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El curso que duró muchos años

 

Equipos Infantil Naranja y Cadete Blanco en Torneo Internacional de Santa Marta


El pasado 31 de marzo, el día después de una derrota del primer equipo del San Pablo Burgos en Valladolid, y en la previa de una visita a Ávila con la cantera, me automediqué un paseo sin rumbo por Salamanca, una de esas recetas mágicas que de vez en cuando curan el alma, aunque sea de forma provisional o con el riesgo de una recaída aún más fuerte como amenaza futura. Pese a todo, hacia las siete y media de la tarde, aún con sol debido a que de madrugada habíamos cambiado la hora, regresaba a casa apesadumbrado, no solo por el dolor derivado de aquel partido perdido, sino también temiendo las posibles consecuencias que podría traer. El paseo no había surtido el efecto buscado, pero, afrontando el último recodo del camino, doblando la esquina del bloque familiar, apareció Rubén, capitán y jugador de referencia de los equipos que entrené en el colegio Trinitarios, en la Avenida Filiberto Villalobos del Barrio San Bernardo, el lugar en el que aprendí a multiplicar, escribir, jugar al fútbol sala y entrenar, o algo parecido, baloncesto.

 

Y descubrí que a Rubén, con quien mantuve una estrecha amistad mientras ambos vivíamos en Salamanca, le va muy bien en la vida. No sin gran esfuerzo ha alcanzado un puesto de prestigio y responsabilidad en el oficio que siempre imaginó. El suyo es un caso de éxito de manual, pero también de éxito en el concepto machadiano, pues en su carrera hacia la posición que ocupa actuó siempre con una honradez exquisita y un corazón de oro. En fin, el encuentro con Rubén logró todo aquello que el Huerto de Calixto y Melibea, la Plaza de Anaya o la Calle Compañía no habían conseguido: sonreía de nuevo, volvía a desear ir a Ávila con los jugadores de cantera: renovaba así el derecho a ser y sentirme entrenador.

 

Aquel encuentro resume de alguna forma una temporada en la que he aprendido mucho de Lolo (Encinas), Jota (Cuspinera) y Jorge (Álvarez), entrenadores del primer equipo, hombres de baloncesto que han leído y andado mucho y, por ello, ven mucho (y bien) y saben mucho. También de todos y cada uno de los jugadores del primer equipo, maestros de la técnica y la táctica individual, muchos de ellos internacionales con sus selecciones, muchos de ellos hijos de los mejores programas de desarrollo de jugadores de nuestro país. Estar cerca, a pie de pista, me ha permitido observar con todo lujo de detalles los movimientos que hacen pensando y, más aún, los que realizan sin pensar en ese camino que va desde la necesaria consciencia hasta la bendita inconsciencia.

 

En esta temporada he conectado directamente con sesenta y cinco jugadores y, en muchos casos, también con sus familias. A los catorce jugadores que en algún momento de la campaña han formado parte del primer equipo he de sumar a los seis jugadores distintos que han pasado por el grupo de tecnificación y a estos veinte los cuarenta y cinco jugadores que han entrenado y jugado en Junior Blanco, Cadete Blanco e Infantil Naranja, cada uno en un estadio de su desarrollo distinto, con circunstancias personales y familiares también distintas. En conjunto, podría decirse que he asistido en vivo a una representación teatral de la adolescencia masculina y su evolución. He entrenado a chicos de doce años, menos de 1,50 y aproximadamente 40 kilos y a chicos de más de 1,90 (por no citar a los profesionales) y cerca de 95 kilos. Y he intentado ser lo que decía Whitman que somos: multitudes.

 

Probablemente, mi capacidad de multiplicarme y atender necesidades socioafectivas y también baloncestísticas tan diversas no haya alcanzado para alcanzar el ideal tomista de justicia de dar a cada uno lo suyo. Por fortuna, las redes sociales de cada equipo, en base a la actuación generosa y ejemplar de los líderes que han ido surgiendo durante la marcha, han hecho que su funcionamiento interno haya sido impecable. Hemos sido equipo en la victoria y, más aún, en la derrota, entre otras cosas porque hemos perdido más que ganado, al menos en el marcador.

 

No se engañen, hemos ganado mucho más que perdido en la medida en que los grupos han crecido en disciplina, entusiasmo, comprensión del juego, en la medida en que los individuos han crecido en disciplina, entusiasmo y comprensión del juego. No, no se me ha ido la cabeza: los individuos se han exprimido en favor del grupo para luego beber de la fuente común. Hemos conseguido igualar energías, conciencias y esfuerzos. Hemos valorado por igual la destreza y el sacrificio. Hemos hecho avanzar en paralelo al grupo y sus miembros.

 

Y yo también he ganado. Principalmente esa capacidad de ser camaleónico, de comprender mejor el baloncesto y sus necesidades conceptuales y didácticas al estar en contacto con realidades tan distintas. He ganado capacidad de comunicación, intentando conectar con generaciones tan distanciadas en el tiempo. He ganado a Roberto, Javier y Manu, compañeros de batallas, mucho más que asistentes. He ganado un sitio en el que poder crecer y seguir aprendiendo y he vivido en una ciudad que también es muchas ciudades y que todavía, al contrario que la Ítaca de Ulises, tiene mucho que ofrecerme. Y, por encima de todo, he multiplicado las posibilidades de encontrarme un día de marzo cualquiera, tras una dolorosa derrota, en cualquier eventual esquina cercana a mi domicilio, con Gonzalo, Dani, Pablo, Álvaro, Nicolás o Juan, y que me cuenten cómo les va la vida mientras yo sonrío y me olvido de la tristeza. Y renuevo el derecho a ser y sentirme entrenador.

 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Homo Deus

 


Ayer fue una de esas noches. Bajo el cielo estrellado del otro lado del parabrisas del autobús de Riojacar que nos trajo de vuelta a Logroño en la madrugada, me vi como Humphrey Bogart, Rick en Casablanca, reflexionando sobre lo poco que importan los problemas de dos o tres, o cinco, pequeños seres en este loco mundo. El autobús avanzaba desde la nada y hacia la nada más absoluta, aunque en el origen de su viaje hubiera un partido de baloncesto que ponía el punto final a una larga semana de trabajo que, tras tres intensas prórrogas, culminó con una decisión arbitral que esta vez no nos favoreció. Con el reloj a cero, los árbitros se vieron forzados a ser dioses y erraron como seres humanos que son, guiados por las emociones, con el intelecto en suspenso, de vacaciones, como cada vez que intervienen las emociones más primarias, puede que esta vez fuera el miedo. 

 

El deporte tiene estas cosas. Somos mercaderes de sentimientos, guías espirituales que intentan racionalizar todo lo que sucede para que luego el azar (una rueda pinchada, la cinta de una red de tenis), las decisiones de terceros o la genialidad de algunos jugadores especialmente talentosos nos expliquen qué fue lo que pasó (aunque nuevamente juguemos, a  posteriori, a racionalizarlo todo, buscando causas y efectos donde solo hubo circunstancia y acontecimiento). En una batalla como la de ayer, el entrenador a veces tiene que ponerse de perfil y observar cómo sus huestes se emplean en el campo de batalla regulando antes las emociones que la táctica, jugando a psicoanalistas y adivinos. Tanto trabajo para jugar a ser chamanes.

 

Las preguntas se agolpan. Lo hablaba con un compañero entrenador que ejerce el oficio de un modo distinto, amateur. Cuando tuvo la oportunidad de dar pasos hacia un futuro como entrenador profesional su visión cartesiana de la vida le recomendó no estar sometido a todos estos vaivenes de la fortuna. Quería desenvolverse en un marco más predecible y a priori seguro. Él es ingeniero y ha montado su propia empresa. Digamos que prefiere intentar ser dios antes que otros lo hagan por él, digamos que quiere que los aros sean un poco más grandes y la pelota algo más pequeña, trabajar a sesenta pulsaciones en vez de a ciento ochenta. Y en noches como esta, en fin, cómo no voy a entenderlo.

 

¿Cómo lo hubiera hecho Raúl? Este es un lema que siempre tenía en mente de adolescente, viendo al “7” del Madrid actuar en el campo con una actitud siempre modélica, mientras yo me volvía loco desde mi posición privilegiada como portero del equipo de mi colegio. Seguramente ayer tocaba dar la mano a los árbitros y desearles mejor suerte para la próxima ocasión, sin rencor alguno, con absoluta naturalidad, asumiendo que cuando la razón se ciega sus decisiones son tan imprevisibles como las de la red de Wimbledon. Pero estaba cabreado y les dije que su decisión era humana, pero cobarde, que lo sucedido me parecía tan evidente que no entendía cómo no podían haberlo visto. Sentía rabia, pensaba en las horas de trabajo, en las cinco horas de autobús que nos traerían de vuelta a Logroño para madrugar de nuevo en domingo lejos de mi pareja y mi familia. Me olvidé de Bogart y de Raúl. Tendré que ponerme otra vez Casablanca.

 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Focus, entrenador, Focus





No se engañe, querido lector, se dispone a hacer una lectura diagonal de este artículo. Es decir, va a cometer dos errores: por un lado ha seleccionado esta entrada entre el millar de artículos mucho más interesantes sobre esta temática y, por otro, va a dedicarle unos minutos de escasa atención, incurriendo en una lectura pobre, versión hermanada con la escucha pobre, uno de los males que señala Daniel Goleman en su obra Focus, de imprescindible lectura (lectura atenta y concentrada, me refiero), esta sí. 



De esta obra se pueden sacar innumerables conclusiones relacionadas con el funcionamiento del cerebro humano, esto es, del ser humano, en la medida en que a través de este órgano se programan todos los razonamientos y conductas, ya sea de una manera meditada o de otra más visceral. Una lectura atenta podría servirnos para la programación y planificación de las temporadas, los mesociclos, los microciclos y las sesiones, en la medida en que nos permite comprender el modo en el que se recibe una indicación y se gestiona la información, pero yo prefiero quedarme con todo lo que tiene de guía para los propios entrenadores, es decir, como manual de autoentrenamiento. 


Somos perezosos por naturaleza, ahorradores, si lo prefieren, pues por pura supervivencia tendemos a optar por la fórmula que demanda menor energía. Los entrenadores y el resto del mundo, sobre todo los aquejados de falta de pasión y de voluntad. De ahí que prefiramos seleccionar solo aquella información que confirma que estamos en el buen camino, que nos reafirma y mantiene nuestros niveles de agitación bajo control. Sin embargo, Goleman insiste en que el proceder propio de los expertos lucha, precisamente, contra la automatización de los pensamientos y la adopción de rutinas pues persigue, entre otras cosas, el ajuste de los modelos o esquemas mentales, algo que, si usted se detiene en la lectura de este párrafo y no ha pasado por encima, seguro que reconoce. 


Bueno, quiero decir, seguro que reconoce en la medida en que practique y se eduque en la autoconciencia, uno de los secretos del éxito que menciona Alan Stein en su obra Raise your game. La autoconciencia suele ser dolorosa y suele exigir, además, un grado de libertad de pensamiento muy elevado que Goleman define a través de la metáfora de la brújula interna. De lo contrario, es muy posible que caigamos en el gregarismo y que adoptemos de manera acrítica pensamientos grupales. Y es que huir de estos pensamientos grupales, y cito literalmente, requiere de metacognición, es decir, conciencia de la conciencia, de arrojar luz sobre lo que un grupo ha sepultado bajo la alfombra de la indiferencia o la represión



En todo caso, debemos admitir la dificultad de nuestra empresa. Muchas veces, ser un buen entrenador implica activar circuitos cerebrales contrapuestos, como los que refuerzan la concentración en estados de estrés emocional y aquellos otros, en cambio, que habilitan la empatía emocional y la intuición social. Por otro lado, los mecanismos de la percepción, también los emocionales, suelen ser ciegos a los sistemas, dificultando los análisis, la captación, comprensión y aplicación de información relevante. Qué difícil ser estrategas militares y tutores de jóvenes. Qué difícil manejar el estrés, tomar decisiones, mantener un nivel de concentración óptimo y, al mismo tiempo, contar con una conciencia abierta que nos permita evitar la reactividad más animal y los juicios precipitados. Liderar, en definitiva, en un sentido muy amplio de la palabra. 


De liderazgo habla también este libro de lectura obligatoria. Y la primera clave de un buen líder es acertar en la elección del marco, del enfoque, en la medida en que este va a determinar la realidad no solo del líder, sino de todo el grupo. Suya será la elección de la visión y los valores que motiven al conjunto de la organización y sus integrantes; suya también la determinación de la estrategia o atención grupal: qué metas perseguimos, cómo las vamos a materializar. Todo a través del análisis de una serie de datos a los que conviene interrogar sobre su procedencia y sobre las propias creencias que encierra el algoritmo que nos los proporciona.


Vuelva aquí, entrenador, aléjese de la especulación infructuosa, del chismorreo propio de las redes y reflexione de manera productiva, no al hilo de este artículo sobre el que ha posado su vista de manera anárquica, sino a través de la lectura del libro de Daniel Goleman, un libro que le hará comprender mejor los mecanismos aún poco explorados de la mente, en qué consiste una práctica inteligente o en qué debe basarse la intervención de un entrenador, por ejemplo, durante una sesión de entrenamiento. Un libro que comprenderán mejor si se toman el tiempo que yo no me he tomado en operar con el foco abierto (tras haber mantenido una atención cerrada) y dejar paso a los hallazgos fortuitos, las intuiciones creativas, aquellas de las que nos priva el día a día, “la catástrofe completa de la vida”, como cita literalmente su autor. 


Aprovechen que todavía es agosto y autoentrénense sin olvidar que las mejores organizaciones funcionan mejor bajo la ratio de 2,9 sentimientos agradables por cada sentimiento desagradable. Luego, hayan leído o no con la concentración necesaria este artículo, no se preocupen en exceso y hagan caso a Van Gogh: encuentra bello todo lo que puedas


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS


Si esto es entrenar

 




Hace muchos años me comentaba un entrenador amigo, citando al entrenador principal de su equipo, que entrenar es entrenar en el conflicto, y que si este no surge es necesario preocuparse hasta el punto de tener que provocarlo. Se asume que el ser humano es por naturaleza egoísta, perezoso, indisciplinado y se acude a métodos conductivistas para corregir comportamientos cuando las narrativas se vuelven insuficientes para convocar las voluntades y provocar o conseguir las mejoras oportunas. Y lo peor es que en demasiadas ocasiones estas pautas funcionan y demuestran su efectividad por la vía de los hechos. Somos animales, me comentan a menudo, no sé si como lección o recordatorio.

 

El deporte de alto rendimiento es así, una continua lucha por fracasar mejor. Son pocos los ganadores y es difícil medir las victorias que no tienen reflejo en el resultado. La sensación del trabajo bien hecho no soporta una derrota el fin de semana, aunque el equipo contrario fuera objetivamente mejor en términos de antropometría o talento. Es más, no siempre hay un traslado eficiente del trabajo del martes, el miércoles o el jueves al domingo: competir es otra cosa, me comentan a menudo, no sé si como lección o recordatorio.

 

Ser entrenador es someterse a constantes lecciones de escepticismo y pérdida de fe en el ser humano y los principios rousseaunianos. A veces parece cierto que fracasamos educando a los niños y por eso no queda otra que castigar a los hombres, y lo peor es que a veces se comprueba: no hay rendimiento (o eso parece) sin cierta acumulación de ira, desprecio o indiferencia. No hay relato, insisto, me alecciono e intento recordar, que justifique los esfuerzos, la disolución de la identidad que exigen los deportes colectivos y que no siempre el crecimiento de dicho colectivo sirve para explicar cuando no sabemos realmente por qué lo hacemos y somos incapaces de sentir los símbolos (el escudo, la ciudad…) como nuestros.

 

O puede que suceda lo contrario, y que la misión no sea suficientemente atractiva, aunque objetivamente llevar la nave a buen puerto suponga la supervivencia en términos laborales de los marineros. No sé si nos equivocamos al dar por hecho que todo jugador de deportes de equipo ha pagado, por el hecho de serlo, el peaje de ser generoso. Estaríamos asimilando, lo que es mucho asimilar, que lo que los condujo al baloncesto, o al fútbol, o al balonmano, fue el gusto por compartir, un instinto genuinamente altruista o solidario. Sabemos que no es así, que el germen fue egocéntrico, que al niño le gustó un deporte porque se emocionó al verlo (él, no sus amigos), porque lo practicó y se divirtió (él, no sus amigos) o porque encontró un rápido reconocimiento, interno y externo, a sus competencias y habilidades. A las suyas y de nadie más.

 

Estas ideas que quieren convertirse en certezas me tienen dividido. No me gustan las estructuras, las instituciones, las religiones, los colectivos. Comprendo la necesidad de vivir en sociedad y la existencia de todas ellas, la filosofía que las inspira y apoyo alguna de sus reclamaciones, sobre todo cuando están destinadas a mejorar la vida de los individuos. Y, sin embargo, siento que muchas veces entrenar es crear una estructura por encima de las alargadas sombras de los hombres (y las mujeres) y que el equipo es una suerte de deidad en la que los jugadores tienen que creer con independencia de que se compartan, o no, las lecturas sagradas.

 

Inspirar y educar llevaría demasiado tiempo, tener un diálogo abierto y sincero con todos los miembros de la colectividad, acudir cada poco al 3ºH, no solo a por sal o aceite, es casi inviable en términos de eficiencia, así que nos vemos obligados a homogeneizar, crear estructuras, categorías, ampliamente injustas, como lo son todas en sus márgenes. Y toca tratar como animales, claro, a los niños que no fueron educados. Castigarlos para sacar rendimiento, sentarlos a rezar mirando a La Meca o en el Muro de las Lamentaciones para conseguir esas victorias que lleven la nave al puerto indicado. Y es así, me comentan, no sé si como lección o recordatorio.

 

Pero uno duda, aunque la duda sea enemiga del rendimiento y ganen siempre los chicos duros de la clase, los que menos piensan o mejor se engañan. Y renuncia al silbato a la hora de entrenar porque en el principio fue el verbo y porque el lenguaje, junto al uso de las herramientas, es la principal nota distintiva de nuestra subespecie. Y al pavlovianismo como método de mejorar el rendimiento porque no sé si determinados medios justifican determinados fines, aunque medie una relación contractual, un pacto que se firma en la quietud del verano y que debería firmarse, para garantizar su validez, al concluir una serie de diez suicidios.


Y se pregunta si esto es ser entrenador. Si puede serlo. Si quiere serlo. Si merece la pena. 

 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS


El adiós de un buen maestro

 




Los buenos maestros no ejercen de maestros, recordaba Andreu Buenafuente en una entrevista reciente con Álex Fidalgo, citando un consejo, que no era tal, de su buen amigo Karlos Arguiñano. O no deberían, coincido con Buenafuente, partiendo de los principios de modestia y humildad que encarnaban, precisamente, los buenos maestros, los de antaño, guiados por una vocación impenitente que actuaba como única recompensa a sus esfuerzos.  

 

Los buenos maestros, añadiría, no son conscientes de que lo son. No tienen tiempo para autoafirmarse porque siguen en la búsqueda, continúan en la senda, explorando la naturaleza, indagando en las lecturas, estudiando sin que nadie se entere. Sin que necesiten que nadie se entere. Los buenos maestros no están seguros de nada, de ahí que duden, de ahí que expresen y transmitan ciertas dudas y que necesiten la complicidad de los alumnos, de los buenos alumnos, cuando, al borde del abismo, otros, muchos otros, se limitarían a empujarlos enterrando así a la duda y al que duda.

 

Zidane es un gran maestro. Porque no ejerce, porque es humilde, porque en él es fácil seguir viendo al niño que empezó a patear balones en los barrios de Marsella y no al producto que Adidas convirtió en ZZ, lo que no ocurre en muchos otros casos. Zidane es un buen maestro porque no se preocupa en autoafirmarse, porque respalda siempre a los jugadores en público y los reprende, estoy seguro, en privado. Porque durante cinco temporadas ha sabido rodearse de cómplices que, al borde del abismo de las dudas, lo tomaron del hombro, lo miraron a los ojos y se confabularon para seguir luchando unidos.

 

Zidane es un buen maestro porque sabe que el Madrid estaba antes que Zidane, y el fútbol antes que el Madrid y que Zidane. Y la comunidad antes que el fútbol, que el Madrid y que Zidane. Y así hasta remontarnos hasta el núcleo primero de este milagro que es la vida. Y por esto era y seguirá siendo, aunque no ejerza, el entrenador perfecto para un club llamado a padecer megalomanía, con más o menos fundamento: Zidane bajó del cielo de Glasgow aquel balón y ha hecho lo mismo con su ego y el de todos sus jugadores.

 

Contra lo dicho anteriormente, me atrevo a decir que el fútbol, y el deporte, y la sociedad, incluso, necesitan a Zidane: su normalidad, su prudencia, su sonrisa desprovista de ironía como respuesta a la provocación maledicente de los mediocres portavoces del morbo y los morbosos. Su amor primigenio y agradecido a lo que hace, al fútbol, el modo tranquilo con el que ha ido redimiéndose de aquellos accesos de rabia que revelaban un primitivo rencor hacia el que jugaba con el fútbol, su querido fútbol, de manera mezquina e insidiosa.

 

Disfruta del retiro, Zizou. Tú, que de adolescentes nos hiciste creer en los cielos gracias a tus controles imposibles, y que ahora, ya de adultos, nos elevaste a la superficie desde los inmundos cenagales en los que el fútbol, como espectáculo, se empeña en sumergirse de la mano de dirigentes, técnicos y jugadores que ya olvidaron el primer día que patearon un balón, algo que tú nunca has hecho.

 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Diario de un encierro. Día XLI





Lo que tiene de ciencia, lo tiene de tómbola. 


Hoy traigo sentimientos contradictorios. Por un lado, dos amigos parecen estar cerca de llegar a un acuerdo con su club y renovar con ciertas garantías, y me alegro un montón por ellos. Por otro, no un amigo, pero sí un gran tío al que estaba empezando a conocer, anuncia que sale de un club en el que ha conseguido los objetivos a base de ganar, ganar y volver a ganar. No conozco los motivos, pero este es el fino hilo de una profesión con contratos anuales, resultados basados en un alto porcentaje en el azar y en otros aspectos incontrolables y en la que es más fácil pulsar el botón de cese que el de la gestión y el replanteamiento.

Avanzada ya la cuarentena, cuarenta y un días reza este diario, la primera pregunta que me hago es si me gusta tanto, sí, si me gusta tanto esto. Me siento incapaz de mirar con lupa los detalles, será que soy un amante de las abstracciones, aunque baje a lo concreto para describir el estado de las cosas, y el del alma. En mi caso, cuando el sabio señale a la tierra, a un fantástico crossover, a un magnífico hip swivel o a un pronunciado sweep and Sway, seguramente me coja mirando a la Luna, ¿no era así la fábula de la necedad?

De pequeño, el tercer trimestre era siempre el de la geometría. Había que montar sólidos en tres dimensiones de distintos poliedros o figuras de revolución, creo que las llamaban así. Y pintar mediatrices, bisectrices a rotring, para que equivocarse fuera la gran hijoputada de aquellos tiempos, vaya usted a saber por qué. Lo cierto es que era el trimestre que menos me gustaba, un doble por aquí, recorte por allá, haga así con el compás, pinche usted aquí. Y ostrás, será porque nos acercamos a mayo y estamos inmersos, precisamente, en el tercer trimestre, pero no veo más que triángulos, bisectrices y ángulos agudos y obtusos en muchos de los clínic que sigo.

Y bueno, si a cambio establezco relaciones, me empapo de un deporte que discurre en paralelo de la historia de muchos países, especialmente Estados Unidos, que pone ante el espejo al hombre y todos sus debilidades, pues me place, me gusta y hasta me siento realizado sacando del estuche la escuadra y el cartabón. Pero ni la deriva matemática ni la arbitrariedad nada creativa ni sesuda con la que discurren muchos directivos me atrae demasiado. Y eso que suelo caerle bien a las abuelas.

Porque mis amigos, los que renuevan, han hecho un trabajazo y es justo que sigan y los consideren parte importante del proyecto, pero el tío al que no renuevan, vaya usted a saber por qué, también, he sido testigo de ello. En fin, brindo por ambos, por que los primeros sigan dándole un sentido al día a día y trabajando con ilusión en el desarrollo de individuos y colectivos, en ese orden bajo mi punto de vista, y por que el segundo encuentre una segunda casa, donde lo quieran un poquito mejor, o por que lo mande todo al pairo y sea más feliz.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Contra el entusiasmo





Desde el primer momento vi en aquellos chicos, en sus aptitudes atléticas y en su voluntarioso afán por mejorar, también en su enorme corazón adolescente, a jóvenes a los que el baloncesto les podría ayudar a canalizar su inmensa energía. El magma de que se componían sus almas, rebeldes y en cierta medida cautivas, podía correr como lava quemando su propia piel o solidificar como basalto que cimienta un volcán. Los conocí una tarde de septiembre, jugando al fútbol sala como diez individuos solitarios que se juntan en torno a una ruleta y apuestan su suerte al rojo o al negro. Aún sigo viéndolos, de vez en cuando quedamos a cenar, pero ahora forman una unidad sentada junto a la llama que alumbra los recuerdos de aquellos tiempos en los que fueron un fantástico equipo defendiendo una misma canasta, pasándose un único balón (es lo que lo hace tan especial).

Los tres años que entrené en el Colegio Trinitarios, alma máter que dirían los americanos, fueron magníficos. Muchos de esos chicos son hoy mis amigos. Nos hacemos confidencias, intercambiamos opiniones y consejos (pocos) y vamos bregando, como podemos, con los envites de la vida. Cuando nos va mal, como si nos trasladáramos de pronto al sillón de una famosa teleserie norteamericana, echamos mano de la memoria de aquella remontada, o de esa otra actuación inverosímil, y de la anécdota, esa anécdota, que jamás olvidaremos.

Tanta pasión para nada, que diría Julio Llamazares. Trescientas horas si acaso, siendo generosos, si en la comunidad autónoma en la que tuviera que ejercer de entrenador, copiaran las legislaciones de Cataluña y Madrid, lo que terminará sucediendo, y fuera necesario demostrar una experiencia profesional ante esa Corte Suprema de la Burocracia Mediocre y Absurda que, de repente, ha declarado que nuestros títulos y nuestras actividades de formación complementaria, avaladas por la Federación Española de Baloncesto e impartidas por profesionales de indudable conocimiento, son mero papel serigrafiado, un adorno en nuestras paredes, una postal de Benidorm (Zaragoza, en este caso) que deberá ser homologada por una más cara (tal vez de Dubai). No sé cuantas mil horas en una profesión que nunca lo ha sido, con contratos que reducían el tiempo efectivamente empleado para que los colegios y clubes, de presupuestos modestos, pudieran hacer frente a las obligaciones con la Seguridad Social y uno, rey de los gilipollas, cumpliera su sueño de entrenar baloncesto.




Lo lamento, pero aborrezco que los estados, representados por sus técnicos de puro y gabardina, o blusa y cigarro, contribuyan con sus omisiones a depauperar actividades económicas y luego las regulen con puño de hierro. No se puede deforestar una ladera y pedirle al eucalipto que sea roble o castaño. Lo que pudiera parecer un saludable ejercicio de fumigación y desintoxicación de las cloacas (la regulación de una profesión) es, por contraste con la fría y dura realidad de los hechos (presupuestos paupérrimos, sueldos irrisorios, ausencia de estructuras), una muestra de arbitrariedad inadmisible que nos lleva a pensar que detrás de las nuevas exigencias de homologación y convalidación de títulos, de esta esterilización de la aguja en el pajar, no hay más que un afán recaudatorio.

Pero no quiero detenerme en los pasajes jurídicos, en los vericuetos de este lenguaje administrativo que nos deja mudos ante un uso tan mezquino de un idioma tan bello como el español. Lo que más me asombra, a fin de cuentas, es que a todo lo llamen oficio o profesión, que estos legisladores ateos todo lo quieran reglar con severos versículos que dictan lo debido o lo apropiado y se atrevan a llamar ciencia a lo que no es más que el germen de una contradicción. No niego que haya una faceta que nos equipare a carpinteros o arquitectos en las fases de programación y planificación ni desecho el valor de todos aquellos conocimientos relacionados con el juego y sus afueras, lo que avala las largas jornadas de observación y estudio. Pero si algo me sigue fascinando en toda esta labor de entrenar es el apartado artístico, ligado con la seducción y la manera de conectar con las personas, con sus debilidades y fortalezas, traspasando su armadura de bronce.

El baloncesto es logos, sí, pero también ética y pasión (ethos y pathos), retórica del dribling, el pase y el tiro, agon en la defensa de la causa de esa pequeña polis que es el equipo, ludus ante todo, por fortuna. La cancha es domos (hogar) y es escuela (gymnos y liceo), y como tal se basta para decidir quiénes son dignos de comer en su mesa y enseñar en sus aulas. El baloncesto es una cosa griega que se aprende con método socrático, preguntas y diálogos, maestros, mentores y discípulos y no francesa: ni códigos ni enciclopedias. Así, al menos, lo concibo, queden estas palabras como prueba aunque me pliegue a estas y otras sandeces, homologue mis títulos, pague mis deudas y guarde, por lo demás, silencio ante esta y otras tantas injusticias que golpean el hígado de los entusiastas y detienen el pulso de las naciones, el que un día, cada vez más remoto, latía en el corazón de un niño que jugaba a la pelota.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Ocho años, mayor de edad



El pasado 23 de junio este blog cumplió ocho años de vida cibernética. Ocho primaveras dejando constancia de las andanzas baloncestísticas de quien lo redacta, no solo a través de los textos diarísticos o autobiográficos, también con los artículos de opinión y toda la miscelánea genérica de la que se ha alimentado tratando, en cualquier caso, de mostrar responsabilidad y gratitud hacia los casi trescientos mil visitantes que han querido curiosear sus tapas virtuales, su lomo invisible.

Ocho años que no pretenden ser la crónica de una década que empezaron dominando los Lakers y el Barcelona y que ahora gobiernan los Warriors y el Madrid, de un período en el que Lebron (con billete para Los Angeles) cruzó el país de este a oeste con escala en Cleveland y en el que vimos envejecer de forma muy distinta a los Junior de Oro, con Felipe Reyes siendo cada día mejor, Gasol estirando su inagotable dosis de talento y otros, en cambio, retirados o pidiendo la hora. Ocho años que han consolidado la fortaleza del baloncesto femenino en nuestro país, una fortaleza que, redondeada con múltiples medallas internacionales, ha hecho palidecer una estructura que al fin parece haber captado el mensaje y anuncia nuevos tiempos.

Cuando comenzaba con la redacción del primer artículo éramos todos muy distintos. Yo, por ejemplo, entrenaba en el Colegio Trinitarios, disfrutaba ensayando metodologías con chicos a los que aún intento reunir para fomentar el sentido de comunidad que el baloncesto, como lugar de encuentro, debe propiciar. Al igual que ahora, pero de un modo mucho más natural, el baloncesto era el mecanismo de expresión que mejor cubría mis demandas. Este deporte, a priori banal, me permitió liberarme de la máscara social, del paso rutinario de los días. En la banda ya intentaba inculcar aquello en lo que aún creo, por mucho que el mundo fuera, y siga yendo, en dirección contraria.

Ocho años después lo correcto me sigue pareciendo un lastre que arrastramos como herencia. Lo correcto estandariza, nos robotiza en un tiempo en el que ya sabemos que habrá androides mucho más hábiles y diestros que nosotros. Yo lo soy por exceso, lo sé, aunque el camino que sigo es justamente el de un desprendimiento. Un desprendimiento no solo de costumbres y máximas que asimilamos sin derecho a crítica, también de todos los vicios del espíritu que nos impiden entregarnos en esa plenitud que alcanza el que nada espera o ambiciona, aunque solo sea en instantes muy precisos, en una fecha y hora concretas; los suficientes para justificar una vida.

Por eso mismo, al soplar las ocho velas de la tarta, solo pedí memoria. Memoria para recordar el error y no volver a cometerlo, al menos por ignorancia. Memoria para tener presente dónde y cómo empezamos, cómo éramos, por si lo mejor no es siempre evolucionar o cambiar, sino ser lo que fuimos o regresar. Y memoria, por supuesto, para resucitar a través de esos instantes que impregnaron nuestras camisas, embadurnaron nuestras pizarras y nos hicieron derramar alguna lágrima de satisfacción.

De todos ellos seguirá alimentándose este blog, aunque sea en dosis cada vez más puntuales, con motivo de nuevas aventuras que exigen, para sí, su propio tiempo. Una de ellas es Sport Coach Academy, una empresa que oferta formación continua y online para entrenadores y en la que colaboro en la parcela de comunicación, haciendo algo parecido a aquello que llevo ocho años practicando en vuestra compañía: generar debates sobre baloncesto, colocar espejos planos, o deformantes, delante de sus múltiples caras, transmitir emoción y pasión, motores del mundo.



Allí os espero para seguir cumpliendo años y cubrir etapas sin descontar ningún día del camino por intrascendente o insulso. También aquí, en este blog que se ha hecho mayor de edad y purga los males de la adultez poniéndose al día con sus amigos muy de vez en cuando, muchas menos veces de lo que me gustaría.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

La orfandad del autodidacta


Debió de apiadarse al ver que todas las bolas salían disparadas a la derecha con efecto de slice. A mis diecisiete años, recién iniciado en el golf por una especie de ingenuo enamoramiento, aún no era consciente de que la velocidad de desgiro de mi cuerpo era superior a aquella con la que el palo se desplazaba alrededor del mismo para impactar con la bola, de forma que siempre la alcanzaba con la cara abierta y hacia la punta. Yo solo quería imitar a los profesionales que veía en la tele, especialmente a Sergio García, un genio con un swing heterodoxo y extravagante; un mal ejemplo para un principiante, ahora no me cabe duda. Entonces llegó Dani, el profesor del club, juntó mis piernas y me obligó a hacer el swing sin desplazar el peso hacia la derecha, simplemente haciendo girar el palo en torno a mi tronco. Las bolas empezaron a salir rectas, con altura, bien golpeadas. Un mes después, tras verme realizar tres buenos movimientos y dar tres golpes largos y rectos, me invitó a pasarme por la casa club a firmar mi licencia federativa. Sin embargo, aquella solución que por momentos creí universal no me sirvió aquellas otras tardes en las que la bola salía baja y a la izquierda, topada o taconada provocando en mí una profunda desesperación.

Tampoco tuve entrenador en mi época como portero de fútbol sala, un puesto al que llegué por incompetencia pero en el que terminé sintiéndome profundamente realizado. Durante muchos años disfruté ordenando la defensa, siendo el último baluarte del equipo. En ese tiempo recibí consejos de todo tipo, a veces contradictorios y terminé desarrollando una suerte de instintos que me permitieron manejarme con cierta soltura y oficio bajo los palos. Sin embargo, echando la vista atrás, admito que me hubiera gustado contar con alguien que me acompañara en una de esas mañanas en las que la inspiración me dio de lado y la materia con la que están hechas mis manos parecía ser fácilmente traspasable por los balones del oponente.

Aprendí a jugar al baloncesto tratando de imitar a Herreros, Villacampa o Raül López, como un borracho que se cree Paul Newman abordando a una bella mujer a punto de que cierre el bar en el que consume su vida. Repetí muchas veces movimientos de forma inadecuada, desde una percepción equivocada de mis sensaciones corporales, creyendo estar ejecutando un gesto perfecto y no la contorsión circense (no precisamente de trapecista) que en realidad estaba llevando a cabo. A pesar de todo alcancé el límite de mis posibilidades, me divertí jugando de base con algunos amigos y acumulando ciertos méritos en ligas provinciales. No fantaseo con un presente mucho mejor de haber estado a las órdenes de Obradovic, pero sí hubiera querido que me hubieran ayudado a interpretar las claves motrices, técnicas y tácticas que veía en la televisión. Coño, y que me hubieran dicho que no podía tirar en suspensión como Tracy Mcgrady desde mi mucho más modesto 1,77 y mis veinte centímetros de salto vertical.

Y ahora quiero ser yo el entrenador. Enseñar sin haber sido enseñado, demostrar desde el orgullo con el que siempre abordé el autoaprendizaje que todo es posible, que no hay saber esotérico que quede fuera del alcance de quien tenga la motivación suficiente, la imaginación necesaria, el tiempo y una obstinación casi patológica. De ahí que mi método no pueda tener escuela, beber de fuente (o botella de ron) alguna, recordar a nadie más allá de a Nacho Iglesias, con quien tuve la suerte de coincidir una temporada en Santa Marta. Y lo echo de menos, sí. Echo de menos tener a quién llamar en esas noches en las que nada funciona, en las que el método no se traduce en aprendizaje y el fundamento no llega al entendimiento del chico que entrenas, de lo que te percatas cuando comprendes, con diez años de retraso, que su gesto técnico se parece al que hacías cuando en el parque pensabas que eras Kobe Bryant.


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El arte de entrenar






Cuando uno comienza a entrenar equipos en el patio del colegio se dedica a solventar problemas, a plantear retos inconexos a sus jugadores, a trasladarles una visión del baloncesto necesariamente parcial. Son días de inventar sobre la marcha, de probar lo último que se ha visto o leído y de transmitir una pasión ingenua que puede, o tal vez no, sobrevivir en el tiempo. Entonces uno carece de método –tal vez ni siquiera se haya planteado que pueda existir uno–, desconoce el destino y, por lo tanto, le da igual cómo sople el viento y hacia dónde orientar sus velas. Repite dinámicas que ha probado como jugador o traslada a su realidad, y sin adaptación alguna, el entrenamiento individual del último MVP de la NBA y, a pesar de todo, por estar cerca de sus jugadores en términos de edad y aspiraciones, por gozar de un entusiasmo que aún no ha sido puesto a prueba por las dificultades propias del camino, engancha a los chicos.

Pasados unos años aprende, a base de acumular experiencias, qué es lo que hace falta para dirigir un grupo, crear un equipo competitivo y, por eso mismo, se dota a sí mismo de un plan y un método, en prácticas ambos, como es lógico. Adquiere también una mente analítica que va más allá de lo que está sucediendo en apariencia y reacciona con mayor prontitud ante los retos, de todo tipo, que inevitablemente surgen a lo largo de una temporada. Poco a poco, a través de charlas, diálogos con otros entrenadores, visualización de partidos y autocrítica va conociendo el oficio y adquiriendo una mayor variedad de respuestas. Así, al final de un largo proceso, con avances y retrocesos, ensayos y errores, convivencia con la presión exterior, pero también interna, podríamos llegar a hablar de un entrenador.

Si además se cuenta con un carisma especial, un don para la comunicación y la motivación, un conocimiento profundo del alma humana y de todos y cada uno de los fantasmas que la rodean; si uno tiene una capacidad por encima de la media para encajar los golpes, asumir los fracasos y extraer energías de la propia desesperación y, además, se alía con su causa el azar, estaremos hablando de un gran entrenador en términos profesionales. De un entrenador de talla mundial, capacitado para entrenar en ligas internacionales, universidades norteamericanas (si además aúna las virtudes éticas y disciplinarias propias del maestro) e, incluso, en la NBA.

Pero permítanme que reserve una categoría especial para aquellos que conciben, o concibieron, esto de entrenar como algo casi místico, una suerte de actividad artística desligada, si acaso, de alguno de sus cánones fundacionales, pero análoga en muchas otras de sus características. Aquí estaría el entrenador “genio”, enfermo del detalle, escultor incansable de piezas impolutas, que concibe su oficio como un ejercicio inevitablemente moral y deudor del que en el pasado ejercieron los grandes maestros a los que, por respeto, no aspira a imitar. Para ellos no importa tanto el método o el plan, pues lo dominan hasta tal punto, como la filosofía que quieren inspirar a través de su obra baloncestística. Y esta filosofía es la de la perfección.

Todo ello tras leer unas magníficas palabras que firma Stefan Zweig dedicadas a Arturo Toscanini, de las que rescato algunos párrafos que me hicieron pensar en todos los genios a los que he visto entrenar, aunque haya sido en televisión. Pongan ustedes, si quieren, los nombres.

Toscanini odia la conciliación en todas sus formas. Desprecia en el arte como en la vida la gentil conformidad, el compromiso, el mísero darse por satisfecho (…). Toda voluntad que se obstina continuadamente en alcanzar lo inalcanzable y en hacer posible lo imposible, logra en el arte y en la vida un irresistible poder.

Tan pronto como la voluntad de Toscanini se vierte sobre una obra, adquiere de inmediato el poder de su santo terror, una fuerza que primero paraliza el sentimiento extasiado y luego empuja hacia mucho más allá de sus propios límites. Con la potencia de una descarga agranda, como quien dice, el volumen sensitivo musical de cada persona fuera de la medida en vigor hasta entonces; aumenta las fuerzas y posibilidades de cada músico y, casi diríase, aún la del instrumento muerto

Ensayar no significa para él crear, sino nada más que adaptar los elementos a esa magníficamente exacta visión interior, pues Toscanini siempre ha terminado ya su labor plástica cuando los músicos inician la suya

¡Trabajo de titán, empresa aparentemente imposible: un grupo de temperamentos y talentos heterogéneos llamado a sentir y a realizar con fidelidad fotográfica, fonográfica, la visión general de uno solo! Pero precisamente esa tarea, aunque mil veces ya realizada con gloria, constituye el goce y el martirio de Toscanini; y todo el que venera el arte en sus formas más elevadas como manifestación de lo moral, percibe cual inolvidable lección el asistir a esa manera de transformar, por asimilación, una multitud en unidad, y de elevar lo informe, con fuerza tensísima, a la perfección.

Se hace el silencio, rodéale aferrado un vacío, y en ese silencio óyese la voz de Toscanini, un cansado, un malhumorado: “¡Ma no! ¡Ma no!”. Suena como un suspiro de desengaño ese reproche doloroso. Algo le ha despertado, ha desilusionado a su visión; el sonido vivo que vibraba perceptible a todos no era el mismo que él, Toscanini, había oído con su órgano interno. Muy tranquilo aún, atento, dominador, trata Toscanini de explicar a los músicos su modo de ver. Después levanta la batuta, se recomienza en la parte imperfecta, y ya la ejecucion se acerca más a lo que interiormente desea, pero aún no se ha logrado la última concordancia, aún no se ajusta la ejecución orquestal del todo a la visión interior. Vuelve Toscanini a golpear, interrumpiendo; su explicación es ya más agitada, más apasionada, más impaciente; deseoso de claridad, se hace más explicativo y, poco a poco, desarrolla todas las fuerzas de la convicción, y el don gesticulativo del italiano se convierte, en su cuerpo magníficamente expresivo, en verdadero genio.

Sírvese con creciente apasionamiento de todas sus fuerzas de convicción, pide, conjura, mendiga, reclama, gesticula, cuenta, canta, se transforma en cada uno de los instrumentos que se propone animar; se forman en sus manos, visiblemente, los movimientos que deben realizar los que tocan los instrumentos de cuerda, de viento y de percusión. Y un escultor que quisiera representar simbólicamente la expresión humana de ruego, impaciencia, ansia, tensión e insistencia, no podría encontrar un modelo más maravillo que el de esos gestos formadores de sonidos que realiza Toscanini.

Pero cuando a pesar de su animación, de esa nerviosa manera de hacer visible, la orquesta sigue sin comprender y sin alcanzar su visión personal, la pena por esa imperfección humana, por ese no-alcanzar, se convierte en Toscanini en verdadero dolor.

Este espectáculo de la lucha resulta más y más conmovedor cuando Toscanini pretende arrancar a los músicos la última, la extrema forma de la obra, aquello con que él soñara y que él escuchara en las esferas. Su cuerpo se estremece de emoción, tiembla como un luchador durante la pelea, su voz se vuelve ronca de tanta animación, el sudor corre por su frente; después de esas horas inconmensurables de trabajo infinito parece siempre envejecido, exhausto; pero él no cede ni una pulgada de la perfección, de su soñada perfección. Empuja y exalta con una energía constantemente renovada hasta que, por fin, la masa de los músicos se ha convertido íntegramente en expresión de su voluntad y, su visión, intachablemente en obra.


Nunca goza el presumido bienestar, nunca lo que Nietzsche llama “la dicha parda” de la distensión, del estar encantado de sí mismo. (…) Lo consume un indómito anhelo de siempre renovadas formas de la perfección, y no es de modo alguno una pose de artista en ese hombre sincerísimo cuando al final de cada concierto, en medio de aplausos tumultuosos, se retira del atril como una mirada cohibida, avergonzada, tímida y sorprendida, y cuando agradece el entusiasmo atronador de la multitud a disgusto y solo para cumplir con la urbanidad. 



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¿Qué tal, entrenador?




La pasada semana quise emplear el espacio de la columna que todos los jueves escribo en el diario digital Salamanca RTV al día para hablar de la relación entre los jugadores y el entrenador, entre este y cada uno de ellos. Una relación que va más allá de lo deportivo, de las tiranteces del día a día, de las victorias y las derrotas y hasta de los desencuentros generacionales.


Al iniciarse en todo oficio es bueno contar con referentes. La osadía está bien, pero cuando carece de fundamentos deviene enseguida en ignorancia. Los míos, sin duda, se encuentran en el baloncesto universitario norteamericano, allí donde los preparadores, entrenadores, técnicos, o como se les quiera llamar, además de formar para la competición hacen las veces de tutores, de guías formativos y espirituales. John Wooden y Mike Krzyzewski estarían en el primer lugar de la lista.  

Poco antes de morir, de los ciento ochenta chicos que jugaron en sus equipos, John Wooden, el entrenador más laureado del baloncesto universitario norteamericano, conservaba relación con ciento setenta y dos. La mayoría lo llamaban semanalmente para preguntarle por su estado físico deseando, secretamente, poder recibir una nueva enseñanza –tal vez la última debido a su precario estado de salud– de quien fuera su maestro para poder transmitírsela a sus hijos. Y, de nuevo, como si no hubiera pasado el tiempo, su viejo entrenador les citaba las mismas palabras que les recitara a modo de sermón en su primer día en la Universidad de California Los Ángeles (UCLA): No mientas, no hagas trampas, no robes; gánate el derecho a estar orgulloso.  

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Dilemas del entrenador de baloncesto II





Que la vida es una sucesión de dilemas me lo ha venido a recordar el lúgubre paisaje de la estación de autobuses en la que me hallo y que rápidamente he asociado con una de las secuencias iniciales de una de las películas de mi vida, el Buscavidas. En un andén como éste, lugar de paso para las almas errantes, Eddie Felson, trilero del billar, borracho, arruinado y fracasado, se enamora de una chica desprovista de pasado y de futuro junto con la que va a vivir una lujuriosa bacanal que culminará en un trágico desenlace. No, antes de que se lo imaginen, el luctuoso final no fue una disposición del destino. Fue una consecuencia directa, aunque no inevitable, de sus elecciones (y si no han visto la película, ¿a qué están esperando?).

Atendiendo al buen recibimiento que tuvo la primera edición de los dilemas e intentando que los supuestos que me inspire esta triste localización den aún más de sí que los anteriores, dejo aquí mis propuestas con el ánimo de establecer el debate y dar que pensar (lo siento).

Dilema V. Límites en la explotación del mal ajeno. Te enteras por la prensa (niveles profesionales) o por habladurías (niveles de aficionado) que el mejor jugador rival padece intensos dolores en la cara externa de la rodilla derecha como consecuencia de un golpe recibido en el partido anterior. Cuando está caliente apenas nota el dolor, pero en cambio, si lo golpean, no lo puede resistir. ¿Informas a tus jugadores de este hecho y aconsejas que de vez en cuando fuercen algún contacto con la rodilla de su oponente? ¿Evitas mencionar este hecho y actúas como si no lo conocieras? ¿Hasta qué punto se pueden explotar las debilidades del rival? ¿Acaso no tratas de alterar el equilibrio anímico de los jugadores que son débiles mentalmente? ¿Hay diferencias entre explotar una debilidad asociada a una lesión física y hacerlo sobre un punto débil de origen psicológico? ¿Acaso no es este un problema del entrenador del equipo contrario? Si le duele que no lo alinee, ¿o no es así?

Dilema VI. La naturaleza de los medios empleados. Un amigo tuyo, colega de profesión, ha grabado sin consentimiento expreso la última sesión preparatoria de tu rival en la final del campeonato autonómico en la que, con toda seguridad, han incluido recursos tácticos destinados a frenar tus armas ofensivas, amén de algún sistema nuevo que no has podido observar en el scouting que ya has realizado visionando partidos anteriores. ¿Haces uso de esa información a pesar de que podría calificarse como confidencial y pese a que ha sido obtenida sin consentimiento expreso o tácito por parte del entrenador rival? ¿Todo vale en el camino hacia la victoria? ¿Qué mal puede causar tu acción si nadie tiene por qué enterarse? ¿Qué haría el entrenador rival en tu posición? Seguramente lo vería, ¿verdad? Entonces, ¿por qué tú no? ¿Acaso no te exigen los jugadores, el resto del cuerpo técnico y los aficionados (padres y familiares) que hagas todo lo que esté en tu mano para sacar adelante el partido?

Dilema VII. Ejercer presión sobre terceros. El día antes del partido tienes conocimiento de la designación arbitral y te percatas de la presencia de un colegiado jovencito y con poca experiencia al que entrenaste en el pasado y que te guarda un infinito respeto (esto pasa mucho en provincias). Es su primer partido en la categoría y, aunque acude acompañado por un árbitro veterano que actuará como guía en su estreno, cuentas con poder sacar un par de decisiones a favor de tu equipo simplemente por lo intimidatorio de tu presencia y por la presión verbal que planeas ejercer sobre él (sobre todo cuando el árbitro principal esté cubriendo la zona más alejada del banquillo). Como antiguo entrenador del chico, ¿no debes sentirte responsabilizado todavía, a pesar de que ya han pasado unos años desde que lo entrenaste, con su formación y desarrollo personal y, por eso mismo, ayudarle a empezar con buen pie en la nueva categoría? ¿Hasta qué punto es legítimo utilizar la presión sobre los árbitros? ¿Acaso no nos gusta a todos ejercer nuestro trabajo en un ambiente de seguridad y tranquilidad? Pero, por otro lado, ¿no tenemos acaso presión todos los actores que formamos parte de una competición? Y sin embargo, ¿cómo ejercer con rigor la justicia si en su impartición median pulsiones tan humanas como incompatibles con el buen juicio como el ascendente de un viejo entrenador o, incluso, la amistad que os puede llegar a unir?

Pues bien, eso fue todo desde la estación. Espero que sigan reflexionando y valorando todas las posibilidades desde las diferentes perspectivas que la realidad del baloncesto nos ofrece.

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La crisis de las vocaciones





Buenas noches, estaba pensando que debería estar estudiando. Eso creen que estoy haciendo los que piensan que me quieren, eso me dicta la conciencia, el ser racional, la res cogitans. Les pido perdón y prosigo. Prosigo porque creo que tengo algo que contarles, algo que he sacado a rastras de la butaca del cine del que acabo de regresar.

Les cuento, a pesar de los impulsos que me invitan a cerrar esta ventana y recuperar la de los apuntes de Historia Antigua, que termino de ver Wiplash, una obra escrita y dirigida por Damien Chazelle y en la que J.K. Simmons borda el ingrato papel de insensible tutor de un joven aprendiz de batería de vocación desbordante. La ambición desmesurada del novato encontrará el molde perfecto en el rigor (sadismo, si lo prefieren) de su profesor, el director de la escuela de música en la que espera encontrar la catapulta ideal para el despegue de su carrera. En la pantalla, sangre, sudor y lágrima, tal cual, como lo leen, en singular. También las cabriolas del azar, las idas y vueltas del destino. Pero sobre todo pasión.

Porque es en la pasión, en el amor compartido por el jazz donde se cruzan los caminos de maestro y aprendiz, las tortuosas sendas que cada uno de ellos debe abordar por separado y que colisionan de manera apoteósica en determinados momentos de la película. Pero cómo seguir hablando de pasión si no alcanzamos a recordar el preciso momento de nuestra infancia en el que nos dejó de interesar mirar al horizonte, deslumbrar a nuestros padres o conquistar la sonrisa de la chica de los columpios. Podría ponerme trágico y poético, pero prefiero no perder el sentido de la realidad para hablar de la crisis de las vocaciones.

“No he tenido a ningún Charlie Parker, pero lo he intentado todo para sacar un Charlie Parker”, le asegura una noche el recio profesor a su alumno. El problema para muchos maestros, enseñantes de oficios variados, es que ya nadie aspira, siquiera, a ser Charlie Parker. No es que no quieran pasar por los sacrificios que ello conlleva o tener que afrontar vidas que, como en el caso de muchos genios como el propio “Birdman”, se tornan miserables. Es que no quieren serlo. Ni siquiera se atreven a pronunciarlo por si lo toman por imbécil o le llevan al psicólogo. Ya nadie quiere ser Michael Jordan.

Por qué soportar tal cantidad de sacrificios, por qué renunciar a las horas muertas de sofá, a las cantinelas de los amigos o a la apacible mediocridad. En una sociedad plagada de arribistas en la que la ignorancia es bienvenida por su intrínseca gracia (maldita la) se echa de menos la figura del padre volcado hacia la felicidad de sus hijos (la equivocan a menudo con la comodidad y las zapatillas de marca) o la de ese profesor capaz de sacrificar una hora de lectura del libro de texto para sacar a sus alumnos al campo o al museo. Decir que asistimos, pasivamente, a una crisis de vocaciones sería autocomplaciente. Todos somos sujetos agentes cuando pronunciamos discursos de manual sobre la vida e impregnamos de miedos y pragmatismo la atmósfera en la que desarrollan sus juegos los niños.

Añadan esto a la lista de dilemas del entrenador de baloncesto y propongan este debate para charlas y simposios. ¿O es que acaso es más importante hablar de la inyección de dinero del Banco Central Europeo? Mejor no me respondan, que ya sé que debería estar estudiando. Pero si no lo hace nadie más déjenme que lance las siguientes preguntas: ¿Cuánta pasión debe ponerle un entrenador de baloncesto de cantera a sus sesiones? ¿Debe adaptar esta cantidad a su afán obsesivo por buscar la siempre escurridiza perfección o, al contrario, ajustarla al nivel de pasatiempo o hobby con que se toma el 90 por ciento de los jugadores su actividad? ¿Es la firma de una ficha de categoría autonómica la expresión de una especie de consentimiento a sufrir desprecios, ataques de ira o arrebatos furibundos de un entrenador obsesionado con el trabajo y la mejora de sus jugadores? ¿Dónde está el límite? Y si nos percatamos de la presencia de un jugador bendecido por un talento innato para jugar, ¿debemos procurarle, por todos los medios, al aficionado su presencia en el baloncesto profesional, aunque él nos confiese que hace tiempo que dejó de ocupar un puesto de honor entre su lista de prioridades?

Llegué del cine y me encontré con mi padre. Sus tres oraciones fueron: "¿Qué tal está tu hermano?" "Tienes pan en el cajón de abajo". "Ya está puesto el lavavajillas". Supe que tenía que cenar rápido y ponerme a estudiar. Pero me puse a escribir.


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