Héroes
de un tiempo huérfano de Jordan. Jugadores con un estilo propio,
casi inimitable. Las retiradas de Allen Iverson y Tracy McGrady
marcan el inicio del epílogo de una generación que llegó a la liga
a finales de los noventa y que se mantiene en pie gracias a la
durabilidad de hombres como Tim Duncan, Kevin Garnett, Ray Allen,
Dirk Nowitzki, Kobe Bryant o Paul Pierce. Ellos, al contrario que
éstos, entendieron la idiosincrasia del oficio, trabajaron a destajo
y vieron realimentada su pasión con uno, dos, cuatro o hasta cinco
anillos.
No
quisiera participar, en cambio, en la comparación que muchos medios
han querido llevar a cabo entre el uno y el otro. Nada tienen que ver
entre sí las historias, las carreras y, sobre todo, los estilos
baloncestísticos de Allen Iverson y Tracy McGrady, aunque ambos nos
levantaran del asiento con su particular talento. Por eso os invito a
conocer sus historias, ésas a las que he dedicado unas pocas líneas
que aparecen publicadas en www.jordanypippen.com
Hijo
único de padres exitosos, ricos, y famosos, proyecto innegociable de
estrella y protagonista involuntario de escenas bochornosas en alguno
de los salones más elitistas del país. Grant Hill no decidió nacer
en el seno de una familia bien, en el marco de una pintura real donde
las reuniones con los amigos se posponen indefinidamente pues la
única cita que importa es la que se tiene apalabrada, sin fecha ni
hora, pero mejor pronto que tarde, con la gloria. Sin embargo, ahora
que ha colgado para siempre las botas y, mientras ojea las fotos de
sus dieciocho años de carrera junto a su esposa Tamia y su hija
Myla, él mismo se da cuenta de su condición privilegiada. A pesar
de las presiones.
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“Tiene
los requisitos para protagonizar una historia bíblica moderna”.
Así hablaba Dwight Howard padre de Dwight Howard hijo días antes de
que el pívot georgiano fuera elegido como número uno del Draft de
2004 en una promoción más profunda que brillante en la que este
joven de la Southwest Atlanta Christian Academy sobresalía por
encima del resto de promesas, incluida la del center de la victoriosa
Universidad de Connecticut, Emeka Okafor.
En
aquella academia privada el pívot pasaba sus ratos libres cantando
en el coro, lavando los platos, sacando la basura y limpiando su
habitación. Nada hacía indicar, por lo tanto, que aquellos orígenes
humildes fueran el prólogo de una historia que se enturbia cada vez
que su protagonista abre la boca o toma una decisión acerca de su
futuro. Y es que en la actualidad ni el propio Howard recordará
haber recibido el siguiente consejo de su ídolo Michael Jordan:
“Mientras los demás jugadores están durmiendo es cuando tú has
de querer estar entrenando. Trabaja duro, sé el mejor, exígete a ti
mismo y cuando te hayas ganado el respeto, exígele entonces a los
demás”.
Es
difícil afirmar que, alguien que ha sido campeón olímpico y
subcampeón de la NBA, sea un juguete roto, pero sí es posible
sostener cualquier argumento que aluda a lo decepcionante de su
progresión y a lo sorprendente de su transformación personal. Y es
que una carrera que empezó siendo una ofrenda a Dios ha terminado
siendo un sainete, un carrusel de despropósitos que si no se detiene
es porque Howard se empeña en que siga girando.
Pero
más allá de caprichos, abrazos hipócritas (miren si no, hasta el final, el
siguiente vídeo en el que Van Gundy reconoce que Howard ha exigido su despido) y mejoras cada vez más sutiles e inapreciables, es
su salida de Lakers la que certifica, aunque sea pronto aún para
juzgar su carrera, la materialización de un fracaso. Y es que
persiguiendo las sombras de Chamberlain, Jabbar o el propio O´Neal
(del que siempre ha querido parecer un clon) su figura se ha ido
haciendo cada vez más pequeña. También desde el este llegaron
a los Lakers los pívots antes citados. Chamberlain para
hacer realidad el sueño de Jerry West y aquellos acomplejados Lakers
que tenían por costumbre ganar la conferencia para luego perder ante
los Celtics. Jabbar para ser la referencia interior de un equipo, el
del showtime, que hubiera sido mero fuego de artificio sin su
presencia y Shaquille, con un historial semejante al de Dwight en los
Magic, para completar el legado de Phil Jackson e iniciar un ciclo
que Kobe quiere hacer suyo cuando en realidad, durante aquel
“threepeat”, todo empezaba y terminaba en el número 34, bajo el
imperio de su propia ley.
Salir
de los Lakers con rumbo a Houston puede parecer una decisión
correcta desde una óptica analítica y a baja temperatura. Sin
embargo, el dineral que va a cobrar, más allá de que sea justo en
la medida en que alguien está dispuesto a ofrecérselo, demuestra
cuál es su escala de valores y en qué lugar queda la lucha por el
anillo. Si son ciertas las cifras que se barajan, su sueldo
fagocitaría un tercio del límite salarial del equipo e hipotecaría
la calidad del resto de jugadores (más aún si tenemos en cuenta los
quince millones de media que cobrará Harden en las próximas cinco
temporadas).
Lo
cierto es que la decisión de Howard parece haber dolido más en las
franquicias que lo ansiaban (Dallas Mavericks, Golden State Warriors)
que en aquella que tuvo que aguantar su comportamiento poco
profesional. Así, si en los Lakers se dibuja un horizonte de
reconstrucción poco compatible con un Gasol con tripita y en clara
decadencia y con un Kobe aún convaleciente, en la proa del barco sin
rumbo que es la vida de Howard, se divisa una nueva sombra en forma
de leyenda de los tableros, de señor de la pintura. El bailarín de
claqué del Cotton Club, con quien ha trabajado durante algunos
veranos, le espera sentado para comprobar sus progresos y contrastar
su capacidad de liderazgo.
Hakeem
Olajuwon, pese a haber impuesto un dominio tiránico en las
proximidades del aro, tuvo que esperar a que Jordan se tomara un par
de años de descanso para cosechar dos anillos. Mucho me temo que, ni
aun retirándose Lebron a hacerse un tratamiento capilar, Howard sería capaz de repetir sus logros. Y es que al pívot de Georgia le
falta lo que a aquellos Rockets les sobraba: el corazón de un
campeón.
Otis Smith (General Manager de los Magic) ha revolucionado el mercado de la NBA. Tras darse cuenta de que con lo que tenían no era suficiente se ha sacado un as de la manga para arrastrar sin piedad a la jerarquía de la liga.
Sin embargo, tengo la lejana impresión de que ni en Boston, ni en Los Ángeles, ni en Miami se han inmutado. Los verdes porque su ego y orgullo rebasan los límites de lo saludable. Los de oro y púrpura porque observan todos estos movimientos desde la distancia y porque sus dos recientes anillos les avalan por encima de cualquier intento de grandilocuente traspaso. Y en Miami ya tienen bastante con hacer funcionar una máquina que cuenta con las piezas indicadas para ganar a cualquiera, pero que hasta que se engrase, puede ser el aperitivo perfecto para un equipo de mitad baja de la tabla.
El problema lo tiene el pequeño de los Van Gundy. Con fama de buen armador, pero de pésimo gestor en momentos de presión, Stan “Super Mario” Van Gundy tiene ante sí grandes retos.
Con el traspaso de Rashard Lewis por Arenas Orlando se hace con uno de los jugadores más polémicos del campeonato. Famoso por sacar a pasear sus dotes de pistolero y por no defender ni a su propia sombra Gilbert es esa clase de jugador que te puede ganar un partido y que te puede hacer perder diez con facilidad asombrosa y sin despeinarse. La mejor opción desde el punto de vista deportivo es que salga desde el banquillo y sea el anotador principal de la segunda unidad. Rashard Lewis era un lastre en defensa, el bocadillo de media mañana ideal para Bosh o Garnett, pero el deshacerse de un cuatro no tiene sentido cuando tu rotación interior se reduce, tras la marcha de Gortat, a Brandon Bass, Ryan Anderson, Earl Clark y Malik Allen además de Superman.
Tras enviar a Gortat, Carter y Pietrus a Phoenix a cambio de Jason Richardson y Hedo Turkoglu además de inflacionar el coste de la plantilla han saturado las posiciones de dos y tres en una plantilla que ya contaba con JJ Reddick y Quentin Richardson. Junto a Arenas serían cinco jugadores con bastante ego y calidad para repartirse 96 minutos. Solución: Arenas juega minutos de base y el turco juega varios minutos como cuatro jugando un small ball que puede ser la pesadilla para los equipos rivales.
Conocido por todos es el deseo de Stan Van Gundy de jugar con 4 exteriores que abran la cancha para Dwight. Puede funcionar, pero es arriesgado.
Como bien diría Daimiel, el año pasado en Toronto Turkoglu no encontró la puerta del gimnasio hasta el último día y creo que, además, la debió confundir con la de la pastelería. Su mediocre mundial y el inicio de temporada en Phoenix hacen indicar que queda muy poco del Turkoglu de hace dos temporadas en la que lideró al equipo hasta la final de la NBA.
Con todas las posibles variaciones tácticas, la tradicional chuleta de Van Gundy que suele asomar del bolsillo interior de su chaqueta puede convertirse de pronto en un rollo de papel higiénico y el trabajo del psicólogo, casi siempre anecdótico, pasará a ser ahora principal en el centro de Florida.
Arenas, J Richardson, Jameer Nelson, Dwight Howard, Q Richardson, J Williams o Turkoglu aseguran espectáculo, pero ni mucho menos anillos. La apuesta es a ganador pero yo no pongo un duro por ellos.
“Otros brazos me alejaron de ti (...) pero el escuchar esta canción hace que siempre Georgia esté en mi mente”. Esta frase de la célebre canción la escribió Stuart Gorrell, la acompañó de melodía Hoagy Carmichael y la situó en el paraíso de las mejores canciones del siglo XX el incomparable Ray Charles.
Pero perfectamente podría hacer suyas estas palabras y esta canción un chico nacido en Atlanta allá por 1985. No pasó por la Universidad y aun así fue directo al número 1 del draft de 2004 por delante del consagrado, entonces, jugador de los Connecticut Huskies, Emeka Okafor. Creo que no necesitáis más pistas para saber de quién os hablo.
Superman, D-12, The Thunder son sólo alguno de sus apodos. Dwight Howard su nombre y apellido, 2,11 su estatura y su cuerpo, una escultura griega de piel oscurecida por el implacable sol de su Georgia natal.
No es éste un post de adulación. No debe serlo. Dwight Howard es lo que es gracias a su fortaleza sobrenatural. Sin embargo, con el tiempo quien más quien menos esperaba observar una progresión en sus fundamentos técnicos que o bien no ha llegado, o bien lo ha hecho en tan pequeñas dosis que la decepción ha sido la nota dominante.
Y me consta que trabaja. Sabemos que Pat Ewing ha dedicado numerosas horas en mejorar ese reverso en el poste bajo y ese gancho con ambas manos y que ahora Hakeem “The Dream” está esmerándose en convertirle en un jugador más versátil. Sabemos que tira cientos y miles de tiros libres. Sin embargo, sus prestaciones sobre la cancha se han estancado en torno a un destacable 20-13, pero la falta de evolución es preocupante. De hecho el año pasado rebajó sus cifras tanto en puntos, rebotes como en porcentaje de tiros libres. De hecho, Perkins con la ayuda del centro de jubilados de Boston (Wallace y Garnett) limitaron su aportación en las Finales de Conferencia hasta unos niveles preocupantes para un presunto jugador franquicia.
De cara a esta temporada no sé muy bien qué pensar. Los Orlando Magic vienen a ser los mismos que el año pasado en el que, quién lo iba a decir, echaron de menos la sangre fría de Turkoglu (ahora en Phoenix Suns) en partidos decisivos, nostalgia que se hizo omnipresente cuando Vince Carter falló dos tiros libres decisivos en el segundo partido de las mencionadas Finales de Conferencia. Chris Duhon será quien dé minutos de descanso a Jameer Nelson y Quentin Richardson (Racheado para don Andrés) ocupará el lugar de Matt Barnes.
Como no estoy convencido de lo que puede pasar en el centro de Florida (tampoco en el sur) por qué no me ayudáis y comentáis qué sensaciones os transmiten los Magic y qué esperáis de Dwight Howard en su papel de pívot dominante de la competición. ¿Le convertirá Hakeem Olajuwon en un maestro de los movimientos en el poste bajo?
Licenciado en Geografía, master de profesorado de secundaria y bachillerato, máster en Creación Literaria por la Universidad de Salamanca y Doctor en didáctica de la escritura creativa también en esta universidad. Autor de dos libros de relatos, Hasta que la noche nos alcance y Madrid, Nueva York, Logroño, y autor también de Individual o Zona, selección de artículos e historias sobre baloncesto. Entrenador superior de baloncesto (CES 2014) y actualmente entrenador ayudante en San Pablo Burgos (ACB y Eurocup). Te invito a conocer más en mi página web personal: http://jjnieto.com