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Por si es la última




Siendo muy conscientes de que cualquiera puede ser la última cerveza, el último café. Sin aceptar el fatalismo que podía anunciar la gravísima lesión de Gordon Hayward, alero titular y rutilante adquisición del pasado verano, los Boston Celtics lideran con paso firme la NBA, más aún tras remontar y vencer en su cancha a los Golden State Warriors, máximos favoritos a conquistar de nuevo el anillo de campeón. Con esta son catorce las victorias consecutivas, muchas de ellas logradas sin el soporte de su particular Big Three y otras tantas superando diferencias en el marcador que a muchos equipos hubieran invitado a pensar en el partido siguiente.

Lo hacen liderados por un entrenador que, por su carisma y fácil entendimiento del juego y la naturaleza humana, está llamado a ocupar uno de los asientos de honor en las reuniones en las que, fantaseo, los más grandes de siempre se juntan para charlar de baloncesto. A sus 41 años, y tras lograr la proeza de llevar a Butler, una modesta universidad del estado de Indiana, a jugar dos años consecutivos el partido por el título, todo el mundo en Boston sabe que su futuro y el de los Celtics van a estar ligados mucho tiempo.

Así, aunque de férrea disciplina e infatigable trabajador, lo que más destaca de su método es la imperturbabilidad de ánimo con la que afronta la adversidad, la flexibilidad y originalidad en la búsqueda de alternativas. Tanto es así que en ocasiones lo miro y creo que se está repitiendo internamente aquel lema de la canción de Los mitos, ya saben, “es muy fácil, si lo intentas”. O ese otro que dicta “a cada problema una solución”. Eso es al menos lo que transmite, lo que me queda de haberlo ido siguiendo, partido a partido, en su particular curva de aprendizaje.

Marcus Morris decía de él, al finalizar uno de los últimos partidos de esta impresionante racha que es un gurú, lo que seguro que tiene que ver con la efectividad con la que los Celtics anotan tras tiempo muerto, pero más aún con el modo en el que sus jugadores se sienten protegidos y guiados en la pista. Creo que ningún equipo de la NBA, ni siquiera estos fenomenales y muy conjuntados Warriors, tiene tan asumido el reparto de roles y la idea de depositar en préstamo lo mejor de las esencias individuales para beneficio del colectivo. Esto es, la noción amplia del concepto “aportar”, mucho más allá de lo que pueda decir la tan pobre estadística.

Veo en Boston un equipo generoso, que se pringa en todas las acciones sin balón (bloqueos, bloqueo de rebote, lucha por los balones sueltos, bumps en la defensa de los cortes y de los bloqueos directos), que utiliza las manos, tanto sobre balón como en línea de pase, que se comunica, como bien demuestra su defensa de constantes cambios en los bloqueos y en el que es difícil apreciar un grano de egoísmo: un tiro mal seleccionado (que Irving fuerce situaciones es algo asumido por el conjunto de los compañeros), un balance sin hacer, un reproche con malas maneras,…

Miro a los Celtics –que son mis Celtics, es verdad, lo que resta objetividad a todo lo escrito hasta ahora– y veo a un equipo que transmite emociones, que siente verdadera devoción por el juego y en el que, a pesar de saberse parte de un negocio, sus miembros conciben de manera estrecha la convivencia, ese sentido de la urgencia en las relaciones humanas y en el disfrute del momento presente al que tantas veces restamos valor y que la muerte, como la que el miércoles golpeó tan duro a Jayleen Brown (falleció su mejor amigo del instituto y fue duda hasta escasas horas antes de un partido en el que fue el mejor jugador) suele traer al primer plano en forma de recordatorio póstumo y tardío.

Hay muchas explicaciones, muchos motivos que explican las catorce victorias consecutivas, pero uno fundamental es que los Celtics juegan con la pasión y la urgencia de quien sabe que cualquier cerveza puede ser la última.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Vuelve el base





Les pongo al corriente de un hecho que tal vez desconocen. Esta noche de viernes, lejos de los circuitos televisivos nacionales y en un TD Banknorth Garden que presentará asientos vacíos, se disputará un Celtics-Lakers que tiene como principal aliciente el regreso a las pistas, prácticamente un año después de lesionarse el ligamento cruzado de su rodilla, de Rajon Rondo. Lo hace 29.233.380 segundos después, tal y como anunciaba en su cuenta de twitter, de su operación, al mando de un equipo renovado que más bien parece un solar y bajo las órdenes de un técnico con el que parece haber congeniado.

Brad Stevens y Rajon Rondo comparten el amor por el juego y una manera muy particular de interpretarlo. Así, si el técnico de Indiana es un estudioso de las cifras, al base de Kentucky le bastan escasas décimas de segundo para escrutar la posición de las piezas sobre el parqué. Sirviéndonos del símil ajedrecista, podríamos decir que el entrenador es el libro y el base el jugador, una mente privilegiada, una de las pocas que se reconocen en el panorama baloncestístico de hoy en día.

Pero el futuro de los Celtics, pese a la importancia de ambos, reposa en los planes de Danny Ainge. El antiguo francotirador que se paseaba amenazante, con su número 44 a la espalda, por las diferentes canchas de la geografía estadounidense es ahora un hombre con una misión. Para empezar debe justificar su cargo emprendiendo un rápido proceso de reconstrucción después de cinco años de gloria y épica bajo la batuta de Pierce, Garnett y Allen. De todos los movimientos que ha iniciado hasta la fecha, sólo podemos reconocer un gran acierto en la contratación de Brad Stevens. Sin embargo, pocos entienden el porqué de la aquiescencia a la hora de admitir el contrato de Gerald Wallace (3 años a razón de más de 10 millones de dólares por cada uno) en el múltiple traspaso con los Nets o la llegada, ahora, en un movimiento menor a tres bandas con Miami Heat y Golden State Warriors, de un Joel Anthony que puede ejercer una opción por cerca de cuatro millones de dólares que hipotecaría en cierta medida futuras adquisiciones.

En todo este tiempo, el general manager no se ha cansado de repetir que Rondo será una pieza clave en el futuro de los Celtics. Sin embargo, pocos especialistas creen en la veracidad de estas palabras. Es más, sólo el vilipendiado Gasol, Pau, ha sido incluido en más traspasos hipotéticos que Rondo. Si dependiera de mí Rondo no abandonaría nunca, al menos en el corto plazo, los Celtics. Hay pocos jugadores lo suficientemente testarudos como para invertir el sino de los partidos y, más aún, el devenir de una franquicia. Rondo ha sido capaz de alargar el período competitivo de sus veteranos compañeros poniéndoles la bola donde la querían y, al mismo tiempo, de ellos ha aprendido cuántas veces hay que sacar la basura antes de encontrar, junto al contenedor, un anillo de oro.

Es más, en Rondo los Celtics poseen una “rara avis”, una excepción dentro de una norma que consagra la presencia de bases que no son bases, de acaparadores de bola que tienen en mente, principalmente, anotar o generar a partir de un uno contra uno o un pick and roll. Rondo puede anotar, especialmente en las cercanías del aro o tras salida de bloqueo, puede obtener ventajas del uno contra uno gracias a su manejo de balón y a su velocidad y también es un buen jugador de bloqueo directo pese a la rémora que le impone su deficitario tiro exterior. Sin embargo, sus principales dotes se muestran comandando la transición, leyendo los bloqueos indirectos de los compañeros y encontrando desmarcados a los hombres grandes tras la lucha por la posición o en medio del desconcierto de alguna jugada errática. Es decir, actuando de general en cancha, de prolongación del entrenador, de pizarra andante. De base, en definitiva, aunque los nuevos tiempos dicten nuevos modelos de dirección de juego.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Buenas noches






Entre calizas desgastadas por la erosión sobre las que los pinares intentan abrirse paso se hallan, aunque no siempre visibles, manantiales de agua dulce que manan a borbotones de la tierra para llenar de vida todo lo que encuentran a su paso. Un caso paradigmático de este hechizo de la naturaleza se da en el nacimiento del río Segura, una surgencia kárstica que desafía, sin necesidad de entrar en análisis profundos, a uno de los más básicos axiomas de la ciencia moderna, el principio de la gravitación universal.



A escasos kilómetros de uno de los principales nudos hidrográficos de la Península Ibérica, entre montañas que se debaten entre las luces y las sombras, se encuentra Santiago de la Espada, una pequeña localidad que, durante la Reconquista, actuó como fuerte fronterizo, como avanzadilla de los reinos cristianos y empalizada de contención frente a una posible reacción musulmana. Pues bien, en este bello borrón que algunos mapas ni siquiera contemplan me encuentro también yo en el ejercicio de unas cuestiones académicas que me han alejado, al menos por unos días, del día a día del baloncesto, de los entrenamientos y partidos y también de los cólicos nefríticos y placeres que le son propios.



Alejado que no olvidado. Con una rudimentaria conexión a Internet, sólo en medio de una enorme sala, a las dos horas cuarenta minutos de la fría madrugada santiagueña y mientras veo, a través de la ventana, pasar a unos hombres que no parecen perseguir ningún bello ideal, sigo las evoluciones de Boston Celtics en un sexto partido que hace sólo unos pocos días se había tornado improbable. Aunque pudiera parecer bucólico, la realidad dice que perdemos de dieciséis y que mañana tocan diana temprano. Aun así, a falta de veintidós minutos de juego descarto apagar el portátil y subir a la habitación. ¿Podría acaso perdonarme tan indigna ofensa a un equipo que se ha levantado cuantas veces ha caído? ¿Soportaría la incertidumbre de no saber si acaso es éste el argumento de una nueva remontada?



Desde un punto de vista pragmático, las horas de sueño hipotecadas, el descanso aplazado y las ojeras terminales, son, simplemente, absurdas. Nuestros familiares más cercanos y menos imbuidos en la pasión lo suelen resumir con las siguientes palabras: “Si a ti ni te va ni te viene” o “si ellos no te dan de comer”. Como es imposible convencerles de lo contrario lo mejor es resumir el sentimiento de frustración con un “tú no lo puedes entender”.



Y es verdad. Ellos no lo pueden entender. No entienden ni de baloncesto, ni de sentimientos. Les compadezco tanto como ellos pueden hacerlo conmigo. Seguramente más. Y es que la vida sin filiaciones, sin sentimientos irracionales, sin identificaciones absurdas, no es vida. Es otra cosa. Más alemana. Menos española. Menos estimulante.



El tercer cuarto languidece entre triples de los Knicks y arrebatos de honradez deportiva y grandeza por parte de Kevin Garnett. Al parecer Paul Pierce está dolido de un codo y no se esperan recuperaciones milagrosas. En este contexto podría empezar a preparar el epitafio, a buscar palabras ingeniosas y cargadas de gratitud para despedirme de estos señores del parquet que lucharon con denuedo para que los Celtics recuperasen viejas sensaciones, aquéllas de los sesenta o de los ochenta, cuando la NBA no podía entenderse sin ir acompañada de la marca de la franquicia del trébol.



20 abajo. Fin. Los Celtics han muerto. Recojan el cuerpo y no dejen rastro. Mañana toca regresar a Salamanca. Buenas noches. 

P.D. (20 horas después). Un parcial de +22 situó a los Celtics cerca de la victoria. Por supuesto, pese a haber publicado minutos antes este post yo seguía despierto para verlo. Mantuvimos la fe, pero la gasolina no daba para más. Hacen falta cambios profundos. El orgullo no basta. 

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UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Necesidad, deseo, oportunidad






Rara vez deseo, necesidad y oportunidad coinciden en el tiempo. Muchas veces quieres lo que no necesitas (un coche de alta gama). Otras, necesitas lo que no quieres (comer pescado). Y pocas, además de querer lo necesario, o necesitar lo querido, se da la circunstancia propicia para ello.

Hoy es uno de esos días. Quizá por ser el trigésimo de un abril que no fue abril (por frío, no por lluvioso) al menos en el paralelo 40 grados Norte unos cientos de kilómetros al oeste del Meridiano 0. Ayer los Clippers hicieron historia remontando 27 puntos a los Grizzlies y, de esta manera, me pusieron en bandeja el poder recordar una fecha que, en medio de un período negro para los Celtics como fue el largo desierto en el que nos movimos entre los meses de junio de 1986 y 2008, irrumpió en el horizonte como un oasis lleno de colores verdes y una gran fuente de agua.

El deseo de escribir sobre aquella hazaña siempre estuvo ahí. Al deseo se suma, hoy, la necesidad que sentimos todos los célticos de levantarnos tras la derrota de esta noche frente a Atlanta en un partido que, además, puede acarrearle una sanción deportiva a Rajon Rondo por haber entablado un contacto físico (y no amoroso precisamente) con uno de los oficiales.

Empecemos por el final. El estoico y habitualmente impertérrito Jim O´Brien enseñaba el puño al aire del Garden (por entonces Fleet Center) para celebrar la victoria. Pocos minutos después, delante de los micrófonos, nos dejaría una frase para el recuerdo: “Durante tres cuartos el partido pareció un infierno, pero el último, el último cuarto, fue lo más parecido al Edén”. ¿Tenía motivos el por entonces entrenador de los Boston Celtics para emplear estos términos bíblicos en relación a un simple partido de baloncesto?

Lo cierto es que no fue un 25 de mayo cualquiera. Habían pasado 15 años desde que el Garden se vistiera de gala por última vez para acoger un partido de Final de Conferencia. Ya no caminaban sobre el parqué Bird, McHale o Parish. Muchos espectadores ni siquiera habían nacido a tiempo para verles. Entonces vestían de verde algunos tipos cuyo talento, estoy seguro, avergonzaba a la por entonces máxima figura céltica en vida, Red Auerbach. Pero, por suerte, a pesar de haber nacido en un suburbio de Los Ángeles, también jugaba, y hubiera muerto de haber sido menester, de blanco y verde Don Paul Pierce. Un Paul Pierce bien secundado por ese incalificable jugador al que Montes, por su polivalencia y por aparecer en cualquier lado de la cancha de manera genialmente anárquica, apodaría Soldado Universal. Me refiero al hoy arruinado Antoine Walker, otra víctima más del juego que ha dilapidado su fortuna hasta el punto de verse obligado a vender el anillo que cosechara años más tarde, en 2006, con los Heat. El propio ex de Kentucky confesaría al finalizar el encuentro que jamás había estado envuelto en un partido como aquel.

Pocos antecedentes hacían presagiar la victoria final de los Celtics. Desde luego no los 21 puntos en contra al comienzo del último cuarto. Tampoco el 2 de 14 que por entonces registraba la gran estrella céltica. Probablemente nada hubiera cambiado de no haberse percatado Walker de las sonrisas burlonas que les estaban regalando desde el banquillo de los Nets. Fue entonces cuando se dirigió al resto de compañeros y les dijo: “Tenemos que recuperar el respeto”. 



“El arranque fue la clave”, confiesa años después el por entonces base de los de Boston, Kenny Anderson (ya saben, como diría Montes Fantasías Animadas de Ayer y de Hoy). “Fue el que nos hizo contar con el apoyo del público”. Y el Garden cuando ruge ruge de verdad. Bien lo sabía Byron Scott, antiguo laker y entrenador de los de New Jersey aquel día. Pocos públicos pueden intimidar de la misma manera. Buscando un símil futbolístico, el Garden sería Anfield. O tal vez San Mamés. Un lugar lleno de tradición con público entendido a la par que fiel. Aquella noche el ruido era ensordecedor, los jugadores tenían que gritar para comunicarse entre sí y apenas se escuchaba el silbato de los colegiados. Espoleados por la grada jugadores como Rodney Rogers o Tony "Lambada" Delk pasaron a jugar un rol fundamental. Pero si el Garden metió y evitó unas cuantas canastas, qué decir de Paul Pierce. 



Apodado “The Truth” por parte de Shaquille O´Neal tras asistir a una exhibición del 34 de los Celtics durante un partido entre las dos franquicias con más historia de la liga, Paul Pierce tuvo que esperar hasta aquel 25 de mayo para convertirse en el único y verdadero ídolo de la afición de Boston. Así, a pesar de haber anotado 41 puntos en un duelo al sol con Lebron o de haber sido MVP de las finales de 2008, el partido que mejor recuerda fue aquel tercero de la Final de Conferencia contra los Nets de Jason Kidd, Richard Jefferson y Kenyon Martin. Curiosamente el último que vencería Boston en una serie que finalizaría con un 4-2 en contra y con los Nets enfrentándose a los Lakers en las finales de la liga. 



El actual capitán de los Celtics se olvidó de los lanzamientos de cinco metros que aquel día no estaban cayendo para buscar el aro con una vehemencia inusitada. Cuando no anotó sacó falta. Así hasta sumar 19 puntos, muchos de ellos en forma de tiros libres decisivos. Así, liderados por Paul Pierce y alimentados por la grada los Celtics protagonizaron otro partido más para la historia, otro de los que permanecerán en las videotecas para el deleite de los fans y para el reconocimiento de los expertos en la materia. Os recomiendo que, seáis o no de este equipo, disfrutéis con la tensión, con la intensidad, con el bramar de la grada o con los rostros hambrientos de los jugadores de Boston. Simple necesidad. Puro deseo.

Desde aquel día, en la NBA ya están al corriente de que “48 minuti en el Garden son molto longui”. 



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Récords individuales, deriva colectiva





En el calendario de todo seguidor de los Celtics siempre hay una fecha marcada en rojo. Se trata de la visita de los Lakers al Garden, de la reedición de la rivalidad más encarnizada del deporte americano, mayor aún de la que mantuvieron en el pasado los Cowboys de Dallas y los Redskins de Washington en la NFL y al nivel de la enemistad existente entre los New York Yankees y los Boston Red Sox en la MLB. Sirviéndonos de símiles futbolísticos sólo un Real Madrid-F.C. Barcelona o un Boca Juniors-River Plate resistirían la comparación.

Todo desde un ambiente que se ha ido moderando. Lejos quedan las batallas de los 80 en las que los aficionados del Garden o del Forum de Inglewood odiaban realmente a los jugadores rivales. Es mítica la falta de Kevin McHale sobre Kurt Rambis que para muchos expertos supuso un factor clave en el desenlace de la eliminatoria (Los Celtics acabarían venciendo 4-3 en las finales de 1984). Para el conocido analista norteamericano Bill Simmons (@Sportsguy33) la clave no fue la falta de McHale, sino la reacción de James Worthy separando a su compañero empujándolo contra las Cheer Leaders. Una conmovedora escena, no cabe duda. 




Es más, durante la propia década de los 80, la rivalidad adquirió, incluso, tintes raciales. Los afroamericanos simpatizaban más con unos Lakers liderados por Magic, Worthy y Kareem, mientras que los blancos (la mayoría republicanos en cuanto al espectro político) se identificaban en mayor medida con los Celtics de Larry, McHale o Danny Ainge. Sin embargo, esta identificación peca de simplista y podría elevarse a la categoría de mito. No en vano un negro, KC Jones, entrenaba a los Celtics mientras que un blanco, Pat Riley, fue el ideólogo de esa filosofía de juego que pasaría a la historia con el sobrenombre de “Showtime”.

Lo verdaderamente cierto es que esta rivalidad no fue tal hasta que en 1985 los Lakers consiguieran batir por primera vez a los Celtics en unas finales de la NBA. Hasta entonces habían disputado ocho finales y en todas ellas habían vencido los de Boston. Gigantes de este deporte como Chamberlain, Baylor o Jerry West hubieron de despedirse sin conocer el sabor de vencer a los chicos de verde en la gran cita.

Jugar en casa siempre es importante. Sin embargo, tradicionalmente, este factor cobraba mayor importancia cuando el partido había de disputarse ante la ruidosa (y bien surtida de cerveza) afición de Boston. Este matiz tenía un indudable carácter socioeconómico. Los aficionados de los Celtics acudían a los partidos tras un duro día en la fábrica de acero, mientras que los de los Lakers lo hacían después de recoger la sombrilla de la playa con las diferencias en los niveles de estrés que ello supone. Sin embargo y más allá de estos tópicos, el halo del Garden se ha ido perdiendo no sólo por la modernización de la base económica del estado de Massachusets, sino también por la pérdida de elementos identitarios que hacían del Garden un lugar único en la liga (derribo del viejo pabellón junto a la vía del tren en el que no había aire acondicionado, introducción de las Cheer Leaders, proliferación de palcos VIP). Recurro de nuevo al irónico Bill Simmons quien en una entrevista asegura que las únicas dos diferencias que existen en la actualidad entre el Staples y el TD BankNorth Garden son “que los aficionados de Boston asisten de pie al salto inicial y que no abandonan el pabellón en partidos igualados para evitar la congestión en el tráfico”. 



Pues bien, mañana jueves las franquicias más laureadas de la liga medirán sus fuerzas en un encuentro marcado por la reciente consecución de récords individuales por parte de sus jugadores estandarte. Así, si el pasado lunes Kobe Bryant superaba a Shaquille O´Neal como quinto máximo anotador de la historia de la liga, esta pasada madrugada Paul Pierce se situaba como segundo máximo anotador de la historia de los Celtics al rebasar la marca de Larry Bird. Ambos jugadores llegaron a la liga en los momentos finales de la carrera de Michael Jordan y ambos, al igual que el 23 de los Bulls, son ejemplos de longevidad y de lealtad a una franquicia. Y aunque la diferencia en títulos es obvia a favor del escolta de Philadelphia, Paul Pierce está considerado como el mejor anotador de la historia del equipo con más anillos de todos los tiempos.

Al duelo individual entre los dos hombres récord del momento, hay que unir, como aliciente extra, el reciente rumor de traspaso que involucraría a ambas franquicias. Según éste Pau Gasol aterrizaría en Boston a cambio de Rajon Rondo y Brandon Bass. Los Celtics sacrificarían la posición de base y apostarían por rodear a sus dos anotadores, Pierce y Allen, con dos futuros hall of famers en posiciones interiores, Kevin Garnett y Pau Gasol. Para el de Sant Boi se abriría una opción única para ser el primer jugador en ganar el título con las dos franquicias, algo que Shaq no pudo conseguir la temporada pasada (lo mismo podría aplicarse para Rondo). Los Lakers adquirirían un base joven con categoría de All Star que podría aliviar a Kobe de las tareas de play maker que a veces se ve obligado a asumir por la incompetencia en el manejo de balón de Derek Fisher. Sin embargo, un juego interior sin la pareja Bynum-Gasol se convierte en vulgar e insuficiente de cara a pelear por el campeonato.

Poniendo en duda la viabilidad de este rumor, me parece más interesante y realista hablar del aspecto puramente deportivo. Aunque tanto Celtics como Lakers acuden a la cita con balances casi idénticos (14-10 y 14-11 respectivamente) los resultados recientes permiten concluir que los verdes van para arriba, mientras que los de púrpura y oro están atravesando un pequeño bache. Bryant, Bynum y Gasol no son siempre suficientes. El banquillo es uno de los peores de la liga y los sistemas de Mike Brown parecen ortopédicos y previsibles. El partido del jueves puede marcar el destino de los Lakers en la gira por el este que están realizando y que les llevará a New York en la noche del viernes. Y a su vez, y encadenando, del resultado de esta gira pueden depender próximas decisiones en los despachos.

Doc Rivers, en cambio, está empezando a confiar en su banquillo. Los titulares no juegan más de treinta y cinco minutos en los que son altamente productivos. Kevin Garnett parece estar recuperando sus piernas y Paul Pierce promedia más de 6 rebotes y 6 asistencias desde que Rondo cayera lesionado. Por su parte, Ray Allen, como viene haciendo en los últimos años, se mueve en un 50% de acierto en triples. Sin embargo, más allá de estas pequeñas luces, pesan más las sombras pues todo hace indicar que esta plantilla, envejecida, no podrá competir ante las piernas frescas de los Heat o los Bulls.

Como suele decirse en estos casos, un derby siempre es especial y diferente. No importan los antecedentes, la historia o el pasado reciente. Sólo lo que ocurra en los 48 minutos que durará el partido y en el que se renovará la rivalidad más apasionante de nuestro deporte. Y a riesgo de parecer parcial... Let´s go Celtics!

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

¿Por qué soy de...?





Historia, tradición, valores, símbolos, leyendas. Barreras superadas y sueños hechos realidad. Ser un celtic es un sentimiento, algo con lo que se nace, pero que también se aprende, para luego acompañarte de por vida.

Cuando te presentas como un Celtic asumes que Boston es tu particular Vaticano y que no hay planta en el mundo más misteriosa que ese místico trébol de tres hojas. Empiezas a creer en duendes y a pensar que no hay madera más valiosa en este planeta que la del parqué del viejo Garden. Y no, no te convencerán jamás de que Magic fue mejor que Bird. Y si te preguntan por el mejor jugador de todos los tiempos responderás siempre Bill Russell aunque te torturen con continuas grabaciones de aquella canasta con cambio de mano y rectificado en el aire de un tal Michael Jordan. 



Estoy convencido de que si la pelota de baloncesto pudiera experimentar sensaciones y contárnoslas nos reconocería que fue viajando de lugar a lugar de la cancha, pasando de mano en mano, de Parish a Ainge, de Ainge a Bird o de Russell a Havlicek, cuando tuvo sus mejores orgasmos.

Ser un celtic implica una forma particular de entender el baloncesto. A los Celtics llegaron jugadores con enormes egos (Larry Bird o Paul Pierce) y todos ellos acabaron claudicando ante una historia que, presentada en forma de camisetas retiradas en el techo del pabellón, impulsa a dejar la mochila de la vanidad en la puerta para presentarse en el parqué como uno más al servicio de un destino común. La victoria.



Y es que no ha habido en la historia del deporte norteamericano una dinastía semejante a la que los Celtics instauraron durante los años 60. Ni siquiera los períodos de sequía o el trágico final de los llamados a continuar con esta tradición victoriosa, Bias y Reggie Lewis, han conseguido difuminar este halo.

Tengo que hablar del celtic pride (orgullo céltico), de ese no se sabe qué que nos impide rendirnos, que no nos deja bajar la cabeza cuando los acontecimientos se tuercen, de esa fuerza interior que todos tenemos, pero que sólo algunos grandes demostraron cuando más contaba. Russell nos lo enseñó cuando combatía en inferioridad de condiciones ante el gigante Chamberlain, Havlicek, también, cuando prácticamente cojo intentó que los Celtics repitieran título en el 75 y Bird cada vez que asumió y consiguió un tiro ganador.

Pero si hay una figura que simboliza toda la esencia de esta franquicia ésa es la de Red Auerbach. Aunque ya muerto, su semblante puro en mano forma parte del imaginario colectivo de nuestro deporte. Hijo de inmigrantes rusos Red Auerbach tuvo una vida en blanco y verde. Fueron sesenta años de feliz matrimonio con una franquicia, la de los Boston Celtics para la que fue entrenador, general manager y asesor. Ahora es sólo uno más de esos fantasmas que se pasean durante las frías noches de Boston por el pabellón cerrado recordando viejas historias. Viejas, pero muy vivas. Porque otra cualidad que todo céltico debe poseer es la de tener una buena memoria, venerar a todos los nombres que nos hicieron grandes y sentir que hoy, al igual que ayer, puede ser de nuevo un día de gloria. 



Os invito a seguir mi ejemplo y a comentar o enviarme al correo para su posterior publicación, los motivos por los que sois seguidores de un determinado equipo. Me cuesta pensar que pueda haber un sentimiento más hondo que el de pertenecer emocionalmente a los Boston Celtics, pero estoy esperando vuestras impresiones para, quizá, cambiar de opinión.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

La verdad fue revelada


No engaño a nadie si digo que uno de mis jugadores favoritos en activo nació en Oakland, California y creció viendo a los Lakers en Inglewood mientras soñaba cada noche con vestir la camiseta oro y púrpura de los angelinos.

No engaño a nadie, tampoco, si admito que su mayor decepción fue caer hasta el número 10 del draft para jugar con el archienermigo de su querido equipo, los Boston Celtics. Mientras los jugadores iban siendo seleccionados, la cara de este jugador se iba haciendo cada vez más larga. ¿Cómo un tal Dirk Nowitzky de un equipo ramplón de la Segunda División Alemana puede ser elegido antes que yo? Ahora seguro que no pensaría lo mismo.

Y tampoco engaño a nadie si os digo que esta figura de la liga fue asaltado por la muerte en forma de once cuchilladas que buscaban sin remedio sus órganos vitales a la salida de un pub en Boston. Salvó la vida gracias a la rápida intervención de su compañero Tony Battie y sólo unos días después comenzaría una temporada en la que disputaría los 82 partidos.

No os he engañado. Me refiero a uno de mis ídolos deportivos, “la verdad”. Paul Pierce es el último héroe de la afición del Garden de Boston tras la retirada de Larry Bird. Tuvo que llegar un californiano de raza negra, criado en los suburbios de Los Ángeles para revitalizar la afición al baloncesto en uno de los estados más aristocráticos de los Estados Unidos.

Sus fintas, sus reversos, su fortaleza física (aunque disimulada) y la velocidad, que él mismo atribuye a cuando su madre corría detrás de él para castigarle, son sus principales armas ofensivas acompañadas, claro está, de un tiro más efectivo que elegante y ante todo muy personal.

Paul Pierce no es un jugador cualquiera, es diferente a todos los demás. Indisciplinado y bocazas, le costó hacerse con un hueco en el estrellato de la liga. Los repetidos fracasos de los Celtics hicieron que una larga lista de entrenadores fueran pasando por el banquillo del Garden mientras al número 34 se le agotaba la paciencia ante tanta reconstrucción fallida.

Pero llegó el verano de 2007 y poco antes de cumplir 30 años, the Truth se vio acompañado por el mejor tirador de la liga, Ray Allen y por el mejor “4” de los últimos 15 años de no haber existido Tim Duncan, kevin Garnett. Se formó, así, el segundo Big Three de la historia de la franquicia (en los 60 y 70 directamente había big teams) que tras un training camp en Roma unió sus fuerzas para, al grito de Ubuntu, levantar el ánimo de la afición y recuperar el orgullo de ser un Celtic. En el parqué del Garden se inscribió con letra cursiva Red Auerbach y en su honor se ganaría aquel inolvidable anillo de 2008.

Y Pierce fue Pierce en aquellas finales. Y no hubo ficción en su lesión de rodilla como cabría pensar. Jugó mermado toda la serie y hubo de dedicar varias semanas del verano a recuperarse. Si los aficionados de los Lakers quieren pensar que aquella “actuación” en el primer partido de las finales fue una farsa allá ellos. La música de Rocky al regresar y una grada envuelta en llamas sí ayudaron, pero lo principal fue que regresó y clavó dos triples (el segundo un 3+1) y los Celtics remontaron. Fue nombrado con total justicia MVP de las finales y ese mismo verano se autoproclamó mejor jugador del mundo.

No lo es. Ser fan no ciega mis ojos. Pero sí es historia viva de la franquicia más laureada de la liga y sí posee uno de los más amplios repertorios ofensivos que yo haya visto jamás en un jugador. Todo ello sin la explosividad y el físico de los Lebron o Wade. Todo gracias al talento, la astucia y a ese instinto de ganador, que si no lo traía ya de serie le enseñaron las viejas leyendas célticas.

Gracias Paul Pierce por estos años. Espero que aún queden en tus piernas dos o tres temporadas de buen baloncesto. Por si acaso, deja sitio en tu anular para un segundo anillo. Yo sé que tú crees y yo también creo. ¿Creéis vosotros que los Celtics tienen alguna opción esta temporada?

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Amores de verano



¿Quién no se ha enamorado alguna vez en verano toda vez que los cuerpos cubiertos dejan paso a las pieles desnudas y las noches cerradas y frías se transforman, tras el solsticio, en el mejor momento del día? ¿Quién no intercambió besos y promesas de amor eterno sobre un pequeño cerro mientras las perseidas (o lágrimas de San Lorenzo) salpicaban el cielo de luz?


No es que me haya vuelto loco, no. Tampoco se trata de un ataque repentino de nostalgia o melancolía. Me refiero a que en este verano de 2010 además de tríos orgiásticos, como el reunido en Miami, también hay sentimientos de verdad. Los Boston Celtics se han quedado prendados de un joven mallorquín de 25 años que responde al nombre de Rodolfo Fernández, pero la boda, por el momento, tendrá que esperar.

Seguro que el más anciano aficionado de los Celtics estaría encantado viendo al mallorquín salir por el mítico túnel por el que han desfilado tantas figuras. Con 1,95, grandes fundamentos, tiro después de bote y tras salida de bloqueo y siendo de raza blanca tienes asegurado el favor de la grada de Boston. “Es uno de los nuestros” pensarían los duendes irlandeses (leprechauns) que habitan en el Garden.

Las negociaciones no están cerradas y el General Manager de los Celtics baraja otras opciones. El debate está abierto en el blog Celtics Nation (enlace en la columna de la derecha). Los nombres sobre la mesa: Eddie House, Delonte West y Rudy.

Eddie House es un auténtico microondas. En su anterior paso por los Celtics dejó grandes sensaciones con triples espectaculares, pero sobre todo, con su incansable apoyo desde el banquillo. Sin duda, un gran compañero, pero es momento para ganar anillos, no de hacer amigos. Además, a última hora se ha conocido que ha fichado con los Heat y se ha unido a la fiesta en el sur de Florida.

Delonte West se acostaba con la madre de Lebron. Eso le convertiría en principal favorito de la afición de Boston si no fuera por su anterior paso por la franquicia o su trastorno bipolar. El ex alumno de Saint Joseph´s presenta más interrogantes que respuestas.

El principal objeto de deseo de la afición, e intuyo que también de Doc Rivers y Danny Ainge, es nuestro compatriota. Sabe defender, sus manos rápidas y su basketball IQ le permiten robar muchos balones. Sabe crearse sus propios tiros y es un terror para los defensores rivales pues no para de circular a través de las pantallas para tirar después de bloqueo. Es un buen finalizador de contraataques y, sobre todas las cosas, le gusta ganar casi tanto como a aquel seguidor de los Celtics que besa más veces un viejo autógrafo de Red Auerbach que a su propia mujer.

Sin embargo, las noticias de última hora son desconcertantes. Los Celtics han fichado por un año al escolta Von Wafer. Los aficionados temen que esto signifique el fin del romance. Sería una lástima.

Desde aquí, envío mis mejores deseos para que la pareja Celtics-Rudy se convierta en realidad. No me importaría ser el Cyrano de Bergerac de turno si fuera necesario para hacer que triunfe este amor porque si esta relación llega a buen término recuperaré definitivamente la fe y el decimoctavo anillo estará mucho más cerca. Go Celtics!

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