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Diario de un encierro. Día XXVII






Esperando a Seve

Con el golf me pasó como con tantas otras cosas, que antes siquiera de haber empezado a explicar el porqué de mi acercamiento a este deporte ya me habían etiquetado. Yo, que iba y venía del campo cargando mi bolsa de palos de segunda mano y que, con suerte, si acaso, cogía el autobús, me había convertido de pronto en un nuevo rico, burgués, clasista y, creo que esto se lo callaban, pijo apestoso. Para colmo, aquellos que decían esto aún se enfadan cuando declino sus ofertas de jugar al pádel.

Es nueve de abril y llueve, claro, no puede ser de otro modo. Hace 63 años nacía en Pedreña, una pequeña localidad próxima a Santander, el mejor golfista europeo de todos los tiempos, Severiano Ballesteros, uno de los pioneros del deporte español, un auténtico fuera de serie en un deporte con escaso seguimiento en nuestro país. Al igual que sucedía con Miguel Indurain, que apagaba las velas en pleno Tour de Francia, Seve siempre cumplía años en la cita más especial del calendario: el Masters de Augusta.

Severiano hizo posible lo que antes era imposible desoyendo lo que, antes de la informática, se llamaba costumbre, uso social, etiqueta o corrección. Sin perder nada de su charme, pero sin renunciar tampoco a su latinidad, Ballesteros invirtió las normas clásicas del riesgo/recompensa, visualizó trayectorias que nadie más veía, movió el palo con la heterodoxia propia del autodidacta y ganó, ganó como nunca antes nadie lo había hecho, visitando áreas del campo que no conocía ni su diseñador.



Pues bien, además de celebrar este cumpleaños, que coincide también con el abortado inicio del Masters de Augusta, cito a Seve como impeliendo al destino a actuar y traer una figura de estas características para competir con los androides que nos traerán la mejora de las teorías del entrenamiento, la sofisticación de las tecnologías aplicadas y, a no mucho tardar, los avances en biogenética. Uno se puede quedar fascinado viendo a Giannis, Lebron o Williamson, puede apreciar lo lejos que están dos individuos de una, aparentemente, misma especie (uno mismo y ellos), pero a mí no me entusiasma su dominio por aplastamiento, prometo no levantarme a celebrar una sola de sus canastas.

Mi esperanza está en Doncic y sus ramalazos de genuino talento, pero a veces siento que le sobra escuela. Me gusta la suavidad, como tejida en seda, de Jayson Tatum. También las libertades que se toma Jokic, heredadas en parte de Sabonis, Divac y, por qué no decirlo, del mismo Marc Gasol. Pero solo pagaría una entrada para ir a ver a Curry, lo reconozco. Nadie como Curry, desde Magic, había conseguido conectar con la grada de esta manera, aunque reservo a Shaquille O´Neal un hueco destacado por su carisma y dejo a Jordan relegado a una categoría aparte, por no saber cómo encuadrar su magnetismo.



Esto, trasladado a la enseñanza de fundamentos, sería una invitación a plantear problemas sin ofrecer soluciones, a revitalizar los unos contra uno informales, en medio de los descansos, a fomentar el juego, los errores y la naturalidad en su comisión y aceptación. Y, por supuesto, a organizar ligas callejeras, regidas por muchas menos normas de lo que lo están los campeonatos de 3x3. El mejor plan veraniego para nuestros jugadores no incluiría, en la añoranza de mayor creatividad, una tabla de ejercicios físicos, sino un balón y una gorra para el camino.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

17 entre 100







Sports Illustrated, revista semanal perteneciente al gran grupo de comunicación Time Warner, con más de tres millones de suscriptores y más de veintitrés millones de lectores, acaba de publicar su particular clasificación de los cien mejores momentos de la historia del deporte. A pesar del claro sesgo geográfico-patriótico reconocido por los propios creadores de la lista, lo cierto es que se trata de un magnífico repaso de varios de los grandes hitos de la epopeya moderna. Su carácter polideportivo, con más de veinte deportes representados, genera una envidia sana entre quienes vivimos encadenados en el monopolio del fútbol y su vulgaridad asociada, para quienes, desasistidos, sufrimos una dieta repleta de caspa grasienta y mórbida.

Diecisiete de esos momentos son baloncestísticos. Uno de ellos, dosis escasa, hace referencia al ámbito femenino: la gesta de las Huskies de la Universidad de Connecticut al conseguir noventa triunfos consecutivos entre 2008 y 2010 y que ocupa la 73ª posición. Otros siete comparten con este hecho su carácter colegial. No podían faltar el momento del anuncio de la retirada de John Wooden (63º), dos días antes de conseguir su décimo y último título en 1975. Los Bruins de UCLA también están presentes en la posición 46ª gracias al partido “casi perfecto” de Bill Walton en la final de 1973 frente a Memphis State con 44 puntos en una serie de veintiuno de veintidós tiros de campo. Tienen lugar reservado, faltaría más, las grandes gestas de esos equipos modestos que se rebelaron contra el poder establecido: Villanova Wildcats 1985 (52º), North Carolina State 1983 (26º) y, por supuesto, los protagonistas de la película Glory road, el equipo de Texas Western (23º) que, con el primer quinteto compuesto únicamente por afroamericanos, venció a la poderosa escuadra de Kentucky en la final de 1966. Por último, en esta categoría universitaria, los periodistas del magacín decidieron destacar también el primer gran duelo entre Larry Bird (Indiana State) y Magic Johnson (Michigan State) en el que se impondría el college del segundo por 75 a 64 frente a una audiencia millonaria en lo que se podría definir como el punto de partida del baloncesto moderno (30º) y, finalmente “The shot”, es decir, el tiro anotado por Christian Laettner sobre la bocina y que le dio el triunfo a su universidad, Duke, frente a Kentucky en la Final Regional de 1992 (11º).



Sirviéndome de la final de la NCAA de 1979, tal y como he anunciado previamente, como punto de inflexión entre el baloncesto clásico y el moderno (más por la necesidad de no generar un párrafo de dimensiones ciclópeas que por rigor histórico), cinco de los nueve acontecimientos reseñados sobre NBA pertenecen al primer período. El primero de ellos, cronológicamente hablando, nos sitúa en 1957, en la fecha de la conquista del primer anillo de los Boston Celtics, en la génesis de la mayor dinastía del deporte mundial (89º). Cinco años después, el individuo quiso imponerse sobre la concepción colectiva del juego. Un 2 de marzo de 1962, Wilt Chamberlain elevó a 100 el récord de puntos anotados en un solo partido (16º). Tres años más tarde, la conjunción de un robo decisivo, el de John Havlicek tras el saque de Hal Greer en el séptimo partido de la Final de Conferencia entre Boston Celtics y Philadelphia Seventy Sixers, y una narración orgiástica, la del siempre recordado Johnny Most, colocaron este acontecimiento en el sexagésimo primer puesto de la lista. El 8 de mayo de 1970, de manera inesperada, Willis Reed, ausente en el sexto partido por una grave lesión de rodilla, pudo saltar a la cancha del Madison para meter los cuatro primeros puntos de su equipo y generar el ambiente propicio para que los Knicks vencieran a los Lakers de Chamberlain, Baylor y West y obtuvieran, así, el primer anillo (38º). Por último, antes de que Bird y Magic irrumpieran en la escena, nuevamente los Celtics, protagonistas omnipresentes de este período, aparecen en la lista como copartícipes y vencedores del considerado “mejor partido de la historia del baloncesto”, el quinto de las finales de 1976 que les enfrentó a los Phoenix Suns de Paul Westphal (79º).



Por último, destacar los cuatro eventos reseñados en la era “después de Magic y Bird”. El primero, cómo no, le corresponde al primero de ellos, a sus 42 puntos, 15 rebotes y 7 asistencias en el séptimo partido de las finales de 1980 ante Philadelphia y en ausencia de Kareem (66º). El segundo, para el segundo de ellos y su robo milagroso en el quinto partido de las finales de la Conferencia Este entre Boston Celtics y Detroit Pistons y que se tornaría finalmente decisivo. Vean completo, si pueden, el transcurso de la acción y valoren cómo un hombre, humillado por un tapón, puede levantarse y protagonizar el mejor y más importante robo-asistencia de la historia (95º). El tercer momento es también para Magic y su MVP en un All Star, el de 1992, cargado de simbolismo tras haber anunciado meses antes que había contraído el VIH (40º).



Por último, su nombre merece un párrafo aparte, destacar el duodécimo puesto que la revista le reserva al sexto partido del sexto anillo conseguido por Michael Jordan y los fantásticos Chicago Bulls de los noventa (12º). Sin duda, el atleta que más portadas ha protagonizado en este magacín, debía quedar notoriamente representado en esta lista a través de uno, quizá el más icónico de todos, de entre los cientos de momentos en que nos ha deleitado gracias a su excepcional talento y ética de trabajo.



Finalizado el repaso, solo me queda invitarles a que naveguen por este museo de la historia del deporte que es la revista Sports Illustrated y, más concretamente, por este especial dedicado a los cien momentos que consideran más relevantes. Y si echan en falta alguno especialmente, por favor, comenten. 


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

De gloria y tragedia





Si me piden un nombre relacionado con el periodismo deportivo de baloncesto este ha de ser el de Gonzalo Vázquez (@GVazquezNY). Conocedor del juego como juego, pero también como espectáculo; arqueólogo e historiador de la NBA, además de cronista; su firma es, para mí, la mejor de cuantas se expresan sobre nuestro deporte en el idioma de Cervantes.

Gonzalo Vázquez logra hacer filigranas con los gruesos hilos que mueven la gran rueda del baloncesto como negocio. De las luces que deciden enseñarnos las cámaras conoce también su sombra. De toda fiesta, su trastienda, su trasfondo y sus no siempre queridas consecuencias. Tiene su mirada una especial fijación por los dramas subterráneos que acontecen alejados de los mensajes buenistas y autocomplacientes. Tiene su pluma, estilosa mas en absoluto hortera, la habilidad para transmitir hondura y turbación.

He de reconocer que me ha llevado tiempo concluir la lectura de su obra 101 historias NBA. Relatos de gloria y tragedia, pero no me cuesta confesarlo. Así como juego a adivinar fatigosas jornadas de documentación, maduración (de ideas) y escritura en su confección, me gusta pensar que, como lector, mi papel debía pasar, precisamente, por una degustación lenta y reflexiva. La conservaré, además, como obra de consulta, pues me cuesta pensar en un pasaje de la historia de la NBA que no aparezca narrado en esta obra. Y es que en ellas se suceden los nombres que moran en el imaginario colectivo de todo buen aficionado, pero también otros que residen “donde habita el olvido”, que diría Sabina. Y en el fondo, actuando como atrezzo de este lujoso sainete que es la liga profesional americana, la cultura estadounidense en cuanto que amalgama no siempre armonioso de razas, ideas y maneras de vivir. En fin, todo un tratado sobre el “american way of life” con centro en una cancha de baloncesto.

Finalizo esta breve reseña/recomendación, contándoles la 102ª historia, la del propio autor de este compendio de relatos, la de un Gonzalo Vázquez que se embarcó en la aventura de instalarse en Nueva York y pretender vivir del periodismo de baloncesto en la propia Meca de este deporte. Su regreso, forzado por las circunstancias económicas, anímicas y de salud, pone de manifiesto la insuficiencia del talento como herramienta de supervivencia y sitúa ante el espejo a una sociedad que prefiere consumir literatura rápida y amarilla, asentada en las prisas del rumor, en lugar de una obra construida desde la templanza de una buena reflexión, un vasto conocimiento y una sintaxis elaborada y precisa.

Gracias, Gonzalo, por estas 101 historias. Espero otras tantas para dentro de diez años. Duncan, Popovich, Stevens, Harden, Curry y tantos otros desconocidos a mis ojos, que no a los tuyos, ya las están perpetrando para que nos las cuentes.


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The winner within





Los reyes magos vinieron cargados de interesantes libros firmados por nombres que construyeron algo más que un digno legado en el mundo del baloncesto. Si antes me pronuncié sobre las obras de Mike Krzyzewski y John Wooden, hoy lo hago sobre The winner within, el bestseller que Pat Riley publicara allá por 1993 mientras, como entrenador de los Knicks, convertía a la franquicia de la Gran Manzana en la gran amenaza de los Chicago Bulls.

En esta obra, Riles, como le conocían sus jugadores, hace una analogía entre el mundo de la empresa y el del baloncesto centrándose en el modo de gestionar los grupos de trabajo para obtener su máximo potencial. Sin duda, para los que consideramos el baloncesto desde un punto de vista más romántico, la comparación chirría desde el momento en que conceptúa el éxito como una búsqueda de la “significancia” o de obtención de números y resultados. Pero si de este arrogante Narciso del siglo XXI conviene aprender algo es de su firmeza a la hora de aplicar los principios en los que cree, los mismos que le llevaron a escalar, no sin ciertas dosis de oportunismo, la rampa que le condujo desde la locución de partidos hasta el puesto de primer entrenador de la franquicia de moda en los ochenta. Los mismos, por cierto, que introdujo con indudable eficacia en un grupo, el de aquellos Lakers, integrado por varios miembros del Hall of Fame. Supongo que no habría podido escribir este libro sin la aportación de Kareem Abdul Jabbar, Magic Johnson, James Worthy y tantos otros talentos sobre el parqué, jugando de su lado. Pero quizá tampoco éstos hubiesen adornado sus respectivos palmareses del modo en que lo hicieron sin Riley al frente del proyecto.

Lo más atractivo del libro es, sin duda, el modo como lo estructura. En un análisis a posteriori y, sin duda, sobrevalorando algunas decisiones que, me atrevo a apostar, tuvieron más de azarosas que de concienzudas, Pat Riley nos conduce por su trayectoria vital deteniéndose a describir las diferentes fases vitales, y también grupales, por las que tuvo que atravesar. Para todas ellas las recetas son diferentes. Y, aunque no lo creamos, insiste, siempre hay al menos una. La adecuada. La que conduce al éxito.

Pero claro, puede que la de los Lakers fuera la historia de la sucesión de un inocente ascenso, (titulo de 1980) del contagio de la enfermedad del “yo”, (1981) de la fijación de un compromiso, (anillo de 1982) de la recepción de un rayo, (lesiones que les impiden ganar las finales de 1983) de un fracaso relacionado con la ansiedad que acompaña a la victoria, (derrota en las finales contra los Celtics en 1984) de un proceso de autodescubrimiento, (victoria en 1985) de la lógica caída en la autocomplacencia (barrida de los Rockets en las finales de conferencia de 1986) y de la consecución de la maestría y el culmen de la excelencia (“back to back victories” en 1987 y 1988) justo antes de que el proyecto decaiga, exhausto, y llegue el momento de reinventarse. Pero qué quieren que les diga, resultando atractiva, lo que revela esta estructura es que el señor Riley cree que su propia experiencia puede llegar a ser la de todo el mundo, aunque en realidad sea muy consciente, cuando se mira al espejo, de que nadie sueña tan siquiera, con ser tan guapo, joven y millonario como él.

No sé si invitaros a su lectura, interesante y formativa, u ofreceros un plan alternativo para no terminar aborreciendo a un entrenador al que siempre he tenido como uno de los mejores. Y es que hay que ganar y saber ganar. Y, una vez leído su libro, creo que a él solo se le dio bien lo primero.





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El siglo de los bases





La NBA es una especie de organismo en continua transformación. En sus cerca de setenta años de historia la liga ha atravesado casi tantos estadios de desarrollo como el hombre en su cienmilenaria evolución. De once equipos, un par de divisiones y unas modestas aspiraciones de escala local y regional hemos pasado a treinta franquicias, seis divisiones y una repercusión internacional indiscutible que la convierte en uno de los faros más luminosos de esta nuestra aldea global. Sirva también, como ejemplo, el devenir del asunto racial, en el que la NBA no sólo ha caminado de la mano de los tiempos, sino que lo ha hecho siempre un paso por delante, enarbolando la causa de la igualdad no sólo con mensajes pomposos y grandilocuentes, sino a través de filantrópicos programas como el “Read to Achieve” o el “NBA Cares”. Lo mismo podríamos afirmar en relación con la geografía, el modelo de negocio, las reglas de juego o etiqueta y muchas otras dimensiones anejas al deporte y que se hallan en constante proceso de transformación y adaptación. Pero hoy quiero centrarme en el puro y duro baloncesto, hablar de la profesión de base y, para hacer buena esta introducción, lo haré especialmente de su diacrónica progresión.

Digo profesión porque ser base implica ser jugador de baloncesto y algo más. El jugador de baloncesto puede driblar, lanzar, pasar, rebotear, taponar, robar balones, ayudar en defensa,... El base debe poder hacer todo eso y, al mismo tiempo, escrutar cada movimiento del rival, comprender la psicología de su entrenador y de todos y cada uno de los compañeros y oponentes. El base debe entender de momentos, llevar los tiempos, minimizar errores, interpretar los espacios, acaudillar a su pueblo y no rendirse nunca. Geómetra y metrónomo, batuta y trompeta y, hasta los últimos años, generoso secundario de lujo. Todos estos sustantivos han venido definiendo a los mejores bases de la historia. Hasta el inicio del tercer milenio.

Hasta los años 70 la liga estuvo sometida al dominio de los hombres grandes. Primero fue Mikan y a continuación, compartiendo de manera desigual fama y títulos, llegaron Bill Russell y Wilt Chamberlain. No pudo Elgin Baylor ganar un anillo. Tampoco Jerry West sin la presencia de Wilt ni The Big O, Oscar Robertson, uno de los mejores bases de la historia, sin la ayuda de un aún imberbe Lewis Alcindor, Kareem Abdul Jabbar. En aquel entonces un siete pies móvil era conditio sine qua non para aspirar al anillo. De ahí que fuera tan necesaria, y milagrosa, la inesperada aparición de Willis Reed en el séptimo partido de la final de 1970.

Sólo el nombre de un base, si exceptuamos la rara y ambivalente condición de Oscar Robertson (Mr Triple Doble), trascendió a la altura de las más rutilantes estrellas del campeonato. Ése es Bob Cousy, el Houdini del parqué, el base de los primeros Celtics campeones y uno de los abanderados del concepto de entretenimiento. Pero, no nos engañemos, los Celtics siguieron dominando el campeonato sin sus pases de fantasía y su manejo de balón más propio de un trilero.

Algo así como un base. Eso era Oscar Robertson y también podríamos definir de esta manera a Walt Frazier, el icono más laureado de los Knicks, una especie de efigie viviente de la gloria ya lejana de los de Nueva York. Una mezcla extraña fue también Earl, “The Pearl”, Monroe, pero, sea como fuere, la década de los setenta vino a consolidar las figuras de los aleros (Rick Barry, John Havlicek, Julius Erving, Bob McAdoo,...) y los pívots (Elvin Hayes, Kareem Abdul Jabbar, Bill Walton, Moses Malone,...) relegando la presencia de los bases a un papel más bien testimonial.

Todo cambió en los 80. Nacido en Lansing, Michigan, Earvin Magic Johnson redefiniría las reglas del juego del baloncesto y los cánones clásicos de la belleza. De la reducción al absurdo que supuso su advenimiento derivó también el surgimiento de un nuevo concepto de “play maker”, el base alto, el jugador total. Más ajustado al libreto, pero igualmente singular en su estilo, Isiah Thomas le puso tanto corazón a la profesión que los títulos y reconocimientos le llegaron por derribo. Los ochenta, a pesar de que los perros grandes seguían siendo los favoritos de los managers y entrenadores, supusieron, además de una época dorada para el baloncesto colectivo, la reconsideración del base como elemento central en la conformación de un equipo ganador, algo que también tuvieron presente los Sixers del 83, con Maurice Cheeks, y los Celtics de Larry Bird, con la siempre añorada presencia del ojeroso Dennis Johnson.

Los 90, por su parte, fueron años de silenciosa siembra y cosecha escueta. De arrimar el hombro y arar la tierra para que las generaciones venideras la encontraran, a la postre, bien ventilada y con la textura perfecta. Un equipo, los Bulls, dominó la competición jugando sin un base puro, colocando al otrora maestro de ceremonias en una esquina. Como fotógrafo, aunque en ocasiones jugaran papeles determinantes. El triángulo ofensivo diseñado por Tex Winter, y tan bien implantado por Phil Jackson, fue debilitando, uno a uno, los esfuerzos de Terry Porter, Kevin Johnson, Gary Payton y John Stockton por ganar un anillo a la vieja usanza, haciendo orbitar el juego en torno a su mando. También los de Moncrief, Mark Price o los del inconsciente John Starks. Lo intentaron, a su manera los “no hermanos” Hardaway; el pequeño y jugón, Tim, y el grande y no menos jugón, aunque de cristal, Penny. Ambos sin premio aparente.

Kevin Johnson, Gary Payton y John Stockton, cada uno con su particular estilo, abrazaron la llegada de Jason Kidd, otro hacedor incansable de triples dobles, un verdadero líder en la cancha que anticipó, a su vez, la irrupción de Steve Nash, consecutivamente nombrado MVP de la liga en 2006 y 2007. Ningún base de sus características –director de juego y principalmente asistente– se alzaba con el más importante galardón individual desde que lo hiciera el propio Bob Cousy en 1957, es decir, medio siglo antes. Porque me lo van a permitir sus fans, hablar de Allen Iverson, desde el máximo de los respetos, es hablar de otra cosa. De un gran jugador, de un excelso anotador, de un reclamo sin igual, pero no de un base.

Sólo pasarían cuatro años más hasta que Derrick Rose, otro base, se hiciera con el MVP. Su fichaje por los Chicago Bulls, procedente de la Universidad de Memphis, puso sobre el tablero un nuevo prototipo de “point guard” que vendría a ser una generación más avanzada de la que quisieron inaugurar Deron Williams o Chris Paul, aunque este recuerde más a los pequeños directores de juego de otras épocas. Ahora el base es ante todo un anotador que asiste, simplemente, porque lo marcan los sistemas o por necesidades del juego. Son el principal quebradero de cabeza de las defensas rivales, apenas preocupadas ahora por lo que puedan hacer los interiores. El juego, aunque los clásicos hablamos siempre de que lo preferible es la consecución de un equilibrio, ha ido desplazándose hacia el perímetro y toda construcción ofensiva, salvo excepciones, suele empezar desde la figura de un base o la de un alero que hace las veces (Lebron James, Kevin Durant).

De los viejos matchups entre Russell y Chamberlain, Hayes y Kareem, Olajuwon y Ewing o entre Erving y Bird, Bird y Wilkins, Jordan y Drexler, Jordan y Barkley o Lebron y Durant, hemos pasado a emparejamientos entre tipos de estatura y complexión más cercanas a las de un tipo normal. De ellos no sorprende su estatura, sino su desbordante talento para la generación y mantenimiento de las ventajas y para la ejecución explosiva y controlada de gestos técnicos a máxima velocidad. Los nuevos iconos del baloncesto son bases y estos son mis favoritos:

1. Stephen Curry. De anotador puro en Davidson a promotor del baloncesto más bonito y vertiginoso de la actualidad.

2. Chris Paul. El base de los Clippers es el que mejor interpreta el arte del pick and roll y el que mejor hace partícipe del juego a sus interiores.

3. James Harden. Si quiere hacer un tiro lo va a hacer. El más virguero manejador de balón tiene una zurda prodigiosa para el lanzamiento exterior y mil y un recursos para finalizar bajo aro o buscar el contacto y sacar una falta.

4. Tony Parker. El base del equipo campeón merece crédito por ese simple hecho. Los que hemos crecido viendo a estos Spurs reconvertirse y regenerarse a lo largo de los quince años que separan sus cinco anillos, debemos valorar el grado de madurez alcanzado por el parisino.

5. John Wall. Sus complicados antecedentes familiares hacen de él un fiero competidor. Poco a poco ha ido refinando su tiro en suspensión y su lanzamiento exterior.

Invitándoos a hacer vuestra propia lista me despido. No tienen por qué ser cinco. Pueden ser diez o quince. Afortunados o no, una realidad se alza incontestable ante nosotros: vivimos en el siglo de los bases.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

El mayor espectáculo del mundo





Llámenlo oportunismo si lo prefieren que yo hablaré de sentido de la oportunidad. Esta entrada llega cuando llega, en el momento preciso, en un estado de éxtasis difícil de describir con palabras, tras ver en diferido la última y mayor exhibición del mejor jugador de nuestros días: Kevin Durant. Sus 54 puntos suponen su récord anotador, pero es cuestión de tiempo que lleguen partidos con más de seis decenas. Durant anota sin compasión, aunque por compasión muchas veces se apiade de sus oponentes, de los entrenadores e hinchas rivales. Durant anota machando, tras parada y tiro, sobre una pierna por elevación, tras salir del bloqueo indirecto (generalmente un pin-down), encarando a los grandes tras deslizarse en torno a un bloqueo directo y también desde la larga distancia. La amplitud de su repertorio no encuentra parangón en nuestros días. Sólo Stephen Curry puede sacar un listín tan exhaustivo de recursos, pero claro, Dios no le dio el don de hacerlo desde una atalaya de 2 metros y 6 centímetros. 





Blasfemo, y lo hago convencido de que no cometo pecado alguno, al decir que Kevin Durant está en disposición de ponerse a la altura de Michael Jordan una vez finalice su carrera. Las diferencias en el juego apenas se encuentran en ataque (Jordan salía mejor por derecha y Durant por izquierda y Durant tiene un rango de tiro más amplio, mientras que Jordan se manejaba mejor en el poste medio) y cada vez menos en defensa (Jordan más hábil con las manos y más agresivo, aunque el de los Thunder cada vez está más implicado). Las demás sólo se pueden explicar en términos de carisma y mercadotecnia. Lógicamente los seis anillos constituyen una barrera casi infranqueable, pero estos Thunder parecen estar copiando la fórmula que engalanó el techo del United Center de Chicago en la década de los 90. Hasta Scott Brooks ha cambiado las lentillas por unas gafas muy parecidas a las de Phil Jackson e incluso Westbrook, a tenor de sus gestos, parece rendido a la misma evidencia a la que claudicó Scottie Pippen, es decir, que comparte cancha con el mejor jugador del planeta.



Entiendo ahora mejor los celos de Lebron James cuando afirma envidiar la libertad de lanzamiento (matización añadida a raíz de un comentario en twitter del fantástico periodista Gonzalo Vázquez @GVazquezNY) que observa en Kevin Durant. Sin duda, su estilo de juego es muy diferente, pero a Lebron convendría recordarle que su técnica individual y su talento ofensivo están lejos (en lugar de a años luz moderando en este caso mi discurso que no pretende ser contrario a un jugador al que admiro como es Lebron) de los que posee el alero de Washington. Sus palabras me recordaron a las declaraciones que Magic Johnson y Larry Bird se cruzaban allá en los ochenta, afirmando ambos que cada mañana desayunaban revisando las estadísticas del otro. Lo siento por Indiana y por los Spurs, pero en ese escenario para la leyenda en que se convierten a menudo las finales de la NBA, no deberían faltar ni el uno ni el otro. Porque si Magic y Bird dieron un impulso definitivo a la liga en un momento en el que las finales no se emitían en directo, Durant y Lebron también han contribuido a la enésima vuelta de tuerca de un espectáculo, el de la mejor liga del mundo, que se renueva gracias a que cuenta con una fuente inagotable de talento que reside, principalmente, en todos esos niños que asisten con la boca abierta a las gestas de sus ídolos.



Este año, gracias a ese genial invento del “league pass”, he podido revisar más partidos que ningún otro y puedo afirmar que cada noche, a lo largo de ocho meses, hay al menos un partido en el que merece la pena invertir unas horas de nuestra apretada agenda. Es el calendario, precisamente, uno de los grandes éxitos del modelo. Las estrellas de la liga, lesiones aparte, están citadas al menos dos veces al año en fechas seleccionadas a propósito (Navidad, Día de Martin Luther King, los jueves o viernes por la noche,...) en algo que no ocurre en el deporte fetiche de nuestra cultura europea. Sólo si hay suerte, Bayern de Munich, París Saint Germain, Real Madrid y Barcelona se cruzarán una o dos veces al final del año, es decir, puede que finalice una temporada sin que midan sus fuerzas Ribery y Cristiano, Ibrahimovic y Messi. Además, el hecho de que en el fútbol existan atacantes y defensores impide que se realice ese sueño húmedo de nuestra infancia que consistía en que Oliver Aton y Marc Lenders midieran sus fuerzas cara a cara. Es decir, el fútbol ha entendido, con el paso de los años, que su producto debe cubrir todos los días de la semana y todas las horas de los sábados y domingos para desgracia de las estrellas de la radio y los vendedores de transistores. Sin embargo, no ha comprendido el escaso interés que tiene el que el Barcelona le meta un saco al Getafe o el que el Málaga y el Valencia empaten a cero. Aun así, gracias a la inelasticidad de su demanda, al servilismo con el que los hinchas siguen a sus equipos, sea cual sea la mierda que éstos ofrezcan, el fútbol seguirá viéndose y dando lugar, además, a una industria del espectáculo tan de dudosa calidad como rentable.



No sé cómo me las arreglo, pero siempre termino hablando de fútbol, aunque mi tesis nada tenga que ver con el balompié y sí con la magnífica puesta en escena de un producto, el baloncesto, que tiene a bien presentarnos la NBA noche a noche desde finales de octubre hasta mediados de junio. Una puesta en escena, claro, que luce más y mejor cuando se anuncia la presencia frente al auditorio del mejor jugador del planeta, del, a fecha de 18 de enero, unánime MVP de la NBA: Kevin Durant. 





UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Eternamente jóvenes





La eterna juventud no depende de cremas antiarrugas o dietas milagrosas. La eterna juventud depende de la calidad de nuestros recuerdos y de las vivencias acumuladas en el zurrón de la memoria. Todos nosotros, al menos los que nos detenemos de vez en cuando a reflexionar sobre aspectos que no se compran con dinero, tenemos una época fetiche, una década en la que nos hubiera gustado vivir. Idealizamos, quizá por desconocimiento, momentos de nuestra historia en base a mitos que sobreviven en nuestro imaginario colectivo. Y en el imaginario colectivo del baloncesto, una época y dos iconos se elevan por encima del resto. Los ochenta: Magic y Bird. 

A Courtship of Rivals (Un noviazgo entre rivales), un documental con el sello HBO, nos presenta la relación entre ambos genios, los paralelismos y también las contradicciones de dos carreras que no se entenderían de manera separada. Probablemente, de no haber existido uno de los dos, las alforjas del otro estarían, hoy, aún más cargadas de títulos. Como las de Federer o Nadal o las de Ali o Frazier. ¿Hubieran optado Larry o Magic por haber ganado más anillos en ausencia del otro? La duda ofende.

A su grandeza, la de ambos, contribuyó lo singular de unos años marcados por las políticas conservadoras de Reagan y Bush y su contraste con los movimientos cívicos urbanos que tenían como leitmotiv principal la liberación de las clases sociales marginadas por un sistema cada vez más voraz. Por otro lado, los medios de comunicación se sofisticaban y se convertían en un cuarto poder omnipresente. El baloncesto, tras una larga década de hiberno (hasta las finales de la NBA se emitían en diferido), se convirtió en la verdadera atracción del país. Ni siquiera las hazañas de Montana pudieron competir con los duelos en la cumbre entre dos chicos de orígenes humildes llamados a dominar su deporte. 

En los ochenta la distancia aún suponía una barrera real. Las noticias volaban entre Los Ángeles y Boston a velocidad de paloma y el periódico aún debía leerse en papel. Allí, en los viejos papers, Magic y Larry buscaban con ansiedad las estadísticas de su rival (las de hace dos noches) mientras degustaban el primer café de la mañana. El hecho de que la tecnología aún fuera analógica dotó de romanticismo a sus duelos. Se encontraban dos veces al año en temporada regular y se citaban para la final. Se vigilaban en la distancia, se respetaban desde el silencio y, no nos equivoquemos, se odiaban dentro de la cancha. 

Aunque la prensa tratara de vender esta rivalidad como una contienda entre un negro y un blanco, entre el libertinaje hollywoodiano y el puritanismo de la añeja Nueva Inglaterra, Magic y Bird simplemente saltaban a la cancha para vencer. El baloncesto lo era todo en sus vidas y la victoria, claro, suponía una motivación más que suficiente. Sin embargo, pese a que la historia de Magic y Bird es la de una sucesión de contiendas deportivas que comienzan en la final del Torneo Universitario de 1979 y culminan en las finales de la NBA de 1987, su vida, la de ambos, no se explica sin atender a los momentos en que se cruzaron sus caminos y a los paralelismos que cimentan sus historias. Además de la falta de holgura económica durante su infancia, Magic y Bird gozaron de referentes familiares que dieron sentido a sus tempranas vidas, de entrenadores que apostaron por ellos, de compañeros de enorme talento que les ayudaron a ser lo que finalmente fueron. Ambos, además, se toparon con la adversidad al final de sus carreras. Los dolores de espalda de Larry mediatizaron sus últimos cuatro años de baloncesto; el contagio del V.I.H por parte de Magic le obligó a tomar la decisión más difícil de su vida: dejar el baloncesto. 

El uno, con la muñeca más perfecta que Dios ha creado, el otro, con la sonrisa más ancha que el mundo ha conocido. Demasiado perfectos para ser reales, demasiado perfectos para fusionarse. Barcelona y un cada vez más lejano 1992 fueron testigos de que nada es demasiado, de que a veces, en un mismo tiempo y lugar pueden coincidir dos fuerzas opuestas para rescatar al ser humano de lo anodino de su existencia y convertirle, de pronto, en una raza privilegiada y eternamente joven. Tanto, al menos, como sus recuerdos. 



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Tarde de clásicos





En determinadas materias, ya sean ciencia o arte, es difícil delimitar lo clásico de lo moderno, lo viejo de lo nuevo, el ayer del hoy. Los doctos en cada disciplina suelen recurrir a sucesos que a modo de hito marcaron, y marcarán para siempre, una frontera. Sin embargo, ni siquiera los cambios de paradigma en la pintura, la música, la literatura o el cine pueden evitar que haya autores que apuesten por recuperar viejos cánones estilísticos o narrativos, que haya, en definitiva, una mezcla de estilos tan enriquecedora para el propio arte como fastidiosa para quienes lo pretendemos entender desde una postura mucho más simplista.

Sería cuanto menos osado, si no pedante, pretender dividir en períodos la corta vida de un deporte cuyas reglas se sentaron hace poco más de un siglo y cuyo desarrollo profesional acaba de alcanzar la otrora edad de jubilación. Sin embargo, 65 años de NBA y 55 de baloncesto profesional en España han dado mucho de sí y es posible, sin caer en el exceso, hablar de rivalidades clásicas, de duelos con sabor añejo que elevan la categoría de deporte un peldaño más allá. Y es que los duelos entre Lakers y Celtics por un lado y Barcelona y Real Madrid, por otro, han mantenido su interés a lo largo de las décadas con independencia de que se jugaran con o sin reloj de posesión, con o sin línea de tres puntos, en pabellones de madera o en recintos que desafían las leyes de la gravedad. Estos partidos son clásicos porque, además, oponen maneras diferentes de entender la política, el juego o la propia vida. 



Es difícil establecer símiles entre realidades tan distintas. Admitiendo la pluralidad intrínseca de España sigue resultando arriesgado comparar dicha diversidad con la que podemos atisbar en un país que es casi un continente. Y si Madrid y Barcelona siempre se han presentado a sí mismas como polos opuestos, Boston y Los Ángeles pertenecen a dimensiones diferentes. En ambos casos se percibe cómo, en cada caso, una de las dos ciudades representa el cosmopolitismo, la liberalidad y el progresismo, mientras que la otra parece defender, aunque a veces las apariencias engañan, la moralidad, el patriotismo y una visión más conservadora tanto de lo público como de lo privado.

En cualquier caso, lo que convierte en clásicos a los duelos que disfrutaremos esta tarde y noche en la Península, es que en ellos se verán las caras los equipos más laureados de ambas ligas, los verdaderos dominadores del baloncesto a uno y otro lado del océano. La Historia nos dice que Barcelona y Lakers gobernaron la rivalidad en sus inicios (años 40, aunque en España sólo se disputaba la Copa) y que después fueron Real Madrid y Celtics los que maniataron al conjunto de la competición (años 60 y 70). Pero si hay que rescatar una época, si hay que definir un período como el más brillante de la historia del baloncesto, éste sería la década de los 80. Y es que en los 80 tanto Real Madrid como Barcelona, tanto Celtics como Lakers, nos brindaron partidos históricos, peleas (algunas literales) y batallas para el recuerdo. En aquellos tiempos Solozábal y Corbalán nos mostraron que hay diferentes maneras de jugar en la posición de base, Epi, Jackson, Sibilio o Petrovic que hay mil formas de matar y Martín y Norris que nada es suficiente cuando se trata de defender tu orgullo y el de todo un equipo. Al mismo tiempo, Ramón Trecet, Héctor Quiroga y Esteban Gómez, nos hicieron soñar cada noche retransmitiendo los enfrentamientos deportivos entre un paleto de Indiana, Larry Bird, y un humilde chico de Michigan que dormía siempre con un balón, Magic Johnson. Bueno, sin olvidarnos de las mil maneras que trató de inventar Robert Parish para frenar a Kareem, de las finalizaciones de contraataque de James Worthy o el juego de pies en el poste de Kevin McHale. 




El epílogo en ocasiones trágico (muerte de Petrovic y Martín, contagio del virus VIH de Magic) de estos mitos dio la bienvenida a un nuevo período de prosperidad tanto en Los Ángeles como en Barcelona. En estos últimos veinte años ambos conjuntos han estrechado el cerco que les separaba a nivel de títulos respecto a sus particulares némesis (aunque hay que resaltar la diferencia aún notable entre las 30 ligas del Real y las 17 del Barcelona, así como entre las 8 Copas de Europa de los blancos y las 2 de los azulgrana).

Esta noche, aunque la nostalgia pretende atraparnos, el presente, y su aire pragmático, será el que marque el desenlace de ambos encuentros. En Vitoria todo parece indicar que será una cuestión de ritmo. A muchas posesiones el Barcelona sólo puede ganarle al Madrid una vez de cada diez y esa vez ya ocurrió. Centrarán la atención, cómo no, el choque entre Lorbek y Mirotic, el daño que pueda hacerle Tomic a un juego interior blanco corto de centímetros o los recursos que utilizarán ambos entrenadores para limitar el daño que determinados jugadores puedan causarles. Estoy pensando en Mickeal y Navarro por parte del Barcelona y en Llull o Sergio Rodríguez atacando a Huertas o Rudy y Carroll castigando al propio capitán culé.

En el Garden de Boston colisionan dos equipos en busca de una identidad que se muestra cuanto menos difusa. Los Celtics encadenan cinco victorias consecutivas desde que se confirmara la lesión de ligamento cruzado de Rondo. Y yo, aun siendo un defensor del talento de este base, creo que hay una cierta relación causal. Ahora hay cinco jugadores que defienden, no cuatro que se multiplican por el capricho de ir a robar balones del quinto. Ahora hay cinco jugadores que intervienen en ataque cuando antes eran dos, Rondo y al que le diera el pase para tirar después de quince segundos botando. Dicen los jugadores que no juegan mejor por la lesión de su base, sino porque están jugando para dedicarle las victorias. Sin embargo, recuerdo un equipo, el del 2008, con Rondo como actor secundario, que cosechó 66 victorias en temporada regular y un anillo. Y aunque no sea 2008 y las piernas pesen mucho más, prefiero esta versión.

Como deberían preferir en los Lakers un quinteto con Gasol como único referente interior. Con él la bola fluye, circula, entra dentro, sale fuera. Con él pierden intimidación atrás, pero son un equipo más feliz. Y es que ver a tu hombre alto lanzar por debajo del cincuenta por ciento desde la línea de tiros libres debe de ser cuanto menos frustrante. D´Antoni se encontró con dos de los mejores pívots del campeonato y aun así puso sus principios por delante para no cambiar la hoja de ruta. Cuatro abiertos. Con tanto talento, me atrevo a apostar por que Groucho Marx ya tendría al equipo angelino en playoffs. La fortuna para el italiano, que no para los seguidores de la franquicia, es que Gasol estará seis semanas de baja siendo éste un buen pretexto para empaquetarlo en un traspaso.

Aun con la baja de Pau no me atrevo a hacer vaticinios. Lo haría si fueran dos choques corrientes, dos partidos más en el medio de una temporada. Pero no. Son clásicos y en los clásicos, perdónenme la perogrullada, gana el equipo que mete más puntos. 



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Desandando el camino






“Caminante, son tus huellas el camino y nada más...”

Si en tierras castellanas a alguien, en medio de una conversación sobre el fútbol, el toreo o la vida misma, le da por decir “el poeta”, todos sabrán que éste, el poeta, no puede ser otro que Antonio Machado. Y desde esta estepa salpicada de pequeños oasis y rodeada de vastas montañas a la que cantó el poeta quisiera desearos un feliz año 2013 repasando lo que el 2012 nos dejó en forma de huellas que los vientos del presente intentarán borrar.



Y como este blog pretende ser un pequeño cuaderno donde expongo mi inexperta visión sobre el baloncesto seleccionaré de entre todas esas huellas las que tienen relación con este nuestro deporte. Y de entre ellas, a su vez, rescataré las que fueron producto de acontecimientos improbables, de actuaciones heroicas que sobresalieron, en su momento, sobre la anodina mar de mediocridad en la que nos bañamos habitualmente.



La primera gran batalla baloncestística del año se libró en el Palau Sant Jordi. El Barcelona se presentaba como gran favorito a la cita copera y sin embargo, de la mano de un Llull muy acertado y de un Carroll inspiradísimo el Real Madrid recuperó el trono y nos hizo a muchos, la gran mayoría, madrugar al día siguiente para pedir perdón por menospreciar sus opciones.






Otra copa, la de la reina, coronó a las chicas del Perfumerías Avenida en una mañana de marzo en la que todo hacía indicar que sería Ros Casares el equipo vencedor. Aquel cuento de la cenicienta inauguró una serie de posts dedicados al baloncesto femenino en los que repasamos la confrontación de modelos entre los finalistas de la Copa de Europa, Ros y Rivas, la posterior caída del rascacielos valenciano y también, cómo no, la increíble carrera de la mejor entrenadora de baloncesto que ha conocido este mundo, Pat Summit, a raíz de su retirada de los banquillos como consecuencia del Alzheimer.









Fue durante la primavera, también, cuando hallé el tiempo necesario para repasar acontecimientos históricos y rememorar figuras que deben traspasar el tránsito de las generaciones. Empecé con el cuento que las madres de Philadelphia leen cada noche a sus hijos durante la estación florida y seguí con el legado que la Universidad de Georgetown fabricó durante los años 80 con repercusiones que fueron mucho más allá del simple baloncesto. A su vez, imbuido por el panorama sombrío que se cierne sobre nuestras cabezas, quise comprobar las lecciones que nos dejó el pasado para intentar no incurrir en los mismos errores.












Un 14 de mayo, no como cualquier otro, el Olympiakos se alzó con el título de la Euroliga despertando entre los griegos un sentimiento casi olvidado. Aquel mágico final supuso el prólogo de una mágica sucesión de noches que supuso el fin de equipos mal construidos y tríos para el recuerdo, así como el nacimiento de una rivalidad colectiva y personal que desembocó en la explosión definitiva del jugador más determinante del baloncesto actual, Lebron James, quien reconoció haberse centrado, únicamente, en regresar a lo más básico.











Mientras tanto, en España, un triple mezcla de genialidad y fortuna y una sorprendente zona durante el cuarto partido de las finales, posibilitaron que el Barcelona se hiciera de nuevo con el título de liga. Aquella tarde, como si se tratara de una jornada electoral, todos salieron ganando. Y en realidad fue así porque si el equipo culé engrosaba su palmarés el Real dejaba marcado el estilo que le ha de guiar durante los próximos años. La apuesta es buena. Habrá que ver si ganadora.






La llegada del verano con sus tonos tostados y su calor abrasador me dejó, en lo personal, una fantástica experiencia durante el curso de entrenador que realicé en Valladolid. A nivel más general, por su parte, fue el verano de los Juegos de Londres y sus diecisiete medallas y media. Fue el verano en el que España ganó sin nueve y en el que Estados Unidos prescindió del cinco.








Carentes de fecha de caducidad. Así son los genios sobre los que escribí intentando no dejar en evidencia la distancia que nos separa. Tres grandes pasadores y un brutal finalizador, ídolo, por cierto, del más grande deportista de todos los tiempos, de un Michael Jordan al que también quise rendir homenaje recordando la figura más influyente de su vida, la de su padre.



Regreso al futuro (Magic Johnson)


El camarero (Toni Kukoc)



 



Numerosas horas frente a la inquisitiva pantalla han merecido la pena. La elipse que dibuja nuestro planeta alrededor de la estrella se cierra y en este viaje muchos sois los que me habéis acompañado a través de vuestros comentarios o con una simple visita. Sed felices y pensad que no hace falta que termine un año para hacer balance, que cada día la Tierra gira sobre sí misma, que cada minuto muere una persona a causa del injusto reparto de lo material, como consecuencia de una visión que en un espacio tridimensional quiso colocar al norte por encima del sur, al blanco por encima del negro y al Dios dinero por encima del esclavo amor.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Fuego cruzado en LA





Preguntado Mike D´Antoni por la no presencia de Pau Gasol en el último cuarto del partido que enfrentó a los Lakers con los Memphis Grizzlies espetó algo así como: “Simplemente pensé: me gustaría ganar este partido”. Dos noches antes, tras perder contra Sacramento en un partido en el que Gasol sufrió a nivel atlético reconoció que el problema del jugador de Sant Boi es que “no tiene piernas”.

Pau Gasol, por su parte, tras admitir que su condición física ha de mejorar para adaptarse al sistema ofensivo (más bien ausencia de) que propone su nuevo entrenador, se quejó de que todas sus opciones de anotación se den a cinco metros del aro o tras pick and roll. Reclama, de manera bastante explícita balones en su hábitat natural, la zona. Y es que el Gasol de ahora no es el mismo que el que llegó a la liga hace más de once años. Hoy en día su juego es el de un cinco talentoso que sabe pasar y que de vez en cuando, no siete veces por partido, puede lanzar desde fuera.

Cabe suponer que D´Antoni está jugando a ser Phil Jackson picando a Gasol con sus comentarios en ruedas de prensa y medios de comunicación. Debe olvidar, imagino, que no tiene los mismos galones ni la misma reputación que el Maestro Zen y que a Gasol, toda esta clase de mensajes motivadores cada vez le agradan menos. Más le valdría al orgulloso inventor del “run and gun” reflexionar sobre la adaptación de éste a una plantilla veterana sobrada de kilos y falta de tiradores puros. Quizá debiera revisar los partidos de los Lakers de Phil Jackson haciendo coincidir a Pau con Bynum sin detrimento alguno para las opciones ofensivas de ambos. No estaría mal, tampoco, que echara un vistazo a la manera en que Sergio Scariolo consiguió acoplar en un mismo quinteto a los dos hermanos Gasol.

En fin, claro, tampoco estaría de más que Gasol adquiriera en su etapa de madurez como jugador, la ética y disciplina de trabajo de algunos de sus rivales en el poste medio. Garnett y Duncan, con unas cuantas primaveras más que el español, se machacan cada verano para llegar en perfectas condiciones a la competición. Para ellos, no por casualidad, el tiempo no transcurre tan deprisa. Para Gasol, en cambio, cada transición es como un puñal que se va clavando poco a poco en sus entrañas produciendo una merma notable en sus porcentajes de tiro y en su clarividencia durante el juego.

No soy el primero ni seré el último que piense esto, pero en LA soplan aires de cambio. Magic Johnson habla de Josh Smith, Mike D´Antoni se la prefiere jugar con un quinteto bajito y Gasol reclama balones dentro para jugar de espaldas al aro. Blanco y en botella... Traspaso. Traspaso, pero no de cualquier manera. Los Lakers quieren un jugador que pueda correr la cancha y lanzar desde fuera. Gasol, claro, ir a un equipo con aspiraciones al título. Los General Managers, por su parte, pondrán muchas pegas para asumir un contrato de más de año y medio a razón de casi veinte millones la temporada. Que no lo duden ni un segundo en LA. El Pau Gasol que un día les convirtió en candidatos a todo aún tiene la capacidad de generar el mismo efecto en unas cuantas franquicias de la NBA. Que se lo piensen muy bien. 



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