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La famiglia




Si soy seguidor de los Boston Celtics es, además de por numerosos motivos irracionales, por todas las lecciones que he extraído haciendo un repaso a su historia, a sus jugadores insignia, a todas las citas puntuales en las que demostró ser algo más que una franquicia con ADN ganador y un puñado de anillos como resultado. Si algo admiro de los Boston Celtics es cómo, a lo largo de su trayectoria, han sabido sobreponerse a la adversidad, superar los estados de crisis con soluciones ancladas en lo mejor del espíritu humano.

Esta semana lo han vuelto a hacer. Tras la muerte en accidente de tráfico de la hermana de su jugador estrella, Isaiah Thomas, y después de atravesar un (lógico) estado de shock que les llevó a jugar el peor baloncesto de la temporada en los dos primeros partidos de la serie frente a Chicago, los pupilos de Brad Stevens consiguieron reagruparse y ofrecer su mejor versión. Al parecer ayudó un mensaje que Kevin Garnett, líder de la plantilla que consiguió el último triunfo en 2008, y en el que insistía en el que los Celtics están llamados a ser el equipo más duro en pista. Siempre y sin excusas.

No es nuevo. Se trata del mismo sentimiento de fraternidad que mostraron acompañando a sus jugadores negros cuando las leyes de segregación racial les impedían comer en los mismos restaurantes o descansar en el mismo hotel. O el que sacan a relucir cuando más improbable parece la victoria. Los orgullosos Celtics son el equipo que más veces ha sido enterrado en vida. Lo fueron en 1969 y se alzaron con el anillo. Lo fueron a finales de los ochenta, por el estado de la espalda de Bird y el tobillo de McHale, y los Pistons tuvieron que matarlos y rematarlos sin descanso. Lo mismo sucedió con el Big Three, que prolongó la que iba a ser una ventana de tres años de alto rendimiento hasta un quinto en el que hicieron temblar al mismísimo Lebron.

Una vez cerrada la eliminatoria y antes de tomar un vuelo hacia Tacoma, en la otra punta del continente, Isaiah Thomas solo pudo decirle a sus compañeros que prepararan bien el duelo que les habrá de enfrentar a partir de mañana domingo a los Washington Wizards. Él, mientras, le dará la debida despedida a su hermana pequeña y tratará de imprimir fortaleza a su familia de sangre antes de regresar a Boston. “Vosotros entrenad duro, que yo regresaré preparado”, sentenció. Nadie alberga ninguna duda.

Boston vuelve a ser una famiglia, un ejército en guerra que no necesita causas nobles para luchar por su país, una comunidad ligada por algo más que un tonto anhelo de gloria. Pasado el trance, los Celtics son ahora más peligrosos que nunca. La tragedia los ha puesto a remar juntos, como un solo hombre, en contra de una corriente de realismo que los proclama muy inferiores a otros equipos. Pero ahora son temibles.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Se abrió la veda





Este sitio dejó de ser, hace mucho tiempo, un blog de actualidad para convertirse en un vertedero de mis desmanes y desvaríos. Otros años era habitual que servidor se desmarcara con algunos análisis, previas o pronósticos sobre la mejor liga del mundo, sí, ésa que ha comenzado hace tres días con la entrega del anillo al campeón. Éste, sin embargo, me ceñiré a, con nocturnidad y a deshora, hacer lo que todos hacen en los medios de comunicación y las redes sociales. Es decir, a opinar. Simple y llanamente.



Porque a fin de cuentas informar está sobrevalorado. Igual que memorizar o enseñar contenidos. Total, todo está en la red. Sólo hay que saber dónde buscar, servirse de una fuente dotada de la autoridad suficiente y dejarse llevar por lo que diga asumiendo su infalibilidad, aceptando como dogma todo lo que afirme en base a ese poder que le otorga su historial, currículum, número de lectores o prestigio.



Pero vaya, no se trataba de analizar con sarcasmo la deriva en la que vive sumido el consumidor medio de información en este país y otros tantos (a ver si vamos a ser ahora tan especiales), el descrédito que sufre la memoria como interruptor de saberes y el sectarismo con que se rechazan determinadas visiones por no ser las de uno. Cuando más fuentes de información están a nuestro alcance, menos preparados estamos para analizarlas desde un punto de vista crítico. Cuantas más opciones tenemos menos utilizamos. Leemos, y gracias, sólo aquéllas que respaldan nuestro discurso, aquéllas en las que nos podemos sentir amparados. Seguro que más de uno de vosotros, yo el primero (aunque no en el ejemplo que sigue), se reconoce en la figura de ese amigo que llega a la cafetería henchido de orgullo apelando a un artículo en el que un “experto” estira hasta el infinito una estadística en la que, al parecer, se prueba que Kobe es mejor que Jordan, desechando otro que en esa misma revista, unas páginas detrás, rendía homenaje a la figura del eterno 23 situándolo como el dios único y verdadero de este deporte. Y como en el baloncesto, en todo lo demás.



Y a eso me voy a limitar, a opinar, a expresar mis gustos sobre los equipos y jugadores de la que, como ya he dicho, es, y esto no es opinable, la mejor liga del mundo.



El jugador más plástico. Si el baloncesto fuera ballet, Rudolf Nureyev se llamaría Klay Thompson. Su mecánica de tiro, sus arrancadas directas y cruzadas y sus finalizaciones son de alta escuela.

Otros jugadores contemplados: Ray Allen, Jamal Crawford, Kevin Durant. 




El jugador más competitivo. Kobe Bryant. A Kobe le gusta menos perder que a Rajoy hablar en público. A veces equivoca los caminos, pero si alguien es capaz de picarse con un niño que está jugando a la peonza, ése es Kobe Bryant.

Otros jugadores contemplados: Kevin Garnett, Tim Duncan, Lebron James.



El jugador más inteligente. Si los partidos de baloncesto se decidieran resolviendo Cubos de Rubik hay pocos más preparados que Rajon Rondo. El base de los Celtics es una calculadora andante de espacios, combinaciones y porcentajes.

Otros jugadores contemplados: Steve Nash, Ricky Rubio, Tony Parker. 




El jugador más completo. Hijo, marido, amante (que no tiene por qué coincidir con marido) y padre excelente. Abuelo mezcla de compasión y dureza. Igual aporta fondos para una causa benéfica que invierte en España (bueno, eso es lo mismo). No puede ser otro que Paul George, el base-escolta-alero de los Pacers, el más digno sucesor de Scottie Pippen y John Havlicek.

Otros jugadores contemplados: Lebron James, Harrison Barnes y Josh Smith.



Una de breves...

Pagaría por ver a... Stephen Curry

Me cruzaría de acera si me encuentro a... Metta World Peace (a pesar del nombre).

Construiría mi equipo a partir de... Lebron James

Le confiaría la vida en un tiro libre a... Ray Allen

Le daría la última bola en un partido igualado a... Kevin Durant

Será el MVP de la temporada... Paul George



El equipo mejor orquestado. Si se trata de trabajar en equipo, de ganar y perder de manera colectiva sin dedos inquisitivos ni egos hipertrofiados éste debe ser San Antonio Spurs.

Otros equipos contemplados: Miami Heat, Golden State Warriors, Indiana Pacers



El equipo más sucio. No existen muchos equipos del perfil de aquellos Pistons de finales de los 80 o de los Knicks y Heat entrenador por Riley en los 90. Hasta el año pasado los Celtics representaron esa vieja tradición de dar antes de preguntar. La presencia de Joe Johnson y de Brook López inhabilita a los Nets para este honor, así que me quedaré con los Chicago Bulls de Butler, Boozer y Noah con Thibodeau en el banquillo.

Otros equipos contemplados: Memphis Grizzlies, Miami Heat, Indiana Pacers.



El equipo más espectacular. Si mi concepto de espectáculo fuera el de la mayoría, a esta cuestión respondería los Clippers. Pero no, a mí me gusta disfrutar no sólo con la demostración de facultades físicas, sino, principalmente, con la puesta en escena de gestos técnicos de enorme dificultad. Y ahí, entre los cambios de mano, dirección y ritmo de Curry y la pureza de Klay Thompson, me tengo que quedar con los Golden State Warriors.

Otros equipos contemplados: LA Clippers, Denver Nuggets, Oklahoma City Thunder



Otra de breves...

Pagaría por jugar en... los Celtics (cuestión de colores).

Sufriría jugando en... New York Knicks (una posesión para cada uno y tiro porque me toca).

Si el estilo de juego de un equipo resumiera tu filosofía de baloncesto éste sería... San Antonio Spurs (mi filosofía y la de muchos, creo).

Confiaría mi vida a la defensa de... Indiana Pacers

Si los equipos de NBA fueran equipos de cantera me gustaría que un hipotético hijo jugara en... Boston Celtics (no sólo por los colores, también por los valores que representan).

Ganarán el anillo... Indiana Pacers (tienen todas las piezas y a Larry Bird sentado en primera fila por si hay que enchufar la última).



En fin, esto de opinar no es coto cerrado de blogueros, expertos, sabios, periodistas, Pipi Estrada o Santiago Segurola. Así que si os han gustado mis propuestas apuntaos y compartid con todos nosotros vuestros gustos particulares sobre los jugadores y equipos de, y esto repito no es opinable, la mejor liga del mundo.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Tú te vas y yo me quedo






Hace casi diez años, en plena fase de no adolescencia (me pareció un coñazo quererme tanto, odiar a los padres y rechazar toda sombra de autoridad) y culminado mi ciclo en el fútbol sala con una victoria ante Babilafuente en mi Champions League particular (lo entenderán si les digo que perseguimos ese trofeo provincial durante seis años) decidí hacer público mi cambio al baloncesto comprándome una camiseta de la NBA, una liga que llevaba siguiendo de cerca poco más de un año y en la que estaban de moda tipos como Kobe Bryant, Tracy McGrady, Allen Iverson o Vince Carter, aunque, en realidad, los campeonatos los decidiesen Shaquille O´Neal y Tim Duncan.



Allí, en la vieja tienda de Pablo García situada en la calle Toro, sustituida ahora por una tienda en la que sólo veo entrar a señoras (incluyo como señoras a los señores que cargan con el bolso de sus señoras), aquellas camisetas de marca “Champion” buscaban dueño y me pareció, no sé por qué, que la que llevaba más tiempo esperando era una de color verde con el número 34 estampado en el dorso. No crean que fue mera intuición. Yo ya estaba enamorado del juego de Paul Pierce y de ese parqué más propio de una sala de baile en el que juegan los Celtics. Eran los años en los que el alero de Inglewood se asociaba con la otrora estrella de la Universidad de Kentucky, Antoine Walker (Soldado Universal) para resarcir a una afición que empezaba a olvidar los años de abundancia, aquellos maravillosos sesenta, setenta y ochenta en los que el Garden debió parecer, por momentos, un taller de anillos de oro.



No fue aquélla una apuesta a caballo ganador. Fue más bien un flechazo hacia las cualidades baloncestísticas de un jugador con múltiples talentos, pero incapaz de destacar en ninguna faceta. Tiraba bien, pero no mejor que Ray Allen o Allan Houston. Penetraba bien, pero no mejor que Allen Iverson o Vince Carter. Pasaba bien, pero no mejor que Jason Kidd o Steve Nash. Anotaba con facilidad, pero ni de lejos al nivel de Kobe Bryant o el mejor T-Mac. Eso sí, las once puñaladas que aún hoy adornan su espalda, le convierten en un tipo con suerte. Pudiendo haber protagonizado la tercera parte de las nefastas tragedias de Len Bias y Reggie Lewis, el que será para siempre capitán de los Celtics de principios de siglo, se aferró a la vida para intentar compararse con otros mitos de la ciudad de Boston. Y lo consiguió.



Y es que aunque un anillo sepa a poco, aunque las lesiones lastraran aquella ventana de tres años que luego quisieron mantener abierta dos y hasta tres años más, la ilusión volvió a inundar las aceras de Boston e ir al Garden volvió a convertirse en una rutina sagrada. A nivel internacional los Celtics recuperaron el hueco que ahora, de nuevo, abandonarán. En la NBA es difícil perpetuarse en la élite, pero quiero ser optimista pues, si en los cajones de las oficinas de alguna franquicia reside la fórmula de la victoria, ésa sólo puede ser la de la ciudad de Boston.



Por desgracia, en esa fórmula no entrabais ni tú, Paul, ni tu camarada Garnett. Al cinco le agradeceremos para siempre que nos rescatara de las catacumbas, que aportara una nueva actitud, que hablara por los cinco en defensa, que amara lo que nosotros, los célticos, también amamos. Su intensidad, su lucha y su ética de trabajo también merecieron más de un anillo.



Ahora, cerrada definitivamente la ventana, os vais para daros una última oportunidad a vosotros mismos. Lo haréis en una atmósfera completamente diferente, en un equipo que aún busca labrarse un sitio en el corazón de los aficionados y jugando, curiosamente, para un entrenador (Jason Kidd) con el que habéis batallado durante más de quince años en la pista.



Si no ganan los Celtics, hecho harto improbable, mi aliento estará repartido entre vosotros y también Doc. Aun así, trasladando aquel “yo me bajo en Atocha, yo me quedo en Madrid” del maestro Sabina, yo también lo tengo claro, yo me quedo en el Garden. Porque no somos nosotros los que elegimos un equipo, son los equipos los que nos adoptan a nosotros y nos enamoran poco a poco hasta convertirse en una parada imprescindible de nuestras vidas, una estación de metro que nunca abandonaremos por muy honda que esté o aunque se marchen los ídolos. 





UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Buenas noches






Entre calizas desgastadas por la erosión sobre las que los pinares intentan abrirse paso se hallan, aunque no siempre visibles, manantiales de agua dulce que manan a borbotones de la tierra para llenar de vida todo lo que encuentran a su paso. Un caso paradigmático de este hechizo de la naturaleza se da en el nacimiento del río Segura, una surgencia kárstica que desafía, sin necesidad de entrar en análisis profundos, a uno de los más básicos axiomas de la ciencia moderna, el principio de la gravitación universal.



A escasos kilómetros de uno de los principales nudos hidrográficos de la Península Ibérica, entre montañas que se debaten entre las luces y las sombras, se encuentra Santiago de la Espada, una pequeña localidad que, durante la Reconquista, actuó como fuerte fronterizo, como avanzadilla de los reinos cristianos y empalizada de contención frente a una posible reacción musulmana. Pues bien, en este bello borrón que algunos mapas ni siquiera contemplan me encuentro también yo en el ejercicio de unas cuestiones académicas que me han alejado, al menos por unos días, del día a día del baloncesto, de los entrenamientos y partidos y también de los cólicos nefríticos y placeres que le son propios.



Alejado que no olvidado. Con una rudimentaria conexión a Internet, sólo en medio de una enorme sala, a las dos horas cuarenta minutos de la fría madrugada santiagueña y mientras veo, a través de la ventana, pasar a unos hombres que no parecen perseguir ningún bello ideal, sigo las evoluciones de Boston Celtics en un sexto partido que hace sólo unos pocos días se había tornado improbable. Aunque pudiera parecer bucólico, la realidad dice que perdemos de dieciséis y que mañana tocan diana temprano. Aun así, a falta de veintidós minutos de juego descarto apagar el portátil y subir a la habitación. ¿Podría acaso perdonarme tan indigna ofensa a un equipo que se ha levantado cuantas veces ha caído? ¿Soportaría la incertidumbre de no saber si acaso es éste el argumento de una nueva remontada?



Desde un punto de vista pragmático, las horas de sueño hipotecadas, el descanso aplazado y las ojeras terminales, son, simplemente, absurdas. Nuestros familiares más cercanos y menos imbuidos en la pasión lo suelen resumir con las siguientes palabras: “Si a ti ni te va ni te viene” o “si ellos no te dan de comer”. Como es imposible convencerles de lo contrario lo mejor es resumir el sentimiento de frustración con un “tú no lo puedes entender”.



Y es verdad. Ellos no lo pueden entender. No entienden ni de baloncesto, ni de sentimientos. Les compadezco tanto como ellos pueden hacerlo conmigo. Seguramente más. Y es que la vida sin filiaciones, sin sentimientos irracionales, sin identificaciones absurdas, no es vida. Es otra cosa. Más alemana. Menos española. Menos estimulante.



El tercer cuarto languidece entre triples de los Knicks y arrebatos de honradez deportiva y grandeza por parte de Kevin Garnett. Al parecer Paul Pierce está dolido de un codo y no se esperan recuperaciones milagrosas. En este contexto podría empezar a preparar el epitafio, a buscar palabras ingeniosas y cargadas de gratitud para despedirme de estos señores del parquet que lucharon con denuedo para que los Celtics recuperasen viejas sensaciones, aquéllas de los sesenta o de los ochenta, cuando la NBA no podía entenderse sin ir acompañada de la marca de la franquicia del trébol.



20 abajo. Fin. Los Celtics han muerto. Recojan el cuerpo y no dejen rastro. Mañana toca regresar a Salamanca. Buenas noches. 

P.D. (20 horas después). Un parcial de +22 situó a los Celtics cerca de la victoria. Por supuesto, pese a haber publicado minutos antes este post yo seguía despierto para verlo. Mantuvimos la fe, pero la gasolina no daba para más. Hacen falta cambios profundos. El orgullo no basta. 

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UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Como un buen Celtic





Como un buen Celtic, orgulloso y testarudo, Rajon Rondo se presentó en la sesión de tiro del equipo el mismo domingo por la mañana con una bolsa de hielo alrededor de su muslo derecho. Doc Rivers y todos los miembros del staff técnico pensaban que se trataba de una sobrecarga en el cuádriceps y no se preocuparon en exceso por la salud de su base. Fue entonces cuando Brian McKeon, el especialista en dar malas noticias, le comentó al entrenador su particular impresión acerca de la rodilla derecha del siempre genial Rajon Rondo. Ligamento cruzado anterior. Baja para toda la temporada.

El número 9 de los Celtics, entre incrédulo y apesadumbrado, quiso resistirse a aceptar el diagnóstico. “No me duele demasiado como para que sea el ligamento cruzado”. Aun así, veinticuatro minutos antes de que comenzara uno de los duelos más esperados por la afición del TD Garden, Rondo asumió que no estaba bien y acudió al hospital para hacerse unas pruebas. Tras éstas, y de regreso a la instalación deportiva, un periodista le detuvo y le dijo: “Ey Rajon, están anunciando que tienes el ligamento cruzado anterior roto y que eres baja para toda la temporada”. Ofendido, éste le respondió: “Si ni siquiera se conoce el resultado”.

El resultado fue el esperado. No hubo sorpresas. La lesión se produjo durante el partido anterior en Atlanta y aun así se mantuvo durante doce minutos en pista con el ligamento destrozado. Otros lo habían hecho antes, pero aun así su esfuerzo no deja de sorprender. No, al menos, a su entrenador, quien recuerda cómo vivió esta misma pesadilla en sus años como jugador: “Caí al suelo y permanecí llorando unos cuantos segundos como si fuera un bebé”. No hubo lágrimas, en cambio, para Rondo, quien terminó de firmar en Atlanta el que será el último triple doble de la temporada y el último en unos cuantos meses.

Ahora que Ricky Rubio está en pleno proceso de recuperar sensaciones y a poco más de un mes para que Derrick Rose regrese a las pistas para volver a aprender a jugar al baloncesto, otro ligamento roto se ha empeñado en dejarnos sin uno de los jugadores más espectaculares del campeonato. En este caso, el ejemplo a seguir ha de ser el de Blake Griffin, quien no pudo disputar ni un solo partido en el que iba a ser su año rookie para regresar con más fuerza y ambición hasta convertirse en uno de los mejores jugadores interiores del campeonato. 



La lesión de Rondo ha caído como una daga en el corazón de los aficionados de los Celtics. Sin embargo, la victoria de ayer ante Miami nos enseña, una vez más, que la fe en uno mismo es un eficaz antídoto contra los infortunios. Sin embargo, hasta el más optimista seguidor del equipo puede adivinar que la temporada ha tocado a su fin. Pierce y Garnett tirarán de orgullo, pero el depósito de gasolina está a punto de quedar agotado. Sin su guía estos Celtics que ya navegaban a la deriva serán presa fácil para los cocos de la conferencia. Danny Ainge moverá el mercado, pero hay poco que ofrecer. Y no, a los que presumimos de ser verdes y de sentir como tal, no nos gusta la idea de ver a Pierce terminar su carrera en Memphis. Graceland será un santuario para los amantes de la música, pero un cementerio de lo más vulgar para las estrellas del baloncesto. La carrera del 34 debe terminar donde empezó, en las antípodas de lo que dictaba su corazón, en el polo opuesto del lugar donde se crió. Y es que este chico que aprendió a vivir en Inglewood, uno de los barrios más peligrosos de Los Ángeles, se ha hecho un hombre y una estrella jugando para los Celtics, elevando el nivel de su juego cuando las cosas más se torcían para su equipo. Ayer, en un partido agónico, rodeado de circunstancias extrañas y con Ray Allen de regreso enfundado en una camiseta que huele a traición, Paul Pierce firmó un triple doble y condujo a su equipo a una fantástica victoria ante los poseedores del anillo.

Garnett y Pierce se encargarán de que no haya lamentos ni autocomplacencia, de que en cada sesión de entrenamiento de los Boston Celtics se respire optimismo y disciplina. Con su sudor y su sangre les recordarán a los compañeros que sobre el parqué que tienen la suerte de pisar en cada noche de partido se hicieron un nombre Cousy, Russell, Havlicek, Cowens, Bird, McHale y tantos otros. Y es que no basta con ser un Celtic. Lo demostró Rondo con su testarudez y amor infinito a ese trébol de tres hojas. Hay que actuar como un buen Celtic. Y eso es mucho decir. 



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

¿Qué hay de nuevo viejo?







Me empeñé en decirte adiós y tú, pocos días después, vienes y me dices hola. Este argumento de canción de los Beattles, esta manera tan prosaica de desvirtuar una derrota que sonaba a despedida y este regreso anunciado únicamente por fuentes procedentes del gremio periodístico y por un sucinto “I´m coming back” en su facebook, definen la forma de hacer y de pensar del actual Kevin Garnett, ese dinosaurio de las canchas capaz de promediar más de 19 puntos y más de 10 rebotes en los playoffs.


Al 5 de los Celtics le ha sobrado verano para decidir el qué, el cómo y el dónde. Garnett no ha querido que el dolor de la herida abierta por los Heat desapareciese del todo antes de darle el sí a una franquicia a la que le ha entregado los mejores años de su vida. Un sí que no es sólo para la franquicia, que es también para la afición y que está dedicado a sus compañeros de equipo y, sobre todo, a su entrenador, a Glenn “Doc” Rivers, el principal responsable de que el equipo con más anillos siga siendo un faro dentro de una liga que aún permanece boquiabierta ante las exhibiciones de sus dos más rutilantes estrellas.

Por suerte la Sombra, como se le empezó a conocer en sus primeros años en la liga, no quiso cobijarse bajo la figura de un Lebron o un Durant para seguir ampliando su palmarés. KG prefirió escuchar a su corazón, a esas razones que nadie entiende y que quedaron simbolizadas en las lágrimas que a duras penas pudo contener Doc Rivers al saber que aquélla de Miami podía ser su última aventura juntos. Ahora sabemos que no lo fue, que habrá más cumbres que alcanzar, que surgirán, seguro, nuevas voces a las que callar.

Es más, esas voces ya están apuntando a la excesiva cuantía del nuevo contrato, 34 millones de dólares, y, especialmente, a su duración, tres años siendo este último opcional. Se cuestionan los kilómetros que llevan acumulados sus piernas, se duda del peso que ha jugado el rancio romanticismo en la decisión. Pero no. Doc Rivers no apostaría por Garnett sólo por la relación personal que les une. Priman los motivos deportivos, el hecho de que siga siendo uno de los cinco o seis mejores ala-pívot de la liga y uno de los tres mejores center. Ello, más el papel de tutor que puede ejercer sobre las nuevas perlas adquiridas en el Draft. Jared Sullinger, Fab Melo y también jugadores más veteranos como Jajuan Johnson podrán disfrutar de un Master avanzado en movimientos de espaldas y de frente al aro, en defensa de pick and roll, en comunicación defensiva, trash-talking, competitividad y, sobre todo, en ética de trabajo y sentido de la responsabilidad.

Lo decía el propio Rivers en referencia a Jared Sullinger. “Tiene grandes fundamentos, sólo nos queda enseñarle cuál es el Celtic Way”. Y qué mejor profesor para ello que Kevin Garnett, un chico de barrio nacido para jugar a esto que aprendió lo que es el baloncesto cuando ya maduro aterrizó en Boston, la capital mundial del esfuerzo y la pasión. La capital mundial de la victoria. 



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Adiós muchachos





Son las cinco y cuarto de la madrugada y la noche salmantina, espesa, amenaza con regalarnos un lluvioso domingo. Podría acostarme y redactar este post a la luz del día con la distancia que marcan las horas y el sosiego de un necesario descanso.

Pero no. Prefiero hacerlo ahora, con el vello aún de punta después de fundirme, yo también, en el abrazo que Glenn Rivers le ha brindado a cada uno de sus jugadores en el día, la noche, en que parece cerrarse definitivamente una ventana que los Celtics, durante estos últimos años, se han empeñado en dejar abierta a golpe de orgullo y corazón, de trabajo y deseo. 




La noche de Miami se tiñó del blanco de los Heat. Del blanco de la baldosa con la que ahora, imagino, se miran cara a cara cada uno de los miembros del equipo derrotado. Ellos, que se han dicho todo mirándose a los ojos en las incontables batallas que incluye una temporada NBA, son ahora incapaces de buscar el rostro de sus compañeros. Todos, titulares o suplentes, se sienten responsables y se preguntan qué se pudo hacer mejor.

Esta derrota, esta exhibición del Big Three de Miami (70 puntos), supone un punto de no retorno, el pistoletazo de salida para un proceso de renovación que no se puede alargar más. Se cierra, pese a que la nostalgia nos invite a pensar lo contrario, un ciclo que mereció más que un título y que estuvo marcado, aunque su reciente resurrección les lleve a algunos a minimizar este hecho, por la lesión de Kevin Garnett en febrero de 2009.

Aquella lesión mediatizó la defensa del título y, también, la temporada siguiente o lo que es lo mismo, los mejores años que tenían en sus piernas Allen, Pierce y el propio Garnett. Con éste de traje en el banquillo, Orlando nos apeó en un doloroso séptimo partido en el Garden de la Final de Conferencia y, en 2010, sólo unos minutos sobraron para que, con Perkins también lesionado, los Lakers se impusieran colocándose a un solo anillo de los 17 de los Celtics. 

Ya habrá tiempo para hacer balance. Sobrarán las ocasiones para repasar las fotos que nos dejaron estos cinco años de baloncesto en estado puro. Es prioritario analizar el presente y preparar un futuro que se presenta incierto. Sigue Rivers, a quien Danny Ainge le extendería un contrato vitalicio si la liga lo permitiera. Sigue Rondo, el mejor jugador calidad-precio de todo el campeonato y un base que puede atraer a jugadores con talento por su capacidad para hacer mejores a sus compañeros. Sigue, en teoría, el capitán Paul Pierce, al que aún le quedan dos años de contrato y uno opcional. Digo en teoría porque deberá tratarse de su esguince de ligamento y analizar si merecerá la pena un nuevo verano de penurias para llegar preparado al training camp.

Entran en el mercado Kevin Garnett y Ray Allen. A la Máscara no le faltarán ofertas. Es una garantía de 15-10, amén de ser un verdadero catalizador defensivo con precisas nociones sobre el secreto. Me gustaría, a qué seguidor de los verdes no, verle de regreso en octubre intentando que se repita aquel beso en el parqué del Garden al grito de “Impossible is Nothing” que nos regaló la noche en que ganaron el anillo. Tampoco le faltarán ofertas a Ray Allen para ser el sexto hombre de cualquier equipo con aspiraciones, el verdugo en partidos igualados que necesiten de su precisión. No se extrañen si, tras operarse su maltrecho tobillo, aterriza en South Beach. Tampoco deberían hacerlo si le ven vestido de azul en Oklahoma City si Sam Presti da preferencia a la renovación de Ibaka sobre la de Harden.

De los secundarios nada se sabe. Insisten, lo leo ya por la mañana, Pietrus, Bass y Dooling en regresar, en volver para experimentar de nuevo las sensaciones de este año marcado por la adversidad en forma de hombros dislocados (Avery Bradley) y corazones enfermos (Jeff Green, Chris Wilcox). No desean, lo dice Dooling, que su estancia en los Celtics concluya entre lágrimas después de haber sentido, muchos años después, las típicas sensaciones de un equipo de instituto o universidad. 

Soy pesimista. Cuando las emociones dejen paso a la racionalidad a Danny Ainge no le quedará otra que reconocer que es el momento de iniciar la limpia. Doc y él valorarán la posibilidad de que regresen algunos jugadores, pero más que de sentimientos hablarán del precio que están dispuestos a pagar. Me temo que los agentes libres pasarán de largo por la ruta que conduce a Boston. Son los jugadores del 2012 una raza despojada de valores, unos profesionales dispuestos a renunciar a conocer el sabor de la tradición y lo que significa ser un Celtic a cambio de un proyecto deportivo ambicioso en el corto plazo y de un puñado de dólares. Y se entiende, vaya, pero es triste.

Triste porque se avecinan tiempos de crisis en la franquicia más laureada de la liga. Se intuye una larga travesía por el desierto como la que ya vivimos durante los noventa. Sólo espero que los que vuelvan y los que lleguen vistan la camiseta blanca y verde, verde y blanca, con la responsabilidad de saber que ya lo hicieron antes estos tres tipos, Ray Allen, Paul Pierce y Kevin Garnett, a los que o mucho me equivoco o no volveremos a ver juntos. 



Descanse En Paz el viejo Big Three. Sólo puedo deciros que me habéis robado muchas horas de sueño, que me habéis enseñado infinitos valores y me habéis hecho amar cada día más este maravilloso deporte. Por ello y por tantas otras cosas sólo puedo deciros... Adiós muchachos, compañeros de mi vida.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Uno de esos días





Ayer fue uno de esos días. Uno de esos días en los que la jungla se convierte en un afable safari. Uno de esos momentos históricos en los que un rey se deja de cazar elefantes en Botswana para ser, simplemente, eso, el rey.

Y el rey, en esa espesa selva que se preveía iba a ser el Boston Garden, fue Lebron con 45 puntos y 15 rebotes que no lo dicen todo, que no reflejan en toda su crudeza el dominio tiránico que James ejerció sobre un partido que podía haber sido decisivo.

En este contexto los Celtics decepcionaron. Se olvidaron del manual del juego en equipo, quisieron cantar “a capella” un solo que resultó desafinado. Sobre todo Paul Pierce, un capitán acomplejado que quiso rememorar aquel séptimo partido de las semifinales de conferencia de 2008 entre Celtics y Cavaliers en el que Lebron también se fue a 45, pero en el que él replicó con 41. Pero ya no están las piernas para alardes. Son ellas, no otra cosa, las que hacen que los triples no entren, que los tiros de media distancia no caigan donde solían caer. Hay veces en las que el corazón no es suficiente. Ayer sin ir más lejos.

Los Celtics volvieron a desaprovechar un sexto partido para cerrar una eliminatoria. Lo hicieron contra Atlanta y Cleveland en 2008. Contra Chicago y Orlando en 2009. Contra Lakers en 2010. Ganaron los tres primeros séptimos en casa. Perdieron uno en el Garden y otro en el Staples. Se repite el mismo patrón de convertir lo fácil en difícil. El problema es que ahora lo difícil roza lo imposible y el coro suena a despedida.

Tendrá que regresar el Rondo extraterrestre. Tendrá que aparecer el Garnett inoxidable. Será necesario, por encima de todas las cosas, que a Lebron el aro deje de parecerle una piscina. Si no, de poco servirán los ajustes defensivos de Doc o los posibles triples de Allen. Si desde todos los ángulos, distancias y posiciones, Lebron anota una vez tras otra de la forma en que lo hizo en este histórico sexto partido en el Garden, a los de Rivers sólo les quedará hacer las maletas y rendirse a la evidencia.

Porque el 45-15 de anoche fue simplemente impecable. Mucho más eficiente que los 63 del Dios disfrazado de baloncesto del que habló Larry Bird tras las dos prórrogas del primer partido de la primera serie de playoffs entre Boston y Chicago en 1986. Mucho más eficiente y mucho más importante. Estoy convencido de que Lebron podría haberse ido a una cifra ridícula de haberlo necesitado. No hizo falta. Ni para ganar ni para permanecer, para siempre, en la memoria de los buenos aficionados. Fue sensacional. Como aquella otra en Detroit. Como la que puede suceder en cualquier momento. 



Para el sábado permítanme recomendarles una buena siesta. Les espera un domingo con fútbol y tenis que empezará con una noche que no será otra cualquiera. A la luz de la luna reflejada sobre el Atlántico Miami y Boston se jugarán un pase para las finales de la NBA en un partido que puede suponer la despedida del viejo Big Three de Celtics y el despegue de un nuevo trío victorioso, el que forman Lebron, James y los demás. Lo siento Wade pero, y a pesar de tus grandes partidos contra Indiana, cuando Lebron juega así sólo te queda ayudar y mirar. Lo mismo que al resto. Disfrutémoslo.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Calor de verano






Esta temporada de lockout está siendo un alegato a aquella vieja máxima del “sálvese quien pueda”. Las lesiones están marcando el devenir de los equipos y en todas las plantillas hay más de un jugador con algo roto o a punto de romperse.

Sin duda, el precio más alto lo han pagado los Chicago Bulls. El mejor equipo de la temporada regular había movido bien sus piezas para que éstas llegaran a punto para el playoff. Sin embargo, paradojas de la vida, tras meses de criogenización, de estancia en barrica de roble canadiense, en el minuto 48 de un partido decantado, Derrick Rose se rompió el ligamento interno de su rodilla izquierda acabando, de súbito, con las opciones de anillo de una franquicia que, después de los dorados noventa, ha comprendido el cúmulo de circunstancias que han de darse para ganar un campeonato (ni qué decir tiene para ganar seis en ocho años). Ahora, cuando todos se acuerdan de Rose y Noah, yo prefiero hacerlo de Thibodeau.

Cuando he conocido la noticia de la victoria de los Sixers sobre los Bulls me he imaginado lo duro que va a ser para el bueno de Thibs enfrentarse a su escritorio lleno de apuntes, DVD´s, tuppers vacíos y restos de frutos secos, lo complicado que le resultará conciliar el sueño después de varias jornadas sin escuchar el eco de las zapatillas resbalando sobre el parqué. Ahora, en vez de preparar los ajustes para frenar a sus antiguos pupilos Pierce, Garnett o Rondo, se las tendrá que ver con una guía de viajes y una maleta vacía, con unas vacaciones de cuatro meses y medio que para cualquier mortal serían un lujo y que para Tom representan el mismo infierno. Sólo queda esperar que los días vayan cayendo para que las cruces rojas en el calendario acerquen al presente ese 1 de octubre en el que está prevista la vuelta al trabajo. No os extrañe verle en la tercera fila de alguno de los pabellones en los que la bola aún sigue en juego tomando nota de todo, olvidándose de esa enfermedad llamada tiempo libre.



No volverán a encenderse, tampoco, las luces del Philips Arena de Atlanta. No porque no merecieran los Hawks que hubiera un séptimo partido. Con la vuelta de Horford y la recuperación de Josh Smith el Frontcourt de los de Larry Drew castigó uno de los puntos débiles de los de Boston, el rebote defensivo. Sin embargo, con 76-79 arriba, a los chicos de Atlanta el aro se les empezó a hacer muy pequeño. La situación demandaba líderes y los Johnson, Smith o Teague prefirieron mantenerse en la trinchera. Horford tuvo dos tiros libres para empatar y falló el primero.

No tuvo este Celtics-Hawks la mística de los duelos que libraron estas mismas franquicias en los años ochenta. Pero tuvo todo lo demás. De hecho, antes de que el balón fuera lanzado al aire del TD Banknorth Garden en la pasada madrugada, uno de los dueños del equipo de Atlanta había calificado a Kevin Garnett como el jugador más sucio de todo el campeonato. La respuesta del “5” de los Celtics, 28 puntos, 14 rebotes, 5 tapones y un dominio del juego que nadie se podría esperar de un jugador que llegó a la liga en 1995. Los números no lo dicen todo, pero sirva como dato la diferencia en la eficiencia ofensiva de los Hawks cuando se enfrentaron a una defensa con Kevin Garnett en el centro: 107,8 sin KG, 83,9 con él. Eso atrás. Adelante, una canasta ganadora, la que ponía por delante a los Celtics 81-80, muestra inequívoca del carácter ganador de un jugador enamorado de la historia y tradición de la camiseta que tiene el honor de defender. 


La diferencia que marca Garnett con sus compañeros más jóvenes se llama ética. Ética de trabajo. Madrugar en verano para trabajar hasta que acabe la primavera. No son meras exhibiciones sus carreras por las playas de Pasadena. KG sabe muy bien que el amor es una cuestión de dar y recibir y por eso lo da todo preparándose mientras otros se dejan la piel en la tumbona. Ahora los Celtics se cruzan con Philadelphia en otra eliminatoria con sabor añejo. La lucha por el nordeste del país comienza el próximo sábado. El premio, una Final de Conferencia. 



Muy lejos de esa vieja cuna de la democracia moderna que es el corredor Boston-Philadelphia están las remotas Montañas Rocosas. Allá, a más de mil quinientos metros de altitud, los Lakers padecieron el mal de altura empezando un partido que podía haber sido decisivo con un 13-0 en contra. La exhibición ofensiva de Kobe no fue suficiente para esconder las muchas carencias de los angelinos. Gasol, ninguneado por los propietarios y obviado en todos los sistemas de su entrenador (¿Messina no tiene nada que decir al respecto?), parece estar pensando en Londres. Mike Brown, por su parte, mira al banquillo y rápidamente deja de hacerlo. No hay nada en esos chicos sentados que pueda mejorar lo que le aporta un quinteto demasiado monopolizado por lo que pueda hacer o dejar de hacer Kobe Bryant. Que la dupla Bynum-Gasol intente dos tiros menos que el escolta de Philadelphia es como intentar dividir un número cualquiera por cero, un desastre matemático que tiende al infinito. Y no es precisamente infinito el tiempo que tienen los Lakers para reagruparse. El sábado se juegan la temporada. Ganarán, lo han hecho muchas veces en estas situaciones. No convencerán. Tampoco pretenden hacerlo.

Una noche de gran baloncesto. Inicio de vacaciones para unos, continuación del sueño para otros. Así son los playoffs de la NBA. Así será, también, en versión comprimida, la Final Four de Estambul. Suerte para el Regal Barcelona. Atentos a Navarro. Stay tuned!

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Mourinho un aprendiz




En la NBA no hay Karankas, es decir, segundos entrenadores que cubran las ruedas de prensa de sus jefes. Tampoco leyes del silencio ni cazas de brujas. Eso queda para ligas que dicen ser de las estrellas y para equipos que presumen de señorío (y mira que soy madridista). Es lo que ocurre cuando tratas con jóvenes que lo tienen todo y que sienten, por ello, que nada se les puede quitar; cuando haces de la opacidad la regla y de la transparencia, la excepción.

En la NBA la relación entre los jugadores y los periodistas es muy estrecha. Es lógico pues recorren juntos miles de millas surcando de este a oeste, y viceversa, los Estados Unidos. Las normas también ayudan cuando permiten que las entrevistas se realicen en el propio vestuario o cuando se exige a los entrenadores que intervengan después de cada sesión Todos los jugadores han de estar disponibles para hablar con la prensa antes y después de los partidos bajo pena de 25.000 euros de multa en caso de incumplimiento (Sé que Rajon Rondo los paga encantado). Todos los días se pone en mano de los profesionales de la información un parte médico actualizado sobre los jugadores inactivos. Resulta imposible especular sobre la duración de las lesiones pues su evolución es por todos conocida.

El único pero pasa por la parcialidad de los medios. La mayoría cubren las noticias de un equipo para un público muy local. Así, por ejemplo, el Globe cubre las noticias de los Celtics para que las lean los ciudadanos de Boston como el LA Times sigue a los Lakers para informar, exclusivamente, a los seguidores de la franquicia angelina. De ahí que el enfoque sea siempre sesgado pues incluso en los medios nacionales como ESPN o NBA.COM se echa mano de columnistas especializados en una franquicia concreta para que escriban su opinión sobre el devenir del equipo al que siguen. Eso sí, muchas veces son los más críticos. Hasta aquí nada diferente.

La hostilidad hacia la prensa tampoco es una exclusiva latina. En numerosas ocasiones jugadores y entrenadores también han reaccionado airadamente ante las preguntas de los periodistas. Curiosamente, esta mañana, informándome sobre lo ocurrido anoche en el TD Garden de Boston, me encontré con una entrevista a Kevin Garnett quien, ante una inocente pregunta por parte del reportero, respondió lo siguiente:

“Estoy motivado. Escucho que me llaman viejo, más viejo, que estoy acabado... Y es cierto, soy viejo en términos baloncestísticos, pero en la vida soy joven, tengo treinta y algunos. Pienso en vosotros, miro vuestras cabezas y veo pelos canosos, calvas, coronillas al viento,... Mejor no hacer comentarios. Estoy motivado. Me encanta usar esta palabra para definir mi actual estado”. Podéis ver la entrevista pinchando aquí.

A continuación calificaría las crónicas vertidas en la prensa como de basura. Pero Garnett no ha sido el único que, con mayor o menor ironía, se ha desahogado con la prensa. Así, por ejemplo, Edgar Jones, ex jugador de la NBA, defendió su derecho a no tener que hablar ante los medios de la siguiente forma: “No vuelvo a hablar. Eso es todo. No más palabras. Yo soy un tipo callado e introvertido. No hablaba en el cole, no hablo en la cama. No me gusta hablar”. No le quedó otra que seguir haciéndolo.

Preguntado Kevin McHale por las opciones de su equipo para la siguiente temporada la misma noche en que habían sido eliminados de los playoffs sólo pudo decir: “Si pudiera predecir el futuro no estaría hablando con tipos como vosotros. Estaría invirtiendo en bolsa”.

Pat Williams, antiguo General Manager de Orlando Magic, para evitar la respuesta a una pregunta incómoda, y en tono jocoso, respondió con otra pregunta al periodista: ”¿Sabes lo que tenemos cuando hay un periodista enterrado en la playa hasta el cuello? Escasez de arena”.

A una pregunta sobre el presunto juego sucio de Wade en la jugada en que Rondo se disloca el codo durante los pasados playoffs, Lebron James, sentado al lado de su compañero, no pudo ser más explícito: “Ésa es una pregunta de retrasados”. Varias webs se hicieron eco del empleo de la palabra “retarded”, pero, sinceramente, no me imagino al Pedrerol de turno llenando hora y media de programa a propósito de estas declaraciones. 



Pero si hay un personaje en toda la liga que vive, también muere, por lo que pueda escribir la prensa sobre él, éste es Mark Cuban. Ególatra consumado y esclavo de su imagen, el propietario de los Mavericks es un hombre hecho a sí mismo. Las dificultades por las que atravesó en el pasado y su actual posición privilegiada le convierten en un ser orgulloso y confiado. El propietario de los Mavs posee una incontable fortuna producto de su visión empresarial y de su actitud ante la vida. Algunas de sus frases resumen varias de las máximas que le han llevado hasta la actual situación.

Indiferencia. “No me importa lo que digan. Ser rico es una buena cosa”.
Confianza. “Sé que a partir de ahora todos los periodistas tendrán más cuidado al entrevistarme”.
Franqueza. “La riqueza es como una clasificación que te coloca en el lugar que te mereces en función de cómo estás actuando contra el resto de la gente”.
Innovación. “Si veo a 10.000 personas haciendo lo mismo, ¿por qué voy a querer ser yo el 10.001?”
Odio. “Como todas las temporadas mi único deseo es que los Spurs pierdan los 82 partidos”.
Ironía. “El objetivo número 1 de un General Manager no es ganar un anillo, sino mantener todos los puestos de trabajo. Eso no va por Donnie ni por Avery” (entrenadores que fueron destituidos de los Mavericks).
Más ironía. “¿Cómo puede un entrenador con tantos anillos de campeón sentirse intimidado por mí?” (Se refería a Phil Jackson).
El fin justifica los medios. “Quiero meterme en su cabeza. Si Ron Artest juega pensando en lo que le estoy diciendo desde la grada, esto es una victoria para nosotros. Ello supone que no está concentrado y eso, repito, es una victoria para nosotros”. 



La pasión con la que vive los partidos Mark Cuban es inigualable. Sus comentarios y sus gestos son parte del espectáculo. Tanto es así que George Karl, durante la serie de playoffs que les enfrentó la pasada primavera, denunció su actitud por generar un clima hostil y peligroso. Así es Mark Cuban, la persona a la que nadie quiere mencionar para evitar darle protagonismo, pero de la que todo el mundo termina hablando. Como Mourinho, pero a lo grande. Con más dinero y con más libras de peso. Con la misma obsesión enfermiza llamada victoria. A toda costa. Sin importar cómo. Estoy seguro de que a muchos les gustaría que esta escena fuese más real.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Last dance



Hace pocos días me decía un amigo que una de las pruebas más palpables de que uno se va haciendo mayor es ver cómo tus ídolos de infancia se van retirando. Así, al igual que toda una generación empezó a contarse las canas a medida que se despedían del parqué los Sibilio, Solozábal o Corbalán, otras hicieron lo mismo al tiempo que Ewing, Olajuwon, Robinson, Jordan, Pippen o Malone se convertían en figuras de Youtube.

Hay más señales. Así, otro indicador inequívoco del paso de los años lo constituyen las caras de extrañeza que muestran los chavales cuando les hablas de jugadores a los que has admirado profundamente. Para ellos son nombres, batallitas de abuelo trasnochado. Para ellos el pasado es un tiempo que no hay que remover. Ellos piensan en el ahora y en el mañana. Creen que todo está por construir y no valoran el camino recorrido por los que estuvieron antes.

Y todo esto a cuenta de qué, os preguntaréis. Resulta que toda una camada de jugadores que llegaron a la NBA a finales de los 90 se encuentra apurando sus años de baloncesto. Entre ellos los miembros más destacados y longevos de aquella promoción que el genial Andrés Montes bautizaría como Generación Plus por llegar a la liga en el mismo momento en que la plataforma digital adquiriera los derechos. Resultaría más certero hablar en singular pues, aunque Jerry Stackhouse siga haciendo sus pinitos, el único superviviente con mayúsculas de aquella generación es Kevin Garnett, el primer representante de toda una larga lista de jugadores que, y hasta que se impuso una edad mínima obligatoria, llegaron a la liga directamente desde el instituto. El 5 de los Celtics finaliza contrato esta temporada y, pese a haber sufrido una grave lesión de rodilla, a sus 36 años aún se mueve en cifras próximas al 20-10. 



Un año más tarde, elegidos en el draft de 1996, llegarían a la liga jugadores con enormes dosis de talento. Desde Georgetown, factoría habitual de grandes pívots, (Patrick Ewing o Alonzo Mourning entre otros) irrumpiría todo un icono, Allen Iverson. El escolta de los Sixers elevó a dogma aquello del “menos es más” y sacó el máximo rendimiento a su escaso 1,80 de estatura. Fue elegido MVP de la liga y llevó a un pobre equipo de Philadelphia (en una paupérrima Conferencia Este todo hay que decirlo) a las finales de 2001. Yo, aun reconociendo el escaso grado de simpatía que siento por su juego (individualista y poco inteligente), interpreto que Iverson fue uno de los grandes estandartes del período post Jordan y uno de los que más hizo porque la NBA se consolidase como un producto global. Para el bueno de Allen, me temo, ya no habrá último baile. La música se paró de golpe toda vez que el baloncesto dejó de ser, para él, la más importante de las cosas poco importantes.



Sí que habrá, en cambio, un último baile tanto para Ray Allen como para Kobe Bryant a los que, las malas lenguas, atribuyen una íntima relación de odio recíproco. El primero, Ray, llegó a la liga con el aval de un triunfo universitario con Connecticut. El segundo, el joven escolta de Philadelphia criado en Italia e hijo de jugador, no llegaría a pisar la Universidad. El primero, un tirador muy fino. El segundo, un ganador obsesionado con la figura de Michael Jordan. Con 37 y 33 años otros estarían dando sus últimos coletazos. Sin embargo, viendo cómo han cuidado su cuerpo a lo largo de los años, todo hace indicar que aún les queda mecha para rato. Kobe, desde luego, es un hombre embarcado en una misión. No descansará hasta ganar más anillos que Jordan y hasta superar todo tipo de récords. Desde luego, muchos de ellos tendrán que ver con la longevidad y es que no se atisba el final de una carrera que siempre quedará marcada por el hecho de que tres de sus cinco campeonatos llegaran a la sombra de Shaq. 



A esta misma camada, aunque tuviera que esperar más tiempo para confirmarse entre los grandes, pertenece Steve Nash. Si bien demostró desde el principio una enorme visión de juego, su momento de madurez llegaría tras abandonar la asociación que formaban junto a Nowitzki en Dallas. Así, en Phoenix, asumiendo las labores de entrenador en la cancha, el señor Nash conquistó dos MVP de la temporada para llevar a su equipo a las puertas de las finales. Aún hoy, junto a un Grant Hill aún más añejo, el genial base aspira a colocar a su equipo entre los ocho mejores de la Conferencia Oeste. 



Tras la lesión en el tendón de aquiles de Chauncey Billups y las continuas dolencias de espalda del imprevisible Tracy McGrady, se puede decir que del draft de 1997 sólo sigue dando guerra, y de qué forma, el señor Tim Duncan. Indiscutible número 1 de su promoción, dos años le bastarían al pívot de Wake Forest para, cual genio de Disney, cumplir el deseo de un David Robinson, que hasta entonces se había sentido muy solo en la pintura. El mejor ala pívot de la primera década del tercer milenio ocupa, merecidamente, un puesto entre los diez mejores jugadores de la historia y, a fecha de hoy, en su decimoquinta temporada, aún promedia 15 puntos y 9 rebotes. Que nadie descarte a un equipo entrenado con Popovich, con Ginobili en el 2, Duncan en la zona y Parker en la base. La de los Spurs, como la de la Coca Cola, es una fórmula secreta destinada al éxito. 



Tanto Dirk Nowitzki como Paul Pierce se dejaron lo mejor para el final. Empezaron titubeantes en la liga. Anotaban con facilidad, dominaban a sus oponentes, pero no ganaban. Tanto el gigante alemán como el irreverente chico de California fueron relegados a posiciones medias de un draft, el de 1998 que colocó en el número 1 a Michael Olowakandi, más conocido por tirarse a la rubia de España en aquellos momentos, Paula Vázquez, que por sus habilidades sobre el parqué. Apuntaban maneras Jamison y Carter. No defraudaron. Los dos productos de Carolina del Norte han llevado a cabo interesantes carreras en la NBA. Sus alforjas están llenas de puntos. Casi tanto como de derrotas. Así, serían el 9 y el 10 del draft, Dirk y Paul, amantes ambos de los ritmos lentos, los que triunfarían en la gran escena. Lo han hecho pasada la treintena, siendo conscientes de que sólos no podían. Se rodearon de fieles compañeros, se embriagaron de la química de equipo. Y entonces saborearon el éxito. Nowitzki sigue siendo uno de los 5 mejores de la liga y Paul, el capitán e ídolo de un equipo al que odiaba cuando era un niño. A los dos les queda un nuevo intento. 



Kevin Garnett, Ray Allen, Kobe Bryant, Steve Nash, Tim Duncan, Dirk Nowitzki, Paul Pierce. Enseñas de una generación de jugadores que han visto como muchos de sus coetáneos (Iverson, Marbury, McGrady, Antoine Walker) se perdían por sendas alejadas de las pistas. Ellos formarán parte para siempre de mi recuerdo. Serán mis particulares Magic, Bird o Jordan. Serán las estrellas que adoré de niño y añoraré de adulto. Por suerte para mí y también para quienes los descubren ahora, aún les queda un último baile. Todo gracias a su profesionalidad. Todo, por el amor que profesan hacia el deporte de la canasta.

Tengo que reconocer que fue este último baile el que me inspiró. No el de Donna Summer, que también. Me refiero al de un Larry Bird prácticamente inmóvil debido a sus problemas de espalda. Fue un 15 de marzo de 1992. Fueron 49 puntos, 14 rebotes, 12 asistencias. No lo pude ver, pero me lo contaron. Eso mismo haré el día de mañana. ¿Lo harás tú también?



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS