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Demasiado pronto, demasiado tarde

 




No recuerdo un año peor que el de Segundo de Bachillerato en términos académicos. En una etapa ideal para que florezca el pensamiento y se comparta con los contemporáneos, para que surjan pequeñas comunidades de amantes de lo intrascendente o inútil, para que se descubran vocaciones, aunque luego se demuestren erróneas, dedicamos nueve meses de nuestra juventud a buscar una calificación promedio y a preparar una prueba que intenta diagnosticar una serie de aptitudes y actitudes propias del aprendiz, pero que en realidad testa el grado de adaptación de este a un sistema eminentemente lingüístico, lógico/racional y memorístico, tres capacidades reseñables, por supuesto, pero no superiores bajo ningún criterio jerárquico a otras como la habilidad manual, la capacidad atlética, el razonamiento creativo, el criterio artístico o la inteligencia social, que muchas veces será la que coloque a esos disciplinados aprendices en algún centro de trabajo y les permita, aquí o en el extranjero, planificar una vida.

 

La Ebau, como antes lo hacía la Selectividad, así como las plazas limitadas que de alguna manera más o menos objetiva hay que repartir, condicionan uno o dos años de aprendizaje, determinan el currículum, estrechan y acortan miras, tal vez por puro interés. Lo mismo sucede cuando al final del camino o de una temporada se sitúan eventos como los campeonatos provinciales, regionales o nacionales, algo que me parece bien como aliciente o motivación para los deportistas, atletas que, al igual que los antiguos griegos, quieren pasar de la potencia al acto, del entrenamiento a la práctica, pero siempre que se haga con un cierto criterio y con alguna autolimitación.

 

Porque igual que el profesor quiere presumir en las playas de Benidorm del porcentaje de alumnos que acceden a la universidad, el entrenador de un equipo quiere presumir de resultados en los múltiples campus en los que a partir de finales de junio se reúnen. Y eso afecta al currículum y a otra serie de decisiones que objetiva y subjetivamente pueden dificultar el aprendizaje y el desarrollo de los aprendices. Si en el instituto nos privaron de aprender Filosofía o Literatura a través del ejemplo o el diálogo, sin prisas y atendiendo a todos los matices posibles, en los clubes pueden sentirse tentados a acelerar los procesos y a dejar individuos descolgados, tal y como se ha visto en todas aquellas pruebas previas a la Selectividad en las que tantos equipos han presentado ocho, nueve o diez jugadores, en función de la permisividad del reglamento.

 

Los Campeonatos de España de clubes de Minibasket que se disputarán en tres semanas no ayudan a nadie salvo a los que obtengan un beneficio directo de ellos. Puede que generen beneficios, diversión para los padres y una suerte de motivación hacia el logro (sea cual sea este) en los participantes. No creo en su valor formativo, salvo en términos de exigencia física y atencional, pero esto podría esperar a más adelante. Los que se han quedado fuera han sido más conscientes que nunca de la falta de expectativas depositadas en ellos. Los que lo jueguen, salvo los más habilidosos, sacarán el kit de emergencia e intentarán sobrevivir siendo útiles a su equipo, muchos de ellos asumiendo que no pueden tomar determinadas decisiones. Los muy buenos, salvo los niños prodigio, harán una y otra vez lo que mejor saben hacer, no es momento para pruebas: el entrenador está concentrado, la grada ansiosa, hay mucho en juego. Demasiado.

 

Hace años, en el advenimiento de la sociedad del espectáculo, definida por Guy Debord en los años 70, uno creía que habría dos marcos que permanecerían al margen: la política y la educación. Que nuestros representantes públicos dialogarían en las sedes de la soberanía nacional con argumentos sofisticados y no con sofismas y eslóganes de baratillo. Que nuestros educadores, empezando por los padres, no convertirían a estudiantes e hijos en joyas que exponer en el escaparate de las redes sociales y los medios de comunicación: en fin, dentro de unas semanas, siguiendo los cánones de las actuales reglas de la comunicación y el marketing, conoceremos el nombre de los jugadores más destacados del Campeonato Mini, desprovistos del gran escudo para su crecimiento que ha sido siempre la mezcla precisa de discreción y anonimato.

 

En fin, mi tesis es que el campeonato de España Mini llega demasiado pronto en la carrera de estos deportistas. Deportistas, no jugadores de baloncesto, pues hasta los doce años deberían estar enfocados en hacerse con los valores positivos que el juego encierra, con las actitudes y aptitudes que definen a un atleta, en este caso de un deporte de equipo: el esfuerzo, la generosidad, la capacidad de concentración, una cierta disciplina… Esta carrera sin fin que puede acabar con que veamos a bebés intentando meter un balón ante la orgullosa mirada de sus progenitores afecta negativamente a los currículos, alimenta el juicio sobre los jugadores (no la búsqueda de soluciones y alternativas para que puedan mejorar). Si un chico no rinde bien en este campeonato fácilmente podrá arrastrar etiquetas inamovibles, estigmas sobre su capacidad para competir, para mantener la cabeza fría… Y los que no están habrán quedado fuera de un entorno de máxima exigencia y altas expectativas, serán tratados con cierta condescendencia: muy pocos se reengancharán a una rueda que, al excluirlos, los sentencia de muerte.

 

En fin, mi tesis es que ya es demasiado tarde y que una vez que alguna mente preclara de nuestro baloncesto dijo que adelante con el campeonato de España de minibasket de clubes es muy difícil dar marcha atrás. Porque sea o no un éxito se venderá como tal. Los aparatos de la sociedad del espectáculo son sofisticados y nada autocríticos. Todos ganan el día después de una contienda electoral y después de un campeonato de estas características: los hoteles facturarán, los padres se habrán divertido, los niños vivirán una experiencia, no lo dudo, hacer la Selectividad también lo fue. Con este campeonato se inicia un camino de no retorno que acabará con los defensores de retrasar la edad de especialización, la exposición mediática de los deportistas y las selecciones basadas en las necesidades presentes (con pocas miras de futuro). Alguien lo tenía que decir. Os dejo con el siguiente modelo. 



 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Curso 21-22. Aprendiz de maestro.

 



Por segundo año consecutivo, tras una grata experiencia con el grupo benjamín del Club Deportivo Tizona, he vuelto a planificar y coordinar la formación humana, atlética, deportiva y baloncestística (creo firmemente en este orden) de un grupo de minibasket en una misión que, y esto sucede en todos los clubes de España, parte de un presupuesto erróneo, pues se concibe como complemento de la principal, la del equipo senior del club, la del equipo profesional o semiprofesional. Es decir, los discursos van por un lado y la realidad material por otra: si el minibasket o la formación integral de los jugadores de cantera fueran lo más importante de las cosas poco importantes, las subvenciones de las administraciones, el prestigio y las condiciones laborales de sus entrenadores (que se compadecerían con la de su formación y espíritu para el aprendizaje de por vida) se alinearían con esta afirmación y el minibasket no quedaría limitado a esa nota al margen que escribíamos en el instituto cuando nos aburríamos.

 

Aun así, he de decir que la apuesta del Club Baloncesto Clavijo y del C.D. Berón es de las más coherentes y ambiciosas que he conocido y que la implicación de todos los elementos aledaños, imprescindibles en la creación de ecosistemas de enseñanza-aprendizaje efectivos, principalmente las familias, ha sido magnífica. De esta manera, motivado no solo por mi ética profesional, sino dando un paso más ante la observación de un germen propicio y una idea impregnada de un siempre bienvenido idealismo, he estado constantemente leyendo e intentando aprender más cosas sobre el niño, sobre el niño que será adulto, sobre las bases fundacionales del juego y el modo en el que pueden interactuar con el proceso de madurez de los niños, sobre comunicación y también sobre metodología del entrenamiento para intentar dar un paso más en mi capacidad de transmisión.

 


Como sucede muchas veces, la mejor propuesta bibliográfica que puedo compartir con vosotros no vino de un libro de baloncesto, y no digo esto porque tenga nada en contra de los títulos que se dedican al estudio más específico de este deporte, sino porque encontré mucha mayor inspiración y guía en El artesano (Sennet, R., 2008)  una obra que había leído para la elaboración de mi tesis sobre didáctica de la escritura creativa, un compendio de sabiduría orientado, en principio, a la comprensión de la figura del artesano, y del maestro artesano, que se hace numerosas preguntas sobre el valor de la producción, la adquisición de habilidades, la creación de entornos de aprendizaje, los valores que impulsan y provocan la calidad de las obras terminadas…

 

Nos dice Richard Sennett, para dar contexto a mi lectura y a esta lectura en la que intentaré fusionar los contenidos de este libro con nuestra práctica profesional como entrenadores, que la palabra Artesanía designa un impulso duradero y básico: el deseo de realizar bien una tarea, sin más. Creer e insistir en este mensaje es una de las principales misiones de un entrenador de minibasket, lo que podría traducirse en volcar su firme convicción de que entrenar es suficiente aliciente para seguir entrenando. Una de nuestras funciones pasa por crear artesanos, amantes de lo que hacen, no de sus resultados. Enseñar a entrenar por entrenar y a que los niños encuentren un goce personal y duradero, como bien dice Sennett, a prueba de todo tipo de frustraciones. No hay éxito ni fracaso en la elaboración de una vasija de barro, pues, si se rompe, se hace otra, con naturalidad y sin lamentaciones.



La utilización de herramientas imperfectas o incompletas estimula la imaginación a desarrollar habilidades aptas para la reparación o la improvisación. En esta frase, los entrenadores encontramos una llamada a la puesta en práctica de métodos y estilos de enseñanza más basados en la resolución de problemas, la asignación de tareas o el descubrimiento guiado que en el mando directo y el diseño de escenarios de alto control y, por consiguiente, elevado éxito. Hay que aprender a entrenar mal, dice mi amigo y gran entrenador Jenaro Díaz a menudo. Y creo que los padres y el resto de educadores deben también leer entre líneas estas palabras antes de darle a un niño el problema con sus soluciones o antes de sentarse a investigar por él el modo en que se resuelve, pongamos, un crucigrama.

 

Citando a Williams E. Deming, Sennett introduce el concepto de «artesanía colectiva», y afirma que el cemento que aglutina una institución se crea tanto a través de intensos intercambios como mediante el compromiso compartido. Dice, además, que un solista apartado del trabajo colectivo puede, en realidad, disminuir la voluntad de los miembros de la orquesta de tocar bien. También, que las empresas que muestran escasa lealtad con sus empleados reciben, a cambio, escaso compromiso por parte de estos. Esto tanto para entrenadores como para directores técnicos. También para quienes a veces dirigimos pequeños grupos de trabajo con entrenadores que están aprendiendo. Pero sobre todo para el funcionamiento diario de los equipos, también en minibasket, donde la concepción social del deporte aún es un constructo demasiado artificial para la mente mucho más simple del niño. Pero qué bueno sería que, en cierto modo, el entrenamiento no fuera una reunión de solistas, sino ese taller de artesanía donde unos y otros comparten con absoluta naturalidad el resultado de sus descubrimientos, la última obra elaborada por sus manos sin ánimo de abrumar, solo de compartir el asombro. Creemos escenarios para ello.

 

Leía hace poco, en un libro de Alan Stein Jr, Raise your game, este sí de puro baloncesto, que la clave para que jugadores, entrenadores, directivos o cualquier persona, en general, mejoren, es incrementar su grado de autoconciencia, de conocimiento de sí mismo. Sennett nos recuerda la regla de Isaac Stern, virtuoso del violín, cuanto mejor es la técnica, más tiempo puede ensayar uno sin aburrirse, y nos aconseja lo siguiente: despertar la autoconciencia es, precisamente, la manera de impulsar al trabajador a que mejore su trabajo.




 

Todo ello sin caer en ese perfeccionismo patológico y paralizante que empieza a extenderse como una suerte de lacra entre nuestros jóvenes. Si Bartleby prefería no hacer las tareas que se le encomendaban por pereza funcionarial, muchos de nuestros jóvenes optan por autolimitarse ante la perspectiva del fracaso, un constructo social que deberíamos limar y rebajar por sus cortantes y peligrosos bordes. En fin, como maestros deberíamos aspirar a que el niño sienta lo que Diderot debió de sentir al culminar su obra enciclopédica, ese trabajo de titanes: En la Enciclopedia percibo el sentido de paz y calma que emana de todo trabajo bien organizado, disciplinado y realizado con un espíritu tranquilo y satisfecho. En el trabajo bien organizado, disciplinado y ejecutado con limpieza y tesón deberían encontrar nuestros aprendices de artesano la satisfacción, aunque en una sociedad tan finalista sea complicado imprimir estos mensajes en sus conciencias. Y es que, en fin, solo quien acepte que probablemente no es perfecto, puede llegar a hacer juicios realistas de la vida y preferir lo limitado y concreto y, por tanto, humano. 

 

El taller del artesano es el escenario en el que se desarrolla el conflicto moderno y, tal vez, irresoluble, entre autonomía y autoridad. Y en estas seguiremos, ejerciendo esa autoridad que, como ocurría en el caso de los maestros artesanos, debe ser indistinguible de la ética, corrigiendo la crueldad que encierra a veces el “aprender haciendo”, en la medida en que muchas veces enfrenta a los aprendices a un sentimiento de insuficiencia, procurando generar atmósferas, diseñar tareas, sembrar valores, realizar rituales y acompañar a los aprendices de modo que sientan que pueden utilizar el modelo ideal a su manera, de acuerdo con su propio entendimiento (en este caso también de manera coherente con sus aptitudes físicas, su estructura anatómica, sus conocimientos previos…). Y creo firmemente que, aun en entornos colectivos en los que, como ya hemos dicho, aborrecemos a los solistas, contra la exigencia de perfección podemos reivindicar nuestra propia individualidad, que da carácter distintivo al trabajo que hacemos. Porque también somos un poco artistas.




 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

 

 

Diario de un encierro. Día XX






"Ha llegado el profesor de baloncesto"


Desde mi cómodo encierro hogareño, al que le sigue faltando el tacto de personas especiales, la conversación inteligente, y sin pantalla por medio, con otras a las que también admiro, y la reconfortante soledad de mis cafeterías oficina, con sus seres anónimos y llenos de secretos, al menos para mí, hoy me he acordado de los chicos y chicas de la residencia infantil y del centro de menores en los que colaboro como “profesor de baloncesto”, ese nombre con el que alerta de mi presencia el guardia de seguridad de uno de ellos, y que, a pesar de gustarme, tan vagamente se ajusta al verdadero perfil de quien les escribe.

(No busquen la conexión entre párrafos, quizá no la haya). Esta tarde he estado siguiendo a unos cuantos amigos charlar sobre minibasket, abarcando un amplio abanico de materias alrededor de su enseñanza. El seguimiento ha sido relativamente masivo, mayor de lo esperado, en cualquier caso, y el debate ha sido interesante. Yo me reconozco lego en la materia, entre otras cosas porque nunca he sabido expresarme en el lenguaje de los niños, o porque mi inteligencia es básicamente verbal, mucho más apta para convencer a quienes ya han formalizado la lógica del español y entienden las nociones abstractas de mis discursos y arengas. Yo sí creo, como sugirió Rafa Gil en el debate, que faltan entrenadores/profesores de minibasket, pero no creo, como se solía decir, que estos deban ser los que más saben de baloncesto. ¿El del senior al mini? En mi opinión no.

Es más, les diré lo siguiente. Creo que al hacer jugar a chicos tan pequeños a un deporte tan normado les cerramos en exceso el campo de posibilidades. Hacer convivir a diez niños y/o niñas en el 26x14 que suelen medir muchas pistas de minibasket, o en el 24x13 o inferior en el que los hacinamos a menudo, requiere de la intervención de un adulto, claro, por poco hay que llamar a las fuerzas de seguridad. Estoy casi convencido de que el nivel perceptivo de un niño que maneja un balón, incluso de un niño que juega sin balón, no va más allá del tercer nivel de lectura, siendo el primero su posición en el conjunto del campo y en relación con la canasta, el segundo su relación directa con el defensor y el tercero su relación directa con el compañero, y su defensor, más cercanos. Ojo, esto pasa también en senior. ¿Cuántos pases a la puerta atrás o a la continuación son interceptados porque no se ha llegado a reconocer la intervención de un tercer jugador?




También es necesario un adulto para que entiendan y compartan los objetivos del equipo: meter más canastas que el contrario. Incluso parece obligatorio que todos entiendan conceptos como línea de aro, línea de pase, ayuda, finta, cuestiones que un niño suficientemente estimulado por el juego podría comprender naturalmente si de verdad siente la necesidad de robar el balón y depositarlo en el aro: a estos los llamamos niños precoces. Entrenando colectivamente, porque parece inviable dar verdaderamente a cada uno lo suyo, equilibramos motivaciones y compensamos energías. Y claro, nos pasa como en la escuela, que el ritmo lo marca el individuo que estadísticamente se sitúa en la mediana, en la cúspide de la campana de Gauss.

Por eso creo que, sin desdeñar las experiencias que pueda añadir el minibasket al currículo formativo de una persona, es necesario combinar esta participación con su presencia en un deporte individual y, no sé por qué, me gusta el tenis por los desplazamientos y la coordinación óculo manual que exige, por su constante toma de decisiones (con toda la carga atencional y perceptiva que esta demanda) y por la necesidad que tiene el jugador de autorregular sentimientos de euforia o frustración, así como de comprender la globalidad del partido, su vertiente estratégica, hecho que, inopinadamente, en el baloncesto asumimos los entrenadores. Cuántas veces echamos de menos esa “lectura de partido” entre jugadores profesionales de baloncesto, cuántas esa capacidad para empezar mal un partido y terminarlo bien. Cuántas nos lamentamos por los déficit de atención. 



En fin, sé que esta reflexión no va a ninguna parte. Ni siquiera tiene un propósito concreto porque la tesis es, en sí misma, ambigua. Sirva de algo, si acaso, si nos hace más conscientes de lo que hacemos y nos invita a reflexionar sobre el valor de cada palabra y cada gesto, de cada segundo de entrenamiento. Sobre todo a los verdaderos profesores de baloncesto, de minibasket, a los que tanto admiro.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Niños, sí, pero jugadores de baloncesto




“Sois adolescentes, es verdad, pero sois adolescentes que han decidido jugar al baloncesto”. Esta frase se la repito a menudo a los cadetes que tengo la fortuna de ayudar, humildes y respetuosos en el noventa y nueve por ciento de las ocasiones, cuando se dejan atrapar por la pereza o lamentan en voz alta los planes que han tenido que dejar de hacer por acudir a entrenar. Ricardo y Salva estarán en la Operación Bocata o en el evento de moda, les digo, pero Ricardo y Salva no tienen ni idea de lo que representa sacrificarse por una causa común, disfrutar con el esfuerzo, pelear hombro con hombro con los compañeros de equipo por jugar cada día mejor, sin recompensas aparentes más allá de esa satisfacción interna que no otorgan las grajeas ni los máster regalados: la del trabajo bien hecho, la piel en la pista y los pulmones vacíos.

Al hilo del Campeonato de España de Minibasket, han sido varias las opiniones vertidas acerca de la sobrexcitación de los chicos, la agitación provocada por los entrenadores, criticando a estos por erigirse en protagonistas de un cuento del que no debieran ser más que un narrador omnisciente, un observador privilegiado, un guía, todo lo más. He de decir que estos comentarios y artículos me han hecho reflexionar, es verdad, y puede que en algún caso estén suficientemente motivados y que hubiera más de un ejemplo, en San Fernando, de lo que no se debe hacer, con protestas y aspavientos excesivos. Pero, sinceramente, creo que dan una visión exagerada poniendo el foco en lo llamativo y no en lo general, pues entiendo que, ante todo, por encima de la presión del resultado, primaron la diversión y la deportividad. 

En mi opinión es esencial formar niños y adolescentes comprometidos, a los que les importe lo que está ocurriendo en la pista –que animen desde el banquillo y sientan como propios los esfuerzos de sus compañeros–, que sean generosos en el trabajo, para lo que hace falta un grado de concentración incompatible tanto con el estado de nerviosismo que critican como con el estado de relajación que promueven, y que muestren pasión por lo que hacen. Objetivamente, ninguna canasta, tapón, rebote o ayuda defensiva van a alterar la órbita elíptica que describe el planeta alrededor del Sol, pero no hay aprendizaje efectivo sin pasión, sin una inmersión en la tarea que linde con el estado de hipnosis. Frente a la asepsia generalizada en la que estamos instalados, con una juventud que no es tonta y observa la falta de sentido de sus esfuerzos, condenados a estrellarse con una tiránica realidad laboral, el deporte debe erigirse en bandera contra el nihilismo, en objeto de un idealismo que le gane la partida tanto al sentido común como a las tendencias sobreprotectoras que conducen a las nuevas generaciones a la cadena perpetua de la dependencia, a una peligrosa ausencia de autonomía, más aún cuando estamos a pocos años de asistir a una reconversión aún más brutal de las estructuras productivas en el marco de una nueva revolución tecnológica. ¿Qué profeta del buenismo les va a rescatar entonces? ¿Qué vida extra les va a conceder este videojuego?

El verbo competir reside en el barro del que está compuesto el ser humano, antes animal que cultural, resultado de una evolución guiada por el principio de la supervivencia del más fuerte. Celebro que la educación haya moderado alguno de nuestros instintos, que hayamos concedido a las fuerzas del estado el monopolio de la violencia y que existan mecanismos redistributivos de la riqueza, pero la realidad demuestra a diario que el talento y el trabajo, amén de contactos o trapacerías bochornosas, siguen siendo la base de la promoción social y laboral. El talento, el trabajo y también el entusiasmo.

He leído todas las opiniones con atención e interés. Me han hecho pensar y rememorar alguno de los pasajes que vivimos en San Fernando con espíritu crítico y autocrítico. Pero sigo pensando lo mismo: los niños que acudieron al campeonato son niños, sí, pero niños que han decidido jugar al baloncesto, con todo lo que ello les separa del resto de su cohorte de edad. No veo qué hay de malo en hacerlos competir exigiéndoles el cien por cien de sus capacidades, el máximo compromiso con la tarea colectiva, una generosidad sin atajos en el esfuerzo y una implicación emocional absoluta, no con la victoria en el marcador, sino con ser lo mejores que pueden llegar a ser.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

El que lee mucho y...





Nada como viajar para quedar agotado y rendirse a los placeres cotidianos de una cama bien hecha o un café de sabor conocido. Nada como situarnos en otras coordenadas para mirar nuestro pequeño mundo con la perspectiva que merece, sin el hastío de lo hollado hasta el extremo ni el orgullo cateto y caricaturesco del que en ocasiones hacemos gala presumiendo de carácter o plaza mayor. Diez días a caballo entre San Fernando y Valencia me han recordado que he de hacer las maletas más a menudo, abrir mis humildes ventanas al aire de otras latitudes, al aroma de otros árboles y plantas, al sol de otros terruños.

Las recientes experiencias en el Campeonato de España de selecciones autonómicas de minibasket, como entrenador ayudante de Rafael Gil (con Elí Bayón y Cris, fundamentales también en el equipo), y en el Valencia Basketball Challenge, acompañado de Rodrigo Valladares al frente del Cadete “A” del Club Baloncesto Tormes han hecho más por mi conocimiento del baloncesto que muchos clínics a los que he acudido, que muchas horas de lectura en la soledad de mi "batcueva". Sobre todo porque una vez más se ha vuelto a demostrar que si el “qué” es importante, el “cómo” lo es mucho más.

En estos días he terminado de comprender la importancia de detalles que hasta ahora se me escapaban, que no estaban integrados en el concepto que tenía de “entrenador”, muy obsesionado con lo técnico y lo táctico y no con los matices que, a la postre, pueden hacerte ganar (o perder) un partido. También he adaptado al alza mi umbral de exigencia, insuficiente para los niveles de competición que te encuentras cuando rebasas los límites de la Meseta y te enfrentas con rivales más altos, más rápidos y más fuertes: todo nivel de atención y concentración es insuficiente, siempre puedes reaccionar una milésima de segundo antes –o anticiparte, que es aún mejor. De igual manera, he comprendido que la definición de los roles es también esencial en minibasket, al menos si el objetivo es competir y funcionar como un equipo armónico. Los chicos son los primeros que lo entienden.

También he terminado de convencerme de que el tiro es el fundamento esencial, aunque el pase nos encante a todos los entrenadores (con razón) y un jugón pueda levantar él solo un pabellón. El tiro y el rebote, una fase del juego que puede multiplicar (o dividir) el número de tus posesiones, golpear (o ser golpeado) anímicamente y del que depende el dominio del ritmo del partido. Y la defensa, por supuesto, que en mini se basa principalmente en ganar batallas individuales con el par, ser más rápido, o más listo, que el que tienes enfrente y quiere meter canasta. En eso y en ser más duro, también es verdad, pues el arbitraje tiende a ser permisivo, quizá por encima de lo que necesitarían chicos de doce años. Pero vuelvo a la importancia del tiro para autocensurarme y censurar a todos aquellos que se quejan de que sus equipos han fallado muchos tiros debajo del aro o en buenas posiciones. Tal vez nos saltamos el primer paso en su formación. Desde luego, tras enfrentarme a varios equipos durante el campeonato y el torneo posterior, creo que es en esta área donde más cojeamos en nuestra comunidad respecto de otras escuelas, principalmente la catalana.

Regreso a casa más convencido de la importancia del entrenador, pero también, al mismo tiempo y sin que quepa hablar de una paradoja, de que el verdadero protagonismo es de los chicos, tengan la edad que tengan. Eso hace que me relaje, que relativice mi posición y mi protagonismo. Este año, gracias al contacto con grandes entrenadores y a las vivencias acumuladas, he comprendido que la presión para un entrenador se termina cuando el balón es lanzado al aire y que, en el partido, aunque debamos aportar soluciones, poner luz allí donde los jugadores solo ven oscuridad, lo que debemos hacer es disfrutar y dejar disfrutar. En ese proceso estoy, aunque a veces me tropiece con el mismo trozo de cuarzo o granito. Aprendiendo de forma acelerada gracias a estas oportunidades que me han brindado la federación regional y mi club.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Su asignatura favorita (I)




Cada vez que me proponen dar una charla o participar de algún proyecto de formación de entrenadores, la primera reacción pasa por poner en tela de juicio mi propia capacidad para ello –en mi currículum no hay grandes victorias ni méritos semejantes. Sin embargo, no mucho después, acepto la propuesta poniendo de relieve, por encima de las dudas, la oportunidad que la elaboración de una exposición supone para quien la realiza.

En este caso, y aunque sin poder entrar aún en detalles, me encuentro preparando una pequeña ponencia sobre el diseño de una sesión de entrenamiento en categoría de minibasket, algo que pudiera parecer baladí, pero que, en realidad, es una cuestión básica a la que deberíamos prestar mucha atención. Y es que el entrenamiento es al jugador (y al equipo) de baloncesto, lo que el proyecto a un edificio o la receta a un plato de cocina, es decir, la base de su futura mejora y de los resultados que de ella se deriven. No en vano, preguntados numerosos entrenadores norteamericanos especializados en edades de formación, resaltaban como uno de los principales errores que habían observado entre los técnicos más jóvenes la falta de planificación, “the lack of purpose” de cada ejercicio en el conjunto de un entrenamiento y, peor aún, en el conjunto de un mesociclo o temporada.

Sin embargo, antes de plantearnos un esquema de sesión, el reparto de los tiempos, la fijación de los objetivos, o de dotarnos de una batería de ejercicios en función de estos propósitos, creo que debemos reflexionar sobre unas cuestiones preliminares que no son en absoluto peregrinas, pues de ellas pueden depender nuestro estilo de entrenar, la forma de comunicarnos con los jugadores, la ponderación de los diferentes conceptos a enseñar o la filosofía misma de un equipo. Todas ellas, aunque estaban latentes, han surgido en medio del proceso creativo en el que me hallo inmerso. Si las dejo por escrito es porque al materializarlas cobran una nueva dimensión y se quedan fijadas con más claridad en la memoria. Si las comparto no es porque crea que tenga algo nuevo que aportar, sino, más bien al contrario, porque entiendo que puedo hacer partícipe con ello a gente con mucha mayor experiencia que yo. En cualquier caso, si grito al aire es porque me importa el baloncesto, su entrenamiento y la formación que las nuevas generaciones reciben a través de esta, su asignatura favorita.

1. Entrenamos poco. El baloncesto ya no es la más importante de las cosas poco importantes, sino un complemento de toda una panoplia de actividades que preparan al niño para ser un trabajador o empresario exitoso, olvidando que muchas de las claves de este presunto éxito dependerán en mayor medida de valores y competencias que el deporte les puede enseñar que de los conocimientos concretos que hoy puedan adquirir. Entrenamos poco, además, en la era de la historia en la que los niños exploran menos sus habilidades atléticas a través del juego en el patio o el parque.

2. Entrenamos en condiciones muy precarias, a horas intempestivas (recién salidos del comedor o demasiado tarde, cuando los niveles de energía están por los suelos), con una ratio muy elevada de jugadores por entrenador y, cuando hablamos de colegios, con numerosas inferencias de las estructuras suprayacentes. Rara vez habrá un balón por jugador. Tal vez ni siquiera dos canastas a la altura reglamentaria.

3. No están los mejores. USA Basketball definió en su guía para entrenadores de baloncesto, el período que va entre los 9 y 12 años como la fase “fundacional” (foundational), la época de la trayectoria vital del jugador en la que este debe aprender a entrenar (higiene, concentración, capacidad de esfuerzo,...) y asentar, al mismo tiempo, las bases psicomotrices y técnico-tácticas sobre las que luego se ha de incidir. Sin embargo, sin ánimo de ser excesivamente crítico al respecto, creo que demasiadas veces nos encontramos con prácticas que deberían figurar en el apartado “lo que no se debe hacer”. Todos hemos sido osados ignorantes, pero al menos hay que intentar conocer los fundamentos. Frente al relativismo buenista que asegura que no hay verdades absolutas en una materia tan abierta como el entrenamiento deportivo, yo sí creo en la ortodoxia, en la tradición, aunque luego, desde un conocimiento profundo de ambas, podamos ser creativos y construir nuevas teorías. Ojalá, como clamaba Vittorio Gasman tuviéramos dos vidas, una para ensayar y otra para actuar. A cambio tenemos libros, vídeos y entrenadores con experiencia cerca. Acudamos a ellos con curiosidad, humildad y mente abierta.

4. Hemos renunciado a la exigencia. Como seres autocomplacientes que somos, como borrachos de las modas que a nivel discursivo se han impuesto, hemos olvidado que esto va de sacrificarse, de jugar por encima de las posibilidades, a veces con dolor. Alejemos nuestros umbrales de exigencia de nuestro punto de partida y, predicando con el ejemplo, exijamos también a nuestros jugadores. El buen deportista, el de verdad, la demanda. El mal jugador no la soporta. Hecha está la tan necesaria criba, no entre buenos y malos, sino entre deportistas y no deportistas.

5. No se planifica. En edades de minibasket la competición debe ser un aliciente, no una meta. De ahí que los entrenadores deban concebir su tarea más como la de un educador que la de un preparador en sentido estricto. El entrenador es un maestro que debe enseñar competencias, valores y contenidos que pueden ser fácilmente categorizados y catalogados en dos ejes –jerárquico el de las competencias y valores, y de complejidad creciente el de los contenidos– que respondan, a su vez, a las necesidades individuales de cada jugador. En fin, sé que estoy pidiendo mucho. Bastaría con que se eligiera para la enseñanza de un concepto los ejercicios apropiados. O con que quienes están empezando se formaran y preguntaran, en una actitud de honestidad que siempre contará con nuestro aplauso, a los que más saben.


Es cierto, el baloncesto no aparece en los currículos oficiales, es una actividad escasamente valorada y muy pocos de los jugadores que entrenemos contarán con la capacidad de ser profesionales en un futuro. Sin embargo, cuando nos enfrentamos a esta tarea y a diez, doce o quince niños expectantes, conviene recordar que gran parte de ellos no acude a pasar el rato o cumplir con la obligación que le han puesto los padres, sino a aprender y a ser cada día mejores en su asignatura favorita.  

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Mientras guardaba silencio


Individual o Zona cierra 2017 con solo veintidós entradas, mínimo histórico de un blog que cumplía siete años el pasado 23 de junio, víspera de una noche de hogueras que preludiaron, al menos en mi caso, un intenso verano de campus entre Béjar y Espinho pasando por Mallorca y Madrid. Aquellas fueron semanas de aprendizaje y crecimiento personal, puede que también profesional y, por encima de todo, preciosas oportunidades para conocer a un conjunto de personas que encuentran en el baloncesto una ligazón que convierte en secundario y prescindible todo lo demás.

Y aunque la mayor parte del tiempo guardara silencio, manteniendo a raya el impulso comunicativo que me lleva a escribir y publicar con alta periodicidad sobre este y otros temas, lo cierto es que 2017 ha sido un año productivo en cuanto al conocimiento del deporte, de la faceta educativa y didáctica que comporta y también de mí mismo, en cuanto que compañero inseparable (el hombre que siempre va conmigo) del entrenador y pedagogo que pretendo llegar a ser. Estas son algunas lecciones que aprendí:

1. Empieza por ti mismo. Pon orden en tu casa y tus asuntos. Llena de armonía tu salón. Pon nombre a los demonios para desmitificarlos, sacude con frecuencia las alfombras. Alcanza, en definitiva, una estabilidad en medio del temporal. Cuando entrenamos, mucho más que contenidos concretos o valores previamente tamizados, transmitimos lo que somos, el yo pero también su circunstancia.

2. Se trata del proceso. En efecto, se trata del proceso y no bastaría con escribirlo una tercera vez para poder interiorizarlo. Se trata del proceso (voy a probar, por si acaso), pero demasiadas inercias van a intentar desviarte de esta creencia. Se trata del proceso pero, si no tienes experiencia o principios muy sólidos, acabas cometiendo el error de perderlo de vista y enfocarte en el resultado, de compartir con tus jugadores que una victoria lo puede todo. Y entonces ya será tarde para quitarle dramatismo a la derrota, para hacerles comprender que el cómo va antes que el qué, y no solo en el diccionario.

3. Que la del entrenador sea una actividad solitaria es solo una posibilidad, una forma de hacer las cosas. Tras haber tomado contacto con entrenadores de gran nivel me he dado cuenta de que el camino es mucho más tortuoso si se camina sin mapa ni compañía. El túnel se convierte en un mirador si añades otros puntos de vista. La inclinada pendiente en un suave repecho si te espera, y lo aceptas con sinceridad y sin reparos, un gesto de comprensión y de ánimo al subir al autobús o al llegar a casa.

4. Si el sabor de las mieles del triunfo apenas sí deja un leve regusto en el paladar, una sonrisa discreta (o una gran celebración, da igual), no debemos dotar a la derrota de ínfulas inmerecidas e innecesarias. No es que triunfos y fracasos sean dos impostores, que también, es que son puntos finales o, como mucho, nuevos puntos de partida. Postales de puertos o playas que, en cualquier caso, debemos dejar atrás, en un modesto cajón de la memoria.

5. No deseches información, por anecdótica que parezca. Échale imaginación y verás que cualquier fuente de agua, por escaso que sea su caudal, puede terminar confluyendo y jugando a tu favor, aportándote claves imprescindibles en la dimensión humana y técnica. Este año he acudido a varias jornadas de formación para entrenadores y, sin ánimo de desacreditar lo que allí aprendí, las mejores enseñanzas me las dejó el kickboxing.

6. Más no siempre es más. Ni menos es siempre es menos. Con ello pretendo poner en valor el baloncesto de formación sin las connotaciones que lo terminan definiendo como una pasarela hacia la élite. Si de verdad, y no solo de palabra, creemos en que se trata del proceso, cualquier entrenamiento o partido es igual de importante, con independencia de la edad y la categoría, más allá de la atención mediática. Aunque no me hagan mucho caso, tal vez todo esto tenga que ver con que este año me encuentro muy vinculado a la categoría mini y me encanta la naturalidad con la que se juega, la nobleza con la que se comportan los jugadores y la ausencia de representantes en las gradas (salvo aquellos padres que no entendieron su papel).

7. Entrenar es un trabajo, sí, que requiere de vocación y formación, que exige planificar y ejecutar y que, como muchos otros, se realiza delante del público con el añadido de que se hace mirando a los ojos, no de funcionario a administrado, sino de alma a alma. Entrenar es una forma de educar como cualquier otra, que te hará tan rico o pobre como cualquier otra, pero que está claramente encaminada, si creemos en eso del proceso y no nos desviamos, a que las futuras generaciones, a lo largo de un exigente camino orientado a la mejora de las capacidades personales (en este caso driblar, pasar y tirar), puedan vivir bien, de forma honesta y sincera, comprendiendo al otro y aceptándose a uno mismo sin margen para la resignación o el conformismo. Entrenar es un trabajo se cobre lo que se cobre

P.D. Esto para un buen amigo que ayer mismo me comentaba que se avergonzaba de decirlo y para mí mismo, que llevo muchos años reduciendo aún más mi ya de por sí tenue hilo de voz al afirmarlo.


UN ABRAZO Y FELIZ 2018 PARA TODOS

Pequeña gran experiencia




Hay pocos sonidos más estremecedores que el de un campus de baloncesto recién finalizado, ese silencio que invade el albergue cuando el último chico sube al autobús que lo dejará de vuelta en casa. Atrás queda el ruido de balones, el entusiasmo por acceder el primero a la máquina de gominolas o al surtidor de chocolate. Más aún si la actividad es de Minibasket y los chicos no pasan de los once años, una edad a la que aún no tienen cabida las confesiones íntimas, susurradas, y la expresión del yo, por sincera, se hace necesariamente en voz alta.

El pasado domingo experimenté esta sensación de vacío que he descrito, ese derrumbe que sigue al júbilo y que, por oposición a este estado de ánimo, delata que fue una semana intensa, repleta de acontecimientos y emociones. Por suerte, aunque el campus mini de la Federación de Baloncesto de Castilla y León finalizó con éxito (sin incidencias reseñables y con un notable y generalizado ambiente de satisfacción), el camino no ha hecho más que empezar. Y es que el pasado enero fui requerido por el secretario técnico de la federación para ser el entrenador ayudante de la selección regional de minibasket, un puesto que acepté sin saber aún quién serían el entrenador principal y el delegado, consciente de todo el esfuerzo que requerirá la adaptación a una categoría que no he visitado mucho y de la que he sufrido un instantáneo enamoramiento.

Y es que en minibasket el sesudo lenguaje del baloncesto se simplifica hasta desentrañar las claves más aparentes del juego. Ayudar es ponerse delante del jugador que avanza liberado con el balón hacia nuestra canasta. Usar las manos es ir a robar como buenamente intuya el chico o la chica. Defender la línea de pase, algo tan sencillo como evitar que el jugador que defiendes reciba la pelota (y es peor si lo hace estando más cerca de tu canasta que tú). En minibasket, más que en ninguna otra categoría, se vuelve imprescindible eso que a veces olvidamos: que el baloncesto es un juego en el que hay que correr, saltar y “pegarse”: contactar antes de coger un rebote, luchar por un balón suelto o para evitar que el atacante se aproxime a nuestro aro. En Minibasket está permitido cometer errores y prohibido jugar andando para no hacerlos. En Minibasket están permitidos los tiros abiertos y casi prohibido no hacerlos. En Minibasket hay que dar siempre ese pase que el chico ve, aunque se pierda, y sienta mal ese bote de más, el abuso de la individualidad. Ni hablar del reproche entre compañeros o el gesto al aire.


Afronto encantado la aventura. Muy bien acompañado en el viaje y con un cuaderno de apuntes siempre a mano para tomar notas de conceptos y metodología, pero sobre todo para aprender de la ingenua y primitiva percepción de la cancha y de la vida que tienen los niños, esa de la que tantas veces hubiera querido disponer mientras rellenaba papeles, mediaba entre adultos o diseñaba sistemas en la pizarra.  

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Ese juego tan serio






Aquí me pillan, administrándome la dosis diaria de folio en blanco, la que necesito después de varios días inmerso en tareas baloncestísticas y, peor aún, tras una larga jornada tratando de argumentar por qué lo hago, qué fue lo que se me perdió en la sierra de Béjar o en los llanos de Alcalá para invertir siete días de mi vida por aquellos lares. A veces hay que recurrir a eso de “se trata de un sentimiento muy íntimo” o “no lo vas a entender” para zanjar la conversación. Incluso darles la razón puede ser una buena salida, antes de que te pregunten a qué te dedicas. A qué te dedicas de verdad.

Pero regreso contento. Mejor entrenador, diría, si ser mejor entrenador es haber hallado más y mejores preguntas y alguna que otra posible respuesta gracias al contacto con otros técnicos más experimentados y al tener que enfrentar nuevos y diferentes retos. Uno de ellos fue tener que cambiarme de uniforme y de máscara en menos de media hora, en el lapso de tiempo que medió entre la concentración de minibasket y la salida para el torneo cadete. En apenas treinta minutos hube de mudar el lenguaje, las formas, los discursos, los contenidos y los objetivos. En realidad no tanto –luego me di cuenta–, pues no cambiaron las dos canastas, el balón (aunque fuera más grande) y el amor de los chicos por la competición, por el juego, esa cosa tan seria.

Cambian, esto sí, las perspectivas, las dimensiones de los problemas, que se agrandan con la edad, a pesar de observarlos desde más arriba. No la convivencia entre iguales, creo, igualmente compleja por esta visión tan extendida en la sociedad de que los bienes en disputa (canastas, chicas guapas, minutos, reconocimiento,…) son necesariamente escasos y, por lo tanto, objeto de competencia dentro del grupo. Para mitigar esta creencia, hay que inculcar la “política” del pequeño detalle, la de la igualdad bien entendida (dar a cada uno lo suyo, no a todos lo mismo). Mejor antes que después, no vaya a ser tarde.

Hay que escuchar. Escuchar de verdad. Al otro y lo que dice el otro, no a tu interpretación, llena de prejuicios. Para inculcar disciplina hay que ser generoso y mostrar preocupación sincera. Para que doce jugadores, de la edad que sea, vayan a muerte contigo tienes que estar dispuesto a matar por ellos –y que lo vean. Liderar es un verbo regular solo en su conjugación. En su significado, dada su naturaleza polimorfa, está lleno de aristas.

Entrenar es (también) solventar una cadena de problemas eslabón a eslabón, comprendiendo la globalidad causal de los mismos, pero atendiendo su particular idiosincrasia, atajándolos uno a uno hasta que la montaña se desmorone. “A cada problema una solución” repetía una y otra vez uno de los más experimentados entrenadores con los que he compartido estos días. Y no hizo otra cosa que predicar con el ejemplo.


Así que lo volvería a hacer, sí, volvería a emplear otros siete días de vacaciones relacionado con el baloncesto. Aquí, en este erial donde todo esfuerzo vocacional, por el hecho de serlo, es recompensado parcamente, o en China o Estados Unidos, donde el entrenador de baloncesto, como el de gimnasia o atletismo, es un educador de referencia. Con chicos de cualquier edad, pero preferiblemente con chicos antes que con adultos. Pues, al fin y al cabo, se trata de un juego, de un juego muy serio y que me encanta. Y que se llama baloncesto.  

El juego de las soledades




No pudo elegir Góngora mejor título para uno de sus más excelsos poemas: Soledades. Así, en plural. El mundo es un conjunto de soledades que se manifiestan e intercomunican para dejar constancia de su existencia, no para reclamar ninguna clase de vínculo con el resto. La soledad está bien cuando es buscada –no en vano es la principal compañía del creador–, pero las soledades de las que yo hablo no son conscientes de ello; caminan en compañía y se brindan sombra las unas a las otras. Las soledades de las que yo hablo son los gremios, los grupos de interés, las corporaciones; las pequeñas derivadas de este mundo complejo que coexisten bajo el único lazo común de lo, en el fondo, banal. Estas soledades solo se van a encontrar en la despiadada lucha por fondos que son escasos, en el cuadrilátero donde la “sociedad” decide qué es lo importante; qué es eso que, en definitiva, merece una subvención o una aportación privada.

El viernes asistí a la defensa de una tesis (muy buena. La defensa, digo. Formalmente, digo. El resto no lo entendí) sobre patrones en la elección del voto en América Latina. Los miembros del tribunal, el ponente, amigo mío, y su tutor, hicieron aportaciones, seguramente precisas, sobre la materia. El resto, salvo algunos eruditos en el campo tratado, asistimos de la forma más educada posible a esa “conversación” privada tratando de guardar silencio y no mirar demasiado el móvil.

Ayer sábado me desplacé a Olmedo y estuve siguiendo una competición de minibasket para los equipos de Castilla y León. En aquel pabellón, aunque seguro de poder entender todo lo que se decía, pues la comunicación se hacía en un idioma familiar para mí, sentí la ausencia de aire, la presencia de una suerte de burbuja a mi alrededor. Entre niños que solo buscaban pasarlo bien, entre algunos padres que solo querían disfrutar acompañando a sus hijos, estábamos unos cuantos entrenadores; unos tratando de sacar el máximo rendimiento a sus equipos y otros simplemente esperando un destello de talento que nos cegara. Y los hubo. Y hubo equipos que ganaron y otros que perdieron. Y todo el mundo lo hizo lo mejor que supo con sus virtudes y sus carencias. Pero y qué.

Anoche, ostensiblemente cansado, vi fragmentos sueltos de la ceremonia de los Goya, otra reunión de soledades dentro de esa particular soledad que es el cine español. Otra reunión privada a la que las otras soledades se acercan a través del televisor solo para disfrutar de ese ejercicio teatral donde lo cómico y lo grotesco se confunden. Ricardo Darín, al que admiro por hablar un idioma universal, el de la emoción, exigió de los políticos hacer algo con la cultura porque esta es en realidad su única y verdadera misión. El problema es que Ricardo Darín no explicitó qué es eso de la cultura y si va más allá de su particular soledad.

Y yo, lejos de ser el Ricardo Darín del basket (ese bien podría ser Stephen Curry), también apuesto por hacer algo. Pero no se lo pido a nadie; nos lo pido a nosotros, entrenadores de cantera. Nuestra soledad particular, que ha venido siendo definida por esa dicotómica relación victoria-derrota, debe empezar a caracterizarse en términos relacionados con la honestidad y, en todo caso, por la dualidad “actuar bien-actuar mal”. Es decir, nuestro campo de actuación, sin renunciar a sacar el máximo rendimiento deportivo a un colectivo, debe aproximarse a la soledad educativa y alejarse de los estándares que define la soledad “entretenimiento-espectáculo” que sería la que llamamos élite. De lo contrario, caeremos, como tantas otras soledades, en una banalidad onanista difícil de detectar dentro de la burbuja, pero fácilmente perceptible por todos aquellos que no entienden de lo que hablamos.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Días de mini





Qué tesoro más grande y breve es la juventud. Su envoltorio, unas veces ingenuo y otras perspicaz, nos impide analizar, en ocasiones, su verdadero valor. Y es que juventud es, ante todo, sinónimo de predisposición al aprendizaje, es una puerta abierta, a veces demasiado, que saluda y da la bienvenida a todo el que la osa penetrar.



Por suerte, no siempre los visitantes son funestos hombres de negro, cobradores del frac que vienen a pasar la factura y a arruinar lo que una infancia sana debe ser. Y es que a veces, en la vida de un niño, por muchas y diferentes razones, se cruza el baloncesto en su forma más loca y disparatada, también la más pura y sin ambages: el minibasket.



Ayer, escribo con premura para no olvidar detalles, se disputó en Segovia el Campeonato Regional de Selecciones Provinciales de Minibasket al que tuve la fortuna de acudir como entrenador ayudante de Fernando Merchante Valiente (en este caso la introducción del segundo apellido no es banal) al frente de la selección masculina de la delegación salmantina. Estaba en juego, si no profundizamos y nos conformamos con ser gota de aceite en un vaso repleto de agua, el ascenso de categoría, un quinto puesto que le concede el honor y el privilegio, a la futura generación de baloncestistas salmantinos, de optar a las medallas en la próxima edición.



Pero si a los chicos les pedimos ir más allá del resultado nosotros, como responsables de su crecimiento como jugadores y como personas, no podemos ser menos. Así, aunque la esencia del conocido como PRD (Programa Regional de Detección) es, como su propio nombre indica, el de la captación temprana de talento, no podemos olvidar que de los 192 chicos y chicas citados para el campeonato, sólo 24 formarán parte de las selecciones de minibasket de nuestra comunidad y que muchos menos aún, o ninguno, entrarán en futuras listas a escala nacional.



Es la parte negativa de estos procesos selectivos, de esta toma de decisiones (tú entras, tú no) que descarta y privilegia, que da y que quita. Por eso es necesaria una sabia lectura, una interpretación correcta de lo que supone el alcanzar o no una meta, ganar o perder un partido y, mucho más aún, de lo que ello supone para un chico o una chica de 11 años, para un niño que apenas acaba de aterrizar en este planeta. Espero que ninguno de los 18 niños que empezaron el trabajo y no acudieron a la cita en Segovia, haya inferido que esta negativa es personal e inmutable, pues muchas veces lo que se premia, y lo que se castiga, no es sólo el binomio talento-trabajo sino, y sobre todo, las horas (y la calidad de éstas) que le han dedicado al baloncesto o al deporte en términos generales.



Ahora bien, retomo el concepto de éxito en estas edades apelando a la vocación educativa con la que nació en baloncesto en la fría costa este de los Estados Unidos (la búsqueda de una actividad física reglada que pudiera desempeñarse en el interior de un recinto), la sana sensación de dar el cien por cien, de jugar concentrados únicamente en la tarea que nos concierne, sea ésta cerrar una línea de pase, buscar al compañero libre o atacar el aro. Éxito, y me pongo de pie para citar a John Wooden, es esa “paz interior alcanzada sólo a través de la satisfacción personal de saber que hiciste el esfuerzo de la mejor manera posible”.



Pues bien, nosotros, ayer, tras toda una serie de circunstancias, además de conseguir el objetivo, ganamos. Ganamos porque fuimos honrados con nosotros mismos, porque le hicimos comprender a los rivales que no les regalaríamos nada y porque entendimos, desde el primer momento, que en este deporte, por mucho que a veces nos someta a criterios de selección, sólo se puede triunfar, triunfar de verdad, actuando unidos y como un equipo.



Sí, fuimos un equipo. Incluso para animar a las chicas y dar guerra en el autobús. Ahora, Izan, Guillermo, Javi Pérez, Rubén, Alberto, Javi San Francisco, Dani, Sergio, Pablo Torres, Pablo García, Ángel y Miguel, sólo os queda seguir trabajando, cosechando éxitos ejercicio a ejercicio, entrenamiento a entrenamiento. El baloncesto nos ha brindado esta oportunidad y, sólo por eso, estaremos en deuda con él durante toda la vida. Paguémosla poco a poco, con tesón y espíritu de superación.



P.D. Quisiera extender el agradecimiento a los colegios y clubes que nos prestaron la información de sus jugadores, a los padres que siempre estuvieron pendientes de sus hijos y, por supuesto, al cuadro técnico con el que he compartido estos meses, a Pablo y Eva como entrenadores del equipo femenino y, muy especialmente, a Manuel Rodríguez por su confianza y por la experiencia que nos ha aportado así como a Fernando Merchante por su papel como guía y planificador de un proceso, el de la preparación de la selección masculina, al que pongo punto y final plenamente satisfecho.



Os dejo unas cuantas fotos y más tarde subiré algunos enlaces. 









 UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS