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RESPECT





Si tuviera que definir con una palabra la carrera de Kobe Bryant sería respeto. Su amor por el juego es la de una generación de jugadores que afronta su ocaso. Su perseverancia, la de alguien que concibe la lucha como un elemento más de la vida. Sólo así ha logrado superar con éxito sus últimas lesiones de rodilla y tendón de aquiles con la treintena ya bien avanzada pudiendo, de esta manera, batir durante la pasada madrugada la marca de puntos que fijara en su momento Michael Jordan.

Su llegada a la liga directamente desde el instituto nos hizo pensar que su retirada de la primera plana sería también temprana. La élite es fatigosa, casi extenuante. Numerosos proyectos de estrella se quedaron en el camino y otros, acuciados por las lesiones o por la pérdida de motivación, renunciaron al estrellato de forma natural, como ese fruto que abandona la rama por el peso de la gravedad. Pero hay mucho en Kobe de su ídolo, Michael. Por ejemplo el enfermizo deseo de perdurar, de postergar un legado inimitable o que, al menos, exija a los que vendrán, porque es ley de vida que sigan viniendo, el mismo nivel de pasión y resiliencia para igualarlo. También otras muchas virtudes en forma de fintas, tiros en suspensión a la media vuelta o vertiginosos rectificados en el aire que ponen en duda los axiomas de la vieja ciencia.

Puede que las comparaciones sean odiosas, pero Kobe las ha forzado cada día a pesar de que, en dicha comparación, pierde. Pierde, sí, sin medias tintas. Porque con Jordan cualquiera tiene las de perder, tanto si utilizamos como baremo reconocimientos individuales o magnitudes más complejas que hagan referencia a diferentes parámetros del juego. Kobe habrá metido más puntos en la NBA, pero ha conquistado muchos menos corazones que el eterno 23 de los Bulls. Si Bryant personificara un rol literario este sería, sin duda alguna, el del antagonista, el de un villano al que, aun siendo posible amarle, muchos terminan aborreciendo por su afán irracional de eclipsar al héroe. Porque en esto siempre se ha equivocado la estrella de los Lakers, cuyo ascendiente sobre la liga siempre estuvo ligado a esa lucha denodada por superar los “milestones” del mayor icono de la historia de su deporte.

Personalmente, admiro la variedad de recursos de Kobe, su competitividad y su disciplina estoica, pero no su concepción del juego. Para Kobe, como para el primer Jordan, el equipo sólo es un instrumento para conseguir sus propios fines. Siendo el tercer máximo anotador de todos los tiempos, es también el primero, aunque no existan estadísticas oficiales, en tiros forzados y situaciones mal gestionadas. La última, por poner un ejemplo, su obstinación a la hora de cobrar más de veinte millones de dólares por temporada impidiendo cualquier opción económicamente viable de forjar un equipo ganador al que conducir a un sexto anillo.

Sólo un último dato para desechar las ensoñaciones de los creyentes. Mientras Jordan gobernó con puño de hierro la liga impidiendo a los mejores jugadores de su generación -- Karl Malone, Charles Barkley o Pat Ewing entre otros– probar el sabor de la gloria (sólo Hakeem Olajuwon pudo aprovechar su retirada temporal de las pistas), Kobe no tuvo más remedio que ser justo y dadivoso con los Nowitzki, Pierce, Garnett, Wade, Lebron y compañía. En realidad, no está claro si el dadivoso fue Kobe, o si lo fueron los Spurs, la verdadera dinastía del siglo XXI. Así, siendo discutible el galardón de indiscutible número uno de su tiempo, queda claro que volver a mezclar su nombre con el de Jordan implica perder el tiempo.

No así el darle las gracias por tantas madrugadas de fino estilismo, de arte en movimiento y emociones difíciles de contener. Muchas gracias Kobe por transmitir tanta verdad. No hay nadie en el mundo que no pueda sentir por ti, por tu obsesión por el juego y por tu honestidad, un infinito RESPETO.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Actitudes "messiánicas"





Messiánica (que no mesiánica). Dícese de toda actuación encaminada a la consecución de un estado de ánimo en paz con uno mismo y con el entorno que pasa por gozar de ciertos privilegios en el marco de una organización tales como el de nombrar a dedo a entrenadores, compañeros, altas y bajas para después llenarse la boca proclamando su dedicación completa a los fines y objetivos del colectivo. De esta actitud sólo pueden pecar jugadores que son o creen ser dioses porque de lo contrario esta actuación pasaría de ser considerada una muestra de liderazgo a llamarse, con todas sus letras, caciquismo.



El fichaje de Seth Curry por los Golden State Warriors me ha recordado a la llegada de Charles Oakley a los Bulls (y al órdago que luego Jordan lanzó a la directiva cuando le traspasaron por Horace Grant) o al frustrado traspaso que Seattle y Chicago tenían apalabrado entre Shawn Kemp y Scottie Pippen, a la salida de Shaquille de los Lakers o al fichaje de Tata Martino por parte del Fútbol Club Barcelona. Estamos ante una maniobra de la emergente estrella Stephen, hermano mayor del involuntario protagonista, para conseguirle un contrato a alguien de su confianza y, de paso, demostrar su poder en el seno de la franquicia. Lo que ocurre es que estas muestras de nepotismo son una daga de doble filo pues, además de levantar suspicacias, añaden una presión extra sobre el pujante jugador y la pusilánime directiva.



Se lo dice alguien que ha disfrutado con el juego del menor de los Curry en la universidad de Duke, que comprende, además, la insistencia de Jordan por retener a Pippen e incluso los delirios de grandeza que llevaron a Kobe a plantearle a Mitch Kupchak la fórmula del “o él o yo” en su relación con O´Neal. También puedo entender que Messi haga lo que le dé la gana. Más aún si el barcelonismo y sus propios compañeros se lo permiten hasta el punto de que para ellos el placer no consiste en jugar en el Barcelona, sino al lado de esta divinidad del fútbol.



Pero de estos roles extendidos, de jugadores con plenos poderes, se viene hablando desde que el deporte es deporte. La nómina de amos del vestuario es extensa siendo el ínclito Fernando Hierro, quizá, el más famoso de todos ellos por su afición a jugar a “hundir la flota” con entrenadores en vez de barcos.



El asunto Seth Curry, jugador que sonaba, por cierto, para el Barcelona, puede ser, si así lo estiman, menor, una simple concesión a la estrella que no va más allá. Sin embargo, el trasfondo de la cuestión no es asunto baladí, menos aún cuando queda en entredicho la autonomía de managers y gerentes para desempeñar su función. Y es que al igual que el principio de la división de poderes ha de ser inviolable en el marco de una democracia, del mismo modo deben respetarse las parcelas en el seno de una organización empresarial y deportiva. Porque invadir terrenos supone menoscabar la confianza y hacer de menos el trabajo de quienes están llamados a hacerlo. Porque, y esto es lo más grave de todo, pensar en uno mismo y no en el fin común supone sembrar una semilla que si se sigue regando derivará en una planta sumamente venenosa y carnívora.



Ojalá nada de esto ocurra en los Warriors, equipo de moda en la liga por su propuesta de baloncesto ágil y carente de retrovisores. Aun así invito al reverendo Jackson a mediar en estos arranques de ego antes de que sea tarde, antes de que el equipo de la Bahía pueda quedar convertido en aquellos Blazers de principio de siglo o aquellos Lakers de 2004 llamados a arrasar a los Pistons en la final de la NBA para luego caer con estrépito, no por nada, sino por los recelos y envidias de quienes no supieron asumir su papel. 

Os dejo con esta entrevista esperpéntica, con la actitud "messiánica" de Howard y la dignidad, pesada carga en ocasiones, de Stan Van Gundy. 





UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Tras la sombra de los gigantes





“Tiene los requisitos para protagonizar una historia bíblica moderna”. Así hablaba Dwight Howard padre de Dwight Howard hijo días antes de que el pívot georgiano fuera elegido como número uno del Draft de 2004 en una promoción más profunda que brillante en la que este joven de la Southwest Atlanta Christian Academy sobresalía por encima del resto de promesas, incluida la del center de la victoriosa Universidad de Connecticut, Emeka Okafor.



En aquella academia privada el pívot pasaba sus ratos libres cantando en el coro, lavando los platos, sacando la basura y limpiando su habitación. Nada hacía indicar, por lo tanto, que aquellos orígenes humildes fueran el prólogo de una historia que se enturbia cada vez que su protagonista abre la boca o toma una decisión acerca de su futuro. Y es que en la actualidad ni el propio Howard recordará haber recibido el siguiente consejo de su ídolo Michael Jordan: “Mientras los demás jugadores están durmiendo es cuando tú has de querer estar entrenando. Trabaja duro, sé el mejor, exígete a ti mismo y cuando te hayas ganado el respeto, exígele entonces a los demás”.



Es difícil afirmar que, alguien que ha sido campeón olímpico y subcampeón de la NBA, sea un juguete roto, pero sí es posible sostener cualquier argumento que aluda a lo decepcionante de su progresión y a lo sorprendente de su transformación personal. Y es que una carrera que empezó siendo una ofrenda a Dios ha terminado siendo un sainete, un carrusel de despropósitos que si no se detiene es porque Howard se empeña en que siga girando.



Pero más allá de caprichos, abrazos hipócritas (miren si no, hasta el final, el siguiente vídeo en el que Van Gundy reconoce que Howard ha exigido su despido) y mejoras cada vez más sutiles e inapreciables, es su salida de Lakers la que certifica, aunque sea pronto aún para juzgar su carrera, la materialización de un fracaso. Y es que persiguiendo las sombras de Chamberlain, Jabbar o el propio O´Neal (del que siempre ha querido parecer un clon) su figura se ha ido haciendo cada vez más pequeña. También desde el este llegaron a los Lakers los pívots antes citados. Chamberlain para hacer realidad el sueño de Jerry West y aquellos acomplejados Lakers que tenían por costumbre ganar la conferencia para luego perder ante los Celtics. Jabbar para ser la referencia interior de un equipo, el del showtime, que hubiera sido mero fuego de artificio sin su presencia y Shaquille, con un historial semejante al de Dwight en los Magic, para completar el legado de Phil Jackson e iniciar un ciclo que Kobe quiere hacer suyo cuando en realidad, durante aquel “threepeat”, todo empezaba y terminaba en el número 34, bajo el imperio de su propia ley. 





Salir de los Lakers con rumbo a Houston puede parecer una decisión correcta desde una óptica analítica y a baja temperatura. Sin embargo, el dineral que va a cobrar, más allá de que sea justo en la medida en que alguien está dispuesto a ofrecérselo, demuestra cuál es su escala de valores y en qué lugar queda la lucha por el anillo. Si son ciertas las cifras que se barajan, su sueldo fagocitaría un tercio del límite salarial del equipo e hipotecaría la calidad del resto de jugadores (más aún si tenemos en cuenta los quince millones de media que cobrará Harden en las próximas cinco temporadas).



Lo cierto es que la decisión de Howard parece haber dolido más en las franquicias que lo ansiaban (Dallas Mavericks, Golden State Warriors) que en aquella que tuvo que aguantar su comportamiento poco profesional. Así, si en los Lakers se dibuja un horizonte de reconstrucción poco compatible con un Gasol con tripita y en clara decadencia y con un Kobe aún convaleciente, en la proa del barco sin rumbo que es la vida de Howard, se divisa una nueva sombra en forma de leyenda de los tableros, de señor de la pintura. El bailarín de claqué del Cotton Club, con quien ha trabajado durante algunos veranos, le espera sentado para comprobar sus progresos y contrastar su capacidad de liderazgo.



Hakeem Olajuwon, pese a haber impuesto un dominio tiránico en las proximidades del aro, tuvo que esperar a que Jordan se tomara un par de años de descanso para cosechar dos anillos. Mucho me temo que, ni aun retirándose Lebron a hacerse un tratamiento capilar, Howard sería capaz de repetir sus logros. Y es que al pívot de Georgia le falta lo que a aquellos Rockets les sobraba: el corazón de un campeón. 





UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Ni contigo ni sin ti




Se acercan los playoffs de la NBA y no dejo de escuchar de boca de los analistas y comentaristas deportivos de éste y otros países que los Lakers son favoritos al título. Su argumento es que ya han estado ahí y que tienen los ingredientes necesarios para ello. Es decir, el mejor juego interior de la liga y a uno de los tres mejores (para ellos el mejor) jugadores del campeonato.

El primer axioma es indiscutible. O tal vez no. La base de esta plantilla es la que ganó en 2010 el anillo. Cierto y no. Cuatro titulares repiten, pero los Lakers echarán de menos la aportación de Lamar Odom desde el banquillo. Ni siquiera Kobe se explica su salida y es que el número 7 es la polivalencia hecha jugador de baloncesto. Contar con Lamar Odom saliendo desde el banco es toda una bendición para un entrenador de baloncesto. Su envergadura y su primer paso hacia mano izquierda le convierten en un jugador muy difícil de parar en el uno contra uno. Su capacidad para rebotear y para correr la cancha, en un all around player difícilmente comparable a ningún otro jugador de la historia de la liga. Pero ya no está. Se fue.

Como se fueron también Shannon Brown o Trevor Ariza, jugadores que interpretaron muy bien su rol. Como lo interpretó a la perfección un Derek Fisher al que le dieron boleto para luego envolverle en elogios durante su regreso al Staples. Baste recordar que Bryant ha ganado anillos sin O´Neal, pero no sin Fisher. El presidente del sindicato tenía la curiosa costumbre, heredada quizá de Robert Horry, de anotar tiros decisivos en momentos puntuales de la temporada. ¿Quién los meterá ahora? ¿Ramon Sessions? ¿Steve Blake?



Me tildarían de loco si no admitiera que Bynum y Gasol forman la mejor pareja interior del campeonato. No pensaba compararlos con la Ibaka-Perkins por mucho que intimide el primero o con la Griffin-Jordan aunque Chris Paul les haya hecho parecer mejores de lo que son. Tener a dos tíos por encima de 2,13, con brazos enormes y sobrados de calidad es algo con lo que no cuentan los Bulls, los Heat, ni ningún otro equipo de la NBA. Sin embargo, no es oro todo lo que reluce. Bynum es un tipo egoísta, un jugador enamorado de su imagen capaz de posponer su operación de rodilla para ir a bailar el Waka-Waka a Sudáfrica durante el mundial de fútbol. Pau Gasol, por su parte, no huele una bola. Es obviado en todos los sistemas y sus compañeros aún no tienen claro que todos los ataques de Lakers deberían empezar por sus manos. Por otra parte, la carencia de tiradores exteriores permite a las defensas rivales organizar ayudas y dobles marcajes. 



Y en éstas Kobe. Atravesando por una situación familiar complicada, al escolta de Philadelphia le están pesando las 33 primaveras que le contemplan. Y no sólo eso, también todas las batallas libradas desde que aterrizara en la liga directamente desde el instituto. Kobe ha ganado anillos, es verdad, pero Kobe no ha descubierto el secreto. El de Russell, Bird o Magic. El de Jordan e, incluso, Duncan. Bryant siempre juega mejor cuando delega en sus compañeros, cuando comparte responsabilidades y cuando genera juego sin balón. Sin embargo, el 24 de los Lakers tiene la dichosa manía de querer solucionar los partidos por el camino más largo, el del abuso del dribling y los tiros imposibles. Y este camino le ha permitido aspirar a batir récords individuales en múltiples facetas. Y ganar cinco anillos me dirán algunos. No, yo prefiero pensar que ha tenido la suerte de que este afán autodestructivo no haya podido evitar la consecución de cinco anillos (sí evitó, por ejemplo, que los Lakers de Malone y Payton ganaran el título en 2004), tres de los cuales llegaron en una época de escasez de talento en la que Shaquille O´Neal se paseaba por la zona cual Wilt Chamberlain en los sesenta (más aún porque no se encontró con ningún Bill Russell). 




Dejen de tirarse de los pelos. Reconozco en Kobe un talento especial que nadie después de Jordan y hasta la llegada de Durant había tenido. Sus 81 puntos pasarán a la historia. También alguna que otra exhibición en playoffs, generalmente ante las flojas defensas de la Conferencia Oeste, (recuerdo, a bote pronto, una Final de Conferencia ante Phoenix Suns en la que se paseó por la cancha). Pero no. Nunca podré decir que Kobe entendió el objetivo último del juego. No hizo equipo. Y a mí, al menos, nunca consiguió emocionarme. 

Ahora, mientras se recupera de una lesión “programada” que le permitirá llegar fino a Playoffs, los Lakers están jugando bien al baloncesto. Hacen circular la bola y han conseguido un equilibrio entre el juego interior y el exterior. Sin embargo, todos en la plantilla saben que sin Kobe optar al anillo sería poco menos que una utopía. Lo malo, quizá ellos no lo sepan, es que con él también lo será. No es el año de los Lakers. Lo siento Kobe, pero ni contigo ni sin ti. Espero no equivocarme.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Queda derogada la Ley de O´Neal



Escuchar a los Beatles o degustar las letras de sus principales temas, es siempre una sabia manera de llamar a la diosa inspiración, de rescatarla de ese abismo adimensional en el que a veces parece sumida. Máxime cuando hoy toca hablar de un mito de calibre sólo comparable al de la propia banda de Liverpool.


"Tú dices adiós y yo digo hola, hola, hola. No sé por qué dices adiós. Yo digo hola. (...) Tú dices por qué y yo te digo que no lo sé". Hello Goodbye de los Beatles resume en breves palabras el intenso diálogo que ha debido mantener en los últimos años Shaquille con los propios dioses de este deporte. Probablemente, a O´Neal se le aparecieran habitualmente en sueños los Jordan, Barkley, Chamberlain u Olajuwon, personajes que alargaron innecesariamente sus carreras disputando temporadas mediocres muy alejadas de su verdadero nivel. Las lesiones se suceden, se reproducen, se compensan y aparecen en otras partes del cuerpo. Es mejor despedirse a tiempo, pero qué quieren que les diga. Decir adiós siempre ha sido duro. Yo les entiendo.Por eso siguieron diciendo "hola".

Puede que O´Neal haya prolongado en exceso la agonía haciendo que muchos jóvenes lo identifiquen con un jugador sobrevalorado por nostálgicos y trasnochados veinteañeros que crecieron (crecimos) bajo la alargada sombra del Big Cactus (se hizo llamar así en su paso por Phoenix). Por suerte, ahora, los registros gráficos dan muestra, en diferentes formatos, del impacto que tuvo Diesel en la liga tras ser número 1 del Draft en 1992 tras haber sembrado el terror en la liga universitaria (como muestra los 17 tapones que puso en un partido). Cuando Jordan dejó el baloncesto en el verano de 1993 sólo Twister pudo llenar el vacío sobre todo cuando formó junto a Penny Hardaway una de las parejas más espectaculares de la liga. Fue entonces cuando en España se empezaron a ver sudaderas de los Magic, una franquicia nacida en 1989 y que pronto, en la 94-95, disputaría su primera final de la NBA. Los de Orlando fueron barridos y Shaq recibió una lección del bailarín de claquet del Cotton Club, Hakeem Olajuwon.


Del número 32 de los Magic al 34 de los Lakers, la franquicia en la que realmente se convirtió en leyenda especialmente a partir de la llegada de Phil Jackson con quien siempre mantuvo una relación excepcional. En Los Ángeles empezó a aplicar su ley de forma tiránica aprovechando, todo hay que decirlo, un período en el que los grandes pívots de los noventa (Olajuwon, Ewing, Robinson o Mourning) daban sus últimos coletazos ya fuera por edad o por lesiones graves e inoportunas (como la afección cardíaca del último de la lista).

Shaq no hubiera logrado nada sin la ayuda de sus compañeros y entrenadores. El Padrino, como fue bautizado por su manera de dominar la competición sin que nada pareciera escapar de su control, se puso ciego a títulos sí, pero lo hizo "con un poco de ayuda de sus amigos". De Kobe o Wade, (dos escoltas que pasarán a la historia) de Phil y Pat (dos de los cinco mejores entrenadores de siempre). Se supo rodear de gente fiel y lo pasó mal cuando le traicionaron. Y es que si algo caracterizó a Shaq durante sus 19 años de carrera no fue sólo su poderío bajo los tableros, sino sobre todo el gran corazón que demostró tener dentro y fuera de la cancha. Los All Star Games no serán lo mismo sin él. No habrá un showman de sus características aunque Howard lo intente con todas sus fuerzas.

Se declara, por tanto, derogada para siempre la ley de O´Neal. Ya saben, esa que decía "hago lo que quiero, cuando quiero y lo que me da la gana". Algunos respirarán tranquilos al no tener que cruzárselo en la zona. Sólo espero y deseo que al menos en dos pabellones cuelgue del techo la camiseta de este genio que tuvo la suerte o la desgracia de vivir dentro de un cuerpo de 2,16 y casi una tonelada de peso. 



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Un sheriff en Massachusetts





En Nueva Inglaterra la cultura y la investigación son la base del crecimiento económico. Allí llegaron los ingleses en el siglo XVII para imponer sus costumbres y en la capital de la región, Boston, un 16 de diciembre de 1773, los colonos americanos se amotinaron contra el arancel que la corona inglesa quería imponer sobre el té holandés para favorecer la exportación del té que fabricaba la Compañía de las Indias Orientales (la historia está muy bien recreada en la serie británica John Adams). Boston, ciudad cosmopolita y europea tendrá, a partir de octubre, un nuevo inquilino que nada tiene que ver con su idiosincrasia. Y es que en la capital cultural de Estados Unidos aterriza el “Gran Leprechaun”, el sheriff de la NBA, Shaquille O´Neal.

No es casualidad que hoy 5 de agosto escriba sobre Shaq. Ya se venían escuchando rumores desde el principio de verano y ayer, al fin, el artículo 32 en Florida y 34 en California ha firmado por escrito que su ley también se ha de cumplir en Massachusetts. Ya sabéis “hago lo que quiero, cuando quiero y lo que me da la gana” (un nuevo recuerdo para Andrés Montes). Claro que hoy en día habría que añadir una pequeña disposición final a dicha ley que diría “y lo que me dejen mis 38 años”.

La edad es precisamente uno de los grandes interrogantes de este fichaje. Danny Ainge ha reunido un equipo que sería imparable en el año 2001. Imaginaos al mejor Pierce, al mejor Allen, al mejor Garnett y al mejor O´Neal dirigidos por uno de los mejores bases de esta recién estrenada década (Rajon Rondo). Además, con un Jermaine O´Neal como el de Indiana en 2003 (25 puntos 13 rebotes) de sexto hombre creo que ningún equipo acudiría a jugar al Garden, no al menos sin un cargamento de pañales.

Pero la realidad es muy distinta. Los veteranos célticos arrastran cientos de lesiones y partidos. Han sido protagonistas en la victoria, pero también han derramado lágrimas tras dolorosas derrotas. El baloncesto ha sido su vida y ésta, en el plano deportivo, está tocando a su fin. Nadie sabe con certeza qué clase de conejos guardan estos magos del baloncesto en su chistera. No sabemos, ni siquiera, si les queda gasolina en el depósito. Lo único cierto es que se han puesto a las órdenes del único entrenador que puede fundir sus fuertes egos en una unidad al grito de UBUNTU (humanidad hacia otros).

Doc Rivers se ha asegurado de que, tras muchos años en un rol estelar, Shaq está dispuesto a empezar desde el banquillo. Jermaine O´Neal será quien, en principio, sustituya a Perkins hasta su regreso (allá por febrero). Las jerarquías han quedado claras, también, en el aspecto salarial. Jermaine O´Neal cobrará casi 6 millones de dólares por temporada (la mid level exception) y Shaq jugará por el mínimo para veteranos (alrededor de 1,5 millones de dólares).

Los verdaderos motivos que impulsan a Shaq a tomar esta decisión son todo un misterio. Quien más quien menos se lo puede imaginar comiéndose los nudillos viendo a Kobe ganar su quinto anillo. Desde entonces, O´Neal sólo sueña con ganar un nuevo anillo en Los Ángeles, en el viejo hogar donde ahora manda su viejo amigo, el señor Bryant. Lo hará vestido de verde y no le hará falta revólver.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

La Anecdoteca (II)



Finalizada la Liga de Verano de la NBA en Las Vegas en la que varios nombres se consagraron (John Wall, DeMarcus Cousins) y el Campeonato de Europa sub 20 con bronce para los nuestros el baloncesto sigue pendiente de nuestras Sub 20 que tratarán de superar los logros de los chicos. La idea es realizar una entrada valorando a las nuevas perlas de cara al futuro. De momento os dejo con otra buena ración de anécdotas que tienen como protagonistas a algunos de los mayores nombres ligados a nuestro deporte. 


En una gira de los Boston Celtics, Arnold Red Auerbach se encontró a las cinco de la madrugada en el hall del hotel a tres de sus jugadores, cada uno con una bella señorita agarrada de sus manos a las que, presurosamente, presentaron como sus primas. Red Auerbach, disimulando creerse dicho argumento, les inquiere: Ah sí, ¿y dónde vais? “A la iglesia entrenador” respondieron con vehemencia. El gran Red no les dijo nada y a los pocos días les fue comunicada una multa de 25 dólares. Los jugadores quisieron saber por qué se les multaba a lo que su entrenador les replicó: “Por insultar a mi inteligencia”.

Durante sus 27 años en UCLA el tranquilo John Wooden sólo recibió una técnica. Hasta el último de sus días negó haberla merecido: “Un tipo detrás de mí empezó a decirle al árbitro cosas no muy agradables. Éste creyó que era yo quien le insultaba. Aún hoy me ofende que pensara que fui yo”.

James Worthy fue arrestado por contratar los servicios de dos prostitutas que pretendía conducir a un hotel en la ciudad de Houston. Al día siguiente de conocerse la noticia Peter Vecsey comentaría en su columna en el New York Post: “James (Worthy) siempre tuvo problemas para anotar ante un 2 contra 1”.

Un compañero de la televisión de Uruguay le pidió a Vince Carter que dijera “Hola Uruguay” lo que hizo con un español muy forzado. Poco después se le escuchó al bueno de Vince preguntando a un amigo, ¿qué es Uruguay?

Preguntado el recientemente fallecido Manute Bol si le asustaba jugar tan lejos de su país él respondió: “asustarme no, una vez cacé un león con mis propias manos”.

En pleno proceso de separación de Jason Kidd con su mujer, Allen Iverson le pasó por encima y le rompió varias veces la cintura. Al día siguiente Jason Kidd debía ir a buscar a sus hijos para que pasaran con él el fin de semana. Adivinen qué camiseta llevaban puesta. Sí, lo han adivinado, la camiseta de los Sixers con el número 3 de Iverson.

Tras los entrenamientos de los Bulls, Dennis Rodman siempre se quedaba viendo a sus compañeros tirar, pero él no hacía ningún lanzamiento. Sus compañeros le preguntaron qué hacía a lo que respondió: “Ver hacia donde van los balones para mejorar mi capacidad de rebote”.

En un partido ante los Jazz, Jordan metió una canasta llevando por la fuerza al poste bajo a John Stockton. Alguien desde el público (algún aficionado de los Jazz suponemos) le espetó: “Métete con los de tu tamaño”. En ese mismo partido le haría un mate en la cara a Mel Turpin (2,14) y dirigiendo la mirada a ese mismo espectador le respondió: “¿Es suficientemente alto?”

Toda vez que Jordan recuperó el dorsal número 23 tras haber usado el 45 en su regreso al baloncesto finalizada su infructuosa aventura en el béisbol, Phil Jackson escuchó críticas por esta decisión dado que muchos padres ya habían comprado a sus hijos la camiseta con el número 45. El gran Phil sentenció: “Que les hubieran comprado libros”.

Para finalizar una frase para el recuerdo del gran Shaquille O´Neal: “Mi 40% en tiros libres fue la manera que tuvo Dios de demostrar que nadie es perfecto”. Todo modestia. 


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

De verdades, flashes y otros motes


En la NBA, si quieres ser considerado un gran jugador, debes ser conocido o por tu dorsal o por uno o varios sobrenombres basados en tus cualidades de juego o en un ingenioso juego de palabras con tu nombre o apellido.

Muchos son fruto de la pluma de los mejores analistas norteamericanos, otros surgen de manera espontánea en los vestuarios de los equipos de instituto o en la universidad. Algunos son autoimpuestos por vanidosos jugadores al más puro estilo Carlo Magno y, probablemente, los mejores han salido de la boca de Shaquille O´Neal. Éstos son algunos ejemplos.
Gilbert Arenas es conocido como “Agente Cero” porque un entrenador de instituto le vaticinó 0 minutos de juego en la NBA (para la sorpresa de dicho técnico Arenas ha sido tres veces All Star).

Tim Duncan ha sido apodado “The Big Fundamental” por razones obvias. Es difícil moverse mejor en el poste bajo.

Kevin Garnett ha sido desde su primer año en la liga “The Big Ticket” porque su sola presencia bastó para llenar el Target Center de Minneapolis durante su año de rookie. Sin embargo, hubo de reunirse con Paul Pierce y Ray Allen en Boston para ganar su primer anillo.

Allen Iverson es The Answer. Se lo pusieron sus amigos porque siempre le consideraron “la respuesta” al conformismo de la liga en un momento de clara crisis de talento cuando se buscaban sucesores a Jordan tras su primera retirada (aunque la llegada de Iverson a la liga ya coincidió con la primera temporada completa de Jordan).

Al Jefferson es The Big Classic porque sus movimientos son propios de la vieja escuela.

Shawn Marion es The Matrix porque sus gestos en el aire se parecían a los de Neo en la famosa trilogía de los hermanos Wachowski (yo no llegué a conocer a ese Shawn Marion, si es que alguna vez existió, así que me quedaré con el mote que le puso Montes de “Batata Marion” por su forma de tirar)

Andrei Kirilenko es AK-47, acrónimo del fusil de asalto soviético diseñado por el combatiente ruso Kaláshnikov (no será por lo bien que tira el jugador ruso con un 30,7% en triples durante su carrera).

Shaq siempre ha defendido que él es el original Superman y de ahí en parte su rivalidad con Dwight Howard. De hecho tiene tatuado al superhéroe en el brazo. Pero Shaq no tiene excesivos problemas para recibir pseudónimos. Algunos le conocen como Diesel por el poder y resistencia que caracterizan a su motor. Su “nick” favorito, paradógicamente, es Wilt Chamberneazy, con el que le bautizó Kobe Bryant (la Mamba Negra) queriendo compararle con Wilt Chamberlain.

Paul Pierce es “The Truth” desde que el propio Shaquille le bautizara tras un partido entre los Lakers y los Celtics que ganarían los de oro y púrpura. El Gran Aristóteles (otro de los apodos de O´neal) le dijo a un reportero de Boston “Escúchame, Paul Pierce es la pura verdad. Sabía que podía jugar bien, pero no de esta forma”.

Brandon Roy es “The Natural” por su facilidad para jugar al baloncesto.
Anderson Varejao es “el actor secundario Bob” por su parecido con el personaje de los Simpson obsesionado con vengarse de Bart.

Dwyane Wade es apodado como Flash gracias también a Shaq que cantó en honor a Wade aquella canción de Queen “you are the savior of the universe”, banda sonora de la película Flash Gordon.

Aunque algunos representan muy bien la esencia del portador nada tienen que hacer con aquellos con los que durante diez años nos deleitó el gran Andrés Montes y sobre los que un día escribiré para llamar a la nostalgia de aquellos años en los que la NBA nos enamoró no solo por el producto en sí, sino también y sobre todo por el negrito que la comentaba. Aquí un ejemplo de su capacidad de convertir un partido de baloncesto en una especie de orgía.


Os animo a que participéis recordando motes que pasarán a la historia o que os traigan grandes recuerdos. A mí siempre me encantó el que le pusieron en su momento a Hakeem Olajuwon, The Dream.

UN SALUDO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

La Anecdoteca (I)


Tengo el placer de presentaros la primera serie de una recopilación de anécdotas ambientadas en el baloncesto que espero despierte vuestras sonrisas.

Poco después de un viaje a Grecia un periodista le pregunta a Shaquille O´Neal“¿Viste el Partenón?” a lo que el bueno de Shaq responde “¿cómo pretendes que recuerde todas las discotecas que visité?”
Charles Barkley, el jugador de menos estatura de la liga capaz de liderar la clasificación de rebotes siempre se mofaba del sobrepeso de su compañero en Phoenix Suns Oliver Miller (uno de los jugadores favoritos de Montes) diciendo “cómo es posible que juegues al baloncesto si eres incapaz de llegar al aro salvo que pongan en él una hamburguesa gigante”.

Las dos primeras palabras que el rumano de más de 2,30 de estatura Gheorghe Muresan aprendió al llegar a Estados Unidos fueron “shit” y “hello” y durante mucho tiempo creyó que la manera más educada de presentarse era decir “shit” (mierda).
Wilt Chamberlain siempre presumió de haberse acostado con más de 20.000 mujeres. Tras declarar que quería ordenar su vida amorosa Jay Leno declaró irónicamente “Wilt lo que quiere es encontrar las 200 ó 300 mujeres de su vida para sentar cabeza”.

Bill Russell trató de compartir su filosofía de vida con una chica que conoció en una fiesta. Le dijo: “Todos podemos conseguir en la vida aquello que queremos si mostramos un deseo inquebrantable y luchamos por ello”. La chica le contestó: “Pues yo quiero ser rica, pero vengo de una familia pobre y no tengo estudios”. El gran Bill lo tuvo claro: “Siempre puedes hacerte prostituta”.
Elgin Baylor, gran jugador de los Lakers en los 60 tenía, en virtud de su capitanía, que elegir entre pedir chaquetas doradas o púrpura y entonces organizó una votación entre sus compañeros. La mayoría eligió que fueran doradas, pero sin embargo las compró de color púrpura. Explicándole a Bill Russell cómo fue la situación Baylor confesó: “Les dije que votaríamos, no que tuviera en cuenta su decisión”.

En 1995, Vernon Maxwell solicitó unos días libres por problemas personales. Poco más tarde confesaría que su único problema es que es un mentiroso compulsivo. En realidad aquellos días los pasó tumbado en la playa y jugando al golf mientras los Rockets le costeaban la baja.

En su primer año en la liga Reggie Miller se hubo de enfrentar a los Celtics de Larry Bird. Con tres puntos abajo y tiros libres para “The Birdman”, Miller que desconocía lo buen tirador que era Larry empezó a hablar y toser para descentrar al “33” de los Celtics. Larry cogió el balón, se paró y miró al rookie diciéndole “chaval, debes de estar bromeando, estás ante el mejor tirador de la liga”. Por supuesto Larry metió los dos tiros libres y todavía hoy Reggie Miller se avergüenza de aquella situación en la que intentó desequilibrar a uno de los mejores jugadores de la liga y máximo exponente del “trash talking”.

Poco después de su retirada le preguntan a Barkley sobre su futuro. El gran jugador responde: “Soy justo lo que América necesita, otro negro más en el paro”.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS