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Desandar el camino




Sin duda, si hay una capacidad que debe reunir un entrenador de baloncesto esta es la capacidad de síntesis. Aprender a discriminar qué incorporar y, sobre todo, qué excluir de un discurso, de un proceso de enseñanza-aprendizaje, de una planificación, de una programación, de una sesión de entrenamiento. También de una formación o clínic, un monólogo que, en todo caso, busca ser una conversación, aunque una de las dos partes adquiera el papel protagonista y la otra guarde silencio aun cuando sea interpelada con preguntas tendenciosas o retóricas que no admiten debate. Entre otras cosas porque no hay tiempo para el debate. Hay que resumir.  


Digo que un clínic busca ser una conversación porque se trata de transmitir y no todos tenemos el genio de Miguel Ángel o Bernini para hablar el lenguaje universal de la pintura o la escultura en el que se expresan sus obras dejando con la boca abierta a cualquiera que las observe, sea cual sea su procedencia, sean cuales sean sus intereses. De ahí que me encuentre peleando a vida o muerte con las muchas ideas que circulan por mi cabeza en torno al título de una charla, “desandar el camino entre la élite y el mini”, que me gustó en su momento y ahora me incomoda por lo abierto y seguramente pretencioso que es y con lo mucho que esto choca con la limitación temporal propia de estas actividades. El tema daría para un libro y yo, nosotros, disponemos de setenta y cinco minutos. 


Lo que haré será aprovechar este espacio, esta gacetilla en la que doy rienda suelta a mis pensamientos, para liberar todo aquello que circula alrededor de la idea central, los argumentos que la alimentan pero que necesitan de un grado de matización incompatible con la naturaleza de la charla. Pues bien, sin más rodeos, que su tiempo tampoco es ilimitado, mi tesis, que se ha reforzado tras trabajar este año en un cuerpo técnico de ACB, es que el elemento diferencial fundamental que separa a los buenos jugadores de los jugadores excelentes tiene que ver con algo que voy a llamar INTELIGENCIA PARA EL BALONCESTO, una inteligencia que tiene aspectos comunes con otros deportes, con otras actividades, que es general pero también especifica y que mezcla cuestiones espaciales y temporales, también kinestésicas, para acabar llegando a una capacidad superior de percepción e interpretación de lo que está pasando o, mejor aún, de lo que va a pasar. 


Esto se traduce en multitud de lances, con y sin balón, de cara y de espaldas al aro, de 1x1, 2x2 y 3x3 dentro de un campo con diez jugadores que los mejores parcelan sin ser conscientes de ello para que la información aparezca ordenada en sus cerebros. Los mejores dominan los “cuándos” y los “por dónde”. Los mejores no tienen prisa, dejan que suceda lo que ya sabían que iba a suceder y entonces, y no antes, actúan. La cuestión es cómo trasladar esto a las metodologías de entrenamiento, a las planificaciones y programaciones. También a las desprogramaciones que habría que abordar tras muchos años en los que el cómo, la técnica, se ha enseñado de forma excesivamente temprana, analítica, estandarizada y descontextualizada, aunque es cierto que en España llevamos muchos años mezclando su enseñanza con cuestiones más tácticas y estratégicas en estos juegos reducidos o con hándicap que algunos parecen haber descubierto esta mañana. Y probablemente esta sea una de las razones que nos ha permitido competir tan bien en el escenario internacional, amén del surgimiento, fundamentalmente espontáneo (siempre lo es) y en el mismo tiempo de varios genios como Pau, Navarro o Rudy. 


En base a esta observación empírica y probablemente errónea, en base a esta experiencia que no deja de ser una y no muchas, insuficiente en todo caso para armar una teoría que admitiera una publicación científica seria, he llegado a una serie de conclusiones provisionales que me gustaría compartir y que constituyen la base filosófica en la que se sostiene lo que luego será un clínic de setenta y cinco minutos. 



  • Debemos invertir las prioridades en el tiempo, esto es, retrasar el foco puesto en la adquisición de destrezas técnicas de un modo analítico y centrarnos más en ampliar el catálogo motor inicial y básico y, sobre todo, insistir en la comprensión de los mecanismos propios del juego poniendo especial interés y énfasis y dedicando más tiempo en las programaciones a las tareas abiertas enfocadas en la obtención de un resultado y en la adaptación de los medios disponibles (la mezcla de capacidades atléticas y destrezas técnicas de cada momento). Esto nos obligará a medir muy bien la dificultad de las tareas siendo necesario aislar, además, en nuestro feedback, los apartados puramente técnicos de los táctico-estratégicos. ¿A qué obedeció el éxito o el no éxito de un intento del aprendiz? Si fuera una cuestión puramente técnica y no es nuestro foco actual, apuntar y dejar para más adelante. 


  • El objetivo no es adquirir (enseñar) una técnica individual, sino una técnica individual y personalizada. Tomo aquí, de alguna manera, la idea que mi compañero Jorge Álvarez me explicó en varias ocasiones sobre técnica individualizada, en el sentido de dar a cada uno lo suyo, pero me atrevo a modificarla y sustituirla por “personalizada” en la búsqueda de que cada jugador termine por definir sus propios patrones, su propio sello con la intervención justa del entrenador (que se limitaría a la corrección de la ineficiencia, de los elementos que impiden la consecución de un resultado). Así pues, la enseñanza tradicional, basada en la traslación del modelo ortodoxo o generalmente aceptado por los cánones de la biomecánica, genera más frustración que resultados. La variedad antropomórfica y la aleatoriedad e incertidumbre propias del juego invitan a minimizar el tiempo dedicado a esta enseñanza (y a integrarla en una fase previa de adquisición de un bagaje motor amplio que es anterior y va más allá de la tradicionalmente considerada técnica individual). 

  • La bendición es también una maldición. La enseñanza tradicional hacía que los jugadores muy técnicos fueran muy buenos desde el inicio de sus carreras, que tuvieran éxito de manera temprana a la hora de resolver los problemas que las defensas les oponían. Esto, que es bueno en términos de motivación, autoestima y autoconfianza, puede conducir a la repetición continua de los patrones motores “exitosos” provocando una limitación del bagaje a aquellos movimientos que siempre producen un resultado positivo. Además de una limitación de las respuestas motoras también nos enfrentaríamos a un caso de limitación de las respuestas o decisiones, asumiendo que una misma alternativa (la que domino) es  siempre la correcta en escenarios distintos en base al “éxito” de su resultado. 



  • ¿Hay que entrenar la técnica? Claro que sí. Primero sin balón, luego en el contexto de tareas abiertas, también antes o después de los entrenamientos y, finalmente, cuando los cuerpos estén formados y todos los elementos del juego sean estables (dimensiones, altura de las canastas, tamaño del balón) podemos pasar a la fase de mejora y perfeccionamiento. No soy contrario a la enseñanza de la técnica, pero huiría de la enseñanza en base a modelos  biomecánicos o cineantropométricos estandarizados, de la enseñanza analítica o descontextualizada en edades tempranas (puede que haya que reforzarla más adelante) por no ser eficiente en un contexto de limitación de horas de cancha y, sobre todo, de atención. La realidad demuestra que buenos atletas procedentes de otros deportes, con la disciplina necesaria, el físico suficiente y las cualidades coordinativas e intelectuales precisas acaban desarrollando carreras profesionales sin haber trabajado la técnica propia del baloncesto antes de los 16 años, luego quizá no sea tan compleja si todo los demás elementos que componen la casa están bien constituidos. 


