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El gran teatro del basket




“No olvides que es comedia nuestra vida y teatro de farsa el mundo todo” 

(Francisco de Quevedo)

La final de la Copa del Rey no ha hecho sino alimentar las pasiones, ya de por sí bien nutridas, de un pueblo, el español, que asiste asombrado y paralizado al espectáculo lamentable que sus políticos protagonizan a diario, citándolo a las urnas, porque no pueden hacerlo a las armas, bajo el paraguas de una retórica sectaria y revanchista. La contienda entre Real Madrid y Barcelona, epítome de la lucha de contrarios, se convirtió, en función del punto de vista que elijamos, en un relato perfectamente tramado, con un encadenamiento de circunstancias favorables, o adversas, al que sigue un giro dramático de los acontecimientos que concluye con una escena de enorme suspense que, como la buena literatura, genera debates más allá del punto y final de la obra.

Desde bien pequeño, acompañando a una sarta de tópicos, escuché aquello de que compensar es equivocarse dos veces, lo que por otra parte parece irrefutable. Desde un punto de vista lógico, casi kantiano, cada acción debería ser juzgada de manera aislada por seres desprovistos de prejuicios, corazón, alma y, por supuesto, conciencia. Algunos madridistas, incapaces de ponerse en el lugar del otro, recurren a este principio para atribuir la derrota a la actuación arbitral proponiendo símiles que justifican su postura. Olvidan esa máxima del derecho civil que dice que el daño debe ser reparado, la situación previa a una actuación ilegal, restituida. El Barça debería haber tenido dos tiros libres para sentenciar el partido, cuando no dos tiros y posesión. Los árbitros, errando dos veces, es verdad, se aproximaron más a la noción tomista de justicia, dar a cada uno lo suyo, que si solo lo hubieran hecho obviando la falta de Singleton y juzgando con atención a la física y el sentido común lo que todos pudimos comprobar en el instant replay: no cabía interpretar interferencia.

Pesic, cambiando a Heurtel cuando veía el aro como los anillos de Saturno, actuó como solo lo puede hacer un hombre que está en paz consigo mismo. Laso, dando las llaves de la nave a Llull, demostró ser lector de novela épica, ese género en el que la fuerza de los ejércitos queda reducida a la personalidad de un solo hombre. La lesión de Rudy, fulcro de cualquier balanza, fue determinante. Como lo fue también perder dos balones en la salida de presión, tardar en solicitar el tiempo muerto o en ingresar a Tavares en pista para poder presionar en el perímetro con la garantía que solo puede ofrecer su presencia en la zona. Dicho esto, como seguidor del Real Madrid, no puedo sino darle las gracias a Pablo y todo su equipo por su trabajo diario y las bondades del plan que ejecuta diariamente al frente de la sección.

Se duerme mal, pero algo mejor, pensando que los responsables de las derrotas fueron los árbitros (¿alguien sabe cómo durmieron ellos?), tal es el efecto paralizador de la noción de culpa en nuestra cultura. Sin embargo, una de las muchas cosas que me llevaré para siempre de este año junto a Jenaro Díaz, entrenador del C.B. Clavijo, es que nos equivocamos al derivar la responsabilidad, al buscar fuera de nosotros lo que pasa y nos pasa. Nada alivia más –y otorga más libertad– que un “me equivoqué, aprendí, la próxima vez estaré mejor preparado”. Eso es lo que cabría esperar del capitán, Felipe Reyes, íntimo, a estas alturas de su carrera, de esos dos impostores que son las victorias y las derrotas.

Comprendo perfectamente a cada uno de los espectadores del Palacio de los Deportes. Querían drama, emoción, intriga, suspense,… Y lo tuvieron. A cada uno de los que siguieron el partido en sus casas y celebraron y lamentaron canastas propias y ajenas como si las vida se les fuera en cada lance. Pero no a la gente del deporte que alimenta estos debates, que se deja llevar por la ira dejando que las áreas del cerebro relacionadas con la ecuanimidad y el juicio razonable queden envueltas en la bruma.

Entrenar es algo más que ensayar para la obra y ponerla en escena, aunque todos queramos llegar con el guión aprendido y el método por la mano a su estreno. Pero si solo aspirásemos a legar un palmarés que consultarán nuestros descendientes mucho después de muertos, estaríamos relegando a un plano secundario lo que tiene de especial este oficio, la conexión íntima y personal que, inexplicablemente, dos aros, un balón y diez jugadores en ejercicio simultáneo de sus facultades, facilitan. Igual que el compromiso del pintor se circunscribe a la obra, al arte en sí mismo, el pacto del entrenador debe ser con su equipo y el arte de entrenar, no con el diablo de la victoria, que ofrece efímeros orgasmos a cambio de sentimientos de ira, venganza, resentimiento o enajenación que, estos sí, y no la culpa, ni las derrotas, deberían abochornarnos.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Pepe San Agustín, in memoriam


En estos días en los que el obituario se ha convertido en el subgénero periodístico más practicado, otra lúgubre noticia se ha cruzado en el camino de quienes nos dedicamos al baloncesto en nuestra ciudad: ha muerto Pepe San Agustín, árbitro especialmente querido por todos por su amor al juego, el sentido educativo que le daba a su labor y el buen humor que destilaba en cada encuentro.

En algún cajón, real o virtual, existe un álbum de fotos en el que todos los jugadores y entrenadores de la región aparecemos posando junto al conjunto rival con Pepe y su pareja arbitral, cuando no era el encargado de hacer la foto, en el centro. Reconozco que en mis inicios como preparador me parecía un fastidio tener que alterar el protocolo prepartido y que mi principal preocupación era que mis jugadores no se quedaran fríos esperando al inicio. No es que crea a pies juntillas aquello que decía Díaz Miguel (cuyo decimoctavo aniversario de su muerte conmemorábamos también ayer), pero siempre le he dado mucha importancia al inicio, por todo lo que tiene –teoría básica de la narrativa– de anticipo del desenlace. Sin embargo, con el paso de los años –¿será eso que llaman madurez?– empecé a valorar aquel rito, su simbolismo. Aquel retrato dotaba a cada partido de una singular relevancia. Pepe sabía mejor que nadie algo que por ignorante presunción solemos pasar por alto: nunca sabemos cuál será el último.

Así que nos hacíamos la foto y asistíamos con paciencia a su particular forma de arbitrar, a su repertorio de gestos (¿ha sido falta en defensa o en ataque? ¿fuera de nuestro equipo o del suyo?) y a la parsimonia con la que a veces acudía a entregar el balón para el saque. En los últimos años al menos, sabíamos que se le escaparía alguna acción por estar mal colocado, o que le parecería legal una mutilación braquial o un placaje de rugby, aunque el tono general del arbitraje fuera bueno y el criterio consistente, es decir, toda mutilación era permitida (como nos reiríamos bromeando al respecto). Charlábamos con él cuando le tocaba correr por nuestra banda y aceptábamos con humildad el consejo que nos daba sobre nuestra forma de dirigirnos al árbitro.

Y cual Forges, con las derechas y las izquierdas o los burgueses y los obreros, Pepe San Agustín también ha obrado el milagro de poner de acuerdo al mundo (mundillo) del baloncesto local, de natural cainita y poco agradecido. Su figura genera el consenso propio del hombre bueno en el sentido machadiano (79 años de su muerte también ayer), del apasionado que, sin embargo, comprende que su actividad, por quererla tanto, tiene que quedar al margen de los comportamientos cínicos, de la sucia contienda, del barro de twitter, los comentarios anónimos de la prensa local y la crítica malintencionada.

P. D. Es una pena, Pepe. No vernos de nuevo en las canchas (ya había comprado protecciones para los chicos ;) ), no hacernos de nuevo una foto o no poder mirar juntos el álbum e intentar descifrar quién era cada cual y especular sobre qué fue de su vida. Y, sé que tú entenderás esto que voy a decir, es una lástima que no puedas morirte todos los días poniendo de acuerdo a esta tribu que hoy, y tal vez mañana, te llorará con desconsuelo y respeto, pero que pasado, y el siguiente, volverá a comportarse como suele, por la fuerza de la costumbre y el olvido.


UN ABRAZO, PEPE, Y MUCHAS GRACIAS POR TODO

Más que una "J"




La noche del pasado sábado la pasé realmente afectado por la imagen que había dado mi equipo cadete en la liga autonómica de Castilla y León, por lo mal que competimos en la segunda parte, cuando todo estaba en juego al descanso. No me servían como excusas las lesiones ni la superioridad física del rival. Habíamos fallado en la comprensión de aspectos muy básicos de la vida de un equipo: no habíamos peleado unidos ni aceptado el reto de competir hasta el final.

Por eso apenas presté atención a una corrección técnica que al final del encuentro un árbitro, de forma bien intencionada, le hacía a uno de los jugadores de mi equipo por su manera de botar. “Hace acompañamiento siempre” (se lo habrán señalado dos veces en toda la temporada), me comentaba y yo le aceptaba agradecido el consejo enterrándolo en el fondo del saco donde guardo todo lo que tenemos que entrenar y mejorar. Y por supuesto no voy a pedirle a mi jugador que cambie su naturalidad, esa adaptación que le permite suplir su falta de explosividad, de exuberancia física. También es talento forzar los límites del reglamento.

Sirva esta anécdota para ilustrar la diferente concepción de árbitros y entrenadores, actores igualmente necesarios para que el baloncesto pueda seguir desplegando sus alas. Yo me llevaba a casa numerosos aspectos sociológicos, psicológicos, también técnicos y tácticos sobre los que reflexionar y él, además de un acta que entregar a la entidad gestora de la competición, la conciencia de haber ayudado a un jugador a adaptar su juego a la norma. Yo me iba jodido y él satisfecho; él con todo hecho, yo con todo por hacer.

Escribo esto desde el respeto que profeso por los árbitros como colectivo y también, faltaría más, de manera particular. Condeno cualquier protesta de mis jugadores y procuro ser educado y generoso con su actuación desde la convicción de que ambos estamos aquí para hacer mejor el baloncesto. Hace dos años que no recibo una técnica y no creo, en absoluto, en la función catártica de una exageración histriónica como la que tantos practican tratando de encontrar en el fondo del colegiado una señal de debilidad que le incite a alterar el criterio a favor de los intereses de su equipo. Todo esto es verdad, pero estoy con Jota.



Sí, estoy con el entrenador del Tecnyconta Zaragoza, con quien comparto mucho más que una consonante en el nombre: al menos una inmensa pasión por el baloncesto, la competición y la enseñanza. De Jota admiro su capacidad de trabajo –qué no habrá hecho por llegar donde está–, el haberlo arriesgado todo por conseguir su propósito en el mundo del baloncesto. Ahora también la claridad con la que se expresó ante una situación que consideraba injusta (el diferente criterio a la hora de juzgar la agresividad defensiva en ambos lados de la cancha), que empezó sacando de quicio a uno de sus mejores jugadores y afectando al estado de ánimo general de su equipo, lo que, entre otras muchas cosas, que también comentó en rueda de prensa (soluciones individuales, pérdida de concentración), terminó costándole, además de una expulsión por doble técnica, una derrota que los mantiene en la parte baja de la tabla, allí donde se duerme infinitamente peor y empieza a correr riesgo el pan de los hijos.

El tono de su rueda de prensa fue duro, pero sus palabras estuvieron bien seleccionadas. Quizá sobró la alusión personal, pero lo hizo desde el convencimiento de que el asunto se estaba desarrollando en dichos términos: de nombre propio a nombre propio. Jota reclamó para su equipo, que es también el de una ciudad, unos patrocinadores y una masa social respeto, solo eso. Jota, aunque puede que influenciado por una visión parcial, pidió igualdad de criterio (algo complicado, es cierto) y una comunicación abierta con los árbitros, no para convertirlos en protagonistas, sino para poder saber a qué atenerse (¿por qué aquella mano sujetando el antebrazo se señaló y aquella otra no? ¿qué vio distinto?) en la búsqueda de una uniformidad de criterio que permita disolver toda sombra de duda, pensar que a alguien pueda provocarle dentera su mera presencia lo que, a la postre, provocará, de forma consciente o inconsciente, decisiones equivocadas que perjudicarán a su equipo.

No hay duda: los mejores árbitros son aquellos que entienden el origen de las ojeras, la tensión de los jugadores; los que se comunican con naturalidad, seguros de sí mismos, y no solo por su conocimiento del reglamento, sino también por la capacidad para gestionar las emociones que suscita la competición, el encuentro agonístico entre dos contendientes que han aceptado medirse en igualdad de condiciones, cinco contra cinco a lo largo de cuarenta minutos. Estoy seguro de que la mayor parte de árbitros ACB son los mejores de nuestro país también en estos aspectos, pero a pesar de todo estoy con Jota, pues no dudo de la génesis de su enfado ni de la esencia de su queja.

Él es mucho mejor entrenador que yo, pero, en otra escala, en otra ciudad, y con mucho más en común que una simple J en el nombre, yo sé mejor que ningún árbitro cómo pudo pasar esta noche Don José Ramón Cuspinera. Mucho ánimo, coach.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Dilemas del entrenador de baloncesto II





Que la vida es una sucesión de dilemas me lo ha venido a recordar el lúgubre paisaje de la estación de autobuses en la que me hallo y que rápidamente he asociado con una de las secuencias iniciales de una de las películas de mi vida, el Buscavidas. En un andén como éste, lugar de paso para las almas errantes, Eddie Felson, trilero del billar, borracho, arruinado y fracasado, se enamora de una chica desprovista de pasado y de futuro junto con la que va a vivir una lujuriosa bacanal que culminará en un trágico desenlace. No, antes de que se lo imaginen, el luctuoso final no fue una disposición del destino. Fue una consecuencia directa, aunque no inevitable, de sus elecciones (y si no han visto la película, ¿a qué están esperando?).

Atendiendo al buen recibimiento que tuvo la primera edición de los dilemas e intentando que los supuestos que me inspire esta triste localización den aún más de sí que los anteriores, dejo aquí mis propuestas con el ánimo de establecer el debate y dar que pensar (lo siento).

Dilema V. Límites en la explotación del mal ajeno. Te enteras por la prensa (niveles profesionales) o por habladurías (niveles de aficionado) que el mejor jugador rival padece intensos dolores en la cara externa de la rodilla derecha como consecuencia de un golpe recibido en el partido anterior. Cuando está caliente apenas nota el dolor, pero en cambio, si lo golpean, no lo puede resistir. ¿Informas a tus jugadores de este hecho y aconsejas que de vez en cuando fuercen algún contacto con la rodilla de su oponente? ¿Evitas mencionar este hecho y actúas como si no lo conocieras? ¿Hasta qué punto se pueden explotar las debilidades del rival? ¿Acaso no tratas de alterar el equilibrio anímico de los jugadores que son débiles mentalmente? ¿Hay diferencias entre explotar una debilidad asociada a una lesión física y hacerlo sobre un punto débil de origen psicológico? ¿Acaso no es este un problema del entrenador del equipo contrario? Si le duele que no lo alinee, ¿o no es así?

Dilema VI. La naturaleza de los medios empleados. Un amigo tuyo, colega de profesión, ha grabado sin consentimiento expreso la última sesión preparatoria de tu rival en la final del campeonato autonómico en la que, con toda seguridad, han incluido recursos tácticos destinados a frenar tus armas ofensivas, amén de algún sistema nuevo que no has podido observar en el scouting que ya has realizado visionando partidos anteriores. ¿Haces uso de esa información a pesar de que podría calificarse como confidencial y pese a que ha sido obtenida sin consentimiento expreso o tácito por parte del entrenador rival? ¿Todo vale en el camino hacia la victoria? ¿Qué mal puede causar tu acción si nadie tiene por qué enterarse? ¿Qué haría el entrenador rival en tu posición? Seguramente lo vería, ¿verdad? Entonces, ¿por qué tú no? ¿Acaso no te exigen los jugadores, el resto del cuerpo técnico y los aficionados (padres y familiares) que hagas todo lo que esté en tu mano para sacar adelante el partido?

Dilema VII. Ejercer presión sobre terceros. El día antes del partido tienes conocimiento de la designación arbitral y te percatas de la presencia de un colegiado jovencito y con poca experiencia al que entrenaste en el pasado y que te guarda un infinito respeto (esto pasa mucho en provincias). Es su primer partido en la categoría y, aunque acude acompañado por un árbitro veterano que actuará como guía en su estreno, cuentas con poder sacar un par de decisiones a favor de tu equipo simplemente por lo intimidatorio de tu presencia y por la presión verbal que planeas ejercer sobre él (sobre todo cuando el árbitro principal esté cubriendo la zona más alejada del banquillo). Como antiguo entrenador del chico, ¿no debes sentirte responsabilizado todavía, a pesar de que ya han pasado unos años desde que lo entrenaste, con su formación y desarrollo personal y, por eso mismo, ayudarle a empezar con buen pie en la nueva categoría? ¿Hasta qué punto es legítimo utilizar la presión sobre los árbitros? ¿Acaso no nos gusta a todos ejercer nuestro trabajo en un ambiente de seguridad y tranquilidad? Pero, por otro lado, ¿no tenemos acaso presión todos los actores que formamos parte de una competición? Y sin embargo, ¿cómo ejercer con rigor la justicia si en su impartición median pulsiones tan humanas como incompatibles con el buen juicio como el ascendente de un viejo entrenador o, incluso, la amistad que os puede llegar a unir?

Pues bien, eso fue todo desde la estación. Espero que sigan reflexionando y valorando todas las posibilidades desde las diferentes perspectivas que la realidad del baloncesto nos ofrece.

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UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Al Salir de Clase (VI) En el mismo sitio





El mismo skyline irregular peinando el cielo. Las mismas luces encendidas incitando a la indiscreción. La misma oscuridad envolviendo al resto de la ciudad en la tiniebla. Sí, Valladolid de nuevo. Sí, curso de entrenadores otra vez. Como si no hubiera pasado el tiempo.

Así, mientras en Londres se preparan para ser la llama que ilumine al mundo durante los próximos dieciséis días, aquí en el curso la mayor parte de mis compañeros ha optado por cobijarse entre las sábanas para recuperar fuerzas y prepararse para lo que se avecina mañana en forma de doble jornada.

La de hoy contó con la presencia de Evaristo Pérez, el entrenador burgalés que acaba de conducir al triunfo en el Eurobasket a la selección sub 16 femenina. Con un discurso cargado de coherencia nos habló sobre la detección y la formación del talento, sobre el procedimiento que está llevando a la FEB a alcanzar victorias en la mayor parte de campeonatos en los que participan sus selecciones. Lo hizo sin desdeñar su parte del mérito, el de cohesionar al grupo y extraer el máximo de su talento. Lo hizo, ante todo, agradeciendo la labor de los clubes en el proceso de formación de estos jugadores.

Es éste, el del talento, un tema que dará para futuros posts y temas de debate. Permitidme un tiempo para reflexionar sobre ello, para tratar de entender en qué consiste el talento, cómo se puede desarrollar y en qué medida este desarrollo puede ir en contra de otros objetivos de tipo grupal o formativo. Mientras tanto, y en referencia a la asignatura de Reglas de Juego que también estaba programada para hoy, me gustaría escribir sobre la esquizofrenia en la que nos hallamos, jugadores, entrenadores y árbitros, a la hora de interpretar un reglamento que, aun intentando ser concreto, peca de ambigüedad. Así, entre detalles que definen matices y matices que determinan la validez o irregularidad de una acción, el entrenador ya no sabe qué enseñar, el jugador a qué atenerse y el árbitro qué cojones pitar.

Así, y hasta que no nos pongamos de acuerdo, las diferencias de criterio acabarán derivando en una especie de lucha gremial que no le hace ningún bien al baloncesto. Sirvan estas palabras como llamada al sentido común. Fijemos unos criterios, nos gusten más o menos, y apliquémoslos con rigor. No defendamos una cosa y la contraria. No enseñemos acciones no reglamentarias y, claro, no sancionemos como ilegales, acciones perfectamente lícitas. 



Cambiando de registro, he de decir que la tarde también dio de sí. Cuatro horas con Felipe Martín nos hicieron reflexionar sobre los estilos de mando y sobre los tipos de feedback o retroalimentación que puede utilizar el entrenador para con el jugador. La receta viene a ser la misma de siempre: “dar a cada uno lo suyo” o “cada cosa a su momento”. Y si para hablar de talento os pedía unos días, tal vez necesite lustros o décadas para reflexionar, comprobar y acabar perfilando, de esta manera, una metodología que se adapte a todos aquellos inputs que, en base a mi personalidad, siempre irán conmigo, y que pueda ser tan flexible como para ser eficaz en las múltiples circunstancias a las que me enfrentaré en un futuro (cualidades del equipo, tipo de competición, personalidades de los jugadores,...).

Lo decía Evaristo. En un deporte tan cambiante como el baloncesto los entrenadores no podemos dejar de correr para seguir siempre en el mismo sitio. En esto consiste la labor del profesor-entrenador y el que no lo quiera aceptar que se baje del barco. Jugamos con material muy sensible. Comportémonos y estemos a la altura. Seamos, como está diciendo ahora mismo Jacques Rogge, presidente del Comité Olímpico Internacional, un ejemplo.

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Al salir de clase. ¿Un mal necesario?







Desde esta ventana indiscreta que se abre al cielo de Valladolid y a caballo entre la oscuridad que define a una noche de luna nueva y la luz que irradian los dos fluorescentes de mi habitación, me he sentado a escribir, como intentaré hacer todas las noches de esta semana, la crónica de la primera jornada en el curso de entrenador de nivel II que organiza la Federación de Baloncesto de Castilla y León.

Quería evitar deciros que era temprano cuando sonó el despertador. De igual manera, poco interés tiene el comentaros que a las diez estábamos citados con Chechu Mulero, uno de los más grandes estudiosos del baloncesto en nuestra región para hablar de fundamentos tácticos colectivos enfocados al ataque. Poco, cuando lo comparamos con los propios contenidos de una sesión de cuatro horas en las que empezamos viendo cómo generar una ventaja y, sobre todo, cómo mantenerla a través del movimiento del conjunto de los jugadores. 



En el baloncesto moderno, con preparaciones físicas tan detalladas y scoutings tan exhaustivos, hablar de ventaja es hacerlo de milímetros de terreno o de centésimas de segundo. Del mismo modo y hasta que no se amplíe el ancho del campo -probablemente aún así-, la generación de espacios para el juego de uno contra uno o dos contra dos es una de las cuestiones prioritarias. De ahí que la mayor parte de la mañana la dedicásemos a estos dos puntos que definirán, sin lugar a dudas, las características de nuestro juego de ataque. 

Finalmente, tras analizar cuestiones del juego libre por conceptos y tras leer situaciones tanto de bloqueo indirecto como directo, hemos empleado unos cuantos minutos a la construcción de sistemas en todas las versiones recogidas en el manual: sistemas de seguridad universales, indeterminados o específicos, tecnicismos éstos que alimentan la visión más científica y analítica del baloncesto, una visión de la que pretenden vivir numerosos profesionales en los próximos años y que, a mi modo de ver, complica artificialmente un deporte que se asienta sobre los principios más instintivos y primarios de la naturaleza: correr, saltar y lanzar.

Ojo, apunten antes de lanzar y léanse, mientras, mis argumentos. Está claro que el jugador debe memorizar gestos técnicos e integrar dentro de sí, a través de la correcta repetición de los ejercicios, un “savoir faire” que le dotará de una ventaja competitiva frente a sus oponentes. Sin embargo, creo que los entrenadores deberíamos dar más pautas e impartir menos dogmas, hablar menos de nosotros y más de ellos, los jugadores y verdaderos dueños de este deporte y es que, amigos míos, en las trece reglas originales que diseñó Naismith se habla de balones, jugadores e, incluso, de árbitros, pero en ninguna de sus líneas aparece una mención a los entrenadores. ¿Seremos, acaso, un mal necesario?

Lanzo al aire de Valladolid esta reflexión y me recojo. Han sido ocho horas de bonito, pero duro trabajo, de debates intensos y de conclusiones pendientes de asentar. Se alargó la sobremesa de la cena discutiendo sobre el modelo ideal de entrenamiento, sobre lo oportuno o ético de privilegiar el trabajo de un concreto jugador en atención a su mayor potencial. En fin, miles de ideas que, seguro, pasarán una y otra vez por mi mente a lo largo de este sueño que finalizará en una habitación de una residencia céntrica de una ciudad, Valladolid, desde la que os escribiré los próximos días frente a una ventana indiscreta que mira más hacia dentro que hacia fuera. Espero que podáis resistirlo y que sigáis fieles a este blog tanto como yo lo intento ser a todas vuestras inquietudes.

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No disparen al pianista







El verano, en nuestra cultura de trabajar once meses para intentar disfrutar uno, representa un tiempo para la reflexión, una especie de paréntesis en nuestros quehaceres cotidianos que nos impulsa a viajar, leer y, en definitiva, a redescubrir todas aquellas pasiones que dejamos aparcadas una vez que la infancia llega inevitablemente a su fin.

Lo mismo sucede en el mundillo del baloncesto. Durante el período estival éste se reencuentra con su vertiente más lúdica, la de parques y playgrounds. En estas catedrales del juego individualista y del lucimiento por el lucimiento el jugador de equipo se encuentra fuera de lugar, como una talla 44 en un desfile de moda o como, tirando de tópico, un pulpo en un garaje. Aun así, desde este humilde estrado, me gustaría que las canchas en la calle recuperaran el ambiente que de unos años a esta parte parece haber desaparecido. Me encomiendo a la crisis para que las terrazas y las jarras de cerveza dejen paso a un regreso paulatino del jugador a las canchas. Un regreso, eso sí, que no debe ser repentino y que conviene acompañar con un poco de trabajo aeróbico previo y con un control en el consumo de grasas saturadas.

Pero volvamos a la reflexión, a esa necesaria pausa que nos debemos regalar cada poco tiempo para redefinir objetivos y analizar porqués. Ello, tan necesario en todos los ámbitos de la vida, se vuelve imprescindible cuando a baloncesto nos referimos. Ya sea desde la óptica de un jugador, amateur o profesional, desde la de un entrenador o un árbitro, siempre es oportuno realizar un balance.

Un balance que, por otra parte, no nos puede llevar tres meses. Se trata de identificar las causas, de valorar las consecuencias y de plantear mejoras para ponerse, enseguida, manos a la obra. El jugador debe identificar sus déficits a nivel técnico y táctico y asesorarse sobre la mejor forma para corregirlos. Debe profundizar en el trabajo físico y debe realimentar su deseo no tanto en términos de resultados, como sobre todo en términos de ambición.

El entrenador, por su parte (por la mía), debe aprovechar este tiempo para estudiar y viajar, para conocer nuevos métodos, leer opiniones y observar partidos con la lupa del que ve más allá de lo que todos ven. Debe indagar en nociones que se alejan de lo estrictamente baloncestístico como las pertenecientes a campos como la psicología o la propia filosofía. Toda actividad que le lleve a conocer mejor a las personas en todas sus dimensiones será bienvenida en el proceso.

El árbitro debe reciclarse. No sólo en cuanto al conocimiento del reglamento, sino sobre todo en cuanto a la interpretación del mismo. Viendo partidos y hablando con jugadores acabarán por definir un estilo propio y personal que les identifique convirtiéndolos en únicos e irrepetibles. De esta manera el jugador sabrá, antes de que empiece el partido, cómo actuar y de qué manera dirigirse al colegiado en función de las características de su arbitraje.

Me preocupan los que ya decidieron colgar las botas, los que no se dieron tan siquiera unos días para averiguar si el virus del baloncesto aún seguía pululando por su organismo. Me inquieta el chico (la chica) que interpretó el baloncesto como un problema y no como una solución. En categorías inferiores son varios los chicos que tienen decidido dejar de jugar, muchos los que no conciben el modo de complementar los estudios con el ejercicio y aprendizaje de nuestro deporte. Otros, en medio de fases vitales complicadas, sacudidos por circunstancias difíciles de corte personal, deciden que no hay nada en el baloncesto que les pueda ayudar. Yo sólo les pido, les demando, les exijo, que recuerden a través de las fotografías o los vídeos o simplemente explorando en los recovecos de su memoria, lo felices que se sintieron el día en que anotaron su primera canasta, en el que dieron su primera asistencia o cuando entendieron el valor de una ayuda defensiva, la máxima expresión del trabajo colaborativo que exige el baloncesto, el máximo exponente de esa comunión de esfuerzos que implica jugar en un equipo. Y es que aunque formar parte de una colectividad implica renuncias, lo cierto es que siempre, si se juega con el corazón abierto y la mente despejada, las recompensas son mucho mayores.

Por eso chicos, en ese salón de película del oeste en el que se convierte a veces nuestra vida, recordad la única regla que rige en ese mundo sin ley: No disparen al pianista. No apunten al baloncesto, el único inocente de toda la cantina. 



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS