Hoy,
que apura el mes sus últimas lluvias (esperemos) y amenaza mayo con
polinizar las zonas verdes de nuestras ciudades, he decidido hacer un
repaso de los últimos acontecimientos. No me pidan ir en orden, pues
se mezclan en mi cabeza sanciones federativas, eliminaciones sonadas,
lesiones y cánones. Las noticias se sucedían con tal cadencia que
hubiera hecho falta dedicación exclusiva para no ser sobrepasado por
su volumen.
Perdió
el Madrid, frente a Fenerbahce, y no podrá defender su título en
Berlín. Perdió en agosto, al planificar la plantilla y no saber
suplir la baja de Slaughter ni añadir centímetros a la ausencia de
Bourousis. Perdió en octubre, jugando copas intercontinentales y
amistosos contra equipos NBA, renunciando con ello a hacer una buena
pretemporada. Desde entonces todo han sido palos de ciego,
inconsistencia y arreones de talento sin orden ni concierto.
Demasiado corazón, poca cabeza.
Cayó
el Barcelona, frente al Lokomotiv, exigiendo un nuevo esfuerzo a sus
seguidores para mantener la paciencia. Xavi Pascual sabe de qué va
esto, conoce toda la geometría que encierra el baloncesto, el
conjunto de redes y nodos que se tejen en un partido, pero a sus
equipos siempre les falta algo: pasión.
El Tribunal de la Competencia resolverá en pocos días anulando el canon de ascenso a la ACB. La justicia dirá en términos jurídicos
lo que al ciudadano de a pie llevaba años saltándole a la vista.
Entre cánones, fondos de ascensos y descensos, avales y, por
supuesto, IVA, los clubes que ascendían por primera vez a la ACB
debían reunir 7,5 millones para hacerlo. Para más inri, el dinero
procedente del canon se repartía directamente entre los clubes
miembros como compensación a los esfuerzos que estos han venido
realizando para el mantenimiento de la competición, es decir, no
eran reinvertidos en beneficio de la competición, en su difusión o la mejora de la calidad. El canon era ante todo una barrera de entrada
al mercado profesional de baloncesto. Una anomalía.
Tengo claro que España participará en los Juegos Olímpicos de Río. Se
ganó su plaza conquistando el campeonato de Europa en tierra hostil
y allí estará a pesar de las amenazas de la FIBA de castigar a la
FEB por no haber sido contundente con los clubes que han firmado ya
su compromiso con la Euroliga y la Eurocup, competiciones gestionadas
por la ECA, una organización que según la FIBA impide la
participación de ciertos clubes y de ciertos países y que no cumple
con unas mínimas normas de transparencia. No sé quién tiene razón
en todo este asunto ni cómo se resolverá la cuestión, pero España
participará en Río soñando con el oro que le fue esquivo en Pekín
y Londres.
Perdieron los Celtics y están eliminados. Tras doscientas posesiones el
talento se convierte en un factor desequilibrante y ni la dinámica,
ni el apoyo incondicional de la Bombonera del baloncesto, el TD Garden, son
suficientes. Atlanta Hawks es mejor equipo y juega mejor baloncesto
porque tiene mejores jugadores, más amenazas exteriores, más
centímetros en la zona y mejor rotación. Para los verdes llega un
verano clave, el que definirá si el período de reconstrucción ha
llegado a su fin o si serán necesarios nuevos parches. El peso de la
historia y la presencia de un gran entrenador deberían ser
atractivos suficientes para la llegada de ese talento que tanto hemos
echado de menos.
Las
lesiones de Paul y Curry han cambiado el panorama de los playoffs. La
de Paul, sumada a la de Griffin, es devastadora; ningún equipo de la
NBA actual podría sobrevivir en la postemporada sin la participación
de sus dos mejores jugadores. La de Curry simplemente introduce
incertidumbre. No sabemos cuándo volverá y hasta dónde podrían
llegar los Warriors sin la presencia del MVP. Parece que Portland, si
concreta su pase frente a Clippers, no será rival, pero tanto los
Spurs como los Thunder se presentan como un negro horizonte para los
de la Bahía si Curry no llega a tiempo para desestabilizarlos con su
inconsciencia controlada.
Y
así se fue abril, su segunda quincena. Y así amanece mayo, el mes
en el que veremos si Baskonia puede sorprender en la Final Four, si
Curry vuelve a tiempo, si Popovich tiene la varita y si, como todo
parece indicar, los Cavs se presentan como alternativa en el Este.
Como
todos los años, pocos días antes del comienzo de la temporada, la
NBA publica una encuesta en la que los General Manager son
interrogados acerca de lo que piensan que puede acontecer en estos
próximos siete meses de vértigo baloncestístico. En un ejercicio
de extrema osadía voy a jugar a “experto” para tratar de
desentrañar las razones de estos profesionales y para añadir, a
continuación, las mías.
¿Qué
equipo ganará la NBA 2016?
Cleveland
Cavaliers 53,6% San Antonio Spurs 25% Golden State Warriors
17,9%
Media
liga piensa que de no haber mediado las lesiones de Kyrie Irving y
Kevin Love, los Cavaliers se hubieran impuesto en las finales del año
pasado. Por lo tanto, si las circunstancias respetan a los chicos de
Blatt, todo vuelve a apuntar a ellos como favoritos. Son también los
míos.
¿Quién
ganará la Conferencia Oeste?
Golden
State Warriors 51,7% San Antonio Spurs 41,4% Oklahoma City
Thunder 6,9%
El
respeto al campeón es un lugar común en la cultura deportiva
norteamericana. Los Warriors ofrecen motivos para seguir confiando en
ellos, pero en mi opinión los Spurs, con las incorporaciones de
Lamarcus Aldridge y David West, tienen más papeletas.
¿Quién
ganará el MVP?
Lebron
James 39,3% Anthony Davis 25% Kevin Durant y James Harden
10,7%
Los
General Manager siguen considerando que el mejor jugador libra por
libra de la liga parte como principal favorito para ser reconocido a
final de temporada con el galardón. Para ello sus Cavaliers deberán
realizar una gran temporada regular. Y, sinceramente, una vez
superada la adaptación inicial, tras una campaña modesta, con los
jugadores lesionados recuperados y con Lebron especialmente airado
por haber perdido una nueva final, lo lógico es que los Cavs superen
ampliamente las sesenta victorias y ello, salvo sorpresa, será
suficiente para que Lebron sea proclamado como lo que es, el Jugador
Más Valioso de la Liga.
Si
fueras el General Manager de una nueva franquicia, ¿a qué jugador
ficharías?
Anthony
Davis 86,2% Kevin Durant 6,9% Lebron James 6,9%
Resulta
complicado desmentir el parecer generalizado de tipos que se juegan
el gaznate gestionando el dinero de otros. El ala pívot de los
Pelicans mejora tanto cada año que es difícil realizar una
proyección realista ante tan desmesurado potencial.
¿Quién
es el mejor base de la liga?
Stephen
Curry 55,2% Chris Paul 24,1% Russell Westbrook 17,2%
La
opinión mayoritaria coincide con mi gusto personal. Sin la lectura
de situaciones de Paul y sin las cualidades físicas de Westbrook,
Curry nos recuerda con cada despliegue de gestos sobre bote, de pases
a una mano y de lanzamientos desde cualquier ángulo, que la técnica
individual es la principal salvaguarda del talento frente al "homo gymnasium".
¿Quién
es el mejor cinco de la liga?
Marc
Gasol 65,5% DeMarcus Cousins 13,8% Tim Duncan y Anthony Davis
6,9%
Todos
los nombres aquí citados me parecen merecedores de estar donde
están. Pero para mí el mejor center de la liga es Pau Gasol, mucho
más dotado que Marc de espaldas al aro, mucho mejor conocedor del
juego que Cousins, mucho más protagonista en estos momentos que un
Tim Duncan reservado para ocasiones especiales y mucho más cinco de
lo que lo va a ser Anthony Davis en esta temporada.
Pues
sí, todo parece indicar que este clon de Tim Duncan, aunque sin su
capacidad atlética, será el novato del año. Philadelphia ofrece un
contexto perfecto para el lucimiento y, en su competencia directa con
el ala pívot dominicano de los Timberwolves, Okafor parece estar más
hecho en estos momentos.
¿Quién
es el mejor jugador internacional fuera de la NBA?
Creo
que en este caso, los general manager juzgan el potencial del croata
por encima de los logros obtenidos por los otros jugadores
mencionados y algunos otros que recibieron votos pero que quedaron
fuera de este podio. Para mí, sinceramente, cualquiera de los
exteriores del Real Madrid, vigente campeón de Europa, son mejores
que el ala pívot de Efes o que el inconsistente talento serbio del
CSKA.
Hacía
mucho que no sentía, a la finalización de un partido, la pulsión
irrefrenable de sentarme frente a las teclas de un ordenador para
relatar los sentimientos que se han congregado en torno a la lucha de
dos grandes equipos, los Spurs y los Clippers, en el séptimo partido
de una eliminatoria que, como les gusta decir del otro lado del
Atlántico, se ha convertido en un “Instant Classic”.
Coincidiendo
con la Batalla del Siglo, el Staples Center, de aspecto más bien
futurista, ha viajado en el tiempo para hacer las veces de coliseo.
Desde el comienzo, el pueblo angelino, con el pulgar hacia abajo,
exigía la ejecución del campeón. Sin embargo, los de negro –y en
especial Tim Duncan–, apelando al espíritu de los Rockets del 95,
decidieron rebelarse contra todos aquellos factores que jugaban en su contra (incluido el tiempo) para disputar, seguramente, el mejor
partido hasta la fecha.
Sin
embargo, los paralelismos se hacen aún más evidentes con la Guerra
de Troya y con la crónica más o menos fantasiosa que de ella nos
legara Homero, quien quiera que fuese éste, a través de la Ilíada.
Y es que por momentos, durante las idas y venidas en el marcador,
pareció que el combate entre ambas potencias nunca terminaría pues
resultaría imposible, como sucediera en la lucha que mantuvieron de sol a sol
Áyax y Héctor, determinar el ganador.
Del
mismo modo, no resulta difícil identificar como supercherías
alejadas de cualquier forma de honor en la batalla, tanto la
construcción del caballo de troya (mencionado en la Odisea) como el
empleo del Hack-a-Jordan por parte de Gregg Popovich. Quizá los
griegos, como pareció evidente en el caso de los Spurs, sintieran
que no había otra manera de desmantelar las líneas enemigas sino a través de argucias alejadas de la lucha frente a frente. Lo
cierto es que ambas artimañas vienen a demostrar que la defensa de
los valores queda suspendida en tiempos de guerra.
Urge,
sea como fuere, una revisión del texto homérico. Y es que en el
héroe troyano Héctor, (nombre que viene a significar “el que
sostiene” o “el que defiende”) en su astucia y en su concepto
de la venganza deportiva, veo a Chris Paul. Más aún cuando este se echó la
mano a la parte posterior del muslo advirtiendo una lesión muscular
de la que solo resta conocer su alcance. Entonces, Paul, abandonado
por su tradicional protector Apolo, tras verter lágrimas de rabia en el parqué, decidió seguir en la lucha aun
sabiéndose tocado físicamente. Tony Parker, cual Aquiles, no tardó en atacarlo y Patty Mills lo defendió toda la cancha
tratando de menguar aún más su condición. Su cuerpo, como el
cadáver de Héctor, fue arrastrado durante minutos que parecieron
días, pero cuando el desánimo empezaba a echar raíces entre las filas de los Clippers, Héctor, desafiando a la lógica biológica y al mito, resucitó. El 2 de mayo de
2015 la guerra la ganó Troya y Héctor salió a hombros de sus
compañeros tras haberse ganado el respeto de todas las gentes de su
tiempo gracias a una actuación que va más allá de unos números ya de por sí espectaculares (27 puntos) y de una fantástica canasta ganadora. Y no hará falta que ningún Schliemann deambule en la búsqueda de los restos pues aquí, y en muchas otras bitácoras (lástima que solo en una pequeña reseña de la prensa digital española) quedará registrada la hazaña para siempre.
Pero
la historia no se detiene y ante nosotros, en breves horas, se abre
el espectáculo de las Semifinales de Conferencia. Tres
enfrentamientos coinciden con los pronósticos realizados desde este
blog. El que enfrentará a Rockets y a Clippers demanda, sin embargo,
un nuevo diagnóstico. A la vista de lo sucedido anoche mi corazón
se inclina sin pudor hacia los pupilos de Doc Rivers, pero la razón
dice que el desgaste de los angelinos, lesión de Paul incluida, y la
mayor presencia física de los de Houston, en comparación con la que
presentaban los Spurs, hacen favoritos a los tejanos. Ahora bien, ¿quién se
atreve a apostar en contra del nuevo Héctor redivivo que ha osado
reescribir una de las leyendas mejor asentadas de la civilización
occidental? Yo no, desde luego. Gloria al héroe.
La
NBA es una especie de organismo en continua transformación. En sus
cerca de setenta años de historia la liga ha atravesado casi tantos
estadios de desarrollo como el hombre en su cienmilenaria evolución.
De once equipos, un par de divisiones y unas modestas aspiraciones de
escala local y regional hemos pasado a treinta franquicias, seis
divisiones y una repercusión internacional indiscutible que la
convierte en uno de los faros más luminosos de esta nuestra aldea
global. Sirva también, como ejemplo, el devenir del asunto racial,
en el que la NBA no sólo ha caminado de la mano de los tiempos, sino
que lo ha hecho siempre un paso por delante, enarbolando la causa de
la igualdad no sólo con mensajes pomposos y grandilocuentes, sino a
través de filantrópicos programas como el “Read to Achieve” o
el “NBA Cares”. Lo mismo podríamos afirmar en relación con la
geografía, el modelo de negocio, las reglas de juego o etiqueta y
muchas otras dimensiones anejas al deporte y que se hallan en
constante proceso de transformación y adaptación. Pero hoy quiero
centrarme en el puro y duro baloncesto, hablar de la profesión de
base y, para hacer buena esta introducción, lo haré especialmente
de su diacrónica progresión.
Digo
profesión porque ser base implica ser jugador de baloncesto y algo
más. El jugador de baloncesto puede driblar, lanzar, pasar,
rebotear, taponar, robar balones, ayudar en defensa,... El base debe
poder hacer todo eso y, al mismo tiempo, escrutar cada movimiento del
rival, comprender la psicología de su entrenador y de todos y cada
uno de los compañeros y oponentes. El base debe entender de
momentos, llevar los tiempos, minimizar errores, interpretar los
espacios, acaudillar a su pueblo y no rendirse nunca. Geómetra y
metrónomo, batuta y trompeta y, hasta los últimos años, generoso
secundario de lujo. Todos estos sustantivos han venido definiendo a
los mejores bases de la historia. Hasta el inicio del tercer milenio.
Hasta
los años 70 la liga estuvo sometida al dominio de los hombres
grandes. Primero fue Mikan y a continuación, compartiendo de manera
desigual fama y títulos, llegaron Bill Russell y Wilt Chamberlain.
No pudo Elgin Baylor ganar un anillo. Tampoco Jerry West sin la
presencia de Wilt ni The Big O, Oscar Robertson, uno de los mejores
bases de la historia, sin la ayuda de un aún imberbe Lewis Alcindor,
Kareem Abdul Jabbar. En aquel entonces un siete pies móvil era
conditio sine qua non para aspirar al anillo. De ahí que
fuera tan necesaria, y milagrosa, la inesperada aparición de Willis
Reed en el séptimo partido de la final de 1970.
Sólo
el nombre de un base, si exceptuamos la rara y ambivalente condición
de Oscar Robertson (Mr Triple Doble), trascendió a la altura de las
más rutilantes estrellas del campeonato. Ése es Bob Cousy, el
Houdini del parqué, el base de los primeros Celtics campeones y uno
de los abanderados del concepto de entretenimiento. Pero, no nos
engañemos, los Celtics siguieron dominando el campeonato sin sus
pases de fantasía y su manejo de balón más propio de un trilero.
Algo
así como un base. Eso era Oscar Robertson y también podríamos
definir de esta manera a Walt Frazier, el icono más laureado de los
Knicks, una especie de efigie viviente de la gloria ya lejana de los
de Nueva York. Una mezcla extraña fue también Earl, “The Pearl”,
Monroe, pero, sea como fuere, la década de los setenta vino a
consolidar las figuras de los aleros (Rick Barry, John Havlicek,
Julius Erving, Bob McAdoo,...) y los pívots (Elvin Hayes, Kareem
Abdul Jabbar, Bill Walton, Moses Malone,...) relegando la presencia
de los bases a un papel más bien testimonial.
Todo
cambió en los 80. Nacido en Lansing, Michigan, Earvin Magic Johnson
redefiniría las reglas del juego del baloncesto y los cánones
clásicos de la belleza. De la reducción al absurdo que supuso su
advenimiento derivó también el surgimiento de un nuevo concepto de
“play maker”, el base alto, el jugador total. Más ajustado al
libreto, pero igualmente singular en su estilo, Isiah Thomas le puso
tanto corazón a la profesión que los títulos y reconocimientos le
llegaron por derribo. Los ochenta, a pesar de que los perros grandes
seguían siendo los favoritos de los managers y entrenadores,
supusieron, además de una época dorada para el baloncesto
colectivo, la reconsideración del base como elemento central en la
conformación de un equipo ganador, algo que también tuvieron
presente los Sixers del 83, con Maurice Cheeks, y los Celtics de
Larry Bird, con la siempre añorada presencia del ojeroso Dennis
Johnson.
Los
90, por su parte, fueron años de silenciosa siembra y cosecha
escueta. De arrimar el hombro y arar la tierra para que las
generaciones venideras la encontraran, a la postre, bien ventilada y
con la textura perfecta. Un equipo, los Bulls, dominó la competición
jugando sin un base puro, colocando al otrora maestro de ceremonias
en una esquina. Como fotógrafo, aunque en ocasiones jugaran papeles
determinantes. El triángulo ofensivo diseñado por Tex Winter, y tan
bien implantado por Phil Jackson, fue debilitando, uno a uno, los
esfuerzos de Terry Porter, Kevin Johnson, Gary Payton y John Stockton
por ganar un anillo a la vieja usanza, haciendo orbitar el juego en
torno a su mando. También los de Moncrief, Mark Price o los del
inconsciente John Starks. Lo intentaron, a su manera los “no
hermanos” Hardaway; el pequeño y jugón, Tim, y el grande y no
menos jugón, aunque de cristal, Penny. Ambos sin premio aparente.
Kevin
Johnson, Gary Payton y John Stockton, cada uno con su particular
estilo, abrazaron la llegada de Jason Kidd, otro hacedor incansable
de triples dobles, un verdadero líder en la cancha que anticipó, a
su vez, la irrupción de Steve Nash, consecutivamente nombrado MVP de
la liga en 2006 y 2007. Ningún base de sus características
–director de juego y principalmente asistente– se alzaba con el
más importante galardón individual desde que lo hiciera el propio
Bob Cousy en 1957, es decir, medio siglo antes. Porque me lo van a
permitir sus fans, hablar de Allen Iverson, desde el máximo de los
respetos, es hablar de otra cosa. De un gran jugador, de un excelso
anotador, de un reclamo sin igual, pero no de un base.
Sólo
pasarían cuatro años más hasta que Derrick Rose, otro base, se
hiciera con el MVP. Su fichaje por los Chicago Bulls, procedente de
la Universidad de Memphis, puso sobre el tablero un nuevo prototipo
de “point guard” que vendría a ser una generación más avanzada
de la que quisieron inaugurar Deron Williams o Chris Paul, aunque
este recuerde más a los pequeños directores de juego de otras
épocas. Ahora el base es ante todo un anotador que asiste,
simplemente, porque lo marcan los sistemas o por necesidades del
juego. Son el principal quebradero de cabeza de las defensas rivales,
apenas preocupadas ahora por lo que puedan hacer los interiores. El
juego, aunque los clásicos hablamos siempre de que lo preferible es
la consecución de un equilibrio, ha ido desplazándose hacia el
perímetro y toda construcción ofensiva, salvo excepciones, suele
empezar desde la figura de un base o la de un alero que hace las veces
(Lebron James, Kevin Durant).
De
los viejos matchups entre Russell y Chamberlain, Hayes y Kareem,
Olajuwon y Ewing o entre Erving y Bird, Bird y Wilkins, Jordan y
Drexler, Jordan y Barkley o Lebron y Durant, hemos pasado a
emparejamientos entre tipos de estatura y complexión más cercanas a
las de un tipo normal. De ellos no sorprende su estatura, sino su
desbordante talento para la generación y mantenimiento de las
ventajas y para la ejecución explosiva y controlada de gestos
técnicos a máxima velocidad. Los nuevos iconos del baloncesto son
bases y estos son mis favoritos:
1.
Stephen Curry. De anotador puro en Davidson a promotor del
baloncesto más bonito y vertiginoso de la actualidad.
2.
Chris Paul. El base de los Clippers es el que mejor interpreta
el arte del pick and roll y el que mejor hace partícipe del juego a
sus interiores.
3.
James Harden. Si quiere hacer un tiro lo va a hacer. El más
virguero manejador de balón tiene una zurda prodigiosa para el
lanzamiento exterior y mil y un recursos para finalizar bajo aro o
buscar el contacto y sacar una falta.
4.
Tony Parker. El base del equipo campeón merece crédito por
ese simple hecho. Los que hemos crecido viendo a estos Spurs
reconvertirse y regenerarse a lo largo de los quince años que
separan sus cinco anillos, debemos valorar el grado de madurez
alcanzado por el parisino.
5.
John Wall. Sus complicados antecedentes familiares hacen de él
un fiero competidor. Poco a poco ha ido refinando su tiro en
suspensión y su lanzamiento exterior.
Invitándoos
a hacer vuestra propia lista me despido. No tienen por qué ser
cinco. Pueden ser diez o quince. Afortunados o no, una realidad se
alza incontestable ante nosotros: vivimos en el siglo de los bases.
Empezaron
los playoffs y casi no me doy ni cuenta. Las fechas antes señaladas
ahora pasan desapercibidas entre asuntos de una u otra prioridad. El
deporte televisado, que bien da de comer a quienes lo protagonizan,
no hace más que menguar capitales, tiempo y relaciones de pareja
entre quienes lo disfrutamos en la sombra. Ni siquiera twitter ha
convertido en social una actividad tan onanística como ver NBA.
Porque el fútbol, por los horarios en que se emite y por las
pasiones compartidas a las que da lugar (con cada vez mayor
seguimiento femenino), sí puede presumir de una componente social
más o menos exacerbada. Pero créanme, es difícil reunir a la
pandilla de amigos o convencer a tu pareja para ver un partido a
altas horas de la madrugada. Aunque sea de playoffs.
Toda
una pérdida. Hay pocas escuelas de vida que muestren de manera tan
clara y cruda la naturaleza humana como lo hace un partido de
playoffs. Anoche mismo se comprobó, aunque haya tenido que esperar a
hoy para conocerlo. Los Hawks dieron la campanada ante unos Pacers
que, o se miran al espejo y se aplican crema correctora, o
languidecerán a lo largo de esta primavera hasta caer tarde o
temprano dejando vacante una plaza en la final que por plantilla y
justicia habrían merecido. Creo que ha llegado el momento de que
Larry Bird se dirija al vestuario de sus Pacers, construidos con buen
gusto y afinado criterio, para compartir con ellos alguno de los
secretos que convierten a los buenos equipos en equipos campeones.
Perdieron
también los Clippers, con una discutible gestión desde el banquillo
y con dos fallos decisivos en los tiros libres de Chris Paul. Al
pequeño base jugón se le apagó la luz en el momento culminante. Lo
mismo le sucedió a Curry, pero éste contó con mayor colaboración
por parte de los compañeros. Destacaron Draymond Green y Harrison
Barnes. El primero, por hacer lo que lleva haciendo desde que nació:
ser un profesional. El segundo, por hacer lo que muchos pensamos que
puede llegar a hacer y aún no ha hecho: anotar bajo presión y ser
un referente dentro de la liga.
Vencieron
los Thunder a unos Grizzlies que juegan a ritmo de “Último Cuplé”,
o si no al ritmo, sí, al menos, al mismo baloncesto que se
practicaba cuando Sara Montiel era joven. Los Thunder no me
convencen, son previsibles y están cogidos con alfileres. No tienen
los tiradores para facilitarle la vida a Durant cuando los equipos
rivales decidan doblarle la defensa. No tienen el talento interior
suficiente como para alcanzar un sano equilibrio que libere a
Westbrook y al ya mencionado Durant.
Dejo
para el final lo del principio, es decir, lo que sucedió en el
primer partido de la postemporada. Perdió Toronto dejando clara su
bisoñez al compás de los acordes tristes del Oh Canadá. La hoja de
arce lució marchita y se postró bajo los pies de uno de los tipos
que más me han hecho disfrutar viendo baloncesto. Sigue llevando el
“34” a la espalda, aunque ahora viste de negro como señal de
luto hacia sus rivales. Respeto, eso sí, sólo para vestir. La boca
le pierde, pero no miente. Dice lo que piensa y dice, como bien reza
su apodo, “la verdad”. “Me trajeron aquí para esto” decía
tras aniquilar a los Raptors con una serie de cuatro tiros sin fallo
en las postrimerías del encuentro. Quizá un alarde excesivo. Quizá,
tal vez, sólo un anclaje necesario para soportar esa presión que a
tantos dejó por el camino.
No será
el primero, tampoco el único, que quede cegado bajo las
resplandecientes luces de la capital del mundo. A Jeremy Lin la fama
le llegó temprana, imprudente, veloz. Una fama, por otra parte,
inestable, construida sobre los cimientos de unos pocos partidos
brillantes, impropios de un novato, sujetos, tal vez, a la mística
del Madison o a la más pura y dura casualidad. En ese juego de brujas
quisieron ver a un mago, de ascendencia oriental y procedente de
Harvard, sí, pero mago al fin y al cabo. Cuando debió ser niño,
tropezar, caer y levantarse, así una vez tras otra, quiso ser un
héroe adulto, salvador no de sí mismo, sino de muchos. Jugó a ser
profeta en la tierra de los vaqueros, los indios y los pozos
petrolíferos y lo que profetizó fue la historia de un declive por
otra parte anunciado. Jeremy Lin es lo que es, un jugador de rotación
capaz de anotar unos pocos puntos más de cuantos balones pierde. Lo
demás son cuentos que él mismo se creyó para encontrar en este
mundo el afecto que a tantos les fue negado. Pero el afecto es
efímero y él ya lo ha comprobado.
Efímero
como lo son los proyectos en los tiempos del día día y el momento a
momento. Nada es posible planificar cuando todo se tambalea entre los
que piden cambios y los que se resisten a reformular modelos que
pecan de obsoletos. Hablo de la ACB, como podría hacerlo de la liga
ASOBAL y otras competiciones domésticas sujetas a deudas históricas
sobre las que el presente sólo puede responder a base de muertes y
desapariciones, como si de los cadáveres pudieran alimentarse los
acreedores y como si de muertos viviera el aficionado. Suenan
campanas de entierro en la capital del Pisuerga. Le toca ahora a ese
club histórico por el que pasaron Corbalán, Sabonis u Oscar
Schmidt, a un Baloncesto Valladolid al que no sólo timaron las
estampitas porque de lo que de verdad perece es del mal común que
acecha a todas aquellas sociedades anónimas deportivas confiadas en
la perpetuidad del crédito. Pero oigan, aunque en su día fue gran
seguidor de este equipo, de los que de verdad me acuerdo es de
quienes llevan un año trabajando sin cobrar, guiados por esa
motivación dilatada en el tiempo que supone hacerlo algún día, un
día que no llegará.
Ríanse,
cambiando de tema, de Méndez o Toxo, líderes sindicales,
salpicados, al menos el primero, por sobresueldos y partidas de
dudoso destino en el seno de su organización sindical. Ríanse, sí,
porque el nuevo presidente de la Asociación de Jugadores de la NBA
será Chris Paul, un multimillonario enamorado de sí mismo que
deberá representar los intereses tanto de sus iguales, las
estrellas, como los de toda esa clase de mercenarios del baloncesto
que pican allí y allá en busca de un poco de grano. Sinceramente no
le veo proclamando, entre crossover y crossover, aquello de
“proletarios del mundo, uníos”.
Avanza,
y con esto finalizo este breve repaso a los titulares que nos deja
agosto, la pretemporada de la selección española con paso firme.
Tras las críticas de las que servidor fue cabecilla después del
primer partido contra Polonia, dos victorias plácidas y una más
apretada parecen dar la razón a los que piden tiempo y confían en
lo pacífico del relevo. Pero vaya, a mí no me engañan. Sigo
sin ver, y no veré, a Navarro, Gasol, Reyes e Ibaka, jugadores
fundamentales para cualquier equipo y más, si cabe, para éste del
que los tres primeros son padres fundadores. No será cosa de Orenga,
que hará, indudablemente, todo cuanto esté en su mano y en la de
sus ayudantes. Será cosa de añorar sin premio, de esperar en vano a
los que no están. Y si la saudade me puede pues qué le voy a hacer.
No esperen de mi parte un tanto apuntado cuando nos quedemos sin
medalla y sí, en cambio, un sincero perdón si, por aquello de
hablar antes de tiempo, peco de agorero y bocazas.
Aunque
alguno de vosotros pueda pensar que hoy es la noche del rey, víspera
de la noche de reyes y, claro, 4 de enero, yo sólo puedo deciros que
estáis equivocados. No porque en la 1 no esté Hermida lamiéndole
el culo al borbón que reina, pero no gobierna. Ni tampoco porque
mañana sea la noche en la que unos presuntos sabios de oriente se
desdoblarán en miles de versiones de sí mismos para pasear por las
calles y plazas de nuestras ciudades generando una ilusión tan falaz
como efímera entre los niños que un día serán adultos y seguirán
preguntándose por qué no hay regalos si se han portado bien. Pero
igualmente estáis equivocados. En todo salvo en que es 4 de enero.
Y es
que en realidad hoy es la noche del día en el que Kobe Bryant se
hizo una cuenta oficial en twitter, una más dentro de esa red social
que amenaza con envolver al planeta generando un nuevo
recalentamiento, en este caso neuronal, que sumar al provocado por el
efecto invernadero, el agujero de la capa de ozono y Telecinco.
Esta
noche, además, y ya hablando en serio, se disputará el derby de Los
Ángeles, el enfrentamiento que durante cuatro veces al año mide las
fuerzas de Lakers y Clippers en el mismo escenario, el Staples Center
de la ciudad californiana, una especie de nave espacial aparcada sin
demasiado buen gusto en el medio de un downtown que intenta recuperar
su vida interior a base de centros comerciales, restaurantes y
locales nocturnos. La diferencia con respecto a otras temporadas pasa
por que al hermano pobre de LA le ha dado por sublevarse
presentándose a la cita con un balance nueve partidos mejor que el
de sus vecinos de púrpura y oro.
Aunque
los resultados hablan por sí solos, un rápido vistazo a las
plantillas nos permite deducir que es la planificación, por su
presencia o ausencia, el factor clave del éxito de unos y de las
decepciones de los otros. Así, mientras en las oficinas de los
Clippers se mantiene un contacto directo con el cuerpo técnico y se
atiende a lo que éste pueda sugerir, en los Lakers preocupan más
cuestiones extradeportivas o personales, viciadas en todo caso de la
vanidad que envuelve a todo lo que se mueve en la franquicia. En los
Lakers, si alguien tiene algo que decir se lo consulta primero a Kobe
Bryant. Sí, el de la cuenta de twitter, y uno de los cinco mejores
anotadores de la historia del campeonato, un genio con el balón en
las manos, pero un mal gestor para los designios de su propio equipo.
Sirva
como ejemplo el nombre de Lamar Odom, el ala pívot que llega a la
liga para jugar en los Clippers, madura en Miami y disputa sus
mejores partidos con los Lakers para que éstos finalmente le
regalen. Ahora, tras un periplo fallido en Dallas, Odom es una
garantía desde el banquillo que Vinnie del Negro no piensa
desaprovechar. Pues bien, la salida de Odom a cambio de nada fue el
principio de la hecatombe en unos Lakers que aún siguen buscando esa
figura del cuatro abierto que rebotea, ataca de frente, puede lanzar
y sobre todo, le hace la vida más fácil a los pívots puros del
equipo. Y no, Jamison no es Odom. Nunca lo fue.
Es
hora de poner a grabar el partido, ese choque de personalidades
deportivas que promete no defraudar. Y es que si los Clippers
revolotean como una mariposa y pican como una abeja al más puro
estilo Muhammad Ali, los Lakers practican un juego más pesado y
posicional. En breves horas comprobaremos si Nash es capaz de cuadrar
el círculo y colocar a cada cual en el lugar donde más rinde
mientras persigue por el rectángulo de juego a un Chris Paul cada
vez más simbiotizado con el baloncesto. También promete emociones
fuertes el duelo entre Pau Gasol y Blake Griffin y es que el de Sant
Boi ya ha conocido de primera mano las habilidades atléticas del ex
alumno de la Universidad de Oklahoma. Sin embargo, más allá de
todos estos alicientes, el factor x y una de las principales claves
del buen hacer de los Clippers se llama Jamal Crawford. El mayor
candidato en estos momentos al premio de mejor sexto hombre es una
amenaza constante para las caderas de sus defensores. Veremos si
D´Antoni se atreve a colocar a Ron Artest frente a un jugador mucho
más rápido, listo y talentoso que él.
En la
víspera de la noche de reyes los aficionados al baloncesto nos hemos
encontrado con un regalo por adelantado. Se trata del derby de los
Ángeles, un duelo que promete ser de cine.
Al más
puro estilo Adolfo Suárez, en una noche en la que los Celtics
reciben a los Heat en un “todo o nada” para el equipo de la
beantown, puedo contestar y contesto a este post publicado en LaCrónica desde el Sofá que podéis leer aquí.
Lo
hago porque me apetece, porque quiero y porque me da la gana. Lo hago
porque Crónica desde el Sofá es un sitio de referencia para los
amantes de este deporte y porque sé que sus gestores estarán encantados de leer
una opinión diferente. Lo hago porque hablar de baloncesto, aunque
sea a través de los dedos, es el mejor antídoto contra el veneno
que amenaza con destruirnos disfrazado de prima de riesgo.
Discrepo.
Discrepo cuando decís que Rondo no es el mejor base de la liga. Lo
achacáis a la pobre eficiencia ofensiva de los Celtics en temporada
regular y recordáis que se encuentra rodeado por tres futuros
miembros del Salón de la Fama además de por un jugador notable como
Brandon Bass. Conviene recordar que entre los tres futuros hall of
famers suman 106 años. Garnett ha vivido de su tiro en suspensión
hasta el último mes de temporada regular, Pierce empezó lesionado
la campaña y Ray Allen la ha acabado apoyando su peso sobre un
tobillo astillado. Ahora, tanto el “34” como el “20” siguen
arrastrando molestias que les impiden rendir al cien por cien. El que
probablemente iba a ser su mejor aliado, Jeff Green, se encuentra a
la espera de saber si podrá volver a jugar después de ser operado
de un aneurisma en la Aorta. El máximo asistente de la liga debe
generar juego en media pista debido a los problemas en el rebote
defensivo y a la falta de vocación de contraataque del resto de sus
compañeros. Si Rondo contara con un Kevin Durant, un Luol Deng o un
Lebron James al que ponerle el balón en transición esas 11,8
asistencias que viene promediando en playoffs serían 15.
En
cuanto al elemento propagandístico de los triples dobles sólo os
puedo dar la razón. Se trata más de un icono que de un verdadero
medidor de rendimiento. No os la puedo dar, en cambio, cuando tratáis
con demasiada ligereza la capacidad reboteadora de Rajon Rondo. Un
base reboteador, defensivo como decís, es una bendición para un
equipo. Cuando el point guard coge el rebote las calles se ocupan
enseguida y los pívots pueden forzar el balance llegando antes que
sus respectivos pares, acostumbrados a dificultar el primer pase de
contraataque. El rebote no sólo te da posesiones extra y se las
quita al rival. También te permite controlar el ritmo del partido y
desgastarte menos física y mentalmente en defensa.
No sé
si manejáis cifras para poner en duda la capacidad de Rondo para
finalizar bajo aro o para afirmar que rehúsa el contacto. Lo que sé
es que es uno de los jugadores más golpeados de la liga y, también,
uno de los peor tratados por los colegiados. Aceptando que en
ocasiones el ataque de los Celtics parece una tela de araña en la
que se enredan los propios jugadores, sólo puedo decir que apagones
los tienen todos los bases, más aún si como Rondo, se ven forzados
a estar en cancha más de cuarenta minutos por partido.
Rondo
es diferente. Reconociendo el talento de los Chris Paul, Deron
Williams o Derrick Rose, lo cierto es que en el pasado ya hubo
jugadores como ellos buenos lectores del pick and roll e incisivos
penetradores dotados de un buen tiro en suspensión. Sin embargo, muy
pocos nombres se pueden asimilar al juego del “9” de los Celtics.
No sólo exagera Magic. También lo hacen Bob Cousy, The Houdini of
the Hardwood, o el propio Chris Webber. No es que quiera refugiarme
en la autoridad de estos comentarios, es que coincido con quienes más
saben de esto, con quienes conocen de primera mano lo difícil que es
jugar en la actual NBA con 1,85 y una triste cinta por armadura y
hacerlo como lo hace Rondo. A lo Sinatra. A su manera.
Cuando
la ventana del big three se cerraba apareció Rondo para abrir un
portón. Cinco años después de que Allen, Pierce y Garnett se
dieran el sí quiero, el cemento que ha impedido un divorcio
prematuro lo pone Rondo. Bueno, Rondo en cuanto que prolongación de
Doc Rivers sobre el parqué. No sé en qué lugar colocar la
actuación del pasado miércoles. Sólo espero que antes de que acabe junio veamos algo parecido o aún mejor. Rondo es así, incosistentemente genial. Mucho más que
un jugador de baloncesto. Y, por supuesto, el mejor base de la competición.
Con el anuncio del fin del lockout y con la apertura de las negociaciones en la NBA, han surgido ya los primeros rumores de traspaso. En la mayor parte de ellos están involucrados los equipos de la Gran Manzana, Knicks y Nets. Los del Madison se encuentran en el enésimo intento de reconstrucción desde que Ewing colgara las botas y el equipo de Prokhorov quiere conformar un proyecto ganador en torno a un Deron Williams al que el Besitkas pretende retirar su camiseta en honor a sus clínics a precio de lingote en el distrito anexo al Estrecho de los Dardanelos.
Sin embargo, otro equipo ha empezado a sondear el mercado con la intención de conformar un equipo competitivo en el corto plazo. Se trata de los Boston Celtics. Su General Manager, Danny Ainge, fue un deportista extraordinario, un superdotado que podría haber practicado cualquier deporte profesional con éxito. En el Garden, los más viejos del lugar, aún recuerdan la velocidad del número 44, sus tiros en suspensión y, sobre todo, su espíritu ganador. Su labor en los despachos había estado bajo sospecha hasta que en el verano de 2007, gracias a su agenda de contactos y a algún viejo amigo (gracias Kevin Mchale), consiguió reunir en la “Beantown” a Paul Pierce, Ray Allen y Kevin Garnett, reeditándose así una nueva versión, diferente y unicolor, de aquel Big Three que durante los años 80 conformó uno de los mejores Front Court de la historia (Parish, McHale y Bird).
El pasado febrero, al límite del cierre del período de traspasos, Danny Ainge no tuvo reparos en deshacer el quinteto que había llevado a los Celtics a ganar el decimoséptimo anillo de la franquicia en 2008 y a alcanzar la final de 2010. De hecho, el quinteto conformado por Rondo, Allen, Pierce, Garnett y Perkins no perdió nunca una serie de playoffs estando sanos todos sus miembros. El bueno de Kendrick Perkins hizo sus maletas rumbo a Oklahoma City y, a cambio, llegaron un Jeff Green más verde que el color de la camiseta céltica y un Nenad Krstic que si bien puede ser MVP del mes en la Euroliga no está capacitado para ser una referencia bajo los tableros en la NBA.
Desde que se juntara el Big Three en el verano de 2007 siempre se comentó que los Celtics tenían una ventana de tres años para añadir más títulos a su increíble historial. Pues bien, la ventana sigue abierta y ya vamos por el quinto año. Las condiciones contractuales de las estrellas y la renovación de Doc Rivers (convirtiéndole en el entrenador mejor pagado de la liga) hacen indicar que la inevitable regeneración será postergada de nuevo. Es por ello que el principal rumor vertido desde los mentideros de la liga es el que hace referencia a un traspaso, vía un tercer equipo (se habla de los Pacers), entre Rajon Rondo y Chris Paul.
Rajon Rondo lleva cuatro años complementando a la perfección las virtudes y defectos de los miembros del Big Three. Su visión de juego ha facilitado la labor anotadora de Ray Allen y Kevin Garnett. Corre muy bien la pista y tiene gran facilidad para entrar a canasta. Rebotea con facilidad en defensa y su rendimiento suele subir en playoffs. Sin embargo, su incapacidad para anotar desde el perímetro permite a las defensas rivales doblar la marca tanto a Pierce como a Garnett cerrándose mucho los espacios. Su porcentaje de tiros libres es inaceptable para el base de un equipo ganador. De hecho, en numerosos partidos, Doc Rivers ha optado por acabar el partido sin un base puro.
Chris Paul es un auténtico jugón, tal vez el mejor driblador de la liga junto a Deron Williams con un fantástico tiro en suspensión y una gran visión de juego. No es el mejor defensor de la liga, pero tiene muy buenas manos y sus cifras de robos suelen estar entre las mejores del campeonato (también las de Rondo). En su contra el escaso éxito de los Hornets en las últimas temporadas y el hecho de haberse visto afectado por recurrentes lesiones. Estoy convencido de que se compenetraría a la perfección con los veteranos de los Celtics pues recabaría la atención de las defensas rivales facilitando así el juego uno contra uno de Pierce y Garnett y las salidas para lanzar de Ray Allen. Además, la marca “Chris Paul” goza de un mayor valor en el mercado por lo que sería más fácil atraer jugadores de nivel ante una futura reconstrucción.
Todo se reduce a una cuestión de gusto, al eterno debate sobre los requisitos que debe reunir un gran base para erigirse en el pilar sobre el que se sostiene todo un equipo. No cabe duda de que estamos ante dos grandes point guards, ante dos jugadores capaces de conducir a un equipo a las más altas cotas. Sin embargo, si fuerais el General Manager de un equipo, ¿a quién prefeririáis para comandar vuestro proyecto?
Licenciado en Geografía, master de profesorado de secundaria y bachillerato, máster en Creación Literaria por la Universidad de Salamanca y Doctor en didáctica de la escritura creativa también en esta universidad. Autor de dos libros de relatos, Hasta que la noche nos alcance y Madrid, Nueva York, Logroño, y autor también de Individual o Zona, selección de artículos e historias sobre baloncesto. Entrenador superior de baloncesto (CES 2014) y actualmente entrenador ayudante en San Pablo Burgos (ACB y Eurocup). Te invito a conocer más en mi página web personal: http://jjnieto.com