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El rey, los reyes, twitter y un derby






Aunque alguno de vosotros pueda pensar que hoy es la noche del rey, víspera de la noche de reyes y, claro, 4 de enero, yo sólo puedo deciros que estáis equivocados. No porque en la 1 no esté Hermida lamiéndole el culo al borbón que reina, pero no gobierna. Ni tampoco porque mañana sea la noche en la que unos presuntos sabios de oriente se desdoblarán en miles de versiones de sí mismos para pasear por las calles y plazas de nuestras ciudades generando una ilusión tan falaz como efímera entre los niños que un día serán adultos y seguirán preguntándose por qué no hay regalos si se han portado bien. Pero igualmente estáis equivocados. En todo salvo en que es 4 de enero.



Y es que en realidad hoy es la noche del día en el que Kobe Bryant se hizo una cuenta oficial en twitter, una más dentro de esa red social que amenaza con envolver al planeta generando un nuevo recalentamiento, en este caso neuronal, que sumar al provocado por el efecto invernadero, el agujero de la capa de ozono y Telecinco.



Esta noche, además, y ya hablando en serio, se disputará el derby de Los Ángeles, el enfrentamiento que durante cuatro veces al año mide las fuerzas de Lakers y Clippers en el mismo escenario, el Staples Center de la ciudad californiana, una especie de nave espacial aparcada sin demasiado buen gusto en el medio de un downtown que intenta recuperar su vida interior a base de centros comerciales, restaurantes y locales nocturnos. La diferencia con respecto a otras temporadas pasa por que al hermano pobre de LA le ha dado por sublevarse presentándose a la cita con un balance nueve partidos mejor que el de sus vecinos de púrpura y oro.



Aunque los resultados hablan por sí solos, un rápido vistazo a las plantillas nos permite deducir que es la planificación, por su presencia o ausencia, el factor clave del éxito de unos y de las decepciones de los otros. Así, mientras en las oficinas de los Clippers se mantiene un contacto directo con el cuerpo técnico y se atiende a lo que éste pueda sugerir, en los Lakers preocupan más cuestiones extradeportivas o personales, viciadas en todo caso de la vanidad que envuelve a todo lo que se mueve en la franquicia. En los Lakers, si alguien tiene algo que decir se lo consulta primero a Kobe Bryant. Sí, el de la cuenta de twitter, y uno de los cinco mejores anotadores de la historia del campeonato, un genio con el balón en las manos, pero un mal gestor para los designios de su propio equipo.



Sirva como ejemplo el nombre de Lamar Odom, el ala pívot que llega a la liga para jugar en los Clippers, madura en Miami y disputa sus mejores partidos con los Lakers para que éstos finalmente le regalen. Ahora, tras un periplo fallido en Dallas, Odom es una garantía desde el banquillo que Vinnie del Negro no piensa desaprovechar. Pues bien, la salida de Odom a cambio de nada fue el principio de la hecatombe en unos Lakers que aún siguen buscando esa figura del cuatro abierto que rebotea, ataca de frente, puede lanzar y sobre todo, le hace la vida más fácil a los pívots puros del equipo. Y no, Jamison no es Odom. Nunca lo fue. 





Es hora de poner a grabar el partido, ese choque de personalidades deportivas que promete no defraudar. Y es que si los Clippers revolotean como una mariposa y pican como una abeja al más puro estilo Muhammad Ali, los Lakers practican un juego más pesado y posicional. En breves horas comprobaremos si Nash es capaz de cuadrar el círculo y colocar a cada cual en el lugar donde más rinde mientras persigue por el rectángulo de juego a un Chris Paul cada vez más simbiotizado con el baloncesto. También promete emociones fuertes el duelo entre Pau Gasol y Blake Griffin y es que el de Sant Boi ya ha conocido de primera mano las habilidades atléticas del ex alumno de la Universidad de Oklahoma. Sin embargo, más allá de todos estos alicientes, el factor x y una de las principales claves del buen hacer de los Clippers se llama Jamal Crawford. El mayor candidato en estos momentos al premio de mejor sexto hombre es una amenaza constante para las caderas de sus defensores. Veremos si D´Antoni se atreve a colocar a Ron Artest frente a un jugador mucho más rápido, listo y talentoso que él. 





En la víspera de la noche de reyes los aficionados al baloncesto nos hemos encontrado con un regalo por adelantado. Se trata del derby de los Ángeles, un duelo que promete ser de cine. 





UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Regreso al futuro





He escrito sobre su retirada. He criticado sus críticas. Lo he ensalzado como la parte de un todo, pero no como el todo que realmente fue. Por eso, hoy y no más tarde, le dedico este post, el que se merece y el que durante tiempo he deseado escribir siendo consciente desde el primer momento, también ahora, de que mi pluma no podrá en caso alguno reflejar su maestría en el manejo del balón o en el empleo de su cuerpo.

Nació donde nadie podría augurar. En la nada más absoluta de todas las nadas, entre quercíneas adaptadas al rigor del invierno y coníferas dispuestas a soportar el húmedo calor del verano. Donde ningún profeta hubiera situado al jugador más inútilmente imitado de todos los tiempos. Porque querer ser como Magic es tan absurdo como imaginar que su magia pudiera proceder de Lansing, Michigan.

Es difícil destacar en una familia corriente de nueve hijos cuando tu padre es sólo uno más de los trabajadores de la General Motors y tu madre la conserje de una escuela. Fue vital la compañía que le ofreció una pelota de baloncesto, la misma que manejaba mientras hacía los recados y con la que dormía cada noche. Lo afirma él mismo y aunque es cierto que todo en torno a Magic adquiere un cariz hiperbólico no existen motivos para no creerle.

La figura de Magic es la de un héroe local orgulloso de sus orígenes y aferrado a sus raíces. Por ello quiso completar su formación en su estado natal, Michigan, temeroso de un mundo, el que se levantaba más allá de las fronteras de lo conocido, al que terminaría asombrando. Así, aunque más ateniense que espartano, más Pericles que Leónidas, Johnson decidió enrolarse en las filas de la universidad estatal para conseguir como líder de los Spartans el título nacional en el partido colegial que más expectación ha levantado hasta la fecha, el que le enfrentó al otro héroe deportivo de la nación, al ídolo local del estado vecino, Indiana. A Larry Bird. 



En 1980, mientras el Pájaro provocaba una convulsión en la ciudad de Boston transformando dramáticamente el récord de su equipo, Magic decidió que no había tiempo que perder. Si su legado estaba llamado a ser único e inimitable por qué no empezar por el principio. Y el principio fue ser número 1 del Draft y recalar en Los Ángeles Lakers, en la capital del glamour, allí donde su sonrisa podía dibujarse con la seguridad de saber que en esta tierra de sueños y espectáculo ésta, la sonrisa, es el mejor antídoto contra la hipocresía y las envidias que surgen a cada paso.

Ni rookie wall ni miedo escénico. Lo único que escuchó Magic en su primer año fue la llamada de los dioses. Así lo atestiguan sus números (18 puntos, 7 rebotes, 7 asistencias) en temporada regular. Aun así, nada comparable a lo que consiguió en el último partido de su primera temporada, en la fecha de su autocoronación como jugador total. Jugando de todo, en ausencia de Jabbar, Magic Johnson firmaría uno de las más apoteósicas actuaciones en unas finales de la NBA. Sin el suspense que acompañó a la última canasta de Jordan en Salt Lake City, aquel partido tuvo todos los demás ingredientes. Los Lakers viajaban a Philadelphia con un 3-2 a favor, pero con el factor en cancha perdido. Toda una generación de Sixers (Erving, Bibby, Collins, Dawkins, Cheeks,...) aspiraba a aprovechar la ventaja de jugar en el ruidoso the Spectrum para remontar la serie. Pero Magic tenía otros planes y anotando la mayor parte de sus puntos a dos metros del aro o desde el tiro libre cosechó un 42-15-7 para la historia que demostró que además de un mago genuino era también un jugador duro física y mentalmente. 



Aquel día también demostró que podía anotar. Si el equipo lo demandaba Magic podía irse hasta los 30 puntos con facilidad. De hecho, dando un repaso rápido a sus números y a pesar de que nunca rebasó los 25 puntos de media en temporada regular, el hecho de que sus porcentajes superaran o rondaran, en el peor de los casos, el cincuenta por ciento de acierto demuestra que si no lo hizo fue porque no quiso, porque su equipo no lo necesitó o porque, simplemente, prefirió asistir e impartir magisterio en ese arte en decadencia que las marcas publicitarias y los indomables egos pretenden enterrar para siempre: el del pase. Sus 12,3 asistencias de promedio en playoffs cobran mayor valor aún por encontrarse en un equipo sin tiradores puros, sin una de esas ametralladoras que convierten cualquier inocente pase en una asistencia que sumar a la estadística.

Contó, eso sí, con uno de los mejores finalizadores de la historia, con un muelle andante con el 42 a la espalda tan portentoso en el ejercicio de sus facultades como limitado a la hora de generarse sus propias canastas. Worthy fue un tipo honrado, un experto a la hora de culminar contraataques y un buen tirador de media distancia. Poco para entrar a formar parte del selecto club al que pertenece de no haber sido por la inestimable ayuda de su compañero de fatigas, de su cómplice en aquellos fantásticos contraataques que convirtieron al Forum de Inglewood en la capital mundial del entretenimiento. 


El otro miembro del Big Three fue Kareem, el máximo anotador de la historia de la liga y el jugador más infravalorado cuando de elaborar listas de los mejores de todos los tiempos se trata. El Kareem de los Lakers ya no se parecía en nada al exultante Lew Alcindor de sus primeros años en Milwaukee. Bien entrado en la treintena, a Jabbar le quedaba correr la cancha, anotar los ganchos, la intimidación y, claro, comer gratis, alimentarse de lo que Magic le servía en bandeja.

Con la llegada de Pat Riley Magic consiguió su segundo anillo, el de 1982, también ante los Sixers. Sin embargo, la derrota de 1984 ante los Celtics de Boston levantó ampollas en el vestuario angelino y, sobre todo, en la moral de Magic. Larry, su rival en la distancia, cosechaba títulos y MVP mientras Johnson parecía pequeño a la sombra de Jabbar y ante el derroche de exuberancia de un técnico, Pat Riley, al que es difícil calificar entre los adjetivos que le tachan de oportunista y aquellos otros que le perfilan como un genio.

En 1985 llegó la venganza. Tras el primer partido de las finales, el conocido como “The Memorial Day Massacre”, en el que en medio de una atmósfera asfixiante los Celtics apabullaron a los Lakers anunciando una reedición de lo ocurrido un año antes, los Lakers consiguieron darle la vuelta a la situación para acabar ganando 4-2 cosechando el definitivo partido a domicilio, en el mítico Boston Garden, el sancta sanctorum de la religión céltica. Se cobraban así numerosas cuentas pendientes. Chamberlain o West tuvieron que esperar a que los Celtics desaparecieran de las finales para poder hacerse con un título de la NBA. Magic no.

En 1986 las torres gemelas de Houston (Sampson y Olajuwon) eliminarían a los Lakers en la Final de la Conferencia Oeste para perder, a continuación, ante la mejor versión de los Celtics en la década de los ochenta, la que contó con Bill Walton como imponente sexto hombre. Así, la reedición del duelo hubo de esperar a 1987 y, entonces, acompañando a unos números insultantes (para los rivales) de 21,8 puntos 7,7 rebotes y 12,2 asistencias, Magic nos dejó la canasta más importante de su carrera, un gancho a unos cuatro metros del aro por encima de Parish y McHale que silenció el Garden y que determinó el resultado final de la eliminatoria y el fin de ciclo definitivo de unos Celtics que no volverían a comparecer en unas finales hasta 2008. Esta canasta de póster, ese “baby hook” anotado cuando todas las luces del planeta apuntaban al centro de la zona céltica, le encumbró definitivamente como un mito. El mundo ya sabía que podía dirigir la orquesta, dar asistencias de fábula o meter bandejas y tiros en momentos más o menos importantes. Sin embargo, a partir de aquel gancho, el mundo supo también que en las manos callosas del número 32 de los Lakers radicaba la esencia misma de la victoria



En el 88 llegó un último título, el quinto, ante unos Pistons que enviaban señales inequívocas de que el período de reinado angelino estaba tocando a su fin. Así llegaron las finales perdidas, dos ante los Bad Boys y otra más frente a los Bulls. Las piernas de Magic ya no eran las mismas. Tampoco las de Scott o Worthy. Además, donde antes se erigía la escultural estampa de Jabbar, empezó a aparecer la desaliñada barba de un Divac que, aunque talentoso y pleno de virtud, no resistía la comparación. Indiscutible era también el talento de los AC Green, Mychal Thompson, Sam Perkins o el propio Elden Campbell. Tan indiscutible como insuficiente ante un equipo físico como aquellos Bulls de los primeros años 90 que no dudaban en presionar toda la cancha cuando el partido así lo requería.

Y entonces llegó el 7 de noviembre, el anuncio que pilló a Jordan conduciendo y que por poco le origina un accidente. El desconocimiento generalizado sobre una enfermedad considerada mortal obligó a Magic a colgar las botas y a morir en vida. A dejar su pasión cuando aún quedaba cátedra por impartir, cuando ya tenía memorizados nuevos pases de fantasía y bandejas en extensión. Los rumores sobre el origen del virus se multiplicaron. Sólo Barcelona, aquellos Juegos para el recuerdo, pudieron insuflar un poco de baloncesto y vida en el organismo enfermo, no por el VIH y sí por la melancolía, de un Magic al que el traje de ejecutivo nunca le acabó de sentar bien.

Yo, humilde bloguero, siempre le recordaré luciendo los colores oro y púrpura de unos Lakers a los que mi condición de céltico no me impide admirar, unos Lakers dirigidos por uno de los tres mejores jugadores de la historia, Magic Johnson, un hombre que se inspiró en el pasado, que jugó en el presente y que, en realidad, vino del futuro. Un futuro al que el juego todavía no ha llegado. Un futuro del que Magic nos dejó un adelanto que siempre, por muchos vídeos que veamos, nos sabrá a poco. Se retiró con 10 finales y 5 títulos. Nos legó, para siempre, un estilo que nadie hasta el momento ha sabido imitar. No están los tiempos para ello.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

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Una de las obsesiones de todo entrenador es que el grupo de personas al que dirige actué como un equipo dentro y fuera de la cancha. Muchas veces, finalizada la sesión con los chicos que tengo la suerte de entrenar, me pregunto si son capaces de interpretar lo que les quiero transmitir, si detrás de conceptos como el dividir y doblar, el pasar y cortar, el cierre del rebote o las diferentes técnicas de dribling, son capaces de discernir el verdadero sentido del baloncesto, los principios que le dan forma, las reglas escritas y no escritas (sobre todo éstas) que lo hacen único e irrepetible.

Uno de esos principios, en este caso compartido con otros muchos deportes y experiencias vitales, es que se trata de un esfuerzo colectivo, de equipo. Si James Naismith hubiera pretendido crear un deporte individual habría diseñado una pista de juego de dimensiones más reducidas, habría suprimido una de las dos canastas y habría especificado que se trata de una lucha cuerpo a cuerpo entre un atacante y un defensor. Pero no. Introdujo diez jugadores, dos canastas y un solo balón. Repito, un solo balón.

Un solo balón que custodia, comprimidos, los sueños de muchos jóvenes. Un solo balón que da y quita la gloria, que puede dar vueltas sobre un aro para salirse... O para entrar. Por encima de todo, un único balón que debe ser compartido, que se mueve más rápido por el aire que en las manos de cualquier jugador y que aunque sólo puede ser lanzado por un miembro del equipo suele tener el capricho de entrar, con mayor frecuencia, después de haber circulado por las manos de todos. 



Un solo balón que debe ser defendido entre todos como si se tratase de una llave con la que unos forajidos pretenden entrar en nuestra morada. Ello aunque tengamos la instrucción de encargarnos de una labor más específica, de defender a un jugador o un espacio concreto del campo. Nuestro sentido de la responsabilidad, nuestro sentido colectivo y nuestro afán por conservar lo que es nuestro, son motivos suficientes como para que las ayudas se sucedan y como para que el balón, la llave que da acceso a nuestras propiedades, esté siempre defendido.

Lo vino a resumir muy bien la Madre Teresa de Calcuta: “Yo hago lo que usted no puede, usted hace lo que yo no puedo. Juntos podemos hacer grandes cosas”. Desde el punto de vista defensivo se podría traducir de la siguiente forma: “Yo llego donde usted no llega, usted llega donde yo no llego. Juntos podemos llegar a cualquier sitio”. 



Dentro de un grupo resulta tan importante conocer nuestras limitaciones como conocer a fondo las virtudes de los compañeros. Es básico saber dónde quiere el balón un tirador o en qué lado juegan mejor nuestros postes. Este grado de empatía se alcanza con el tiempo y con el trabajo, pero es fundamental contar con jugadores inteligentes que no sólo lean el juego sobre el tablero, sino también dentro de las mentes de sus compañeros y rivales. Eso es comprender el baloncesto en su totalidad. Y es ésa una virtud propia de todo líder.

Todo gran equipo, pese a estar cimentado sobre unas bases muy sólidas fundamentadas en el valor del colectivo, necesita de la figura de un líder. Lo fue Jordan para los Bulls en los 90, lo fue Magic para los Lakers en los 80 y lo fue Bird para los Celtics de la misma década. Lo fueron Russell y Duncan en dos de las dinastías más gloriosas de nuestro deporte. Y ser un líder, en nuestro deporte, no es estar disfrazado siempre de superhéroe, sino darle al equipo, en cada momento, lo que necesita. La tarea es ardua. El líder ha de ser un ejemplo de dedicación. El primero que llega y el último que se va. Ha de asumir responsabilidades sin venirse abajo moralmente. Ha de involucrar a los compañeros, integrarlos dentro del sistema y hacerles ver que sin ellos no sería posible. Es clave, por tanto, entender la diversidad de roles. Lo dijo Jordan: “En un equipo no todos pueden pretender tener la misma fama o prensa, pero todos pueden decir que son campeones”. Todo ello sin olvidar lo que nos dice Ryunosuke Satoro para recordarnos , al mismo tiempo, que el ser humano es limitado cuando actúa aislado e infinito cuando se integra y trabaja en pos de un destino común: “Individualmente somos una gota. Juntos, somos un océano”. Jordan lo tuvo claro cuando le pidió a Steve Kerr que estuviera preparado para lanzar el último tiro.



Decidme, si no, un ejemplo de equipo, que sin jugar como tal, se alzara con el título de campeón. Tal vez me habléis de los Lakers de 2010 en los que Kobe asumió demasiado protagonismo teniendo en cuenta quiénes eran sus compañeros (Bynum, Gasol, Odom). Sin embargo, eran los propios jugadores, y el entrenador, los que esperaban que Bryant asumiera este papel. Y tal vez recordéis los esfuerzos heroicos de Wade en 2006 que terminaron dando sus frutos. Es cierto, pero recordad la importancia de las canastas milagrosas de Payton o de los puntos en la pintura de Shaq. Recordad que ambos conjuntos dominaron la faceta defensiva. Es más, qué equipo se ha alzado con el anillo sin dominar este aspecto del juego, aquél en el que la falta de espíritu colectivo queda más evidenciada.

Os propongo ver el baloncesto desde diferentes ópticas. Os recomiendo disfrutar de una buena ayuda o valorar con justicia la eficacia de un bloqueo. No porque sean acciones espectaculares. Sí, en cambio, porque denotan que se ha comprendido el espíritu del juego, de un juego pensado para ser disputado en equipo. Os invito a jugarlo perdonando al compañero que yerra, pensando que no hubo mala intención en aquella jugada en la que no me vio abierto en el triple, confiando en que si salto a la ayuda, alguien cubrirá a mi jugador. Realmente os estoy invitando a jugar el baloncesto de verdad, aquel que engloba todos sus principios y verdades, aquel en el que el egoísmo no tiene cabida, en el que el yo es sólo un elemento ajeno que pretende distorsionar su sentido solidario. Lo dijo el cómico teatral Robert Orben: “Si podéis reir juntos, podéis trabajar juntos”. Hagámoslo. 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO EN EQUIPO A TODOS

La batalla por el cuarto poder





Se equivocaron los Buggles cuando se atrevieron a afirmar aquello de "el vídeo mató a la estrella de la radio" en el primer videoclip emitido por la cadena MTV allá por 1981. Tal vez la imagen televisada aniquilara a las radionovelas, pero tanto los noticiarios, como las tertulias políticas y qué decir de los programas deportivos a medianoche (amén de Radio Gaceta del inolvidable Juan Manuel Gozalo) consiguieron sobrevivir al poder de lo audiovisual, al atractivo del 4:3 y del posterior 16:9 en el que se comenzaron a emitir nuestros sueños.

Y no se trata de un post sobre José María García, Iñaki Gabilondo, Luis Herrero o Luis Del Olmo. Quizá sus nombres os suenen menos, pero en Estados Unidos son auténticos referentes del periodismo deportivo, auténticos ídolos de sus particulares equipos y es que durante varias décadas fueron los protagonistas radiofónicos de la más cruda rivalidad baloncestística. Durante varias décadas los Lakers-Celtics se siguieron a través de los comentarios de Chick Hearn y Johnny Most.

Éstas eran las primeras palabras que escuchaban los habitantes de Nueva Inglaterra cuando sintonizaban el dial de la WROL en la que se narraban los partidos de los Celtics. "Aquí Johnny Most desde lo alto de un lateral de la pista del Boston Garden". Treinta y siete años como locutor del equipo de Boston nos dejaron momentos inolvidables y también un aluvión de críticas por parte de los aficionados de los equipos rivales. A sus dos paquetes de cigarrillos diarios y a su adicción a la cafeína (las malas lenguas también hablan de su amor a la botella) se referiría en una entrevista que le realizaron tras su retirada en 1990 a causa, precisamente, de sus problemas de salud: "Según mi médico de cabecera estoy muerto desde 1955". Su voz rasgada salía desde lo más profundo de su garganta y narró, en 1965 uno de los robos más famosos de la historia que permitía a los Celtics superar a los Sixers de Wilt Chamberlain y encaminarse hacia su octavo anillo en nueve años. Miles de aficionados de Boston intentaron imitar aquel verano su "Havlicek stole the ball" (fijaos en la invasión de campo cómo un hombre se pelea por llevarse el balón del partido entre sus brazos).




Nunca tuvo dudas. Para Johnny Most no había lugar para la imparcialidad cuando el que te paga es Red Auerbach y siempre se defendió afirmando que, teniendo trato diario con directivos y jugadores del club, hubiera sido muy hipócrita por su parte el intentar parecer neutral narrando un partido de los Celtics. Y así actuó durante toda su carrera, comentando como un fan y nunca como un periodista. Famosos son algunos de los apodos con los que se refería a alguno de los archienemigos de su equipo. Magic era "Crybaby" Johnson por sus constantes protestas a los árbitros y Mahorn era "Macfilthy" (macmugriento) por motivos que parecen evidentes dentro de su subjetividad. Y podéis imaginaros cómo eran sus visitas al Silverdome de Detroit porque el bueno de Johnny no se sentía ni mucho menos intimidado. Y si no, observad aquí en qué términos se refería al juego duro de los de la Motown. 



Y si Johnny fue todo un "hall of famer" de la locución de partidos, Chick Hearn, narrador titular de Los Ángeles Lakers durante casi cuatro décadas fue, simplemente, el Michael Jordan de la profesión. Más tarde hablaremos de su talento, pero es preciso hacerlo, con antelación, de su longevidad y es que antes de verse sometido a un bypass durante la temporada 2001-2002 Hearn había locutado 3.338 partidos consecutivos de la franquicia angelina.

Mucho más imparcial que su colega de Boston, Hearn era conocido por ser muy crítico cuando los Lakers no desarrollaban el nivel de juego al que aspiraban. Su herencia pasa por el bautismo de numerosos términos que hoy en día forman parte del imaginario colectivo de nuestro deporte. "Basketcismos" como "finger roll", "charity stripe" (línea de la caridad para referirse a una visita al tiro libre), "air ball", "garbage time" (minutos de la basura), "Mi esposa podría haber hecho ese tiro", "Demasiada mostaza en el perrito caliente" (jugadores que hacen gestos innecesarios para la galería), "mi abuela podría defender mejor y eso que no se puede mover hacia su izquierda" (sin comentarios) y triple doble (doble dígito en tres categorías estadísticas) forman parte de su inmortal legado. 



Él tuvo el honor de contarle a todo el país la canasta que convirtió a Kareem Abdul Jabbar en el máximo anotador de la historia de la NBA con su "Y el nuevo rey de la anotación ha ascendido a su trono" y la remontada de su equipo frente a los Blazers en el séptimo partido de las Finales de Conferencia de 2000 con aquella frase "Los chicos de Portland pueden guardar de nuevo las botellas de champán en la nevera y abrir sus botellas de agua porque agua será lo único que beban de regreso a casa".

Si Most fue la voz de dieciséis anillos de los Celtics, Chick Hearn hubo de conformarse con nueve. Sin embargo, mientras que el primero despertaba el odio de las aficiones rivales (lo que le importaba bastante poco), Hearn era admirado allá donde iba. Johnny ingresó en el Hall of Fame de la comunicación de Nueva Inglaterra a título póstumo y tampoco pudo recibir los honores en vida Chick Hearn cuando pasó a formar parte, merecidamente, del Hall of Fame de la NBA en Springfield, Massachussets.

Dos nombres y un medio, la radio (aunque posteriormente narraran partidos para la televisión), sin los cuales la historia del baloncesto hubiera permanecido incompleta. Dos equipos, Lakers y Celtics, que jamás serían lo mismo si sus triunfos y derrotas no hubieran sido relatadas por las incomparables voces de estos románticos de la canasta que con estilos muy diferentes lograron trasmitirnos una misma pasión. Ya sabéis cual. Y como diría Chick Hearn "this game is in the refrigerator, the door is closed, the lights are out, the eggs are cooling, the butter´s getting hard and the Jell´O is jiggling" ("El partido está en la nevera, la puerta está cerrada, las luces apagadas, los huevos se están enfriando, la mantequilla se está endureciendo y la gelatina se está zarandeando")



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

El Cassius Clay de la canasta

Quizá fue porque el baloncesto norteamericano aterrizó en España con el All Star de 1988 mientras que los mejores años de la carrera de esta leyenda transcurrieron en el recóndito Medio Oeste en una franquicia recién nacida ligada a una ciudad a la que se conoce como la capital de la cerveza durante una década, la de los setenta, en la que la NBA hubo de competir con una mucho más espectacular liga ABA en la que impresionantes atletas (Julius Erving o David Thompson entre otros) machacaban el balón tricolor enardeciendo a toda la grada. Estoy seguro de que fue por esta anacronía que las paredes de las habitaciones de los adolescentes que crecieron viendo Verano Azul todas las tardes no estaban repletas de retratos de este mito.

Supongo que no os harán falta muchas más pistas para identificarle. Nacido en Nueva York y bautizado al catolicismo, se convirtió al islamismo cuando era entrenado por un integrista de los banquillos, John Wooden, en la Universidad de California Los Ángeles. Allí consiguió tres títulos universitarios de tres intentos, fue elegido dos veces el mejor jugador del campeonato y se ganó, por aquella estancia, el reconocimiento como jugador más destacado de la historia de la NCAA.

Ya lo tenéis, ¿verdad? Rookie del año y MVP del campeonato en su segunda temporada en la que formó una dupla imparable con el señor del Triple Doble, un tal Oscar Robertson. 2, 18 metros de altura y una gran envergadura le convirtieron en un enorme intimidador. Un talento innato para dominar su cuerpo le ha permitido ser el máximo anotador de los sesenta y cuatro años de historia que tiene la mejor liga del mundo.

Si existen premisas universales para considerar a un jugador como una leyenda creo que Ferdinand Lew Alcindor, Kareem Abdul Jabbar, reúne todas ellas. Sus récords individuales, como el de máximo anotador o taponador de la historia (como bien apunta Mo Sweat superado ya por Hakeem Olajuwon), hablan por sí solos de su labor sobre el parqué. Sus seis anillos (uno con Milwaukee y cinco con los Lakers) son síntomas inequívocos de que Kareem no sólo era muy bueno, sino que además sabía lo que debía aportar en cada momento para que sus equipos ganasen. Su longeva carrera, diecinueve años, indica que fue un profesional. Su "sky hook" es simplemente música imperecedera, una herencia a la que podemos acceder todos a través de los vídeos.

Eso en cuanto al Kareem Abdul Jabbar jugador de baloncesto, pero su mito se alimenta no sólo de ganchos y mates, tapones o rebotes. Es más, para muchos, su labor contra el segregacionismo le eleva a una categoría superior. Descendiente de esclavos africanos destinados a la isla de Trinidad, su labor por la comunidad afroamericana no ha sido lo suficientemente valorada.

Copiloto del avión de "Aterriza como Puedas" y mentor de algunos fiascos como Jerome James o Michael Olowakandi, Kareem también puede presumir de haber superado un cáncer que afectaba a sus huesos y a su sistema linfático. Su labor como novelista ha obtenido un gran reconocimiento y sus actividades benéficas le definen como persona.

Hace pocos meses, desconozco si llegará a España, presentó un documental producido por él mismo sobre el primer equipo profesional integrado en su totalidad por jugadores negros, los Harlem Rens que en una época, la de la Gran Depresión, de auge racista lucharon por hacerse un hueco en un deporte como el baloncesto al son de un nuevo estilo de música al que, pronto, también los blancos se rendirían, el jazz.

Más que un jugador, un humanista, un hombre total al servicio de sus orígenes y muy religioso. Una leyenda que nos dejó mucho más que un gancho indefendible y numerosas marcas batidas. Un servidor del ser humano que entendió que era en torno a una canasta donde mejor podía desempeñar su misión. 



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Queda derogada la Ley de O´Neal



Escuchar a los Beatles o degustar las letras de sus principales temas, es siempre una sabia manera de llamar a la diosa inspiración, de rescatarla de ese abismo adimensional en el que a veces parece sumida. Máxime cuando hoy toca hablar de un mito de calibre sólo comparable al de la propia banda de Liverpool.


"Tú dices adiós y yo digo hola, hola, hola. No sé por qué dices adiós. Yo digo hola. (...) Tú dices por qué y yo te digo que no lo sé". Hello Goodbye de los Beatles resume en breves palabras el intenso diálogo que ha debido mantener en los últimos años Shaquille con los propios dioses de este deporte. Probablemente, a O´Neal se le aparecieran habitualmente en sueños los Jordan, Barkley, Chamberlain u Olajuwon, personajes que alargaron innecesariamente sus carreras disputando temporadas mediocres muy alejadas de su verdadero nivel. Las lesiones se suceden, se reproducen, se compensan y aparecen en otras partes del cuerpo. Es mejor despedirse a tiempo, pero qué quieren que les diga. Decir adiós siempre ha sido duro. Yo les entiendo.Por eso siguieron diciendo "hola".

Puede que O´Neal haya prolongado en exceso la agonía haciendo que muchos jóvenes lo identifiquen con un jugador sobrevalorado por nostálgicos y trasnochados veinteañeros que crecieron (crecimos) bajo la alargada sombra del Big Cactus (se hizo llamar así en su paso por Phoenix). Por suerte, ahora, los registros gráficos dan muestra, en diferentes formatos, del impacto que tuvo Diesel en la liga tras ser número 1 del Draft en 1992 tras haber sembrado el terror en la liga universitaria (como muestra los 17 tapones que puso en un partido). Cuando Jordan dejó el baloncesto en el verano de 1993 sólo Twister pudo llenar el vacío sobre todo cuando formó junto a Penny Hardaway una de las parejas más espectaculares de la liga. Fue entonces cuando en España se empezaron a ver sudaderas de los Magic, una franquicia nacida en 1989 y que pronto, en la 94-95, disputaría su primera final de la NBA. Los de Orlando fueron barridos y Shaq recibió una lección del bailarín de claquet del Cotton Club, Hakeem Olajuwon.


Del número 32 de los Magic al 34 de los Lakers, la franquicia en la que realmente se convirtió en leyenda especialmente a partir de la llegada de Phil Jackson con quien siempre mantuvo una relación excepcional. En Los Ángeles empezó a aplicar su ley de forma tiránica aprovechando, todo hay que decirlo, un período en el que los grandes pívots de los noventa (Olajuwon, Ewing, Robinson o Mourning) daban sus últimos coletazos ya fuera por edad o por lesiones graves e inoportunas (como la afección cardíaca del último de la lista).

Shaq no hubiera logrado nada sin la ayuda de sus compañeros y entrenadores. El Padrino, como fue bautizado por su manera de dominar la competición sin que nada pareciera escapar de su control, se puso ciego a títulos sí, pero lo hizo "con un poco de ayuda de sus amigos". De Kobe o Wade, (dos escoltas que pasarán a la historia) de Phil y Pat (dos de los cinco mejores entrenadores de siempre). Se supo rodear de gente fiel y lo pasó mal cuando le traicionaron. Y es que si algo caracterizó a Shaq durante sus 19 años de carrera no fue sólo su poderío bajo los tableros, sino sobre todo el gran corazón que demostró tener dentro y fuera de la cancha. Los All Star Games no serán lo mismo sin él. No habrá un showman de sus características aunque Howard lo intente con todas sus fuerzas.

Se declara, por tanto, derogada para siempre la ley de O´Neal. Ya saben, esa que decía "hago lo que quiero, cuando quiero y lo que me da la gana". Algunos respirarán tranquilos al no tener que cruzárselo en la zona. Sólo espero y deseo que al menos en dos pabellones cuelgue del techo la camiseta de este genio que tuvo la suerte o la desgracia de vivir dentro de un cuerpo de 2,16 y casi una tonelada de peso. 



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Bel Air tiene nuevo príncipe



Puede que no se parezcan en nada. De hecho uno nació en Catania en 1959 y el otro en Filadelfia nueve años después. Sin embargo, después de conocer que Ettore Messina formará parte del staff técnico de los Lakers enseguida pensé en Will Smith cogiendo aquel taxi (que olía a rayos) con el cartel de Hollywood en el horizonte con destino a la casa de su tío Phil.

La suerte para Ettore es que Phil se ha ido al rancho de Montana, su desgracia es que aún sigue en la casa, más bien acaba de llegar, su primo Carlton encarnado en la figura de un Mike Brown que durante su periplo en Cleveland más bien pareció Jeffrey, el mayordomo del señor Lebron James.

Y hasta ahí las coincidencias. Aquí no hay jóvenes adolescentes sino adultos que sólo se conforman con ganar. Puede que su dominio del italiano y sus años en Milán, hagan que Kobe se acostumbre rápidamente al carácter de Messina. Sin embargo, el siciliano conocerá de cerca cómo los Alejandro Delmás, Paco Torres y demás estiletes del periodismo de baloncesto de nuestro país son simples corderitos al lado de los hambrientos dinosaurios de la prensa angelina. Y si no que le pregunten a Pau.

Si se rumorea que los jugadores del Madrid le hicieron la cama a Messina dejándose perder contra Valladolid y Siena consecutivamente y de forma vergonzante, en los Lakers, directamente, tienen preparada una catapulta para lanzar muy lejos de sus dominios a quienes no interpreten de forma adecuada los designios de Kobe. Y en eso Carlton, perdón Mike Brown, creo que tiene la lección aprendida pues fueron muchas las ocasiones en que se ofreció a llevar el café a Lebron a cambio de ser nombrado, en 2009, entrenador del año.

Soy consciente de que, de nuevo, estoy cayendo en la crítica fácil a dos entrenadores de referencia en el panorama internacional. En realidad sólo pretendo decir que el futuro de los Lakers se plantea borrascoso. Este tipo de decisión no es propia de un club con la historia y la tradición de los de oro y púrpura. Si hubieran sido los Knicks no habría dicho nada. Pero tratándose de los Lakers uno se pregunta si Mike Brown y el Will Smith siciliano van a aportar el saber estar y el glamour exigido por un estilo, el de la principal franquicia de Los Ángeles, reconocido en toda la liga por su clase y su postín.

Desde aquí sólo me queda desearle mucha suerte a Ettore al que tan duro golpeé, de manera figurada, por abandonar en plena tormenta la nave blanca dejándola sin timón ni timonel (que diría el maestro Sabina). Espero que disfrutes de las cenas con Jack, que te creas un intocable como Andy García y que te des besos para la "kiss cam" con Dustin Hoffman. Porque estoy seguro de que, al llegar, no vas a poder reprimir gritar en alto, a pesar de haber estado en ciudades como Moscú o Madrid aquello de ¡Esto es Hollywood!

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Phil´s eleven



No es que pretenda comparar a Phil Jackson con Danny Ocean. Es más, todos los colegas de Danny Ocean, aunque ladrones reconocidos, le fueron mucho más fieles en todas sus empresas delictivas de lo que ayer le demostraron a Phil sus jugadores.

Siento hacer este tipo de comparación, pero Jordan jamás se hubiera permitido un desastre de tamañas proporciones. Hubiera asumido el protagonismo, habría agarrado de la pechera a Horace Grant o a Toni Kukoc y les habría dicho: "Contad conmigo y yo contaré con vosotros". Y es que el lenguaje corporal de hombros caídos y mirada perdida que ayer pudimos observar no encuentra comparación alguna en la historia reciente. Grandes dinastías han caído, pero nunca de esta manera. Los Lakers de Magic abandonaron jugando una final contra los Bulls andando porque ya no podían de otra manera, pero jugando una final. Los Pistons de Thomas, Dumars y compañía siempre dieron la cara hasta el último momento, por no hablar de los malheridos Celtics del big three McHale, Parish y Larry Bird quienes con la espalda o el tobillo maltrecho siempre demostraron orgullo. Y qué me decís de los Spurs de Duncan. Cuatro anillos y este año mejor récord de la temporada regular. Eso es caer con dignidad.

Y no lo de ayer. La historia terminará por hacernos olvidar el ridículo de anoche y recordará por siempre los once anillos conquistados por Phil. Los seis de Jordan y Pippen, los tres de Shaq y Kobe y los dos de Kobe y Gasol. Sin embargo, los buenos aficionados siempre recordaremos cómo se fue Jackson, empujado al vacío por unos jugadores que anoche nos invitaron a pensar que nunca creyeron en él. Que ganaban porque eran muy buenos, pero que no lo hacían por Phil. Que lo hacían por ellos.

Y habló Magic. Tarde. Criticó el juego del equipo y la planificación de la plantilla. Tarde. Eso se hace en verano, pero claro, eres Magic y tu historial te permite decir esto. Y aun cuando para muchos Kobe pasará a ser el mejor jugador de la historia de los Lakers, tú lo seguirás siendo para mí y para unos cuantos que apreciamos otro tipo de aspectos como tu carisma, la revolución que introdujiste en el juego o tu versatilidad para ganar anillos incluso jugando de pívot (42 puntos 17 rebotes jugando de pívot en ausencia de Jabbar durante su año de rookie en el sexto partido de la final ante los Sixers). Pero era tarde.

En la Avenida Figueroa, sede del Staples Center, se huelen aires de cambio. Se recomienda por megafonía a Gasol, Bynum y Odom que tengan las maletas preparadas durante todo el verano. Así de injusto es el baloncesto porque ellos fueron los principales pilares para conquistar sobre todo el último anillo cuando Bryant había perdido toda inspiración en la serie contra Boston. Pero Kobe es intocable, es leyenda viva de una de las dos mejores franquicias de la historia. Y se comprende.

Lo que no se comprende es como la banda de Phil le hizo la cama de un modo que ni siquiera Danny Ocean hubiera podido idear. Pero lo del Phil´s eleven no era para hacer la gracia, que también, sino sobre todo para rendir tributo al mayor mito viviente de los banquillos, para el único que cuando (esperemos que dentro de muchos años) ascienda al paraíso podrá mirar cara a cara a Red Auerbach. Será entonces cuando se fumen ambos un puro recordando, entre bromas, el desgraciado día en que el Maestro Zen dijo adiós a los banquillos.

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El partido del siglo (I)




El silicon valley contra la Ruta 128, uno de los trece primeros estados de la federación frente a uno de los últimos en ser conquistado (en 1848 tras la guerra con Méjico), el noreste contra el suroeste, los inviernos fríos frente a los eneros al sol, Harvard contra Stanford.

Red Auerbach contra Pat Riley, Bill Russell contra Wilt Chamberlain, John Havlicek frente a Jerry West, Magic ante Bird.

El verde contra el amarillo. 17 anillos contra 16, el showtime frente al pase extra, el big three formado por Baylor, West y Chamberlain ante el integrado por Parish, McHale y Bird.

Simplemente Lakers contra Celtics. Dos modos distintos de entender la vida, dos maneras diferentes de concebir el juego, dos ejemplos igualmente válidos para demostrar al mundo que los caminos del triunfo no pasan siempre por las mismas premisas.

Y, paradojas de la vida, llegan ambos tras derrotas dolorosas por no decir vergonzantes. Los de Boston tienen la excusa de haber llegado a Phoenix a las cuatro de la madrugada desde Portland para jugar uno de esos "day to day" que levantarían en armas a los caprichosos futbolistas españoles a quienes jugar un 2 de enero les parece un martirio. Las piernas de los de verde no respondieron y se quedaron en unos míseros 71 puntos.

Peor aún fue la derrota de los Lakers en su casa frente a uno de los peores equipos de la liga, los Sacramento Kings. Mientras Kobe seguía alcanzando cotas a nivel personal con un buen partido, el "24" se encontró desasistido por unos compañeros especialmente fallones, cosa normal en Artest, Blake o Fisher, pero extraña en el caso de Odom y Pau. Éste habrá de ser el principal objetivo de la defensa céltica. Si aíslas a Kobe y éste empieza a jugar el papel de héroe sus compañeros se sentirán inútiles y bajarán los brazos tanto en defensa como en el rebote.

El partido se presenta muy interesante. En juego algo más que una simple victoria. Para Doc Rivers y su tropa se trata de empezar a cobrarse el precio de las lágrimas derramadas aquel 17 de junio. Para Kobe y los suyos se trata de seguir demostrando que las derrotas en liga regular son sólo una señal de aburrimiento y desidia enviando, de esta manera, a la competición la clara señal de que cuando el trofeo Larry O´Brien esté en juego ellos serán los principales favoritos. Que para eso son los campeones.

Habrá duelos personales interesantes. Garnett contra Gasol, Pierce contra Bryant, Shaquille contra Bynum, Big Baby Davis contra Lamar Odom y Rondo contra el que quiera Phil Jackson que le defienda.

Y todo ello a partir de las 21,30 horas en la Península. La oportunidad para disfrutar del mejor partido de la mejor liga del mundo es única. ¡Ojo! Conviene no confundir bueno con espectacular. Será partido para buenos aficionados, para aquellos que saben apreciar un buen bloqueo, una buena finta defensiva o la dificultad de una canasta trabajada ante una buena defensa. Al fin y al cabo éste es el baloncesto que conduce al triunfo, aunque sea por diferentes caminos. Y a mí me encanta.

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¿Qué le pasa a los Lakers?





Se acaba el año en que los Lakers se hicieron con su decimosexto anillo y lo hace mientras los angelinos se hallan sumidos en una profunda depresión. Con todas sus piezas sobre el parqué, cosa que no pueden decir otros grandes equipos como Boston, Miami o Dallas, los Lakers se muestran incapaces de mostrarse sólidos en la zona y acertados desde el perímetro.¿Se los habrá tragado la Falla de San Andrés?

La ausencia de un base director suele ser suplida en los equipos de Phil Jackson por un nivel medio de pasadores más que aceptable en el resto de posiciones. Sin embargo, tras un prometedor inicio de temporada tanto Odom como Gasol han entrado en barrena quizá por el exceso de minutos al que se ven obligados a jugar por la pobreza de la rotación desde el banquillo.

Anoche, en San Antonio se demostró, una vez más, que los Lakers no tienen ni base, ni banquillo. Jugadores como Gary Neal o George Hill parecían estrellas coincidiendo en el campo contra los suplentes de los Lakers. Lo que es peor, ninguno de los titulares de los Spurs tuvo que irse a más de 34 minutos de juego para vencer con comodidad el partido.

Sólo una recuperación milagrosa de Bynum que le convirtiera de nuevo en una referencia en la zona podría hacer recuperar a los Lakers su cartel de favorito. Si no, Pau y Odom parecen no ser suficientes para atacar y, sobre todo, para defender a front courts mucho más poderosos.

Y qué decir de Bryant. En su favor, que no se esconde. En su contra, la mala gestión de su papel en la cancha, la mala selección de tiro, sus bajos porcentajes, sus pérdidas de balón y su egoísmo. Ayer falló 13 tiros seguidos hasta el punto de que Phil Jackson afirmó en rueda de prensa que de haber estado en la cancha no le habría pasado el balón a Kobe. Yo, directamente, habría abandonado la pista y lo habría hecho con más motivos de los que aludieron como causa los controladores aéreos el pasado 3 de diciembre.

Bryant está nervioso. Es un hecho que demuestran sus últimas técnicas contra Milwaukee, Miami y San Antonio. Tres partidos, tres técnicas. Tres partidos, tres derrotas. Dos rivales importantes, dos palizas. En mi opinión Kobe está sin explosividad. Su operación de rodilla es más importante de lo que la gente puede pensar y el 24 de los Lakers aún no ha averiguado cómo puede hacer vencer a su equipo sin las piernas que antes le permitían ser imparable en ataque.

¿Qué pensáis vosotros? ¿Están en crisis los Lakers? ¿Es importante el record en temporada regular? ¿Volverá Bryant por sus fueros?

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Empiezan los training camps




Llega el 27 de septiembre y con él el inicio de la pretemporada de los equipos NBA. Mientras la liga sigue convulsa a la espera del traspaso de Carmelo Anthony que envolverá, seguro, a un buen número de equipos y jugadores, los equipos empiezan a afinar sus piezas para la temporada que comienza el próximo 26 de octubre.

Por suerte, nba.com, nos ofrece en directo los entrenamientos de los mejores equipos empezando por el de los actuales campeones, los Lakers, a partir de las siete de la tarde hora peninsular.

Es el momento de empezar a prepararse físicamente, de estudiar el libro de jugadas si el entrenador es nuevo y de repasarlo con los nuevos retoques si continúa el entrenador. Es el momento para estudiar las diferentes combinaciones de jugadores y de empezar a diseñar las rotaciones. Y también, para fortuna de aficionados y prensa, es el momento para empezar a dejar titulares grandilocuentes surgidos desde las profundidades del estómago y no desde el raciocinio puro y duro de una mente fría.

Estoy seguro de que los Beach Boys de Miami responderán a miles de preguntas relacionadas con las 72 victorias en liga regular que consiguieron los Bulls en la temporada 95-96 o con las 33 victorias consecutivas de Los Ángeles Lakers en la temporada 71-72. Seguro que Lebron, Bosh y Wade intentarán responder con respuestas de manual, pero ante tanta insistencia también veo posible la opción de que principalmente Lebron se descuelgue con algo así como: “Si Dwayne, Chris, yo y el resto de chicos jugamos como sabemos es imposible que podamos perder”.

Los Lakers, en la búsqueda del “threepeat”, tendrán que responder a preguntas del tipo: “¿cuál es la verdadera amenaza para que podáis conseguir el tercer título consecutivo?”. Si responden de forma coherente dirán que sólo piensan en el próximo partido y que es demasiado pronto para pensar en las finales. Sin embargo, todos en la soleada Los Ángeles tienen la mira puesta en los Heat y me temo que cometerán el error de enterrar a los Celtics. O al menos, los meterán en la Residencia.

Lo que la prensa está vendiendo como un duelo entre Los Ángeles y Miami es, en realidad, una pelea mucho más apretada con muchos más contendientes. A la espera de que Carmelo Anthony decida destino Orlando, Chicago y Boston son alternativas para los Heat en el este y Dallas, al menos, tratará de acabar con la supremacía de los de oro y púrpura en el estado del sol poniente.

Con el inicio de los entrenamientos iniciaré una serie de posts en los que a través de alguna de las figuras de la NBA repasaré las opciones de sus diferentes equipos ante la temporada que llegará en apenas un mes.

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¿Sabías que...?


El Doctor Naismith (inventor del juego) pidió en 1894 a los hermanos Spalding que desarrollaran la primera pelota de baloncesto. Hasta ese momento al baloncesto se jugaba con una pelota de fútbol.

Los Ángeles Lakers poseen el record de mayor número de victorias consecutivas (33) no sólo en la NBA sino en todos los deportes profesionales en Estados Unidos.

El 10 veces medallista olímpico, Carl Lewis, fue drafteado en 1984 por los Chicago Bulls en la posición 208, el mismo año en que seleccionaron a Jordan como número 3 (y Portland a Sam Bowie con el número 2).

En la temporada 2005-2006 los Detroit Pistons entrenados por Flip Saunders (Cortefiel Saunders para Montes) repitieron quinteto en 73 partidos de forma consecutiva hasta que Rasheed Wallace fue sancionado. ¿No os suena familiar?

Tras 39 años jugando en la Conferencia Este, los Atlanta Hawks no han alcanzado nunca las finales de conferencia pese a haber contado en sus filas con uno de los mejores anotadores de la liga, “The human highlight film” Dominique Wilkins. Sin embargo, los Sant Louis Hawks (1956-1971) obtuvieron un título (1958) y jugaron otras tres finales de la NBA (1957, 1960 y 1961) con Bob Pettit (2 MVP de la temporada) como máximo representante.

Los cinco equipos con mejor porcentaje de tiro durante una temporada coinciden con los Lakers de los 80 (1985 con un 54,5%, 1984, 1980, 1983 y 1986). Esto se puede interpretar de muchas maneras. En cualquier caso, seguro que el juego alegre de contraataque y los casi infalibles “sky hooks” de Kareem Abdul Jabbar contribuyeron a estas cifras.
Wilt Chamberlain nunca fue expulsado por faltas durante su carrera pese a promediar 46 minutos por partido y aun disputando todos los minutos posibles en la temporada de 1962. Wilt siempre persiguió este record por lo que dejaba de defender los tiros cuando le pitaban la cuarta falta. Alguno de sus contemporáneos están seguros de que Chamberlain hubiera ganado más anillos si no hubiera perseguido este objetivo.

Curiosamente, Phil Jackson y Red Auerbach sólo han ganado una vez el galardón de “entrenador del año” pese a ser los más laureados. Por ejemplo Pat Riley y Don Nelson (0 anillos como entrenador) han ganado 3.

Durante la década de los 70 tres equipos ganaron el título sin haber ganado 50 partidos durante la temporada regular: Golden State (1975), Portland (1977) y Washington (1978). En los siguientes 32 años sólo un equipo lo consigió: Los Rockets de 1995. Los Celtics de este año han estado a punto de ganar con sólo 50 victorias.

El único jugador en promediar un triple doble en una temporada fue Oscar Robertson jugando en los Cincinnati Royals (30,8 puntos, 12,5 rebotes y 11,4 asistencias).

Hablando de triples dobles Chamberlain patentó el doble triple doble al conseguir al menos 20 en tres categorías. El 2 de febrero de 1968 consiguió 22 puntos, 25 rebotes y 21 asistencias (hay que tener en cuenta que en aquella época no se contabilizaban los tapones). De hecho desde 1967 su inabordable ego le llevó a perseguir ser el máximo asistente de la liga y dejó de tirar en buenas posiciones. Sin duda, todo un personaje. 

Espero haberos sorprendido con alguno de estos datos. Aun así me gustaría que participarais comentando otra serie de cifras relacionadas con el baloncesto que os hayan llamado la atención. 




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