En fin, estas son solo algunas conclusiones que orbitarán alrededor de la próxima charla/entrenamiento del miércoles 1 de julio en Santa Marta en la que también traeré el ejemplo y el modelo de tres jugadores con los que he convivido y de los que he aprendido tanto que no sé por dónde empezar y cuándo terminar este escrito, esta charla, esta síntesis fallida. 


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Lamento sentirlo




Como siempre, el ambiente en el torneo internacional de Santa Marta de Tormes es excepcional. Una vez finalizada la temporada, la atmósfera es distendida, los padres se permiten relajarse en el bar, los chicos juegan con sus compañeros, dentro y fuera de la pista; incluso se perdonan los errores arbitrales, alguna que otra falta dura de un chico descoordinado que juega con la equipación rival y que al tropezar arrastra a uno de “los nuestros”. 


No me sorprende, pero me sorprende, ver a tantos antiguos compañeros jugadores y entrenadores entre el público. No hago cuentas, eso se lo dejo a los matemáticos, pero su proporción me parece exagerada. Sin duda, los hijos de ex jugadores, ex árbitros, ex entrenadores y entrenadores aún en activo están sobrerrepresentados en los equipos, en los torneos y, desde luego, en las selecciones. Esto es lógico, pero me voy a permitir decir que no es lo deseable: es, en cierto modo, la radiografía del fracaso de la educación física y deportiva, baloncestística en este caso, en su tarea de atraer y motivar a perfiles procedentes de otros ámbitos, ajenos al baloncesto, sin una cultura o deseo cultivado y heredado en casa. 


Curiosamente, en realidad no, estos chicos y chicas, hijos e hijas de antiguos jugadores (y jugadoras, en fin) son también los mejores de sus equipos. Empezaron antes, fueron y siguen siendo entrenados en horas no regladas, ven baloncesto en sus casas y, por supuesto, en muchos casos, cuentan con una genética que favorece la práctica de este deporte. La mayor parte de ellos son educados en los valores deportivos, ya saben, los de Toni Nadal: no excusas, “aguanta un poco más”, “es tu responsabilidad”, lo que los hace especialmente competentes en comparación con los criados en los mensajes de “no pasa nada”, “tu compañero es un chupón” o “¿te lo has pasado bien?” En realidad, ambas formas de educación son válidas, todos los mensajes tienen su cabida y su momento y, por supuesto, por falta de experiencia y de pericia, no vengo a decir a nadie cómo tiene que educar a sus hijos. 


Pero lo cierto es que la ventaja inicial proporcionada por entrenamientos tempranos, por la genética, cuando sea el caso, por la cultura deportiva y la presencia habitual de estímulos en el hogar, lejos de acortarse por la vía del entrenamiento se tiende a incrementar por razones que son evidentes, pero que convendría discutir. La principal, perdónenme, es que competimos demasiado pronto con público en las gradas. Me arriesgo nuevamente a que me hagan una relación de los beneficios de la competición en el forjado del carácter, la adquisición de herramientas básicas para un futuro profesional. Créanme, las conozco, las aprecio y, sin embargo, en una nueva cuenta de la vieja, me parecen insuficientes como para justificar tener a niños tropezándose, literalmente, en un patio de colegio delante de los adultos, y esta es la clave. 


Decía Gregorio Luri Medrano, pedagogo y filósofo, que el error sin público es la matriz del aprendizaje. Esto pensando en seres adultos, maduros, con capacidad, algunos, de separar la crítica de la emoción, de esquivar o ignorar los disparos de quienes solo buscan hacer daño. Pues imagínense cómo de importante sería llevar esto a la educación de los niños y jóvenes, convertidos en marionetas y pequeños actores al servicio de los adultos cuando juegan antes de saber entrenar, antes de saber competir, antes de adquirir una autonomía básica, unas destrezas mínimas, para desenvolverse en una pista de baloncesto con el éxito suficiente como para no sentir vergüenza, desear no haberlo hecho o, simplemente, para no jugar para cubrir un expediente, lo que tendrán muchos años para hacer sentados en una oficina. 


No hay reglamento ideado para contrarrestar la discriminación natural que comporta la diferencia de talento o genética y de capital cultural heredado que compense la ventaja inicial que acarrea ser hijo de ex jugador, entrenador o incluso árbitro (acéptenme esta pequeña broma), la ventaja de haber sido entrenado en la más tierna infancia para botar, pasar o tirar mejor que los que no nacieron viendo baloncesto, tocando las pelotas. Y cuántas veces confundimos este talento aprendido con talento natural, con inteligencia deportiva, y empezamos a tomar decisiones (más protagonismo, más minutos, cuando se puede, más, desde luego, muestras de cariño y reconocimiento) en base a esta distinción no natural que oculta el verdadero talento y, sobre todo, empieza a separar a los niños y niñas por un diferente grado de motivación, de adherencia que simplemente diferencia a los que tienen premios antes de aquellos que necesitan más tiempo. Y los que tienen premios son los que ganan. Y los que ganan tienen premios. ¿Qué entrenador puede separarse de este bucle pernicioso? ¿Cómo de separado tiene que estar de sus pasiones más primarias?


Lo siento, pero hacemos pequeño el mundo del baloncesto, no dejamos correr la carrera a quienes nos llegan descalzos, no ponemos un ascensor para quienes aún no saben doblar las rodillas. Perdemos, sin saberlo, potenciales jugadores y, peor aún, ciudadanos seguros de sí mismos, firmes creyentes del entrenamiento y el ensayo como caminos que conducen a destinos mejores. Por qué, porque solo queremos niños precoces, Shirleys Temple o Macaulays Culkin que recibirán el temprano aplauso del público, el reconocimiento de los productores, las predicciones elogiosas que, además, tristemente, acabarán adornando sus lápidas cuando, cansados, ellos también, aunque por otros motivos, prefieran no hacerlo. 


En fin, solo traigo un nuevo alegato, una nueva argumentación a lo ya escrito repetidas veces en este pequeño foro en el que me siento libre y en el que no me expongo, como sí me sucede en los debates presenciales, a escuchar los resoplidos de quienes son incapaces de ver un sistema alternativo al de las competiciones benjamines, los campeonatos de España mini, las selecciones tempranas, los trofeos de consuelo para todos, sí, pero las ovaciones para unos pocos. En fin, me desahogo a voces en este desierto que sé que no tiene ningún futuro porque ningún padre llevaría a sus hijos a mi club ideal: una escuela de entrenamiento en el que todas las competiciones, al menos hasta los quince años, serian internas, a puerta cerrada, administradas según criterios deportivos y educativos, alejadas del fanatismo propio y comprensible de quien ha parido (o ayudado a parir) un hijo, de quien trabaja de sol a sol para alimentarlo y darse un festín de sangre hirviendo los fines de semana. Alejadas también de entrenadores adultos que tienen muy presente su niño interior y solo quieren reconocimiento personal, gratificaciones que colmen nuestra natural vanidad: títulos minis, infantiles o cadetes. 


Lo entiendo todo. Los entiendo. Pero lo lamento. Lo lamento mucho. Y siento lamentarlo. Y lamento sentirlo, pero igual que hay que equilibrar y contrabalancear los poderes de un sistema para que ninguno se vuelva absoluto, hay que amarrar la condición humana para que no eduque en base a la ventaja inicial, el rendimiento temprano y sea verdaderamente democrática al garantizar, en todos los ámbitos, también el deportivo, una verdadera igualdad de oportunidades que ejemplarice que el verdadero éxito es el de ser un poquito mejor cada día y que la verdadera experiencia no debe ser proyectada hacia fuera, sino ser fundamentalmente interna e interior. 


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Temporada 24-25. Guion y obra



 

Elegí el baloncesto, o el baloncesto me eligió a mí, porque es una pequeña representación de la vida, porque permite, de alguna manera, expresar sentimientos e ideas que sobrepasan la contienda deportiva. Elegí el baloncesto porque es un lienzo en blanco en el que, eso sí, los óleos, o las acuarelas, tienen vida propia: intereses particulares, una mirada única de lo que el cuadro debería terminar reflejando. El juego de un equipo de baloncesto acaba siendo más bien una construcción colectiva en el que las aportaciones de los distintos arquitectos, de los propios constructores, carpinteros y albañiles acaban generando un conjunto que aspira a la armonía, pero que no siempre la consigue.

 

Pero hay que tener una idea. A la aventura de entrenar, al contrario, tal vez, que a la de la literatura, hay que ir con mapa y con brújula, tener una hoja de ruta, un libro blanco de buenas conductas y, desde luego, un código moral y de valores que el juego del equipo, de una forma u otra, terminará reflejando siempre que seamos insistentes y encontremos la manera adecuada de trasladar los mensajes.

 

Aquí entra en escena mi faceta de escritor y la construcción de personajes y la elaboración de los diálogos (dos de los aspectos más complejos de la narrativa), algo que constantemente hacemos con nuestros jugadores, proyectando para ellos un desarrollo y rol, mucho más que una jerarquía en pista, también una forma de encontrar su hueco en una pequeña sociedad que es por esencia cambiante. En muchos casos, al contrario que los Cercas o Aramburu de turno, no elegimos las características personales y deportivas de estos “personajes”, sino que nos los encontramos y tenemos la misión de, en primer lugar, conocerlos para, desde el conocimiento, proponerles cambios y exigirles un cierto acomodamiento al guion a sabiendas de que no podremos adelantarles el desenlace.

 

Si entrenar solo fuera maximizar rendimientos, exprimir cualidades; si entrenar solo fuera confrontar ejércitos y diseñar estrategias ganadoras, que también lo es, desde luego, esta sería la última entrada que le dedicaría a este oficio. Comprendería que otros siguieran haciéndolo o enfocándolo desde este punto de vista, pero para mí sería insuficiente: nos estaríamos perdiendo la vertiente más humanística de este trabajo; las conexiones emocionales, los puentes que se crean (y destruyen) entre individuos en la construcción de una comunidad que aspira a convivir en paz y hacer mejores a cada uno de sus integrantes. 

 

Todo esto, en fin, porque ha pasado una semana desde que terminara la andadura del Grupo de Santiago San Pablo Burgos, filial del Silbo San Pablo Burgos y equipo que aspira a ser referencia de toda una cantera (y quien dice cantera dice toda una serie de jugadores con nombre y apellido que sueñan con poder jugar al baloncesto). Y aunque, por definición, por ser un equipo al servicio de un club, encuadrado entre dos realidades distintas a las que debe atender, creo que es uno de los equipos que he entrenado que, finalmente, tras atravesar períodos difíciles, mejor ha reflejado mi manera de entender el baloncesto.

 

Por ser un equipo joven, plataforma para quienes aspiran a tener una carrera profesional y, al mismo tiempo, destino de aquellos burgaleses que aún quieren jugar al baloncesto a cierto nivel. Por ser un equipo mezcla de realidades, ambiciones y deseos, era necesario fijar una filosofía y una línea estratégica, optar entre distintas posibilidades. En este caso, priorizamos las necesidades de los jugadores jóvenes que aspiran a crecer y poder jugar en categorías superiores, ya sea dentro del club o en algún otro lugar. Es decir, le pedimos un sacrificio extra a los jugadores locales, amateurs que terminan de trabajar y estudiar y acuden al entrenamiento muchas veces sin haber comido, que venían de una tradición distinta de baloncesto y que tuvieron que adaptarse al nivel de exigencia y a un ritmo de juego más propio de lo que debe ser, bajo mi punto de vista, un equipo filial (y no un equipo senior más habitual) en la antesala del profesionalismo.

 

El ritmo alto, el sacrificio defensivo, la democratización en la creación de las ventajas y la resolución de las mismas, la apuesta por ser agresivos en la búsqueda del rebote ofensivo hilaban bien con los objetivos del equipo dentro del club, con las necesidades de los “jugadores proyecto” y, además, casaban a la perfección con mi manera de entender el baloncesto, producto mezcla de las propuestas de los equipos que he visto y admirado (Kings 2000-2002, Celtics 2008-2010, Spurs 2013-2015) y de las ideas de los entrenadores con los que tenido la suerte de coincidir y a los que he ayudado mientras aprendía, siendo el principal, claro, por tiempo y generosidad, Jenaro Díaz.

 

Además, no se puede infravalorar la fortuna de quien diariamente ha compartido despacho, pista, conversaciones sobre baloncesto y vida con Bruno Savignani y Jorge Álvarez en el contexto de un primer equipo que ha logrado el ascenso a ACB de una manera brillante gracias, en gran parte, a la mentalidad instalada y que, de igual modo, ha encontrado su reflejo en la pista a través del hilo conductor entre ideas y obra que es el baloncesto cuando se juega como se imagina. Esta conexión es la que ha facilitado la subida y bajada de los jugadores, la implantación de reglas comunes que ha hecho más sencilla la transición de los chicos vinculados a una y otra realidad.

 

De cara a planificar y poner negro sobre blanco todas estas ideas y dotarlas de coherencia, me serví de la sabiduría de otro buen amigo, Fernando García, y sus constantes reflexiones sobre el ciclo de juego, de modo que el baloncesto puede ser concebido como un todo que orbita en torno a la forzosa alternancia de posesiones y la interacción entre las distintas fases del mencionado ciclo de juego, lo que hizo que le diéramos un papel preponderante a las transiciones.  

 

Mil ciento veinte es producto de 28 y 40 y en esta multiplicación entre los metros de la cancha y los minutos de juego radicaba el núcleo de nuestra idea tratando de poner en valor cada segundo y cada metro en la medida en que son los principales recursos que tienen los jugadores y los equipos para progresar. Así, por tanto, decidimos trabajar todo el tiempo y en toda la pista tanto en ataque como en defensa porque así, también, valorando cada minuto y cada metro, justificábamos la presencia en pista de un jugador y, por tanto, la presencia en el banquillo de otros siete. No cabía el ahorro energético, no era concebible la regulación de esfuerzos.

 

Llamamos Guardiola a nuestro balance principal, basado en las líneas altas del fútbol (y en presionar cuanto antes el balón), lo que colaboró con otros objetivos secundarios como desgastar a los rivales y a sus jugadores más talentosos (muchas veces los manejadores principales), mantener al oponente lejos de la canasta (donde tenían gran ventaja de altura y peso) y elevar los niveles de sacrificio individual y colectivo, lo que terminó, al cabo de los meses, por reforzar la cohesión del grupo. Al mismo tiempo, dotamos a los jugadores de la facultad de tomar decisiones más o menos arriesgadas en la defensa con y sin balón y les exigimos estar todo el tiempo concentrados y conectados con sus compañeros (pues cada decisión desencadenaba otras cuatro decisiones simultáneas y otras tantas sucesivas).

 




En la transición ofensiva, alimentada en muchas ocasiones por la propia labor defensiva, liberalizamos y flexibilizamos la salida, dando libertad a quienes tenían la capacidad para salir en bote, priorizando una recepción en carrera y encarada al campo contrario sobre un pase profundo (si la recepción de este pase no cumplía con los primeros objetivos), siendo el objetivo prioritario detectar y encontrar al jugador con mayor espacio y tiempo para maniobrar y acrecentar la ventaja.

 

Cualquiera de los tres manejadores podría ser el teórico receptor de este primer pase, lo que nos hizo, tal vez, ser primeros en pérdidas, pero, también, el equipo con los primeros segundos más peligrosos de todo el campeonato. Un receptor y tres corredores debían provocar un gran estrés en la defensa, opciones rápidas de anotación y la generación de un campo abierto y sembrado para una toma de decisiones agresiva y una continuidad que evitara la colocación de las defensas (más físicas, recuerden) e incentivara un juego libre a partir de asociaciones de dos, tres, cuatro y cinco jugadores basada en reglas de continuidad que, por supuesto, podían encontrar sus debidas excepciones si el talento de los jugadores así lo determinaba.

 




El tercer pilar de nuestro juego se basó en dar una importancia extra al rebote, fundamentalmente al ofensivo y especialmente a través de la metodología de entrenamiento, primando ir con 3 y 4 jugadores en función de la posición del lanzamiento, lo que ya nos preparaba para iniciar ese balance de presión alta y en toda la pista. El deseo y la fe con la que los jugadores acogieron esta idea nos ha permitido ser uno de los tres mejores equipos en rebote ofensivo, con lo que ello supone en forma de oportunidades extra y ventaja anímica sobre las ya de por sí castigadas defensas oponentes.




 

La forma final de la obra, más allá de los resultados obtenidos, me ha dejado ampliamente satisfecho pues, siendo los medios y el horizonte del equipo nuestra guía principal, hemos llegado a recrear las ideas que me hicieron elegir el baloncesto (o que el baloncesto me eligiera a mí) sobre cualquier otro deporte o profesión. A partir de una serie de decisiones, de una conversación a corazón abierto con todos los miembros del equipo, el trabajo comenzó a cobrar sentido y el baloncesto desplegado nos ha permitido crecer colectiva e individualmente, algo que también me preocupa y me mueve, y dejar la camiseta, o el polo de entrenador, en mejor lugar del que nos lo encontramos.

 

No siempre es fácil determinar cuándo ha llegado el fin de la obra, hasta el punto de que muchos afirman que no se concluyen, sino que se abandonan, pero frente al sol que ilumina este precioso café de Menorca, pongo orgulloso este punto y final a la temporada dándoles las gracias a todos los jugadores y a todos los que nos acompañaron en el camino, con mención especial para Evaristo Pérez y Miguel Ángel Segura, cada uno en su particular papel. Os pedí que entre todos cuidarais de los recuerdos y vivencias de este año y entre todos conseguimos crear una bonita historia.

 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

¿Hasta cuándo, Catilina?


 


Tal vez, después de todo, no merezca la pena. Ni esta queja ni lo que hacemos a diario los que nos enfrentamos a la tarea del baloncesto de formación. Quizá solo sea un grito en busca de consuelo o comprensión al universo Internet, a ese ente etéreo en el que nos cobijamos mientras llueve, graniza o nieva fuera (porque llueve, graniza y nieva, vaya que sí). Ni siquiera sé si estas conclusiones son certeras, seguramente estén sesgadas, sean parciales y no estén del todo ajustadas a la realidad. Pero aquí que las comparto, solo sea como terapia.

 

Las hago tras un partido infantil perdido por 46 puntos. También tras un partido junior igualado y vencido (es lo de menos, de verdad) que fue arbitrado por un jugador de otro equipo de la competición con el que media, aunque a mí me importe bastante poco, una rivalidad local bastante enconada. Este chico es un gran chico, lo conozco personalmente, pero no puede asumir esta responsabilidad, debió declinar la designación de este partido, aunque solo fuera por no levantar sospechas, seguramente infundadas. Probablemente con justicia, porque llegamos tarde intentando defender duro, el saldo de faltas fue de 23 a 14 a nuestro favor: de estas victorias poco se habla.

 

Lo que me preocupa de verdad es que entrenemos a un deporte durante la semana y el domingo juguemos a otro. Que intentemos defender respetando las normas, el uso legal de las manos, la verticalidad en los contactos contra el finalizador, y que nos enfrentemos a una aplicación del reglamento totalmente distinta el fin de semana. Hoy he estado mal, porque he estado muy mal alentando a mis jugadores para intentar que se defendieran, ante un equipo de un año más, de un continuo uso ilegal de manos y de continuas faltas de respeto al principio de verticalidad que quedaban repetidamente sin sanción. Claro, no me quedó otra que emplear expresiones como “pegad”, “sujetad” o “agarrad” para igualar la contienda. Mirad si lo hicimos mal (pegar, sujetar o agarrar) que nos fuimos con 79 puntos encajados y “solo” 17 faltas. Aquí volvimos a ganar: el rival solo hizo ocho (claro).

 

El uso repetido y continuado de las manos del defensor sobre el cuerpo del atacante debe ser siempre sancionado de forma inmediata. Erróneamente, en muchas ocasiones se han interpretado estas situaciones como innecesarias de ser sancionadas, empleando el lema de que "hay que dejar jugar". Precisamente si el arbitro sanciona falta en esas situaciones, entonces es cuando dejará jugar al que realmente quiere hacerlo.

 

Copio y pego una interpretación del club del árbitro para un partido profesional. A lo mejor es que en cantera, mini o preinfantil, prevalece un “dejar jugar” que es, en realidad, un “impedir jugar” porque el sujeto en proceso de aprendizaje tiene muchas menos herramientas para salir de esa presión “en falta” autorizada por unos árbitros jóvenes que han sido mal instruidos. Para intentar cambiar las caras de cordero degollado con la que me miraban en busca de consuelo mis jugadores no he podido permanecer callado, no he podido ejercer la empatía habitual con los árbitros que empiezan, algo que suelo aplicar, pero su criterio era claramente desfavorable e incompatible con la educación en baloncesto.

 

Es un craso error que convirtamos el mini y la categoría infantil en selvas o anillos de boxeo. De ahí que tantas veces me haya mostrado contrario a la competición temprana, sobre todo cuando está regulada de esta manera para que venzan los mejores atletas y pierdan, porque pierden en cada combate, los jugadores más habilidosos o creativos, que a duras penas pueden defenderse del nivel de contacto permitido y avalado por los distintos estamentos federativos. Al final, para compensar este hecho, la intensidad y el ritmo de entrenamiento se convierten en mantras necesarios para poder competir, relegando la enseñanza de la técnica y táctica individual, que son muy poco útiles cuando se puede impedir el avance del poseedor con dos manos, con un uso del antebrazo claramente fuera del cilindro o a "caderazos".

 

2.6.2 Principio de verticalidad. Si un jugador abandona su posición vertical (cilindro), saltando hacia detrás, hacia delante o lateralmente y provoca un contacto con un adversario que cumple el principio del cilindro, este jugador será el responsable del contacto por abandonar su cilindro, sea defensor o atacante.

 

Toda esta semana habíamos estado trabajando la finalización con contacto. Buscábamos provocarlo antes de iniciar la acción de canasta o, en el peor de los casos, aguardarlo preparados y conscientes del mismo, con una base suficientemente estable para soportarlo, absorberlo y emplearlo a nuestro favor. Pero claro, cuando este contacto se produce en el aire, ante individuos con una base de fuerza aún no constituida, los fallos se sucedían ante la mirada impasible de los dos jóvenes árbitros. 2 a 18 fue el saldo favorable de tiros libres (para el rival), poco se habla, también, de estas derrotas.

 

En fin, debo disculparme con los jugadores y con las familias, también con los árbitros si de verdad, como parece, lo hicieron lo mejor que supieron y cumplieron, como buenos funcionarios, las órdenes de sus instructores. Normalmente me gusta ver los partidos sentado, dar algunas correcciones, avivar de vez en cuando una intensidad que, la verdad, no conseguimos tener con regularidad, pero hoy, amén de querer salvar la diferencia existente exigiendo constantemente atención y agresividad a los jugadores, he tenido que proclamar en voz alta, de manera airada y, como digo, errónea, nuestro derecho a defendernos de un criterio arbitral que corre el riesgo, por la incoherencia con el propio reglamento y sus interpretaciones y, por tanto, con lo que deberíamos enseñar a diario, de acabar con la justicia y los incentivos a querer mejorar técnica y tácticamente.

 

Podría haberlo dejado estar, tragarme la bilis, relativizar y mañana seguir entrenando baloncesto como creo que debe ser jugado, a expensas de ser poco competitivos en el baloncesto del fin de semana. Pero he querido dejarlo por escrito, aunque sea como una particular, por original, disculpa con mis jugadores y sus familias, por elevar el tono en un juego que debe ser sobre todo de precisión, y por tener que recurrir a esta "catilinaria", ─porque no creo en los cauces oficiales ni las conversaciones de buen rollo con las que habitualmente nos toman el pelo─, para expresar por escrito lo que pienso y siento.

 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

¿Un arma cargada de futuro?


 


Ya no me ocurre. Con el baloncesto ya no me pasa, no siempre al menos. No estoy seguro de quererlo más que ayer y menos que mañana, como sí ocurría en un principio. Ni siquiera de saber más cada día, lo que puede que sea probable, pero no siempre percibo como tal, a pesar de estar rodeado de numerosos estímulos que facilitan este aprendizaje: grandes profesionales y muy buenos jugadores cerca y la propia práctica como gran maestra.

 

Pero no estoy seguro, decía, porque creo que, en el baloncesto, como en tantas otras facetas de la vida, las nuevas tendencias no critican y asumen parte del legado de aquellas otras que lo fueron en el pasado. Es decir, tengo la sensación de que los argumentos que avalan las nuevas tendencias invitan a una suerte de tabula rasa, crean nuevas realidades que no facilitan el intercambio con el pasado u otras fórmulas. Por lo tanto, conocer lo nuevo no es siempre conocer lo mejor, aunque objetivamente lo sea en la medida en que lo nuevo se ha aceptado como lo real y casi único y obtenga resultados en la cancha.

 

Contribuye también a esta suerte de desaliento la necesidad de hiperespecialización. La visión humanista y holística del baloncesto como un todo en el que los apartados personales y humanos prevalecen ha dejado paso a una era pseudocientífica en la que los datos (no siempre relevantes o suficientes) construyen narrativas y predestinan la realidad en la medida en que sus intérpretes profesan una fe inquebrantable en su esencia divina.

 

Se complica la creación de equipos, la determinación de causas colectivas, de horizontes a alcanzar como grupo. Los vectores que representan las carreras individuales no siempre se alinean con el de los objetivos del equipo. En una era en la que todo el mundo te dice lo bueno que eres, te ayudan a disimular las carencias, discuten con quien sea necesario para demostrar que su hijo/representado/ahijado/amigo está en lo cierto la voz de la autoridad se resquebraja y el entrenador se convierte en un encantador de serpientes que intenta captar el voto del trabajador y el pensionista, por diferentes que sean sus motivaciones.

 

Lo mismo sucede en el baloncesto de formación, donde educamos a doce (en mi caso quince)  seres que son lo más importante para otros dos, tres o cuatro, a los que no siempre podemos pedir una visión objetiva de nuestra labor educativa, pues acuden a las gradas con una suerte de prismático que sigue las evoluciones de su hijo, al que suelen ver desanimado o falto de confianza cuando juega poco o se ciñe a su papel dentro de un colectivo donde las oportunidades, en el campo federado, terminan obedeciendo a una mezcla de méritos y virtudes. Hablo a menudo con los padres y creo que a veces se sienten culpables de no haber engendrado un atleta o un superhombre. Y alguno hasta se pasa hora con los chicos intentando suplir la carencia de estos dones dotándolos de una técnica exquisita, redoblando esas sensaciones de ansiedad.

 

Es esta tendencia hacia la competitividad que debe conducirles a una suerte de bienestar físico y emocional la que me hace pensar si no somos antes que entrenadores terapeutas, curadores de almas claramente sobreestimuladas y al mismo tiempo adormecidas que soportan el carrusel de tareas que se les impone con un espíritu demasiado sumiso. A veces echo de menos preguntas en los entrenamientos. Esto por qué y para qué. Me gustaría crecer espiritualmente y estar por encima de lo que siempre ha significado el entrenamiento como tarea preparatoria para una competición o método que provoca un incremento del rendimiento deportivo. Me gustaría ser un procurador de oportunidades, un provocador, en el buen sentido, lanzar una llamada a tener un pensamiento propio y original.

 

Se me quedan cortos los objetivos tradicionales del baloncesto de formación para cubrir y responder ante lo que veo. Ahora que se acercan las segundas vueltas de la competición federada, me parece pobre la idea de competir mejor, de conseguir mejores resultados. Hay decenas de recursos estratégicos o tácticos que pueden ocultar mil carencias técnico-tácticas individuales. A nosotros nos han anotado con conceptos que no aparecen en nuestra programación, es decir, nos dan lecciones pertenecientes a otro curso. Y no vamos a responder de igual manera, no vamos a actuar como autómatas si no hay una comprensión previa de los elementos espacio-temporales básicos, un control suficiente del propio cuerpo, una relación dichosa entre el jugador y el balón.  

 

Para ello necesito crecer espiritualmente. Todavía mis rotaciones han estado demasiado informadas por el intento de competir mejor, de pelear el resultado. Me ha guiado en exceso el ego del entrenador y me he olvidado de los objetivos educativos y deportivos que están por delante. La competición puede ser un laboratorio si proveemos a todos los participantes de los materiales necesarios, principalmente minutos, y, en todo caso, es una herramienta volcada al futuro, no una radiografía del presente que es tantas veces un diagnóstico del pasado.

 

Esto le pido al baloncesto en 2024 en este ánimo de recuperar aquel viejo entusiasmo: que se convierta, como decía Celaya de la poesía, en un arma cargada de futuro. Los datos y los rendimientos actuales de los jugadores jóvenes no pueden determinar a qué jugamos, quiénes somos y seremos. Que lo hagan las ideas y el entusiasmo con el que acuden cada día a entrenar. Y que tengamos la mente abierta y el espíritu suficientemente generoso para no dejarnos guiar por la inmediatez y la rigidez de un sistema hecho para crear máquinas y consumidores, no seres libres, ni siquiera jugadores libres.  

 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Crianza, reserva y gran reserva

 




Hoy este blog cumple trece años, o tal vez fue ayer, que diría Mersault a propósito de la muerte de su madre en la obra El extranjero. No es que importe demasiado, pero la constancia del paso del tiempo nos permite reflexionar sobre esta dimensión, otorga esencia a los hechos acaecidos, aporta una sensación de continuidad que permite llevar a cabo evaluaciones más o menos precisas, autocríticas o, al contrario, autocomplacientes, de nuestro propio aprendizaje.

 

Y así uno descubre que esta progresión nunca es lineal, que uno no se hace más viejo y, precisamente por ello, más sabio. Y no es solo por la sensación de ignorancia que acompaña a cada hallazgo, sino por la presencia en ese cronograma imaginario de hitos que justifican el silencio de tantas horas, el frío de tantos inviernos. Uno de ellos fue aterrizar en Logroño, capital de la Rioja y del vino hace cinco años y cinco días justos, en su calle Laurel, para conocer en persona a Jenaro Díaz, entrenador del Club Baloncesto Clavijo.

 

Aquí en Logroño he experimentado en mis carnes el proceso de crianza: dos años en barrica y dos en botella con un año entre medias de curación en tierras burgalesas (mezclo vino y embutidos en un guiño a mi lugar de origen), al que también estoy agradecido. En este tiempo el zumo de uva que traía de Salamanca ha fermentado a través de la observación, el diálogo y la experiencia, conectando con los jugadores, ganando y también perdiendo. En el Club Baloncesto Clavijo he preparado hojas de scouting, planes de viaje, borradores de contrato. He hablado con recepciones de hotel, funcionarios de Extranjería, agentes y también colegas. He viajado a lugares paradisíacos y a muchos de los centros de la España interior, vacía o vaciada, según gustos literarios o inclinaciones ideológicas. He conducido y he sido pasajero, piloto y copiloto, asistente y principal. He procurado transmitir entusiasmo y tranquilidad a alevines, chicos y chicas, infantiles, cadetes y juniors, he entrenado a equipos, pero también a jugadores previamente seleccionados, siempre poniendo la búsqueda de la autonomía decisional por encima del seguimiento indiscriminado de normas o conceptos.

 

He intentado que cualquiera de los jugadores pueda compartir cancha con otros cuatro que, con y sin balón, sepan aprovechar la iniciativa que otorga la posesión del balón al equipo atacante y provocar desequilibrios que culminarán en ventajas que, nuevamente a través de la técnica y la táctica individual, aprovecharán o incrementarán mediante un buen uso de los fundamentos básicos y una inteligente ocupación de los espacios. Todo ello sin olvidar que es el atletismo, en un sentido amplio, el que da valor al conocimiento del juego, permitiendo su expresión práctica. Y que la defensa también juega, mediatizando todo el proceso de cognición, toda respuesta finalmente biomecánica.

 

Porque la defensa también juega, este ha sido también otro de los mantras. Y puede ser divertida cuando en vez de especular llama a la asunción de riesgos, al esfuerzo solidario, a la intuición para adivinar el futuro. En defensa hay cinco chicos actuando sin balón, pero en función de él, sintiendo la responsabilidad, pero también ese aire canalla que acompaña al robo y que debe invitarnos a enseñar a usar las manos y a alterar ese principio que daba la iniciativa, por definición, por el hecho de partir con el balón, a los ataques, que pasarían a defenderse de nuestra defensa.

 

También he disfrutado del semiprofesionalismo, que era semi en las condiciones y circunstancias, pero profesionalismo sin matices cuando tocaba trabajar al lado de alguien como Jenaro, un sospechoso habitual de campeonatos de selecciones y Euroliga, quien sigue intentando que sus equipos se parezcan a aquellos, aunque solo sea en la ambición y el empeño. Cómo no recomendar este grado universitario que he podido cursar a su lado, primero como alumno obediente y, cada vez más, como apuntador de ideas e incluso rebatidor nato, al menos hasta que alcanzábamos, previo acuerdo o no, la que debía ser nuestra certeza, la que debíamos transmitir sin fisuras a los jugadores.

 

No los cito porque son muchos y temo dejarme alguno. También porque algunos no lo merecen, en la medida en que no entendieron lo que significaba estar en un equipo y ponerse al servicio de una causa apoyada por una ciudad, una afición y una directiva. De todos aprendí, de todos me llevo algún recuerdo. Los hubo buenos y muy buenos metiendo canastas, pasando el balón, pero me quedo con los que fueron muy buenos ganando partidos, haciendo lo necesario, sin prestar atención a la estadística particular, aunque luego, los cínicos de los entrenadores y directores deportivos, será lo primero en lo que nos fijemos.

 

No los cito porque han sido muchos. Algunos ya han dejado el baloncesto, otros se han cambiado de equipo. La mayoría sigue, a la espera de saber cuál será su equipo el próximo año. Me refiero a los jóvenes jugadores de baloncesto, a esos niños y adolescentes con los que he compartido unas cuantas horas de cancha, seguramente no tantas como nos hubiera gustado a ambos, tampoco de la calidad deseada, mis perdones. Mi mayor deseo es que recuerden alguna anécdota de estos años, que alguna metáfora les permita asociar y recordar lo aprendido; confío también en haber contribuido a forjar su carácter sin haberlo mediatizado en exceso. A veces siento el temor de haber tratado igual a peces y aves, pidiéndoles a todos volar. Espero que me perdonen los primeros. Y que tengan tiempo para hacerse con un par de alas (y ser peces voladores) antes de que alguien los condene de por vida a reptar por el fondo marino.

 

Me voy de Logroño cinco años y cinco días después pudiendo distinguir un vino joven, un crianza, un reserva y un gran reserva, conociendo las normas de la Denominación de Origen Rioja y, sin embargo, más convencido que nunca de lo necesarios que son todos aquellos que, conociéndolas, las ignoran para hacer vinos de autor, caldos que emanan creatividad y frescura, que se alejan de la tradición sin ningún ánimo de crear la suya propia, pues no pretenden trascender. Que simplemente desean que un paladar pueda inundarse de sus matices, que alguien pueda disfrutar de ese simple gesto que es levantar la copa. O armar el tiro. O esconder un pase.

 

UN ABRAZO Y MUCHAS GRACIAS A TODOS LOS QUE ME HAN ACOMPAÑADO EN ESTOS AÑOS. 

Demasiado pronto, demasiado tarde

 




No recuerdo un año peor que el de Segundo de Bachillerato en términos académicos. En una etapa ideal para que florezca el pensamiento y se comparta con los contemporáneos, para que surjan pequeñas comunidades de amantes de lo intrascendente o inútil, para que se descubran vocaciones, aunque luego se demuestren erróneas, dedicamos nueve meses de nuestra juventud a buscar una calificación promedio y a preparar una prueba que intenta diagnosticar una serie de aptitudes y actitudes propias del aprendiz, pero que en realidad testa el grado de adaptación de este a un sistema eminentemente lingüístico, lógico/racional y memorístico, tres capacidades reseñables, por supuesto, pero no superiores bajo ningún criterio jerárquico a otras como la habilidad manual, la capacidad atlética, el razonamiento creativo, el criterio artístico o la inteligencia social, que muchas veces será la que coloque a esos disciplinados aprendices en algún centro de trabajo y les permita, aquí o en el extranjero, planificar una vida.

 

La Ebau, como antes lo hacía la Selectividad, así como las plazas limitadas que de alguna manera más o menos objetiva hay que repartir, condicionan uno o dos años de aprendizaje, determinan el currículum, estrechan y acortan miras, tal vez por puro interés. Lo mismo sucede cuando al final del camino o de una temporada se sitúan eventos como los campeonatos provinciales, regionales o nacionales, algo que me parece bien como aliciente o motivación para los deportistas, atletas que, al igual que los antiguos griegos, quieren pasar de la potencia al acto, del entrenamiento a la práctica, pero siempre que se haga con un cierto criterio y con alguna autolimitación.

 

Porque igual que el profesor quiere presumir en las playas de Benidorm del porcentaje de alumnos que acceden a la universidad, el entrenador de un equipo quiere presumir de resultados en los múltiples campus en los que a partir de finales de junio se reúnen. Y eso afecta al currículum y a otra serie de decisiones que objetiva y subjetivamente pueden dificultar el aprendizaje y el desarrollo de los aprendices. Si en el instituto nos privaron de aprender Filosofía o Literatura a través del ejemplo o el diálogo, sin prisas y atendiendo a todos los matices posibles, en los clubes pueden sentirse tentados a acelerar los procesos y a dejar individuos descolgados, tal y como se ha visto en todas aquellas pruebas previas a la Selectividad en las que tantos equipos han presentado ocho, nueve o diez jugadores, en función de la permisividad del reglamento.

 

Los Campeonatos de España de clubes de Minibasket que se disputarán en tres semanas no ayudan a nadie salvo a los que obtengan un beneficio directo de ellos. Puede que generen beneficios, diversión para los padres y una suerte de motivación hacia el logro (sea cual sea este) en los participantes. No creo en su valor formativo, salvo en términos de exigencia física y atencional, pero esto podría esperar a más adelante. Los que se han quedado fuera han sido más conscientes que nunca de la falta de expectativas depositadas en ellos. Los que lo jueguen, salvo los más habilidosos, sacarán el kit de emergencia e intentarán sobrevivir siendo útiles a su equipo, muchos de ellos asumiendo que no pueden tomar determinadas decisiones. Los muy buenos, salvo los niños prodigio, harán una y otra vez lo que mejor saben hacer, no es momento para pruebas: el entrenador está concentrado, la grada ansiosa, hay mucho en juego. Demasiado.

 

Hace años, en el advenimiento de la sociedad del espectáculo, definida por Guy Debord en los años 70, uno creía que habría dos marcos que permanecerían al margen: la política y la educación. Que nuestros representantes públicos dialogarían en las sedes de la soberanía nacional con argumentos sofisticados y no con sofismas y eslóganes de baratillo. Que nuestros educadores, empezando por los padres, no convertirían a estudiantes e hijos en joyas que exponer en el escaparate de las redes sociales y los medios de comunicación: en fin, dentro de unas semanas, siguiendo los cánones de las actuales reglas de la comunicación y el marketing, conoceremos el nombre de los jugadores más destacados del Campeonato Mini, desprovistos del gran escudo para su crecimiento que ha sido siempre la mezcla precisa de discreción y anonimato.

 

En fin, mi tesis es que el campeonato de España Mini llega demasiado pronto en la carrera de estos deportistas. Deportistas, no jugadores de baloncesto, pues hasta los doce años deberían estar enfocados en hacerse con los valores positivos que el juego encierra, con las actitudes y aptitudes que definen a un atleta, en este caso de un deporte de equipo: el esfuerzo, la generosidad, la capacidad de concentración, una cierta disciplina… Esta carrera sin fin que puede acabar con que veamos a bebés intentando meter un balón ante la orgullosa mirada de sus progenitores afecta negativamente a los currículos, alimenta el juicio sobre los jugadores (no la búsqueda de soluciones y alternativas para que puedan mejorar). Si un chico no rinde bien en este campeonato fácilmente podrá arrastrar etiquetas inamovibles, estigmas sobre su capacidad para competir, para mantener la cabeza fría… Y los que no están habrán quedado fuera de un entorno de máxima exigencia y altas expectativas, serán tratados con cierta condescendencia: muy pocos se reengancharán a una rueda que, al excluirlos, los sentencia de muerte.

 

En fin, mi tesis es que ya es demasiado tarde y que una vez que alguna mente preclara de nuestro baloncesto dijo que adelante con el campeonato de España de minibasket de clubes es muy difícil dar marcha atrás. Porque sea o no un éxito se venderá como tal. Los aparatos de la sociedad del espectáculo son sofisticados y nada autocríticos. Todos ganan el día después de una contienda electoral y después de un campeonato de estas características: los hoteles facturarán, los padres se habrán divertido, los niños vivirán una experiencia, no lo dudo, hacer la Selectividad también lo fue. Con este campeonato se inicia un camino de no retorno que acabará con los defensores de retrasar la edad de especialización, la exposición mediática de los deportistas y las selecciones basadas en las necesidades presentes (con pocas miras de futuro). Alguien lo tenía que decir. Os dejo con el siguiente modelo. 



 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

¿Así que quieres ser entrenador?

 



Esta entrada va dedicada a todos los entrenadores con los que compartí el curso de nivel II de la Federación Castellano y Leonesa de Baloncesto a lo largo del pasado mes de forma virtual y este último domingo en persona. Invirtiendo horas en su formación dignifican el oficio, dan valor al tiempo de sus jugadores y se hacen acreedores del respeto de su profesión, ojalá también del de sus empleadores y clientes/padres. Formarse, aunque sea en un campo tan gris y difuso como el de la táctica en baloncesto, donde muchas ideas distintas pueden funcionar siempre que caigan en terreno debidamente abonado y sean ejecutadas por jugadores inteligentes, físicos y técnicos es también una declaración de amor al baloncesto. Y quien ama el baloncesto, como quien se entrega apasionadamente a cualquier otra actividad con implicaciones sociales, ama forzosamente también a las personas, con todas sus imperfecciones.

 

Me hubiera gustado terminar mi intervención del pasado domingo leyendo un poema ya legendario de Charles Bukowski, escritor maldito perteneciente a la escuela del realismo sucio norteamericano, un transgresor no sabemos si por vocación, elección premeditada o necesidad urgente que en lo descarnado de sus letras retrató nuestra verdadera cara, la que nos ocultamos incluso a nosotros mismos para poder seguir viviendo. Pues bien, este poema, titulado ¿Así que quieres ser escritor?, es de recomendada lectura para todos aquellos que, ignorantes de lo que significa juntar unas letras que vayan más allá del mensaje de buenos días a su pareja o la típica parida del chat de amigos solteros, piensan que es muy fácil escribir guiados por una idea equivocada, la que tantas veces guía a los expertos en fútbol o sanidad: no haberlo hecho nunca.

 

Si no te sale ardiendo de dentro, a pesar de todo, no lo hagas. Entrenar no es una elección consciente, una de aquellas que se toman un domingo de verano sopesando pros y contras. Normalmente uno está delante de un grupo de jugadores antes de haberse hecho ninguna pregunta. Y una vez allí se desenvuelve con todas sus habilidades sociales, con su inteligencia lingüística, con su incipiente conocimiento del juego y, sobre todo, con su genuina pasión para la educación y el liderazgo, no necesariamente para el baloncesto.

 

Si tienes que esperar a que salga rugiendo de ti, espera pacientemente. Si nunca sale rugiendo de ti, haz otra cosa. Aquí Bukowski apela a una suerte de facilidad natural, una suerte de talento, en este caso para la pedagogía, la seducción y también para la visualización de situaciones dentro de una cancha. También a una motivación intrínseca, a un furor interno, no inducido por nadie que, en caso de no existir, no conviene buscar fuera. Antes es mejor dejarlo.

 

No seas soso y aburrido y pretencioso, no te consumas en tu amor propio. En fin, cuesta creer si es un poema dirigido a escritores noveles o una invitación a jubilarse para entrenadores desprovistos de alma y pagados de sí mismos. No hay peor escritor que el aburrido y pretencioso, pero este es un pecado aún más grave en el caso de los entrenadores de formación, quienes se enfrentan cada día a chavales estresados, con agendas de diplomático de carrera y cien alternativas de ocio a su alcance.

 

A no ser que quedarte quieto pudiera llevarte a la locura, al suicidio o al asesinato, no lo hagas. Un poco tremendista, tal vez, pero muy atinado. Mi amigo Fernando siempre dice que entrenar es una especie de sacerdocio laico por los votos que implica contraer. Más vale que esta elección provenga, por lo tanto, de un amor verdadero, de una pulsión irrefrenable, de un frenesí inicial que luego convendrá domar, eso sí, en un ejercicio de sobriedad y prudencia, dos valores fundamentales del buen entrenador.

 

Cuando sea verdaderamente el momento, y si has sido elegido, sucederá por sí solo y seguirá sucediendo hasta que mueras o hasta que muera en ti. No hay otro camino y nunca lo hubo. La carrera de entrenador es una llamada y, aunque no creo en este carácter casi divino, sí creo que, ante las dificultades que los profesionales afrontan en su día a día, no es una profesión para todo el mundo. También creo que uno es entrenador con independencia de que alinee a Lebron James o a un alevín de primer año en el acta. Cambia el tipo de baloncesto practicado, no la magia ejercida. Y no debería cambiar tampoco la pasión. Y si cambia, amigos, ya saben, no lo hagan.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS 

Ser o hacer, no he ahí la cuestión

 




—Yo sé quién soy —respondió don Quijote—, y sé que puedo ser, no solo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías. 

(En: https://cvc.cervantes.es/literatura/clasicos/quijote/edicion/parte1/cap05/default.htm)


Últimamente, reflexionando sobre la necesidad de afiliarme a una asociación o sindicato de entrenadores que, efectivamente, defienda los derechos de nuestra profesión (y los míos) he estado pensando mucho en los fundamentos de la misma, en lo que me une y separa (o podría llegar a unirme y/o separarme) de los otros entrenadores y en cuál es la verdadera dimensión de mi pasión por el oficio.

 

Personalmente, como buen ácrata, individualista y creativo (o eso intento) que exige de sus jugadores todo lo contrario (espíritu de equipo, cesión de la individualidad y disciplina en la toma de decisiones), me cuesta formar parte de todos aquellos clubes que me acepten como miembro. He aquí un Groucho Marx sin su talento y probablemente también sin gran parte de su cinismo. Creo que la definición acota y restringe libertades, aunque veo muy oportuno que se estandaricen unas condiciones mínimas que dignifiquen nuestra profesión, eviten abusos o la aceptación de los mismos por parte de pobres hombres que hacen un trabajo honrado por una miserable limosna. Es decir, detecto la necesidad de una negociación colectiva, de que se sienten las bases de un convenio y comprendo que la sindicación y la fuerza del número (eso es la democracia, la dictadura del número) son imperativas para la consecución de estas condiciones mínimas.

 

Ahora bien, sin querer ser demasiado crítico, y sin pensar en nadie en concreto, de vez en cuando observo trabajos indignos, no planificados, que se ejercen con un total desconocimiento del qué (el juego), el cómo (la metodología de la enseñanza-aprendizaje) y el a quién (la psicología de los niños y adolescentes, o de los adultos, vaya). Es decir, también comprendo que las empresas y sus clientes debieran dotarse de mecanismos de control para no estar ofreciendo condiciones dignas a trabajos indignos, lo cual, en ausencia de títulos que de verdad acrediten un knowhow (que, en fin, tampoco sería una solución), sin más baremos, muchas veces, que los resultados (peligrosísimo esto) para evaluar determinados trabajos, sería difícil de determinar. Un niño puede estar satisfecho si su autoestima se ve reforzada, aunque su progresión objetiva en el desempeño sea casi nula. Subjetivamente, pagaría de buen gusto una buena cuota por formar parte de la organización o club en el que milita, pero ¿merecería su entrenador cobrar lo que debe cobrar un entrenador de baloncesto sin hacer lo que debería hacer un entrenador de baloncesto, si alguien se atreve algún día a definir qué debe ser esto?

 

Hasta aquí las dificultades objetivas para definir el objeto de nuestra profesión y, por lo tanto, también la concreción de sus objetivos y contenidos, luego también para su evaluación. Quizá suceda en más profesiones, pero a mí me parece más evidente determinar cuál es la misión de un fontanero, un médico o un electricista. Pero, en fin, ahora vienen las dificultades subjetivas pues, aunque ninguna afiliación es irreversible, integrarse en una asociación es también asumir que eres lo que tal vez no eres por un proceso metonímico que me parece peligroso. Hay una identificación entre el hacer y el ser que limita al segundo, por amplio que pueda llegar a ser el concepto “entrenar baloncesto”, “liderar grupos”, “definir la estrategia de un equipo”.

 


En fin, como sugería anteriormente, tampoco me siento identificado con lo que muchos entrenadores hacen. Siguiendo el silogismo de la identificación entre el hacer y el ser, cada entrenador construye en cierta manera el baloncesto con sus propias prácticas, deja un poco de sí en lo que podemos llamar la cultura del baloncesto. ¿Siendo entrenador asumo por completo su tradición? Hay libertad de cátedra, lo sé, pero también hay una serie de asunciones que han llegado para quedarse por la vía de la costumbre y por el prestigio y la presunción de verdad que se le concede a determinadas figuras, casi siempre a la estela de sus triunfos.

 

¿Si soy entrenador debo protestar a los árbitros, presionarles para que me piten mejor apelando a su naturaleza humana, inestable, dubitativa? ¿Si soy entrenador debo exprimir las capacidades, esconder las deficiencias de los jugadores desde edades tempranas? Probablemente esto se escape a la pertenencia a una asociación, lo determinan el juego y las modas y, afiliados o no, pequemos de querer pertenecer a la masa, de falta de independencia y libertad de espíritu. En fin, nada me gustaría menos. No creo en el carácter positivo de la distinción por la distinción, pero sí en el efecto beneficioso de observar a la masa desde fuera, con cierta perspectiva.

 

En fin, siempre me ha costado saber lo que soy. Como buen sanchista (de Sancho, el personaje de la literatura universal que sobrevivirá al paso del tiempo) no me interesan los anhelos quijotescos, la fama o la gloria. Me gusta la indefinición, la aceptación de nuestra transitoriedad, el trabajo bien hecho que aclara conciencias sin alimentar anales, tertulias o enciclopedias. Creo que lo una vez hecho no volverá a servir, pues serán otras las circunstancias, otros los jugadores, aunque respondan al mismo nombre y apellido, de ahí que pueda darles al cura y al barbero, sin pena ninguna, mis cuadernos de entrenador, registros de lo que ya fue y nunca más será, para que los quemen junto a los libros de caballería. No creo en más hazaña que en la del próximo entrenamiento, aunque para él hayan hecho falta miles de horas de reflexión y aprendizaje previo. ¿Seguiré gozando de esta libertad o deberé parecerme cada vez más al resto?

 

Es decir, por aclararme yo. No sé qué están llamados a hacer los entrenadores de baloncesto, cuál es el objeto de su oficio. No sé si solo por ejercer lo son. No sé si yo ejerzo como tal y si, ejerciendo como tal, automáticamente lo soy. Y aun así creo que me afiliaré a un sindicato que defienda los derechos, no ya del entrenador de baloncesto, sino de la persona que llega a casa tras un viaje interminable y cruza la mirada con sus padres, su pareja o sus hijos. El trato digno, las condiciones mínimas no dependen de lo escrito hasta ahora, la distinción entre el ser y el hacer o la definición de entrenador, sino de la condición humana. E incluso los que son o ejercen como entrenadores las merecen. Incluso algunos que ahora sí tengo en mente, siempre que planifiquen, estudien el juego, los mecanismos de la enseñanza-aprendizaje, la sociología, la psicología, lean y discutan sobre filosofía, sean verdaderos líderes, también éticos, de las nuevas generaciones.

 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS