El
vecino amable. El yerno ideal. El perfecto anfitrión. El base que
todos quisimos ser algún día, aunque sólo fuera jugando un partido
con amigos. También un hombre perseguido por la sombra de la
sospecha, por las sombras, en definitiva, que nos envuelven a todos
para cegarnos de vez en cuando. Porque amar el baloncesto es tarea
sencilla. Es un acto de entrega continua que encuentra, tarde o
temprano, la recompensa. En cambio, amar a una mujer, ése sí que es
asunto complejo. También de entrega, tal vez, pero poliédrico.
Nunca esférico.
Basta
una fugaz ojeada a su retrato para comprender que Theodoros
Papaloukas no podía haber nacido en otro lugar que no fuera Atenas.
Los ojos, pequeños, su nariz a dos aguas y su perfilada barbilla
dotan a su rostro de un carácter ineludiblemente griego. Estoy
convencido que, de haber habitado en la Antigüedad Clásica, podría
haber cultivado cualquiera de las artes liberales, ser geómetra o
gramático, filósofo o músico. De hecho, a su manera, teniendo en
cuenta el tiempo en el que le tocó vivir, sacó a relucir su
sabiduría en el deporte que mejor combina el arte y la ciencia, el
baloncesto.
(...)
Si quieres seguir leyendo el artículo pincha AQUÍ y disfruta del resto de secciones de la Web de Jordan y Pippen.
Entrenar es ante todo un oficio, una “ocupación habitual”, un
arte que se puede aprender, pero que en el que las dosis de
inspiración marcan enormes diferencias. Al contrario que en los
viejos talleres la tarea se enseña mientras se aprende, se absorbe
haciendo y deshaciendo, errando de manera más o menos patente o
prudente. No hay oficiales que compartan todos los secretos ni
aprendices dóciles que los tomen al pie de la letra. Hay jerarquías,
sí, pero van y vienen al compás disarmónico de los resultados, la
fama y un prestigio no siempre bien ganado. O perdido.
No se
entrena ni por dinero ni por prestigio. Si nunca te planteaste
entrenar sin recompensa monetaria, olvídate, naciste para este
mundo, pero no para este oficio. El placer de enseñar debe ser
suficiente, al menos en los comienzos, para saciar el innato apetito
de educar. Ojo, no saquen tajada de esto los directivos de los
clubes; cuando la responsabilidad se incrementa y el placer
disminuye, ahí deben aparecer los billetes para hacer justicia y
darle a cada unolo suyo.
En
este oficio, dicen los que saben, los que saben hoy, matizo (que vaya
usted a saber quiénes son los que ganan, ay perdón, los que saben
mañana), que todo está inventado. Y yo me pregunto, ¿cómo va a
estar todo inventado en una actividad que es suma de artes, ciencias
y saberes, que es asunto de unos pocos años y que es reflejo, por
definición, de la sociedad y sus cambios? Sólo encuentro dos
razones para mantener tan osado y esclerótico discurso. La primera,
que es lo más cómodo. Reciclarse cuesta un riñón, unos cuantos
euros y unas pocas canas. La segunda, que es una estrategia. Ustedes
créanse este discurso y sigan haciendo lo que se viene haciendo
porque se ha hecho así toda la vida, mientras yo leo, remuevo e
interactúo con otras escuelas de baloncesto y saco el máximo jugo
de los recursos humanos de mi plantilla. Y a ver quién gana al
final. El baloncesto es un hábito, sí, pero no una costumbre
inamovible. Es de ayer, sí, pero también de hoy y de mañana. Como
reza el título de la entrada, es un oficio de este siglo, pero
también lo será del siguiente. Así que inventen, innoven, creen y,
sobre todo, disfruten haciéndolo.
Tengan
cuidado. Este oficio, como el amor o el tabaco, perjudica seriamente
la salud. La suya y la de quienes le rodean. Pero bendita muerte
lenta la nuestra si mientras, durante el proceso, uno se reconcilia
con el ser humano en un estadio primitivo, el de la comunidad. Porque
no creo que sea parte del oficio de entrenador ejercer de padre o
madre, jugar a los médicos ni a los psicólogos o tratar de
establecer un corpus jurídico demasiado denso para el funcionamiento
diario del grupo. No, se trata de guiar al conjunto hacia unos
resultados, deportivos y también humanos, pero siempre en referencia
a eso, al colectivo. Porque en la búsqueda de objetivos comunes y
protegido por la manada el individuo debe sentirse reconfortado.
Conocido su rol, todo lo que le queda es luchar por la promoción
social y profesional. Conocidas las reglas, sólo le queda convivir o
marcharse. En un siglo en el que las sociedades confundieron
complejidad con bienestar, es tarea del entrenador hacerlo simple.
Porque el juego, precisamente, cuanto más simple más efectivo. Y
bello.
Hablando
de belleza, es tarea del entrenador perseguir lo estético y promover
lo ético. Y si fuera bello matar no lo dudemos, prohibámoslo. No
cabe el conflicto entre la victoria en el marcador y la victoria
completa. Algunos atajos pueden resultar atractivos, pero no olviden
nunca que una ninfa, Calipso, esbelta y aparente, retuvo a Odiseo
durante siete años alejándolo de su hogar.
¿Y
cuál es la patria del entrenador si cada poco hace y deshace sus
maletas, si en cada puerto se deja un amor, una pluma y un aliento?
Pues sus ideas. Ideas expuestas, siempre, al escrutinio de la duda.
Duda que no justifica la práctica repetida del adulterio con uno
mismo y sus principios. Porque ya lo decía Schopenhahuer, “no hay
viento favorable para el que no sabe hacia dónde se dirige”.
Por
último un recordatorio. Para despistados o fanfarrones. Este oficio
sobrevivirá en tanto que exista baloncesto, mientras haya niños que
aspiren a dominarlo o, simplemente, jugarlo con cierta destreza. De
su futuro dependerá el nuestro. Sólo por si alguna vez intentan
ponerse por encima del propio deporte. O, y esto es más grave aún,
por encima de un niño.
Hoy te
he vuelto a encontrar vacío. Solo con tu soledad. Sólo entre tanta
gente. Gente en sus casas, me refiero. Gente que ya no conoces porque
gente, lo que se dice gente, no son. Y es que los ciudadanos del
siglo XXI son meras prolongaciones de un dedo pulgar que, cuentan, es
capaz de conectarse con el mundo con la simple ayuda de unas teclas.
Un dedo pulgar hiperdesarrollado y ágil producto de una evolución
que pretende acabar contigo, vaciarte de sentido, ponerte en contra
del progreso y hacerte parecer un mal necesario en cuyo lugar,
muchos, embebidos por la acumulación de riqueza, imaginan una nueva
mole de hormigón.
Qué
paradojas trae consigo lo nuevo. Cómo te explicas, si no, que ahora
seas el pulmón de la ciudad cuando antes eras el peor azote de los
nuestros. Porque entre el polvo de las pistas y el polen primaveral
nos dejábamos el aire persiguiendo a una pelota, a un amigo o
corriendo delante de la fauna autóctona (entiéndase en un contexto
de supervivencia) a la que solíamos clasificar, groseramente, y
aunque no todos lo fueran, como gitanos. Ahora, aunque algunos no lo
crean, ni siquiera ellos te visitan. De vez en cuando sacan la
guitarra y el arte a la puerta de sus casas, pero ya no juegan, no
inventan, no traman. No, al menos, en el parque.
Y eso
que parques como tú, hay muchos, miles. Los hay grandes y también
pequeños. Los hay, intrépidos, que desnudos se exponen al sol y
otros que, en cambio, más tímidos, se esconden entre hileras de
árboles. Algunos tienen una belleza singular y otros son singulares
porque ninguna otra palabra podría definirlos. En todos conviene,
eso sí, ir vestido de oscuro. De lo contrario, el verde del césped,
o los restos de barro serán motivo de disputa al llegar a casa.
Todos tuvimos uno, como tú, al que bajar, porque al parque siempre
se “bajaba”, aunque estuviera en lo alto de un cerro.
Antes,
hace unos años, eras un lugar de encuentro irrenunciable del que
costaba marcharse. Cuando el sol caía y la cena empezaba a
convertirse en una verdadera obsesión para nuestras madres, ante
amenazas veladas (“Me voy, Juanjo, ahí te quedas”) y siempre
media hora más tarde de lo convenido, terminábamos cediendo y
aceptando que tendríamos que despedirnos de ti hasta el día
siguiente. Ahora, en cambio, eres lugar de paso. Cuanto más rápido
mejor, que al aire libre hace calor, que en tus columpios no venden
cerveza, que no hay wi-fi, que no hay tiendas. Que llueve.
Olvidan
que eres el símbolo de la amistad, la catedral de cada barrio, la
mejor escuela. Una selva con sus propias reglas, puede que injustas,
pero conocidas. Si eres pequeño te piras. Si eres débil también.
Si huyes, te persiguen. Si te quedas, te respetan. El parque... La
vida.
Sobrevivirás,
quiero pensar. Te protegen los planes urbanísticos, la Ley del Suelo
y los movimientos verdes. Y si con sobrevivir no te basta, acéptame
este consejo. Recorre de nuevo, aunque sólo sea mentalmente, esas
pisadas que no son pisadas, que son etapas para jugar a las chapas. Y
esos triángulos donde colocábamos las canicas. Y esos maderos
doblados del banco donde se enamoraron Ana y Miguel. Y Rosa y
Antonio. Y... bueno, muchos más.
Hoy
bajé al parque y vi a un niño asomado a la ventana. Y esperando
verle morir allí mismo de envidia, imagínate cuál fue mi sorpresa
cuando se empezó a reír de un pobre chaval con un balón en las
manos. El balón era mío y el chaval era yo. Pero el equivocado no.
El equivocado era él, por mucho que sonriera. Por muy sugerente que
fuera su próximo plan casero.
Y como
él muchos. Y como tú, querido parque, también. Niños y parques
igualmente vacíos. Unos por elección, suya o de los padres, otros
como consecuencia. Pero si por ti me entristezco, querido parque,
porque tus recuerdos irán languideciendo y tú con ellos, por los
chicos casi muero. Porque sin un parque al que bajar, los niños no
llegarán a conocer por qué para mí y múltiples generaciones de
este país y de otros, más en verano, pero también en invierno,
fuiste el inconfundible sitio de nuestro recreo, un sitio al que
siempre, siempre, podremos regresar. Y lo haremos.
Aquí
sigo, pasando a limpio pensamientos, apuntes y notas tomadas durante
un año de baloncesto que incluyó 110 sesiones de entrenamiento, 16
partidos oficiales y 10 amistosos. De ello dejan constancia
cuadernos, libretas y algunas hojas sueltas. También algunos vídeos.
Y si en la anterior entrada me centré en el aspecto psicológico y
humano hoy trataré de hacerlo en el juego utilizando, eso sí, la
misma fórmula que entonces, es decir, encabezar cada pensamiento con
el título de alguna de mis obras favoritas, de cine o literatura.
Doce
Hombres sin Piedad. Denle la vuelta al argumento de esta genial
obra de Sidney Lumet, calculen el inverso de doce y tendrán resumida
la difícil tarea de repartir los minutos, escasos, entre doce
jugadores de ambiciones ilimitadas. Introduzcan en el algoritmo una
plantilla no confeccionada sobre plano, descompensada por exceso de
exteriores y no siempre equitativa en lo referente a la suma de
talento y esfuerzo. Añádenle, además, la necesidad de impartir
justicia en base a los méritos contraídos durante los
entrenamientos. Después de esto tendrán una planilla, un modelo de
rotación que el devenir del encuentro pondrá a prueba en forma de
faltas personales, jugadores inspirados, o todo lo contrario, y
movimientos tácticos del rival. Lo dicho, un hombre pensando por
doce y doce pensando por cada cual. Un reto al que se enfrentan
numerosos entrenadores cada año. Un reto que algunos no superamos.
Tiempos
Modernos. Aunque en la crítica al sistema de producción
fordista que presenta Chaplin en esta inolvidable película, se
plantea una drástica ruptura con todo lo anterior, en el baloncesto,
hablo del juego, algunos axiomas se resisten a envejecer y dejar paso
a otros nuevos. Ahora, como antes, los éxitos de los equipos se
fundamentan en la labor de dirección de un base y en la presencia,
en ambos lados de la cancha, de un jugador interior, en nuestro caso,
un alero reconvertido a cinco muy a mi pesar (y al suyo).
Cuando los bases se erigieron en puntales de nuestra defensa, cuando
controlaron el ritmo, perdieron pocos balones y, además, anotaron,
jugamos mejor baloncesto. Cuando nuestro hombre grande cambió tiros,
dominó el rebote, puso rápido la bola en manos de los jugadores más
veloces y, además, vio aro en ataque, dominamos los encuentros.
Agárralo
como puedas. Sé que Leslie Nielsen tiene muchos seguidores. No
es mi caso. Me sirvo del título de esta comedia para destacar la
importancia del rebote, un apartado del juego que se entrena en una
proporción muy inferior a la de su relevancia real. Si a Arquímedes
le bastaba con un punto de apoyo para mover el mundo, a un equipo de
talento limitado le sobrará con dominar el rebote para disimular
gran parte de sus carencias. Así se nos escaparon algunas victorias
ante equipos inferiores quintal por quintal. Y mira que insistimos
desde el comienzo en introducir una responsabilidad colectiva para
esta tarea. A lo largo de mi vida he disfrutado muchísimo viendo a
bases implicados en el rebote defensivo cogiendo el balón y mirando
rápidamente a la pista delantera para ponérselo en las manos de un
compañero sin tiempo, apenas, para que el equipo contrario se
repliegue. Pienso en Magic y en Jason Kidd, aunque algunos como Ricky
Rubio parecen haber nacido con la lección aprendida. Lo cierto es
que no fuimos un buen equipo en esta faceta y lo terminamos pagando
en otras. Y es que verse dominado bajo los tableros merma mucho la
moral y afecta a la confianza.
El
Dios de las Pequeñas Cosas. Arundhati Roy, escritora india nos
presentó hace ya más de quince años, la historia de tres
generaciones que habitaban en el sur de su país. Yo, en cambio, me
limitaré a tomar prestado el título de esta novela para revelaros
la grandeza de lo ínfimo y lo esencial del detalle. Ya hablemos de
técnica individual, de táctica individual o de táctica colectiva,
la ejecución lo es todo. Tanto en el mecanismo de una entrada en
pérdida de paso, como en la correcta aplicación del autobloqueo o
en el dibujo de una situación final de aclarado o pick and roll, lo
principal es la ejecución, la correcta sucesión de gestos bien
efectuados, bien aplicados y bien conjuntados. Porque la armonía es
necesaria tanto para elevarse, arquear el cuerpo y extender el brazo
en una finalización como para jugar con el cuerpo del rival y
generarse un espacio para la recepción o para que un sistema salga a
la perfección. Y yo, lo reconozco, hastiado en ocasiones por
determinadas actitudes y mostrando un talante poco profesional, no
fui lo suficientemente detallista. Lo fui en ocasiones, pero no por
método. Dependí de una predisposición receptiva por parte de los
jugadores y no, un entrenador no puede depender de ello, debe ir al
barro todos los días. Aunque sea el único que se manche. Aunque
fuera un único jugador el que estuviera dispuesto a aprender.
Aún
quedan más conclusiones en la recámara. Un año da para mucho, pero
no quiero agotaros con la lectura de mis particulares vaivenes
mentales. Yo, mientras, sigo poniendo negro sobre blanco lo que dio
de sí. Es necesario.
Hijo
único de padres exitosos, ricos, y famosos, proyecto innegociable de
estrella y protagonista involuntario de escenas bochornosas en alguno
de los salones más elitistas del país. Grant Hill no decidió nacer
en el seno de una familia bien, en el marco de una pintura real donde
las reuniones con los amigos se posponen indefinidamente pues la
única cita que importa es la que se tiene apalabrada, sin fecha ni
hora, pero mejor pronto que tarde, con la gloria. Sin embargo, ahora
que ha colgado para siempre las botas y, mientras ojea las fotos de
sus dieciocho años de carrera junto a su esposa Tamia y su hija
Myla, él mismo se da cuenta de su condición privilegiada. A pesar
de las presiones.
Pincha AQUÍ si quieres seguir leyendo este artículo en JordanyPippen.com
Ha
pasado un año desde que les escribía desde el otro lado de una
ventana abierta en el centro de Valladolid. Ahora, al igual que hace
365 días, con el mercurio amenazando también con rebosar el
recipiente, en un modesto cuarto de una agonizante, aunque siempre
bella, Salamanca, me siento a cerrar el círculo que empecé a trazar
entonces, aunque el círculo, por su perfección existencial, no sea
la figura geométrica que mejor defina este año de baloncesto cuyas
memorias he de empezar a redactar.
Lo haré,
vaya de antemano, porque me lo exigen, porque es requisito
indispensable y conditio sine qua non para aprobar el curso de
entrenador y obtener otro título con el que llenar mi carpeta,
inflar mi currículum, aliviar mi conciencia y, a pesar de ello,
seguir siendo igual de ignorante. Y es que en este país, también en
otros, hace unos cuantos años, se puso de moda el crear comisiones
para no resolver nada y el acompañar con unas memorias el empeño o
la desidia, allá cada cual, de un año de trabajo, estudio o jarana.
Todo ello siendo consciente, además, de que éstas, aunque fueran
redactadas por Gabriel García Márquez o, incluso, si me apuran,
aunque incluyeran fotografías del descruce de piernas de Sharon
Stone en Instinto Básico, terminarán en la basura sin dar pie,
siquiera, a una sucinta reflexión.
Por
eso, mientras decido con cuál de las catorce acepciones de la
palabra memoria me quedo, y muy a su pesar, amigos lectores, voy a
iniciar aquí, precisamente aquí, la reflexión. Lo haré echando
mano de los títulos de algunas de mis obras, de literatura o cine,
preferidas. Así, de paso, me conocen un poco mejor. Porque para los
que hemos viajado, sentido y follado mucho menos de lo que nos
hubiera gustado, la vida es también lo que pasa entre que abrimos y
cerramos la primera y la última página de un libro o en las dos o
tres horas que dura alguna de esas películas cuyo trasfondo e
imágenes pasan a acompañarnos para siempre.
Cien
años de soledad. Rodeado de los jugadores en un tiempo muerto,
en el centro de un pabellón vacío durante una sesión semanal o en
el autobús de regreso a casa. A pesar de los ánimos que nunca
faltaron y el apoyo, silencioso, de aquéllos a los que les cuesta
expresarse con palabras. Da igual. Si de algo me he dado cuenta
durante esta temporada es de la soledad que acompaña al entrenador.
La soledad y todas sus fieles compañeras.
Ensayo
sobre la ceguera. Después de este año entiendo mejor a las
mujeres de los toreros, a los maridos de las modelos y a todas
aquellas madres que aseveran, con voz firme, que su hijo nunca ha
bebido. De todo cuanto sucede en el interior de un vestuario, en los
entresijos de una plantilla, el entrenador, más aún si carece de
equipo técnico, conoce, siendo generosos, una décima parte. Este
año, lo reconozco, cuando atisbé el humo de un incendio, ya ardían
las llamas del siguiente. Reaccioné tarde. Y créanme cuando les
digo que en el baloncesto, o en la dirección de cualquier grupo
humano, no siempre es aplicable aquello del “más vale tarde que
nunca” y sí, más bien, aquel otro aforismo que dice “el que da
primero da dos veces”.
¿Por
quién doblan las campanas? “La muerte de cualquier hombre
me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente
nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti”.
De esta prosa poética y devastadora de John Donne extrajo Hemingway
el título para su novela. Y en el afán porque no sonaran las
campanas, por no dejar cadáveres en el camino, me equivoqué yo.
Será por mi moral kantiana, aquélla que me impediría matar a un
hombre para salvar a cien (o a mil) porque está mal en sí mismo, o
por mi imbecilidad supina, no lo sé, pero lo cierto es que,
intentando salvar las almas de todos los hombres herí de muerte al
grupo. Por no castigar debidamente la indolencia y la falta de
compromiso expedí invitaciones para una barra libre sumamente
perniciosa. Apelé al deber individual pensando que el grado de
conciencia de un adolescente podía equipararse al de un adulto
responsable (que en algunos casos sí) y me di de bruces con una
realidad que, mejor o peor, es la que es. Y era mi deber conocerla.
Midnight
in Paris. A pesar de todos los problemas mencionados y más allá
de que esta temporada con el equipo Junior Autonómico del C.B. Santa
Marta no haya sido, en absoluto, fácil, me llevo una maleta generosa
en experiencias y vivencias, una buena suma de conflictos de
resolución mejorable de los que espero haber tomado nota, y, sobre
todo, doce personas de las que, ya fuera de la cancha, conservaré
durante toda mi vida un recuerdo imborrable. Ellos pagaron mis
errores de principiante, pero quizá, algún día, sobre las
tambaleantes estructuras que este año construimos, se erija un
edificio que, enhiesto, esté preparado para superar cualquier clase de
contingencia. Por eso, porque de los momentos malos siempre se
aprende y porque también, no lo olvidemos, hubo pasajes alegres,
terminaré recordando esta temporada con el cariño que desde ya me
impone la nostalgia.
Menuda
se ha liado con el “no” de Mirotic a la selección española. Con
Ibaka recuperándose físicamente para afrontar los años centrales
de su contrato con los Thunder, todo hacía indicar que el joven
montenegrino sería un fijo del combinado nacional para el Eurobasket
de Eslovenia. Sin embargo, no sabemos si asesorado por buenos o malos
amigos, Nikola Mirotic ha querido ejercer su derecho a decidir cómo,
cuándo y dónde y a decirle “no” a un proyecto que, aunque
mermado, apunta a medalla.
A mí,
como a todos, me hubiera gustado ver al ala-pívot del Madrid
compartiendo cancha con Ricky, Calderón, Rudy, Marc y demás
estrellas del equipo nacional. Así, podríamos haber cotejado su
parecido con Garbajosa, su capacidad para ejercer ese rol de cuatro
abierto tan necesario como indiscutible en el baloncesto actual. Pero
quede aquí cerrado el debate, al menos por mi parte. Centrémonos en
lo que tenemos, que es bastante, y analicemos nuestras opciones para
conseguir un tercer entorchado continental consecutivo.
En la
base no hay debate. Van los tres mejores de antes, de ahora y de
luego. Prácticamente, Corbalán y Raúl López aparte, los mejores
de siempre. La combinación de los tres daría lugar a un armador de
juego inmaculado, talentoso y sereno. Como esa fusión no parece
viable, queda en manos de Orenga la utilización separada o conjunta
de sus habilidades. Si queremos jugar a un ritmo medio y controlar
las pérdidas el extremeño será nuestro hombre. Si optamos por
atacar la defensa del pick and roll contraria apuéstenlo todo, hasta
la casa, por el Chacho. Y si preferimos apretar la subida de balón,
provocar pérdidas y enloquecer el encuentro no lo duden, Ricky sigue
siendo el mejor en esta faceta.
Y si a
Ricky de uno le unimos a Llull de dos tenemos la mezcla perfecta para
dinamitar los encuentros. En el perímetro sólo echaremos en falta
la presencia de Navarro, nuestro jugador más fiable cuando los
partidos se ponen calientes. Pero lo que echaremos de menos en la
mitad ofensiva de la cancha lo ganaremos atrás, al poder defender,
después de muchos años, con cinco jugadores. Si buscamos actividad
de pies y manos Rudy de tres sería la mejor opción y, si por el
contrario, buscamos fortaleza, un Claver trabajado físicamente en
Portland, nos asegura mayor intimidación.
Aunque
el regreso de Mumbrú parece merecido, imagino que San Emeterio será
la primera opción para el puesto titular de alero. Aun así, cuenten
con muchos minutos con doble base y Rudy al tres. La fórmula de
poner a los mejores, jueguen donde jueguen y midan lo que midan,
lleva años dando réditos en todo tipo de competición (equipo
nacional de USA, España, Miami Heat) y los mejores, en nuestro caso,
son pequeños.
Por
esta precisa razón, parece evidente que la táctica ofensiva
general, más allá de variantes, partirá del remozado modelo de
“cuatro abiertos”. Ya no hay conflictos por el espacio, ya no hay
gasoles que conjuntar. Ahora lo que hay es un vacío, un vacío
interior que sólo un gran Marc Gasol puede llenar.
El
trío de intendentes que forman Xavi Rey, Germán Gabriel y Pablo
Aguilar parece no estar a la altura de las exigencias de un gran
campeonato internacional. Los tres TT (Todo Trabajo Xavi y Pablo y
Todo Talento en el caso de Gabriel) intentarán sumar y cumplir
honradamente con que se les pida. Sin embargo, todos somos
conscientes, Orenga el primero, de que todas nuestras opciones de
medalla pendieron de un hilo en el período en el que Marc se mostró
dubitativo acerca de su presencia con la selección este verano.
Por
fortuna Marc dijo que sí y ahora pasamos a estar en sus manos, a
depender de su nivel de motivación, de su capacidad de liderazgo, de
que le respeten las lesiones y las faltas en cada partido. El mejor
defensor del año en la NBA deberá multiplicarse atrás y tocar, al
menos una vez en cada ataque, el balón delante. La ausencia de
tiradores puros, de tipos que puedan salir del bloqueo y en un abrir
y cerrar de ojos clavarla en la red, marca que nuestras mejores
opciones de lanzamiento procedan de pases desde el interior, de pases
que te dan medio segundo más para cuadrarte y lanzar, el medio
segundo más que necesitan Rudy, San Emeterio, Mumbrú o los propios
Llull, Rodríguez y Calderón. Y tan importante como que el balón
llegue al poste medio es que entren esos tiros abiertos que le
faciliten la vida al center de los Grizzlies.
Aunque
aún resta tiempo para analizar, lo cierto es que esta selección
transmite optimismo. Sin Gasol, Reyes, Navarro e Ibaka perdemos
innumerables activos y, aun así, la simple presencia del mejor Marc
de siempre me invita a apostar, como cada verano durante más de una
década, al rojo de la selección española.
Conocí
a Antoni Daimiel una noche, enfocado por una cámara, con los brillos
disimulados por el maquillaje, cuando las ojeras aún no enmarcaban
sus ojos y con unos cuantos kilos menos de los que luce ahora. Lo
hice sentado a la vera de un viejo televisor, aquél por el que
tantas lágrimas hubo de absorber mi padre el día que lo mandamos al
destierro y lo cambiamos por otro de pantalla plana, tan plana como
su personalidad, nada que ver con la de aquel viejo aparato al que
tuvimos que acoplar gran cantidad de cables para que sobreviviera a
la nueva ola tecnológica. Y es que aquel carcamal de marca Philips que desentonaba con la tapicería del sofá y la
cristalera y era el objeto de las burlas de todos los amigos que
pisaban nuestra casa, llegó a la vida de mi padre el mismo año el
que se casó con la mujer de su vida y, a la sazón, mi madre. Así,
donde todo el mundo veía un atentado contra el sentido común, mi
padre veía un proyecto de vida. Y así, de igual modo, cuando
recuerdo aquellos años de NBA salpicados de anécdotas a la luz de
la luna con el volumen casi inaudible, donde todos ven años de
austeridad y cicatería, yo veo la felicidad del adolescente que
transgrede las normas y trasnocha para ver baloncesto, la absurda,
aunque entonces no lo parecía, superioridad moral de quien cree
estar convirtiéndose en un hombre gracias a los comentarios de una
de las parejas más entrañables de la historia de la televisión:
Montes y Daimiel.
Por
este motivo, y tras un par de lecturas de un libro que su autor escribió a
regañadientes después de la insistencia de compañeros y “amigos”,
podría embarcarme en una crítica complaciente, poner paños
calientes y echar mano de tópicos para recomendar su lectura, más
aún ahora que estamos inmersos en un tórrido verano de aires
africanos y perspectivas desérticas.
Yo,
Antoni, orgulloso como debes de estar por las cifras de ventas y el
reconocimiento del gran público, prefiero obsequiarte, porque te
quiero, con una dosis de sinceridad, con unas cuantas palabras de
alguien que nunca te hubiera recomendado escribir este libro, sobre
todo a sabiendas de que no querías hacerlo. Prefiero ver en tu obra,
sin que me ciegue la pasión, al viejo televisor despojado de
cualquier connotación sentimental. No espero que me lo agradezcas.
Tal vez, sí, que me disculpes por ello.
No sé
muy bien lo que pretendías. Si ésta había de ser una crónica de
los últimos diecisiete años de la liga, te faltaron paciencia y
páginas para lograrlo. Si el libro estaba llamado a ser una
antología de anécdotas, perdona mi falta de memoria, pero termino
su lectura sin recordar ninguna. Ni siquiera como cuaderno de viajes
tiene el grado de elaboración preciso, la minuciosidad en el relato. A veces pienso que esta obra
fue el producto de unas cuantas patadas en el estómago que te
hicieron vomitar notas mentales que conservabas dispersas en tu
memoria y que salieron regurgitadas en el marco de una estructura que
de simple roza lo banal (repaso en orden cronológico a lo acontecido en la liga, trayectoria de los españoles y algunos casos de la crónica negra para finalizar con otros de la crónica en rosa).
Si
hubiera de recurrir a alguna de las frases, o de los motes, que
ilustraron tus noches junto a Andrés este libro te convertiría en
firme candidato a la presidencia del club de los que se dejan llevar,
de los que aprovechan su fama y otro tipo de talento para engatusar a
un público fiel dispuesto a consumir literatura en papel cuando
ésta, como alargar la vida del viejo televisor o trasnochar para ver
partidos infumables, es una práctica cada vez más en desuso.
Escribir este libro debió de ser, para ti, como pasear a Miss Daisy, un
asunto de unos pocos meses que cuenta, además, verbigracia, con la
fortuna de leerse en una tarde (menos mal).
Esperando
rentabilizar mis quince euros, busqué en las páginas de “El Sueño
de mi Desvelo” historias bien narradas de la Norteamérica profunda
y también de aquella otra de postal, recuerdos impagables de tus
conversaciones con Andrés en torno a una buena mesa repleta de
alimentos, con Van Morrison de fondo y el libro de petete, un chupa
chups y una calabaza como complementos. Y, sin embargo, las calabazas
me las llevé yo pues, buscando volver a enamorarme de aquel tiempo pasado en
el que fui tan feliz, terminé aborreciéndolo y dándome cuenta, a
su vez, de lo mucho que hemos cambiado. Tanto tú, como yo.
El
Sueño de mi Desvelo me dejó, sin duda, más sueño que desvelos.
Descubrí pocas cosas que no supiera y las que descubrí, la verdad,
nunca quise saberlas. Aun así, Antoni, espero que renueves tu
contrato con el Plus y sigas amenizando las retransmisiones en el
medio en el que, sin duda, mejor te mueves, la televisión. La vieja
y la nueva.
Después
de haber escrito lo que he escrito porque así lo pienso, lo que me salió del alma y de las entrañas, espero que
me perdones. Yo ya lo hice contigo.
“Tiene
los requisitos para protagonizar una historia bíblica moderna”.
Así hablaba Dwight Howard padre de Dwight Howard hijo días antes de
que el pívot georgiano fuera elegido como número uno del Draft de
2004 en una promoción más profunda que brillante en la que este
joven de la Southwest Atlanta Christian Academy sobresalía por
encima del resto de promesas, incluida la del center de la victoriosa
Universidad de Connecticut, Emeka Okafor.
En
aquella academia privada el pívot pasaba sus ratos libres cantando
en el coro, lavando los platos, sacando la basura y limpiando su
habitación. Nada hacía indicar, por lo tanto, que aquellos orígenes
humildes fueran el prólogo de una historia que se enturbia cada vez
que su protagonista abre la boca o toma una decisión acerca de su
futuro. Y es que en la actualidad ni el propio Howard recordará
haber recibido el siguiente consejo de su ídolo Michael Jordan:
“Mientras los demás jugadores están durmiendo es cuando tú has
de querer estar entrenando. Trabaja duro, sé el mejor, exígete a ti
mismo y cuando te hayas ganado el respeto, exígele entonces a los
demás”.
Es
difícil afirmar que, alguien que ha sido campeón olímpico y
subcampeón de la NBA, sea un juguete roto, pero sí es posible
sostener cualquier argumento que aluda a lo decepcionante de su
progresión y a lo sorprendente de su transformación personal. Y es
que una carrera que empezó siendo una ofrenda a Dios ha terminado
siendo un sainete, un carrusel de despropósitos que si no se detiene
es porque Howard se empeña en que siga girando.
Pero
más allá de caprichos, abrazos hipócritas (miren si no, hasta el final, el
siguiente vídeo en el que Van Gundy reconoce que Howard ha exigido su despido) y mejoras cada vez más sutiles e inapreciables, es
su salida de Lakers la que certifica, aunque sea pronto aún para
juzgar su carrera, la materialización de un fracaso. Y es que
persiguiendo las sombras de Chamberlain, Jabbar o el propio O´Neal
(del que siempre ha querido parecer un clon) su figura se ha ido
haciendo cada vez más pequeña. También desde el este llegaron
a los Lakers los pívots antes citados. Chamberlain para
hacer realidad el sueño de Jerry West y aquellos acomplejados Lakers
que tenían por costumbre ganar la conferencia para luego perder ante
los Celtics. Jabbar para ser la referencia interior de un equipo, el
del showtime, que hubiera sido mero fuego de artificio sin su
presencia y Shaquille, con un historial semejante al de Dwight en los
Magic, para completar el legado de Phil Jackson e iniciar un ciclo
que Kobe quiere hacer suyo cuando en realidad, durante aquel
“threepeat”, todo empezaba y terminaba en el número 34, bajo el
imperio de su propia ley.
Salir
de los Lakers con rumbo a Houston puede parecer una decisión
correcta desde una óptica analítica y a baja temperatura. Sin
embargo, el dineral que va a cobrar, más allá de que sea justo en
la medida en que alguien está dispuesto a ofrecérselo, demuestra
cuál es su escala de valores y en qué lugar queda la lucha por el
anillo. Si son ciertas las cifras que se barajan, su sueldo
fagocitaría un tercio del límite salarial del equipo e hipotecaría
la calidad del resto de jugadores (más aún si tenemos en cuenta los
quince millones de media que cobrará Harden en las próximas cinco
temporadas).
Lo
cierto es que la decisión de Howard parece haber dolido más en las
franquicias que lo ansiaban (Dallas Mavericks, Golden State Warriors)
que en aquella que tuvo que aguantar su comportamiento poco
profesional. Así, si en los Lakers se dibuja un horizonte de
reconstrucción poco compatible con un Gasol con tripita y en clara
decadencia y con un Kobe aún convaleciente, en la proa del barco sin
rumbo que es la vida de Howard, se divisa una nueva sombra en forma
de leyenda de los tableros, de señor de la pintura. El bailarín de
claqué del Cotton Club, con quien ha trabajado durante algunos
veranos, le espera sentado para comprobar sus progresos y contrastar
su capacidad de liderazgo.
Hakeem
Olajuwon, pese a haber impuesto un dominio tiránico en las
proximidades del aro, tuvo que esperar a que Jordan se tomara un par
de años de descanso para cosechar dos anillos. Mucho me temo que, ni
aun retirándose Lebron a hacerse un tratamiento capilar, Howard sería capaz de repetir sus logros. Y es que al pívot de Georgia le
falta lo que a aquellos Rockets les sobraba: el corazón de un
campeón.
Licenciado en Geografía, master de profesorado de secundaria y bachillerato, máster en Creación Literaria por la Universidad de Salamanca y Doctor en didáctica de la escritura creativa también en esta universidad. Autor de dos libros de relatos, Hasta que la noche nos alcance y Madrid, Nueva York, Logroño, y autor también de Individual o Zona, selección de artículos e historias sobre baloncesto. Entrenador superior de baloncesto (CES 2014) y actualmente entrenador ayudante en San Pablo Burgos (ACB y Eurocup). Te invito a conocer más en mi página web personal: http://jjnieto.com