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Tras la sombra de los gigantes





“Tiene los requisitos para protagonizar una historia bíblica moderna”. Así hablaba Dwight Howard padre de Dwight Howard hijo días antes de que el pívot georgiano fuera elegido como número uno del Draft de 2004 en una promoción más profunda que brillante en la que este joven de la Southwest Atlanta Christian Academy sobresalía por encima del resto de promesas, incluida la del center de la victoriosa Universidad de Connecticut, Emeka Okafor.



En aquella academia privada el pívot pasaba sus ratos libres cantando en el coro, lavando los platos, sacando la basura y limpiando su habitación. Nada hacía indicar, por lo tanto, que aquellos orígenes humildes fueran el prólogo de una historia que se enturbia cada vez que su protagonista abre la boca o toma una decisión acerca de su futuro. Y es que en la actualidad ni el propio Howard recordará haber recibido el siguiente consejo de su ídolo Michael Jordan: “Mientras los demás jugadores están durmiendo es cuando tú has de querer estar entrenando. Trabaja duro, sé el mejor, exígete a ti mismo y cuando te hayas ganado el respeto, exígele entonces a los demás”.



Es difícil afirmar que, alguien que ha sido campeón olímpico y subcampeón de la NBA, sea un juguete roto, pero sí es posible sostener cualquier argumento que aluda a lo decepcionante de su progresión y a lo sorprendente de su transformación personal. Y es que una carrera que empezó siendo una ofrenda a Dios ha terminado siendo un sainete, un carrusel de despropósitos que si no se detiene es porque Howard se empeña en que siga girando.



Pero más allá de caprichos, abrazos hipócritas (miren si no, hasta el final, el siguiente vídeo en el que Van Gundy reconoce que Howard ha exigido su despido) y mejoras cada vez más sutiles e inapreciables, es su salida de Lakers la que certifica, aunque sea pronto aún para juzgar su carrera, la materialización de un fracaso. Y es que persiguiendo las sombras de Chamberlain, Jabbar o el propio O´Neal (del que siempre ha querido parecer un clon) su figura se ha ido haciendo cada vez más pequeña. También desde el este llegaron a los Lakers los pívots antes citados. Chamberlain para hacer realidad el sueño de Jerry West y aquellos acomplejados Lakers que tenían por costumbre ganar la conferencia para luego perder ante los Celtics. Jabbar para ser la referencia interior de un equipo, el del showtime, que hubiera sido mero fuego de artificio sin su presencia y Shaquille, con un historial semejante al de Dwight en los Magic, para completar el legado de Phil Jackson e iniciar un ciclo que Kobe quiere hacer suyo cuando en realidad, durante aquel “threepeat”, todo empezaba y terminaba en el número 34, bajo el imperio de su propia ley. 





Salir de los Lakers con rumbo a Houston puede parecer una decisión correcta desde una óptica analítica y a baja temperatura. Sin embargo, el dineral que va a cobrar, más allá de que sea justo en la medida en que alguien está dispuesto a ofrecérselo, demuestra cuál es su escala de valores y en qué lugar queda la lucha por el anillo. Si son ciertas las cifras que se barajan, su sueldo fagocitaría un tercio del límite salarial del equipo e hipotecaría la calidad del resto de jugadores (más aún si tenemos en cuenta los quince millones de media que cobrará Harden en las próximas cinco temporadas).



Lo cierto es que la decisión de Howard parece haber dolido más en las franquicias que lo ansiaban (Dallas Mavericks, Golden State Warriors) que en aquella que tuvo que aguantar su comportamiento poco profesional. Así, si en los Lakers se dibuja un horizonte de reconstrucción poco compatible con un Gasol con tripita y en clara decadencia y con un Kobe aún convaleciente, en la proa del barco sin rumbo que es la vida de Howard, se divisa una nueva sombra en forma de leyenda de los tableros, de señor de la pintura. El bailarín de claqué del Cotton Club, con quien ha trabajado durante algunos veranos, le espera sentado para comprobar sus progresos y contrastar su capacidad de liderazgo.



Hakeem Olajuwon, pese a haber impuesto un dominio tiránico en las proximidades del aro, tuvo que esperar a que Jordan se tomara un par de años de descanso para cosechar dos anillos. Mucho me temo que, ni aun retirándose Lebron a hacerse un tratamiento capilar, Howard sería capaz de repetir sus logros. Y es que al pívot de Georgia le falta lo que a aquellos Rockets les sobraba: el corazón de un campeón. 





UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Tarde de clásicos





En determinadas materias, ya sean ciencia o arte, es difícil delimitar lo clásico de lo moderno, lo viejo de lo nuevo, el ayer del hoy. Los doctos en cada disciplina suelen recurrir a sucesos que a modo de hito marcaron, y marcarán para siempre, una frontera. Sin embargo, ni siquiera los cambios de paradigma en la pintura, la música, la literatura o el cine pueden evitar que haya autores que apuesten por recuperar viejos cánones estilísticos o narrativos, que haya, en definitiva, una mezcla de estilos tan enriquecedora para el propio arte como fastidiosa para quienes lo pretendemos entender desde una postura mucho más simplista.

Sería cuanto menos osado, si no pedante, pretender dividir en períodos la corta vida de un deporte cuyas reglas se sentaron hace poco más de un siglo y cuyo desarrollo profesional acaba de alcanzar la otrora edad de jubilación. Sin embargo, 65 años de NBA y 55 de baloncesto profesional en España han dado mucho de sí y es posible, sin caer en el exceso, hablar de rivalidades clásicas, de duelos con sabor añejo que elevan la categoría de deporte un peldaño más allá. Y es que los duelos entre Lakers y Celtics por un lado y Barcelona y Real Madrid, por otro, han mantenido su interés a lo largo de las décadas con independencia de que se jugaran con o sin reloj de posesión, con o sin línea de tres puntos, en pabellones de madera o en recintos que desafían las leyes de la gravedad. Estos partidos son clásicos porque, además, oponen maneras diferentes de entender la política, el juego o la propia vida. 



Es difícil establecer símiles entre realidades tan distintas. Admitiendo la pluralidad intrínseca de España sigue resultando arriesgado comparar dicha diversidad con la que podemos atisbar en un país que es casi un continente. Y si Madrid y Barcelona siempre se han presentado a sí mismas como polos opuestos, Boston y Los Ángeles pertenecen a dimensiones diferentes. En ambos casos se percibe cómo, en cada caso, una de las dos ciudades representa el cosmopolitismo, la liberalidad y el progresismo, mientras que la otra parece defender, aunque a veces las apariencias engañan, la moralidad, el patriotismo y una visión más conservadora tanto de lo público como de lo privado.

En cualquier caso, lo que convierte en clásicos a los duelos que disfrutaremos esta tarde y noche en la Península, es que en ellos se verán las caras los equipos más laureados de ambas ligas, los verdaderos dominadores del baloncesto a uno y otro lado del océano. La Historia nos dice que Barcelona y Lakers gobernaron la rivalidad en sus inicios (años 40, aunque en España sólo se disputaba la Copa) y que después fueron Real Madrid y Celtics los que maniataron al conjunto de la competición (años 60 y 70). Pero si hay que rescatar una época, si hay que definir un período como el más brillante de la historia del baloncesto, éste sería la década de los 80. Y es que en los 80 tanto Real Madrid como Barcelona, tanto Celtics como Lakers, nos brindaron partidos históricos, peleas (algunas literales) y batallas para el recuerdo. En aquellos tiempos Solozábal y Corbalán nos mostraron que hay diferentes maneras de jugar en la posición de base, Epi, Jackson, Sibilio o Petrovic que hay mil formas de matar y Martín y Norris que nada es suficiente cuando se trata de defender tu orgullo y el de todo un equipo. Al mismo tiempo, Ramón Trecet, Héctor Quiroga y Esteban Gómez, nos hicieron soñar cada noche retransmitiendo los enfrentamientos deportivos entre un paleto de Indiana, Larry Bird, y un humilde chico de Michigan que dormía siempre con un balón, Magic Johnson. Bueno, sin olvidarnos de las mil maneras que trató de inventar Robert Parish para frenar a Kareem, de las finalizaciones de contraataque de James Worthy o el juego de pies en el poste de Kevin McHale. 




El epílogo en ocasiones trágico (muerte de Petrovic y Martín, contagio del virus VIH de Magic) de estos mitos dio la bienvenida a un nuevo período de prosperidad tanto en Los Ángeles como en Barcelona. En estos últimos veinte años ambos conjuntos han estrechado el cerco que les separaba a nivel de títulos respecto a sus particulares némesis (aunque hay que resaltar la diferencia aún notable entre las 30 ligas del Real y las 17 del Barcelona, así como entre las 8 Copas de Europa de los blancos y las 2 de los azulgrana).

Esta noche, aunque la nostalgia pretende atraparnos, el presente, y su aire pragmático, será el que marque el desenlace de ambos encuentros. En Vitoria todo parece indicar que será una cuestión de ritmo. A muchas posesiones el Barcelona sólo puede ganarle al Madrid una vez de cada diez y esa vez ya ocurrió. Centrarán la atención, cómo no, el choque entre Lorbek y Mirotic, el daño que pueda hacerle Tomic a un juego interior blanco corto de centímetros o los recursos que utilizarán ambos entrenadores para limitar el daño que determinados jugadores puedan causarles. Estoy pensando en Mickeal y Navarro por parte del Barcelona y en Llull o Sergio Rodríguez atacando a Huertas o Rudy y Carroll castigando al propio capitán culé.

En el Garden de Boston colisionan dos equipos en busca de una identidad que se muestra cuanto menos difusa. Los Celtics encadenan cinco victorias consecutivas desde que se confirmara la lesión de ligamento cruzado de Rondo. Y yo, aun siendo un defensor del talento de este base, creo que hay una cierta relación causal. Ahora hay cinco jugadores que defienden, no cuatro que se multiplican por el capricho de ir a robar balones del quinto. Ahora hay cinco jugadores que intervienen en ataque cuando antes eran dos, Rondo y al que le diera el pase para tirar después de quince segundos botando. Dicen los jugadores que no juegan mejor por la lesión de su base, sino porque están jugando para dedicarle las victorias. Sin embargo, recuerdo un equipo, el del 2008, con Rondo como actor secundario, que cosechó 66 victorias en temporada regular y un anillo. Y aunque no sea 2008 y las piernas pesen mucho más, prefiero esta versión.

Como deberían preferir en los Lakers un quinteto con Gasol como único referente interior. Con él la bola fluye, circula, entra dentro, sale fuera. Con él pierden intimidación atrás, pero son un equipo más feliz. Y es que ver a tu hombre alto lanzar por debajo del cincuenta por ciento desde la línea de tiros libres debe de ser cuanto menos frustrante. D´Antoni se encontró con dos de los mejores pívots del campeonato y aun así puso sus principios por delante para no cambiar la hoja de ruta. Cuatro abiertos. Con tanto talento, me atrevo a apostar por que Groucho Marx ya tendría al equipo angelino en playoffs. La fortuna para el italiano, que no para los seguidores de la franquicia, es que Gasol estará seis semanas de baja siendo éste un buen pretexto para empaquetarlo en un traspaso.

Aun con la baja de Pau no me atrevo a hacer vaticinios. Lo haría si fueran dos choques corrientes, dos partidos más en el medio de una temporada. Pero no. Son clásicos y en los clásicos, perdónenme la perogrullada, gana el equipo que mete más puntos. 



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El Padrino IV





Cinco partidos. Doscientos cuarenta minutos de juego ha durado el proyecto 2.0 de Mike Brown en los Lakers. Tanto como la paciencia de la familia Buss, la verdadera mano que mece la cuna de este equipo pese a la presencia de Mitck Kupchak como gerente general y director de operaciones.

Puede ser que el talento de Mike Brown como técnico no estuviera al nivel del de su plantilla. Sin embargo, llama la atención que se le dejara comenzar la temporada, que no se invirtiera durante el verano en un entrenador capaz de tomar el mando desde un principio. Ahora D´Antoni se encuentra con un equipo plagado de estrellas, motivado tras el cambio de técnico, pero virgen en cuanto a la construcción de una química de grupo que es esencial a la hora de afrontar una temporada NBA con garantías de título. Harán falta grandes dosis de carácter latino para reconducir las peligrosas inercias de una plantilla diseñada para ganarlo todo en un momento, eso sí, en el que la nave angelina parece estar abandonada a su suerte. Cómo, si no, se explica la elección de un perfil tan opuesto de entrenador. Cómo, si no es porque el barco navega sin timón ni timonel, se puede interpretar un cambio de registro tan notable entre un entrenador que ha bebido de las fuentes del General Popovich, y otro que planteó, durante su estancia en Phoenix, un modelo de “run and gun” tan espectacular como ineficiente a la hora de luchar por los títulos. 



Ahora Nash cuenta con unos años más. Ya no es aquel base eléctrico capaz de correr la cancha tomando decisiones a toda velocidad. Seguro que su presencia, su voz y su voto han tenido mucho que ver en la contratación. En el base canadiense deberá apoyarse D´Antoni para tratar de inculcar su filosofía en una plantilla acostumbrada a jugar a un ritmo de juego muy lento, casi parsimonioso. Un equipo, además, que cuenta con dos de los mejores pívots del campeonato y que por esta misma razón apuesta por un juego con dos interiores casi antediluviano. Con los dos cracks en la cancha al mismo tiempo, en esa guerra por los espacios que es el baloncesto, los Lakers se hacen el hara-kiri. Howard acapara mucho juego en el poste medio y Pau ya no tiene el primer paso que le hacía pasar por alero en sus tiempos mozos. Pero si la búsqueda de espacios es un problema, la lucha por la posesión del balón también tiene miga. Tanto Nash como Kobe han labrado una carrera de leyenda a base de amasar la bola durante quince segundos por posesión. Ahora, salvo que cambien las reglas, uno de los dos se verá abocado a reconvertir su juego y ceder en beneficio del colectivo.

Yo, en inglés o en italiano, al estilo Popovich o D´Antoni, a tenor de lo visto e intuido, sigo apostando mis ahorros, mi crédito y mi honor en contra de unos Lakers que están tan intervenidos como lo puede estar la economía griega por el egoísmo y la búsqueda mal entendida de la gloria por parte de su jugador franquicia, un Kobe Bryant que debería dedicarse a anotar en vez de a urdir en la sombra motines en contra de entrenadores que intentan hacer lo mejor posible su trabajo.

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La mejor liga del mundo






(Hace unas cuantas horas)

Mientras medito si regresar al alcohol y abrazarme de por vida a una botella de ron en una de las últimas filas de una de las salas del Palacio del Arzobispo Fonseca de Salamanca en el marco de un Seminario sobre desarrollo territorial, sólo soy capaz de pensar en lo que sucederá esta próxima madrugada, con un vasto (casi tanto como el sopor que me invade) océano de por medio, en el arranque de la mejor liga del mundo.

Porque la NBA es la mejor liga del mundo. Lo es a nivel organizativo, económico, social (vínculos entre equipos y ciudades, así como temas relacionados con el apoyo a la comunidad) y también deportivo. En ella participan los mejores jugadores, entrenadores y árbitros. En ella, además, se explota mejor que en ningún otro sitio el concepto de espectáculo. Business is business sí, pero sólo porque en el parqué juegan los mejores con reglas que invitan a que lo demuestren.

La NBA es, además, un modelo de sostenibilidad. El hecho de que se trate de una competición cerrada, sin ascensos ni descensos, permite que el riesgo de las inversiones sea en todo caso moderado. Los límites salariales, a su vez, pretenden evitar los derroches y el establecimiento de jerarquías inamovibles al más puro estilo de las grandes ligas europeas. Sólo así se explica que mercados modestos como los de San Antonio u Oklahoma hayan disfrutado, y disfruten, de la presencia de franquicias ganadoras. Aun así, a pesar de las bondades del modelo, es imposible obviar la existencia de determinados trusts deportivos que acaparan los activos más importantes. Estos conglomerados de estrellas surgen por motivos no precisamente económicos. Estas razones se apoyan más en cuestiones deportivas, en la búsqueda de la gloria deportiva ante la posibilidad de construir un legado imperecedero.

Los grandes jugadores atraen a grandes jugadores. Es un hecho. Por este motivo Miami, Lakers o Boston vuelven a llevar este año, y ya van unos cuantos, el cartel de favoritos colgado del cuello. Por tercera edición consecutiva los chicos del sur de Florida parten como principales favoritos al título. A su fantástico Big Three han añadido al mejor tirador, números en mano, de la historia del campeonato y a un cuatro abierto, Rashard Lewis, que encaja perfectamente en el esquema de juego de Erik Spoelstra quien pretende la maximización de los espacios de ataque para la generación de ventajas a partir del demoledor uno contra uno de Bosh, Wade y, sobre todo, Lebron. El Rey.

Los Lakers, por su parte, intercambiaron a Bynum por Howard esperando mejorar en defensa y ganar agresividad en ataque. Sin embargo, la gran incógnita no está en el rendimiento del pívot y sí en el modo en el que compartirán la bola Steve Nash y Kobe Bryant, dos MVP´s de la liga que basan su juego en el acaparamiento del anaranjado esferoide. Del mismo modo, también existe una gran incertidumbre en cuanto a las posiciones del campo por las que se moverá Pau Gasol, el interior más talentoso del campeonato.

Para los Celtics la temporada 2012-2013 se presenta apasionante. La marcha de Allen fue cubierta con la llegada de Terry y el banquillo ha ganado profundidad con las adquisiciones de Milicic, Barbosa, el regreso tras la operación coronaria de Jeff Green y el “robo” en el Draft de Jared Sullinger. Courtney Lee, titular a priori, contribuirá a que la defensa de los de Doc Rivers vuelva a rozar los finos límites de la excelencia. Todos ellos, más Brandon Bass y Avery Bradley (convaleciente aún de su operación en ambos hombros) secundarán al núcleo compuesto por el base más genial de la liga, Rajon Rondo, el anotador con más recursos de la Conferencia, Paul Pierce y el mejor defensor de todo el campeonato, aunque los números puedan indicar lo contrario, Kevin Garnett. Estos tres equipos librarán con Oklahoma City Thunder una dura y bella batalla por el campeonato. Una batalla que es, además, una guerra de estilos y de formas de hacer. Por qué. Pues porque Oklahoma es el producto más perfeccionado de la reconstrucción en movimiento a partir de elecciones en el draft. El buen ojo de Sam Presti les llevó a reclutar para sus filas a Jeff Green, James Harden, Russell Westbrook o Kevin Durant. A cambio de los dos primeros se hicieron con valiosos activos, con profesionales del baloncesto de esos que son necesarios para conformar un proyecto ganador (Kendrick Perkins o el recién llegado Kevin Martin). De los dos últimos, por su parte, penden sus opciones reales de optar al campeonato.

Estos cuatro equipos se jugarán el campeonato al final de la primavera. Mientras tanto, ilustres como New York Knicks, vacas sagradas como los Spurs, recién llegados como Brooklyn o alternativas valientes como Nuggets o Clippers contribuirán a la incertidumbre y el espectáculo. Nos esperan siete meses y medio de caviar de importación, muchas horas para disfrutar y alejarse, aunque sea por un corto espacio de tiempo, de la cruda realidad. Ojalá nos las pudiera narrar Andrés. I love this game!

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Una cuestión de estilo





La brisa que llega desde el Pacífico huele otra vez a campeonato. En Los Ángeles y en gran parte de California los Lakers han vuelto a ser trending topic. Ello gracias a los últimos movimientos, a la penúltima maniobra de un Mitch Kupchak que parece el genio de la lámpara de un Aladino caprichoso llamado Kobe Bryant quien en su afán por alcanzar un sexto anillo se ha convertido en un cacique que decide quién puede jugar y quién no en su particular cortijo. Los últimos tres deseos tienen nombre propio. Nash, Jamison y Howard deberían asegurar un presente feliz para los de oro y púrpura. Con ellos se han de resolver los recientes problemas de la franquicia angelina: la posición de base, el banquillo y la ambición.

Steve Nash aportará experiencia y calidad, control del tempo del partido, lectura del pick and roll y tiro exterior. El canadiense tiene todo lo que nunca tuvo Fisher. Todo menos cinco anillos. A sus 38 años y pese a sus dos títulos de MVP, Nash todavía no ha realizado ninguna visita a las finales. Jugar al lado de Kobe, Pau y Howard debería ser garantía de ello. La convivencia con el primero será complicada. A Bryant le gusta tener la pelota y generar ventajas a partir de dribling (ver vídeo). Mike Brown deberá conjugar las necesidades de ambos cracks para no convertir a Nash en un simple tirador desde la esquina y a Bryant en un escolta que nunca fue, un funambulista de esos que flirtean con los bloqueos para generarse opciones de tiro. 



Antawn Jamison es un producto de North Carolina, un tipo que siempre pareció haber ganado todo lo que tenía que ganar en su vida, es decir, nada. Este paradigma del talento por encima del trabajo desperdició en 2010 la ocasión de ganar un anillo a la sombra de Lebron James. Si su aportación en los Cavaliers fue un fiel reflejo de lo que puede ofrecer, entonces más les valdría a los angelinos esperar más bien poco. Quienes intenten cargar sobre sus hombros la responsabilidad de ser un nuevo Odom se equivocan. Es lo que es. Pura seda. Nada más.

Poco se puede decir de la capacidad de intimidación de Howard, de sus aptitudes para el rebote y de su mejorado juego de uno contra uno. Mucho, en cambio, se escribirá sobre su operación de hernia de disco y sobre los cuatro meses que lleva sin ni siquiera trotar. Si esta lesión se enquistara los Lakers habrían cambiado rodillas por espalda, problemas por problemas en la posición de cinco. Quilate a quilate no sé cuál es la ganancia, qué ofrecerá Howard que no ofrecía Bynum. Por eso, tal y como adelantaba, quiero pensar que se trata de ética de trabajo y de ambición profesional.

¿Y Pau? ¿En qué posición queda dentro de este nuevo panorama? Pues depende. Dependerá de cómo maneje las múltiples opciones de ataque Mike Brown. No sé con quién dibujará los pick and roll el entrenador angelino. No sé si buscarán preferentemente un Nash-Howard, un Nash-Gasol, un Kobe-Howard o un Kobe-Gasol (sin descartar un Gasol-Howard. Ver vídeo). Mucho me temo, ojalá me equivoque, que volveremos a ver al de Sant Boi alejado del aro, anotando triples y generando espacios. 



Los Lakers tienen centímetros, intimidación y rebote. Tienen una estrella en el perímetro y dos torres que no encuentran parangón en toda la liga. Representan, por tanto, una idea de baloncesto que cotiza a la baja después del anillo de los Heat y de la exhibición de baloncesto dinámico del equipo estadounidense. Se enfrentarán a modelos contrapuestos, a entrenadores que apuesten por el “small ball” (cuatro jugadores exteriores) y a equipos que buscarán defender con agresividad el balón y las líneas de pase para generar errores en la circulación y salir al contraataque. Tendrán que defender con Gasol y Howard a equipos que utilizarán a James o a Durant de cuatro. Tendrán que frenar sin piernas las veloces transiciones enemigas y en ataque harán que 24 segundos parezcan toda una vida. 



Queda dicho. Los Lakers jugarán a dos por hora. Si en los ochenta su modelo de baloncesto alegre y transiciones vertiginosas fue imitado por toda la liga, ahora, en 2012, tratarán de que la aguja del reloj gire a contracorriente, de que vuelvan a la liga los tiempos del blanco y negro y las chicas ye-ye. Los Lakers de 2012, más que a los del showtime, se parecerán a los de finales de los 60 con West (Nash) amasando el balón, Baylor (Kobe) esperando para matar y Chamberlain (Howard salvando muy mucho las distancias) dominando los tableros (eso si la jugada no había terminado antes de llegar). Por esto, y no por ninguna especie de obstinada rivalidad, no puedo apostar por este equipo, por este modelo de juego en el que no creo y con el que no disfruto. Ojo, puede llegar a ser una fórmula ganadora, pero no es la mía.



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Hohëpunkt



La confianza o seguridad en uno mismo es un valor en alza en una sociedad, la del mundo occidental de principios de milenio, extremadamente competitiva. Algunos practican, entrenan y ensayan rutinas para sentirse infalibles, indestructibles. De esta manera creen estar preparados para no sucumbir al desaliento pudiendo convivir, sin morir de dolor, con las miserias e injusticias que nos rodean.

Sin embargo, para una máquina de la más perfecta y pura tecnología alemana todas estas enseñanzas sobran. A Dirk no le hace falta preguntar a Becquer qué es la poesía. Le basta mirarse al espejo mientras lanza los seiscientos gramos de masa y setenta y cinco centímetros cúbicos de volumen marca Spalding dejando el brazo derecho estirado con los dedos indicando no a América, sino a su destino. La red. La gloria.

Quizá sea un narcisista, un Dorian Gray del siglo XXI sacando el máximo jugo a su juventud y a su talento antes de que los años caigan sobre él, porque en eso es como el resto, convirtiéndolo en una imagen deformada de lo que un día fue. Pero Dirk no actúa movido sólo por ese enorme ego, coraza imprescindible para sobrevivir en el circo mediático de la NBA, sino sobre todo por su gran amor, el baloncesto, ese deporte al que tanto le ha dado y que le ha devuelto mucha mayor fidelidad y sinceridad de la que pudieron obsequiarle, en el pasado, sus novias o amantes.

Tecleo estos caracteres mientras observo la televisión apagada del salón de mi casa. La prefiero en negro porque no quiero que ninguna otra imagen perturbe y distorsione los recuerdos y emociones que ha despertado en mí la visualización del segundo partido de las finales de la NBA. Wade y Lebron castigaron con vehemencia el aro de los Mavericks, pero no completaron su labor. Dejaron la tarea inacabada, festejaron antes de tiempo, fueron precoces en un deporte que también en eso se parece al amor y al sexo. Hay que llegar puntuales.

Y ella se dejó mimar, navegó por sus dedos sintiéndose arrastrada por una suave pero constante brisa. Gozó y se dejó llevar y cuando se despidió de la mano izquierda de su amante alemán con camino al tablero esquivó graciosa el intento de rapto de un Udonis Haslem indigno de romper ese momento que Nowitzki, en su afán por alcanzar la excelencia, quiso compartir con todos nosotros. El rey sabe esperar y es generoso. Por eso, ayer, Wade y Lebron parecieron simples cortesanos.

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Stan ya tiene su regalo





Otis Smith (General Manager de los Magic) ha revolucionado el mercado de la NBA. Tras darse cuenta de que con lo que tenían no era suficiente se ha sacado un as de la manga para arrastrar sin piedad a la jerarquía de la liga.

Sin embargo, tengo la lejana impresión de que ni en Boston, ni en Los Ángeles, ni en Miami se han inmutado. Los verdes porque su ego y orgullo rebasan los límites de lo saludable. Los de oro y púrpura porque observan todos estos movimientos desde la distancia y porque sus dos recientes anillos les avalan por encima de cualquier intento de grandilocuente traspaso. Y en Miami ya tienen bastante con hacer funcionar una máquina que cuenta con las piezas indicadas para ganar a cualquiera, pero que hasta que se engrase, puede ser el aperitivo perfecto para un equipo de mitad baja de la tabla.

El problema lo tiene el pequeño de los Van Gundy. Con fama de buen armador, pero de pésimo gestor en momentos de presión, Stan “Super Mario” Van Gundy tiene ante sí grandes retos.

Con el traspaso de Rashard Lewis por Arenas Orlando se hace con uno de los jugadores más polémicos del campeonato. Famoso por sacar a pasear sus dotes de pistolero y por no defender ni a su propia sombra Gilbert es esa clase de jugador que te puede ganar un partido y que te puede hacer perder diez con facilidad asombrosa y sin despeinarse. La mejor opción desde el punto de vista deportivo es que salga desde el banquillo y sea el anotador principal de la segunda unidad. Rashard Lewis era un lastre en defensa, el bocadillo de media mañana ideal para Bosh o Garnett, pero el deshacerse de un cuatro no tiene sentido cuando tu rotación interior se reduce, tras la marcha de Gortat, a Brandon Bass, Ryan Anderson, Earl Clark y Malik Allen además de Superman.

Tras enviar a Gortat, Carter y Pietrus a Phoenix a cambio de Jason Richardson y Hedo Turkoglu además de inflacionar el coste de la plantilla han saturado las posiciones de dos y tres en una plantilla que ya contaba con JJ Reddick y Quentin Richardson. Junto a Arenas serían cinco jugadores con bastante ego y calidad para repartirse 96 minutos. Solución: Arenas juega minutos de base y el turco juega varios minutos como cuatro jugando un small ball que puede ser la pesadilla para los equipos rivales.

Conocido por todos es el deseo de Stan Van Gundy de jugar con 4 exteriores que abran la cancha para Dwight. Puede funcionar, pero es arriesgado.

Como bien diría Daimiel, el año pasado en Toronto Turkoglu no encontró la puerta del gimnasio hasta el último día y creo que, además, la debió confundir con la de la pastelería. Su mediocre mundial y el inicio de temporada en Phoenix hacen indicar que queda muy poco del Turkoglu de hace dos temporadas en la que lideró al equipo hasta la final de la NBA.

Con todas las posibles variaciones tácticas, la tradicional chuleta de Van Gundy que suele asomar del bolsillo interior de su chaqueta puede convertirse de pronto en un rollo de papel higiénico y el trabajo del psicólogo, casi siempre anecdótico, pasará a ser ahora principal en el centro de Florida.

Arenas, J Richardson, Jameer Nelson, Dwight Howard, Q Richardson, J Williams o Turkoglu aseguran espectáculo, pero ni mucho menos anillos. La apuesta es a ganador pero yo no pongo un duro por ellos.

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Georgia on my mind



“Otros brazos me alejaron de ti (...) pero el escuchar esta canción hace que siempre Georgia esté en mi mente”. Esta frase de la célebre canción la escribió Stuart Gorrell, la acompañó de melodía Hoagy Carmichael y la situó en el paraíso de las mejores canciones del siglo XX el incomparable Ray Charles.

Pero perfectamente podría hacer suyas estas palabras y esta canción un chico nacido en Atlanta allá por 1985. No pasó por la Universidad y aun así fue directo al número 1 del draft de 2004 por delante del consagrado, entonces, jugador de los Connecticut Huskies, Emeka Okafor. Creo que no necesitáis más pistas para saber de quién os hablo.

Superman, D-12, The Thunder son sólo alguno de sus apodos. Dwight Howard su nombre y apellido, 2,11 su estatura y su cuerpo, una escultura griega de piel oscurecida por el implacable sol de su Georgia natal.

No es éste un post de adulación. No debe serlo. Dwight Howard es lo que es gracias a su fortaleza sobrenatural. Sin embargo, con el tiempo quien más quien menos esperaba observar una progresión en sus fundamentos técnicos que o bien no ha llegado, o bien lo ha hecho en tan pequeñas dosis que la decepción ha sido la nota dominante.

Y me consta que trabaja. Sabemos que Pat Ewing ha dedicado numerosas horas en mejorar ese reverso en el poste bajo y ese gancho con ambas manos y que ahora Hakeem “The Dream” está esmerándose en convertirle en un jugador más versátil. Sabemos que tira cientos y miles de tiros libres. Sin embargo, sus prestaciones sobre la cancha se han estancado en torno a un destacable 20-13, pero la falta de evolución es preocupante. De hecho el año pasado rebajó sus cifras tanto en puntos, rebotes como en porcentaje de tiros libres. De hecho, Perkins con la ayuda del centro de jubilados de Boston (Wallace y Garnett) limitaron su aportación en las Finales de Conferencia hasta unos niveles preocupantes para un presunto jugador franquicia.

De cara a esta temporada no sé muy bien qué pensar. Los Orlando Magic vienen a ser los mismos que el año pasado en el que, quién lo iba a decir, echaron de menos la sangre fría de Turkoglu (ahora en Phoenix Suns) en partidos decisivos, nostalgia que se hizo omnipresente cuando Vince Carter falló dos tiros libres decisivos en el segundo partido de las mencionadas Finales de Conferencia. Chris Duhon será quien dé minutos de descanso a Jameer Nelson y Quentin Richardson (Racheado para don Andrés) ocupará el lugar de Matt Barnes.

Como no estoy convencido de lo que puede pasar en el centro de Florida (tampoco en el sur) por qué no me ayudáis y comentáis qué sensaciones os transmiten los Magic y qué esperáis de Dwight Howard en su papel de pívot dominante de la competición. ¿Le convertirá Hakeem Olajuwon en un maestro de los movimientos en el poste bajo?

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