En
estos días en los que el obituario se ha convertido en el subgénero
periodístico más practicado, otra lúgubre noticia se ha cruzado en
el camino de quienes nos dedicamos al baloncesto en nuestra ciudad:
ha muerto Pepe San Agustín, árbitro especialmente querido por todos
por su amor al juego, el sentido educativo que le daba a su labor y
el buen humor que destilaba en cada encuentro.
En
algún cajón, real o virtual, existe un álbum de fotos en el que
todos los jugadores y entrenadores de la región aparecemos posando
junto al conjunto rival con Pepe y su pareja arbitral, cuando no era
el encargado de hacer la foto, en el centro. Reconozco que en mis
inicios como preparador me parecía un fastidio tener que alterar el
protocolo prepartido y que mi principal preocupación era que mis
jugadores no se quedaran fríos esperando al inicio. No es que crea a
pies juntillas aquello que decía Díaz Miguel (cuyo decimoctavo
aniversario de su muerte conmemorábamos también ayer), pero siempre
le he dado mucha importancia al inicio, por todo lo que tiene –teoría
básica de la narrativa– de anticipo del desenlace. Sin embargo,
con el paso de los años –¿será eso que llaman madurez?– empecé
a valorar aquel rito, su simbolismo. Aquel retrato dotaba a cada
partido de una singular relevancia. Pepe sabía mejor que nadie algo
que por ignorante presunción solemos pasar por alto: nunca sabemos
cuál será el último.
Así
que nos hacíamos la foto y asistíamos con paciencia a su particular
forma de arbitrar, a su repertorio de gestos (¿ha sido falta en
defensa o en ataque? ¿fuera de nuestro equipo o del suyo?) y a la
parsimonia con la que a veces acudía a entregar el balón para el
saque. En los últimos años al menos, sabíamos que se le escaparía
alguna acción por estar mal colocado, o que le parecería legal una
mutilación braquial o un placaje de rugby, aunque el tono general
del arbitraje fuera bueno y el criterio consistente, es decir, toda
mutilación era permitida (como nos reiríamos bromeando al respecto). Charlábamos con él cuando le tocaba
correr por nuestra banda y aceptábamos con humildad el consejo que
nos daba sobre nuestra forma de dirigirnos al árbitro.
Y
cual Forges, con las derechas y las izquierdas o los burgueses y los
obreros, Pepe San Agustín también ha obrado el milagro de poner de
acuerdo al mundo (mundillo) del baloncesto local, de natural cainita
y poco agradecido. Su figura genera el consenso propio del hombre
bueno en el sentido machadiano (79 años de su muerte también ayer),
del apasionado que, sin embargo, comprende que su actividad, por
quererla tanto, tiene que quedar al margen de los comportamientos
cínicos, de la sucia contienda, del barro de twitter, los
comentarios anónimos de la prensa local y la crítica
malintencionada.
P.
D. Es una pena, Pepe. No vernos de nuevo en las canchas (ya había
comprado protecciones para los chicos ;) ), no hacernos de nuevo una
foto o no poder mirar juntos el álbum e intentar descifrar quién era
cada cual y especular sobre qué fue de su vida. Y, sé que tú
entenderás esto que voy a decir,es una lástima que no puedas
morirte todos los días poniendo de acuerdo a esta tribu que hoy, y
tal vez mañana, te llorará con desconsuelo y respeto, pero que
pasado, y el siguiente, volverá a comportarse como suele, por la
fuerza de la costumbre y el olvido.
Cada
vez que me proponen dar una charla o participar de algún proyecto de
formación de entrenadores, la primera reacción pasa por poner en
tela de juicio mi propia capacidad para ello –en mi currículum no
hay grandes victorias ni méritos semejantes. Sin embargo, no mucho
después, acepto la propuesta poniendo de relieve, por encima de las
dudas, la oportunidad que la elaboración de una exposición supone
para quien la realiza.
En
este caso, y aunque sin poder entrar aún en detalles, me encuentro
preparando una pequeña ponencia sobre el diseño de una sesión de
entrenamiento en categoría de minibasket, algo que pudiera parecer
baladí, pero que, en realidad, es una cuestión básica a la que
deberíamos prestar mucha atención. Y es que el entrenamiento es al
jugador (y al equipo) de baloncesto, lo que el proyecto a un edificio
o la receta a un plato de cocina, es decir, la base de su futura
mejora y de los resultados que de ella se deriven. No en vano,
preguntados numerosos entrenadores norteamericanos especializados en
edades de formación, resaltaban como uno de los principales errores
que habían observado entre los técnicos más jóvenes la falta de
planificación, “the lack of purpose” de cada ejercicio en el
conjunto de un entrenamiento y, peor aún, en el conjunto de un
mesociclo o temporada.
Sin
embargo, antes de plantearnos un esquema de sesión, el reparto de
los tiempos, la fijación de los objetivos, o de dotarnos de una
batería de ejercicios en función de estos propósitos, creo que
debemos reflexionar sobre unas cuestiones preliminares que no son en
absoluto peregrinas, pues de ellas pueden depender nuestro estilo de
entrenar, la forma de comunicarnos con los jugadores, la ponderación
de los diferentes conceptos a enseñar o la filosofía misma de un
equipo. Todas ellas, aunque estaban latentes, han surgido en medio
del proceso creativo en el que me hallo inmerso. Si las dejo por
escrito es porque al materializarlas cobran una nueva dimensión y se
quedan fijadas con más claridad en la memoria. Si las comparto no es
porque crea que tenga algo nuevo que aportar, sino, más bien al
contrario, porque entiendo que puedo hacer partícipe con ello a
gente con mucha mayor experiencia que yo. En cualquier caso, si grito
al aire es porque me importa el baloncesto, su entrenamiento y la
formación que las nuevas generaciones reciben a través de esta, su
asignatura favorita.
1.
Entrenamos poco. El baloncesto ya no es la más importante de las
cosas poco importantes, sino un complemento de toda una panoplia de
actividades que preparan al niño para ser un trabajador o empresario
exitoso, olvidando que muchas de las claves de este presunto éxito
dependerán en mayor medida de valores y competencias que el deporte
les puede enseñar que de los conocimientos concretos que hoy puedan
adquirir. Entrenamos poco, además, en la era de la historia en la
que los niños exploran menos sus habilidades atléticas a través
del juego en el patio o el parque.
2.
Entrenamos en condiciones muy precarias, a horas intempestivas
(recién salidos del comedor o demasiado tarde, cuando los niveles de
energía están por los suelos), con una ratio muy elevada de
jugadores por entrenador y, cuando hablamos de colegios, con
numerosas inferencias de las estructuras suprayacentes. Rara vez
habrá un balón por jugador. Tal vez ni siquiera dos canastas a la
altura reglamentaria.
3.
No están los mejores. USA Basketball definió en su guía para
entrenadores de baloncesto, el período que va entre los 9 y 12 años
como la fase “fundacional” (foundational), la época de la
trayectoria vital del jugador en la que este debe aprender a entrenar
(higiene, concentración, capacidad de esfuerzo,...) y asentar, al
mismo tiempo, las bases psicomotrices y técnico-tácticas sobre las
que luego se ha de incidir. Sin embargo, sin ánimo de ser
excesivamente crítico al respecto, creo que demasiadas veces nos
encontramos con prácticas que deberían figurar en el apartado “lo
que no se debe hacer”. Todos hemos sido osados ignorantes, pero al
menos hay que intentar conocer los fundamentos. Frente al relativismo
buenista que asegura que no hay verdades absolutas en una materia tan
abierta como el entrenamiento deportivo, yo sí creo en la ortodoxia,
en la tradición, aunque luego, desde un conocimiento profundo de
ambas, podamos ser creativos y construir nuevas teorías. Ojalá,
como clamaba Vittorio Gasman tuviéramos dos vidas, una para ensayar
y otra para actuar. A cambio tenemos libros, vídeos y entrenadores
con experiencia cerca. Acudamos a ellos con curiosidad, humildad y
mente abierta.
4.
Hemos renunciado a la exigencia. Como seres autocomplacientes que
somos, como borrachos de las modas que a nivel discursivo se han
impuesto, hemos olvidado que esto va de sacrificarse, de jugar por
encima de las posibilidades, a veces con dolor. Alejemos nuestros
umbrales de exigencia de nuestro punto de partida y, predicando con
el ejemplo, exijamos también a nuestros jugadores. El buen
deportista, el de verdad, la demanda. El mal jugador no la soporta.
Hecha está la tan necesaria criba, no entre buenos y malos, sino
entre deportistas y no deportistas.
5.
No se planifica. En edades de minibasket la competición debe ser
un aliciente, no una meta. De ahí que los entrenadores deban
concebir su tarea más como la de un educador que la de un preparador
en sentido estricto. El entrenador es un maestro que debe enseñar
competencias, valores y contenidos que pueden ser fácilmente
categorizados y catalogados en dos ejes –jerárquico el de las
competencias y valores, y de complejidad creciente el de los
contenidos– que respondan, a su vez, a las necesidades
individuales de cada jugador. En fin, sé que estoy pidiendo mucho.
Bastaría con que se eligiera para la enseñanza de un concepto los
ejercicios apropiados. O con que quienes están empezando se formaran
y preguntaran, en una actitud de honestidad que siempre contará con
nuestro aplauso, a los que más saben.
Es
cierto, el baloncesto no aparece en los currículos oficiales, es una
actividad escasamente valorada y muy pocos de los jugadores que
entrenemos contarán con la capacidad de ser profesionales en un
futuro. Sin embargo, cuando nos enfrentamos a esta tarea y a diez,
doce o quince niños expectantes, conviene recordar que gran parte de
ellos no acude a pasar el rato o cumplir con la obligación que le
han puesto los padres, sino a aprender y a ser cada día mejores en
su asignatura favorita.
Créanme,
tengo varios motivos objetivamente más graves para pasar una mala
noche que haber perdido un partido de liga autonómica en Palencia.
Es más, cualquiera los tendría, la vida es complicada, el trabajo
escasea y se ciernen diferentes amenazas sobre la libertad y el
bienestar social. Y, sin embargo, a lo único que se ha dedicado mi
cerebro la pasada noche de domingo es a repasar mentalmente el
partido, a analizar una a una las jugadas, la toma de decisiones, la
capacidad estratégica que uno tiene como entrenador, también a
planificar el próximo, una posible revancha. Y aunque de vez en
cuando me aliviaba a mí mismo repitiendo como un mantra las palabras
que está empleando Zinedine Zidane para no naufragar en medio de la
mayor crisis de resultados que ha vivido el Real Madrid en décadas,
me parece que el francés está más jodido de lo que aparenta.
Tenía
que confesarlo. Estoy hasta los cojones de que las victorias me dejen
un leve regusto de satisfacción que apenas alimenta la motivación
antes de encarar la semana y las derrotas, en cambio, estos dolores
de cabeza que hipotecan el descanso y, en última instancia, la
salud. De verdad, cuando empiezo a repasar los partidos perdidos por
mi equipo, sobre todo los igualados, aceptaría ser el responsable de
crímenes abominables cometidos contra la humanidad, no tendría
dudas de haber colocado los explosivos nucleares a bordo del Enola
Gay. La noche después de una derrota nunca me contento con las
explicaciones salvíficas; soy incapaz de dar por buenas las razones
que me exculpan, que me hablan de una capacidad de acción limitada
(ya saben, uno no puede meter los tiros).
Maldito
ego el del entrenador, qué autodestructivo se vuelve cuando te lleva
a considerar que victorias y derrotas (más estas últimas) pasan
únicamente por tus manos. Y sabes que son dos impostoras, enemigas
del proceso y del trabajo, pero también que lo mediatizan todo y
terminan afectándote. Cuando juegas, juegas a ganar y cuando
pierdes, es evidente que algo se pudo hacer mejor. Pero no es
probable que tengas siempre razón cuando piensas que fulano debió
jugar más. Y también aquel otro y, por supuesto, el otro. O sí,
pero vaya, que al final solo puede haber cinco jugadores en el campo
y no hay constancia de una mejora obligatoria del rendimiento.
Así
que “seguir trabajando”, “perseverar” o “insistir” son
las fórmulas correctas para abandonar este estéril circunloquio y
seguir avanzando. Sobre todo porque lo que toca es demostrar que
mantienes intacta la fe, lo que ahora vuelve a ser cierto, aunque no
lo fuera durante la noche, y contagiar a los jugadores para que suban
el nivel en los entrenamientos, defiendan más duro y metan más
tiros en los partidos. Toca asumir este discurso, actuar con una
inquebrantable firmeza en tus posibilidades y en las del equipo e
ignorar lo que tú, entrenador de club de baloncesto en Castilla y
León sabes muy bien. Que Zidane, entrenador del equipo con mayor presión del mundo, miente cuando dice que está
tranquilo. Y que no es fácil, ni siquiera muchas veces divertido.
Puta droga esta.
Ayer
asistí a las finales del Campeonato de España cadete de selecciones
autonómicas en las que la Comunidad de Madrid se impuso con claridad
a Andalucía sirviéndose de un juego roto (o por conceptos, como prefieran) y,
especialmente, de unas mucho mejores aptitudes atléticas (citius,
altius, fortius). En la grada, imagino, muchos de sus familiares,
expectantes ante la cita y conscientes, supongo, de contar con un
deportista excepcional en sus casas: estar entre los doce mejores (no
siempre) de su generación en una comunidad autónoma de esas
características deja margen para soñar.
Eso
sí, a esos padres habría que decirles que el baile no ha hecho más
que empezar y que, contra todo pronóstico, hay una alta proporción
de jugadores en ligas profesionales o semiprofesionales que no
participaron de este tipo de campeonatos porque aún no se habían
desarrollado físicamente, pero también porque ese tiempo en el que
los técnicos de las federaciones primaban los objetivos
competitivos, estos, los excluidos, lo dedicaron a mejorar sus
habilidades individuales, su manejo de balón, el control de su
cuerpo; los fundamentos, en definitiva. Pero tampoco canten victoria
esos padres cuyos hijos se han pasado las navidades tecnificando en
sus clubes o acudiendo a campus. Seguro que ahora pasan y tiran
mejor, pero hay tantas variables que entran en juego que lo mejor es
resumirlas brevemente antes de hacer una apuesta arriesgada. Seguro
que me dejo muchas, así que ayúdenme, si lo desean, con sus
comentarios.
1.
Preguntar, o averiguar si preguntar le parece demasiado
impertinente, el historial genético de su pareja antes de ponerse al
lío. Lo siento, pero el porcentaje de personas por encima de
1,90 se invierte cuando comparamos la sociedad y la cancha. De las
doce plazas que componen un equipo, solo dos, tres en el mejor de los
casos, quedan reservadas para pequeños. Luego el 80 por ciento de la
población se pelea por el 20 por ciento de las plazas en el
“backcourt” a la inversa de lo que sucede en las posiciones de
alero. Echen cuentas y tengan presente que la tendencia de poblar
la pista de jugadores espigados de gran envergadura es imparable y empieza a afectar al tradicional nicho de los pequeños: la posición de base.
2.
Tener suerte (o saber elegir) con los
primeros entrenadores de sus hijos. Un buen entrenador sembrará
de entusiasmo el camino. Un mal entrenador puede, directamente, hacer
que lo abandone. Un mal entrenador hará todo lo posible para ganar.
Uno bueno, todo lo que esté en su mano por formar. Subraye este
punto si su hijo destaca por su tamaño en las fotografías de la
escuela. De ello depende que se pase su infancia yendo de aro a aro
abusando de su tamaño o que pueda llegar a ser un jugador completo.
3.
Colaborar con el entrenador (si este es como debe ser),
reforzar sus mensajes de esfuerzo, disciplina y humildad. Aceptar que
una persona ajena a la familia se ocupe de una parte esencial de su
educación y poner todos los medios –es decir, ninguno– para que
pueda llevar a cabo su labor. Practique la invisibilidad en las
gradas.
4.
Compartir los sueños de su hijo o hija. Hacerles partícipes
de las dificultades, pero visualizar con ellos la meta. Nadie ha
alcanzado un objetivo que no haya imaginado antes. Si su hijo tiene
las aptitudes y actitudes necesarias y un entusiasmo
desproporcionado, los miedos y precauciones propios deben quedar bien
sellados en una caja fuerte. Todo ello sin perder el equilibrio y
evitando mezclar las agendas: su felicidad no puede depender nunca
del rendimiento deportivo de su niño o niña.
5.
Tener las maletas preparadas. El determinismo geográfico
choca con todas las teorías del “si quieres, puedes”. No es lo
mismo que cada dos domingos haya un partido profesional de baloncesto
o que no lo haya, que tu club pueda ofrecerte entrenamientos
individuales y un trabajo especializado de gimnasio que hacer
dinámicas de grupo y recibir las indicaciones como un miembro más.
No es lo mismo ser el mejor de tu equipo, dominar cada entrenamiento
casi sin esfuerzo, que tener que superarte cada día para coger un
rebote, generar un lanzamiento o conseguir una línea de pase. Y eso,
muchas veces, solo lo ofrecen determinadas ciudades y clubes.
6.
Educar en la humildad,pero no en la
modestia. La humildad es siempre buena consejera, amiga íntima
del trabajo y de la atención a los consejos bienintencionados. La
modestia, en cambio, en cuanto que “carencia de vanidad” es
limitante, familia de la profecía autocumplida y de la explicación
que tranquiliza al mismo tiempo que nos mantiene anclados en el mismo
lugar. El límite, como la distinción semántica entre ambos
vocablos, es casi inapreciable, pero definitivo. Aplique esto en la
educación de sus hijos, premiando los primeros comportamientos y
cortando los segundos. De la soberbia y el engreimiento ni hablo. Hay
jugadores investidos de estos valores, es verdad, pero no los querría
ni en mi equipo ni en mi casa.
7.
Practicar el optimismo en la vida diaria, al afrontar los
inevitables contratiempos relacionados con la salud, la economía o
los afectos. Generar un entorno libre de drama o susceptibilidades
exageradas, normalizar lo excepcional. No sé por qué, pero llegado
a este punto pienso en la familia Gasol.
8.
Tirarse con paracaídas. Primar la educación, hacerla
compatible con los entrenamientos, aunque ello implique madrugar o
trasnochar. Si algo ha caracterizado al baloncesto, en la comparación
con otros deportes, es su vinculación con la escuela, la formación
de muchos de sus mejores representantes. Esta seguridad restará trascendencia
a los pequeños fracasos, esos que son necesarios como parte del aprendizaje pero que, mal
interpretados, llevados a su última expresión, pueden comportar el
abandono.
Individual
o Zona cierra 2017 con solo veintidós entradas, mínimo histórico
de un blog que cumplía siete años el pasado 23 de junio, víspera
de una noche de hogueras que preludiaron, al menos en mi caso, un
intenso verano de campus entre Béjar y Espinho pasando por Mallorca
y Madrid. Aquellas fueron semanas de aprendizaje y crecimiento
personal, puede que también profesional y, por encima de todo,
preciosas oportunidades para conocer a un conjunto de personas que
encuentran en el baloncesto una ligazón que convierte en secundario
y prescindible todo lo demás.
Y
aunque la mayor parte del tiempo guardara silencio, manteniendo a
raya el impulso comunicativo que me lleva a escribir y publicar con
alta periodicidad sobre este y otros temas, lo cierto es que 2017 ha
sido un año productivo en cuanto al conocimiento del deporte, de la
faceta educativa y didáctica que comporta y también de mí mismo,
en cuanto que compañero inseparable (el hombre que siempre va
conmigo) del entrenador y pedagogo que pretendo llegar a ser.
Estas son algunas lecciones que aprendí:
1.
Empieza por ti mismo. Pon orden en tu casa y tus asuntos. Llena
de armonía tu salón. Pon nombre a los demonios para
desmitificarlos, sacude con frecuencia las alfombras. Alcanza, en
definitiva, una estabilidad en medio del temporal. Cuando entrenamos,
mucho más que contenidos concretos o valores previamente tamizados,
transmitimos lo que somos, el yo pero también su circunstancia.
2.
Se trata del proceso. En efecto, se trata del proceso y no
bastaría con escribirlo una tercera vez para poder interiorizarlo.
Se trata del proceso (voy a probar, por si acaso), pero demasiadas
inercias van a intentar desviarte de esta creencia. Se trata del
proceso pero, si no tienes experiencia o principios muy sólidos,
acabas cometiendo el error de perderlo de vista y enfocarte en el
resultado, de compartir con tus jugadores que una victoria lo puede
todo. Y entonces ya será tarde para quitarle dramatismo a la
derrota, para hacerles comprender que el cómo va antes que el qué,
y no solo en el diccionario.
3.
Que la del entrenador sea una actividad solitaria es solo una
posibilidad, una forma de hacer las cosas. Tras haber tomado
contacto con entrenadores de gran nivel me he dado cuenta de que el
camino es mucho más tortuoso si se camina sin mapa ni compañía. El
túnel se convierte en un mirador si añades otros puntos de vista.
La inclinada pendiente en un suave repecho si te espera, y lo aceptas
con sinceridad y sin reparos, un gesto de comprensión y de ánimo al
subir al autobús o al llegar a casa.
4.
Si el sabor de las mieles del triunfo apenas sí deja un leve regusto
en el paladar, una sonrisa discreta (o una gran celebración, da
igual), no debemos dotar a la derrota de ínfulas inmerecidas e
innecesarias. No es que triunfos y fracasos sean dos impostores,
que también, es que son puntos finales o, como mucho, nuevos puntos
de partida. Postales de puertos o playas que, en cualquier caso,
debemos dejar atrás, en un modesto cajón de la memoria.
5.
No deseches información, por anecdótica que parezca. Échale
imaginación y verás que cualquier fuente de agua, por escaso que
sea su caudal, puede terminar confluyendo y jugando a tu favor,
aportándote claves imprescindibles en la dimensión humana y
técnica. Este año he acudido a varias jornadas de formación para entrenadores y, sin ánimo de desacreditar lo que allí aprendí,las mejores enseñanzas me las dejó el kickboxing.
6.
Más no siempre es más. Ni menos es siempre es menos. Con
ello pretendo poner en valor el baloncesto de formación sin las
connotaciones que lo terminan definiendo como una pasarela hacia la
élite. Si de verdad, y no solo de palabra, creemos en que se trata
del proceso, cualquier entrenamiento o partido es igual de
importante, con independencia de la edad y la categoría, más allá
de la atención mediática. Aunque no me hagan mucho caso, tal vez
todo esto tenga que ver con que este año me encuentro muy vinculado
a la categoría mini y me encanta la naturalidad con la que se juega,
la nobleza con la que se comportan los jugadores y la ausencia de
representantes en las gradas (salvo aquellos padres que no
entendieron su papel).
7.
Entrenar es un trabajo, sí, que requiere de vocación y
formación, que exige planificar y ejecutar y que, como muchos otros,
se realiza delante del público con el añadido de que se hace
mirando a los ojos, no de funcionario a administrado, sino de alma a
alma. Entrenar es una forma de educar como cualquier otra, que te
hará tan rico o pobre como cualquier otra, pero que está claramente
encaminada, si creemos en eso del proceso y no nos desviamos, a que
las futuras generaciones, a lo largo de un exigente camino orientado
a la mejora de las capacidades personales (en este caso driblar,
pasar y tirar), puedan vivir bien, de forma honesta y sincera,
comprendiendo al otro y aceptándose a uno mismo sin margen para la
resignación o el conformismo. Entrenar es un trabajo se cobre lo que se cobre.
P.D. Esto para un buen amigo que ayer mismo me comentaba que se
avergonzaba de decirlo y para mí mismo, que llevo muchos años
reduciendo aún más mi ya de por sí tenue hilo de voz al afirmarlo.
La noche del pasado sábado la pasé realmente afectado por la imagen
que había dado mi equipo cadete en la liga autonómica de Castilla y
León, por lo mal que competimos en la segunda parte, cuando todo
estaba en juego al descanso. No me servían como excusas las lesiones
ni la superioridad física del rival. Habíamos fallado en la
comprensión de aspectos muy básicos de la vida de un equipo: no
habíamos peleado unidos ni aceptado el reto de competir hasta el
final.
Por
eso apenas presté atención a una corrección técnica que al final
del encuentro un árbitro, de forma bien intencionada, le hacía a
uno de los jugadores de mi equipo por su manera de botar. “Hace
acompañamiento siempre” (se lo habrán señalado dos veces en toda
la temporada), me comentaba y yo le aceptaba agradecido el consejo
enterrándolo en el fondo del saco donde guardo todo lo que tenemos
que entrenar y mejorar. Y por supuesto no voy a pedirle a mi jugador
que cambie su naturalidad, esa adaptación que le permite suplir su falta de
explosividad, de exuberancia física. También es talento forzar los
límites del reglamento.
Sirva
esta anécdota para ilustrar la diferente concepción de árbitros y
entrenadores, actores igualmente necesarios para que el baloncesto
pueda seguir desplegando sus alas. Yo me llevaba a casa numerosos
aspectos sociológicos, psicológicos, también técnicos y tácticos
sobre los que reflexionar y él, además de un acta que entregar a la
entidad gestora de la competición, la conciencia de haber ayudado a
un jugador a adaptar su juego a la norma. Yo me iba jodido y él
satisfecho; él con todo hecho, yo con todo por hacer.
Escribo
esto desde el respeto que profeso por los árbitros como colectivo y
también, faltaría más, de manera particular. Condeno cualquier
protesta de mis jugadores y procuro ser educado y generoso con su
actuación desde la convicción de que ambos estamos aquí para hacer
mejor el baloncesto. Hace dos años que no recibo una técnica y no
creo, en absoluto, en la función catártica de una exageración
histriónica como la que tantos practican tratando de encontrar en el
fondo del colegiado una señal de debilidad que le incite a alterar
el criterio a favor de los intereses de su equipo. Todo esto es
verdad, pero estoy con Jota.
Sí,
estoy con el entrenador del Tecnyconta Zaragoza, con quien comparto
mucho más que una consonante en el nombre: al menos una inmensa
pasión por el baloncesto, la competición y la enseñanza. De Jota
admiro su capacidad de trabajo –qué no habrá hecho por llegar
donde está–, el haberlo arriesgado todo por conseguir su propósito
en el mundo del baloncesto. Ahora también la claridad con la que se
expresó ante una situación que consideraba injusta (el diferente
criterio a la hora de juzgar la agresividad defensiva en ambos lados
de la cancha), que empezó sacando de quicio a uno de sus mejores
jugadores y afectando al estado de ánimo general de su equipo, lo
que, entre otras muchas cosas, que también comentó en rueda de
prensa (soluciones individuales, pérdida de concentración), terminó
costándole, además de una expulsión por doble técnica, una
derrota que los mantiene en la parte baja de la tabla, allí donde se
duerme infinitamente peor y empieza a correr riesgo el pan de los
hijos.
El
tono de su rueda de prensa fue duro, pero sus palabras estuvieron
bien seleccionadas. Quizá sobró la alusión personal, pero lo hizo
desde el convencimiento de que el asunto se estaba desarrollando en
dichos términos: de nombre propio a nombre propio. Jota reclamó
para su equipo, que es también el de una ciudad, unos patrocinadores
y una masa social respeto, solo eso. Jota, aunque puede que
influenciado por una visión parcial, pidió igualdad de criterio
(algo complicado, es cierto) y una comunicación abierta con los
árbitros, no para convertirlos en protagonistas, sino para poder
saber a qué atenerse (¿por qué aquella mano sujetando el antebrazo
se señaló y aquella otra no? ¿qué vio distinto?) en la búsqueda
de una uniformidad de criterio que permita disolver toda sombra de
duda, pensar que a alguien pueda provocarle dentera su mera presencia
lo que, a la postre, provocará, de forma consciente o inconsciente,
decisiones equivocadas que perjudicarán a su equipo.
No
hay duda: los mejores árbitros son aquellos que entienden el origen
de las ojeras, la tensión de los jugadores; los que se comunican con
naturalidad, seguros de sí mismos, y no solo por su conocimiento del
reglamento, sino también por la capacidad para gestionar las
emociones que suscita la competición, el encuentro agonístico entre
dos contendientes que han aceptado medirse en igualdad de
condiciones, cinco contra cinco a lo largo de cuarenta minutos. Estoy
seguro de que la mayor parte de árbitros ACB son los mejores de
nuestro país también en estos aspectos, pero a pesar de todo estoy
con Jota, pues no dudo de
la génesis de su enfado ni
de la esencia de su queja.
Él
es mucho mejor entrenador que yo, pero, en otra escala, en otra
ciudad, y con
mucho más en común que una simple J en el nombre, yo
sé mejor que ningún árbitro cómo pudo pasar esta noche Don José
Ramón Cuspinera. Mucho ánimo, coach.
Debió de apiadarse al ver que todas las bolas salían disparadas a
la derecha con efecto de slice. A mis diecisiete años, recién
iniciado en el golf por una especie de ingenuo enamoramiento, aún no
era consciente de que la velocidad de desgiro de mi cuerpo era
superior a aquella con la que el palo se desplazaba alrededor del
mismo para impactar con la bola, de forma que siempre la alcanzaba
con la cara abierta y hacia la punta. Yo solo quería imitar a los
profesionales que veía en la tele, especialmente a Sergio García,
un genio con un swing heterodoxo y extravagante; un mal ejemplo
para un principiante, ahora no me cabe duda. Entonces llegó Dani, el
profesor del club, juntó mis piernas y me obligó a hacer el swing
sin desplazar el peso hacia la derecha, simplemente haciendo girar el
palo en torno a mi tronco. Las bolas empezaron a salir rectas, con
altura, bien golpeadas. Un mes después, tras verme realizar tres
buenos movimientos y dar tres golpes largos y rectos, me invitó a
pasarme por la casa club a firmar mi licencia federativa. Sin
embargo, aquella solución que por momentos creí universal no me sirvió aquellas otras tardes en las que la bola salía baja y a la izquierda, topada o taconada provocando en mí una profunda desesperación.
Tampoco tuve entrenador en mi época como portero de fútbol sala, un
puesto al que llegué por incompetencia pero en el que terminé
sintiéndome profundamente realizado. Durante muchos años disfruté ordenando la defensa,
siendo el último baluarte del equipo. En ese tiempo recibí consejos de todo tipo,
a veces contradictorios y terminé desarrollando una suerte de
instintos que me permitieron manejarme con cierta soltura y oficio bajo los palos.
Sin embargo, echando la vista atrás, admito que me hubiera gustado
contar con alguien que me acompañara en una de esas mañanas en las
que la inspiración me dio de lado y la materia con la que están
hechas mis manos parecía ser fácilmente traspasable por los balones
del oponente.
Aprendí a jugar al baloncesto tratando de imitar a Herreros,
Villacampa o Raül López, como un borracho que se cree Paul Newman
abordando a una bella mujer a punto de que cierre el bar en el que
consume su vida. Repetí muchas veces movimientos de forma
inadecuada, desde una percepción equivocada de mis sensaciones
corporales, creyendo estar ejecutando un gesto perfecto y no la
contorsión circense (no precisamente de trapecista) que en realidad
estaba llevando a cabo. A pesar de todo alcancé el límite de mis
posibilidades, me divertí jugando de base con algunos amigos y
acumulando ciertos méritos en ligas provinciales. No fantaseo con un
presente mucho mejor de haber estado a las órdenes de Obradovic,
pero sí hubiera querido que me hubieran ayudado a interpretar las
claves motrices, técnicas y tácticas que veía en la televisión.
Coño, y que me hubieran dicho que no podía tirar en suspensión como Tracy
Mcgrady desde mi mucho más modesto 1,77 y mis veinte centímetros de salto vertical.
Y ahora quiero ser yo el entrenador. Enseñar sin haber sido
enseñado, demostrar desde el orgullo con el que siempre abordé el
autoaprendizaje que todo es posible, que no hay saber esotérico que
quede fuera del alcance de quien tenga la motivación suficiente, la
imaginación necesaria, el tiempo y una obstinación casi patológica.
De ahí que mi método no pueda tener escuela, beber de fuente (o
botella de ron) alguna, recordar a nadie más allá de a Nacho
Iglesias, con quien tuve la suerte de coincidir una temporada en
Santa Marta. Y lo echo de menos, sí. Echo de menos tener a quién
llamar en esas noches en las que nada funciona, en las que el método
no se traduce en aprendizaje y el fundamento no llega al
entendimiento del chico que entrenas, de lo que te percatas cuando
comprendes, con diez años de retraso, que su gesto técnico se parece al que hacías cuando en el parque
pensabas que eras Kobe Bryant.
Siendo
muy conscientes de que cualquiera puede ser la última cerveza, el
último café. Sin aceptar el fatalismo que podía anunciar la
gravísima lesión de Gordon Hayward, alero titular y rutilante
adquisición del pasado verano, los Boston Celtics lideran con paso
firme la NBA, más aún tras remontar y vencer en su cancha a los
Golden State Warriors, máximos favoritos a conquistar de nuevo el
anillo de campeón. Con esta son catorce las victorias consecutivas,
muchas de ellas logradas sin el soporte de su particular Big Three y
otras tantas superando diferencias en el marcador que a muchos
equipos hubieran invitado a pensar en el partido siguiente.
Lo
hacen liderados por un entrenador que, por su carisma y fácil
entendimiento del juego y la naturaleza humana, está llamado a
ocupar uno de los asientos de honor en las reuniones en las que,
fantaseo, los más grandes de siempre se juntan para charlar de
baloncesto. A sus 41 años, y tras lograr la proeza de llevar a
Butler, una modesta universidad del estado de Indiana, a jugar dos
años consecutivos el partido por el título, todo el mundo en Boston
sabe que su futuro y el de los Celtics van a estar ligados mucho
tiempo.
Así,
aunque de férrea disciplina e infatigable trabajador, lo que más
destaca de su método es la imperturbabilidad de ánimo con la que
afronta la adversidad, la flexibilidad y originalidad en la búsqueda
de alternativas. Tanto es así que en ocasiones lo miro y creo que se
está repitiendo internamente aquel lema de la canción de Los mitos,
ya saben, “es muy fácil, si lo intentas”. O ese otro que dicta
“a cada problema una solución”. Eso es al menos lo que
transmite, lo que me queda de haberlo ido siguiendo, partido a
partido, en su particular curva de aprendizaje.
Marcus
Morris decía de él, al finalizar uno de los últimos partidos de
esta impresionante racha que es un gurú, lo que seguro que tiene que
ver con la efectividad con la que los Celtics anotan tras tiempo
muerto, pero más aún con el modo en el que sus jugadores se sienten
protegidos y guiados en la pista. Creo que ningún equipo de la NBA,
ni siquiera estos fenomenales y muy conjuntados Warriors, tiene tan
asumido el reparto de roles y la idea de depositar en préstamo lo
mejor de las esencias individuales para beneficio del colectivo. Esto
es, la noción amplia del concepto “aportar”, mucho más allá de
lo que pueda decir la tan pobre estadística.
Veo
en Boston un equipo generoso, que se pringa en todas las acciones sin
balón (bloqueos, bloqueo de rebote, lucha por los balones sueltos,
bumps en la defensa de los cortes y de los bloqueos directos), que
utiliza las manos, tanto sobre balón como en línea de pase, que se
comunica, como bien demuestra su defensa de constantes cambios en los
bloqueos y en el que es difícil apreciar un grano de egoísmo: un
tiro mal seleccionado (que Irving fuerce situaciones es algo asumido
por el conjunto de los compañeros), un balance sin hacer, un
reproche con malas maneras,…
Miro
a los Celtics –que son mis Celtics, es verdad, lo que resta
objetividad a todo lo escrito hasta ahora– y veo a un equipo que
transmite emociones, que siente verdadera devoción por el juego y en
el que, a pesar de saberse parte de un negocio, sus miembros conciben
de manera estrecha la convivencia, ese sentido de la urgencia en las
relaciones humanas y en el disfrute del momento presente al que
tantas veces restamos valor y que la muerte, como la que el miércoles
golpeó tan duro a Jayleen Brown (falleció su mejor amigo del
instituto y fue duda hasta escasas horas antes de un partido en el que fue el mejor jugador) suele traer al primer plano en forma de recordatorio
póstumo y tardío.
Hay
muchas explicaciones, muchos motivos que explican las catorce
victorias consecutivas, pero uno fundamental es que los Celtics
juegan con la pasión y la urgencia de quien sabe que cualquier
cerveza puede ser la última.
Cuando
uno comienza a entrenar equipos en el patio del colegio se dedica a
solventar problemas, a plantear retos inconexos a sus jugadores, a
trasladarles una visión del baloncesto necesariamente parcial. Son
días de inventar sobre la marcha, de probar lo último que se ha
visto o leído y de transmitir una pasión ingenua que puede, o tal
vez no, sobrevivir en el tiempo. Entonces uno carece de método –tal
vez ni siquiera se haya planteado que pueda existir uno–, desconoce
el destino y, por lo tanto, le da igual cómo sople el viento y hacia
dónde orientar sus velas. Repite dinámicas que ha probado como
jugador o traslada a su realidad, y sin adaptación alguna, el
entrenamiento individual del último MVP de la NBA y, a pesar de
todo, por estar cerca de sus jugadores en términos de edad y
aspiraciones, por gozar de un entusiasmo que aún no ha sido puesto a
prueba por las dificultades propias del camino, engancha a los
chicos.
Pasados
unos años aprende, a base de acumular experiencias, qué es lo que
hace falta para dirigir un grupo, crear un equipo competitivo y, por
eso mismo, se dota a sí mismo de un plan y un método, en prácticas
ambos, como es lógico. Adquiere también una mente analítica que va
más allá de lo que está sucediendo en apariencia y reacciona con
mayor prontitud ante los retos, de todo tipo, que inevitablemente
surgen a lo largo de una temporada. Poco a poco, a través de
charlas, diálogos con otros entrenadores, visualización de partidos
y autocrítica va conociendo el oficio y adquiriendo una mayor
variedad de respuestas. Así, al final de un largo proceso, con
avances y retrocesos, ensayos y errores, convivencia con la presión
exterior, pero también interna, podríamos llegar a hablar de un
entrenador.
Si
además se cuenta con un carisma especial, un don para la
comunicación y la motivación, un conocimiento profundo del alma
humana y de todos y cada uno de los fantasmas que la rodean; si uno
tiene una capacidad por encima de la media para encajar los golpes,
asumir los fracasos y extraer energías de la propia desesperación
y, además, se alía con su causa el azar, estaremos hablando de un
gran entrenador en términos profesionales. De un entrenador de talla
mundial, capacitado para entrenar en ligas internacionales,
universidades norteamericanas (si además aúna las virtudes éticas
y disciplinarias propias del maestro) e, incluso, en la NBA.
Pero
permítanme que reserve una categoría especial para aquellos que
conciben, o concibieron, esto de entrenar como algo casi místico,
una suerte de actividad artística desligada, si acaso, de alguno de
sus cánones fundacionales, pero análoga en muchas otras de sus
características. Aquí estaría el entrenador “genio”, enfermo
del detalle, escultor incansable de piezas impolutas, que concibe su
oficio como un ejercicio inevitablemente moral y deudor del que en el
pasado ejercieron los grandes maestros a los que, por respeto, no
aspira a imitar. Para ellos no importa tanto el método o el plan,
pues lo dominan hasta tal punto, como la filosofía que quieren
inspirar a través de su obra baloncestística. Y esta filosofía es
la de la perfección.
Todo
ello tras leer unas magníficas palabras que firma Stefan Zweig
dedicadas a Arturo Toscanini, de las que rescato algunos párrafos
que me hicieron pensar en todos los genios a los que he visto
entrenar, aunque haya sido en televisión. Pongan ustedes, si
quieren, los nombres.
Toscanini
odia la conciliación en todas sus formas. Desprecia en el arte como
en la vida la gentil conformidad, el compromiso, el mísero darse por
satisfecho (…). Toda voluntad que se obstina continuadamente en
alcanzar lo inalcanzable y en hacer posible lo imposible, logra en el
arte y en la vida un irresistible poder.
Tan
pronto como la voluntad de Toscanini se vierte sobre una obra,
adquiere de inmediato el poder de su santo terror, una fuerza que
primero paraliza el sentimiento extasiado y luego empuja hacia mucho
más allá de sus propios límites. Con la potencia de una descarga
agranda, como quien dice, el volumen sensitivo musical de cada
persona fuera de la medida en vigor hasta entonces; aumenta las
fuerzas y posibilidades de cada músico y, casi diríase, aún la del
instrumento muerto
Ensayar
no significa para él crear, sino nada más que adaptar los elementos
a esa magníficamente exacta visión interior, pues Toscanini siempre
ha terminado ya su labor plástica cuando los músicos inician la
suya
¡Trabajo
de titán, empresa aparentemente imposible: un grupo de temperamentos
y talentos heterogéneos llamado a sentir y a realizar con fidelidad
fotográfica, fonográfica, la visión general de uno solo! Pero
precisamente esa tarea, aunque mil veces ya realizada con gloria,
constituye el goce y el martirio de Toscanini; y todo el que venera
el arte en sus formas más elevadas como manifestación de lo moral,
percibe cual inolvidable lección el asistir a esa manera de
transformar, por asimilación, una multitud en unidad, y de elevar lo
informe, con fuerza tensísima, a la perfección.
Se
hace el silencio, rodéale aferrado un vacío, y en ese silencio
óyese la voz de Toscanini, un cansado, un malhumorado: “¡Ma no!
¡Ma no!”. Suena como un suspiro de desengaño ese reproche
doloroso. Algo le ha despertado, ha desilusionado a su visión; el
sonido vivo que vibraba perceptible a todos no era el mismo que él,
Toscanini, había oído con su órgano interno. Muy tranquilo aún,
atento, dominador, trata Toscanini de explicar a los músicos su
modo de ver. Después levanta la batuta, se recomienza en la parte
imperfecta, y ya la ejecucion se acerca más a lo que interiormente
desea, pero aún no se ha logrado la última concordancia, aún no se
ajusta la ejecución orquestal del todo a la visión interior. Vuelve
Toscanini a golpear, interrumpiendo; su explicación es ya más
agitada, más apasionada, más impaciente; deseoso de claridad, se
hace más explicativo y, poco a poco, desarrolla todas las fuerzas de
la convicción, y el don gesticulativo del italiano se convierte, en
su cuerpo magníficamente expresivo, en verdadero genio.
Sírvese
con creciente apasionamiento de todas sus fuerzas de convicción,
pide, conjura, mendiga, reclama, gesticula, cuenta, canta, se
transforma en cada uno de los instrumentos que se propone animar; se
forman en sus manos, visiblemente, los movimientos que deben realizar
los que tocan los instrumentos de cuerda, de viento y de percusión.
Y un escultor que quisiera representar simbólicamente la expresión
humana de ruego, impaciencia, ansia, tensión e insistencia, no
podría encontrar un modelo más maravillo que el de esos gestos
formadores de sonidos que realiza Toscanini.
Pero
cuando a pesar de su animación, de esa nerviosa manera de hacer
visible, la orquesta sigue sin comprender y sin alcanzar su visión
personal, la pena por esa imperfección humana, por ese no-alcanzar,
se convierte en Toscanini en verdadero dolor.
Este
espectáculo de la lucha resulta más y más conmovedor cuando
Toscanini pretende arrancar a los músicos la última, la extrema
forma de la obra, aquello con que él soñara y que él escuchara en
las esferas. Su cuerpo se estremece de emoción, tiembla como un
luchador durante la pelea, su voz se vuelve ronca de tanta animación,
el sudor corre por su frente; después de esas horas inconmensurables
de trabajo infinito parece siempre envejecido, exhausto; pero él no
cede ni una pulgada de la perfección, de su soñada perfección.
Empuja y exalta con una energía constantemente renovada hasta que,
por fin, la masa de los músicos se ha convertido íntegramente en
expresión de su voluntad y, su visión, intachablemente en obra.
Nunca
goza el presumido bienestar, nunca lo que Nietzsche llama “la dicha
parda” de la distensión, del estar encantado de sí mismo. (…)
Lo consume un indómito anhelo de siempre renovadas formas de la
perfección, y no es de modo alguno una pose de artista en ese hombre
sincerísimo cuando al final de cada concierto, en medio de aplausos
tumultuosos, se retira del atril como una mirada cohibida,
avergonzada, tímida y sorprendida, y cuando agradece el entusiasmo
atronador de la multitud a disgusto y solo para cumplir con la
urbanidad.
El
amor a la NBA lo puede todo: la ingenuidad infantil, la evanescencia
adolescente, los escarceos de la recién estrenada edad adulta, la
rutina condenatoria de la madurez, las ausencias y los olvidos de la
senectud,... El amor a la NBA confirma aquello de “no hay amor como
el primero”, pero también da pie a la promiscuidad, a enamorarse
de unos y otros y a comparar entre jugadores, eras y equipos que
marcaron época. Hoy, fecha en la que da comienzo una nueva
temporada, todo es nuevo y viejo al mismo tiempo. El gusto por la NBA
es nostálgico, sí, pero se renueva cada verano con la ilusión que
generan las elecciones en el draft y los jugadores adquiridos vía
traspaso.
En
el caso de los chicos de mi generación, el amor por la liga
americana de baloncesto no fue heredado ni transmitido –nuestros
padres apenas seguían la NBA. Surgió una mañana, o una tarde,
nadie lo recuerda exactamente, escuchando un nombre, leyendo una
estadística, viendo el pasaje fugaz de un mate o un triple ganador.
O pudo ser una estadística recogida en la revista Gigantes, una
cifra monstruosa de puntos a la que ni siquiera Oscar Schmidt podía
aspirar en su virreinato de Valladolid. O el símbolo de una
franquicia, o la aparición de algún jugador haciendo un cameo en
alguna de las series que nos hicieron perder la inocencia antes de
descubrir la farsa de los reyes magos –puede que fuera Space Jam.
Los
sonidos anglófonos, la melodía que suena de fondo en el Madison
cuando atacan los Knicks, la moda ochentera y noventera con las
chaquetas a cuadros, las blusas escotadas y los vaqueros entallados a
la altura de la cintura de las mujeres. Una cultura que aún nos era
ajena, exótica y por ello, si cabe, más atractiva que ahora. Un
horizonte lejano del que nos llegaban los ecos del rock y el metal,
los Cadillac y los Mustang y el cine de acción, con efectos
especiales y del que solo echábamos en falta una pizca de erotismo
(y a Maribel Verdú).
Después
llegaron Montes y Daimiel a consolidar el flechazo. Qué pronto
entendió el primero aquello de “that´s entertainment”, tema
popularizado en el musical “The Band Wagon”, y qué bien se
adaptó el segundo al ritmo frenético de narración de Andrés. De
mote en mote, de anécdota culinaria en anécdota culinaria, fueron
pasando las madrugadas y la era post Jordan se hizo menos dura a
pesar de que el nivel baloncestístico tocara fondo. Todo lo demás
fue engancharse a algún jugador con carisma, asumir los colores de
alguna franquicia, su historia, y ligar a ella la propia felicidad.
Eso
y disfrutar con la irrupción de dos jugadores especiales, y nunca
antes vistos, como Lebron James y Kevin Durant, de una amplia gama de
bases, del clasicismo hecho baloncesto de los Spurs de la temporada
2013-2014y de la última evolución del "Showtime" en manos de un
equipo, los Golden State Warriors, que ha contribuido decisivamente a
definir una nueva forma de jugar al baloncesto basada en el acierto
desde el perímetro, la constante movilidad de sus cinco jugadores
(esto es lo nuevo, que sean los cinco), la ausencia de posiciones
definidas en el campo y la apuesta por la versatilidad y polivalencia
como clave de su defensa.
Así,
pasados más de veinte años (aunque no sean nada) desde aquel
enamoramiento infantil, una semana antes de la fecha habitual (que
antes era el último martes del mes de octubre), renuevo mis votos de
fidelidad a una liga que me ha hecho pasar alguno de los mejores
momentos de mi vida. Queden, de paso, depositadas mis esperanzas en
los Celtics, mis expectativas en un partido de ochenta puntos de
Kevin Durant o Stephen Curry o en algún cuádruple doble de Anthony
Davis y el deseo de que la NBA, aunque ya sin ese elemento de
exotismo y desconocimiento que la volvía tan atractiva cuando éramos
pequeños, siga enamorando a niños y jóvenes y enganchándolos al
baloncesto de una vez y para siempre.
Licenciado en Geografía, master de profesorado de secundaria y bachillerato, máster en Creación Literaria por la Universidad de Salamanca y Doctor en didáctica de la escritura creativa también en esta universidad. Autor de dos libros de relatos, Hasta que la noche nos alcance y Madrid, Nueva York, Logroño, y autor también de Individual o Zona, selección de artículos e historias sobre baloncesto. Entrenador superior de baloncesto (CES 2014) y actualmente entrenador ayudante en San Pablo Burgos (ACB y Eurocup). Te invito a conocer más en mi página web personal: http://jjnieto.com