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A buen exprimidor...

 




Es natural. No los culpo. La función de un exprimidor es exprimir las naranjas hasta la última capa superficial de su piel. Hasta que no quede nada de pulpa, nada. Exprimir, exprimir y volver a exprimir, que diría Luis Aragonés. El problema se multiplica cuando el exprimidor funciona como una institución cuyo principal incentivo, como el del resto, es sobrevivir. Sobrevivir para exprimir. Exprimir para sobrevivir. Miento, el verdadero problema es creer ser naranja y sentir que necesitas del exprimidor para vivir y ponerte en sus manos cada año, como si nadie pudiera exprimirlas mejor.

 

Esto no sería un problema si los miembros que forman las piezas del exprimidor sintieran que su futuro depende de cultivar más naranjos, recolectar, y por lo tanto exprimir, más naranjas, no de exprimir con más esmero las que hay. Pero eso lleva tiempo, exige talento y esfuerzo y ellos se dedican solo a exprimir. No saben hacer otra cosa. Algunos ascendieron de naranja a exprimidor y ya se han aprendido el lema de Bartleby: «preferiría no hacerlo». No crear, no difundir, no promocionar, no educar. En fin, pudiendo exprimir…

 

El tema es que la naranja apenas presenta ya la última frontera de su piel. Hasta el punto de que apenas es posible sacar unas rozaduras para aromatizar un cóctel o algún postre casero. A la naranja se le cayeron los patrocinios de marcas de alcohol y otras drogas, el apoyo de las inmobiliarias y la industria que las complementaban, el dinero procedente de las arcas municipales, que siguen raquíticas, solo que ahora más fiscalizadas, las subvenciones autonómicas, que ya no son las de antes de la crisis. En fin, no queda naranja, pero, en vez de cultivadores, el exprimidor jefe ha decidido poner más exprimidores.

 

Expandir el número de ligas, repartir la pobreza, endeudar más a las cuatro naranjas, y a los cuatro cultivadores, locas que todavía creen y apuestan por esto. Ello para seguir dando de comer a su hornada de nuevos exprimidores, que se ríen de las naranjas que aspiran a ser hoja nueva, árbol, cultivador, que intentan hacer crecer el deporte del baloncesto alejándose de los debates inútiles, de las tertulias de barra de bar, del reparto de la miseria, de la indolencia de la mayoría. Pero quién puede culpar a los exprimidores por tener hijos exprimidores que se dedican a exprimir para sobrevivir, a sobrevivir para exprimir. La familia es la familia y la familia es lo primero.

 

En fin, a buen exprimidor…

 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Agenda 2020 del baloncesto español





El baloncesto español tiene sobrados motivos para iniciar 2020 subido en el tren del optimismo. Los resultados de las selecciones nacionales absolutas, campeonas del mundo y Europa, sumados a los que seguimos cosechando en categorías inferiores, hablan por sí solos de la buena salud de que goza nuestra élite. Buena parte del mérito, por cierto, hay que atribuírsela a la gestión del director técnico de la Federación, José Ignacio Hernández, un salmantino dotado de una excepcional intuición para la toma de decisiones estratégica y la resolución de problemas; hábil, muy hábil, en la gestión de grupos humanos y en colocar a cada cual en el sitio correcto, en el puesto para el que está mejor preparado.

Obviamente, Lucas Mondelo y Sergio Scariolo son dos apuestas seguras, quién se arriesgaría a decir lo contrario una vez observados su currículo e historial. En ambos casos, además, se puede destacar una notable evolución, más reconocible en el terreno táctico en el primero y en la dirección de grupos en el segundo, aunque lo más relevante sea, en ambos casos, el modo en que sacan partido a sus cuerpos técnicos, integrados por profesionales altamente preparados e indudablemente comprometidos con la consecución de los objetivos.



Sin embargo, aunque no me cabe duda de que las chicas conseguirán la plaza y ambos conjuntos serán competitivos en Tokio, creo que la agenda de prioridades de todos los elementos vinculados al baloncesto de modo más o menos profesional debe mirar más allá, tanto en el espacio como en el tiempo. Entre otras cosas porque se avecina una crisis de carácter estructural, claramente conectada con el modo en el que la sociedad de concibe a sí misma y fija sus prioridades. Alguien, dotado a partes iguales de información e imaginación, debe trasladarnos inmediatamente al año 2030 en el supuesto de que, como viene ocurriendo hasta ahora, no haya cambios sustanciales, nadie se siente a hacer este ejercicio prospectivo y todos, sin excepción, se dediquen a librar sus particulares batallas diarias por un cuenco de sopa, o un Ferrari (siempre ha habido clases).

Como muchos intelectuales ya mencionan en sus obras, el principal mal del futuro próximo no será el desempleo, que existirá pero no será observado como tal mal, sino la irrelevancia. Una irrelevancia para la cual, por cierto, estamos creando un caldo de cultivo inmejorable al haber encumbrado al individuo haciéndole sentir dueño de su destino sin exigirle que se prepare para ello. Sí, me temo la irrelevancia del baloncesto, en general, como alternativa de ocio, más aún la de las competiciones domésticas, toda vez que el domicilio se haya convertido en un parque de atracciones virtual, desde el que poder ver la NBA con las mismas sensaciones que Woody Allen tiene cuando sigue a los Knicks en su asiento a pie de pista (aunque creo que ahora no puede ir, por si lo linchan).

Alguien debería explicarles a los gerentes de negocios pequeños, y la ACB y las competiciones FEB, más aún, lo son, que es necesario asociarse para sobrevivir; cooperar y, desde luego, ser pacientes en el reparto de los beneficios. Comprendo que todas las partes quieran asegurarse el pan de cada día, y que es difícil remodelar una estructura heredada, con una red de intercambio de favores que se pierde en el tiempo hasta volverse infinita, pero alguien lo tendrá que hacer.

Si me preguntan, en 2030 no deberían existir más que dos ligas masculinas de baloncesto, de 16 o 18 equipos cada una, en proyectos vinculados no tanto con estructuras anticuadas como los clubes, como sociedades multifuncionales que entiendan el baloncesto como una rama que les aporta valor en áreas relacionadas con el entretenimiento, pero también la educación o la simple imagen de la marca. Sociedades en las que los gobiernos locales puedan participar, dentro de su propia agenda de marketing urbano, aunque para entonces este haya cambiado también dramáticamente. Dos ligas regidas por un estamento superior cuya supervivencia esté íntimamente unida al éxito económico del modelo: no es sostenible una Federación operando al margen de los clubes, pidiendo antes que dando.

No veo a más de 36 sociedades financieramente viables, saneadas y responsables en los pagos y en la garantía de unas condiciones adecuadas para sus empleados, tampoco con una gestión profesional en áreas relacionadas como el marketing o la contabilidad: ahora tenemos 60 equipos entre LEB Plata y ACB. No veo a más de 15 jugadores por generación con nivel para jugar profesionalmente, aspirando a ofrecer, al mismo tiempo, un espectáculo suficiente para competir con las series, la realidad virtual, los juegos electrónicos, el poker o el satisfyer. Si la media de años en activo es diez, 150 jugadores españoles podrían jugar al mismo tiempo en esta nueva competición, entre cuatro y cinco por equipo. Y lo mismo puedo decir de los colegas entrenadores, para quienes el corte se nos debe volver a todas luces más exigente. No veo otra forma de huir de la autocomplacencia y de dejar de ofrecer un producto tan mediocre.

Ahora bien, retomo mi lado romántico: en paralelo debe avanzar la asignatura baloncesto, un modo de acceder a conocimientos transversales (habilidades motrices, comunicación no verbal, geometría, inglés, la capacidad de trabajar en equipo, la resolución de problemas, la toma de decisiones en tiempo real,…) a través de un juego, con el aval que ello supone en términos de motivación. Allí deben caer los mejores pedagogos, las personas más desprendidas, los egos menos inflamados; allí, a la escuela, pública o privada, deben acudir nuestros mejores hombres (y mujeres) armados de estrategias motivadoras y marcadores sin pilas, pilas que no pondrán hasta que los chicos (y chicas) se exploren a sí mismos y se conozcan también a través del otro, hasta que no conozcan, no las reglas, sino su sentido, y hasta que amen entrenar por entrenar.

Luego déjenme marcar dos puntos para la agenda 2020:

   1.     Jibarización del actual modelo de competiciones, artificialmente inflamado por asunción de una herencia insostenible. ¿Cómo? Incrementando, con sus correspondientes medidas transitorias, los estándares de exigencia a los diferentes proyectos (pagar un aval y un canon no es garantía ninguna de que se van a hacer bien las cosas). Este hecho repercutirá en una mejora radical del nivel de las competiciones, de los departamentos de comunicación, marketing, medicina, fisioterapia,… de los clubes. También de sus cuerpos técnicos, obligados a sacar lo mejor de sus jugadores, que tendrán un mayor aliciente, pero al mismo tiempo una mayor responsabilidad. 

    2.      Desarrollar un documento de “Baloncesto en la escuela” como proyecto de asignatura, extraescolar si se quiere (para qué condenarnos a seguir un currículo decimonónico), o alternativa para que los padres puedan llevar a sus hijos a formarse en mil competencias transversales mientras juegan al baloncesto, un deporte que en sus 128 años de historia se ha caracterizado por su natural fusión con la academia sin renunciar, al mismo tiempo, a ser un ascensor social determinante en áreas de alta pobreza y (por ende) criminalidad. Este documento deberá incluir una formación para que pedagogos, por un lado, y entrenadores superiores de baloncesto, que deseen participar de este gran programa, subvencionado por fondos públicos, puedan acceder a ella. Y este programa, al contrario que el curso de entrenador superior o el Máster de Secundaria, deben capacitar y certificar convenientemente, sin que a nadie le tiemble el pulso, a los pocos perfiles capaces de convertir al baloncesto en esa varita mágica que puede llegar a ser y que a veces reducimos al pobre arte, muchas veces aburrido, como dice Popovich, de meter o fallar canastas.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Filosofía y método






Esta tarde a eso de las siete en la Cafetería Cervecería 5 Arcos de Salamanca (C/Alfonso IX de León, 122), como previa a la final olímpica que enfrentará a Serbia y Estados Unidos, y gracias a la confianza depositada por José Ángel Cortés Ramos, responsable del área de entrenadores en la delegación de Salamanca, expondré en una breve charla las claves que, en mi opinión, explican los indiscutibles éxitos de la selección norteamericana, la cual afronta esta noche la búsqueda de su decimoquinto oro en diecinueve Juegos Olímpicos (y que puede presumir, también, de seis oros consecutivos en categoría femenina). 

Claves que residen, probablemente, en cuestiones que van más allá del baloncesto (demográficas, económicas, sociológicas,…) pero que también se encuentran en el núcleo del propio deporte, en su historia, en sus relaciones con los diferentes niveles educativos y, sobre todo, en la existencia de un método de enseñanza que, si antes perduraba por el contacto entre “escuelas de entrenadores”, hoy se ha institucionalizado gracias a los esfuerzos de USA Basketball por unificar todas esas tendencias en una que, siendo flexible, pretende marcar el camino de la excelencia: el youth development curriculum.

Dado que en la cumbre de dicha pirámide que abarca a las más de treinta millones de personas que practican el baloncesto en Estados Unidos –en todas las edades y categorías– se encuentran las selecciones absolutas, me he querido valer de lo que el equipo entrenado por Mike Kzyzewski ha ofrecido a lo largo de la competición. Un equipo, por cierto, cuya propuesta me ha parecido poco ambiciosa –quizá por el poco tiempo para prepararse–, pero que sigue mostrando el ADN fundamental del jugador norteamericano, mezcla de escuela y baloncesto callejero, con mil recursos sobre bote, dominio absoluto de su cuerpo en las finalizaciones y muy buenos fundamentos desde la situación de triple amenaza. Un jugador que defiende con posiciones muy ortodoxas, agobiando el balón con sus manos y cerrando líneas de pase.

En cualquier caso, aunque los estadounidenses pudieran terminar imponiéndose esta noche consiguiendo el doblete olímpico, dos modelos salen igualmente reforzados de la cita demostrándoe, tal vez, como los únicos que, en la actualidad, cuentan con un nivel adecuado de planificación, programación y seguimiento, además de con vías de financiación suficientes como para mantener la apuesta. Estos son el serbio, que con siete millones de habitantes ha colocado a sus dos selecciones en las medallas y, por supuesto, el español, el derivado de la FEB, pero deudor indiscutible del trabajo que los jugadores realizan en los clubes.

Si España logra, como todos deseamos, conquistar el bronce ante Australia, tres selecciones se habrían repartido las seis preseas en juego. Tres selecciones con filosofías y métodos distintos, sí, pero con filosofía y método. Esto para los que empiezan en el baloncesto pensando que se trata básicamente de enseñar a botar, pasar y tirar. Esto para los que creen que todo pasa por meter un punto más que el rival. Filosofía y método.

Os dejo con el avance de la presentación, que podéis ver pinchando AQUÍ.


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El corazón de la primavera




Hoy, que apura el mes sus últimas lluvias (esperemos) y amenaza mayo con polinizar las zonas verdes de nuestras ciudades, he decidido hacer un repaso de los últimos acontecimientos. No me pidan ir en orden, pues se mezclan en mi cabeza sanciones federativas, eliminaciones sonadas, lesiones y cánones. Las noticias se sucedían con tal cadencia que hubiera hecho falta dedicación exclusiva para no ser sobrepasado por su volumen.

Perdió el Madrid, frente a Fenerbahce, y no podrá defender su título en Berlín. Perdió en agosto, al planificar la plantilla y no saber suplir la baja de Slaughter ni añadir centímetros a la ausencia de Bourousis. Perdió en octubre, jugando copas intercontinentales y amistosos contra equipos NBA, renunciando con ello a hacer una buena pretemporada. Desde entonces todo han sido palos de ciego, inconsistencia y arreones de talento sin orden ni concierto. Demasiado corazón, poca cabeza.

Cayó el Barcelona, frente al Lokomotiv, exigiendo un nuevo esfuerzo a sus seguidores para mantener la paciencia. Xavi Pascual sabe de qué va esto, conoce toda la geometría que encierra el baloncesto, el conjunto de redes y nodos que se tejen en un partido, pero a sus equipos siempre les falta algo: pasión.

El Tribunal de la Competencia resolverá en pocos días anulando el canon de ascenso a la ACB. La justicia dirá en términos jurídicos lo que al ciudadano de a pie llevaba años saltándole a la vista. Entre cánones, fondos de ascensos y descensos, avales y, por supuesto, IVA, los clubes que ascendían por primera vez a la ACB debían reunir 7,5 millones para hacerlo. Para más inri, el dinero procedente del canon se repartía directamente entre los clubes miembros como compensación a los esfuerzos que estos han venido realizando para el mantenimiento de la competición, es decir, no eran reinvertidos en beneficio de la competición, en su difusión o la mejora de la calidad. El canon era ante todo una barrera de entrada al mercado profesional de baloncesto. Una anomalía.

Tengo claro que España participará en los Juegos Olímpicos de Río. Se ganó su plaza conquistando el campeonato de Europa en tierra hostil y allí estará a pesar de las amenazas de la FIBA de castigar a la FEB por no haber sido contundente con los clubes que han firmado ya su compromiso con la Euroliga y la Eurocup, competiciones gestionadas por la ECA, una organización que según la FIBA impide la participación de ciertos clubes y de ciertos países y que no cumple con unas mínimas normas de transparencia. No sé quién tiene razón en todo este asunto ni cómo se resolverá la cuestión, pero España participará en Río soñando con el oro que le fue esquivo en Pekín y Londres.

Perdieron los Celtics y están eliminados. Tras doscientas posesiones el talento se convierte en un factor desequilibrante y ni la dinámica, ni el apoyo incondicional de la Bombonera del baloncesto, el TD Garden, son suficientes. Atlanta Hawks es mejor equipo y juega mejor baloncesto porque tiene mejores jugadores, más amenazas exteriores, más centímetros en la zona y mejor rotación. Para los verdes llega un verano clave, el que definirá si el período de reconstrucción ha llegado a su fin o si serán necesarios nuevos parches. El peso de la historia y la presencia de un gran entrenador deberían ser atractivos suficientes para la llegada de ese talento que tanto hemos echado de menos.

Las lesiones de Paul y Curry han cambiado el panorama de los playoffs. La de Paul, sumada a la de Griffin, es devastadora; ningún equipo de la NBA actual podría sobrevivir en la postemporada sin la participación de sus dos mejores jugadores. La de Curry simplemente introduce incertidumbre. No sabemos cuándo volverá y hasta dónde podrían llegar los Warriors sin la presencia del MVP. Parece que Portland, si concreta su pase frente a Clippers, no será rival, pero tanto los Spurs como los Thunder se presentan como un negro horizonte para los de la Bahía si Curry no llega a tiempo para desestabilizarlos con su inconsciencia controlada.

Y así se fue abril, su segunda quincena. Y así amanece mayo, el mes en el que veremos si Baskonia puede sorprender en la Final Four, si Curry vuelve a tiempo, si Popovich tiene la varita y si, como todo parece indicar, los Cavs se presentan como alternativa en el Este.


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Estado de la cuestión





Me pillan echando cuentas, explorando los entresijos del oficio de entrenador de baloncesto, analizando las probabilidades que un tipo nacido en Salamanca, sin especiales cualidades para el juego, tiene de prosperar en este mundillo. Solo espero que no me lean quienes “ya me lo habían dicho”, o quienes, sin expresarlo verbalmente, me invitan continuamente a retomar la idea de preparar una oposición por el simple –que no banal– hecho de asegurar el futuro. Me pillan haciendo tablas, investigando trayectorias y buscando causalidades que me hagan llegar a la receta del “éxito”; tratando de discernir, en definitiva, cuáles son los caminos a tomar si es que, verdaderamente, somos nosotros, y no el azar, los que los elegimos.

Y resulta que de los 34 entrenadores que pueden vivir más que dignamente de esto en nuestro país (los 18 de ACB y los 16 de LEB Oro) 10 fueron jugadores de élite. Su conocimiento del juego por “haber estado ahí” y su acceso privilegiado a los códigos internos de un vestuario los hace candidatos casi inmediatos a un puesto de estas características. El último en incorporarse a esta lista ha sido Carles Marco, pero de todos ellos el más veterano y reputado es, sin duda, Aíto García Reneses, excelso base en Estudiantes y F.C. Barcelona y auténtico gurú de los banquillos. Muchos de ellos llegaron a los cargos técnicos de grandes equipos sin haber conocido otras categorías y, por supuesto, ninguno de ellos hubo de dedicarse antes al baloncesto de cantera. El caso paradigmático de entrenador de estas características es, hoy en día, Pablo Laso, aunque al menos el vitoriano sí que recorrió ligas más modestas dentro del mundo senior antes de dar el salto a la ACB.

Otra variable a tener en cuenta es la geográfica. De nuevo, al igual que en tantas otras facetas de la economía nacional, se reproduce el patrón centro-periferia que explica el actual mapa de riqueza y desempleo en nuestro país. El centro, agrario y despoblado, es también, en el baloncesto, un erial con un único foco productivo situado en Madrid. Además, no es difícil encontrar en Badalona la sede del particular Santa Clara Valley de nuestro gremio, la mayor concentración de talento e innovación por metro cuadrado entre las columnas de Hércules y los montes Balcanes. Siete de los veinticuatro entrenadores que no fueron antes jugadores de élite, se formaron en las categorías inferiores del baloncesto catalán y seis de esos siete (Pedro Martínez, Salva Maldonado, Joan Plaza, Sito Alonso, Roberto Sánchez y, por supuesto, Alfred Julbe) bebieron directa o indirectamente del maná que fluye por las canchas de Badalona. Pero ojo, más allá de la conurbación barcelonesa, el resto de focos y núcleos nos remite a zonas con cierta tradición y a “escuelas” de baloncesto más o menos asentadas en torno a algunas figuras reconocidas. Sin embargo, cabe esperar que gracias a las nuevas tecnologías y a la superación de las barreras espaciales, idiomáticas y culturales, proliferen casos como los de Sergio Valdeolmillos (Movistar Estudiantes) o Carlos Frade (Planasa Navarra), con formación también en el extranjero. Casos particulares de aprendizaje autodidacta y fuera de los grandes circuitos serían los de Toni Ten (Amics Castelló) y Porfirio Fisac (Retabet.es GBC), ejemplos claros de que al menos unos pocos pueden evitar el filtro del determinismo geográfico o la ausencia de “escuela”.

Otra de las cuestiones pasa por esclarecer si el camino hacia un banquillo de élite pasa por recorrer todas las categorías de cantera en algún club de garantías o en “ascender” rápidamente, como ayudante o directamente como entrenador principal, al baloncesto senior en sus diferentes ligas. Una vez estudiado y analizado el caso de los veinticuatro entrenadores que no habían sido anteriormente jugadores de élite, los resultados no aportan una conclusión definitiva. Trece de esos veinticuatro, efectivamente, empezaron en un colegio y fueron pasando por todas las categorías de cantera inmersos, eso sí, en clubes con equipos ACB o LEB (Xavi Pascual, Salva Maldonado, Sito Alonso,...). Sin embargo, los otros once encontraron rápidamente un puesto en un equipo EBA o se convirtieron en ayudantes de alguno de los equipos senior de un club con una gran infraestructura (es el caso de Gonzalo García de Vitoria, Sergio García Martín o Luis Casimiro).

En cualquier caso, más allá de la importancia de haber sido jugador, del determinismo geográfico o de la hoja de ruta que cada uno se dibuje, es conveniente armarse de paciencia. La media de edad de los entrenadores en ACB es de 49,8 años y la de los entrenadores en LEB de 44,4. La experiencia es un grado y el bagaje una componente fundamental en la decisión de los equipos directivos y secretarías técnicas de los clubes. Así que tomen nota, para alcanzar uno de esos treinta y cuatro deseados banquillos, juegue muy bien al baloncesto, nazca y crezca en Barcelona o Madrid, arrímese a un buen maestro y forme parte de una reputada escuela, acérquese pronto a un equipo de cantera o a un equipo EBA con buena visibilidad y, lo más importante de todo, peine canas o falsifique, en su defecto, su documento de identidad.


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Aclarando conceptos (VIII)





Qué personaje Jenaro Díaz, qué cerebro más despierto, qué actividad e inquietud. En su caso la meditación, además de una opción vital, debe de ser una necesidad. Duerme menos que nadie, trabaja más que ningún otro. Pone el listón del esfuerzo, la dedicación y el entusiasmo a una altura casi inalcanzable. Pero a su vez motiva, transmite pasión por el juego y nos insta a ser mejores profesionales, más fieles y entregados amantes del baloncesto.

“Hoy vamos a pasar el día juntos”, nos dijo al comenzar la jornada. “Lo siento”, se disculpó a continuación con un deje irónico que, como siempre ocurre con el empleo de este recurso oratorio, esconde tanta hipérbole como verdad. Porque su discurso, fruto de largas jornadas de estudio, es denso, cargado de conceptos clásicos pero también propios, difícil de seguir sin ibuprofeno, pero útil, muy útil, cuando consigues captar sus detalles.

Aprovechando que mi presencia en el Master coincidió con sus clases, hecho provocado y no casual, he decidido renovar una sección que acabo de comprobar que tenía abandonada desde hace casi dos años. Aclaremos y confundamos conceptos.

Dinamismo horizontal. Bien podría ser el sinónimo de hacer la croqueta o rodar por el suelo. O una forma de llamar al acto sexual ejecutado en su vertiente más clásica o misionero. Pero ahora, en la nueva terminología táctica, consiste en las ventajas que se generan a partir del juego disimétrico entre los pívots que se desplazan horizontalmente, (en paralelo a la línea de fondo) fundamentalmente a partir de una continuación corta o una finta de bloqueo (no bloquear o hacer un flash pivot para alejarse del bloqueo) directo de uno de ellos con su compañero situado pegado a la línea de fondo.

Bump. Eufemismo empleado para lo que antes se llamaba body check y que consiste básicamente en lo mismo, en interponerse en la trayectoria de un atacante (en una continuación tras bloqueo directo, en una salida de indirecto o tras un corte) y golpearle sin exceso de violencia y sin sobrepasar los límites del propio cilindro para dificultar su acción y romper el timing del ataque. ¿Por qué se cambió el nombre? Por una suerte de esnobismo y también porque se decidió que el body check estaba prohibido. Suerte para la defensa, que el bump no lo está todavía, salvo que se ejecute con una mala posición o sin respetar los elementos de tiempo y espacio.

Romper el bloqueo bien podría ser la acción diplomática llevada a cabo en meses recientes por Estados Unidos y Cuba, pero en baloncesto consiste en las acciones previas que ejecuta la defensa para impedir que el bloqueo directo o indirecto se produzca o, al menos, para forzar un mal timing.

Romper la espalda es la forma común con que se conoce la actual moda de situar los bloqueos directos, con los pies apuntando a la canasta propia, forzando la máxima verticalidad en el juego del atacante. Sin duda, una acción muy complicada de defender.



Porterías. Sí, las porterías han llegado al baloncesto. El mundo del fútbol, en su ánimo invasivo, ha terminado por ocupar una parcela que parecía estarle vedada. En realidad, es solo una manera diferente de nombrar el doble trabajo al que se enfrenta un jugador cuando su equipo se ha visto desbordado o cuando, por iniciativa propia, ha decidido salir agresivo a parar con dos jugadores a uno solo del rival dejando una situación de inferioridad en lado contrario que exige, al menos, de dos jugadores, la necesidad de atender a una doble función, a los dos palos de la portería, con el objetivo de anticiparse al posible pase. Parar un penalty, en definitiva.


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Regreso a Zaragoza (II)





La excelencia es una mierda, vociferó Jenaro en el salón de actos del hotel Tryp de Zaragoza. Se refería a lo volátil de un concepto que se altera en función del baremo que se utilice para la comparación. “Hoy es Curry, pero mañana será otro”. Un no parar.

La empatía táctica. Como también sucedió el año pasado, cada curso eleva a la categoría de mantra alguna reflexión surgida del propio desempeño de los alumnos, amén de alguna otra lanzada más o menos abiertamente por el claustro de profesores. Este año, además de la insistencia en aspectos pedagógicos, se ha hecho mucho hincapié, a raíz de la intervención de Roger Grimau a la que hice referencia en el post anterior, en la importancia de tener involucrados a los jugadores en el entramado táctico del conjunto tratando de que se sientan cómodos y crean en nuestra propuesta.

Hacer que los jugadores crean. Hilando con el punto anterior y a colación de una entrevista que concediera Zeljko Obradovic con motivo de la Final Four de la Euroliga en Madrid, surgió en el foro de debate con los entrenadores de LEB que han conseguido el ascenso deportivo con sus respectivos equipos, la trascendencia de tener a la plantilla de nuestro lado, a muerte con nuestras decisiones, con un lenguaje corporal que denote que los jugadores serían capaz de ir a la guerra si nosotros se lo pidiéramos. Para ello, claro, conocimiento, capacidad de convicción y empatía. El arte de entrenar es también, o más aún, el arte de dominar las relaciones humanas.

Que el ritmo no pare. Ya por la tarde, en el pabellón, tomaron la palabra Orenga y Jenaro Díaz para introducirnos en la importancia de que no se detenga nunca el balón. El jugador profesional debe ser capaz de decidir con el balón en el aire, antes de la recepción. Ha de ser capaz de estar tirando, pasando o poniendo el balón en el suelo antes de que este repose en sus manos para que la defensa nunca pueda alcanzar las posiciones deseadas tanto en la recuperación o closeout al jugador con balón como en los triángulos defensivos fuera de él. En formación se le enseña al jugador a parar y mirar antes de tomar una decisión. La élite exige ir un paso más allá.

Bendito y maldito bloqueo directo. No hay espacios para jugar uno contra uno. Los entrenadores solo consideramos un buen tiro el lanzamiento liberado y aquel otro que se intenta bajo aro, aunque sea en presencia de varios defensores. Sin querer, como consecuencia de la reducción de talento en todas las competiciones, de la mayor preparación física y actividad de pies y manos de la defensa y de los scouting, el espacio para jugar uno contra uno y generar ventajas a partir del mismo se ha reducido. Así, aunque parezca un contrasentido, poner dos jugadores cerca facilita el spacing de los otros tres jugadores, ensancha el campo y mejora la capacidad de obtener ventajas en diferentes puntos de la pista. Sin embargo, dado su profusa utilización, los niveles de adaptaciones defensivas son también de una sofisticación increíble, lo que hace que esa capacidad de generar ventajas dependa, como casi siempre, de la amenaza que representen los jugadores implicados (que son los cinco) y de su capacidad para leer los ajustes que proponga el rival. Estas fueron alguna de las conclusiones de un foro en el que los participantes del Máster de Táctica pudimos comprobar cuáles son las últimas tendencias en el ataque y defensa del ínclito bloqueo directo. Aunque insisto, se pueden hacer muchas más cosas.

Cuidar el negocio. Fue Ñete Bohigas, entrenador del Ciudad de Cáceres, el más claro al respecto. O cambiamos ciertas normas o nos quedamos solos, con el pabellón vacío y con cuatro despistados viéndonos por el televisor. Se habló de darle un metro más al campo a lo ancho, de introducir los tres segundos defensivos que llevan años instalados con éxito en la NBA y de castigar severamente la falta táctica, al menos esa que corta contraataque y que impide que disfrutemos del vértigo que suele acompañarlo por definición. Con estos cambios acabaríamos con las ayudas que ni siquiera tienen que ir, sino que ya están preparadas y le devolveríamos parte del protagonismo a una acción, el uno contra uno, en la que dos jugadores miden sus capacidades al más puro estilo del oeste.



El oficio. Quiero terminar esta entrada agradeciendo las más de dos horas que Gonzalo García de Vitoria, entrenador del Ourente, nos dedicó al final de la jornada, y hasta bien entrada la madrugada, revelándonos no solo cuestiones relativas al bloqueo directo que habíamos dejado pendientes en la charla prevista en el horario, sino también aquellas otras que tienen más que ver con el oficio de entrenador. Lo hizo recuperando las claves tácticas, pero también emocionales, que llevaron a su equipo a remontarle un 2-1 en contra al Breogán de Lugo para hacerse con el derecho al ascenso a ACB. Ahí comprobamos el grado de detalle que se alcanza, dónde está el listón de la excelencia, por mucho que a Jenaro le repugne la palabra. Y por mucho que yo le entienda. Tomar la decisión de querer ser entrenador en nuestros días es difícil. Llegar a serlo profesionalmente, una larga y dura travesía.


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Regreso a Zaragoza


En distinto medio de transporte, pero con un mismo destino. Unos días más tarde, pero bajo el mismo sol abrasador. En el mismo hotel donde nos alegró ver alguna cara conocida entre el personal, señal inconfundible de que sus contratos han sobrevivido a estos atribulados tiempos. Con alguno de los profesores y ponentes de 2014 a los que se han unido otros como Juan Antonio Orenga. Con muchos menos nervios aunque con el mismo deseo de escuchar, tomar notas, experimentar y aprender. Aquí estoy, de nuevo en Zaragoza.

Me bajé prácticamente en marcha del tren, tras un trayecto de más de seis horas, para presentar las conclusiones del proyecto de investigación que ya avancé en su día en esta bitácora. Lo hice responsabilizado por el alto nivel de los alumnos de la nueva promoción, entre ellos un Roger Grimau que unos minutos antes había expuesto de forma excepcional el papel que puede jugar la táctica a la hora de conectar con nuestros jugadores. Haciendo un breve repaso a su carrera, en cuyo transcurso pasó de ser un ávido anotador a obsesionarse por su falta de amenaza de tiro –lo que hizo que las defensas prácticamente lo ignoraran–, el recién jubilado jugador de élite nos comentó cómo los diferentes entrenadores le apoyaron en la búsqueda de una nueva identidad proporcionándole opciones para aportar de otro modo, jugando sin balón.

Por la tarde, ya en el pabellón, Mario Pesquera desentrañó las claves de la defensa matchup, una propuesta táctica que pasa por defender al hombre en la zona, que exige comunicación, concentración, trabajo en equipo; un esquema heredado de alguno de los principales gurús del baloncesto universitario norteamericano e importado en Europa por el propio Mario a través del maestro Aza Nikolic. Quizá por la mayor frescura con la que afronto estos días, pero creo que también gracias a una exposición más ordenada y elocuente, lo que tanto me costó seguir hace justo hoy un año, se ha convertido en una propuesta interesante que, tal vez y en función de las circunstancias, pueda introducir en un equipo durante la próxima temporada.

Tras la merecida y emocionante dedicatoria de Mario Pesquera hacia quien fuera su ayudante, el malogrado José Luis Abós, tomó la palabra Juan Antonio Orenga para explicarnos diferentes esquemas para generar juego a partir de un grande, ya esté este situado en poste medio o poste alto, dibujos que emplearon para tratar de que Marc Gasol luciera en su papel favorito, el de facilitador de vidas. Orenga nos habló como entrenador pero también como ese jugador que aún conserva las sensaciones de lo que supuso pelear por unos pocos centímetros de espacio en la zona.

Finalmente, con la incorporación de Ñete Bohigas, exitoso entrenador y artífice del ascenso del Ciudad de Cáceres a LEB Oro, a una tertulia que también incluyó la presencia de Audie Norris, profundizamos en el papel del jugador interior, esa especie en peligro de extinción que ha debido refundarse con nuevas características, más propias de un jugador de perímetro, para sobrevivir y poder figurar en los momentos trascendentales de un partido o, más aún, en las diferentes plantillas de las principales competiciones del planeta.

Toda vez sentado en la terraza donde vieran la luz las entradas del diario que elaboré sobre la experiencia del año pasado, con la agenda de eventos concluida, envuelto en este ambiente de baloncesto que tanto me gusta, tuvimos que tocar ese tema que tan poco nos agrada, el que versa sobre el estatus del entrenador en una sociedad que apenas valora sus esfuerzos y que lo viene a considerar como victima propiciatoria para dar rienda suelta a sus propias frustraciones. Pero bueno, nos fuimos animando y los temas volvieron a versar sobre esas cuestiones tan nuestras que nos elevan a la categoría de enfermos. Felices enfermos.


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¿De verdad importa?





El pasado domingo, la selección española ganó el campeonato sub 20 femenino. Lo hizo basándose en una magnífica demostración de poderío defensivo, siendo mucho más agresiva que cualquiera de sus rivales en el campeonato. Su medalla de oro se suma a la larga lista de condecoraciones que adornan las vitrinas de la Federación y, al menos, se consiguió con Teledeporte como testigo. Bueno, también con bastante afición en las gradas de Teguise, en Lanzarote.

Los chicos de su misma edad, en cambio, afrontan en Italia la búsqueda del campeonato en un ambiente de clandestinidad. Sus partidos se pueden seguir por streaming a través de la página de la FEB, lo que es de agradecer, pero eso mismo nos permite comprobar que apenas son capaces de reunir cien almas en el pabellón. Después de siete victorias consecutivas afrontarán a partir de mañana el camino hacia las medallas. De conseguirla, tendremos otro galardón más del que presumir.

A veces tengo la sensación de que todas estas victorias son poco menos que números. Números, sí, como de los que echan mano los políticos en sus intervenciones en el Parlamento. Claro que, detrás de esos números, hay largas semanas de trabajo y años de selección y perfeccionamiento. Sin embargo, si el mérito escapa de los focos, si los éxitos quedan en un segundo plano y apenas sí ocupan un exiguo espacio en los periódicos; y si además los mejores jugadores europeos de una generación son incapaces de reunir a más de cien personas para ver sus partidos, a uno le cabe preguntarse por qué le damos tanto valor a todo esto.

Trascendencia e importancia no deberían estar reñidas, es cierto. La primera es una dimensión social; la segunda, una percepción subjetiva (la foto de portada es un claro ejemplo de ello). Es más, si el desarrollo de una actividad dependiera de la valoración colectiva de la tribu, el abanico sería estrecho y de dudosa calidad. De ahí que los técnicos de la federación se afanen por presentar equipos competitivos, por hacer exhaustivos scouting de los rivales, por motivar a los jugadores, por tener controlados todos los aspectos extradeportivos de una concentración,... Por hacer bien su trabajo, en definitiva. De ahí, también que los chicos ofrezcan lo mejor que llevan dentro, su máximo esfuerzo, desde la base de que este es innegociable. E igual los árbitros, los oficiales y auxiliares de mesa, los voluntarios y organizadores de cada torneo. No es una cuestión de trascendencia. Es un asunto de orgullo, competitividad y compromiso personal.

Pero entiéndanme cuando les propongo la siguiente pregunta. ¿En qué medida importa el baloncesto? Sin una repercusión que rebase los límites de un círculo cerrado el baloncesto pasa por ser un divertimento privado, parecido al de esos chicos que se reúnen semanalmente para jugar al rol o para pegar unos tiros virtuales en un videojuego. Es decir, si los éxitos federativos en categorías inferiores permanecen fuera del conocimiento del común de los ciudadanos, si son conocidos solo por una pequeña “casta” de frikis del baloncesto y se limitan a un resultado, como el de ganar o perder en una partida de cartas con los amigos, ¿por qué reclamar de instituciones y empresas privadas subvenciones o patrocinios para clubes o proyectos de dimensión aún más reducida que los de la federación?

Perdonen este acceso de nihilismo. Ver las gradas vacías en un partido entre dos de las mejores selecciones sub 20 del continente me hizo reflexionar. Y llegué a la conclusión de que, aunque ganar deba ser el objetivo último de cada equipo que salta a una cancha de baloncesto, como entrenadores debemos reforzar todas aquellas facetas que van más allá del marcador, especialmente la formación integral del jugador. Porque el resultado es algo que queda para nosotros, para el reducido círculo de toxicómanos del baloncesto, pero la formación, en todas sus facetas, es un activo que el jugador lleva consigo y arrastrará en el conjunto de su vida.

Si en el contexto de una cantera de una ciudad de provincias, me dedicara solo a intentar ganar partidos, a gestionar un capital humano para sacarle la máxima productividad, no sería más que el manager de uno de esos clubes que manipulábamos en el PC Basket o el PC Fútbol. Y qué quieren que les diga, si los padres nos confían a sus chicos no es para que actuemos con ellos de esta manera, sino para que, luchando cada día por alcanzar nuestro potencial como equipo, les otorguemos también una experiencia que va más allá de un campeonato, tal vez la excusa para que todo lo demás suceda. Y tal vez todo lo demás sea lo verdaderamente importante.


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Todo en su mano





En la mano de John Wall, ahora fracturada, depositaron los Wizards su destino cuando la eligieron, junto al resto de elementos de su cuerpo, en el número 1 del draft de 2010. El base, oriundo de Raleigh, Carolina del Norte, y alumno de la Universidad de Kentucky, promediaba más de 17 puntos y 12 asistencias en estos playoffs. Cinco huesos rotos parecen presagiar, en cambio, para desgracia de los buenos aficionados, que estos números no se verán alterados de aquí a junio. Sí, en cambio, las posibilidades de los capitolinos para quienes la eliminatoria contra Atlanta, pese a haber recuperado el factor cancha con la victoria inicial, se ha puesto muy cuesta arriba sin su base.

Y si hablamos de giros copernicanos en una eliminatoria, debemos hacerlo también del regreso a las pistas de Mike Conley. Pese a portar una poco lustrosa máscara de plástico sobre su rostro aún demacrado y aun luciendo un derrame poco halagüeño en el ojo izquierdo, su presencia en la pista sirvió para espolear a los Grizzlies y para recordarles, de paso, que en sus cromosomas viene inscrita la palabra DEFENSA. Volando en el balance a proteger su propio aro sin descuidar las amenazas exteriores y atravesando las pantallas que buscaban conceder el medio segundo que necesitan Thompson o Curry para tirar, Tony Allen y el resto de esbirros al servicio de Dave Joerger cortaron de raíz, durante el segundo encuentro, las fuentes de anotación de los chicos de un Steve Kerr a quien ya imagino revisando cintas antiguas tratando de averiguar cómo Phil Jackson y sus Bulls encontraron soluciones para derrotar a los Karate Knicks de Pat Riley o a los bad boys de Chuck Daly en los 90.



Va de bases, como ya habrán podido comprobar. Y es que como ya adelantábamos hace meses, este es su siglo. Base por excelencia, maestro ondeando la batuta al ritmo que más conviene, virguero en el uno contra uno y resolutivo en cualquiera de las fórmulas de pick and roll, la presencia de Chris Paul se nos intuye necesaria con el 1-1 que lograron situar los Rockets tras la victoria angelina inicial. La elasticidad de sus isquiotibiales es una incógnita, pero a sus 30 años recién cumplidos, Chris Paul no puede dejar pasar como anécdota su quehacer heroico ante los Spurs sin intentar, al menos, probar el olor de las finales.

Unas líneas, finalmente, para terminar con la NBA, para la eliminatoria entre Cavaliers y Bulls, definida, hasta la fecha, por el papel que en ella han ejercido Derrick Rose y Lebron James. Ante la consistencia de Irving, Gasol o el resto de acompañantes en la elaboración de sus números, todo parece indicar que seguirá siendo la excepcionalidad del papel de sus respectivas estrellas la que decante la contienda a un lado o a otro y yo, por si les sirve de algo, no suelo apostar en contra de Lebron.

Por último hablar de la confirmación oficial del nombramiento de Scariolo como seleccionador nacional. Chirría, dicen los que saben, que con tanto egresado del Curso de Entrenador Superior y estando los banquillos de la principal liga del país ocupados por apellidos castizos, (Laso, Pascual, Plaza,...) el máximo cargo técnico de la federación descanse en manos de un italiano, por muy adaptado que esté a las tradiciones patrias. En cualquier caso, afirman los otros, que también saben, que mejoramos prestaciones en comparación con Orenga; que este por lo menos sabe llevar un vestuario y hacer rendir a un equipo tras una breve concentración. Y yo, pues no sé qué decir. Leo a Gasol feliz y si viene Gasol pues oye, con independencia de quien marque los sistemas, se nos abre el cielo de Río de Janeiro, al que aspiramos a entrar por la puerta y saludando a San Pedro, esto es, llegando a la final del Eurobasket, y no a través del Purgatorio tras pasar una temporada en el infierno (Preolímpico).


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Teletipos





Madrid, 24 de abril. El superviviente Laso, desprovisto de su equipo de ayudantes, lapidado por propios y extraños y tildado de diletante por los filósofos de este deporte, ha conducido al Real Madrid a su tercera Final Four consecutiva de la Euroliga. Con un juego interior muy pobre, solo sustentado por el coraje y la siempre infravalorada calidad de Felipe Reyes, su perímetro, básicamente patrio, ha demostrado ser el mejor de toda la competición. Veremos si con ello será suficiente para romper veinte años de sequía y para hacerlo, precisamente, allá donde se cruzan los caminos.

Madrid, 26 de abril. Sergio Scariolo asumirá nuevamente el cargo de seleccionador nacional confiado de poder llegar a la final del próximo Eurobasket y obtener, de esta manera, una plaza para los Juegos Olímpicos de Río. Dicen que su presencia arrastrará a los pesos pesados del vestuario (really?) y que no faltarán a la cita los hermanos Gasol. Del magnetismo de estos dependerá que acudan otros viejos conocidos como Navarro y Reyes. Se espera, además, una ardua negociación para convencer a Mirotic quien, ninguneado en pasados veranos, se pensará dos veces el acudir a la llamada.

San Antonio, 26 de abril. Los Angeles Clippers vencieron en el A&T Center e igualaron la eliminatoria. Esta se desplazará al Staples Center, feudo en el que los pupilos de Doc Rivers confían poner en franquía la eliminatoria. Sin embargo, este blog sigue apostando por los vigentes campeones.

Washington, 26 de abril. Los Washington Wizards confirmaron el “sweep” sobre los Raptors de Toronto. La presencia de Wall, Beal y Pierce, estrellas de las que carecen en Canadá, decantó la balanza del lado de los capitolinos, que ya esperan rival del cruce que aún siguen disputando Atlanta y Brooklyn, con ventaja de 2 a 1 para los de la ciudad de la CNN y la Coca Cola.

Dallas, 26 de abril. Los Mavericks, pese a contar con las bajas de Rondo y Parsons, consiguieron su primer triunfo en la eliminatoria gracias a una fantástica actuación de Monta Ellis. Sin embargo, sus opciones son remotas pues aún mantienen el desafío de ser el primer equipo capaz de remontar un 3-0 en contra. El sentido común nos dice que el próximo martes, en Houston, los Dallas se encontrarán con un serio problema: decidir qué bañador ponerse en vacaciones.

Boston, 26 de abril. Un hombro dislocado, (Kevin Love) y una expulsión (J.R. Smith) conforman el precio que tuvieron que pagar los Cavaliers para salir victoriosos del nuevo Garden. Los Celtics –apelando al espíritu del tantarantán que en las finales de 1984 le asentara Kevin McHale a Kurt Rambis y que, como la crítica unánimemente confirma, cambió el sino de la eliminatoria–, se mostraron especialmente agresivos en la defensa de su santuario. Sin embargo, el sentido común, bautizando en Cleveland como Lebron James y Kyrie Irving, se impuso, como suele ser habitual, sobre los arreones de orgullo de un equipo que ya piensa en el futuro.



Cualquier lugar del planeta, todos los días del año. Una epidemia se ha extendido por la Tierra. Los chicos no pueden deshacerse de su amplia sonrisa. Intentan ponerse serios delante de sus profesores, pero les es imposible. Hombres y mujeres de diferentes latitudes y longitudes acuden cantando a sus quehaceres. Las peroratas de sus jefes ya no les incomodan. Se rumorea que niños, adultos y ancianos han visto jugar a Stephen Curry y a sus Warriors. La nueva versión del showtime es también la traslación al presente de aquella fiebre amarilla. I love this game!!!!




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Próxima estación Zaragoza





Apenas soy capaz de recordar la última vez que me senté frente a este escritorio a escribir unas cuantas letras por placer. Cada día comprendo mejor que la vida es una elección continua alimentada por múltiples renuncias. Los días son cortos y las expectativas a cubrir altas. Numerosas facetas me interesan, pero a pocas puedo destinarles el tiempo y la atención que merecen. La agenda dibuja caminos no siempre queridos, caminos a menudo yermos que nos absorben a cambio de la promesa de un destino que, cuando está a punto de cumplirse, se desvanece. Pues bien, después de un marzo en el que esta bitácora permaneció instalada en un obligado silencio, he decidido recuperar el contacto con vosotros para comunicaros el próximo reto que se dibuja en mi horizonte, el Curso de Entrenador de Superior de Baloncesto que ya he comenzado en su fase no presencial.

En un tiempo en el que la información fluye por el ciberespacio, la presencia de estos cursos, pautados y regulados por una instancia superior, parece sugerir una necesidad de homologación y estandarización de la calidad que choca con los fundamentos del libre mercado. La FEB, además del consabido negocio, pretende uniformar la educación del futuro entrenador, dudando, tal vez, de la aptitud de los directores deportivos para rodearse de profesionales competentes. Así, a través de los títulos, aunque su valor a causa de la masificación caiga año a año en picado, se consigue una primera clasificación del talento, bueno, del talento, la constancia y la cantidad de sacrificios que uno está dispuesto a realizar por materializar un sueño.

Una clasificación y, como adelantaba, una estandarización. Entiendo que todo entrenador debe saber algo de psicología, dirección de grupos, sociología del deporte, teoría del entrenamiento, fisiología del ejercicio, biomecánica básica o gestión deportiva. Es lógico, forma parte de un currículo exigible a toda persona que se pone al cargo de una comunidad humana dedicada en exclusiva o de forma parcial al deporte. ¿Pero por qué todos lo mismo? ¿Existe una única manera de gestionar una entidad? ¿Acaso hay una lista incuestionable de principios psicológicos de validez universal? Es necesario reflexionar al respecto y es justo lo que espero de este curso. Si por el contrario, lo que recibo son axiomas, seré el primero en cuestionar esta concepción.

Sin lugar a dudas, donde más esperanzas tengo depositadas es en la fase presencial, la que se celebrará en Zaragoza durante el próximo mes de julio. Allí, además de observar in situ a alguno de los más prestigiosos entrenadores del país, aspiro a poder compartir numerosas experiencias con los compañeros, largas madrugadas de estudio y estrés a las que estudiantes de ediciones anteriores ya me han puesto sobre aviso. Resistiré. Es más, las disfrutaré.

Espero volver a encontrar espacios físico-temporales para mantener un contacto más asiduo con vosotros. La escritura en este blog siempre me ayudó a evadirme de esa vida cotidiana que aborrecemos tanto como necesitamos, así que os cito, y con esto fijo un compromiso, a que nos veamos pronto.

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Yo no acuso





Yo, al contrario que el eminente escritor naturalista francés, Émile Zola, no acuso. No acuso en base a argumentos basados en la percepción, salidos de las entrañas, vomitados en la propia barra de bar de la que nunca debieron salir. El bronce de la selección española ha abierto la veda y concedido el plácet, aunque no lo necesiten, a los más feroces críticos, a las balas más hirientes de la escopeta nacional. Balas que no están hechas de plata y sí de tópicos, balas que encuentran en las redes sociales el camuflaje del anonimato y el triste eco de unos pocos “retweets”.



Salgo en la defensa del único responsable de esta presunta decepción, de este bronce que visten de cobre los que ni siquiera se hubieran conformado con un oro. Hablo de Orenga, el que estaba llamado a ocupar la esquina inferior izquierda del retrato de los ganadores en el caso de que se hubieran cumplido todos los pronósticos que nos daban por vencedores sin bajar del autobús. El mismo que, sin embargo, en una demostración de afán de notoriedad inconcebible, ha querido reclamar para sí todos los focos y los dardos jugando a perder al coaccionar el inmenso talento de Xavi Rey, Pablo Aguilar y Germán Gabriel y al ofrecer, por contra, las llaves de la nave al torpe de Marc Gasol, a un piernas como Sergio Rodríguez o a un patoso como Rudy Fernández.



Dejo el sarcasmo a un lado, recurso de pobres oradores, para defender el trabajo del cuadro técnico de la selección. No entro a valorar la oportunidad de su elección, ni siquiera el nepotismo que, según muchos afirman, funciona en los altos cargos de la Federación. Creo ser justo y prudente afirmando que hacía muchos años que no presentábamos una escuadra de un potencial tan limitado. Sin un tres clásico y sin un cuatro de entidad internacional se hizo necesario recurrir a fórmulas poco ortodoxas, las que cualquier ser cuerdo hubiera utilizado. Con sólo un escolta capacitado para anotar desde todas las posiciones, Rudy, y cuatro bases (Ricky, Sergio Rodríguez, Sergio Llull y Calderón) que cualquiera hubiera citado por estar entre los ocho mejores jugadores disponibles, no quedaba otra que recurrir a la fórmula del doble base. Por su parte, nuestro juego interior era una fuga de agua constante. Con sólo un pívot de garantías y descartada la opción de jugar cuatro contra cuatro, la idea era acompañar a Marc de un jugador que le abriera espacios y se aprovechara del sobremarcaje de éste sabiendo ganar las espaldas de las ayudas. El mejor, aunque limitado en talento y experiencia, era y es Víctor Claver, por muchos amigos que tenga Pablo Aguilar y por muchas cervezas que haya tomado con la afición Germán Gabriel. Y Víctor, que cumplió sobradamente en tareas de intendencia, no supo tirar y meter el triple que debió tirar y meter contra Francia y, por eso mismo, porque los rivales ya sabían de su apocado carácter, tampoco pudo facilitarle la vida a Marc del mismo modo que lo hubiera hecho un Mirotic o, por supuesto, un Jorge Garbajosa.



Demostrada la correcta gestión de la plantilla, aunque pudo haber errores en momentos clave de determinados encuentros (no aumentar la rotación en el tercer cuarto contra Francia para llegar mejor al final), procedo a hablar del estilo. Un estilo que volvió a ser reconocible en cada encuentro, hubiera mayor o menor fortuna en el desenlace. El equipo salió a cubrir a muerte las líneas de pase, a intentar evitar toda posible inversión de balón, a mandar contra Marc a cualquier osado exterior rival, es decir, a defender de manera “proactiva”, como le gusta decir a los técnicos, y provocar de esta manera errores que nos permitiesen correr y anotar al contraataque. Así se hizo en la mayor parte de los encuentros, así lo atestiguan los siete robos por partido, el 36,9% de acierto del oponente y los tristes 62,8 puntos a los que redujimos, como promedio, la ofensiva rival. Líderes en estas tres facetas, pocos dudarán sobre el verdadero propósito de nuestra selección: Defender. Defender y correr.



En el ataque estático, más allá de sistemas cortos para meter balón interior o un juego básico por conceptos que primaba las triangulaciones “palo alto-palo bajo”, que diría el gran Manel, se intentaron diseñar opciones de dos contra dos tras circulación de balón. De Pick and Roll vivimos y morimos, es cierto, pero en muchos de ellos, no los de infausto recuerdo en la prórroga contra Francia, produjimos de manera voraz. Anotó Ricky tras bote, Sergio atacando la ayuda de los hombres grandes. Anotó Marc, más continuando hacia fuera que hacia dentro (en una tendencia natural que no se ha inventado Orenga) y también se generaron buenas ocasiones para anotar de tres. De hecho, sólo a través de un agresivo juego de pick and roll y, también, a tenor de las rápidas transiciones, se explica que un equipo sin tiradores puros obtuviera, como obtuvo, el mejor porcentaje en tiros de tres de la competición con un 39,1%. Y es que no sólo fuimos la mejor defensa, sino también el mejor ataque (en puntos anotados). Y el más bonito, si me apuran y aceptan como argumento el número de asistencias como botón de muestra de que se jugó rápido y se atacó de manera generosa (como gusta, ¿verdad?).



Hablemos ahora de la dirección de grupo, de las declaraciones altisonantes de unos o del malestar de los otros. Ah no, que lo primero sucedió en el Europeo de Polonia (declaraciones de Marc tras fallar Sergio Llull una canasta ganadora frente a Turquía) y lo segundo en Pekín (Navarro con Aíto). El estilo de dirección y liderazgo de Orenga puede ser discutible, pero no miente a nadie cuando se autoafirma como entrenador de jugadores, cuando es humilde y se muestra accesible a las aportaciones de los que están viviendo el basket desde dentro. De este espíritu cooperativo y colectivista algunos deducen que es un “minga fría” o que le falta autoridad. Y luego nos extrañamos cuando suceden ciertas cosas... En fin, que lo habríamos hecho mucho mejor con Ivanovic, Maljkovic o Ivkovic, que además de autoridad tienen experiencia.



Ha sido la experiencia tema manido en todas las conversaciones sobre la selección. Esa misma experiencia que a tantos jóvenes exaspera por ser el motivo de su no contratación, esa misma experiencia que no se puede adquirir si te vetan por no tener experiencia. Pero en fin, de esta paradoja no se ocupan quienes mantienen este discurso. Ahora bien, ¿qué clase de experiencia requerían? Porque quien atesora partidos en el currículum acumula victorias y derrotas, es decir, sabe ganar y sabe perder. En fin, que no sé por qué se valora tanto este hecho, que Guardiola llegó de un tercera para convertir al Barça en uno de los mejores equipos de la historia y Mourinho de ganar la Copa de Europa con el Inter para convertir al mejor club del siglo XX en una tasca inmunda. Por poner un ejemplo. Además, Orenga ya venía curtido en el trabajo con selecciones inferiores, ya sabía lo que es trabajar en dos meses, los objetivos que se pueden alcanzar y los que no. Un entrenador de club debería aclimatarse a estas exigencias, reducir su planificación habitual a un trabajo comprimido al que no todos se adaptan. Pero en fin, vilipendien, que es gratis.



Vilipendien y arrastren la conversación hacia la figura del entrenador, incurran en una nueva contradicción, aquella en la que se enredan los que afirman que a este grupo lo entrenaría cualquiera, que estos tíos juegan solos, que ganarían sin entrenador para luego pasarse horas y horas criticando a esta figura de pega, a este guiñol que sólo interesa cuando se pierde. Pero tienen razón, éste como tantos otros, es un deporte de jugadores. Ellos son los que deciden, los que ejecutan y determinan el destino de un equipo y las conversaciones de un país. Y en este Europeo, por razones varias, faltaron varios de los mejores. Y por eso fuimos más vulnerables, y por eso se redujeron las opciones, y por eso, porque no estaban, el bronce tiene mérito, un mérito que es, sobre todo, de los que sí estuvieron. Un mérito al que los entrenadores contribuyeron con un saber hacer que no merece tantas y tan injustas consideraciones, tantos y tan visitados clichés.



ENHORABUENA A ESPAÑA POR ESTE BRONCE. UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS.