¿Tú también?





Hoy el caso Bárcenas vuelve a estar en la calle. Resulta que unos cuantos cabecillas del PP, incluido su ilustrísimo presidente que es de paso el del gobierno de todos los españoles, accedieron a cobrar dinero sin conocimiento de Hacienda. Ahora se lamentan. No por haberlo intentado, sino por haber sido cazados. Hicieron lo que muchos hacemos también en nuestra vida cotidiana, pero con la particularidad de presentarse ante la opinión pública como defensores de sus derechos y portavoces de sus anhelos. Es decir, como políticos de casta, que invierten su juventud en pegar carteles y chupar pollas, no siempre literalmente, para trepar en esa especie de escalera que conduce a la fortuna material y a la ruindad espiritual.

La sociedad, claro, se ha rebelado. Lo ha hecho a través de twitter convencida de que con 140 caracteres se puede cambiar el mundo, derrocar a un gobierno y, además, parecer inteligente. Identifican el problema con los políticos actuales cuando en realidad éste sienta sus bases en la educación. Pero no en la de las escuelas públicas, privadas, católicas u ortodoxas, sino en la que se recibe (recibía) en casa. Cuando las madres, cuando digo madres me refiero a aquellas magníficas mujeres con capacidad para instruir en los principios más elementales del respeto a todo hijo de vecino con independencia de su manera de vestir, condición económica o ideología, desaparecieron del hogar, entraron de pronto los televisores y a través de ellos mil maneras de vivir la vida sin trabajar, sin respetar y sin pensar.

Pues bien, a mí me lo enseñó prácticamente todo mi madre y aunque seguramente ella también me hubiera insistido para convencer al fontanero de pagarle en efectivo y sin factura, sólo puedo estarle agradecido. Por lo menos tengo claro que no debo hacer lo que no me gustaría que me hiciesen a mí. Y en estos tiempos que corren, pues qué queréis que os diga, no me parece poco.

Si hubo otra influencia importante, ésta la ejerció el deporte. A través del deporte conocí a mis amigos y reconocí a mis potenciales enemigos porque de la honesta pelea por saltar más alto, ser más fuerte o más rápido, emanan los valores que configuran nuestra personalidad. En la lucha deportiva no hay máscaras ni poses, sólo seres humanos llevados al límite de sus posibilidades, desnudos ante la opción de caer derrotados. O así debería ser.

Con las declaraciones de Lance Armstrong en las últimas semanas se ha hecho público lo que muchos no queríamos creer. El deporte, actividad física tan vieja como el propio hombre, ha dejado de ser tal para convertirse en un asunto pluridisciplinar en el que los laboratorios juegan un papel similar al que representan los ingenieros en el éxito de un piloto de Fórmula 1.

Afirma el norteamericano que ninguna generación del ciclismo está libre de mácula. Por extensión, me atrevería a decir que no es el ciclismo el único foco infectado. En el tenis han sido muchos los sancionados, aunque en este caso el cumplimiento de las sanciones ha conducido en la mayor parte de los casos a una redención total. En el atletismo grandes estrellas se convirtieron después en grandes fraudes para el aficionado. Estoy pensando en Marion Jones o Tim Montgomery, por no citar al celebérrimo Ben Johnson. No se libran tampoco los grandes deportes de equipo. Todos sabemos que el COI mira para otro lado para que los jugadores NBA compitan en los Juegos Olímpicos y que en el fútbol fueron práctica habitual las transfusiones de sangre.

¿Entonces quién gana? ¿El que más talento heredó? ¿El que más esfuerzo puso para depurar dicho talento? ¿El que siendo rico de cuna contrató al mejor (peor) doctor? ¿El espectador, porque de esta manera ve espectáculos más grandilocuentes y alejados de sus más modestas posibilidades?

Perdemos todos. Porque el deporte es ante todo un espejo que retrata las aspiraciones del ser humano por superar los límites establecidos. Y no, la medicina no debería inmiscuirse en esta lucha que en algunos casos puede conducir a la muerte, pero que siempre, y digo siempre, ha de ser honrada y transparente. La victoria no es llegar el primero, es caminar sin atajos por esta senda que ya está de por sí lo suficientemente minada.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Como un buen Celtic





Como un buen Celtic, orgulloso y testarudo, Rajon Rondo se presentó en la sesión de tiro del equipo el mismo domingo por la mañana con una bolsa de hielo alrededor de su muslo derecho. Doc Rivers y todos los miembros del staff técnico pensaban que se trataba de una sobrecarga en el cuádriceps y no se preocuparon en exceso por la salud de su base. Fue entonces cuando Brian McKeon, el especialista en dar malas noticias, le comentó al entrenador su particular impresión acerca de la rodilla derecha del siempre genial Rajon Rondo. Ligamento cruzado anterior. Baja para toda la temporada.

El número 9 de los Celtics, entre incrédulo y apesadumbrado, quiso resistirse a aceptar el diagnóstico. “No me duele demasiado como para que sea el ligamento cruzado”. Aun así, veinticuatro minutos antes de que comenzara uno de los duelos más esperados por la afición del TD Garden, Rondo asumió que no estaba bien y acudió al hospital para hacerse unas pruebas. Tras éstas, y de regreso a la instalación deportiva, un periodista le detuvo y le dijo: “Ey Rajon, están anunciando que tienes el ligamento cruzado anterior roto y que eres baja para toda la temporada”. Ofendido, éste le respondió: “Si ni siquiera se conoce el resultado”.

El resultado fue el esperado. No hubo sorpresas. La lesión se produjo durante el partido anterior en Atlanta y aun así se mantuvo durante doce minutos en pista con el ligamento destrozado. Otros lo habían hecho antes, pero aun así su esfuerzo no deja de sorprender. No, al menos, a su entrenador, quien recuerda cómo vivió esta misma pesadilla en sus años como jugador: “Caí al suelo y permanecí llorando unos cuantos segundos como si fuera un bebé”. No hubo lágrimas, en cambio, para Rondo, quien terminó de firmar en Atlanta el que será el último triple doble de la temporada y el último en unos cuantos meses.

Ahora que Ricky Rubio está en pleno proceso de recuperar sensaciones y a poco más de un mes para que Derrick Rose regrese a las pistas para volver a aprender a jugar al baloncesto, otro ligamento roto se ha empeñado en dejarnos sin uno de los jugadores más espectaculares del campeonato. En este caso, el ejemplo a seguir ha de ser el de Blake Griffin, quien no pudo disputar ni un solo partido en el que iba a ser su año rookie para regresar con más fuerza y ambición hasta convertirse en uno de los mejores jugadores interiores del campeonato. 



La lesión de Rondo ha caído como una daga en el corazón de los aficionados de los Celtics. Sin embargo, la victoria de ayer ante Miami nos enseña, una vez más, que la fe en uno mismo es un eficaz antídoto contra los infortunios. Sin embargo, hasta el más optimista seguidor del equipo puede adivinar que la temporada ha tocado a su fin. Pierce y Garnett tirarán de orgullo, pero el depósito de gasolina está a punto de quedar agotado. Sin su guía estos Celtics que ya navegaban a la deriva serán presa fácil para los cocos de la conferencia. Danny Ainge moverá el mercado, pero hay poco que ofrecer. Y no, a los que presumimos de ser verdes y de sentir como tal, no nos gusta la idea de ver a Pierce terminar su carrera en Memphis. Graceland será un santuario para los amantes de la música, pero un cementerio de lo más vulgar para las estrellas del baloncesto. La carrera del 34 debe terminar donde empezó, en las antípodas de lo que dictaba su corazón, en el polo opuesto del lugar donde se crió. Y es que este chico que aprendió a vivir en Inglewood, uno de los barrios más peligrosos de Los Ángeles, se ha hecho un hombre y una estrella jugando para los Celtics, elevando el nivel de su juego cuando las cosas más se torcían para su equipo. Ayer, en un partido agónico, rodeado de circunstancias extrañas y con Ray Allen de regreso enfundado en una camiseta que huele a traición, Paul Pierce firmó un triple doble y condujo a su equipo a una fantástica victoria ante los poseedores del anillo.

Garnett y Pierce se encargarán de que no haya lamentos ni autocomplacencia, de que en cada sesión de entrenamiento de los Boston Celtics se respire optimismo y disciplina. Con su sudor y su sangre les recordarán a los compañeros que sobre el parqué que tienen la suerte de pisar en cada noche de partido se hicieron un nombre Cousy, Russell, Havlicek, Cowens, Bird, McHale y tantos otros. Y es que no basta con ser un Celtic. Lo demostró Rondo con su testarudez y amor infinito a ese trébol de tres hojas. Hay que actuar como un buen Celtic. Y eso es mucho decir. 



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Cómo hemos cambiado





Tras las finales de 1972, aquéllas en las que el baloncesto le devolvió a Jerry West todo lo que éste le había dado antes, diecisiete de los venticinco campeonatos que se habían disputado hasta la fecha habían sido ganados por sólo dos franquicias. Cuando la liga celebró su quincuagésimo aniversario en el All Star de Cleveland esas mismas dos franquicias sumaban ya veintisiete títulos. Aún hoy, en pleno invierno de 2013, los treinta y tres anillos que suman Boston Celtics (17) y Los Ángeles Lakers (16) les dotarían de una mayoría absoluta en un hipotético parlamento aristocrático en el que la máxima de “una persona un voto” hubiera sido transformada por otra más clasista con el lema “un anillo un voto”.

Estos números invitarían a pensar en una liga polarizada y sectaria con contratos de televisión negociados equipo por equipo y con una palmaria disparidad presupuestaria entre las diferentes franquicias. Pero no, esto no es la liga de fútbol española y son otros los factores que explican esta aparente diarquía. No me duele reconocer (en realidad sí) que once de los diecisiete títulos célticos se lograron en campeonatos con ocho o nueve equipos participantes. En realidad no sé si esto le quita mérito a aquellas gestas o si, tal vez, le otorga un plus de dificultad. Y es que el talento se concentraba irremediablemente en unas pocas franquicias y todas ellas contaban con al menos tres jugadores con grandes posibilidades. Lo cierto, aunque escueza, es que en los últimos veinteseis años la ciudad de Boston sólo se ha engalanado en una ocasión para honrar a sus orgullosos Celtics. Fue en 2008 y, apunten esta fecha porque puede que se convierta en una nueva, vieja, referencia para los aficionados del equipo de la Beantown. 



Los Lakers, por su parte, deben agradecerle cinco anillos a la dominante y eminente figura de un George Mikan que reinó en la liga allá por los años 50. En aquel campeonato recién nacido y lleno de imperfecciones que el tiempo ha ido curando, un jugador de su tamaño e inteligencia era prácticamente imparable. Ya en Los Ángeles, los Lakers tuvieron que esperar varios años para recuperar una senda que la sombra de Bill Russell se empeñó en oscurecer. Tuvo que llegar Magic para que Kareem recuperase su mejor versión y para que Los Ángeles vibrase de nuevo al ritmo del mejor baloncesto que se ha practicado jamás en este planeta. Shaquille, Kobe y Gasol contribuyeron a engrandecer la historia de la franquicia, pero otros nombres, en plena actualidad, se están ocupando de poner en solfa esta incontestable grandeza. 


Sólo por si fuera verdad aquello de “la historia para los historiadores” (¿o era América para los americanos) utilizaré también argumentos más cercanos en el tiempo para dotar de contenido al título de esta entrada. Resulta que el próximo 17 de junio se cumplirán tres años del séptimo partido de las finales de la NBA de 2010 disputadas entre Boston Celtics y Los Ángeles Lakers y que concluyeron con el triunfo angelino en un apretado encuentro. Los Lakers contaban con la mejor pareja interior del campeonato, con una de sus tres máximas estrellas y con el sexto hombre más decisivo. Los Celtics, por su parte, vivían de las genialidades de tres futuros hall of famers y de la bendita locura del base más brillante de la competición. Para los de Boston aquella final suponía el cierre definitivo de una ventana que después, por avatares de la vida y gracias al orgullo de los jugadores, permanecería abierta un par de años más. Para los Lakers, en cambio, nada hacía indicar que aquél fuera el principio de un final que comienza a hacerse demasiado largo. En Los Ángeles alguien debería tomar la palabra y sentenciar definitivamente un caso que desde la salida de Phil Jackson demanda una operación a corazón abierto. Más bien, un lavado de estómago con el que limpiar las células envejecidas de sus otrora referencias y los depósitos de idiotez de las nuevas incorporaciones. 

Menos de tres años después de su última aparición en las finales Lakers y Celtics transitan por la tierra de nadie de la liga con más pena que gloria. Los primeros arrastran el peso de estrellas sobrevaloradas económicamente. A los segundos les pesa el paso de los años, las caprichosas piernas que se resisten a concederle tan siquiera un deseo a sus viejos dueños. De poco sirve ahora apelar a los tiempos pasados. Un Van Gogh siempre será un Van Gogh, pero en el deporte, en su espiral vertiginosa, el pasado será simplemente eso, pasado.

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Tienen los grandes hombres, los grandes de verdad, la cada vez más extraña capacidad de observar el mundo desde el ángulo desde el que lo haría un habitante de Lilliput. Sabiéndose pequeños luchan y perseveran hasta alcanzar sus objetivos y de su boca, antes que un insignificante yo, suele salir un inmenso gracias. Precisamente gracias, "thanks", fue la palabra más veces pronunciada por Patrick Aloysius Ewing en su discurso de entrada en el Hall of Fame del baloncesto, uno de los contados santuarios de los que un joven jamaicano de orígenes humildes puede sentirse parte importante sin necesidad de prostituirse moral o socialmente.

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web Jordanypippen.com

El rey, los reyes, twitter y un derby






Aunque alguno de vosotros pueda pensar que hoy es la noche del rey, víspera de la noche de reyes y, claro, 4 de enero, yo sólo puedo deciros que estáis equivocados. No porque en la 1 no esté Hermida lamiéndole el culo al borbón que reina, pero no gobierna. Ni tampoco porque mañana sea la noche en la que unos presuntos sabios de oriente se desdoblarán en miles de versiones de sí mismos para pasear por las calles y plazas de nuestras ciudades generando una ilusión tan falaz como efímera entre los niños que un día serán adultos y seguirán preguntándose por qué no hay regalos si se han portado bien. Pero igualmente estáis equivocados. En todo salvo en que es 4 de enero.



Y es que en realidad hoy es la noche del día en el que Kobe Bryant se hizo una cuenta oficial en twitter, una más dentro de esa red social que amenaza con envolver al planeta generando un nuevo recalentamiento, en este caso neuronal, que sumar al provocado por el efecto invernadero, el agujero de la capa de ozono y Telecinco.



Esta noche, además, y ya hablando en serio, se disputará el derby de Los Ángeles, el enfrentamiento que durante cuatro veces al año mide las fuerzas de Lakers y Clippers en el mismo escenario, el Staples Center de la ciudad californiana, una especie de nave espacial aparcada sin demasiado buen gusto en el medio de un downtown que intenta recuperar su vida interior a base de centros comerciales, restaurantes y locales nocturnos. La diferencia con respecto a otras temporadas pasa por que al hermano pobre de LA le ha dado por sublevarse presentándose a la cita con un balance nueve partidos mejor que el de sus vecinos de púrpura y oro.



Aunque los resultados hablan por sí solos, un rápido vistazo a las plantillas nos permite deducir que es la planificación, por su presencia o ausencia, el factor clave del éxito de unos y de las decepciones de los otros. Así, mientras en las oficinas de los Clippers se mantiene un contacto directo con el cuerpo técnico y se atiende a lo que éste pueda sugerir, en los Lakers preocupan más cuestiones extradeportivas o personales, viciadas en todo caso de la vanidad que envuelve a todo lo que se mueve en la franquicia. En los Lakers, si alguien tiene algo que decir se lo consulta primero a Kobe Bryant. Sí, el de la cuenta de twitter, y uno de los cinco mejores anotadores de la historia del campeonato, un genio con el balón en las manos, pero un mal gestor para los designios de su propio equipo.



Sirva como ejemplo el nombre de Lamar Odom, el ala pívot que llega a la liga para jugar en los Clippers, madura en Miami y disputa sus mejores partidos con los Lakers para que éstos finalmente le regalen. Ahora, tras un periplo fallido en Dallas, Odom es una garantía desde el banquillo que Vinnie del Negro no piensa desaprovechar. Pues bien, la salida de Odom a cambio de nada fue el principio de la hecatombe en unos Lakers que aún siguen buscando esa figura del cuatro abierto que rebotea, ataca de frente, puede lanzar y sobre todo, le hace la vida más fácil a los pívots puros del equipo. Y no, Jamison no es Odom. Nunca lo fue. 





Es hora de poner a grabar el partido, ese choque de personalidades deportivas que promete no defraudar. Y es que si los Clippers revolotean como una mariposa y pican como una abeja al más puro estilo Muhammad Ali, los Lakers practican un juego más pesado y posicional. En breves horas comprobaremos si Nash es capaz de cuadrar el círculo y colocar a cada cual en el lugar donde más rinde mientras persigue por el rectángulo de juego a un Chris Paul cada vez más simbiotizado con el baloncesto. También promete emociones fuertes el duelo entre Pau Gasol y Blake Griffin y es que el de Sant Boi ya ha conocido de primera mano las habilidades atléticas del ex alumno de la Universidad de Oklahoma. Sin embargo, más allá de todos estos alicientes, el factor x y una de las principales claves del buen hacer de los Clippers se llama Jamal Crawford. El mayor candidato en estos momentos al premio de mejor sexto hombre es una amenaza constante para las caderas de sus defensores. Veremos si D´Antoni se atreve a colocar a Ron Artest frente a un jugador mucho más rápido, listo y talentoso que él. 





En la víspera de la noche de reyes los aficionados al baloncesto nos hemos encontrado con un regalo por adelantado. Se trata del derby de los Ángeles, un duelo que promete ser de cine. 





UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Desandando el camino






“Caminante, son tus huellas el camino y nada más...”

Si en tierras castellanas a alguien, en medio de una conversación sobre el fútbol, el toreo o la vida misma, le da por decir “el poeta”, todos sabrán que éste, el poeta, no puede ser otro que Antonio Machado. Y desde esta estepa salpicada de pequeños oasis y rodeada de vastas montañas a la que cantó el poeta quisiera desearos un feliz año 2013 repasando lo que el 2012 nos dejó en forma de huellas que los vientos del presente intentarán borrar.



Y como este blog pretende ser un pequeño cuaderno donde expongo mi inexperta visión sobre el baloncesto seleccionaré de entre todas esas huellas las que tienen relación con este nuestro deporte. Y de entre ellas, a su vez, rescataré las que fueron producto de acontecimientos improbables, de actuaciones heroicas que sobresalieron, en su momento, sobre la anodina mar de mediocridad en la que nos bañamos habitualmente.



La primera gran batalla baloncestística del año se libró en el Palau Sant Jordi. El Barcelona se presentaba como gran favorito a la cita copera y sin embargo, de la mano de un Llull muy acertado y de un Carroll inspiradísimo el Real Madrid recuperó el trono y nos hizo a muchos, la gran mayoría, madrugar al día siguiente para pedir perdón por menospreciar sus opciones.






Otra copa, la de la reina, coronó a las chicas del Perfumerías Avenida en una mañana de marzo en la que todo hacía indicar que sería Ros Casares el equipo vencedor. Aquel cuento de la cenicienta inauguró una serie de posts dedicados al baloncesto femenino en los que repasamos la confrontación de modelos entre los finalistas de la Copa de Europa, Ros y Rivas, la posterior caída del rascacielos valenciano y también, cómo no, la increíble carrera de la mejor entrenadora de baloncesto que ha conocido este mundo, Pat Summit, a raíz de su retirada de los banquillos como consecuencia del Alzheimer.









Fue durante la primavera, también, cuando hallé el tiempo necesario para repasar acontecimientos históricos y rememorar figuras que deben traspasar el tránsito de las generaciones. Empecé con el cuento que las madres de Philadelphia leen cada noche a sus hijos durante la estación florida y seguí con el legado que la Universidad de Georgetown fabricó durante los años 80 con repercusiones que fueron mucho más allá del simple baloncesto. A su vez, imbuido por el panorama sombrío que se cierne sobre nuestras cabezas, quise comprobar las lecciones que nos dejó el pasado para intentar no incurrir en los mismos errores.












Un 14 de mayo, no como cualquier otro, el Olympiakos se alzó con el título de la Euroliga despertando entre los griegos un sentimiento casi olvidado. Aquel mágico final supuso el prólogo de una mágica sucesión de noches que supuso el fin de equipos mal construidos y tríos para el recuerdo, así como el nacimiento de una rivalidad colectiva y personal que desembocó en la explosión definitiva del jugador más determinante del baloncesto actual, Lebron James, quien reconoció haberse centrado, únicamente, en regresar a lo más básico.











Mientras tanto, en España, un triple mezcla de genialidad y fortuna y una sorprendente zona durante el cuarto partido de las finales, posibilitaron que el Barcelona se hiciera de nuevo con el título de liga. Aquella tarde, como si se tratara de una jornada electoral, todos salieron ganando. Y en realidad fue así porque si el equipo culé engrosaba su palmarés el Real dejaba marcado el estilo que le ha de guiar durante los próximos años. La apuesta es buena. Habrá que ver si ganadora.






La llegada del verano con sus tonos tostados y su calor abrasador me dejó, en lo personal, una fantástica experiencia durante el curso de entrenador que realicé en Valladolid. A nivel más general, por su parte, fue el verano de los Juegos de Londres y sus diecisiete medallas y media. Fue el verano en el que España ganó sin nueve y en el que Estados Unidos prescindió del cinco.








Carentes de fecha de caducidad. Así son los genios sobre los que escribí intentando no dejar en evidencia la distancia que nos separa. Tres grandes pasadores y un brutal finalizador, ídolo, por cierto, del más grande deportista de todos los tiempos, de un Michael Jordan al que también quise rendir homenaje recordando la figura más influyente de su vida, la de su padre.



Regreso al futuro (Magic Johnson)


El camarero (Toni Kukoc)



 



Numerosas horas frente a la inquisitiva pantalla han merecido la pena. La elipse que dibuja nuestro planeta alrededor de la estrella se cierra y en este viaje muchos sois los que me habéis acompañado a través de vuestros comentarios o con una simple visita. Sed felices y pensad que no hace falta que termine un año para hacer balance, que cada día la Tierra gira sobre sí misma, que cada minuto muere una persona a causa del injusto reparto de lo material, como consecuencia de una visión que en un espacio tridimensional quiso colocar al norte por encima del sur, al blanco por encima del negro y al Dios dinero por encima del esclavo amor.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Siempre Navarro





Eran las siete de la tarde y todo estaba preparado en el Palau. El escenario lucía sus mejores galas. Las gradas, repletas de banderas esteladas, anunciaban una enorme orgía de nacionalismo e independentismo catalán. La excusa, un partido de baloncesto contra el máximo rival, el exponente, bajo su prisma, del centralismo y la España dieciochesca de los Decretos de Nueva Planta y el despotismo ilustrado (a lo que contribuía indudablemente la barba de Sergio Rodríguez similar a la que se dejó el Príncipe Felipe en fechas recientes). 



Por suerte, dos horas después, la excusa se había convertido en el acontecimiento principal de la velada y los gritos de independencia se transformaron, de súbito, en la aclamación popular de un héroe desprovisto de músculos hipertrofiados o de la labia de un Cicerón. Para la fortuna del buen aficionado, el baloncesto se hizo con las riendas de la mano (y los pies, los apoyos como no se cansó de repetir Manel Comas durante la retransmisión) de un Juan Carlos Navarro al que todo adjetivo calificativo (en positivo) que pudiera acompañarle resultaría insuficiente.

Se presentaba el Madrid en Barcelona con ganas de batir récords y de poner en apuros al máximo rival de cara a su clasificación copera. Sin embargo, los de Laso volvieron a mostrar sus carencias dejando un regusto amargo en la boca del seguidor blanco para cuya desaparición harán falta mucho más que doce uvas y una buena borrachera. El estilo del Madrid divierte, pero no es el indicado para alzarse a final de temporada con los títulos de mayor importancia. Así, mientras en los dos últimos partidos el Regal ha demostrado poseer condiciones para adaptarse a cualquier tipo de ritmo o marcador, el Real ha quedado en evidencia. Sólo tiene una marcha. Y no tiene juego interior.

Sin intimidación ni rebote defensivo, a la defensa del Real Madrid le queda confiarse a la rapidez de manos, y piernas, de Rudy, Draper o los Sergios. Sin embargo, al saberse desprotegidos, muchas veces se encuentran ante el dilema de apretar y ser rebasados o dar un paso atrás para intentar mantenerse entre el balón y la canasta. No sé si desde las oficinas del club blanco dan por cerrada la plantilla o si aún existen opciones para reforzarla, pero lo cierto es que el equipo necesita un pívot que asegure rebotes atrás y que cambie unos cuantos tiros en las proximidades del aro.

Pero sería injusto seguir hablando del Madrid en una noche como la de hoy en la que el mundo del baloncesto aún sigue rendido a los pies de Navarro. El twitter ardía a eso de las nueve de la noche y las afirmaciones hiperbólicas se sucedían a riesgo de ofender, sin querer, a Petrovic (no dejéis de ver el vídeo a continuación), Gallis u otros mitos del baloncesto continental. Llovían, también, comparaciones con estrellas de la NBA. Quizá nos pudo la euforia, pero qué delicioso sentimiento éste de saberse feliz por el hecho de existir y de poder ver jugar a un ser aparentemente como nosotros capaz, eso sí, de meterle 33 puntos al Madrid en una serie casi perfecta de tiro y con un estilo inigualable que mañana más de un niño tratará de imitar en el parque junto a su casa.



Gracias a Navarro, a su talento y a su amor por este juego, el baloncesto quedó liberado de las ataduras en forma de sistemas y se simplificó hasta el punto de ser infinitamente bello. Sirva esta exhibición para reivindicar que el trabajo en los clubes de cantera se aleje de la geometría de los esquemas tácticos y se acerque al arte más primario de la danza. Primemos, quienes tenemos la responsabilidad de gestionar un mayor o menor talento, los juegos de coordinación, la creatividad y el uno contra uno. A lo peor perdemos el siguiente partido. A lo mejor, quién sabe, el día de mañana la red social que haya dejado obsoleta a Twitter esté repleta de mensajes de adoración y pleitesía hacia uno de nuestros pupilos. Ocurra esto o no, la mera posibilidad hará que haya merecido la pena. ¿O no?

Reflexiones aparte, lo cierto es que una tarde como ésta merece ser recordada. Lo que iba a ser una orgía política para unos pocos devino en un orgasmo generalizado sin posibilidades de exclusión. No está mal sentirse de un sitio e identificarse con sus símbolos y valores. Entiendo, aunque no comparta, a los que hacen de una bandera su patria, o de una patria una bandera. Pero me identifico más, si es que ésta es la cuestión, con los que en la vida o en el baloncesto, son capaces de reconocer el arte a cada paso, el amor en cada rincón y el talento en las manos y los pies de un genio como Navarro. ¿Independencia? Qué sé yo. ¿Navarro? Siempre.

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FELIZ BALONCESTO






No sé si conseguiré explicarme. En realidad convivo con esta duda cada vez que empiezo a salpicar de negro el fondo blanco de mis pensamientos simbolizado por la hoja de papel virtual del editor de texto. De hecho, no sé si hago bien en escribir sobre estas fechas en unas fechas en las que que las propias fechas explican por sí solas nuestra manera de actuar y nos pilotan, sin rumbo fijo, a un paraíso de fingida felicidad o de irreparable melancolía (allá cada cual) del que es muy difícil escapar.

Pero en fin, me arriesgaré. Me arriesgaré, digo, a contaros la desazón y el desencanto que me provoca la sucesión de tradiciones que, ligeras de contenido, seguimos religiosamente mientras nos proclamamos ateos, escépticos o hijos de un dios menor llámese Messi o Justin Bieber. Llámese mejor, porque éste es su verdadero nombre, dinero, eso que según Jules Renard, postromántico francés, nos preocupa haciéndonos, por ello, diferentes a los animales.

Así, y aun asumiendo la omnipresencia de lo material en nuestras vidas, hoy quiero hacer una llamada a la esperanza, un canto sordo repleto de versos que no riman y estrofas que se pierden como gotas en el océano. Y es que no escribo para que me lean o me escuchen. Menos aún para que sigan las cuatro normas que intento poner en práctica cada día y que olvido torpemente mientras desayuno. Hoy las escribo para eso, para recordarlas. Y las hago extensibles como parte de la terapia que sigo en la búsqueda de sentido de este carrusel el que nos vemos inmersos sin, ni siquiera, tener que pagar entrada.

O mejor, no sé qué os parecerá, hago lo que hago siempre y me dejo de divagaciones estériles. Y es que siempre hay una cura para esta clase de males, una receta milagrosa que dibuja en nuestros rostros una sonrisa que bien pudiera ser definida como tonta, aunque en realidad sea la más inteligente de todas. ¿Y qué hago siempre que me peleo con el mundo, las creencias populares o los belenes de cartón piedra? Pues pensar en baloncesto (por ejemplo en estas imágenes). 



Sirve igual, apunten los ingredientes, un partido de élite o una cancha de parque mugrienta con redes dispuestas a contagiarte el tétanos. No sean quisquillosos, tampoco, con el punto de vista. Jueguen, entrenen o arbitren. Sean, por qué no, meros, qué digo meros, grandes aficionados. Critiquen y abucheen. Simplifiquen si es necesario una complejidad a veces artificial, a veces inherente al propio juego. No sean clasistas. Baloncesto es todo. Lo que gusta y lo que no. Laso, pero también Pascual. Individual, pero también zona. Masculino y también femenino. Clasistas no, pero tampoco tontos, que luego te acaban poniendo el baloncesto a la hora del pincho los domingos coincidiendo con los partidos de las autonómicas y claro, luego audiencias a la baja, patrocinadores que se dan el piro, equipos que no pagan los avales y el reconocimiento generalizado de que el fútbol es más divertido (una liga sentenciada en diciembre), más dinámico (90 minutos de los que se juegan la mitad) o más sostenible (si los clubes de fútbol le debieran dinero a los Corleone habría habido más asesinatos en España que en el Chicago de los años 20).

Vaya, parece que con el fútbol me pasa lo mismo que con la Navidad. No creo en ellos, pero se cuelan entre mis letras como esas chicas de una noche a la que mis principios renuncian perdiendo siempre la batalla contra mis instintos. ¿O es que se dejan perder? Bueno, hablaba de baloncesto y ahora paso a hacerlo de BALONCESTO, el que se enseña, se aprende y se olvida para volver a aprender en las etapas de formación, en los cientos (quizá miles, no tengo ganas de comprobar el dato) de clubes que se esmeran cada día en formar a jóvenes que comparten una misma pasión. 



Por suerte no es éste un asunto de productividad y no aparece en la agenda del Consejo de Ministros, aunque siempre se cierna sobre él la sombra de la guillotina, la del recorte por falta de importancia, la del destierro al cajón del olvido. Y sí, modestos podemos llegar a ser, pero el exceso de humildad no debe impedir que se reconozca la función que miles de entrenadores realizan, realizamos, en los patios de los colegios o, si tenemos más suerte, en los pabellones de nuestras escuelas o localidades. Allí, con un balón por medio, con dos aros y unas cuantas líneas, sin envoltorios de regalo ni sonrisas postizas se entremezclan pasiones y sueños con valores fundamentales que todos debemos aprender. Y es que el baloncesto, bien enseñado, practicado con dureza e ilusión, es una auténtica escuela de vida.

Hablo ahora como entrenador para recordar que muy pocos jugadores de los que tengamos el placer de dirigir llegarán a ser profesionales, a hacer dinero con el baloncesto. Aun así tenemos la obligación de enseñarles todo lo que sabemos y de seguir formándonos para que que nuestro bagaje sea cada vez mayor. Eso, en el aspecto deportivo. Sin embargo, habida cuenta de la escasa proporción a la que antes hacía mención, creo que es más importante generar consumidores futuros de deporte en general y de baloncesto en particular y contribuir, al mismo tiempo, a su formación en aspectos tan básicos como el respeto al compañero y los límites a la libertad.

Me conformaría, y ya me despido, si estos chicos siguen pensando de adultos que Navidad, tal y como se entiende en estos tiempos y dado que no hay otra palabra, puede celebrarse cualquier día. Porque Navidad, en cuanto que sinónimo de celebración o fiesta, es también sinónimo de baloncesto. Y el baloncesto, en cualquiera de sus diferentes formas y bajo sus múltiples máscaras, siempre estará ahí para tendernos su mano amiga.

FELIZ NAVIDAD. FELIZ BALONCESTO

Noches de estrellas





En estos días de aproximación al fin de ciclo anunciado por los mayas y a la espera de que algún loco, otro más, actúe amparado por la predicción apocalíptica agarrando un arma o poniendo una bomba (en realidad no les hace falta ninguna clase de motivación) el baloncesto luce su mejor sonrisa. Lo hace gracias a la rebelión de los modestos, a las múltiples propuestas de juego atractivo que vencen y convencen a uno y otro lado del Atlántico y, también, por qué no decirlo, gracias a que sus figuras más emblemáticas se encuentran en un estado tal de inspiración que si les dieran un pincel y les situaran en el Barrio de los Pintores producirían las más bellas obras de arte.

Sirva el ejemplo de Carmelo Anthony, el nuevo ídolo del Madison, de una afición que, viendo al portorriqueño anotar de todas las maneras posibles, añora menos, aunque añora porque ésa es una de sus señas de identidad, a los jugadores que llevaron la camiseta de los Knicks en los victoriosos 70, en los más románticos 80, o en los pragmáticos 90. Así, aunque mucho más ortodoxo y con un rango de tiro mucho más amplio, hay algo en Melo que recuerda a Bernard King. Sobre todo su juego cerca del aro, su capacidad para postear a los aleros menos corpulentos que él. Ahora el número 7 de los actuales Knicks tiene la oportunidad de que la historia, y no la nostalgia, le coloque por encima de todos los fantasmas que merodean sobre la cabeza de los aficionados de Manhattan evocando un tiempo que no fue necesariamente mejor, pero que por ser pasado y por representar otra época, lo puede llegar a parecer. 



Y si los Knicks se están fabricando una gran oportunidad para hacer historia en la próxima primavera, los Heat están circulando bajo el radar tratando de deshacerse de un cartel de favoritos que no ayuda en absoluto a sus oportunidades de revalidar el título. Sin embargo, Lebron James sigue pareciendo cada día mejor jugador. En total control de la situación, de los tiempos y del espacio, al jugador de Akron cada vez le importan menos las estadísticas y más, en cambio, que sus acciones dentro y fuera de la cancha construyan un legado imperecedero a la altura del de los más grandes. Creo que a estas alturas, y a la espera de que engrose su palmarés con más títulos individuales y de equipo, poner a Lebron a la altura de los nombres que a todos se nos vienen a la cabeza no es blasfemar y sí, en cambio, hacer justicia a un jugador que, aun habiendo sido llamado para marcar una época, no lo hubiera podido hacer sin la evolución que ha experimentado a base de duro trabajo.

Si todo va bien, o mal, y no se acaba el mundo, el día 25 Lebron se verá las caras con Kevin Durant. Al 35 de los Thunder le sentó muy mal el saberse inferior a la estrella de los Heat durante las pasadas finales de la liga. Ahora, sin la compañía de Harden, pero con la ayuda de un mucho más silencioso, y eficiente, Kevin Martin, Durant sólo tiene que luchar contra los ataques de ego de un Russell Westbrook que debería admitir, de una vez, que su número de lanzamientos debería ser directamente proporcional a la calidad de ambos.

Con peores porcentajes que los anteriores, el máximo anotador de la liga vive en Los Ángeles y atraviesa por uno de los peores momentos de su carrera. Ello demuestra los infinitos recursos para la anotación que posee un Kobe Bryant desquiciado por la ausencia de dirección de una nave, la angelina, que no sabe bien donde se dirige. Pero poco tiene que ver el récord de los Lakers con las actuaciones, más que buenas, de su estrella. Lesiones, actitudes indolentes y, sobre todo, la poca capacidad de convicción de los técnicos llamados a suceder a Phil Jackson, dan lugar al cocktail perfecto para envenenar a una suegra, pero no, en caso alguno, para realizar el esfuerzo colectivo que se precisa para triunfar en el baloncesto.

Curiosamente, en el extremo opuesto del país, aunque por motivos muy diferentes, las cosas no marchan mucho mejor. Lo decía Doc Rivers: “Ahora mismo somos un equipo de cincuenta por ciento”. Lo decía por los números, pero sobre todo por las sensaciones. Perdida la identidad defensiva que le condujo a un anillo y a disputar hermosas batallas en las cumbres de la liga, a los Celtics les queda el orgullo, la inspiración de Rondo y la fiabilidad de unos veteranos que siguen escribiendo letras de oro a base de sudar y sufrir en los veranos de California. Si Garnett sigue siendo la sombra más temida de los jugadores interiores, a Pierce le basta, y le sobra, con su talento para seguir batiendo récords en la franquicia donde éstos tienen más peso. Con los 40 puntos de esta pasada noche se convirtió en el Celtic más veterano (35 años) en superar dicha cifra sin necesidad de prórrogas. Lo hizo con 16 tiros, con un espectacular 6 de 6 en triples y sin forzar una sola situación. 



La NBA se alimenta de sus estrellas y éstas han acudido a la llamada. Los entrenadores intentarán ahora dibujar esquemas defensivos que limiten su impacto, pero harán falta muchos traps para difuminar la luz que emana de los héroes que iluminan nuestras noches más oscuras de baloncesto de alta, muy alta, calidad. Súmenle a los nombres ya escritos los de Curry, Randolph, Parker, Paul, Griffin, Deron Williams, Ricky Rubio y tantos otros que me dejo y prepárense para disfrutar de unas navidades repletas de momentos para la esperanza. Eso, claro, si los mayas, o los perturbados, nos dejan.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

El espíritu de la bahía





Mientras los viejos rockeros siguen batiendo marcas de anotación (Kobe Bryant, 30.000 puntos, Paul Pierce, 23.000, y Ray Allen, 11º en la lista histórica), dando la batalla bajo los tableros y ganando partidos con triples imposibles, un nuevo espíritu está impregnando la liga. Es el espíritu de la bahía de Oakland, el de los chicos dirigidos por un Marc Jackson, tercer máximo asistente de todos los tiempos en la NBA, que ha conseguido que el juego alegre y dinámico de los Golden State Warriors empiece a plasmarse en triunfos.

El récord actual del equipo, con 15 victorias por sólo 7 derrotas, luce más lustroso aún habida cuenta de las bajas de Andrew Bogut, Brandon Rush y Richard Jefferson. Es cierto, ya lo sé, que las continuas lesiones del pívot australiano impiden hablar de ellas como de una contingencia. Sin embargo, la mera posibilidad de que el jugador nacido en Croacia pueda compartir dupla interior con el versátil David Lee abre una puerta a la esperanza. La sola presencia de un jugador de 2,13 que puede pasar y anotar además de intimidar provocaría un salto de calidad instantáneo en el juego de todo el equipo. Bogut, sin duda, contribuiría a la mejora de los porcentajes de Klay Thompson y Stephen Curry, dos exponentes indiscutibles del baloncesto de la vieja escuela y de cuyo talento es imposible no enamorarse.

Klay, escolta de casi dos metros e hijo del antiguo Laker Mychal Thompson, es la encarnación de la eficiencia en una cancha de baloncesto. Flotando sobre el parqué este joven jugador no realiza ningún movimiento en balde. Su mecánica de tiro, sus bandejas en extensión y sus tiros por elevación representan la mejor ilustración que un libro sobre técnica individual de baloncesto pudiera contener. Sólo un draft fecundo en jugadores de perímetro y un pequeño asunto relacionado con las drogas evitaron que fuera uno de los primeros cinco de la clase en 2011. Sin embargo, si las lesiones le respetan y su ética de trabajo le acompaña a lo largo de toda su carrera, Klay podrá decir, esperemos que dentro de muchos años, que él fue junto a Kyrie Irving el gran abanderado de su generación. 



Fino estilista, gran tirador e hijo de un antiguo jugador de la NBA es, también, Stephen Curry. El eterno ídolo de la modesta Universidad de Davidson y miembro del equipo nacional estadounidense que venciera en el Mundial de Turquía en 2010, ha vencido la batalla ante la plaga de lesiones que le venía afectando en los últimos años. Con sus tobillos en orden a Curry sólo le queda centrarse en hacer magia con su espigado cuerpo demostrándole al mundo que el prototipo de jugador que encabezan Lebron James o Dwight Howard es sólo uno más de los que se abren paso en la mejor liga del mundo, enseñándole al aficionado, y también al niño que empieza a enamorarse del balón, que los fundamentos son la mejor defensa contra las teorías evolucionistas de la selección natural o la supervivencia del más fuerte. 



Estos ingredientes de alta cocina sumados a los siempre profesionales Jarrett Jack, Carl Landry y a la nueva perla de la factoría de North Carolina, Harrison Barnes, deben llevar a la franquicia a una posición de playoff, algo que no experimentan desde aquella hermosa aventura en 2007 cuando consiguieron derrotar en primera ronda a unos Dallas Mavericks que habían estado intratables durante la temporada regular (67-15). Entonces fue la locura, pilotada por Don Nelson, de los Baron Davis, Al Harrington o Stephen Jackson la que devolvió la ilusión a la hinchada. Más lejos aún quedan los tiempos de Chris Mullin y Tim Hardaway, los más remotos aún de Mitch Ritchmond y los casi prehistóricos de Thurmond o Barry. Del anillo de 1975 ya nadie habla por la bahía. Ahora todos lo hacen de Curry y de Klay, de David y Carl, de Harrison y de la vuelta de Andrew, de lo bien que lo hace Mark en el banquillo o de lo bonita que es la nueva camiseta.

Os lo recomiendo. Seguid de cerca a estos Warriors. No os van a decepcionar. Ellos son la mezcla mejor elaborada del viejo y el nuevo basket pues haciendo gala de conceptos casi olvidados como el tiro en suspensión, la bandeja por elevación o el pase extra no se han olvidado de defender y de correr y por eso, claro, además de divertir ganan. Que dure la racha... Que permanezca el espíritu.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS