¿Por qué si pienso en el 33 lo hago en Bird y no en Pippen,
Jabbar o Marc Gasol?
Sabemos por García Márquez que la
vida no es como uno la vivió, sino como uno la recuerda para contarla. Es
curioso, pensando en que esta será la trigésimo tercera página de este diario, me
ha dado por asociarla a Larry Bird y a su legado como jugador de los Boston
Celtics, un equipo con el que simpatizo por motivos que no acierto a explicar.
Y únicamente, al hacerlo, era consciente de estar dejando a un lado al gran Scottie
Pippen, que también llevó ese número durante toda su carrera. Pero no me
acordaba de que este, el 33, también fue el número que vistió Kareem Abdul
Jabbar, el máximo anotador de la historia de la NBA. Y los seguidores más
jóvenes me dirán que el descuido más imperdonable es el de no haber citado en
esta lista a Marc Gasol.
Así suele ser la revisión del
pasado, o el juicio sobre unos hechos que nadie contempló, aunque después,
sentenciados, adquieren sorprendentemente la condición de verdaderos e
irrefutables. Lo mismo sucede con el recuerdo, en la medida en que se le
encuentra un acomodo con lo que sucedió después, aunque entonces no se supiera.
Todo esto para poner en contexto, y rebajar las expectativas, la revisión
histórica de filosofías y argumentos de juego que, bajo mi modesta y limitada
perspectiva, supusieron un punto de inflexión o alcanzaron una relevancia
suficiente como para ser incluidas en la siguiente reflexión.
Lo que van a ver a continuación,
si les apetece, pretende ser un elemento de apoyo para la planificación de una
imaginaria temporada 2020-2021, en un entorno desconocido (pocos entrenadores
saben a fecha de hoy si tendrán trabajo, mucho menos dónde) y sin apenas
información que valorar, lo que es malo y bueno al mismo tiempo. Lo que sigue
no es ninguna receta mágica, pues todo depende, precisamente, de la creatividad
de vosotros, los entrenadores, para tejer y destejer, estudiar y descartar, planificar
para luego improvisar. Lo que van a ver son sistemas que funcionaron en un
pasado reciente, con jugadores muy concretos. De hecho, si un solo principio
general se puede extraer del siguiente trabajo es que hay una simbiosis
perfecta entre la fórmula y los componentes, entre la filosofía y los
principales protagonistas de este deporte: sus jugadores.
Sports
Illustrated, revista semanal perteneciente al gran grupo de
comunicación Time Warner, con más de tres millones de suscriptores
y más de veintitrés millones de lectores, acaba de publicar su
particular clasificación de los cien mejores momentos de la historia
del deporte. A pesar del claro sesgo geográfico-patriótico
reconocido por los propios creadores de la lista, lo cierto es que se
trata de un magnífico repaso de varios de los grandes hitos de la
epopeya moderna. Su carácter polideportivo, con más de veinte
deportes representados, genera una envidia sana entre quienes vivimos
encadenados en el monopolio del fútbol y su vulgaridad asociada,
para quienes, desasistidos, sufrimos una dieta repleta de caspa
grasienta y mórbida.
Diecisiete
de esos momentos son baloncestísticos. Uno de ellos, dosis escasa,
hace referencia al ámbito femenino: la gesta de las Huskies de la
Universidad de Connecticut al conseguir noventa triunfos consecutivos
entre 2008 y 2010 y que ocupa la 73ª posición. Otros siete
comparten con este hecho su carácter colegial. No podían faltar el
momento del anuncio de la retirada de John Wooden (63º), dos días
antes de conseguir su décimo y último título en 1975. Los Bruins
de UCLA también están presentes en la posición 46ª gracias al
partido “casi perfecto” de Bill Walton en la final de 1973 frente
a Memphis State con 44 puntos en una serie de veintiuno de veintidós
tiros de campo. Tienen lugar reservado, faltaría más, las grandes
gestas de esos equipos modestos que se rebelaron contra el poder
establecido: Villanova Wildcats1985 (52º), North Carolina State 1983 (26º) y, por supuesto, los protagonistas de la película Glory
road, el equipo de Texas Western (23º) que, con el primer quinteto
compuesto únicamente por afroamericanos, venció a la poderosa
escuadra de Kentucky en la final de 1966. Por último, en esta
categoría universitaria, los periodistas del magacín decidieron
destacar también el primer gran duelo entre Larry Bird (Indiana
State) y Magic Johnson (Michigan State) en el que se impondría el
college del segundo por 75 a 64 frente a una audiencia millonaria en
lo que se podría definir como el punto de partida del baloncesto
moderno (30º) y, finalmente “The shot”, es decir, el tiro
anotado por Christian Laettner sobre la bocina y que le dio el
triunfo a su universidad, Duke, frente a Kentucky en la Final
Regional de 1992 (11º).
Sirviéndome
de la final de la NCAA de 1979, tal y como he anunciado previamente,
como punto de inflexión entre el baloncesto clásico y el moderno
(más por la necesidad de no generar un párrafo de dimensiones
ciclópeas que por rigor histórico), cinco de los nueve
acontecimientos reseñados sobre NBA pertenecen al primer período.
El primero de ellos, cronológicamente hablando, nos sitúa en 1957,
en la fecha de la conquista del primer anillo de los Boston Celtics,
en la génesis de la mayor dinastía del deporte mundial (89º).
Cinco años después, el individuo quiso imponerse sobre la
concepción colectiva del juego. Un 2 de marzo de 1962, Wilt
Chamberlain elevó a 100 el récord de puntos anotados en un solo
partido (16º). Tres años más tarde, la conjunción de un robo
decisivo, el de John Havlicek tras el saque de Hal Greer en el
séptimo partido de la Final de Conferencia entre Boston Celtics y
Philadelphia Seventy Sixers, y una narración orgiástica, la del
siempre recordado Johnny Most, colocaron este acontecimiento en el
sexagésimo primer puesto de la lista. El 8 de mayo de 1970, de
manera inesperada, Willis Reed, ausente en el sexto partido por una
grave lesión de rodilla, pudo saltar a la cancha del Madison para
meter los cuatro primeros puntos de su equipo y generar el ambiente
propicio para que los Knicks vencieran a los Lakers de Chamberlain,
Baylor y West y obtuvieran, así, el primer anillo (38º). Por
último, antes de que Bird y Magic irrumpieran en la escena,
nuevamente los Celtics, protagonistas omnipresentes de este período,
aparecen en la lista como copartícipes y vencedores del considerado
“mejor partido de la historia del baloncesto”, el quinto de las
finales de 1976 que les enfrentó a los Phoenix Suns de Paul Westphal
(79º).
Por
último, destacar los cuatro eventos reseñados en la era “después
de Magic y Bird”. El primero, cómo no, le corresponde al primero
de ellos, a sus 42 puntos, 15 rebotes y 7 asistencias en el séptimo
partido de las finales de 1980 ante Philadelphia y en ausencia de
Kareem (66º). El segundo, para el segundo de ellos y su robo
milagroso en el quinto partido de las finales de la Conferencia Este
entre Boston Celtics y Detroit Pistons y que se tornaría finalmente
decisivo. Vean completo, si pueden, el transcurso de la acción y
valoren cómo un hombre, humillado por un tapón, puede levantarse y
protagonizar el mejor y más importante robo-asistencia de la
historia (95º). El tercer momento es también para Magic y su MVP en
un All Star, el de 1992, cargado de simbolismo tras haber anunciado
meses antes que había contraído el VIH (40º).
Por
último, su nombre merece un párrafo aparte, destacar el duodécimo
puesto que la revista le reserva al sexto partido del sexto anillo
conseguido por Michael Jordan y los fantásticos Chicago Bulls de los
noventa (12º). Sin duda, el atleta que más portadas ha protagonizado en
este magacín, debía quedar notoriamente representado en esta lista
a través de uno, quizá el más icónico de todos, de entre los
cientos de momentos en que nos ha deleitado gracias a su excepcional
talento y ética de trabajo.
Finalizado
el repaso, solo me queda invitarles a que naveguen por este museo de
la historia del deporte que es la revista Sports Illustrated y, más
concretamente, por este especial dedicado a los cien momentos que consideran más relevantes. Y si echan en falta alguno especialmente, por favor, comenten.
Acabo
de enterrar en el tercer cajón de la cómoda la camiseta blanca de
los Celtics con el número nueve bordado bajo unas letras verdes que
hoy significan menos que ayer: Rondo. Allí comparte lugar con la del
número treinta y cuatro, también de los Celtics, aunque verde y con
letras en blanco que dicen Pierce. Su obsolescencia es sólo una
consecuencia más de la vorágine de una liga, la NBA, en la que el
futuro de los jugadores permanece siempre al margen de su propia
voluntad. Más aún de la de los fans.
Tras
el traspaso de Rondo a los Mavericks por un buen intimidador, Brendan
Wright, un alero aguerrido, Jae Crowder, y un base en retirada,
Jameer Nelson, la casa, aunque rodeada por la niebla, sigue siendo la
misma. Con el mismo número y el mismo buzón. Con los mismos vecinos
y la misma presunción casi altanera, aunque ciertamente nostálgica.
En Boston se habló mucho tiempo de los dieciséis anillos, casi
tanto como en España se recordaron las míticas seis Copas de Europa
del Real Madrid. El decimoséptimo llegó ya con la alta definición
en los televisores, pero ahora, habiendo desmantelado definitivamente
el mobiliario de aquel épico triunfo, nadie puede imaginar en qué
era tecnológica nos encontraremos cuando los Celtics logren
reverdecer viejos laureles. Tal vez sigamos los encuentros desde otro
planeta. Tal vez, incluso, haya finalizado la crisis.
Existe
en la capital extraoficial de la vieja Nueva Inglaterra una cultura
deportiva ligada a la victoria. La fidelidad de sus fans es
envidiable –de hecho, fue algo que Rondo recalcó en su comunicado
de despedida–, pero créanme, su paciencia también es finita. Tras
concederle, quién no lo hubiera hecho, más tiempo de la cuenta al
Big Three integrado por Pierce, Garnett y Allen, el proceso de
reconstrucción perdió muchos enteros con la lesión de gravedad de
Rondo y la caída hasta el número cinco en el pasado draft. Ahora
mismo, tras haber disfrutado de un cheque en blanco por cortesía de
ese decimoséptimo anillo tan ansiado, Danny Ainge parece carecer de
todo plan.
La
actual plantilla es indudablemente joven y, mirada con buenos ojos,
no viaja desprovista de talento. El plan, en caso de existir, bien
podría pasar por el desarrollo individual de jugadores y la
acumulación de piezas y elecciones del draft para desembocar en un
nuevo bombazo en forma de traspaso que diera lugar a una nueva
especie de conjunción astral semejante a la del Big Three. Pero
cuidado, sin un jugador de referencia la capacidad de atracción de
la franquicia se limita a su historia y, vaya, permítanme que sea
pesimista, el romanticismo no pasa por su mejor momento.
Del
roster actual destacan la elegancia de Jeff Green, el uso del cuerpo
de Sullinger, el talento particular de Olynik, la defensa de Bradley
y el espíritu suicida de Marcus Smart, un Isiah Thomas en potencia
con una técnica individual ciertamente sospechosa. A estos nombres
añadiría el de Evan Turner, al que en su día quisieron ver a Kobe
Bryant y al que ahora pocos valoran en su justa medida como un base
alto de variados recursos. En cualquier caso, la suma o
multiplicación de estos factores es ampliamente insuficiente para
atraer a nuevos inquilinos a la casa. Además, parece que Green
saldrá traspasado antes de que decida subastarse en la agencia libre
este verano por lo que el solar amenaza con permanecer en barbecho
largo tiempo.
Y se
preguntarán, ¿estas letras para qué? Pues como desahogo y
desesperada búsqueda de soluciones. Pensaba, inocente yo, que,
quizá, escribiendo sobre ello encontraría sentidos y porqués, pero
después de una hora sólo he sacado en claro la elección de película
para la tarde de Navidad: un DVD con un resumen de la temporada
1985-1986 con el mítico quinteto de aquella década (Johnson, Ainge,
Bird, McHale, Parish) y Bill Walton como sexto hombre. El que no se
contenta es porque no quiere.
Llámenlo
oportunismo si lo prefieren que yo hablaré de sentido de la
oportunidad. Esta entrada llega cuando llega, en el momento preciso,
en un estado de éxtasis difícil de describir con palabras, tras ver
en diferido la última y mayor exhibición del mejor jugador de
nuestros días: Kevin Durant. Sus 54 puntos suponen su récord
anotador, pero es cuestión de tiempo que lleguen partidos con más
de seis decenas. Durant anota sin compasión, aunque por compasión
muchas veces se apiade de sus oponentes, de los entrenadores e
hinchas rivales. Durant anota machando, tras parada y tiro, sobre una
pierna por elevación, tras salir del bloqueo indirecto (generalmente un pin-down), encarando a
los grandes tras deslizarse en torno a un bloqueo directo y también
desde la larga distancia. La amplitud de su repertorio no encuentra
parangón en nuestros días. Sólo Stephen Curry puede sacar un
listín tan exhaustivo de recursos, pero claro, Dios no le dio el don
de hacerlo desde una atalaya de 2 metros y 6 centímetros.
Blasfemo,
y lo hago convencido de que no cometo pecado alguno, al decir que
Kevin Durant está en disposición de ponerse a la altura de Michael
Jordan una vez finalice su carrera. Las diferencias en el juego
apenas se encuentran en ataque (Jordan salía mejor por derecha y
Durant por izquierda y Durant tiene un rango de tiro más amplio,
mientras que Jordan se manejaba mejor en el poste medio) y cada vez
menos en defensa (Jordan más hábil con las manos y más agresivo,
aunque el de los Thunder cada vez está más implicado). Las demás
sólo se pueden explicar en términos de carisma y mercadotecnia.
Lógicamente los seis anillos constituyen una barrera casi
infranqueable, pero estos Thunder parecen estar copiando la fórmula
que engalanó el techo del United Center de Chicago en la década de
los 90. Hasta Scott Brooks ha cambiado las lentillas por unas gafas
muy parecidas a las de Phil Jackson e incluso Westbrook, a tenor de
sus gestos, parece rendido a la misma evidencia a la que claudicó
Scottie Pippen, es decir, que comparte cancha con el mejor jugador
del planeta.
Entiendo
ahora mejor los celos de Lebron James cuando afirma envidiar la libertad de lanzamiento (matización añadida a raíz de un comentario en twitter del fantástico periodista Gonzalo Vázquez @GVazquezNY) que observa en Kevin Durant. Sin duda, su estilo de juego es muy
diferente, pero a Lebron convendría recordarle que su técnica
individual y su talento ofensivo están lejos (en lugar de a años luz moderando en este caso mi discurso que no pretende ser contrario a un jugador al que admiro como es Lebron) de los que posee
el alero de Washington. Sus palabras me recordaron a las
declaraciones que Magic Johnson y Larry Bird se cruzaban allá en los
ochenta, afirmando ambos que cada mañana desayunaban revisando las
estadísticas del otro. Lo siento por Indiana y por los Spurs, pero
en ese escenario para la leyenda en que se convierten a menudo las
finales de la NBA, no deberían faltar ni el uno ni el otro. Porque
si Magic y Bird dieron un impulso definitivo a la liga en un momento
en el que las finales no se emitían en directo, Durant y Lebron
también han contribuido a la enésima vuelta de tuerca de un
espectáculo, el de la mejor liga del mundo, que se renueva gracias a
que cuenta con una fuente inagotable de talento que reside,
principalmente, en todos esos niños que asisten con la boca abierta
a las gestas de sus ídolos.
Este
año, gracias a ese genial invento del “league pass”, he podido
revisar más partidos que ningún otro y puedo afirmar que cada
noche, a lo largo de ocho meses, hay al menos un partido en el que
merece la pena invertir unas horas de nuestra apretada agenda. Es el
calendario, precisamente, uno de los grandes éxitos del modelo. Las
estrellas de la liga, lesiones aparte, están citadas al menos dos
veces al año en fechas seleccionadas a propósito (Navidad, Día de
Martin Luther King, los jueves o viernes por la noche,...) en algo
que no ocurre en el deporte fetiche de nuestra cultura europea. Sólo
si hay suerte, Bayern de Munich, París Saint Germain, Real Madrid y
Barcelona se cruzarán una o dos veces al final del año, es decir,
puede que finalice una temporada sin que midan sus fuerzas Ribery y
Cristiano, Ibrahimovic y Messi. Además, el hecho de que en el fútbol
existan atacantes y defensores impide que se realice ese sueño
húmedo de nuestra infancia que consistía en que Oliver Aton y Marc
Lenders midieran sus fuerzas cara a cara. Es decir, el fútbol ha
entendido, con el paso de los años, que su producto debe cubrir
todos los días de la semana y todas las horas de los sábados y
domingos para desgracia de las estrellas de la radio y los vendedores
de transistores. Sin embargo, no ha comprendido el escaso interés
que tiene el que el Barcelona le meta un saco al Getafe o el que el
Málaga y el Valencia empaten a cero. Aun así, gracias a la
inelasticidad de su demanda, al servilismo con el que los hinchas
siguen a sus equipos, sea cual sea la mierda que éstos ofrezcan, el
fútbol seguirá viéndose y dando lugar, además, a una industria
del espectáculo tan de dudosa calidad como rentable.
No sé
cómo me las arreglo, pero siempre termino hablando de fútbol,
aunque mi tesis nada tenga que ver con el balompié y sí con la
magnífica puesta en escena de un producto, el baloncesto, que tiene
a bien presentarnos la NBA noche a noche desde finales de octubre
hasta mediados de junio. Una puesta en escena, claro, que luce más y
mejor cuando se anuncia la presencia frente al auditorio del mejor
jugador del planeta, del, a fecha de 18 de enero, unánime MVP de la
NBA: Kevin Durant.
Hace
un par de días discutía, departía quizá es más apropiado, con
mis colegas de Crónica desde el Sofá sobre identidades, filosofías,
mitos y demás leyendas que envuelven al deporte. Yo defendía una
visión más romántica y, por qué no decirlo, más periodística.
Ellos, una perspectiva más práctica, que viene a decir que ganan
los que tienen los mejores jugadores, los equipos que están mejor
entrenados. Que triunfan, y fracasan, en definitiva, las personas y
no las ideas ni las señas de identidad.
Aunque
sea difícil discernir sobre la antecedencia o subsidencia de la
gallina y el huevo, parece claro que el titular sigue a la noticia y
no al contrario. La actualidad, fiel compañera de nuestro caminar
diario, me ha puesto en bandeja varios ejemplos con los que ilustrar
una teoría que ni siquiera pretende ser tal pues, para empezar, pone
en entredicho esa óptica romántica desde la que tradicionalmente me
he aproximado al mundo del deporte.
Os
pongo en situación. Hablábamos (tuiteábamos si es que se puede
españolizar este vocablo y añadirle impunemente una tilde) de los
Celtics y de los Lakers, de ganar por el peso específico de una
camiseta. En eso coincidíamos. El escudo no gana partidos. Sin
embargo, yo defendía que los de Boston, al menos ellos, representan
unos valores (Celtic Pride, pase extra,...) que parten del pasado y
deben permanecer en el futuro. Para ellos, en cambio, hay tantos
Celtics como temporadas pues cada equipo, cada unión de doce
jugadores, es diferente de la anterior y de la siguiente. Mi idea es
que si eliges a las personas adecuadas para los cargos directivos
(General Manager y entrenador principalmente) puedes dar continuidad
a una idea. Hay en el deporte marcas registradas de las que todos
conocemos sus características. En deportes individuales Rafa Nadal
representa la lucha continua del mismo modo en que Roger Federer
encarna a la elegancia. En cuestiones de equipo el Inter de Milán,
salvo en contadas excepciones, ha sido el principal exponente del
catenaccio, mientras que en el mundo del ciclismo los equipos
holandeses y belgas llevan décadas sembrando el pánico del pelotón
cuando la carretera ni siquiera insinúa una pequeña cuesta.
Es
decir, existen factores históricos y geográficos e irrumpen figuras
icónicas que parecen elevar el deporte a una categoría por encima
de su aparente simplicidad. Así como los altiplanos keniatas acogen
razas con ínfimas cantidades de masa corporal predestinadas a correr
muy rápido en largos trayectos, y de igual manera que el Caribe
acogió, debido al reprobable tráfico de esclavos, la mejor mezcla
genética para la carrera explosiva, también circunstancias
culturales contribuyen a la conformación de identidades que perduran
en el tiempo. O al menos eso defendía yo.
Prohombres
de nuestro tiempo como Red Auerbach o Santiago Bernabéu han
significado tanto para sus respectivas sociedades deportivas
(franquicia y club respectivamente) que su legado, casi por inercia,
aspira a prorrogarse década tras década. Sin embargo, el halo de
perdurabilidad que rodea a su obra se tambalea cuando la actualidad a
la que antes hacía mención, irrumpe de manera caótica dotando de
razón a quienes opinan que en el deporte no hay ayer ni mañana,
sólo un presente marcado por el talento y por el trabajo.
No
cabe duda de que la universalidad del Real Madrid se convirtió en
provincianismo (prefiero no añadir epítetos) cuando su presidente,
amigo de grandilocuentes discursos vacíos de contenido (Zidanes y
Pavones), autocoronado heredero de Don Santiago y notablemente
irritado por el dominio del Barcelona, eligió a José Mourinho para
el banquillo de su primer equipo. El señor Florentino Pérez
admitía, de esta manera, que esa presunta universalidad se asentaba
únicamente en la victoria. Primer mito destruído, pero esperen, que
hay más.
Cuando
tu único ideario es la victoria y no ganas, ¿qué te queda? Si tu
propuesta futbolística es esencialmente mezquina (al basarse en los
errores del rival y al confiar únicamente en la inspiración de
alguno de los mejores jugadores del mundo) y te dedicas a engendrar
enemigos a cada paso que das, ¿cómo es que aún mantienes la
etiqueta de ganador si no ganas? Sigo.
Hilo
Real Madrid y Mourinho con la necesidad de superar el 4-1 de la ida
de las semifinales de Champions. Tengo 25 años y aún no he vivido
ninguna remontada histórica. Lo más aproximado que he vivido ha
sido un 4-0 ante el Real Zaragoza en semifinales de la Copa del Rey
de 2006. Impresionante si no fuera porque era necesario un 5-0. La
remontada se quedó en un casi y sobre los años 80 sólo he podido
leer y escuchar historietas. Juanito, por desgracia, ya estaba bajo
tierra cuando aprendí la norma del fuera de juego. ¿Es, por lo
tanto, el Real Madrid un equipo acostumbrado a remontar? ¿Servirá
de algo apelar al mito? ¿Es acaso el Bernabeu del siglo XXI la misma
caldera explosiva que llevaba al equipo en volandas durante los años
80? Desde luego, tengo claro que los yuppies que atestan las tribunas
del estadio no sienten la camiseta como lo hacían los humildes
obreros o profesionales de clase media que coreaban aquello de... “que
Juanito la prepara que Juanito la prepara y Santillana mete gol”.
Me
quito la coraza y escribo en carne viva sobre mis Celtics. Soy del
equipo de Boston porque conocí su historia, porque me enamoré de
sus mitos y porque otra leyenda viviente, Paul Pierce, me cautivó
con su juego. Ahora, tras dos partidos marcados por la impotencia de
un grupo infinitamente inferior al de temporadas anteriores, entiendo
que la historia no juega, que como diría Pitino Larry Bird no va a
entrar por la puerta y que a Paul Pierce los 35 años de experiencia
no le sirven para defender a Carmelo Anthony. Ahora entiendo que los
de Crónica desde el Sofá tienen razón (como casi siempre), que
ganan los mejores en cada momento y que luego ya llegamos nosotros,
los juntaletras, para elaborar cuentos con los que dormir a los niños
(que si Celtic Pride, que si espíritu de Juanito, que si fútbol
total,...)
Alego
frente al tribunal popular que antes que verdugo fui víctima, que
primero escuché los cuentos, luego me los creí para más tarde elaborarlos
y ahora los quemo. Eso sí, me quedo con unas cuantas cenizas no sea
que mis dos equipos resuciten y me hagan creer nuevamente en ellos.
En los mitos que el raciocinio se empeña en desprestigiar pero sin
los cuales, sin su existencia, todo se volvería más anodino.
La
eterna juventud no depende de cremas antiarrugas o dietas milagrosas.
La eterna juventud depende de la calidad de nuestros recuerdos y de
las vivencias acumuladas en el zurrón de la memoria. Todos nosotros,
al menos los que nos detenemos de vez en cuando a reflexionar sobre
aspectos que no se compran con dinero, tenemos una época fetiche,
una década en la que nos hubiera gustado vivir. Idealizamos, quizá
por desconocimiento, momentos de nuestra historia en base a mitos que
sobreviven en nuestro imaginario colectivo. Y en el imaginario
colectivo del baloncesto, una época y dos iconos se elevan por
encima del resto. Los ochenta: Magic y Bird.
A
Courtship of Rivals (Un noviazgo entre rivales), un documental con el
sello HBO, nos presenta la relación entre ambos genios, los
paralelismos y también las contradicciones de dos carreras que no se
entenderían de manera separada. Probablemente, de no haber existido
uno de los dos, las alforjas del otro estarían, hoy, aún más
cargadas de títulos. Como las de Federer o Nadal o las de Ali o
Frazier. ¿Hubieran optado Larry o Magic por haber ganado más
anillos en ausencia del otro? La duda ofende.
A su
grandeza, la de ambos, contribuyó lo singular de unos años marcados
por las políticas conservadoras de Reagan y Bush y su contraste con
los movimientos cívicos urbanos que tenían como leitmotiv principal
la liberación de las clases sociales marginadas por un sistema cada
vez más voraz. Por otro lado, los medios de comunicación se
sofisticaban y se convertían en un cuarto poder omnipresente. El
baloncesto, tras una larga década de hiberno (hasta las finales de
la NBA se emitían en diferido), se convirtió en la verdadera
atracción del país. Ni siquiera las hazañas de Montana pudieron
competir con los duelos en la cumbre entre dos chicos de orígenes
humildes llamados a dominar su deporte.
En los
ochenta la distancia aún suponía una barrera real. Las noticias
volaban entre Los Ángeles y Boston a velocidad de paloma y el
periódico aún debía leerse en papel. Allí, en los viejos papers,
Magic y Larry buscaban con ansiedad las estadísticas de su rival (las de hace dos noches)
mientras degustaban el primer café de la mañana. El hecho de que la
tecnología aún fuera analógica dotó de romanticismo a sus duelos.
Se encontraban dos veces al año en temporada regular y se citaban
para la final. Se vigilaban en la distancia, se respetaban desde el
silencio y, no nos equivoquemos, se odiaban dentro de la cancha.
Aunque
la prensa tratara de vender esta rivalidad como una contienda entre
un negro y un blanco, entre el libertinaje hollywoodiano y el
puritanismo de la añeja Nueva Inglaterra, Magic y Bird simplemente
saltaban a la cancha para vencer. El baloncesto lo era todo en sus
vidas y la victoria, claro, suponía una motivación más que
suficiente. Sin embargo, pese a que la historia de Magic y Bird es la
de una sucesión de contiendas deportivas que comienzan en la final
del Torneo Universitario de 1979 y culminan en las finales de la NBA
de 1987, su vida, la de ambos, no se explica sin atender a los
momentos en que se cruzaron sus caminos y a los paralelismos que
cimentan sus historias. Además de la falta de holgura económica
durante su infancia, Magic y Bird gozaron de referentes familiares
que dieron sentido a sus tempranas vidas, de entrenadores que
apostaron por ellos, de compañeros de enorme talento que les
ayudaron a ser lo que finalmente fueron. Ambos, además, se toparon
con la adversidad al final de sus carreras. Los dolores de espalda de
Larry mediatizaron sus últimos cuatro años de baloncesto; el
contagio del V.I.H por parte de Magic le obligó a tomar la decisión
más difícil de su vida: dejar el baloncesto.
El
uno, con la muñeca más perfecta que Dios ha creado, el otro, con la
sonrisa más ancha que el mundo ha conocido. Demasiado perfectos para
ser reales, demasiado perfectos para fusionarse.
Barcelona y un cada vez más lejano 1992 fueron testigos de que nada
es demasiado, de que a veces, en un mismo tiempo y lugar pueden
coincidir dos fuerzas opuestas para rescatar al ser humano de lo
anodino de su existencia y convertirle, de pronto, en una raza
privilegiada y eternamente joven. Tanto, al menos, como sus
recuerdos.
A
pesar de haber nacido en La Mesa, a escasos kilómetros de la costa,
en el sur de California, Bill Walton es un hombre de montaña. No por
tener un maxilar extremadamente afinado, una barba habitualmente
desaliñada, o una larga y rizada cabellera pelirroja. William
Thedore Walton es un hombre de la montaña porque su infancia son
recuerdos de laderas salpicadas de secuoyas y de glaciares
supervivientes del calentamiento global en el entorno del Yosemite
Valley. Ahora, décadas después, Bill sigue acudiendo puntualmente
cada verano a las estribaciones de la Sierra Nevada para
desintoxicarse de la polución que impregna el día a día y
disfrutar caminando en bicicleta junto a su esposa mientras tararea
temas de Neil Young, Bob Dylan o de sus idolotrados Grateful Dead.
En
determinadas materias, ya sean ciencia o arte, es difícil delimitar
lo clásico de lo moderno, lo viejo de lo nuevo, el ayer del hoy. Los
doctos en cada disciplina suelen recurrir a sucesos que a modo de
hito marcaron, y marcarán para siempre, una frontera. Sin embargo,
ni siquiera los cambios de paradigma en la pintura, la música, la
literatura o el cine pueden evitar que haya autores que apuesten por
recuperar viejos cánones estilísticos o narrativos, que haya, en
definitiva, una mezcla de estilos tan enriquecedora para el propio
arte como fastidiosa para quienes lo pretendemos entender desde una
postura mucho más simplista.
Sería
cuanto menos osado, si no pedante, pretender dividir en períodos la
corta vida de un deporte cuyas reglas se sentaron hace poco más de
un siglo y cuyo desarrollo profesional acaba de alcanzar la otrora
edad de jubilación. Sin embargo, 65 años de NBA y 55 de baloncesto
profesional en España han dado mucho de sí y es posible, sin caer
en el exceso, hablar de rivalidades clásicas, de duelos con sabor
añejo que elevan la categoría de deporte un peldaño más allá. Y
es que los duelos entre Lakers y Celtics por un lado y Barcelona y
Real Madrid, por otro, han mantenido su interés a lo largo de las
décadas con independencia de que se jugaran con o sin reloj de
posesión, con o sin línea de tres puntos, en pabellones de madera o
en recintos que desafían las leyes de la gravedad. Estos partidos
son clásicos porque, además, oponen maneras diferentes de entender
la política, el juego o la propia vida.
Es
difícil establecer símiles entre realidades tan distintas.
Admitiendo la pluralidad intrínseca de España sigue resultando
arriesgado comparar dicha diversidad con la que podemos atisbar en un
país que es casi un continente. Y si Madrid y Barcelona siempre se
han presentado a sí mismas como polos opuestos, Boston y Los Ángeles
pertenecen a dimensiones diferentes. En ambos casos se percibe cómo,
en cada caso, una de las dos ciudades representa el cosmopolitismo,
la liberalidad y el progresismo, mientras que la otra parece
defender, aunque a veces las apariencias engañan, la moralidad, el
patriotismo y una visión más conservadora tanto de lo público como
de lo privado.
En
cualquier caso, lo que convierte en clásicos a los duelos que
disfrutaremos esta tarde y noche en la Península, es que en ellos se
verán las caras los equipos más laureados de ambas ligas, los
verdaderos dominadores del baloncesto a uno y otro lado del océano.
La Historia nos dice que Barcelona y Lakers gobernaron la rivalidad
en sus inicios (años 40, aunque en España sólo se disputaba la
Copa) y que después fueron Real Madrid y Celtics los que maniataron
al conjunto de la competición (años 60 y 70). Pero si hay que
rescatar una época, si hay que definir un período como el más
brillante de la historia del baloncesto, éste sería la década de
los 80. Y es que en los 80 tanto Real Madrid como Barcelona, tanto
Celtics como Lakers, nos brindaron partidos históricos, peleas
(algunas literales) y batallas para el recuerdo. En aquellos tiempos
Solozábal y Corbalán nos mostraron que hay diferentes maneras de
jugar en la posición de base, Epi, Jackson, Sibilio o Petrovic que
hay mil formas de matar y Martín y Norris que nada es suficiente
cuando se trata de defender tu orgullo y el de todo un equipo. Al
mismo tiempo, Ramón Trecet, Héctor Quiroga y Esteban Gómez, nos
hicieron soñar cada noche retransmitiendo los enfrentamientos
deportivos entre un paleto de Indiana, Larry Bird, y un humilde chico
de Michigan que dormía siempre con un balón, Magic Johnson. Bueno,
sin olvidarnos de las mil maneras que trató de inventar Robert
Parish para frenar a Kareem, de las finalizaciones de contraataque de
James Worthy o el juego de pies en el poste de Kevin McHale.
El
epílogo en ocasiones trágico (muerte de Petrovic y Martín, contagio del virus VIH de Magic) de estos mitos
dio la bienvenida a un nuevo período de prosperidad tanto en Los
Ángeles como en Barcelona. En estos últimos veinte años ambos
conjuntos han estrechado el cerco que les separaba a nivel de títulos
respecto a sus particulares némesis (aunque hay que resaltar la
diferencia aún notable entre las 30 ligas del Real y las 17 del
Barcelona, así como entre las 8 Copas de Europa de los blancos y las
2 de los azulgrana).
Esta
noche, aunque la nostalgia pretende atraparnos, el presente, y su
aire pragmático, será el que marque el desenlace de ambos
encuentros. En Vitoria todo parece indicar que será una cuestión de
ritmo. A muchas posesiones el Barcelona sólo puede ganarle al Madrid
una vez de cada diez y esa vez ya ocurrió. Centrarán la atención,
cómo no, el choque entre Lorbek y Mirotic, el daño que pueda
hacerle Tomic a un juego interior blanco corto de centímetros o los
recursos que utilizarán ambos entrenadores para limitar el daño que
determinados jugadores puedan causarles. Estoy pensando en Mickeal y
Navarro por parte del Barcelona y en Llull o Sergio Rodríguez
atacando a Huertas o Rudy y Carroll castigando al propio capitán
culé.
En el
Garden de Boston colisionan dos equipos en busca de una identidad que
se muestra cuanto menos difusa. Los Celtics encadenan cinco victorias
consecutivas desde que se confirmara la lesión de ligamento cruzado
de Rondo. Y yo, aun siendo un defensor del talento de este base, creo
que hay una cierta relación causal. Ahora hay cinco jugadores que
defienden, no cuatro que se multiplican por el capricho de ir a robar
balones del quinto. Ahora hay cinco jugadores que intervienen en
ataque cuando antes eran dos, Rondo y al que le diera el pase para
tirar después de quince segundos botando. Dicen los jugadores que no
juegan mejor por la lesión de su base, sino porque están jugando
para dedicarle las victorias. Sin embargo, recuerdo un equipo, el del
2008, con Rondo como actor secundario, que cosechó 66 victorias en
temporada regular y un anillo. Y aunque no sea 2008 y las piernas
pesen mucho más, prefiero esta versión.
Como
deberían preferir en los Lakers un quinteto con Gasol como único
referente interior. Con él la bola fluye, circula, entra dentro,
sale fuera. Con él pierden intimidación atrás, pero son un equipo
más feliz. Y es que ver a tu hombre alto lanzar por debajo del
cincuenta por ciento desde la línea de tiros libres debe de ser cuanto
menos frustrante. D´Antoni se encontró con dos de los mejores
pívots del campeonato y aun así puso sus principios por delante para no cambiar la hoja de ruta. Cuatro abiertos. Con tanto talento, me
atrevo a apostar por que Groucho Marx ya tendría al equipo angelino en
playoffs. La fortuna para el italiano, que no para los seguidores de la franquicia, es que Gasol estará seis semanas de baja siendo éste un buen pretexto para empaquetarlo en un traspaso.
Aun con la baja de Pau no me
atrevo a hacer vaticinios. Lo haría si fueran dos choques
corrientes, dos partidos más en el medio de una temporada. Pero no.
Son clásicos y en los clásicos, perdónenme la perogrullada, gana
el equipo que mete más puntos.
He
escrito sobre su retirada. He criticado sus críticas. Lo he
ensalzado como la parte de un todo, pero no como el todo que
realmente fue. Por eso, hoy y no más tarde, le dedico este post, el
que se merece y el que durante tiempo he deseado escribir siendo
consciente desde el primer momento, también ahora, de que mi pluma
no podrá en caso alguno reflejar su maestría en el manejo del balón
o en el empleo de su cuerpo.
Nació
donde nadie podría augurar. En la nada más absoluta de todas las
nadas, entre quercíneas adaptadas al rigor del invierno y coníferas
dispuestas a soportar el húmedo calor del verano. Donde ningún
profeta hubiera situado al jugador más inútilmente imitado de todos
los tiempos. Porque querer ser como Magic es tan absurdo como
imaginar que su magia pudiera proceder de Lansing, Michigan.
Es
difícil destacar en una familia corriente de nueve hijos cuando tu
padre es sólo uno más de los trabajadores de la General Motors y tu
madre la conserje de una escuela. Fue vital la compañía que le
ofreció una pelota de baloncesto, la misma que manejaba mientras
hacía los recados y con la que dormía cada noche. Lo afirma él
mismo y aunque es cierto que todo en torno a Magic adquiere un cariz
hiperbólico no existen motivos para no creerle.
La
figura de Magic es la de un héroe local orgulloso de sus orígenes y
aferrado a sus raíces. Por ello quiso completar su formación en su
estado natal, Michigan, temeroso de un mundo, el que se levantaba más
allá de las fronteras de lo conocido, al que terminaría asombrando.
Así, aunque más ateniense que espartano, más Pericles que
Leónidas, Johnson decidió enrolarse en las filas de la universidad
estatal para conseguir como líder de los Spartans el título
nacional en el partido colegial que más expectación ha levantado
hasta la fecha, el que le enfrentó al otro héroe deportivo de la
nación, al ídolo local del estado vecino, Indiana. A Larry Bird.
En
1980, mientras el Pájaro provocaba una convulsión en la ciudad de
Boston transformando dramáticamente el récord de su equipo, Magic
decidió que no había tiempo que perder. Si su legado estaba llamado
a ser único e inimitable por qué no empezar por el principio. Y el
principio fue ser número 1 del Draft y recalar en Los Ángeles
Lakers, en la capital del glamour, allí donde su sonrisa podía
dibujarse con la seguridad de saber que en esta tierra de sueños y
espectáculo ésta, la sonrisa, es el mejor antídoto contra la
hipocresía y las envidias que surgen a cada paso.
Ni
rookie wall ni miedo escénico. Lo único que escuchó Magic en su
primer año fue la llamada de los dioses. Así lo atestiguan sus
números (18 puntos, 7 rebotes, 7 asistencias) en temporada regular.
Aun así, nada comparable a lo que consiguió en el último partido
de su primera temporada, en la fecha de su autocoronación como
jugador total. Jugando de todo, en ausencia de Jabbar, Magic Johnson
firmaría uno de las más apoteósicas actuaciones en unas finales de
la NBA. Sin el suspense que acompañó a la última canasta de Jordan
en Salt Lake City, aquel partido tuvo todos los demás ingredientes.
Los Lakers viajaban a Philadelphia con un 3-2 a favor, pero con el
factor en cancha perdido. Toda una generación de Sixers (Erving,
Bibby, Collins, Dawkins, Cheeks,...) aspiraba a aprovechar la ventaja
de jugar en el ruidoso the Spectrum para remontar la serie. Pero
Magic tenía otros planes y anotando la mayor parte de sus puntos a
dos metros del aro o desde el tiro libre cosechó un 42-15-7 para la
historia que demostró que además de un mago genuino era también un
jugador duro física y mentalmente.
Aquel
día también demostró que podía anotar. Si el equipo lo demandaba
Magic podía irse hasta los 30 puntos con facilidad. De hecho, dando
un repaso rápido a sus números y a pesar de que nunca rebasó los
25 puntos de media en temporada regular, el hecho de que sus
porcentajes superaran o rondaran, en el peor de los casos, el
cincuenta por ciento de acierto demuestra que si no lo hizo fue
porque no quiso, porque su equipo no lo necesitó o porque,
simplemente, prefirió asistir e impartir magisterio en ese arte en
decadencia que las marcas publicitarias y los indomables egos
pretenden enterrar para siempre: el del pase. Sus 12,3 asistencias de
promedio en playoffs cobran mayor valor aún por encontrarse en un
equipo sin tiradores puros, sin una de esas ametralladoras que
convierten cualquier inocente pase en una asistencia que sumar a la
estadística.
Contó,
eso sí, con uno de los mejores finalizadores de la historia, con un
muelle andante con el 42 a la espalda tan portentoso en el ejercicio
de sus facultades como limitado a la hora de generarse sus propias
canastas. Worthy fue un tipo honrado, un experto a la hora de
culminar contraataques y un buen tirador de media distancia. Poco
para entrar a formar parte del selecto club al que pertenece de no
haber sido por la inestimable ayuda de su compañero de fatigas, de
su cómplice en aquellos fantásticos contraataques que convirtieron
al Forum de Inglewood en la capital mundial del entretenimiento.
El
otro miembro del Big Three fue Kareem, el máximo anotador de la
historia de la liga y el jugador más infravalorado cuando de
elaborar listas de los mejores de todos los tiempos se trata. El
Kareem de los Lakers ya no se parecía en nada al exultante Lew
Alcindor de sus primeros años en Milwaukee. Bien entrado en la
treintena, a Jabbar le quedaba correr la cancha, anotar los ganchos, la intimidación y,
claro, comer gratis, alimentarse de lo que Magic le servía en
bandeja.
Con la
llegada de Pat Riley Magic consiguió su segundo anillo, el de 1982,
también ante los Sixers. Sin embargo, la derrota de 1984 ante los
Celtics de Boston levantó ampollas en el vestuario angelino y, sobre
todo, en la moral de Magic. Larry, su rival en la distancia,
cosechaba títulos y MVP mientras Johnson parecía pequeño a la
sombra de Jabbar y ante el derroche de exuberancia de un técnico,
Pat Riley, al que es difícil calificar entre los adjetivos que le
tachan de oportunista y aquellos otros que le perfilan como un genio.
En
1985 llegó la venganza. Tras el primer partido de las finales, el
conocido como “The Memorial Day Massacre”, en el que en medio de
una atmósfera asfixiante los Celtics apabullaron a los Lakers
anunciando una reedición de lo ocurrido un año antes, los Lakers
consiguieron darle la vuelta a la situación para acabar ganando 4-2
cosechando el definitivo partido a domicilio, en el mítico Boston
Garden, el sancta sanctorum de la religión céltica. Se cobraban así
numerosas cuentas pendientes. Chamberlain o West tuvieron que esperar
a que los Celtics desaparecieran de las finales para poder hacerse
con un título de la NBA. Magic no.
En
1986 las torres gemelas de Houston (Sampson y Olajuwon) eliminarían
a los Lakers en la Final de la Conferencia Oeste para perder, a
continuación, ante la mejor versión de los Celtics en la década de
los ochenta, la que contó con Bill Walton como imponente sexto
hombre. Así, la reedición del duelo hubo de esperar a 1987 y,
entonces, acompañando a unos números insultantes (para los rivales)
de 21,8 puntos 7,7 rebotes y 12,2 asistencias, Magic nos dejó la
canasta más importante de su carrera, un gancho a unos cuatro metros
del aro por encima de Parish y McHale que silenció el Garden y que
determinó el resultado final de la eliminatoria y el fin de ciclo
definitivo de unos Celtics que no volverían a comparecer en unas
finales hasta 2008. Esta canasta de póster, ese “baby hook”
anotado cuando todas las luces del planeta apuntaban al centro de la
zona céltica, le encumbró definitivamente como un mito. El mundo ya
sabía que podía dirigir la orquesta, dar asistencias de fábula o
meter bandejas y tiros en momentos más o menos importantes. Sin
embargo, a partir de aquel gancho, el mundo supo también que en las
manos callosas del número 32 de los Lakers radicaba la esencia misma de la
victoria
En el
88 llegó un último título, el quinto, ante unos Pistons que
enviaban señales inequívocas de que el período de reinado angelino
estaba tocando a su fin. Así llegaron las finales perdidas, dos ante
los Bad Boys y otra más frente a los Bulls. Las piernas de Magic ya
no eran las mismas. Tampoco las de Scott o Worthy. Además, donde
antes se erigía la escultural estampa de Jabbar, empezó a aparecer
la desaliñada barba de un Divac que, aunque talentoso y pleno de
virtud, no resistía la comparación. Indiscutible era también el
talento de los AC Green, Mychal Thompson, Sam Perkins o el propio
Elden Campbell. Tan indiscutible como insuficiente ante un equipo
físico como aquellos Bulls de los primeros años 90 que no dudaban
en presionar toda la cancha cuando el partido así lo requería.
Y
entonces llegó el 7 de noviembre, el anuncio que pilló a Jordan
conduciendo y que por poco le origina un accidente. El
desconocimiento generalizado sobre una enfermedad considerada mortal
obligó a Magic a colgar las botas y a morir en vida. A dejar su
pasión cuando aún quedaba cátedra por impartir, cuando ya tenía
memorizados nuevos pases de fantasía y bandejas en extensión. Los
rumores sobre el origen del virus se multiplicaron. Sólo Barcelona,
aquellos Juegos para el recuerdo, pudieron insuflar un poco de baloncesto y vida en el organismo enfermo, no por el VIH y sí por la
melancolía, de un Magic al que el traje de ejecutivo nunca le acabó
de sentar bien.
Yo,
humilde bloguero, siempre le recordaré luciendo los colores oro y
púrpura de unos Lakers a los que mi condición de céltico no me
impide admirar, unos Lakers dirigidos por uno de los tres mejores
jugadores de la historia, Magic Johnson, un hombre que se inspiró en
el pasado, que jugó en el presente y que, en realidad, vino del
futuro. Un futuro al que el juego todavía no ha llegado. Un futuro
del que Magic nos dejó un adelanto que siempre, por muchos vídeos
que veamos, nos sabrá a poco. Se retiró con 10 finales y 5 títulos. Nos legó, para siempre, un estilo que nadie hasta el momento ha sabido imitar. No están los tiempos para ello.
En el calendario de todo seguidor de los Celtics siempre hay una fecha marcada en rojo. Se trata de la visita de los Lakers al Garden, de la reedición de la rivalidad más encarnizada del deporte americano, mayor aún de la que mantuvieron en el pasado los Cowboys de Dallas y los Redskins de Washington en la NFL y al nivel de la enemistad existente entre los New York Yankees y los Boston Red Sox en la MLB. Sirviéndonos de símiles futbolísticos sólo un Real Madrid-F.C. Barcelona o un Boca Juniors-River Plate resistirían la comparación.
Todo desde un ambiente que se ha ido moderando. Lejos quedan las batallas de los 80 en las que los aficionados del Garden o del Forum de Inglewood odiaban realmente a los jugadores rivales. Es mítica la falta de Kevin McHale sobre Kurt Rambis que para muchos expertos supuso un factor clave en el desenlace de la eliminatoria (Los Celtics acabarían venciendo 4-3 en las finales de 1984). Para el conocido analista norteamericano Bill Simmons (@Sportsguy33) la clave no fue la falta de McHale, sino la reacción de James Worthy separando a su compañero empujándolo contra las Cheer Leaders. Una conmovedora escena, no cabe duda.
Es más, durante la propia década de los 80, la rivalidad adquirió, incluso, tintes raciales. Los afroamericanos simpatizaban más con unos Lakers liderados por Magic, Worthy y Kareem, mientras que los blancos (la mayoría republicanos en cuanto al espectro político) se identificaban en mayor medida con los Celtics de Larry, McHale o Danny Ainge. Sin embargo, esta identificación peca de simplista y podría elevarse a la categoría de mito. No en vano un negro, KC Jones, entrenaba a los Celtics mientras que un blanco, Pat Riley, fue el ideólogo de esa filosofía de juego que pasaría a la historia con el sobrenombre de “Showtime”.
Lo verdaderamente cierto es que esta rivalidad no fue tal hasta que en 1985 los Lakers consiguieran batir por primera vez a los Celtics en unas finales de la NBA. Hasta entonces habían disputado ocho finales y en todas ellas habían vencido los de Boston. Gigantes de este deporte como Chamberlain, Baylor o Jerry West hubieron de despedirse sin conocer el sabor de vencer a los chicos de verde en la gran cita.
Jugar en casa siempre es importante. Sin embargo, tradicionalmente, este factor cobraba mayor importancia cuando el partido había de disputarse ante la ruidosa (y bien surtida de cerveza) afición de Boston. Este matiz tenía un indudable carácter socioeconómico. Los aficionados de los Celtics acudían a los partidos tras un duro día en la fábrica de acero, mientras que los de los Lakers lo hacían después de recoger la sombrilla de la playa con las diferencias en los niveles de estrés que ello supone. Sin embargo y más allá de estos tópicos, el halo del Garden se ha ido perdiendo no sólo por la modernización de la base económica del estado de Massachusets, sino también por la pérdida de elementos identitarios que hacían del Garden un lugar único en la liga (derribo del viejo pabellón junto a la vía del tren en el que no había aire acondicionado, introducción de las Cheer Leaders, proliferación de palcos VIP). Recurro de nuevo al irónico Bill Simmons quien en una entrevista asegura que las únicas dos diferencias que existen en la actualidad entre el Staples y el TD BankNorth Garden son “que los aficionados de Boston asisten de pie al salto inicial y que no abandonan el pabellón en partidos igualados para evitar la congestión en el tráfico”.
Pues bien, mañana jueves las franquicias más laureadas de la liga medirán sus fuerzas en un encuentro marcado por la reciente consecución de récords individuales por parte de sus jugadores estandarte. Así, si el pasado lunes Kobe Bryant superaba a Shaquille O´Neal como quinto máximo anotador de la historia de la liga, esta pasada madrugada Paul Pierce se situaba como segundo máximo anotador de la historia de los Celtics al rebasar la marca de Larry Bird. Ambos jugadores llegaron a la liga en los momentos finales de la carrera de Michael Jordan y ambos, al igual que el 23 de los Bulls, son ejemplos de longevidad y de lealtad a una franquicia. Y aunque la diferencia en títulos es obvia a favor del escolta de Philadelphia, Paul Pierce está considerado como el mejor anotador de la historia del equipo con más anillos de todos los tiempos.
Al duelo individual entre los dos hombres récord del momento, hay que unir, como aliciente extra, el reciente rumor de traspaso que involucraría a ambas franquicias. Según éste Pau Gasol aterrizaría en Boston a cambio de Rajon Rondo y Brandon Bass. Los Celtics sacrificarían la posición de base y apostarían por rodear a sus dos anotadores, Pierce y Allen, con dos futuros hall of famers en posiciones interiores, Kevin Garnett y Pau Gasol. Para el de Sant Boi se abriría una opción única para ser el primer jugador en ganar el título con las dos franquicias, algo que Shaq no pudo conseguir la temporada pasada (lo mismo podría aplicarse para Rondo). Los Lakers adquirirían un base joven con categoría de All Star que podría aliviar a Kobe de las tareas de play maker que a veces se ve obligado a asumir por la incompetencia en el manejo de balón de Derek Fisher. Sin embargo, un juego interior sin la pareja Bynum-Gasol se convierte en vulgar e insuficiente de cara a pelear por el campeonato.
Poniendo en duda la viabilidad de este rumor, me parece más interesante y realista hablar del aspecto puramente deportivo. Aunque tanto Celtics como Lakers acuden a la cita con balances casi idénticos (14-10 y 14-11 respectivamente) los resultados recientes permiten concluir que los verdes van para arriba, mientras que los de púrpura y oro están atravesando un pequeño bache. Bryant, Bynum y Gasol no son siempre suficientes. El banquillo es uno de los peores de la liga y los sistemas de Mike Brown parecen ortopédicos y previsibles. El partido del jueves puede marcar el destino de los Lakers en la gira por el este que están realizando y que les llevará a New York en la noche del viernes. Y a su vez, y encadenando, del resultado de esta gira pueden depender próximas decisiones en los despachos.
Doc Rivers, en cambio, está empezando a confiar en su banquillo. Los titulares no juegan más de treinta y cinco minutos en los que son altamente productivos. Kevin Garnett parece estar recuperando sus piernas y Paul Pierce promedia más de 6 rebotes y 6 asistencias desde que Rondo cayera lesionado. Por su parte, Ray Allen, como viene haciendo en los últimos años, se mueve en un 50% de acierto en triples. Sin embargo, más allá de estas pequeñas luces, pesan más las sombras pues todo hace indicar que esta plantilla, envejecida, no podrá competir ante las piernas frescas de los Heat o los Bulls.
Como suele decirse en estos casos, un derby siempre es especial y diferente. No importan los antecedentes, la historia o el pasado reciente. Sólo lo que ocurra en los 48 minutos que durará el partido y en el que se renovará la rivalidad más apasionante de nuestro deporte. Y a riesgo de parecer parcial... Let´s go Celtics!
Licenciado en Geografía, master de profesorado de secundaria y bachillerato, máster en Creación Literaria por la Universidad de Salamanca y Doctor en didáctica de la escritura creativa también en esta universidad. Autor de dos libros de relatos, Hasta que la noche nos alcance y Madrid, Nueva York, Logroño, y autor también de Individual o Zona, selección de artículos e historias sobre baloncesto. Entrenador superior de baloncesto (CES 2014) y actualmente entrenador ayudante en San Pablo Burgos (ACB y Eurocup). Te invito a conocer más en mi página web personal: http://jjnieto.com