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Que se diviertan





Ayer una persona del baloncesto me decía que todo lo que tienen que hacer los chicos en una pista es divertirse, regresar a casa con una sonrisa, contando anécdotas, aunque sean sobre un compañero que se tropezó al ir a solicitar el cambio o sobre las zapatillas rosas del árbitro (que, por supuesto, pedirá para su cumpleaños). No le dije, porque suponía abrir un debate en un foro que no era el apropiado, que para el tipo de diversión de la que él me hablaba existen piscinas de bolas, hinchables, restaurantes de comida rápida, pintacaras,… Actividades y centros de ocio que no deberían constituir una competencia para el baloncesto de formación al que en otra entrada definí como “su asignatura favorita”.  

Entre otras cosas porque en un hinchable o en una piscina de bolas el entretenimiento es esencialmente egocéntrico: gana el que se lo pasa mejor, aunque sea empujando al de al lado, no respetando los turnos de juego o luciéndose de cara a los adultos, tres comportamientos incompatibles con ser un buen jugador de baloncesto. Por el contrario, en el seno de un equipo, la diversión o es colectiva o no es, porque las satisfacciones derivan de acciones conjuntas en las que al menos dos jugadores intervienen. Es más, incluso cuando los protoonanistas compulsivos amasan el balón necesitan la colaboración de un segundo y un tercero que, con sus movimientos le proporcionen espacio.

Es más, en baloncesto, como en todos los deportes de equipo, un factor clave es la concentración, incompatible a todas luces con esa diversión exhibicionista y egocéntrica de la que esta persona me hablaba. La desconcentración vuelve inútiles los esfuerzos de quienes hacen lo correcto, genera desconfianza, siembra discordia y, por lo tanto, impide esa diversión colectiva de la que yo hablo. Del mismo modo, para que el baloncesto sea entretenido, al menos desde mi punto de vista, no caben comportamientos irresponsables, autovaloraciones generosas de las acciones de uno mismo, la típica exculpación que sigue al lloro de un niño que acaba de romper un recuerdo de Benidorm: “se habrá caído solo”. Tampoco dedos que señalan, que apuntan como la mira del rifle a quien no dio un pase que, en el noventa por ciento de los casos, no vio.

De ahí que el entrenador deba convertirse en la pesadilla del ochenta por ciento de los padres (aunque yo he dado casi siempre con el veinte restante), incómodos observadores de los sacrificios de sus hijos, sufridores por cuenta ajena de sus minutos en el banquillo, de las correcciones tras una mala decisión. Es lo que tiene asistir in situ a la reunión de evaluación, donde se discuten las notas y, en este caso, se reparten los minutos, las oportunidades de lanzar, el rol dentro del colectivo. Surgen así las comparaciones y, como casi siempre, cuesta alegrarse por el vecino que se ha comprado un Mercedes y aceptar que el 600 ya no funciona como antes.

Por eso huyo del “que se diviertan”, de la ligereza con la que lo pronuncian aquellos que nunca estuvieron en la trinchera defensiva o asediando el fuerte contrario. Los estándares de exigencia, cada vez más bajos, son los mismos que los de la diversión, un sustantivo que pierde peso cada día que lo convertimos en sinónimo de distraimiento, pereza autocomplaciente o narcisismo. Ahora que tememos por un retroceso en los derechos sociales, haríamos bien en alinearnos también en contra de esta  espiral de banalidad que impregna relaciones, compromisos laborales y, quizá lo más grave, también el juego, esa cosa tan seria.

Pero que se diviertan, claro, sacrificando el cuerpo para forzar una falta de ataque y evitar una bandeja (aunque lleguen magullados a la comida familiar del domingo), esprintando para llegar los primeros al ataque, pero también a la defensa (aunque lleguen reventados a casa), jugando sin balón, haciendo lo correcto (aunque no se vea); regulando los impulsos egoístas, no los esfuerzos. Que se diviertan, claro, aplaudiendo las buenas acciones de sus compañeros (también de los rivales, por qué no), comunicando sus puntos de vista con humildad, no con soberbia, aceptando la honestidad y la falibilidad del árbitro (cuestionarla es cuestionarnos a nosotros mismos), entendiendo que si no crearon una ventaja otro lo podrá hacer por ellos, pues no son superhéroes. Son humanos, felizmente humanos. Y jugadores de baloncesto, no simplemente niños que confundieron, guiados por un mensaje equivocado, ese lugar sagrado de la solidaridad y el sacrificio, que es una cancha, con una piscina de bolas.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Cómo tener un hijo profesional


Ayer asistí a las finales del Campeonato de España cadete de selecciones autonómicas en las que la Comunidad de Madrid se impuso con claridad a Andalucía sirviéndose de un juego roto (o por conceptos, como prefieran) y, especialmente, de unas mucho mejores aptitudes atléticas (citius, altius, fortius). En la grada, imagino, muchos de sus familiares, expectantes ante la cita y conscientes, supongo, de contar con un deportista excepcional en sus casas: estar entre los doce mejores (no siempre) de su generación en una comunidad autónoma de esas características deja margen para soñar.

Eso sí, a esos padres habría que decirles que el baile no ha hecho más que empezar y que, contra todo pronóstico, hay una alta proporción de jugadores en ligas profesionales o semiprofesionales que no participaron de este tipo de campeonatos porque aún no se habían desarrollado físicamente, pero también porque ese tiempo en el que los técnicos de las federaciones primaban los objetivos competitivos, estos, los excluidos, lo dedicaron a mejorar sus habilidades individuales, su manejo de balón, el control de su cuerpo; los fundamentos, en definitiva. Pero tampoco canten victoria esos padres cuyos hijos se han pasado las navidades tecnificando en sus clubes o acudiendo a campus. Seguro que ahora pasan y tiran mejor, pero hay tantas variables que entran en juego que lo mejor es resumirlas brevemente antes de hacer una apuesta arriesgada. Seguro que me dejo muchas, así que ayúdenme, si lo desean, con sus comentarios.

1. Preguntar, o averiguar si preguntar le parece demasiado impertinente, el historial genético de su pareja antes de ponerse al lío. Lo siento, pero el porcentaje de personas por encima de 1,90 se invierte cuando comparamos la sociedad y la cancha. De las doce plazas que componen un equipo, solo dos, tres en el mejor de los casos, quedan reservadas para pequeños. Luego el 80 por ciento de la población se pelea por el 20 por ciento de las plazas en el “backcourt” a la inversa de lo que sucede en las posiciones de alero. Echen cuentas y tengan presente que la tendencia de poblar la pista de jugadores espigados de gran envergadura es imparable y empieza a afectar al tradicional nicho de los pequeños: la posición de base.

2. Tener suerte (o saber elegir) con los primeros entrenadores de sus hijos. Un buen entrenador sembrará de entusiasmo el camino. Un mal entrenador puede, directamente, hacer que lo abandone. Un mal entrenador hará todo lo posible para ganar. Uno bueno, todo lo que esté en su mano por formar. Subraye este punto si su hijo destaca por su tamaño en las fotografías de la escuela. De ello depende que se pase su infancia yendo de aro a aro abusando de su tamaño o que pueda llegar a ser un jugador completo.

3. Colaborar con el entrenador (si este es como debe ser), reforzar sus mensajes de esfuerzo, disciplina y humildad. Aceptar que una persona ajena a la familia se ocupe de una parte esencial de su educación y poner todos los medios –es decir, ninguno– para que pueda llevar a cabo su labor. Practique la invisibilidad en las gradas.

4. Compartir los sueños de su hijo o hija. Hacerles partícipes de las dificultades, pero visualizar con ellos la meta. Nadie ha alcanzado un objetivo que no haya imaginado antes. Si su hijo tiene las aptitudes y actitudes necesarias y un entusiasmo desproporcionado, los miedos y precauciones propios deben quedar bien sellados en una caja fuerte. Todo ello sin perder el equilibrio y evitando mezclar las agendas: su felicidad no puede depender nunca del rendimiento deportivo de su niño o niña.

5. Tener las maletas preparadas. El determinismo geográfico choca con todas las teorías del “si quieres, puedes”. No es lo mismo que cada dos domingos haya un partido profesional de baloncesto o que no lo haya, que tu club pueda ofrecerte entrenamientos individuales y un trabajo especializado de gimnasio que hacer dinámicas de grupo y recibir las indicaciones como un miembro más. No es lo mismo ser el mejor de tu equipo, dominar cada entrenamiento casi sin esfuerzo, que tener que superarte cada día para coger un rebote, generar un lanzamiento o conseguir una línea de pase. Y eso, muchas veces, solo lo ofrecen determinadas ciudades y clubes.

6. Educar en la humildad, pero no en la modestia. La humildad es siempre buena consejera, amiga íntima del trabajo y de la atención a los consejos bienintencionados. La modestia, en cambio, en cuanto que “carencia de vanidad” es limitante, familia de la profecía autocumplida y de la explicación que tranquiliza al mismo tiempo que nos mantiene anclados en el mismo lugar. El límite, como la distinción semántica entre ambos vocablos, es casi inapreciable, pero definitivo. Aplique esto en la educación de sus hijos, premiando los primeros comportamientos y cortando los segundos. De la soberbia y el engreimiento ni hablo. Hay jugadores investidos de estos valores, es verdad, pero no los querría ni en mi equipo ni en mi casa.

7. Practicar el optimismo en la vida diaria, al afrontar los inevitables contratiempos relacionados con la salud, la economía o los afectos. Generar un entorno libre de drama o susceptibilidades exageradas, normalizar lo excepcional. No sé por qué, pero llegado a este punto pienso en la familia Gasol.

8. Tirarse con paracaídas. Primar la educación, hacerla compatible con los entrenamientos, aunque ello implique madrugar o trasnochar. Si algo ha caracterizado al baloncesto, en la comparación con otros deportes, es su vinculación con la escuela, la formación de muchos de sus mejores representantes. Esta seguridad restará trascendencia a los pequeños fracasos, esos que son necesarios como parte del aprendizaje pero que, mal interpretados, llevados a su última expresión, pueden comportar el abandono.

9. No olvidar la primera




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Lo que ya sabíamos




Hasta Rajoy lo intuía cuando la mañana después de encajar la primera hostia de la semana pasada, se dedicó a caminar en la cinta: el ejercicio físico repercute favorablemente en el rendimiento. Lástima, para el presidente en funciones, que no directamente en los resultados electorales. Un reciente estudio de la Universidad Internacional de Valencia y del que los medios se han hecho eco en días pasados, ha venido a confirmar lo que en su día concluyeron otras instituciones en España y también en el extranjero.

La capacidad cardiorespiratoria y la habilidad motora están relacionadas con el rendimiento escolar”, afirma Francesc Llorens, cabeza visible del estudio. Resulta que el ejercicio se correlaciona de manera directa y positiva con la generación de neurotransmisores y con factores de crecimiento cerebral que a su vez fortalecen las conexiones neuronales que facilitan la memoria y el aprendizaje. Y si dos de las facetas que nos identifican como especie dentro del mundo animal son nuestra capacidad de razonamiento y nuestra habilidad para crear recuerdos, el resultado de este estudio no puede ser tachado en ningún caso de intrascendente.

Una mejor respiración alienta la comunicación entre las células y, por otra parte, la habilidad motora favorece la concentración”, relataba en este caso Irene Esteban-Cornejo, coordinadora de unestudio semejante llevado a cabo en el marco de la Universidad Autónoma de Madrid en 2014 y en el que la muestra superó el número de dos mil estudiantes. Por su parte, en el Reino Unido, el Estudio Longitudinal Avon de Padres y Niños también conocido como “Niños de los 90”, en el que se hizo un seguimiento de más de 14.000 chicos y chica nacidos en 1991 y 1992, fue aún más lejos al concluir que había un efecto dosis/respuesta, es decir, que “cuanto más intenso era el ejercicio realizado, mayor era el incremento de las calificaciones”. Acompañaba todas estas proposiciones con un argumentario neurológico muy sesudo del que soy incapaz de extraer una pequeña síntesis sin incurrir en errores de bulto, pero del que se deducía muy fácilmente la misma tesis del resto de estudios.

Esto que han venido a demostrar instituciones de gran prestigio es lo que muchos ya intuíamos. Las mejoras atencionales, en la capacidad espacial y las no mencionadas en estos estudios relacionadas con las habilidades sociales, en el caso de los deportes de equipo, no necesitaban del respaldo de ningún estudio para su sostenimiento. En muchas ocasiones, y sin querer desprestigiar el bendito oficio del magisterio, el patio y el pabellón han servido como correctores de conductas desviadas que la escuela no hace más que reforzar con lo esclerótico de su forma y lo oscuro de su fondo y su discurso. Cada día, un muchacho estresado o aburrido, encuentra sentido a su infancia correteando detrás de un balón, colaborando con un compañero y tratando de conseguir un reto, aunque como le sucede también al horizonte, se desplace al mismo ritmo que sus intentos por alcanzarlo.

Así que ya lo saben, muévanse e inviten a sus hijos a que organicen su apretada agenda marcada por los deberes escolares, el chat de WhatsApp y la videoconsola, para que quede en ella un espacio de tiempo para correr y saltar. Recuerden, si no, lo mucho que les puede ayudar esto a pensar y que pensar, después de todo, no está tan mal.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Cuento de Navidad




LA FOTOGRAFÍA



En un rincón sin árbol, sobre una mesa sin belén, bajo una ventana desde la que no se divisan paisajes nevados ni estampas pastoriles. Allí, entre la quietud que anuncia el silencio, moviéndose al compás de sus latidos, un sobre blanco tamaño cuartilla, el único inquilino de un buzón que había permanecido vacío, cubierto únicamente de polvo, durante el largo período en el que su dueño, el titular de la dirección postal, había estado fuera.



“Ya la abriré”, pensó mientras se deshacía de los bultos y abría el grifo del agua caliente. Lo giró con delicadeza, pero la resistencia del agua a correr, hizo que sus brazos, aún fatigados por el viaje, recobraran el vigor de décadas pasadas. Pero el agua, pese a su tozudez, no corrió, como no lo hace tampoco por los desiertos o los polos, allí donde no se la espera.



Al menos los retratos sí obedecieron a la fuerza con la que los tumbaba, con la palma o con el dorso, a veces también de una patada. Tampoco los cuadros se resistieron a su impulso, ni siquiera el último post-it que había escrito su madre antes de morir. “No te olvides de sacar la basura”,rezaba. Por si acaso, pese a que habían pasado más de veinte años desde que la enterrara, se acercó al cubo para cumplir, si fuera necesario, su última voluntad. Pero estaba vacío. Por un momento, aunque fugaz, sonrió, se alejó cinco pasos, manipuló el viejo adhesivo hasta darle forma y lo lanzó hacia el cubo encestándolo. “Aprende hermanito, algún día jugaré con los mejores”. Miró hacia abajo. Y no encontró a nadie.



Ahora su infancia, el único período verdaderamente feliz de su vida, se ceñía a borrosos recuerdos, escenas incompletas sesgadas por el paso del tiempo y la inmediatez del presente. Ya no era capaz de distinguir los rostros de sus compañeros de patio y de parque, las notas y los acordes de las melodías de esas canciones cuyos ecos resonaban hasta el alba, tampoco el contenido de los sueños de los que ahora sólo puede afirmar que no se cumplieron. Tumbado sobre el sofá, alargó el brazo para rescatar de la librería el viejo cuaderno Oxford que solía acompañar a su padre, ese inconfundible perfil chepudo vestido de gris que encontraba acomodo en el rincón más solitario y lúgubre de los pabellones donde jugaba.



Arrancada y parada en dos tiempos hacia izquierda para parar y tirar. Finalización en pérdida de paso con mano interior. Cien flexiones de castigo. Lanzamiento posicional cuarenta y cinco grados a tablero 28/30. Dos suicidios. En la portada su frase favorita, la que le repetía una y otra vez antes de cada sesión: No entrenes hasta que sepas hacer algo, entrena hasta que nunca puedas fallar. Al final, intercalada entre la última hoja y la contraportada, una fotografía en la que aparecía junto a su padre y a su entrenador en el año de juveniles. Calpe. 25 de mayo de 1984. Final del Campeonato de España.



Abandonó de un salto el sofá y, como renovado por una secreta inspiración, abrió y cerró con ímpetu los cajones de todos los muebles de la casa hasta que dio con un bolígrafo bic azul y un folio en blanco. Barrió con el brazo el polvo del viejo escritorio y se sentó en un sillón reclinable.



Querido entrenador:



Me da vergüenza dirigirme a usted después de tanto tiempo. No sé si ha pasado un siglo o tal vez sólo treinta años. Lo que es seguro es que se sucedieron avatares, idas y venidas, subidas y bajadas que me han colocado ahora en lo más hondo de las tinieblas. Cuando iba y subía, se lo reconozco, no tuve tiempo para compartir mi felicidad con usted. Todo era grato. Todo se hacía a mi manera. De hecho, si le hubiera escrito hubiera sido para decirle “se lo dije, todo va bien. No había por qué preocuparse”.



Seguro que sabe que gané dos campeonatos nacionales y que triunfé con la selección. Quizá le hayan contado que me casé con una modelo y que me fui a vivir con ella a la costa. Tuve dos hijos, Alberto y Manuel, y me fui a Italia justo cuando la LEGA era la competición que mejores salarios pagaba en Europa.



Fue entonces cuando, ganando de veinte a Rieti, en un partido en el que llevaba camino de anotar más de cuarenta tantos, mi rodilla dijo basta y se rompió de manera traumática. Al principio todo el mundo estuvo pendiente, se sucedieron las atenciones y los parabienes, los deseos de pronta recuperación y los mensajes de ánimo. Sé que uno venía firmado por usted. Mi madre me lo dijo, pues llegó a la casa donde ahora me hallo, pero debió de extraviarse en el camino a Italia.



Aquel año terminaba contrato (confiaba en que mi rendimiento me permitiría firmar por más dinero), pero nunca pensé que sería el último de mi carrera. A Casandra le sobraron horas para decirme que no quería estar con un parado, con un hombre que ya no podía hacer lo único para lo que se había preparado en la vida. Mi padre ya no me hablaba desde que le descarté como representante y le impedí viajar conmigo a Italia (en realidad fue Casandra la que me lo prohibió). Y a mi madre no la volví a ver hasta que me anunciaron que un cáncer terminal la consumía por minutos.



Llegué tarde, como siempre. Para enterrarla y pagar el sepelio con los pocos bienes que pude librar del divorcio. A tiempo sólo de sellar la casa de mi infancia y de comprobar que mi hermano era feliz como profesor de universidad en Bélgica.



Y ahora regreso para comprobar que todo lo inerte sigue en su sitio, para mirarme al espejo y encontrar, detrás de cada cana y en el abismo de mis pupilas, todo el tiempo que malgasté, todos los consejos que no quise escuchar mientras me creía dueño de mis circunstancias.



P.D. Le acompaño esta fotografía que acabo de encontrar. Le imagino algo más gordo y con menos pelo recorriendo los patios de los colegios y los pabellones donde juegan los chavales. ¿Qué tal está el nivel? ¿Hay algún chico que tire como yo?



Un saludo entrenador. Hasta siempre.



Jaime Aguilar #11



Dobló el folio por la mitad y respiró hondo. No tenía intención de acercarse al estanco más próximo a por un sobre, así que decidió reutilizar aquel que había osado visitar el buzón de su hogar. Lo abrió y lo vació sin hacer caso de su contenido. Tras tachar la dirección a la que venía remitido, escribió el nombre de su entrenador, el único dato cierto que tenía sobre él en estos momentos y lo dejó reposar sobre la mesa camilla del comedor confiando que alguien, algún día, pudiera hacérsela llegar.



Y entonces se dedicó por completo a su misión, la que le había traído de vuelta al hogar. Rescató de su pesada maleta un pastillero de plástico azul y vació el contenido en su garganta. Se ayudó de un poco de agua y se preparó para despedirse lentamente de su propia necedad, de décadas de sufrimiento baldío y desesperación. Se sorprendió al comprobar que el viejo reproductor de cd´s aún era capaz de llevar a cabo su función y tarareó unas pocas notas de jazz, la música favorita de su madre. Así, moviendo los pies al compás de esos ritmos sureños se recostó en el sofá donde se hallaba tirada la carta que había recibido y con los párpados decididos a cerrarse de un momento a otro, optó por echar un vistazo.



Era una simple fotografía con dos hombres ancianos agarrando entre ambos un balón de baloncesto rodeados por once hombres algo más jóvenes y de una edad parecida. Creyó reconocer el lugar, una sala cerrada con gradas de hormigón en el fondo. “Sí, fue allí. Ahora recuerdo”. Dio la vuelta al retrato y cuando el sopor ya se hacía insoportable acertó a leer el nombre de todos los compañeros que formaban parte del juvenil del club en el Campeonato de España de 1984 acompañados de una frase sentenciadora: “Jaime, sólo nos faltas tú”. Calpe. 21 de diciembre de 2013.

Cierre la puerta al salir (I)




Esta semana el mundo del fútbol se halla conmocionado ante la convulsión que han originado en el vestuario del Bayern Munich unas presuntas filtraciones sobre alineaciones y estrategias. Pep Guardiola, el entrenador, se ha mostrado contundente y amenaza con expulsar a los topos que pretenden socavar la estabilidad del colectivo.

Sirva esta anécdota para reflexionar sobre una cuestión de mayor enjundia cuyas consecuencias se extienden desde la élite hasta los cimientos del deporte a escala mundial. Imaginen, si no, un corral de comedias. Sobre el escenario, puntualmente todos los viernes, sacan a relucir sus talentos los miembros de una compañía de actores. Representan una obra en la que han invertido mucho tiempo. Nadie osa, al menos a priori, cuestionar el proceso y es que los asistentes, repartidos en diferentes pisos, separados tal vez por clase social y género, se saben ignorantes. ¿Quiénes son ellos para cuestionar la valía de los intérpretes, el ingenio y la dramaturgia de Lope o Calderón? Eso sí, una vez terminada la obra, si ésta no ha gustado, no dudarán en hacer valer su derecho tirando tomates, huevos o cuantas viandas pudiera acoger la alhóndiga del pueblo.

Pues bien, imaginemos que, de pronto, ese corral de comedias, ese lugar ideado para la distensión, se convierte de pronto en una corrala o patio de vecinos donde conviven los actores, los guionistas y el director de la obra de teatro junto con el herrero, el granjero, la hilandera, la tendera,... El guionista procura escribir de noche y el director se las ingenia para que los ensayos sean siempre a la hora en que las mujeres cocinan y los hombres trabajan. Sin embargo, se empiezan a observar cortinas corridas y miradas indiscretas. Pronto, la Carmen le habrá contado a la Isabel cómo es el día a día de la compañía y si la actriz que hace de princesa le parece una furcia, furcia será para toda la vida. Igualmente, que no se le ocurra al director alzar la voz en un momento de tensión porque ya se sabe: “Qué malo que es ese hombre, qué mal que trata a las niñas, con lo jóvenes que son”. Así, cuando llega el momento de la representación, ya no sólo será juzgada la ejecución, sino que entrarán en juego visiones subjetivas y prejuicios. Todo el mundo se sentirá capacitado para opinar pues todos creen saber de lo que hablan. Surgirán, además, adhesiones particulares, procesos de identificación y empatía con los protagonistas. Protagonistas que ya no serán profesionales ajenos a todo cuanto sucede, sino ídolos o villanos que, además de hacer bien su trabajo, deberán responder a toda una serie de expectativas. Ha nacido el derecho a opinar y ese eslogan que no por manido deja de ser falso de “el cliente siempre tiene la razón”.

Y de ahí la necesidad, hablo ya de baloncesto, de marcar distancias y dotarse de argumentos para poder mantener el relato del “tú no sabes, déjamelo a mí”. De ahí la necesidad de acreditar formación, diplomas. De ahí también la perversa obsesión por atesorar triunfos, triunfos que pueden ser derrotas a largo plazo, que pueden ser éticos o menos éticos, pero que son triunfos a fin de cuentas (CURRÍCULUM). De ahí, también, el imperativo de imponer una ley del candado entre el sector que, a nivel sociológico, más daño puede hacer al trabajo de un equipo de cantera: los padres.

El padre (la madre) no es un simple aficionado. No tiene por qué entender (aunque algunos sí que lo hacen) de dinámicas colectivas, reglas internas de vestuario o aspectos técnicos, aunque suele ser orgulloso y reclamar para sí un saber especializado basado en sus pachangas en el parque o en sus tiempos (remotos) como jugador de patio de colegio. Eso, si hay suerte. En ocasiones, en cambio, puede ser un experto psicólogo, un ex jugador de élite o un periodista, es decir, una verdadera autoridad en la materia. En cualquier caso, más allá de esta grotesca caricatura que he dibujado de los padres (muchos me vais a matar), no creo en un cierre corporativo, en un funcionamiento paralelo de lo que es el equipo en sí y de lo que Johan Cruyff vino a llamar el “entorno”.

Colaboremos, reforcemos actitudes positivas en el chaval, evitemos que escuche mensajes contradictorios y partamos siempre de la base de que todos, padres y entrenadores remamos en la misma dirección; de que todos, a fin de cuentas, queremos lo mejor para el hijo/jugador y para el equipo/grupo de amigos.

Por supuesto, no existe comparación entre el deporte de élite y el de cantera. Guardiola puede creer que lo mejor para la dinámica de su equipo es desenmascarar al topo y eliminarlo para siempre, pero también debe entender que, con las indecentes sumas de dinero que mueve el fútbol gracias al seguimiento generalizado, se debe a sus aficionados. Su política del candado tiene sentido cuando analizamos la porquería de prensa que se mueve alrededor, pero no cuando se le evita a los consumidores de fútbol poder acceder a un mayor conocimiento de sus ídolos. Es decir, Guardiola, como parte de un espectáculo sobredimensionado y muy bien pagado, debería estar obligado a vivir en el corral de vecinos y no sólo a actuar públicamente los fines de semana.

Sin embargo, en cantera, mi apuesta pasa por una “política” de confianza que debe partir, en primer lugar, de la ética y la formación de los entrenadores. Somos los principales responsables del progreso deportivo y personal de los chavales y por eso debemos invertir horas de nuestro tiempo en mejorar nuestras capacidades. Una vez suceda esto estaremos en disposición de poder demandar a los padres un espacio de autonomía para poder trabajar sin prisas y sin una orientación resultadista. Un espacio de autonomía que, como decía antes, no debe suponer un muro infranqueable, sino una red mallada a través de la cual los intercambios sean fructíferos, sobre todo, para el interés del menor.

Ésta es mi opinión y he disfrutado compartiéndola con vosotros. Ahora me gustaría escuchar las vuestras, ya sean imparciales o de parte.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS