Dilemas del entrenador de baloncesto (I)





Numerosos filósofos y pedagogos se han servido, a lo largo de la historia, de la formulación de dilemas para enseñar o demostrar sus teorías y, más aún, para hacernos pensar antes de tomar decisiones y reflexionar sobre nuestras acciones y sus consecuencias. Es famoso el dilema que propusieron en su día Philippa Foot y Judith Jarvis Thompson en el que un tranvía fuera de control avanza rumbo a la situación de cinco personas que se encuentran amarradas a los raíles y a las que podemos salvar moviendo una palanca y forzando un cambio de agujas que desviaría la máquina hacia donde "sólo" se encuentra atada una persona. La mayor parte de los sujetos, aplicando una ética utilitarista contestó que sí tomaría esa decisión, pero su respuesta cambió cuando, en un supuesto parecido, la única forma de salvar la vida de esos cinco individuos pasaba por empujar a un hombre a las vías para obstruir la circulación del tranvía. Esto ya no les parecía correcto.

Pues bien, los entrenadores estamos constantemente tomando decisiones, quizá no tan trascendentes, pero que ponen en juego numerosos principios morales y maneras de entender la educación, la competición y el deporte. Sin embargo, curiosamente, en todo el proceso “académico”, a lo largo de los tres cursos de formación obligatorios que hacen falta para llegar a ser entrenador superior de baloncesto y poder, así, dirigir a cualquier equipo federado en España, apenas se hace hincapié en los aspectos deontológicos de nuestra actividad. Esta omisión, deliberada o no, debería ser corregida en los planes de estudio porque, de lo contrario, el mensaje que se lanza pudiera parecer perverso. ¿O es que todo vale en el camino hacia la victoria?

Dilema 1. ¿El deporte, el equipo y la figura de un entrenador pueden o deben rebasar los límites de su propia actividad y convertirse en elementos moralizantes? ¿Puede la vida personal de uno de los integrantes del equipo afectar a la toma de decisiones de un entrenador, orientada en principio al logro de la mayor eficiencia grupal?

Por fuentes secundarias te enteras de que el mejor jugador de tu equipo se ha visto envuelto en una pelea callejera en la que ha exhibido y empleado, aunque sin éxito (por fortuna), un arma blanca. Cuando tú le preguntas, en general, por su vida personal, si está todo bien y conforme, él asegura que sí, que nunca estuvo mejor. Aun así, confirmas por otros medios la evidencia del episodio y te planteas no alinearlo en el siguiente partido, un encuentro importante para el devenir de la clasificación. ¿Debe pagar el equipo un error privado de uno de sus miembros? ¿Se conseguirá el efecto “educativo” a través del castigo que supone impedirle jugar? ¿Cómo gestionar una información que no obtienes de primera mano y que, en cierto modo, es confidencial?

Dilema 2. El conjunto o los individuos. Utilitarismo y deontologismo en la toma de decisiones a la hora de repartir los minutos en categorías de formación.

Miguel juega unos doce minutos por partido. Es uno de los chicos más trabajadores y progresa rápidamente. Sin embargo, su frágil moral y escasa autoestima, le impiden rendir al nivel al que entrena durante los partidos. En el encuentro del fin de semana comete dos errores consecutivos en el pase que cuestan cuatro puntos al contraataque y que hacen que la ventaja se reduzca a solo cinco puntos a falta de ocho minutos de partido. El instinto, y un poco de ira, te incitan a sentarlo en el banquillo. Temes que su presencia haga peligrar el resultado, aunque lo previsto era tenerlo en pista tres minutos más. Normalmente no castigas los errores de ejecución pues forman parte del proceso de aprendizaje, pero, ¿y si perdéis? ¿Cómo vas a mirar al resto de jugadores? ¿No es mejor que se siente, respire tranquilo y evitar así que sus compañeros se enfaden con él? ¿O debes infundirle confianza y exigirle a los demás lo mismo, que crean en él y lo apoyen?

Dilema 3. El resultado y la formación no siempre caminan de la mano. ¿Pájaro en mano o ciento volando?

Tu equipo de categoría cadete afronta el último mes de competición con posibilidades reales de acceder al campeonato de España. El rendimiento ha sido superior al esperado y la planificación, trazada con esmero durante el verano, está dando sus frutos. En ella tuviste presente, ante todo, la formación del jugador con vistas al futuro. Tus chicos no dejan de tener quince o dieciséis años y mucho que aprender aún para poder competir algún día a su máximo nivel, sea cual sea éste. Llevas toda la temporada centrándote en detalles técnicos ofensivos y defensivos y en la construcción de un juego libre que pone el foco en la iniciativa del jugador y en la explotación de su talento. Hasta ahora no te has planteado incorporar trampas defensivas ni jugadas que faciliten la labor ofensiva de tus jugadores. Todo lo basas en la obtención y mantenimiento de la ventaja a partir del uno contra uno, aunque tienes dudas de si ése es el camino correcto teniendo en cuenta que, en niveles profesionales, donde esperas que algún día llegue alguno, aunque sea uno, de tus jugadores, se abusa de sistemas cerrados. Desde luego te sería útil e interesante incorporar un pequeño sistema con bloqueos y, tal vez, una defensa zonal para competir en este último mes. Y bueno, al fin y al cabo, también es bueno que vayan viendo lo que se van a encontrar algún día. A lo mejor fuiste demasiado tajante a la hora de planificar. Y bueno, tal vez no sea posible que lleguen a ser profesionales. “No nos hará mal”, piensas, “aumentar nuestras opciones de jugar un campeonato de España, lo que no deja de ser una experiencia única”. ¿Ganar ahora o formar para luego sin la certeza de que exista un después? ¿Deben ser flexibles los principios metodológicos que forman parte de la idiosincrasia del entrenador? ¿Es el uso de la táctica un recurso lícito, en términos éticos, para incrementar las opciones de victoria en categorías de formación? ¿Es la teoría que afirma que hemos de educar en lo táctico, un subterfugio para tratar de obtener mejores resultados ahora dado que luego es imposible saber lo que ocurrirá?

Así quedan formulados los dilemas y sus preguntas adyacentes. No esperen de mi parte una repuesta pues dudas son todo lo que tengo. 


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

El siglo de los bases





La NBA es una especie de organismo en continua transformación. En sus cerca de setenta años de historia la liga ha atravesado casi tantos estadios de desarrollo como el hombre en su cienmilenaria evolución. De once equipos, un par de divisiones y unas modestas aspiraciones de escala local y regional hemos pasado a treinta franquicias, seis divisiones y una repercusión internacional indiscutible que la convierte en uno de los faros más luminosos de esta nuestra aldea global. Sirva también, como ejemplo, el devenir del asunto racial, en el que la NBA no sólo ha caminado de la mano de los tiempos, sino que lo ha hecho siempre un paso por delante, enarbolando la causa de la igualdad no sólo con mensajes pomposos y grandilocuentes, sino a través de filantrópicos programas como el “Read to Achieve” o el “NBA Cares”. Lo mismo podríamos afirmar en relación con la geografía, el modelo de negocio, las reglas de juego o etiqueta y muchas otras dimensiones anejas al deporte y que se hallan en constante proceso de transformación y adaptación. Pero hoy quiero centrarme en el puro y duro baloncesto, hablar de la profesión de base y, para hacer buena esta introducción, lo haré especialmente de su diacrónica progresión.

Digo profesión porque ser base implica ser jugador de baloncesto y algo más. El jugador de baloncesto puede driblar, lanzar, pasar, rebotear, taponar, robar balones, ayudar en defensa,... El base debe poder hacer todo eso y, al mismo tiempo, escrutar cada movimiento del rival, comprender la psicología de su entrenador y de todos y cada uno de los compañeros y oponentes. El base debe entender de momentos, llevar los tiempos, minimizar errores, interpretar los espacios, acaudillar a su pueblo y no rendirse nunca. Geómetra y metrónomo, batuta y trompeta y, hasta los últimos años, generoso secundario de lujo. Todos estos sustantivos han venido definiendo a los mejores bases de la historia. Hasta el inicio del tercer milenio.

Hasta los años 70 la liga estuvo sometida al dominio de los hombres grandes. Primero fue Mikan y a continuación, compartiendo de manera desigual fama y títulos, llegaron Bill Russell y Wilt Chamberlain. No pudo Elgin Baylor ganar un anillo. Tampoco Jerry West sin la presencia de Wilt ni The Big O, Oscar Robertson, uno de los mejores bases de la historia, sin la ayuda de un aún imberbe Lewis Alcindor, Kareem Abdul Jabbar. En aquel entonces un siete pies móvil era conditio sine qua non para aspirar al anillo. De ahí que fuera tan necesaria, y milagrosa, la inesperada aparición de Willis Reed en el séptimo partido de la final de 1970.

Sólo el nombre de un base, si exceptuamos la rara y ambivalente condición de Oscar Robertson (Mr Triple Doble), trascendió a la altura de las más rutilantes estrellas del campeonato. Ése es Bob Cousy, el Houdini del parqué, el base de los primeros Celtics campeones y uno de los abanderados del concepto de entretenimiento. Pero, no nos engañemos, los Celtics siguieron dominando el campeonato sin sus pases de fantasía y su manejo de balón más propio de un trilero.

Algo así como un base. Eso era Oscar Robertson y también podríamos definir de esta manera a Walt Frazier, el icono más laureado de los Knicks, una especie de efigie viviente de la gloria ya lejana de los de Nueva York. Una mezcla extraña fue también Earl, “The Pearl”, Monroe, pero, sea como fuere, la década de los setenta vino a consolidar las figuras de los aleros (Rick Barry, John Havlicek, Julius Erving, Bob McAdoo,...) y los pívots (Elvin Hayes, Kareem Abdul Jabbar, Bill Walton, Moses Malone,...) relegando la presencia de los bases a un papel más bien testimonial.

Todo cambió en los 80. Nacido en Lansing, Michigan, Earvin Magic Johnson redefiniría las reglas del juego del baloncesto y los cánones clásicos de la belleza. De la reducción al absurdo que supuso su advenimiento derivó también el surgimiento de un nuevo concepto de “play maker”, el base alto, el jugador total. Más ajustado al libreto, pero igualmente singular en su estilo, Isiah Thomas le puso tanto corazón a la profesión que los títulos y reconocimientos le llegaron por derribo. Los ochenta, a pesar de que los perros grandes seguían siendo los favoritos de los managers y entrenadores, supusieron, además de una época dorada para el baloncesto colectivo, la reconsideración del base como elemento central en la conformación de un equipo ganador, algo que también tuvieron presente los Sixers del 83, con Maurice Cheeks, y los Celtics de Larry Bird, con la siempre añorada presencia del ojeroso Dennis Johnson.

Los 90, por su parte, fueron años de silenciosa siembra y cosecha escueta. De arrimar el hombro y arar la tierra para que las generaciones venideras la encontraran, a la postre, bien ventilada y con la textura perfecta. Un equipo, los Bulls, dominó la competición jugando sin un base puro, colocando al otrora maestro de ceremonias en una esquina. Como fotógrafo, aunque en ocasiones jugaran papeles determinantes. El triángulo ofensivo diseñado por Tex Winter, y tan bien implantado por Phil Jackson, fue debilitando, uno a uno, los esfuerzos de Terry Porter, Kevin Johnson, Gary Payton y John Stockton por ganar un anillo a la vieja usanza, haciendo orbitar el juego en torno a su mando. También los de Moncrief, Mark Price o los del inconsciente John Starks. Lo intentaron, a su manera los “no hermanos” Hardaway; el pequeño y jugón, Tim, y el grande y no menos jugón, aunque de cristal, Penny. Ambos sin premio aparente.

Kevin Johnson, Gary Payton y John Stockton, cada uno con su particular estilo, abrazaron la llegada de Jason Kidd, otro hacedor incansable de triples dobles, un verdadero líder en la cancha que anticipó, a su vez, la irrupción de Steve Nash, consecutivamente nombrado MVP de la liga en 2006 y 2007. Ningún base de sus características –director de juego y principalmente asistente– se alzaba con el más importante galardón individual desde que lo hiciera el propio Bob Cousy en 1957, es decir, medio siglo antes. Porque me lo van a permitir sus fans, hablar de Allen Iverson, desde el máximo de los respetos, es hablar de otra cosa. De un gran jugador, de un excelso anotador, de un reclamo sin igual, pero no de un base.

Sólo pasarían cuatro años más hasta que Derrick Rose, otro base, se hiciera con el MVP. Su fichaje por los Chicago Bulls, procedente de la Universidad de Memphis, puso sobre el tablero un nuevo prototipo de “point guard” que vendría a ser una generación más avanzada de la que quisieron inaugurar Deron Williams o Chris Paul, aunque este recuerde más a los pequeños directores de juego de otras épocas. Ahora el base es ante todo un anotador que asiste, simplemente, porque lo marcan los sistemas o por necesidades del juego. Son el principal quebradero de cabeza de las defensas rivales, apenas preocupadas ahora por lo que puedan hacer los interiores. El juego, aunque los clásicos hablamos siempre de que lo preferible es la consecución de un equilibrio, ha ido desplazándose hacia el perímetro y toda construcción ofensiva, salvo excepciones, suele empezar desde la figura de un base o la de un alero que hace las veces (Lebron James, Kevin Durant).

De los viejos matchups entre Russell y Chamberlain, Hayes y Kareem, Olajuwon y Ewing o entre Erving y Bird, Bird y Wilkins, Jordan y Drexler, Jordan y Barkley o Lebron y Durant, hemos pasado a emparejamientos entre tipos de estatura y complexión más cercanas a las de un tipo normal. De ellos no sorprende su estatura, sino su desbordante talento para la generación y mantenimiento de las ventajas y para la ejecución explosiva y controlada de gestos técnicos a máxima velocidad. Los nuevos iconos del baloncesto son bases y estos son mis favoritos:

1. Stephen Curry. De anotador puro en Davidson a promotor del baloncesto más bonito y vertiginoso de la actualidad.

2. Chris Paul. El base de los Clippers es el que mejor interpreta el arte del pick and roll y el que mejor hace partícipe del juego a sus interiores.

3. James Harden. Si quiere hacer un tiro lo va a hacer. El más virguero manejador de balón tiene una zurda prodigiosa para el lanzamiento exterior y mil y un recursos para finalizar bajo aro o buscar el contacto y sacar una falta.

4. Tony Parker. El base del equipo campeón merece crédito por ese simple hecho. Los que hemos crecido viendo a estos Spurs reconvertirse y regenerarse a lo largo de los quince años que separan sus cinco anillos, debemos valorar el grado de madurez alcanzado por el parisino.

5. John Wall. Sus complicados antecedentes familiares hacen de él un fiero competidor. Poco a poco ha ido refinando su tiro en suspensión y su lanzamiento exterior.

Invitándoos a hacer vuestra propia lista me despido. No tienen por qué ser cinco. Pueden ser diez o quince. Afortunados o no, una realidad se alza incontestable ante nosotros: vivimos en el siglo de los bases.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Fue un placer, maestro





Hacia el final de la Guerra de Secesión, se estaba debatiendo en la Casa Blanca sobre la toma de represalias para con los vencidos. Lincoln fue instado por uno de sus consejeros a castigar duramente a las fuerzas del Sur: “Presidente, se supone que tenemos que destrozar a nuestros enemigos, no hacernos amigos suyos”. Mr Lincoln respondió: “¿Acaso no termino con un enemigo al convertirme en su amigo?”

París es para mí un gran icono. La conocí de adolescente y sueño cada día con regresar. Ayer millones de ciudadanos la ocuparon para defender los derechos y libertades que las sociedades occidentales hemos obtenido no sin cortar cabezas o tomar atajos más o menos dignos. Pero no, ni la defensa de la libertad pasa por demostraciones cuantitativamente colosales, ni los muertos franceses, periodistas, policías o paisanos, son cualitativamente mejores muertos que los de las otras naciones. No debemos olvidar, tampoco, que en Versalles se cometió el gran error histórico del siglo XX al firmarse, para Alemania, unas condiciones imposibles de pagar que derivaron en la gran crisis de la libertad de la época contemporánea como consecuencia del ascenso del nazismo. París está bien y es bonita, pero Lincoln dio con la clave: comprensión, perdón y reconciliación. Sólo así los logros podrán ser duraderos.

De amistad y no de venganza habla también John Wooden en el libro que anoche mismo terminé de leer. De libertad también, de su ejercicio virtuoso en el marco de colectividades encaminadas a un fin común. De educación, como paso previo y cimiento de todo porvenir. De baloncesto, pero no mucho. Porque igual que fue baloncesto podría haber sido volleyball. O balonmano, o béisbol. John Wooden fue “coach”, pero fue sobre todo “teacher”. Profesor en el más señalado sentido de la palabra.

Las cuatro leyes del aprendizaje son la explicación, la demostración, la imitación y la repetición. El objetivo es crear un hábito correcto que pueda ser repetido instintivamente bajo altos niveles de presión.

Para estar seguros de que conseguimos este objetivo creé ocho leyes del aprendizaje: nombrar, explicar, demostrar, imitar, repetir, repetir, repetir y repetir

Así de simple. Éste es su método y con él elevó el programa baloncestístico de UCLA a la excelencia. Ahí siguen sus récords, sus diez títulos en doce años, sus siete trofeos consecutivos entre 1967 y 1973, su membresía en el Salón de la Fama como jugador en Purdue y como entrenador en Los Ángeles para demostrar su pertinencia. Aunque claro, en 1975 dijo que ya había tenido bastante y se retiró a su casa familiar con su adorada Nellie impidiéndonos, así, poder comprobar si dicho método hubiera convencido a los jugadores de las generaciones finiseculares o a las del cambio de siglo y milenio. Nunca sabremos si el profesor, el chico de Indiana, podría haber hecho valer sus principios en medio de la vorágine o si hubiera muerto agazapado junto a ellos en una embarrada trinchera sometido por los cañones de quienes no tienen la paciencia necesaria para dejar germinar la semilla.

Preocúpate más por tu carácter que por tu reputación. Tu carácter es quien eres realmente. Tu reputación es lo que los demás dicen que eres.

Mantén bajo control las cosas que pertenecen a tu dominio y no escapan de él. Esta es una de sus máximas favoritas a juzgar por el número de veces que la repite en el libro. El bien más preciado para el Entrenador Wooden es la paz interior, esa que nos permite conciliar el sueño cada noche y despertarnos liberados de toda carga al amanecer de un nuevo día.

Failing to prepare is preparing to fail

Sobran las traducciones. La preparación lo es todo. Los entrenadores debemos aspirar a que cada sesión de entrenamiento, cada ejercicio y cada fragmento del mismo, sean verdaderas obras maestras. Y eso solo lo podemos conseguir transmitiéndoles nuestro entusiasmo y nuestra laboriosidad, enseñando fundamentalmente a partir del ejemplo y, por supuesto, haciéndoles ver que no trabajan para nosotros, sino con nosotros.

Todo el mundo cuenta con una cantidad mayor o menor de ego, pero debes mantenerla bajo control. Ego es sentirse confiado e importante, sabedor de que se puede sacar adelante el trabajo. Pero si elevas ese sentimiento al punto de creerte muy importante, indispensable, o al nivel de pensar que puedes hacer el trabajo sin esfuerzo real o trabajo duro, sin la correcta preparación; eso es arrogancia. Y la arrogancia es una debilidad.

Tratando a todos con justicia, que no por igual. Dando a cada uno lo suyo y evitando la tentación de conceder privilegio alguno. Así gobernó John Wooden los vestuarios. Apreciando al individuo, pero no ensalzándolo. Transmitiendo a sus jugadores que todo rol es importante, que cualquier pieza, se encuentre en un ángulo recóndito o en el centro del puzzle, es igualmente esencial para alcanzar la armonía, pero con la determinación de que cualquiera puede ser reemplazada si, por vanidad, pretende inflarse y ocupar el lugar reservado para otras.

Éxito es tener la conciencia tranquila como consecuencia de la autosatisfacción derivada de saber que hiciste todo lo que pudiste para llegar a ser el mejor dentro de tus posibilidades.

He aquí su principal aportación a la filosofía moderna y, por extensión, a la vida de numerosos ciudadanos que deambulan persiguiendo sombras habitualmente esquivas. El éxito no se mide en números o beneficios. El éxito no pueden baremarlo personas ajenas a uno mismo. Éxito es hacer todo lo posible. Éxito es llegar rendido a casa y saber que no pudiste dar un paso más. Y en el ascenso hacia el éxito, cúspide de su famosa pirámide, son fundamentales determinados bloques para evitar que la búsqueda se vuelva demasiado costosa y conduzca al abandono. Esta es su pirámide y éste el culmen de su filosofía. Fue un placer leerle maestro.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Donde el corazón nos lleve





Sentado, pudiera parecer que impasible. Cómodamente instalado dentro del traje oficial de USA Basketball y sobre unos lustrosos zapatos. Así conocí a Mike Krzyzewski durante mi visita a Bilbao para la celebración del segundo partido de la fase de grupos del pasado Mundial entre Turquía y Estados Unidos. Coach K ha sido siempre toda una referencia, no en vano el programa baloncestístico de Duke, el más exitoso del país en el conjunto de las tres últimas décadas, lleva su intransferible sello personal. Sin embargo, liderando una selección de perfil bajo sobre la que se cernía la sombra de la duda y la sospecha, el licenciado de la West Point Academy, volvió a mostrar todas sus cualidades como gestor de grupos, educador y, en definitiva, padre espiritual de una colectividad, de esa familia en que se convierte un equipo de baloncesto cuando entre sus miembros los lazos se tornan estrechos e irrompibles.

Aquel día simplemente lo observé desde la grada de enfrente. Hoy, gracias a la lectura de su libro, Leading with the heart, inestimable regalo de mi hermano, siento que estoy un poco más cerca de él, de ese chico de Chicago que, como él mismo confiesa, organizaba a los chicos del barrio para jugar al béisbol en la calle. De su instinto e inteligencia para captar cada mensaje que la vida le lanzaba a modo de adagios paterno-filiales, enseñanzas callejeras o lemas castrenses surgió una personalidad incorruptible y al mismo tiempo flexible que encontró en la enseñanza del baloncesto su destino. Un destino que es, en realidad, un camino. Un camino salpicado de temporadas, ese lapso con el que los entrenadores organizamos nuestras agendas. Temporadas que debemos afrontar, así nos lo enseña Coach K, como si fueran toda una vida.

En ese camino hubo derrotas que lo hicieron más fuerte y, por desgracia, se quedaron también algunos amigos, como Jim Valvano, al que acompañó hasta su último aliento. También su madre, a la que siempre recuerda y rinde pleitesía. Con él, por suerte, siguen viajando su mujer, sus tres hijas y su hermano, el más apasionado de todos, como reza la dedicatoria. Con él, además, porque cree que así debe ser, caminan también todos los que fueron sus ayudantes, todos los que algún día formaron parte de la comunidad de Duke en Durham y, por supuesto, todos los que algún día, aunque fuera durante unos segundos, le llamaron, honrando al propio sustantivo, entrenador.

Aunque el libro, por vano orgullo personal, está llamado a formar parte imperecedera de mi biblioteca personal allá donde se emplace en un futuro próximo, hoy se encuentra disponible para todos aquellos que, siendo entrenadores o no, deseen conocer mejor los operadores que le han permitido alcanzar a Mike Krzyzewski sus estándares de excelencia. Entre ellos, y por encima de todos, tal y como avanza el título, mucho corazón.

Éstos son alguno de los párrafos que he rescatado:

Las personas necesitan que les den libertad para mostrar el corazón que poseen. Es responsabilidad de un líder dotarles de esta libertad. Y eso se puede conseguir estrechando las relaciones. Si un equipo es una verdadera familia, sus miembros querrán mostrarte sus almas.

Algunas personas piensan que disciplina es una palabra fea. Pero no debería serlo. Todo lo que significa es hacer lo que estás llamado a hacer de la mejor manera posible en el momento debido. Y eso no está mal.

Hay cinco cualidades fundamentales que hacen de cada equipo grande: comunicación, confianza, responsabilidad colectiva, cuidado mutuo y orgullo. Me gusta pensar que cada uno de ellos como uno de los dedos de un puño. Cada uno de ellos, individualmente, es importante. Pero todos juntos son imbatibles.

Si pones una planta en un jarrón tomará la forma del jarrón. Pero si permites que la planta crezca con libertad, veinte jarrones no serán suficientes para sustentarla. La libertad para crecer personalmente, la libertad para cometer errores y aprender de ellos, la libertad para trabajar duro y ser uno mismo. Todo ello lo debe garantizar un buen líder.

Quiero que cada uno de los jugadores de Duke sepan que nuestra relación va a estar siempre ahí, que los amigos no desaparecen una vez culmina el camino. La amistad es una cuestión del alma. Y todos mis amigos permanecen siempre en mi corazón. Siempre.

El aprendizaje continuo es una de las claves del liderazgo porque nadie puede saberlo todo. En el ejercicio del liderazgo las cosas cambian. Los sucesos cambian, las circunstancias cambian, la gente cambia. Como los hechos demuestran, en el liderazgo todo tiene que ver con el cambio. Los lideres conducen a su gente hacia lugares en los que nunca han estado. Porque los líderes están siempre encontrando nuevas situaciones, tienen que aprender cómo reunirse con los nuevos retos, adaptarse, confrontar, dominar la situación, ganar. El trabajo de un líder es cambiante. Es como un anillo. No tiene fin. El liderazgo nunca se detiene.

Si la única razón por la que yo entrenara fuera ganar partidos de baloncesto mi vida sería bastante miserable. Entreno sólo porque amo este deporte y porque así tengo la oportunidad de enseñar e interactuar con gente joven.

Los miembros de tu equipo necesitan poder mirarse a través de tus ojos. Sólo así podrán ver quiénes son, no quienes ellos creen que son.

Cuando nuestro objetivo es intentar hacer lo mejor de nosotros mismos, cuando nuestro foco se centra en la preparación, el sacrificio y el esfuerzo en vez de en números en el marcador, entonces, nunca perdemos.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Feliz año viejo





Qué invento este del calendario que emplaza orígenes y destinos en el marco de una dimensión apasionante, inabarcable y que tiende irremediablemente al infinito como es el tiempo. Sin embargo, ante nosotros la noción de ciclo, con su principio y su final, se nos vuelve imprescindible. Necesitamos hallar orden en el caos de nuestras vidas, necesitamos recapitular de vez en cuando y renovar deseos y ambiciones aunque ello suponga olvidar nuestro residual papel en el devenir del universo.

Aprovecho la coyuntura que nos brinda el 31 de diciembre, yo también, para cerrar 2014 en el ámbito baloncestístico. Aunque nuestro deporte está más acostumbrado a cerrar balances en verano, con las gotas de sudor en la frente y arena de playa bajo nuestros pies, esta fecha nos permite hacer un análisis sobre la marcha y corregir derrotas que conducen a lugares no queridos.

En lo personal 2014 será para siempre el año en el que cursé el CES, el Curso para Entrenadores Superiores de Baloncesto, que comenzó allá por el mes de abril en su fase on-line y que aún hoy continúa con la realización del proyecto y de las prácticas. La fase presencial en Zaragoza, en un mes de julio de temperaturas moderadas me permitió conocer a ídolos del baloncesto, a entrenadores consagrados y a compañeros igualmente enamorados de este deporte. Hubo noches demasiado cortas y días que quisieron comprobar la resistencia de nuestras mentes, pero en general, con la perspectiva que presta el tiempo, considero que fue una experiencia positiva de la que extraje importantes enseñanzas. Lo conté todo en este diario: Curso de Entrenador Superior.

Sin embargo, pese a considerar esta inversión como positiva y necesaria, uno se pregunta hasta dónde llega la pasión como razón o explicación de todas nuestras apuestas. Quien comienza ahora a ascender en la “carrera” corre el riesgo de que, con la erosión que está sufriendo el deporte como alternativa de ocio (y negocio), el ocho mil para el que comenzó a prepararse hace años se haya convertido, de repente, en una triste y solitaria colina, un destino tal vez insuficiente que nos invite a proclamar, como lo hiciera Julio Llamazares en un cuento sobre el penalty de Djukic, después de múltiples esfuerzos y sacrificios, si “tanta pasión para nada”.

Según la Fundéu la palabra del año ha sido “selfi”. Sí, así, castellanizada para hacerla más castiza, más propia de nuestra imbecilidad supina y de nuestro narcisismo, aunque bien sabemos que este mal no es solo nuestro, sea o no, su universalidad, un motivo de consuelo. Sirva la anécdota, en cualquier caso, para poner de manifiesto el contraste existente entre el lenguaje de la sociedad y el del baloncesto (o deporte en general). Como entrenadores, y educadores en la medida de lo posible, se nos hace difícil vender conceptos que deberían ser proverbiales como la necesidad de renuncias y sacrificios en la búsqueda del bien común o la de ser pacientes en la recogida de los frutos tras los esfuerzos diarios. En fin, seguiremos intentándolo.

2014, y abro ya la página del baloncesto profesional, será para siempre el año del triunfo de San Antonio en la NBA, una efeméride que permanecerá indeleble en la memoria del aficionado. En junio los tejanos nos enseñaron que el tiempo se puede dilatar y contraer, que los eternamente viejos Duncan, Ginobili y Parker aún están preparados para ofrecer lecciones. Ganaron juntos en 2003, acompañados de Robinson y gracias a un estilo defensivo y poco vistoso. Volvieron a hacerlo en 2005 con un poco más de lo mismo y también en 2007, con algo más de lucidez. Pero en 2014, tras años de perfeccionamiento de una coreografía de manual, los Spurs simplemente nos trasladaron al anfiteatro más bello del mundo, pónganle el nombre que prefieran, y nos dejaron pegados al asiento haciendo de la ciencia, el cálculo y la estadística un juego de niños. Como niños desprovistos de miedos, aunque impulsados por un profundo ánimo de revancha, se pasaron la pelota los jugadores de un Gregg Popovich que ya puede tratar como iguales a Red Auerbach, Pat Riley o al mismísimo Phil Jackson.

No corrió la misma suerte la propuesta de Pablo Laso para el Real Madrid, un equipo, el de la temporada pasada, que enamoró durante meses a una afición que llevaba décadas instalada en el silencio que provocan la vergüenza y la desazón. Sirvan estas palabras como agradecimiento y muestra, a su vez, de lo cruel que es el mundo del deporte profesional, de lo crueles y olvidadizos que somos, en definitiva, los aficionados por atender tan solo a los triunfos como baremo del legado de un equipo. Fuisteis grandes y no, un punto de diferencia, el que hubiera bastado para vencer a Maccabi y alzarse con la Euroliga, no cambia mi manera de pensar. Gracias.

Finalizo con la selección, no para ahondar en el dolor que nos produjo su temprana y sorprendente eliminación en nuestro mundial, sino para recabar apoyos y visiones optimistas sobre su futuro. Critiqué, en este artículo, la apuesta que hacemos en las categorías inferiores por privilegiar el inmediato “triunfo” sobre la recompensa dilatada en el tiempo que debe seguir a la formación. Y mantengo la crítica. Pero a su vez, el rendimiento de los Gasol, los dos pívots más regulares del campeonato estadounidense, me permite albergar una esperanza de cara al próximo Europeo y a la inmediata cita olímpica en Brasil. Necesitaremos la consolidación de Abrines como arma ofensiva desde el perímetro y una versión recuperada y mejorada de Ricky Rubio. Será imprescindible, claro, la llegada de un entrenador que posea el magnetismo suficiente para atraer a las viejas estrellas, aquellas que contra Francia parecieron desilusionadas e incapaces de defender una causa que les resultó, por momentos, ajena.

Me despido deseándoles un feliz año 2015, pero también un feliz año 2014. Construyan sobre sus recuerdos, hayan sido peores o mejores, las bases de su mejora como individuos. Porque tal vez estemos perdiendo el control sobre nuestro destino como raza o sociedad, pero por el momento nadie ha logrado despojarnos de nuestras conciencias. Nada, por lo tanto, nos impide ser un poco más compasivos, comprensivos y pacientes. Nada, esforzarnos un poco más, aunque sea para nada.




UN ABRAZO Y FELIZ 2015

El mejor regalo





Estoy convencido de que el mejor homenaje a la figura de Joe Cocker, la mejor voz negra de Sheffield, Reino Unido, se lo dieron los San Antonio Spurs durante la pasada primavera al reproducir sobre la cancha, con el silencio de una afición asombrada como único acompañamiento, la letra de alguno de sus temas inmortales (propios o versiones). Los de Popovich desnudaron a sus rivales permitiéndoles permanecer únicamente con el sombrero puesto. Al hacerlo desencadenaron nuestros corazones y los elevaron allá arriba, al cielo, al lugar donde pertenecen. Aquel anillo fue el preludio de la llegada del verano a la ciudad y ni siquiera el calor nos privó de bailar toda la noche. Eres tan bonita, le dijimos a nuestra chica mientras pensábamos en esa circulación de pelota ajena a la gravedad y a las manos de los rivales. Y sí, los chicos de la pandilla nos sonreímos pues lo consiguieron, simplemente, con un poco de ayuda de sus amigos. Como nosotros, en aquellos maravillosos años.



Ver a San Antonio disputándole las finales al Big Three de Miami ha sido el mejor regalo del año que ya expira. Los más viejos del lugar, de aquí a unas cuantas décadas, seguiremos recitando de memoria, si esta no nos falla, el quinteto y las incorporaciones desde el banquillo. Veneraremos a un tal Gregg Popovich, aunque en medio de no sé qué nueva oleada de aparatos electrónicos, nos será difícil explicar sus cualidades. En pleno proceso acelerado de deshumanización, Popovich, sin mirar para otro lado ante el conflicto o la desobediencia, conquistó a su plantilla siendo esencialmente humano y compasivo, hombre en el sentido más amplio y admirable de la palabra.

Hablaremos también, si por entonces todavía se habla, de Tim Duncan y de su particular forma de liderar. El de Islas Vírgenes creció dando brazadas en una piscina, respirando bajo el agua, callando y trabajando. Haciendo del sonido del silencio una enseñanza, gracias a su disciplina y a su enorme talento, se ha hecho merecedor del título no oficial de jugador más determinante del siglo XXI.

¿Quién era el base de ese equipo? Tony Parker, diremos. Y sonreiremos. El francés, sin ningún atributo físico que lo pudiera diferenciar de un ser corriente, será recordado por su facilidad para plantarse debajo del aro y asistir en situaciones imposibles. Llegó a la liga siendo un mago rebelde y terminó, gracias a su carácter humilde, siendo, sencillamente, un líder.

Un líder ya lo era Manu Ginobili. El Maradona del fútbol en su Argentina natal llegó del extremo sur del mundo para hacer, a la inversa, el viaje que tantos italianos emprendieron para sobrevivir. Triunfó en Bolonia y llegó viejo a la NBA. Porque Manu siempre ha parecido viejo, tan viejo al menos como el baloncesto, porque díganme, si no, si no se les ha ocurrido pensar que mientras Naismith escribía el reglamento, Manudo redactaba, en paralelo, todos sus trucos.

Y bueno, aún no sé qué diremos de Leonard, Green, Joseph, Mills, Splitter o tantos otros. Sí que fueron imprescindibles en aquella primavera de 2014 a la que algún genio como Cocker, dado que él ya no puede, debería dedicarle unos versos. Imprescindibles en cuanto que miembros de una pandilla, de un grupo de colegas que un día cualquiera se imaginó a sí mismo asombrando al mundo jugando al baloncesto y trabajó duramente  para ello. 

Este es mi regalo, estimado lector, para estas navidades. Unas cuantas lecciones de basket y otras tantas de vida. Una sonrisa obligada ante tanta penuria en las calles y tanto vacío en los corazones. No, nunca me olvido de que no lo pudieron hacer sin un poco de ayuda de sus amigos. Muchas gracias por estar ahí. 




FELIZ NAVIDAD Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Película para la tarde de Navidad





Acabo de enterrar en el tercer cajón de la cómoda la camiseta blanca de los Celtics con el número nueve bordado bajo unas letras verdes que hoy significan menos que ayer: Rondo. Allí comparte lugar con la del número treinta y cuatro, también de los Celtics, aunque verde y con letras en blanco que dicen Pierce. Su obsolescencia es sólo una consecuencia más de la vorágine de una liga, la NBA, en la que el futuro de los jugadores permanece siempre al margen de su propia voluntad. Más aún de la de los fans.

Tras el traspaso de Rondo a los Mavericks por un buen intimidador, Brendan Wright, un alero aguerrido, Jae Crowder, y un base en retirada, Jameer Nelson, la casa, aunque rodeada por la niebla, sigue siendo la misma. Con el mismo número y el mismo buzón. Con los mismos vecinos y la misma presunción casi altanera, aunque ciertamente nostálgica. En Boston se habló mucho tiempo de los dieciséis anillos, casi tanto como en España se recordaron las míticas seis Copas de Europa del Real Madrid. El decimoséptimo llegó ya con la alta definición en los televisores, pero ahora, habiendo desmantelado definitivamente el mobiliario de aquel épico triunfo, nadie puede imaginar en qué era tecnológica nos encontraremos cuando los Celtics logren reverdecer viejos laureles. Tal vez sigamos los encuentros desde otro planeta. Tal vez, incluso, haya finalizado la crisis.

Existe en la capital extraoficial de la vieja Nueva Inglaterra una cultura deportiva ligada a la victoria. La fidelidad de sus fans es envidiable –de hecho, fue algo que Rondo recalcó en su comunicado de despedida–, pero créanme, su paciencia también es finita. Tras concederle, quién no lo hubiera hecho, más tiempo de la cuenta al Big Three integrado por Pierce, Garnett y Allen, el proceso de reconstrucción perdió muchos enteros con la lesión de gravedad de Rondo y la caída hasta el número cinco en el pasado draft. Ahora mismo, tras haber disfrutado de un cheque en blanco por cortesía de ese decimoséptimo anillo tan ansiado, Danny Ainge parece carecer de todo plan.

La actual plantilla es indudablemente joven y, mirada con buenos ojos, no viaja desprovista de talento. El plan, en caso de existir, bien podría pasar por el desarrollo individual de jugadores y la acumulación de piezas y elecciones del draft para desembocar en un nuevo bombazo en forma de traspaso que diera lugar a una nueva especie de conjunción astral semejante a la del Big Three. Pero cuidado, sin un jugador de referencia la capacidad de atracción de la franquicia se limita a su historia y, vaya, permítanme que sea pesimista, el romanticismo no pasa por su mejor momento.

Del roster actual destacan la elegancia de Jeff Green, el uso del cuerpo de Sullinger, el talento particular de Olynik, la defensa de Bradley y el espíritu suicida de Marcus Smart, un Isiah Thomas en potencia con una técnica individual ciertamente sospechosa. A estos nombres añadiría el de Evan Turner, al que en su día quisieron ver a Kobe Bryant y al que ahora pocos valoran en su justa medida como un base alto de variados recursos. En cualquier caso, la suma o multiplicación de estos factores es ampliamente insuficiente para atraer a nuevos inquilinos a la casa. Además, parece que Green saldrá traspasado antes de que decida subastarse en la agencia libre este verano por lo que el solar amenaza con permanecer en barbecho largo tiempo.

Y se preguntarán, ¿estas letras para qué? Pues como desahogo y desesperada búsqueda de soluciones. Pensaba, inocente yo, que, quizá, escribiendo sobre ello encontraría sentidos y porqués, pero después de una hora sólo he sacado en claro la elección de película para la tarde de Navidad: un DVD con un resumen de la temporada 1985-1986 con el mítico quinteto de aquella década (Johnson, Ainge, Bird, McHale, Parish) y Bill Walton como sexto hombre. El que no se contenta es porque no quiere.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

RESPECT





Si tuviera que definir con una palabra la carrera de Kobe Bryant sería respeto. Su amor por el juego es la de una generación de jugadores que afronta su ocaso. Su perseverancia, la de alguien que concibe la lucha como un elemento más de la vida. Sólo así ha logrado superar con éxito sus últimas lesiones de rodilla y tendón de aquiles con la treintena ya bien avanzada pudiendo, de esta manera, batir durante la pasada madrugada la marca de puntos que fijara en su momento Michael Jordan.

Su llegada a la liga directamente desde el instituto nos hizo pensar que su retirada de la primera plana sería también temprana. La élite es fatigosa, casi extenuante. Numerosos proyectos de estrella se quedaron en el camino y otros, acuciados por las lesiones o por la pérdida de motivación, renunciaron al estrellato de forma natural, como ese fruto que abandona la rama por el peso de la gravedad. Pero hay mucho en Kobe de su ídolo, Michael. Por ejemplo el enfermizo deseo de perdurar, de postergar un legado inimitable o que, al menos, exija a los que vendrán, porque es ley de vida que sigan viniendo, el mismo nivel de pasión y resiliencia para igualarlo. También otras muchas virtudes en forma de fintas, tiros en suspensión a la media vuelta o vertiginosos rectificados en el aire que ponen en duda los axiomas de la vieja ciencia.

Puede que las comparaciones sean odiosas, pero Kobe las ha forzado cada día a pesar de que, en dicha comparación, pierde. Pierde, sí, sin medias tintas. Porque con Jordan cualquiera tiene las de perder, tanto si utilizamos como baremo reconocimientos individuales o magnitudes más complejas que hagan referencia a diferentes parámetros del juego. Kobe habrá metido más puntos en la NBA, pero ha conquistado muchos menos corazones que el eterno 23 de los Bulls. Si Bryant personificara un rol literario este sería, sin duda alguna, el del antagonista, el de un villano al que, aun siendo posible amarle, muchos terminan aborreciendo por su afán irracional de eclipsar al héroe. Porque en esto siempre se ha equivocado la estrella de los Lakers, cuyo ascendiente sobre la liga siempre estuvo ligado a esa lucha denodada por superar los “milestones” del mayor icono de la historia de su deporte.

Personalmente, admiro la variedad de recursos de Kobe, su competitividad y su disciplina estoica, pero no su concepción del juego. Para Kobe, como para el primer Jordan, el equipo sólo es un instrumento para conseguir sus propios fines. Siendo el tercer máximo anotador de todos los tiempos, es también el primero, aunque no existan estadísticas oficiales, en tiros forzados y situaciones mal gestionadas. La última, por poner un ejemplo, su obstinación a la hora de cobrar más de veinte millones de dólares por temporada impidiendo cualquier opción económicamente viable de forjar un equipo ganador al que conducir a un sexto anillo.

Sólo un último dato para desechar las ensoñaciones de los creyentes. Mientras Jordan gobernó con puño de hierro la liga impidiendo a los mejores jugadores de su generación -- Karl Malone, Charles Barkley o Pat Ewing entre otros– probar el sabor de la gloria (sólo Hakeem Olajuwon pudo aprovechar su retirada temporal de las pistas), Kobe no tuvo más remedio que ser justo y dadivoso con los Nowitzki, Pierce, Garnett, Wade, Lebron y compañía. En realidad, no está claro si el dadivoso fue Kobe, o si lo fueron los Spurs, la verdadera dinastía del siglo XXI. Así, siendo discutible el galardón de indiscutible número uno de su tiempo, queda claro que volver a mezclar su nombre con el de Jordan implica perder el tiempo.

No así el darle las gracias por tantas madrugadas de fino estilismo, de arte en movimiento y emociones difíciles de contener. Muchas gracias Kobe por transmitir tanta verdad. No hay nadie en el mundo que no pueda sentir por ti, por tu obsesión por el juego y por tu honestidad, un infinito RESPETO.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

La violencia como forma de vida




Los lamentables sucesos del pasado domingo, relacionados de alguna manera con el deporte, me han incitado a escribir unas cuantas letras reflexionando sobre los mismos y sus implicaciones.

Lo siento Jimmy, en parte por tu muerte, claro, pero sobre todo por todo lo que la antecede. Ese todo se resume en una palabra: abandono. Abandono real o espiritual. Y es que hace falta estar muy solo para pasar a formar parte de un clan como el que constituyen, por lo que leo, los grupos ultra de cualquier equipo en cualquier país. En cualquier contexto.

En el clan Jimmy, y el resto, esconden sus inseguridades y encuentran motivaciones. En el clan son uno más, pero al menos uno. No hay lugar para la zozobra cuando lo complejo se simplifica al tiempo que las voluntades se diluyen y jerarquizan. Paradójicamente, en este páramo antiexistencialista, los egos encuentran acomodo y se reconfortan. Guiados por una fuerza salida del propio conjunto sus miembros son capaces de todo, siendo la violencia, quizá, la manifestación más pavorosa, aquella que más remueve el suelo que tenemos bajo nuestros pies mientras pone en jaque los tradicionales parapetos de esta sociedad.

Puede que tengan razón los que dicen que el deporte es simplemente el escenario de sus crímenes, la excusa perfecta para dar rienda suelta a esos instintos que no dejan de ser el reverso de sus miedos. No obstante, parece saltar a la vista la relación existente entre las emociones que suscita uno y las desatadas, con pésimo gusto, por los otros. Nadie puede negar lo irracional de ser de un equipo, de hablar de ello cada lunes o incluso dejar de cenar porque se ha perdido. De lo emocional hicieron unos, los listos, negocio, mientras que estos, los pobrecitos, se contentan con jugarse la vida y hacer correr un poco de sangre en nombre de una ideología que no deja de ser la misma que la de sus contrarios pues no deja de llamarse, se ejerza en nombre de unos u otros, violencia.

Con esto no pretendo diluir la responsabilidad de los clubes, pues creo que éstos deben actuar sin ambages en la defensa de la paz en los estadios y sus entornos. Quien concilia y llega a acuerdos con los delincuentes, medie o no chantaje, contribuye por acción u omisión a la justificación de su existencia. Tampoco quiero eximir de culpa a quienes no previeron que estaba a punto de desencandenarse una sangrienta batalla en torno al Manzanares. Pero, en fin, creo que hablar ahora del deficiente dispositivo policial sería desviar el foco de lo realmente grave.

Es de educación de lo que deberían estar hablando políticos, sociólogos, criminólogos, contertulios sin otro oficio conocido y todos los que ejercen de portavoces de la razón en los medios de comunicación. No sé si Jimmy, y sus verdugos, tuvieron abuelos que les advirtieron de lo triste que fue jugarse la vida, o morir, en una guerra fratricida o si tal vez se limitaron a no escucharlos. No sé si Jimmy y sus verdugos recibieron alguna lección de moral y ética, si aprendieron tan siquiera a diferenciar el bien del mal, en su paso por la escuela o si asistieron con los ojos bien abiertos a alguna demostración de virtud . No sé, y esto me preocupa porque pasa por ser la situación actual de muchos de nuestros jóvenes, si Jimmy y sus verdugos conocieron el amor de sus congéneres. O si alguna vez, aunque fuese sólo una, lo apreciaron.

Enzarzados, como estamos, en una carrera sin fin por acreditar competencias, acumular condecoraciones y, por supuesto, atesorar bienes materiales, nuestras escuelas se convierten cada vez más en elementos catalizadores, aceleradores de partículas que tienen por misión, porque así se lo exigen los agobiados padres, maximizar el talento de los infantes. Mientras tanto, ante cualquier dilema ético, la callada ha pasado a ser la respuesta más políticamente correcta, la que mejor casa con el relativismo moral en el que estamos instalados. Mientras tanto, ante la orfandad espiritual que sufren muchos niños, despojados de todo referente adulto (maduro, consciente, culto,...), estos grupos parecen ofrecer cobijo a su desamparo erigiéndose en una especie de sistema “educativo” en paralelo. Lástima que esa guarida sea más bien una zanja de la que se vuelve muy complicado salir.

En esta sociedad orientada hacia el fin pretendemos poner solución a las consecuencias de las malas prácticas educativas con nuevos y cada vez más ingeniosos parches. Mi propuesta es que combatamos el mal en su origen rescatando la importancia que un día tuvo la enseñanza de valores que no por anticuados deben parecernos caducos. No hay nada de rancio en la rectitud y la integridad, en la aceptación del compromiso de que el ejercicio de la libertad individual nunca podrá rebasar el ámbito de la libertad de los demás.

Creo en el libre albedrío. Por ello reclamo un juicio justo para quienes obran de esta irracional manera. Pero creo también en el papel que juegan la cultura, la educación y el entorno más próximo en la evolución de las personas. Por eso lo siento Jimmy. No porque buscando morir matando murieras, pues esa era, a fin de cuentas, una posibilidad. Lo siento porque a tus 42 años una de tus motivaciones vitales, por encima de tu familia, pasase por acudir un domingo a Madrid, a 600 kilómetros de tu hogar, en busca de camorra.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Acción de gracias





Con el cereal cosechado y tras meses de duro trabajo toca recogerse, darse un buen convite y dar las gracias a Dios por los frutos de la tierra. Bajo esta premisa, allá por 1621, nació en Estados Unidos la celebración del Día de Acción de Gracias. Desde entonces, el cuarto jueves de noviembre un pavo se reúne en torno a una familia –¿o es al revés?– estadounidense.

Aprovechando la coyuntura y dado que la bolsa de mi inspiración se halla en mínimos históricos me dije: “aprovechemos para dar las gracias”. Porque aunque los brotes verdes amarillearon hace tiempo siempre es una buena ocasión para mostrar gratitud y reconocimiento por el deporte que nos hace felices. Lo haré siete veces, número cabalístico por excelencia, y los motivos serán personales e instransferibles, aunque espero que podáis identificaros con algunos.

1. Gracias John Naismith por abandonar Escocia en busca de un oficio, o un pedazo de tierra, al otro lado del océano. Lamento que su vida terminara demasiado pronto a costa de unas fiebres tifoideas. Gracias Margaret, por aceptar la humilde propuesta de matrimonio de John y dar a luz a Annie, James y Robert. Siento, también, su temprana muerte. Gracias, por supuesto, James, por tu perseverancia a la hora de promocionar en la escuela, a pesar de las horas invertidas en la granja de tu tío y, por supuesto, por la creatividad con la que afrontaste cada nuevo reto, la misma que te permitió darle un nuevo uso a una simple cesta de melocotones. Gracias, finalmente, por la sensibilidad que demostraste en la redacción de cada una de las normas del reglamento original. Sólo así pudiste concebir un deporte basado en el talento, sin margen para la violencia ni para la trampa. Y es que el balón, como bien dejaste por escrito, puede ser lanzado en cualquier dirección con una o ambas manos, pero nunca con el puño.

2. Gracias Danny Biasone, fundador de los Nationals de Syracuse. No por esto, que también, sino por tu espíritu emprendedor y visionario y por tus vastos conocimientos matemáticos. Gracias por saber interpretar los abucheos del público y el silencio de los asientos vacíos. Gracias por comprender que el 75-73 entre Indiana y Rochester no era un resultado digno tras 78 minutos de juego y seis prórrogas. Gracias por realizar un cálculo que partía de una estimación ideal de puntos, que a su vez condujo a una estimación ideal del número de tiros y, a su vez, a la contabilización del número de segundos de los que podría servirse cada equipo para realizar un tiro. Gracias Danny, en definitiva, por el reloj de posesión.

3. Gracias Chuck Cooper, Nat Clifton, Harry Lew. Gracias por ser los primeros. Gracias también a todos aquellos que superaron los prejuicios y se desprendieron de la venda que les impedía ver que, efectivamente, erais tan humanos como el resto, solo que negros. Uno de ellos fue, claro, Red Auerbach, un inmigrante más en esa tierra de todos que algunos quisieron privatizar en base a no sé qué ley natural. Gracias Chuck, Nat, Harry, por salvar las reticencias iniciales, por superar el esperpento de sentaros en asientos distintos, comer en fondas para negros e ir a baños ideados genuinamente para vosotros. No fue ningún privilegio ser segregados por una condición innata, pero enseguida os disteis cuenta de que la vergüenza no la debiáis pasar vosotros, sino el resto, esa sociedad podrida y puritana que no entendió el mensaje de aquél al que cada domingo oraban y adulaban. Gracias, además, porque sin vosotros, benditos negros descendientes de esclavos maltratados, este juego sería infinitamente más aburrido.

4. Gracias a William Rangland y a su pandilla de matones por no acertar con ninguno de los órganos vitales de Paul Pierce en la noche del 24 de septiembre de 2000 en la que éste recibió once puñaladas en el Buzz, un local de fiesta en Boston. El alero de los Celtics, su juego de inconfundible aroma callejero y la pasión que demostró en defensa de la causa céltica, fueron algunas de las razones por las que empecé a amar el baloncesto años más tarde. Sin él vivo, y alguna de las trayectorias asesinas estuvo a punto de ser mortal, no existirían ni este blog ni estas letras. Ni quien las escribe, al menos tal y como es ahora.

5. Gracias a la conjunción de astros interplanetarios que debió de ocurrir, aunque no exista constancia, el 17 de febrero de 1963. Gracias a cada uno de los tutores y entrenadores y a todas y cada una de las circunstancias que se sucedieron desde esa fecha hasta la llegada de Michael Jordan a nuestras casas. Gracias a la televisión por permitirnos comprobar cómo vestía, andaba, jugaba y volaba el dios del baloncesto. Gracias a Internet y a la generosidad de sus usuarios por permitirnos conservar un archivo amplio con sus mejores partidos y jugadas. Gracias Michael, por existir.




6. Gracias Red. Gracias Pat. Gracias Phil. Gracias Gregg. Gracias como representantes de todos aquellos entrenadores que supieron situarse un paso por detrás de la plantilla y valorar el talento de sus estrellas sin desmerecer el trabajo menos visible de los jugadores menos dotados para el “highlight”. Gracias, también, en nombre de todos los entrenadores que admiramos vuestra inteligencia táctica y vuestra capacidad para gestionar grupos complejos. Pero como vosotros ya gozasteis, o aún lo hacéis, del reconocimiento, permitidme dar las gracias a todos los entrenadores que de manera casi altruista se enfrentan con honradez y honestidad a la tarea de educar en los valores que el baloncesto inspira y que vuestros equipos tan bien reflejaron: generosidad, ambición, pasión y respeto por el juego.

7. Gracias baloncesto. Sí, gracias a ti en cuanto que entidad independiente, en cuanto que idea al margen de quienes actuaron en tu nombre en estos 123 años. Muchos contribuyeron con sus hazañas a engrandecerte, muchos se entregaron sin pedir nada a cambio, pero la mayoría, seguro que lo reconocen, te deben todo lo que tienen. Gracias por ser la vía de escape preferente de quienes nacieron en barrios donde no se pronunciaba, por si acaso, la palabra esperanza. Gracias por ser el silencioso celestino de amistades y noviazgos, el cemento de infinitas relaciones que tienen por origen un simple balón y dos aros. Gracias por estar siempre ahí, por coger siempre nuestras llamadas de socorro ante una rutina que por repetida, y a veces triste, se empeña en atraparnos.

Eternamente agradecido.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS