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Película para la tarde de Navidad





Acabo de enterrar en el tercer cajón de la cómoda la camiseta blanca de los Celtics con el número nueve bordado bajo unas letras verdes que hoy significan menos que ayer: Rondo. Allí comparte lugar con la del número treinta y cuatro, también de los Celtics, aunque verde y con letras en blanco que dicen Pierce. Su obsolescencia es sólo una consecuencia más de la vorágine de una liga, la NBA, en la que el futuro de los jugadores permanece siempre al margen de su propia voluntad. Más aún de la de los fans.

Tras el traspaso de Rondo a los Mavericks por un buen intimidador, Brendan Wright, un alero aguerrido, Jae Crowder, y un base en retirada, Jameer Nelson, la casa, aunque rodeada por la niebla, sigue siendo la misma. Con el mismo número y el mismo buzón. Con los mismos vecinos y la misma presunción casi altanera, aunque ciertamente nostálgica. En Boston se habló mucho tiempo de los dieciséis anillos, casi tanto como en España se recordaron las míticas seis Copas de Europa del Real Madrid. El decimoséptimo llegó ya con la alta definición en los televisores, pero ahora, habiendo desmantelado definitivamente el mobiliario de aquel épico triunfo, nadie puede imaginar en qué era tecnológica nos encontraremos cuando los Celtics logren reverdecer viejos laureles. Tal vez sigamos los encuentros desde otro planeta. Tal vez, incluso, haya finalizado la crisis.

Existe en la capital extraoficial de la vieja Nueva Inglaterra una cultura deportiva ligada a la victoria. La fidelidad de sus fans es envidiable –de hecho, fue algo que Rondo recalcó en su comunicado de despedida–, pero créanme, su paciencia también es finita. Tras concederle, quién no lo hubiera hecho, más tiempo de la cuenta al Big Three integrado por Pierce, Garnett y Allen, el proceso de reconstrucción perdió muchos enteros con la lesión de gravedad de Rondo y la caída hasta el número cinco en el pasado draft. Ahora mismo, tras haber disfrutado de un cheque en blanco por cortesía de ese decimoséptimo anillo tan ansiado, Danny Ainge parece carecer de todo plan.

La actual plantilla es indudablemente joven y, mirada con buenos ojos, no viaja desprovista de talento. El plan, en caso de existir, bien podría pasar por el desarrollo individual de jugadores y la acumulación de piezas y elecciones del draft para desembocar en un nuevo bombazo en forma de traspaso que diera lugar a una nueva especie de conjunción astral semejante a la del Big Three. Pero cuidado, sin un jugador de referencia la capacidad de atracción de la franquicia se limita a su historia y, vaya, permítanme que sea pesimista, el romanticismo no pasa por su mejor momento.

Del roster actual destacan la elegancia de Jeff Green, el uso del cuerpo de Sullinger, el talento particular de Olynik, la defensa de Bradley y el espíritu suicida de Marcus Smart, un Isiah Thomas en potencia con una técnica individual ciertamente sospechosa. A estos nombres añadiría el de Evan Turner, al que en su día quisieron ver a Kobe Bryant y al que ahora pocos valoran en su justa medida como un base alto de variados recursos. En cualquier caso, la suma o multiplicación de estos factores es ampliamente insuficiente para atraer a nuevos inquilinos a la casa. Además, parece que Green saldrá traspasado antes de que decida subastarse en la agencia libre este verano por lo que el solar amenaza con permanecer en barbecho largo tiempo.

Y se preguntarán, ¿estas letras para qué? Pues como desahogo y desesperada búsqueda de soluciones. Pensaba, inocente yo, que, quizá, escribiendo sobre ello encontraría sentidos y porqués, pero después de una hora sólo he sacado en claro la elección de película para la tarde de Navidad: un DVD con un resumen de la temporada 1985-1986 con el mítico quinteto de aquella década (Johnson, Ainge, Bird, McHale, Parish) y Bill Walton como sexto hombre. El que no se contenta es porque no quiere.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

La banda sonora de la NBA (I)





Seguro que muchos de vosotros asocia a diferentes períodos de su vida, a distintos acontecimientos o fechas marcadas, una canción, un conjunto de estrofas y una melodía que aún tararean cuando los recuerdan. Pues bien, en uno de esos tiempos muertos que me concedo a mí mismo más a menudo, quizá, de lo aconsejable, me dio por imaginar cuál sería la canción de cada equipo de la NBA para así, de esta manera, seguir profundizando en la previa de la temporada que acaba de comenzar. Dividiré esta previa musical en tres entregas y en cada una de ellas abordaré dos divisiones.

DIVISIÓN DEL PACÍFICO

Golden State Warriors. Have you ever seen the rain? (Creedence Clearwater Revival)

“Alguien me contó hace tiempo que hay un período de calma antes de la tormenta”. Sí, los días soleados también pueden convertirse en días lluviosos. Más aún si ese día te enfrentas a los dos mayores y más certeros tiradores del campeonato. La dupla que forman Stephen Curry y Klay Thompson le enseña a todos sus rivales lo que es la lluvia (por si no la habían visto). Acompañados por el oficio de Iguodala, el trabajo no exento de talento de Lee y los centímetros e inteligencia de Bogut, amén de un notable banquillo, estamos en disposición de exigirles, a ellos y a su entrenador Mark Jackson, la consecución de logros importantes. 



Los Ángeles Clippers. Fly me to the moon. (Frank Sinatra)

“Llévame a la luna, déjame cantar entre las estrellas, déjame ver cómo es la primavera tanto en Júpiter como en Marte. En otras palabras, coge mis manos”. Éstas fueron las palabras con la que los miembros de la plantilla angelina recibieron a Doc Rivers en la primera sesión de entrenamientos. Los Clippers siempre han volado alto de la mano de DeAndre Jordan y Blake Griffin y bajo la batuta de Chris Paul. Sin embargo, necesitaban de una brújula que les indicase el camino hacia el anillo.

Los Ángeles Lakers. Hotel California. (The Eagles)

“Bienvenidos al Hotel California, qué lugar tan encantador, qué preciosa fachada”. Cambien Hotel California por Staples Center y entenderán por qué le dedico este tema de los Eagles a los Lakers de Mike D´Antoni. La franquicia de oro y púrpura es poco más que una bonita apariencia, una persona coqueta que ha recurrido a la cirugía para tapar las huellas que los años han ido dejando. Aun así, por sugerente que sea su careta, este equipo, con Kobe o sin él, está condenado a quedar fuera de los playoffs después de nueve años.

Sacramento Kings. Juventud, divino tesoro. (Paco Ibáñez)

“Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver! Cuando quiero llorar no lloro y a veces lloro sin querer. Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver!” Sirvan estos versos de Rubén Darío puestos en la boca y en las cuerdas de la guitarra del maestro Paco Ibáñez para verbalizar los sentimientos de todos aquellos fans de los Kings que se enamoraron de esta franquicia en el inicio del milenio cuando militaban en sus filas Vlade Divac, Chris Webber, Pedja Stojakovic, Mike Bibby, y tantos otros. Ahora su juventud se evapora y sólo les queda llorar sin querer mientras ven los residuos de aquel magnífico proyecto (ya saben, los Kings de la tortilla de patata, el tocata de pilas y las chicas yé yé) convertidos en ceniza. 




Phoenix Suns. Stand by me (Ben E. King)

“Cuando cae la noche, y la tierra está oscura, y la luna es lo único que vemos, no tendré miedo, no, siempre y cuando cuentes conmigo. Cariño, cariño, quédate conmigo”. Bien pudiera ser ésta la banda sonora de muchos equipos de la liga. Y es que los Suns son sólo otro candidato más a elegir el número uno del draft el próximo mes de junio. Aunque hasta hace pocas semanas todo parecía indicar que ese jugador al que los aficionados de los Suns se refieren como “cariño” sería Bradley Wiggins, no hay que menospreciar la irrupción fulgurante del pupilo de Mike Kzyzewski, Jabari Parker.



DIVISIÓN SUROESTE

San Antonio Spurs. El Reloj (Lucho Gatica)

“Reloj detén tu camino, porque mi vida se apaga, ella es la estrella que alumbra mi ser, yo sin su amor no soy nada”. Los Spurs se enfrentan, tal vez, a la última ocasión de recuperar el inconfundible sabor de la victoria, ése que alimenta su ambición y sin el cual no son, como dice el bolero, nada.

Houston Rockets. Wannabe (Spice Girls)

“Yo te diré qué es lo que quiero, lo que realmente, realmente quiero. Entonces dime lo que quieres, lo que realmente quieres. Te diré lo que quiero, lo que realmente quiero. Entonces dime lo que quieres, lo que realmente quieres. Yo quiero, quiero, quiero, quiero realmente. Realmente, realmente, quiero zigzaguear”. Que me perdonen los aficionados de los Rockets que puedan acceder a este blog, pero no me negarán que bien podría ser ésta una conversación entre James Harden y Dwight Howard, dos de los mayores talentos de la liga, pero también dos de las mentes menos lúcidas y brillantes. Mientras se sucede esta conversación es probable que en el otro lado del vestuario esté Jeremy Lin, producto de Harvard, jugando una partida de ajedrez con Asik mientras Omri Casspi repasa la Torá, Chandler Parsons ultima los detalles de su tupé y Kevin McHale se hace con una cuchilla de afeitar para cortarse las venas. Lo siento, el proyecto es interesante, pero si su éxito reposa en la madurez de Howard y Harden que se vayan olvidando en Houston de cualquier opción de anillo.

Memphis Grizzlies. Y nos dieron las diez (Joaquín Sabina)

“Y nos dieron las diez y las once, las doce, la una, las dos y las tres” (y las cuatro, las cinco y las seis si fuera por su entrenador). La propuesta de juego de Memphis Grizzlies es, sin duda, una de las menos atractivas de todo el campeonato. A pesar de contar con un muy buen pasador en el puesto de center, Marc Gasol, y de disponer, a su vez, de un base en franca progresión, Mike Conley, muy poco se puede esperar de un equipo que alinea en el perímetro titular a Tony Allen y Tayshaun Prince. Por lo menos en ataque. 

Dallas Mavericks. Satisfaction (The Rolling Stones).

“No puedo obtener ninguna satisfacción. No puedo obtener ninguna satisfacción. Porque lo intento, y lo intento, y lo intento, (pero) no puedo obtener ninguna satisfacción”. No sé por qué pero me imagino a Mark Cuban cantando bajo el chorro de la ducha una de los temas más reconocibles de la banda británica. La eterna insatisfacción del dueño de los Mavericks ha llevado a la franquicia a sus cotas más altas de prestigio, pero también a una especie de esquizofrenia mal resuelta que redunda cada verano en una remodelación de la plantilla. Sólo Nowitzki y Carslile son, por el momento, inamovibles. 



New Orleans Pelicans. Maquillaje (Mecano)

“No me mires, no me mires, no me no me mires, no me mires, no me mires, déjalo ya, que no me he puesto el maquillaje”. El cambio de logo y la incorporación de Tyreke Evans o Jrue Holiday (dos jugadores que necesitan mucho balón) no impide que los Pelicans sean aún un producto en construcción, una actriz en plena sala de maquillaje que necesita de un poco más de tiempo para que, como dice la canción, la queramos besar. Démosle, pues, el tiempo que necesiten para juntar las piezas y convertirse en candidatos al título. La ciudad, toda la comunidad que aún se recupera de los efectos devastadores del Katrina, se lo agradecerá.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Mourinho un aprendiz




En la NBA no hay Karankas, es decir, segundos entrenadores que cubran las ruedas de prensa de sus jefes. Tampoco leyes del silencio ni cazas de brujas. Eso queda para ligas que dicen ser de las estrellas y para equipos que presumen de señorío (y mira que soy madridista). Es lo que ocurre cuando tratas con jóvenes que lo tienen todo y que sienten, por ello, que nada se les puede quitar; cuando haces de la opacidad la regla y de la transparencia, la excepción.

En la NBA la relación entre los jugadores y los periodistas es muy estrecha. Es lógico pues recorren juntos miles de millas surcando de este a oeste, y viceversa, los Estados Unidos. Las normas también ayudan cuando permiten que las entrevistas se realicen en el propio vestuario o cuando se exige a los entrenadores que intervengan después de cada sesión Todos los jugadores han de estar disponibles para hablar con la prensa antes y después de los partidos bajo pena de 25.000 euros de multa en caso de incumplimiento (Sé que Rajon Rondo los paga encantado). Todos los días se pone en mano de los profesionales de la información un parte médico actualizado sobre los jugadores inactivos. Resulta imposible especular sobre la duración de las lesiones pues su evolución es por todos conocida.

El único pero pasa por la parcialidad de los medios. La mayoría cubren las noticias de un equipo para un público muy local. Así, por ejemplo, el Globe cubre las noticias de los Celtics para que las lean los ciudadanos de Boston como el LA Times sigue a los Lakers para informar, exclusivamente, a los seguidores de la franquicia angelina. De ahí que el enfoque sea siempre sesgado pues incluso en los medios nacionales como ESPN o NBA.COM se echa mano de columnistas especializados en una franquicia concreta para que escriban su opinión sobre el devenir del equipo al que siguen. Eso sí, muchas veces son los más críticos. Hasta aquí nada diferente.

La hostilidad hacia la prensa tampoco es una exclusiva latina. En numerosas ocasiones jugadores y entrenadores también han reaccionado airadamente ante las preguntas de los periodistas. Curiosamente, esta mañana, informándome sobre lo ocurrido anoche en el TD Garden de Boston, me encontré con una entrevista a Kevin Garnett quien, ante una inocente pregunta por parte del reportero, respondió lo siguiente:

“Estoy motivado. Escucho que me llaman viejo, más viejo, que estoy acabado... Y es cierto, soy viejo en términos baloncestísticos, pero en la vida soy joven, tengo treinta y algunos. Pienso en vosotros, miro vuestras cabezas y veo pelos canosos, calvas, coronillas al viento,... Mejor no hacer comentarios. Estoy motivado. Me encanta usar esta palabra para definir mi actual estado”. Podéis ver la entrevista pinchando aquí.

A continuación calificaría las crónicas vertidas en la prensa como de basura. Pero Garnett no ha sido el único que, con mayor o menor ironía, se ha desahogado con la prensa. Así, por ejemplo, Edgar Jones, ex jugador de la NBA, defendió su derecho a no tener que hablar ante los medios de la siguiente forma: “No vuelvo a hablar. Eso es todo. No más palabras. Yo soy un tipo callado e introvertido. No hablaba en el cole, no hablo en la cama. No me gusta hablar”. No le quedó otra que seguir haciéndolo.

Preguntado Kevin McHale por las opciones de su equipo para la siguiente temporada la misma noche en que habían sido eliminados de los playoffs sólo pudo decir: “Si pudiera predecir el futuro no estaría hablando con tipos como vosotros. Estaría invirtiendo en bolsa”.

Pat Williams, antiguo General Manager de Orlando Magic, para evitar la respuesta a una pregunta incómoda, y en tono jocoso, respondió con otra pregunta al periodista: ”¿Sabes lo que tenemos cuando hay un periodista enterrado en la playa hasta el cuello? Escasez de arena”.

A una pregunta sobre el presunto juego sucio de Wade en la jugada en que Rondo se disloca el codo durante los pasados playoffs, Lebron James, sentado al lado de su compañero, no pudo ser más explícito: “Ésa es una pregunta de retrasados”. Varias webs se hicieron eco del empleo de la palabra “retarded”, pero, sinceramente, no me imagino al Pedrerol de turno llenando hora y media de programa a propósito de estas declaraciones. 



Pero si hay un personaje en toda la liga que vive, también muere, por lo que pueda escribir la prensa sobre él, éste es Mark Cuban. Ególatra consumado y esclavo de su imagen, el propietario de los Mavericks es un hombre hecho a sí mismo. Las dificultades por las que atravesó en el pasado y su actual posición privilegiada le convierten en un ser orgulloso y confiado. El propietario de los Mavs posee una incontable fortuna producto de su visión empresarial y de su actitud ante la vida. Algunas de sus frases resumen varias de las máximas que le han llevado hasta la actual situación.

Indiferencia. “No me importa lo que digan. Ser rico es una buena cosa”.
Confianza. “Sé que a partir de ahora todos los periodistas tendrán más cuidado al entrevistarme”.
Franqueza. “La riqueza es como una clasificación que te coloca en el lugar que te mereces en función de cómo estás actuando contra el resto de la gente”.
Innovación. “Si veo a 10.000 personas haciendo lo mismo, ¿por qué voy a querer ser yo el 10.001?”
Odio. “Como todas las temporadas mi único deseo es que los Spurs pierdan los 82 partidos”.
Ironía. “El objetivo número 1 de un General Manager no es ganar un anillo, sino mantener todos los puestos de trabajo. Eso no va por Donnie ni por Avery” (entrenadores que fueron destituidos de los Mavericks).
Más ironía. “¿Cómo puede un entrenador con tantos anillos de campeón sentirse intimidado por mí?” (Se refería a Phil Jackson).
El fin justifica los medios. “Quiero meterme en su cabeza. Si Ron Artest juega pensando en lo que le estoy diciendo desde la grada, esto es una victoria para nosotros. Ello supone que no está concentrado y eso, repito, es una victoria para nosotros”. 



La pasión con la que vive los partidos Mark Cuban es inigualable. Sus comentarios y sus gestos son parte del espectáculo. Tanto es así que George Karl, durante la serie de playoffs que les enfrentó la pasada primavera, denunció su actitud por generar un clima hostil y peligroso. Así es Mark Cuban, la persona a la que nadie quiere mencionar para evitar darle protagonismo, pero de la que todo el mundo termina hablando. Como Mourinho, pero a lo grande. Con más dinero y con más libras de peso. Con la misma obsesión enfermiza llamada victoria. A toda costa. Sin importar cómo. Estoy seguro de que a muchos les gustaría que esta escena fuese más real.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS