencia suficiente, en todas las artes del baloncesto, no únicamente en la que su mayor tamaño parecía indicar a priori.

 

Hoy en día, a fecha de 8 de diciembre de 2022, los Boston Celtics presentan el mejor récord de la NBA a pesar de no haber podido contar con su mejor jugador defensivo, Rob Williams, y con la aportación que hubiera podido ofrecer Danilo Gallinari. Lo están haciendo con una apuesta que, bajo mi punto de vista, representa, junto a la de otros equipos, el paradigma del baloncesto moderno, además de un caso extraordinario de atmósfera de equipo volcado en la consecución de los objetivos, con un alto grado de tolerancia al error de los compañeros y una clara vocación de servir a los jugadores estrella, empezando, tal vez, por un entrenador interino, Joe Mazzulla, que interviene de manera calmada, con indicaciones a buen seguro muy valiosas, en el quehacer del equipo, lo que revela una primera diferencia con el modelo europeo, de cine de autor y baloncesto de entrenador. En USA siguen mandando los estudios, en este caso las franquicias, cuyos objetivos están muy por encima de los de un solo mortal, se llame Obradovic o Jasikevicius.

 

En cualquier caso, las mayores diferencias entre épocas las marca la apuesta por una conformación de plantilla bastante novedosa. Brad Stevens entiende que la dirección de juego debe ser una tarea compartida, entre otras cosas porque una decidida apuesta por la transición ofensiva reduce el peso del juego posicional. Así pues, su base no es un base al uso, con mando en plaza, que asuma gran parte de los bloqueos directos y todo se genere a partir de ahí, sino que Marcus Smart es, ante todo, un excelso defensor capaz de asfixiar al portador del balón y cambiar sin graves consecuencias en los bloqueos directos. Es decir, si habláramos de perfiles, la apuesta sería por el base más físico y completo disponible, con amenaza exterior suficiente (esto se lo pide al 90% de su plantilla) y carácter ganador que tome buenas decisiones sin un alto uso de balón.

 

La mayor parte del salario de los Celtics está invertida en sus aleros. Sus estrellas son dos jugadores diferentes, pero a priori intercambiables, en el sentido de que ambos pueden defender a cualquier jugador rival y anotar ante cualquier oponente, siendo sus recursos casi inagotables. Ambos miden más de 2 metros, son buenos defensores de 1x1 y capaces de admitir cambios, son imparables en transición (rebotean mucho en defensa), meten triples con consistencia, van a la línea de tiros libres con mucha facilidad y son capaces de generar tiros para sus compañeros. Perdónenme si piensan que blasfemo, pero la dupla Tatum-Brown, más aún teniendo en cuenta que tienen 24 y 25 años, es la mejor dupla exterior desde la famosa Jordan-Pippen. E igualmente se puede observar una cierta rivalidad interna, y que no todo fluye como debería, pero todo parece ser un mal menor. Por lo tanto, si habláramos de perfiles, en las posiciones exteriores se buscaría el talento más completo y grande posible. Si un jugador de 2,03 hace lo mismo que uno de 1,95, en fin, la respuesta viene dada.

 


Avanzamos con el “4”, una extensión de los aleros, un jugador igualmente versátil, fuerte, que ayude en el rebote. Si ya has reunido tanto talento exterior en el 2-3 no es necesario que este también brille en el apartado ofensivo, pero su amenaza debe ser total y suficiente. Es decir, debe conocer el juego y ser capaz de tirar o poner el balón en el suelo en función de las necesidades. Debe ser, a cambio, un feroz defensor y competidor. Es el caso de Grant Williams o el de un Al Horford rejuvenecido que volverá a ocupar esta posición cuando Rob Williams vuelva de su lesión.

 

En el cinco caben dos perfiles. El de un undersized rocoso que mate por cada balón y abra el campo o el de un físico imponente que, si no tiene amenaza de tres, es capaz de jugar por encima del aro en ambas mitades del parqué. En defensa, eso sí, debe poder hacer múltiples esfuerzos, o lo que llamo el DIR: Disuadir, Intimidar, Rebotear. Y si además es móvil, es capaz de puntear tiros tras cambios defensivos aprovechando parte de lo anterior, en fin, es una auténtica joya que el equipo debe saber utilizar incrementando la agresividad en primera línea, contestando duro cualquier intento de lanzamiento exterior a sabiendas de que atrás habita, y utilizo una expresión acuñada por mi amigo Fernando García, el famoso león de la sabana, cuya mejor expresión humana es, sin duda, Rob Williams.

 

La apuesta para el banquillo ha sido la de jugadores con un alto basketball IQ, buenos defensores de perímetro (sin el tamaño de los titulares, claro, no hay dinero para todo) y con una amenaza potencial y real de lanzamiento exterior absoluta. La segunda unidad viene a ser, por tanto, una réplica de la primera renunciando en algunos casos a la estatura, en otros casos al talento para la generación de jugadas, pero en casi ningún caso a la capacidad defensiva, a la amenaza de tiro exterior y a la inteligencia baloncestística. Los Celtics llegaron agotados a la serie final ante los Warriors la pasada campaña y han entendido el valor que tiene el banquillo a la hora de mantener vivos parciales, ganar la batalla ante la segunda unidad rival y complementar a la perfección a los jugadores fundamentales. Malcolm Brogdon, Derrick White, Blake Griffin, Luke Kormet, Sam Hauser, Payton Pritchard y Danilo Gallinari están en Boston para ganar un anillo y conforman un supporting cast extraordinario para completar la misión.

 

En fin, como sostengo desde el inicio del artículo, creo que los Boston Celtics representan un extraordinario caso de estudio para los directores deportivos de la NBA y el resto de ligas profesionales. Obviamente, aunque cada cual en su escala, su modelo revela la existencia de una visión, una misión y una estrategia definitivamente enfocada a la victoria, amparada, a buen seguro, en la estadística avanzada y construida a partir de una inteligencia superior como la de Brad Stevens, no solo como un reflejo del pasado, sino también como un anticipo de lo que será el baloncesto en un futuro a corto plazo.

 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Difícil de creer





Yo tampoco hubiera votado por mí en vez de por los otros 29 entrenadores de la liga. Así quitaba hierro al asunto Brad Stevens, después de haber sido ignorado por sus colegas y no obtener ni un solo voto en la elección del mejor técnico del año en la NBA, en una temporada en la que los Boston Celtics han firmado 55 victorias después de perder a Gordon Hayward en el minuto cinco del partido inaugural y a Kyrie Irving, ausente en varios períodos intermitentes, definitivamente desde mediados de marzo. Siempre estoy robando ideas de estos tipos, es un lujo ser uno de los treinta. Y lo mejor, o lo peor, es que no parpadea mientras lo dice, que lo cree firmemente, y todos lo creemos con él. En ese desprendimiento, en esa ausencia de ego, radica gran parte del éxito de su equipo, fiel reflejo de esta humildad y capacidad de trabajo.

Aun así cuesta creer que ninguno de los técnicos rivales aportaran uno de sus votos (disponían de uno solo, es verdad, lo que dificulta la operación) a la causa del chico de Zionsville, Indiana. Menos aún después de haber situado a los Celtics por segunda vez consecutiva en las finales de conferencia, algo que no ocurría desde 1987, con un rookie, un jugador de segundo año y otro de tercero –Tatum, Brown y Rozier– asumiendo una elevada responsabilidad en la pista. Cuesta imaginar, salvo que pensemos de un modo muy humano, que ninguno de los entrenadores cuyos equipos han sido derrotados con una jugada de pizarra de Stevens, no haya apostado por este gurú, tal y como lo definía Marcus Morris tras ganar el tercer partido en Philadelphia y ser el tercer mejor equipo de la liga en el “clutch time” en la temporada regular y el segundo en playoff con una cantidad de partidos (46 y 7 respectivamente) que anula cualquier explicación ligada al factor azar.

La cosa se complica si además repasamos las estadísticas defensivas del equipo con mejor “rating” del campeonato, un indicador muy completo que estima los puntos por cada cien posesiones del rival. Cabe destacar, además, el compromiso renovado del equipo en la faceta del rebote, uno de los grandes “debes” en anteriores temporadas. Los cero votos también nos sonrojan si analizamos el rendimiento de los jugadores que han salido del redil y que, fuera del sistema Stevens, han visto desnudadas todas sus carencias. Precisamente, la revalorización de activos ha sido una de las claves en la confección de la plantilla, al incrementar el valor de mercado de jugadores que, a la postre, lejos de Nueva Inglaterra, han demostrado ser mediocres.

Es evidente, los seguidores de los Celtics no entendemos la decisión. Bajo el liderazgo de Stevens hemos visto crecer jugadores que venían con muy pobres credenciales y hemos disfrutado de un equipo desprovisto de egoísmo que ocupa los espacios y circula el balón con velocidad en ataque y que se sacrifica en las parcelas menos vistosas del juego, como la defensa y el rebote. En cualquier caso, en la medida en que a él no le ha importado este hecho, nosotros también debemos dejarlo correr y centrarnos en intentar “el más difícil todavía”, eliminar a los Cavaliers de un Lebron que ha alcanzado el punto óptimo de madurez en su carrera. El mejor aval para conseguirlo es, sin duda, tener al mejor entrenador del año en la NBA.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Por si es la última




Siendo muy conscientes de que cualquiera puede ser la última cerveza, el último café. Sin aceptar el fatalismo que podía anunciar la gravísima lesión de Gordon Hayward, alero titular y rutilante adquisición del pasado verano, los Boston Celtics lideran con paso firme la NBA, más aún tras remontar y vencer en su cancha a los Golden State Warriors, máximos favoritos a conquistar de nuevo el anillo de campeón. Con esta son catorce las victorias consecutivas, muchas de ellas logradas sin el soporte de su particular Big Three y otras tantas superando diferencias en el marcador que a muchos equipos hubieran invitado a pensar en el partido siguiente.

Lo hacen liderados por un entrenador que, por su carisma y fácil entendimiento del juego y la naturaleza humana, está llamado a ocupar uno de los asientos de honor en las reuniones en las que, fantaseo, los más grandes de siempre se juntan para charlar de baloncesto. A sus 41 años, y tras lograr la proeza de llevar a Butler, una modesta universidad del estado de Indiana, a jugar dos años consecutivos el partido por el título, todo el mundo en Boston sabe que su futuro y el de los Celtics van a estar ligados mucho tiempo.

Así, aunque de férrea disciplina e infatigable trabajador, lo que más destaca de su método es la imperturbabilidad de ánimo con la que afronta la adversidad, la flexibilidad y originalidad en la búsqueda de alternativas. Tanto es así que en ocasiones lo miro y creo que se está repitiendo internamente aquel lema de la canción de Los mitos, ya saben, “es muy fácil, si lo intentas”. O ese otro que dicta “a cada problema una solución”. Eso es al menos lo que transmite, lo que me queda de haberlo ido siguiendo, partido a partido, en su particular curva de aprendizaje.

Marcus Morris decía de él, al finalizar uno de los últimos partidos de esta impresionante racha que es un gurú, lo que seguro que tiene que ver con la efectividad con la que los Celtics anotan tras tiempo muerto, pero más aún con el modo en el que sus jugadores se sienten protegidos y guiados en la pista. Creo que ningún equipo de la NBA, ni siquiera estos fenomenales y muy conjuntados Warriors, tiene tan asumido el reparto de roles y la idea de depositar en préstamo lo mejor de las esencias individuales para beneficio del colectivo. Esto es, la noción amplia del concepto “aportar”, mucho más allá de lo que pueda decir la tan pobre estadística.

Veo en Boston un equipo generoso, que se pringa en todas las acciones sin balón (bloqueos, bloqueo de rebote, lucha por los balones sueltos, bumps en la defensa de los cortes y de los bloqueos directos), que utiliza las manos, tanto sobre balón como en línea de pase, que se comunica, como bien demuestra su defensa de constantes cambios en los bloqueos y en el que es difícil apreciar un grano de egoísmo: un tiro mal seleccionado (que Irving fuerce situaciones es algo asumido por el conjunto de los compañeros), un balance sin hacer, un reproche con malas maneras,…

Miro a los Celtics –que son mis Celtics, es verdad, lo que resta objetividad a todo lo escrito hasta ahora– y veo a un equipo que transmite emociones, que siente verdadera devoción por el juego y en el que, a pesar de saberse parte de un negocio, sus miembros conciben de manera estrecha la convivencia, ese sentido de la urgencia en las relaciones humanas y en el disfrute del momento presente al que tantas veces restamos valor y que la muerte, como la que el miércoles golpeó tan duro a Jayleen Brown (falleció su mejor amigo del instituto y fue duda hasta escasas horas antes de un partido en el que fue el mejor jugador) suele traer al primer plano en forma de recordatorio póstumo y tardío.

Hay muchas explicaciones, muchos motivos que explican las catorce victorias consecutivas, pero uno fundamental es que los Celtics juegan con la pasión y la urgencia de quien sabe que cualquier cerveza puede ser la última.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Reverdecen los tréboles




Hay una regla no escrita que planea sobre la atmósfera de los despachos físicos y virtuales de la NBA que dice que el equipo que recibe al mejor jugador es, a la postre, el ganador del intercambio. En sencilla aplicación de esta norma los Boston Celtics son los ganadores de la noche tras adquirir a Kyrie Irving a cambio de Isaiah Thomas, Jae Crowder, Ante Zizic y la primera elección de Nets en el próximo Draft.

Un precio demasiado elevado, tal vez. Menos si tenemos en cuenta que el pequeño base, ahora de los Cavaliers, pretende pedir el máximo salarial al final de la temporada y que Jae Crowder, un efectivo complemento en estos años en Boston, estaba cerrando el camino a dos jóvenes perlas con un potencial muy superior al del alero saliente: Jaylen Brown y Jayson Tatum. Duele, si acaso, ver escapar esa próxima elección del draft, alta a buen seguro si el rendimiento de los Nets resulta tan pobre como se espera.

Entiendo la apuesta de Ainge, sembrador paciente estos últimos cinco años, pero con ganas de reunir al fin un equipo que no se contente con ser finalista de conferencia. Con Irving libre de ataduras y con un sistema, como el de Boston, que, sin interiores de verdad, genera buenas oportunidades para los exteriores, pocos ataques de la liga aspiran a ser tan eficaces. Acompañado de un perro de presa como Smart, de ese culmen de la eficiencia ofensiva que resulta ser Gordon Hayward, de un cuatro abierto correcto como Morris y de Al Horford, un base encerrado en el cuerpo de un pívot, Irving no tiene excusas para no “explotar” con una temporada próxima a los treinta puntos por encuentro y el ejercicio de un liderazgo que ya ejerció al frente de la selección norteamericana en ausencia de Durant y James durante el Mundial de 2014.

La llegada del ex jugador de Duke incrementa al mismo tiempo el atractivo de la franquicia, un valor difícil de medir pero que se está comportando como factor clave a la hora de formar equipos ganadores. Que el talento llama al talento es más evidente que nunca en esta época de inflación salarial a pesar de los intentos de la NBA por frenar esta tendencia a la “conglomeración”. Irving puede ser la antesala del hombre grande llamado a culminar el renacimiento de la franquicia, el definitivo reverdecer de laureles y tréboles que los Celtics llevan preparando a fuego lento durante años.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Toda una vida





Llevaba meses sin escribir de los Boston Celtics, asistiendo en silencio a la irregularidad inicial, a esa sucesión casi azarosa de victorias de mérito y derrotas inesperadas y ciertamente bochornosas como las cosechadas contra Nets o Lakers. Hoy, aprovechando el descanso que nos concede la NBA, este abrevadero que representa el All Star, vuelvo a hablar de mi equipo del alma, de la franquicia con el ADN más reconocible de cuantas habitan en la liga. En oposición a todas las demás, salvadas unas pocas excepciones, en Boston Celtics todo pasa por el culto al trabajo duro, por el respeto y la devoción laudatoria a los que estuvieron antes. El jugador que viste de verde sabe que debe afrontar un proceso de adaptación hacia los códigos que impone la vestimenta céltica y, si fracasa, sabe que deberá hacer las maletas. La principal salvaguarda de esta tradición es su público, exigente y agradecido al mismo tiempo, una afición a la europea que si ha sido paciente en esta reconstrucción es porque ha visto, más allá del balance o la clasificación, un estilo reconocible y una entrega honesta y apasionada por parte de sus jugadores.

El actual récord de 32 victorias y 23 derrotas se aleja definitivamente de ese discurrir casual de las primeras semanas de competición para aproximarse a la lógica causal, y casi siempre comprobable, entre esfuerzo y resultados. El plan de Brad Stevens, esbozado ya en el amistoso que jugaran en el mes de octubre ante el Real Madrid, empieza a materializarse en un baloncesto de altos vuelos, vertiginoso, que empieza desde la defensa, desde el uso de manos, los cambios continuos y la agresividad en todas las acciones, pero que se despliega también en ataque gracias, igualmente, a la versatilidad de sus hombres “grandes” y a lo heterodoxo de muchos de sus pequeños. En numerosas ocasiones, los ataques de Boston Celtics transcurren con los cinco jugadores en el perímetro, pasándose la bola, jugando manos a mano o situaciones de bloqueo y continuación abierta. Todo para generar espacio para penetraciones que a su vez, si son frenadas a través de las ayudas, pueden generar tiros librados de manera directa o a través del no suficientemente elogiado “pase extra”.



Las estadísticas avanzadas de la NBA revelan varios aspectos positivos que bien podrían explicar el buen momento de los verdes. Novenos en el total de puntos por cada cien posesiones y terceros en el apartado de “Pace” (posesiones por 48 minutos), los Boston Celtics son una máquina ofensiva bien engrasada, algo que viene a confirmar su cuarto puesto en el ratio asistencias/pérdidas y en lo que colabora su 79% en tiros libres. Además, para completar esta faceta ofensiva, conviene destacar su octavo puesto en el porcentaje de rebotes ofensivos, un aspecto al que el entrenador Stevens dota de gran importancia.

En defensa, base fundacional del equipo pese a los últimos resultados, los Celtics se sitúan en el tercer puesto de la liga si normalizamos la comparación en base al criterio de puntos por cada cien posesiones. Son también un equipo que fuerza numerosas pérdidas a su oponente. Además, solo permiten que el rival anote el 43,5% de sus lanzamientos, siendo cuartos en esta estadística. A cambio, esta agresividad, sumada a la falta de altura e intimidación en los puestos interiores, le penaliza siendo el equipo que más tiros libres concede a su oponente (26,8 por partido) y uno de los que más rebotes ofensivos permite bajo su propio aro.



Dentro de cinco días, fecha límite de traspasos, sabremos si Danny Ainge considera a esta plantilla insuficiente para la pelea por el anillo, lo que parece más que evidente, y si consigue encontrar la pieza adecuada. El General Manager de los Celtics cuenta con la ronda de Draft de Nets y unas cuantas más, aunque no tan jugosas, de otros equipos. Además, el “expiring contract” de David Lee puede ser interesante tanto para equipos que quieran ver reforzada su plantilla de cara a este final de temporada como para aquellos otros que quieran afrontar con más garantías, aún, la batalla que se anuncia para la “agencia libre”. No cabe duda, el perfil de esa pieza ha de ser la de un pívot intimidador que pueda ofrecer puntos en la pintura y, por supuesto, la de un hombre trabajador que compre sin dudarlo los valores antes mencionados que caracterizan la marca Boston Celtics. No me suenan bien ni Howard ni Love. No sé si están dispuestos a asumir el discurso que este equipo lleva poniendo en práctica toda una vida.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Almas gemelas





Hoy me desplazo a la capital de España para ver el encuentro entre los Boston Celtics y el Real Madrid, reedición de aquel otro que enfrentara a ambos equipos en 1988, cuando Petrovic aún correteaba por las canchas anotándola desde todos lados y cuando Larry aún vestía de verde. Y, aunque parafraseando a Rick Pitino, Larry Bird no va a cruzar la puerta del Palacio esta noche (“Larry Bird no va a entrar por esa puerta” confesó el técnico para rebajar el grado de expectativas de los periodistas), el enfrentamiento entre las dos marcas baloncestísticas más laureadas de la historia de este deporte tiene siempre un significado especial.

Diecisiete anillos y nueve Copas de Europa definen el principal paralelismo entre ambos conjuntos. La persecución obsesiva de la victoria es una seña de identidad compartida. Tanto Boston Celtics como Real Madrid se alimentan únicamente de gloria. Su principal combustible es un pasado que imprime carácter y exige resultados. Nombres como Emiliano Rodríguez, Clifford Luyk, Wayne Brabender, Juan Antonio Corbalán, Drazen Petrovic o Arvydas Sabonis inspiran y responsabilizan a las nuevas generaciones de madridistas del mismo modo en que lo hacen los de Bob Cousy, John Havlicek, Dave Cowens, Kevin McHale, Larry Bird, Paul Pierce y, por supuesto, Bill Russell con los nuevos pupilos célticos.

Ambos clubes, además de grandes nombres y triunfos, comparten el paralelismo evidente y a dos entre la pareja que formaron Raimundo Saporta y Pedro Ferrándiz en Madrid con la inseparable, hasta la muerte del primero, entre Walter Brown, primer propietario de los Celtics y Red Auerbach, el más grande pionero que ha conocido el deporte de la canasta. La apuesta de Raimundo Saporta y Walter Brown por dos entrenadores como Ferrándiz y Auerbach redundó en los dos períodos de mayor éxito concentrado que un equipo, cada cual en su orilla del Atlántico, haya conocido.

Sin embargo, a fecha de hoy, los caminos se hallan separados. El Real Madrid atraviesa una época dorada claramente ligada, una vez más, con una afortunada elección de cuerpo técnico. Gracias a Pablo Laso y a unos cuantos sabios movimientos en el mercado de fichajes, el Real Madrid ha conseguido disputar tres veces consecutivas la final de la Euroliga cosechando, finalmente, el último de estos campeonatos. Las normas relativas a los salarios y a los traspasos generan inercias mucho más poderosas en la NBA. De ahí que los períodos de transición sean más largos en la mejor liga del mundo, donde el poderoso caballero no lo es tanto. De ahí que los Celtics, aunque circulen por el camino correcto con la elección de Brad Stevens, aún deban esperar para reverdecer viejos tréboles.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Feliz San Patricio





En unas pocas horas sabremos si el cadáver encontrado en la cripta del convento de las Trinitarias de Madrid es realmente el de don Miguel de Cervantes Saavedra. Los hosteleros de la zona se frotan las manos esperando que esos huesos sean sus huesos. De hecho, les bastaría con que los científicos digan que son suyos para beneficiarse del turismo que atraerán, aunque fuesen, en realidad, los de un triste desarrapado con una millonésima parte del talento del escritor. En fin, cuánta caspa. Un consejo para turistas necrológicos: lean a Cervantes, dejen que toda esa masa ósea se pulverice en paz en una cripta, o donde sea, y guárdense el morbo donde les quepa.

Mucho más de mi gusto es la celebración del día de San Patricio en honor a otro muerto, el misionero cristiano que introdujo la fe en la Isla Esmeralda tras ser apresado y esclavizado por piratas escotos. Hoy, 17 de marzo, monumentos de todo el mundo se teñirán de verde y, aunque no deje de ser una innecesaria excusa para untarse hasta el morro de cerveza, el hecho de que la fiesta se haya internacionalizado revela, de algún modo, el espíritu esencialmente viajero de ese irlandés para quien toda cantina, con independencia del idioma en el que en ella se cante, es la suya propia.

Precisamente, un día de San Patricio como hoy, hace 52 años, Bob Cousy jugaba su último partido de liga regular en el Boston Garden. El “Houdini del parqué”, como era conocido en el círculo baloncestístico este pequeño base de ascendencia francesa, recibió una merecida ovación de la parroquia céltica. Lo siento, pero he de decir que ninguna otra franquicia ha sabido homenajear a sus ídolos como los Celtics. En Boston, más que en ningún otro lugar de la geografía del deporte, aplican las siguientes palabras de Borges: Somos todo el pasado, somos nuestra sangre, somos la gente que hemos visto morir, somos los libros que nos han mejorado, somos gratamente los otros.

No se confundan, Bob Cousy, con 86 años, al contrario que Cervantes y San Patricio, sigue muy vivo. Muy vivo y disfrutando de los progresos de unos Celtics que parecían, a comienzos del mes de febrero más bien muertos. Los chicos de Brad Stevens han dejado de mirarse los unos a los otros tratando de distinguir quiénes formarán parte del proyecto a medio plazo y quiénes, por el contrario, son carnaza de traspaso en pos de la manida reconstrucción. Ahora solo se miran para compartir la bola, cambiar asignaciones en el balance y echarse una mano. La química del equipo es sensacional. Todo el mundo asume su rol y sale al parqué, cuando le toca, con ganas de pelear cada balón y bajar el culo en defensa. El mérito, siendo de todos, lo es particularmente de Brad Stevens, el entrenador “milagro” que presentara en dos ocasiones consecutivas a la modesta universidad de Butler en la final del torneo de la NCAA y que, ahora, se ha propuesto acortar los plazos para que los Celtics vuelvan a presumir de su marca registrada: el espíritu ganador.

Es muy posible que esta escaramuza dure muy poco y que la realidad se imponga tarde o temprano dejándonos fuera del playoff o a modo de rápida eliminación. Sin embargo, para nuestro orgullo herido, no hay mejor cura que poder ver los partidos sabiendo que de verde vestirá un equipo competitivo que practica buen baloncesto. Y bueno, a final de año, ya veremos si Turner, Smart y Bradley pueden formar parte de nuestro backcourt de futuro; si Crowder puede ser un buen alero suplente o si Zeller, Olynik y Sullinger son complementos suficientes de un juego interior que, claramente, hay que remodelar si queremos (y queremos) aspirar a mayores logros. También si hay que quedarse con Thomas o traspasarlo. O si podremos darle salida al contrato de Gerald Wallace. Y un largo etcétera.

Por el momento toca disfrutar de cada partido y de la propuesta inteligente que nos plantea el entrenador cada noche. Lo dije en su momento, Brad Stevens es la viga maestra de este proyecto y en torno a él, poco a poco, se irán manifestando aquellos que por derecho propio aspiren a suceder, en la gloria deportiva, a los numerosos ídolos y leyendas que pisaron un día ese parqué de barniz tan especial. A esos muertos a los que el aficionado de los Celtics nunca olvidará, aunque no sepa donde moran sus restos. Un brindis por ellos y por San Patricio.




UN ABRAZO, BUEN BALONCESTO PARA TODOS Y FELIZ SAN PATRICIO

Vuelve el base





Les pongo al corriente de un hecho que tal vez desconocen. Esta noche de viernes, lejos de los circuitos televisivos nacionales y en un TD Banknorth Garden que presentará asientos vacíos, se disputará un Celtics-Lakers que tiene como principal aliciente el regreso a las pistas, prácticamente un año después de lesionarse el ligamento cruzado de su rodilla, de Rajon Rondo. Lo hace 29.233.380 segundos después, tal y como anunciaba en su cuenta de twitter, de su operación, al mando de un equipo renovado que más bien parece un solar y bajo las órdenes de un técnico con el que parece haber congeniado.

Brad Stevens y Rajon Rondo comparten el amor por el juego y una manera muy particular de interpretarlo. Así, si el técnico de Indiana es un estudioso de las cifras, al base de Kentucky le bastan escasas décimas de segundo para escrutar la posición de las piezas sobre el parqué. Sirviéndonos del símil ajedrecista, podríamos decir que el entrenador es el libro y el base el jugador, una mente privilegiada, una de las pocas que se reconocen en el panorama baloncestístico de hoy en día.

Pero el futuro de los Celtics, pese a la importancia de ambos, reposa en los planes de Danny Ainge. El antiguo francotirador que se paseaba amenazante, con su número 44 a la espalda, por las diferentes canchas de la geografía estadounidense es ahora un hombre con una misión. Para empezar debe justificar su cargo emprendiendo un rápido proceso de reconstrucción después de cinco años de gloria y épica bajo la batuta de Pierce, Garnett y Allen. De todos los movimientos que ha iniciado hasta la fecha, sólo podemos reconocer un gran acierto en la contratación de Brad Stevens. Sin embargo, pocos entienden el porqué de la aquiescencia a la hora de admitir el contrato de Gerald Wallace (3 años a razón de más de 10 millones de dólares por cada uno) en el múltiple traspaso con los Nets o la llegada, ahora, en un movimiento menor a tres bandas con Miami Heat y Golden State Warriors, de un Joel Anthony que puede ejercer una opción por cerca de cuatro millones de dólares que hipotecaría en cierta medida futuras adquisiciones.

En todo este tiempo, el general manager no se ha cansado de repetir que Rondo será una pieza clave en el futuro de los Celtics. Sin embargo, pocos especialistas creen en la veracidad de estas palabras. Es más, sólo el vilipendiado Gasol, Pau, ha sido incluido en más traspasos hipotéticos que Rondo. Si dependiera de mí Rondo no abandonaría nunca, al menos en el corto plazo, los Celtics. Hay pocos jugadores lo suficientemente testarudos como para invertir el sino de los partidos y, más aún, el devenir de una franquicia. Rondo ha sido capaz de alargar el período competitivo de sus veteranos compañeros poniéndoles la bola donde la querían y, al mismo tiempo, de ellos ha aprendido cuántas veces hay que sacar la basura antes de encontrar, junto al contenedor, un anillo de oro.

Es más, en Rondo los Celtics poseen una “rara avis”, una excepción dentro de una norma que consagra la presencia de bases que no son bases, de acaparadores de bola que tienen en mente, principalmente, anotar o generar a partir de un uno contra uno o un pick and roll. Rondo puede anotar, especialmente en las cercanías del aro o tras salida de bloqueo, puede obtener ventajas del uno contra uno gracias a su manejo de balón y a su velocidad y también es un buen jugador de bloqueo directo pese a la rémora que le impone su deficitario tiro exterior. Sin embargo, sus principales dotes se muestran comandando la transición, leyendo los bloqueos indirectos de los compañeros y encontrando desmarcados a los hombres grandes tras la lucha por la posición o en medio del desconcierto de alguna jugada errática. Es decir, actuando de general en cancha, de prolongación del entrenador, de pizarra andante. De base, en definitiva, aunque los nuevos tiempos dicten nuevos modelos de dirección de juego.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

La banda sonora de la NBA (II)






Ante la escasa expectación suscitada por la publicación de la primera entrega de esta sección y dado que no tengo otra cosa mejor que hacer, he decidido publicar una segunda para intentar provocar, si fuera esto posible, un mayor sopor entre los lectores. Esta vez, por falta de tiempo, que no por compasión hacia ustedes, sólo voy a abordar el pronóstico musical de la División Atlántico, aquella que aglutina más títulos de la NBA y también aquella donde se concentra el mayor peso histórico de la joven nación estadounidense.



DIVISIÓN DEL ATLÁNTICO



Philadelphia Seventy-Sixers. Cold, Cold Ground (Tom Waits)



Hay un listón en el sauce, una llanta como columpio, un zarzal de bayas invadiendo la ladera, el gato dormirá en el buzón y nosotros nunca iremos a la ciudad hasta que encerremos todos los sueños en la fría, fría, tierra”. A pesar del inicio fulgurante no se dejen engañar, los Seventy Sixers son carne de lotería y lo mejor que pueden hacer es, como dice el genial Tom Waits, encerrar los sueños y aplicar fórmulas realistas. Evan Turner y Michael Carter-Williams pueden ser los pilares de un futuro proyecto, pero para que éste sea ganador hará falta sumar piezas en la zona. 





New York Knicks. Maneras de Vivir. (Rosendo)



No pienses que estoy muy triste si no me ves sonreir, es simplemente despiste, maneras de vivir. Me sorprendo del bullicio, y ya no sé qué decir, cambio las cosas de sitio, maneras de vivir”. Ser aficionado de los Knicks es, sin duda, toda una manera de vivir. Sin embargo, no, no es simplemente despiste. Si no sonríen es porque el equipo emblema de la capital del mundo apesta a estrellas viciadas y mediocridad. La fórmula de tres ataques para Carmelo y uno para los demás (salvo si te llamas J.R. Smith) en función de una rotación anárquicamente trazada es un insulto al buen gusto baloncestístico. Estarán en playoffs por el ridículo nivel de la clase media en la conferencia.



Brooklyn Nets. The End. (Pearl Jam)



¿Qué fue de todos aquellos sueños que compartimos años atrás? ¿Qué fue de todos los planes que hicimos? Ahora, ahí están, a la izquierda del camino, detrás de nosotros, en el camino. Más que por los amigos yo siempre brindé: “porque los amigos van y vienen”. La gente cambia, como lo hace todo y yo quería llegar a viejo, sólo llegar a viejo”. Y a viejos llegaron los principales jugadores del nuevo proyecto de Brooklyn. A demasiado viejos diría yo. Garnett, Pierce, Joe Johnson, Jason Terry, Andrei Kirilenko e, incluso, Deron Williams, ya tuvieron tiempo para comprobar que los amigos van y vienen y que muchos planes, los más románticos y utópicos, ya quedaron atrás. No den un duro por ellos. Ganarán la división por oficio y profesionalidad, pero morirán, como lo haremos todos algún día si tenemos suerte: Por viejos.





Toronto Raptors. Blowing in the wind. (Bob Dylan)



Cuántos años puede existir una montaña antes de que sea arrasada por el mar, cuántos años pueden vivir algunos antes de que se les permita ser libres, cuántas veces puede un hombre girar la cabeza y fingir que, simplemente, no lo ha visto” Cuántos años más podrá sobrevivir el baloncesto en Canadá ante proyectos desnortados y gestiones autodestructivas. La respuesta, supongo, como bien dice Dylan, navega en el viento, el mismo viento que circula por la cabeza de Rudy Gay, un jugador al que sólo puedo definir por lo que sé que NO es: un jugador franquicia. Del mismo modo puedo definir a Kyle Lowrie como un “no base” y a Jonas Valanciunas como una “no referencia interior”. El equipo de los “noes”, adivínenlo, no se metará en playoffs.





Boston Celtics. Yesterday (The Beatles)



Ayer todos mis problemas parecían tan lejanos. Ahora, (sin embargo) parece que están aquí para quedarse. Oh, yo creo en el ayer”. El aficionado de los Celtics, y hablo con conocimiento de causa, es, por esencia, nostálgico. Un recuerdo puede embaucarle durante horas, mantenerle en un estado de sobreexcitación poco saludable. Sin embargo, pese a la elección de esta canción, el aficionado de los orgullosos Celtics es también un optimista patológico y ya está divisando el próximo gran triunfo. Puede que tengan que pasar, como ocurriera la última vez, veintidós años, pero aun así éste siempre pensará que volverán las flores por primavera. Y volverán, aunque sólo sea para disputar una ronda de playoffs y medir el verdadero potencial de los Jeff Green, Avery Bradley o Kelly Olynik.



VENCEDOR DE LA DIVISIÓN: BROOKLYN NETS

EQUIPOS EN PLAYOFFS: BROOKLYN NETS, NEW YORK KNICKS y BOSTON CELTICS



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

El ambicioso Brad






Ya como recién licenciado, trabajando como asociado en el departamento de marketing de la empresa farmacéutica Eli Lilly, Brad Stevens, presentado hace unas horas como entrenador jefe de los Boston Celtics, destacaba por su capacidad para resolver problemas y salir airoso de todos los cara a cara con los potenciales clientes. “Sin necesidad de atriles o de notas”, recordaba uno de sus compañeros en una entrevista que le hicieron en el prestigioso diario The New York Times, era capaz de persuadir y convencer a todos aquellos que dudaban sobre la calidad de los productos. “Nunca necesitó que le repitieran las instrucciones”, añadió.



Todos los que conocen a Brad Stevens recalcan su ambición. “Mucha gente cuestionaba su capacidad (no sé por qué, pero no me extraña), pero él estaba deseando hacer todo lo que hiciera falta, desde acompañar a los chicos al aeropuerto hasta a invertir horas y horas viendo vídeo”. Así le describía su primer jefe dentro del mundillo (mundillo es la palabra, sobre todo si hablamos de entrenadores) del baloncesto, el actual entrenador de Ohio State, Thad Matta. Tras seis años como ayudante, en 2007, tras la renuncia de Todd Lickliter y con sólo 30 años, este oriundo de Indianapolis accedió al cargo de primer entrenador del programa de la Universidad de Butler, un modesto proyecto con serias limitaciones a la hora de reclutar jugadores, la hermana pequeña de Indiana, Indiana State, Purdue o Notre Dame. El patito feo dentro de un estado que suda baloncesto.



De aquellos años en el departamento de ventas Stevens heredó una gran afición por los números y los análisis estadísticos. A pesar de que el mundo de los productos farmacéuticos no tenga ningún parecido, a priori, con la práctica del baloncesto, este entrenador se distingue por haber trasladado estas técnicas al mundo de la competición, a la valoración de las fortalezas y debilidades de sus oponentes. 



Curiosamente, este honrado profesional amante de las matemáticas y la economía, jugaba al baloncesto con un cierto grado de inconsciencia y anarquía, con las cualidades, en definitiva, que definen a un buen tirador. Sin embargo, a pesar de esta fama, el Brad Stevens jugador se retiraría de la práctica activa del deporte una vez finalizado su ciclo de instituto con un promedio anotador inferior a los ocho puntos y un gran arsenal de comentarios ofensivos a su alrededor.



Éste fue siempre su sino, pelear con tirachinas frente a ejércitos con una logística mucho más avanzada. Así se abrió paso en el mundo empresarial ante graduados y “maestros” de Harvard o Stanford. Así le llegó su primera oferta como entrenador ayudante en Butler, ante candidatos mejor preparados y con mayor experiencia. Y así, cuenta la leyenda, aunque puede que sea verdad, le respondió su superior cuando Stevens le anunció que dejaría la empresa para ser el ayudante de Thad Matta en esta universidad. “¿Es ser entrenador aquello en lo que piensas cuando te levantas, algo que deseas más aún que comer o dormir? ¿Serás capaz de alimentarte, vestirte y alojarte por tu cuenta? ¿Entiendes la dificultad que acarrea esta decisión?" El joven Brad, claro, respondió que sí. Sí a todo. Sin matices.



Doce años después, tras recoger el testigo de Lickliter y tras conducir a su equipo a dos finales consecutivas en 2010 y 2011, Brad Stevens ha demostrado que aquel sí afirmativo y contundente no estaba vacío de contenido. Este verano, ante la incredulidad de propios y extraños, ha visto cumplido uno de sus sueños, entrenar en un lugar y en una organización donde el nivel de exigencia es equivalente al que él mismo se impone. Y es que en Boston sólo vale la excelencia, aunque la excelencia, en estos momentos de reconstrucción, equivalga únicamente, que ya es mucho, a formar jugadores y planificar el futuro con la garantía de que un día, no muy lejano, vuelvan a jugar en el Garden los mejores baloncestistas del planeta. Y éstos, recuerden, no son los que más camisetas venden, sino aquellos que entendieron el secreto que aún custodia el gran Bill Russell. 


Si Stevens fue capaz de adoptar técnicas estadísticas propias del marketing al baloncesto, cabe esperar que pueda, con ligeros retoques, trasladar la filosofía y estilo de juego de sus equipos en Butler al mundo profesional y, en concreto, a estos Celtics en plena fase de transición. Esperen, por lo tanto, defensas individuales con aroma a zonas de ajustes, posesiones largas y múltiples variantes de ese sistema universal tan bien conocido en el mundillo como es el Flex (todo ello, claro, si es capaz de venderle el producto a un base con cierto ego como Rondo o si éste sale del equipo una vez que recupere su valor de mercado tras demostrar, ojalá, que está totalmente recuperado de su lesión de rodilla). 



Stevens cuenta con el apoyo firme de Danny Ainge, con quien comparte una misma filosofía y ética de trabajo, con el respeto de la profesión y el pálpito de los aficionados. Algo se mueve en la capital de Nueva Inglaterra, aunque harán falta años para saber cómo y hacia dónde. Lo prioritario es, ahora, ver si Rondo está dispuesto a participar de la renovación de la plantilla y del propio período de aprendizaje a través del error (inevitable y saludable error) de su técnico, conocer cuántos de los actuales jugadores en nómina tienen ese espíritu ganador, ese gen celta, y terminar de sacar la basura de un período que se prolongó más de la cuenta, Y es que amores que se dan prórrogas por temor o complacencia dejan heridas difíciles de suturar. Hablo de los Celtics, pero tengan cuidado, porque cuando escribo de los Celtics, escribo, también, aunque sólo un poco, de la vida.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS