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50 años y 50 puntos después

 




Cincuenta años después, cincuenta puntos después, los Bucks son otra vez campeones. En la capital del estado de la cerveza han sobrado los motivos para que corran las jarras. Como diría Tolstoi en el inicio de Anna Karenina, todos los proyectos perdedores se parecen, pero los ganadores lo son cada uno a su manera. O algo así.

 

El de Milwaukee es un caso paradigmático de estabilidad, ello pese a que el pasado febrero llevaran a cabo movimientos decisivos, especialmente con la incorporación de Jrue Holiday. Y ojo, esta estabilidad va más allá de las caras y los nombres, que, en determinados puestos, como el del primer entrenador y el General Manager, han cambiado en los últimos cinco años, sino en las ideas, pues las bases están sentadas desde, aproximadamente, 2015, cuando los directivos hicieron una apuesta muy clara por atletas de largas extremidades, ideales para practicar una defensa individual de ajustes, con principios (triángulos amplios, cambios de asignación manteniendo posiciones…) y actitudes zonales (abiertos a balón, brazos extendidos) que colapsaría todas las líneas de penetración sin renunciar a molestar las líneas de pase y puntear un alto porcentaje de tiros. 

 




Paradójicamente, es mucho más fácil aplicar cambios, probar estrategias, sobre la base de una estabilidad, sin que las piezas sientan que, al moverse, ponen en riesgo la estabilidad del edificio y su propia supervivencia. No en vano, los de Budenholzer han concebido la temporada regular como un laboratorio o banco de pruebas en el que han puesto en marcha numerosas combinaciones sacrificando un cuantioso número de victorias. Y tal y como ha quedado demostrado, a pesar del regreso de los aficionados a los pabellones, esta puesta a punto ha sido más valiosa que el factor cancha.

 

De estas probaturas ha devenido una variedad estratégica que no ha encontrado parangón en ningún otro equipo de la NBA. Cinco pequeños, tres grandes, alineaciones más ordenadas, variantes en el esquema general de cinco abiertos con colocación de jugadores pequeños en la cercanía del aro, apuestas puntuales y decididas por dominar el rebote ofensivo, alguna que otra zona para ahogar al manejador… Una variedad que ha enriquecido los planes de partido y ha posibilitado llevar ajustes que no hubiera sido posible plantear sin estos ases guardados bajo la manga, entrenados y dominados. Además, esta temporada regular llena de altibajos, en el conocimiento general de la existencia de un plan, ha fortalecido los vínculos entre compañeros y los ha convertido en el equipo mentalmente mejor preparado, mens sana in corpore sano, aunque no haya faltado a su cita la suerte



Y queda hablar de la plantilla, claro. Porque tiene mérito juntar a dos de los cinco mejores defensores de perímetro de la liga. A un siete pies con rango de tiro. Al típico jugador que aporta toda clase de intangibles saliendo desde el banquillo. A la reencarnación mejorada de una hipotética fusión perfecta entre Allan Houston y Reggie Miller, fino y certero como nadie en los momentos decisivos. Y, por supuesto, a Giannis Antetokounmpo, número 15 del draft de 2013, por detrás de tipos entrañables como Olynik o Shabazz Muhammad, una fusión, en este caso, entre Lebron James y Wilt Chamberlain que Budenholzer finalmente ha sabido aprovechar en una posición mixta, interior y exterior, que ni es 3 ni es 4 ni es 5 (aunque esto es lo que más ha sido), que certifica la superación del basket de especialistas al tiempo que da por buena la teoría de Noah Harari sobre el tránsito de Sapiens a Deus, de hombres a dioses. Al menos en su caso. 

 




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Se buscan superhombres





Buenos días. Ya tenemos el cuadro con los dieciséis equipos que disputarán los playoffs de la NBA a partir del próximo sábado. New Orleans Pelicans y Brooklyn Nets se adhirieron a la nómina “in extremis” y tratarán de dar la sorpresa ante los primeros cabezas de serie de sus respectivas conferencias. Sin embargo, antes de realizar una previa, quiero compartir con vosotros la columna que firmo este jueves en un diario local. En ella recuerdo dos actuaciones históricas de superación de los límites propiamente humanos para invitar con ello, al espectador, a permanecer muy atento durante las próximas semanas y descubrir, así, a los nuevos “superhombres”.

El relato comienza así:

Mi fórmula para expresar la grandeza en el ser humano es el “amor fati”: no querer que nada sea distinto ni en el pasado ni en el futuro ni por toda la eternidad. No solo soportar lo necesario, y menos aún disimularlo –todo idealismo es mendacidad frente a lo que es necesario–, sino amarlo. Acepta el dolor como una necesidad, nos pide Nietzsche. Ama el destino, lo que te toca en suerte. Desdeña mundos ideales y no permanezcas más tiempo del debido, y lo debido es nada, a la deriva de ensoñaciones invocando el deber ser o el ojalá. En esta misma línea, el filósofo alemán apela al “superhombre” como único individuo capaz de abandonar la absorbente espiral de lo que llama “el eterno retorno”, una especie de prisión no visible que nos encarcela y nos condena a ser quienes somos, una y otra vez. También el baloncesto, por su capacidad de imitar a la vida en sus extremos más afilados, reclama del ser a priori corriente que acepte su destino y que responda al sufrimiento como lo haría el “superhombre” de Nietzsche, ese que viendo venir la tormenta, espera al rayo. Veamos, si no, dos ejemplos que nos presta la historia.

Con Bill Russell disfrutando, al fin, de un merecido descanso tras haber subyugado a la NBA durante más de una década, los playoffs de 1970 se presentaban muy abiertos. Los Angeles Lakers, con Wilt Chamberlain recuperado de una lesión de rodilla, y los New York Knicks, liderados por Walt Frazier y por el MVP de la temporada, Willis Reed, vencieron en sus respectivas conferencias para enfrentarse en las finales. La serie estuvo plagada de giros dramáticos, desenlaces igualados y acciones para el recuerdo (Jerry West envió a la prórroga el tercer partido de la serie gracias a un tiro desde más allá del medio campo que, con el reglamento de entonces, sumó solo dos puntos). Con 2-2 en el marcador agregado y disputándose el quinto encuentro en Nueva York, Willis Reed se hizo daño en su pierna izquierda y se vio forzado a abandonar el partido. Los Knicks, sin embargo, pese a no poder contar con su principal referencia interior, consiguieron sacar adelante el encuentro gracias a la obsesión de los Lakers por castigar la ausencia de Reed con balones a Chamberlain, muchos de los cuales resultaron en pérdidas. El sexto partido fue, sin discusión, para los Lakers. Willis Reed ni siquiera tomó el avión.

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Tras la sombra de los gigantes





“Tiene los requisitos para protagonizar una historia bíblica moderna”. Así hablaba Dwight Howard padre de Dwight Howard hijo días antes de que el pívot georgiano fuera elegido como número uno del Draft de 2004 en una promoción más profunda que brillante en la que este joven de la Southwest Atlanta Christian Academy sobresalía por encima del resto de promesas, incluida la del center de la victoriosa Universidad de Connecticut, Emeka Okafor.



En aquella academia privada el pívot pasaba sus ratos libres cantando en el coro, lavando los platos, sacando la basura y limpiando su habitación. Nada hacía indicar, por lo tanto, que aquellos orígenes humildes fueran el prólogo de una historia que se enturbia cada vez que su protagonista abre la boca o toma una decisión acerca de su futuro. Y es que en la actualidad ni el propio Howard recordará haber recibido el siguiente consejo de su ídolo Michael Jordan: “Mientras los demás jugadores están durmiendo es cuando tú has de querer estar entrenando. Trabaja duro, sé el mejor, exígete a ti mismo y cuando te hayas ganado el respeto, exígele entonces a los demás”.



Es difícil afirmar que, alguien que ha sido campeón olímpico y subcampeón de la NBA, sea un juguete roto, pero sí es posible sostener cualquier argumento que aluda a lo decepcionante de su progresión y a lo sorprendente de su transformación personal. Y es que una carrera que empezó siendo una ofrenda a Dios ha terminado siendo un sainete, un carrusel de despropósitos que si no se detiene es porque Howard se empeña en que siga girando.



Pero más allá de caprichos, abrazos hipócritas (miren si no, hasta el final, el siguiente vídeo en el que Van Gundy reconoce que Howard ha exigido su despido) y mejoras cada vez más sutiles e inapreciables, es su salida de Lakers la que certifica, aunque sea pronto aún para juzgar su carrera, la materialización de un fracaso. Y es que persiguiendo las sombras de Chamberlain, Jabbar o el propio O´Neal (del que siempre ha querido parecer un clon) su figura se ha ido haciendo cada vez más pequeña. También desde el este llegaron a los Lakers los pívots antes citados. Chamberlain para hacer realidad el sueño de Jerry West y aquellos acomplejados Lakers que tenían por costumbre ganar la conferencia para luego perder ante los Celtics. Jabbar para ser la referencia interior de un equipo, el del showtime, que hubiera sido mero fuego de artificio sin su presencia y Shaquille, con un historial semejante al de Dwight en los Magic, para completar el legado de Phil Jackson e iniciar un ciclo que Kobe quiere hacer suyo cuando en realidad, durante aquel “threepeat”, todo empezaba y terminaba en el número 34, bajo el imperio de su propia ley. 





Salir de los Lakers con rumbo a Houston puede parecer una decisión correcta desde una óptica analítica y a baja temperatura. Sin embargo, el dineral que va a cobrar, más allá de que sea justo en la medida en que alguien está dispuesto a ofrecérselo, demuestra cuál es su escala de valores y en qué lugar queda la lucha por el anillo. Si son ciertas las cifras que se barajan, su sueldo fagocitaría un tercio del límite salarial del equipo e hipotecaría la calidad del resto de jugadores (más aún si tenemos en cuenta los quince millones de media que cobrará Harden en las próximas cinco temporadas).



Lo cierto es que la decisión de Howard parece haber dolido más en las franquicias que lo ansiaban (Dallas Mavericks, Golden State Warriors) que en aquella que tuvo que aguantar su comportamiento poco profesional. Así, si en los Lakers se dibuja un horizonte de reconstrucción poco compatible con un Gasol con tripita y en clara decadencia y con un Kobe aún convaleciente, en la proa del barco sin rumbo que es la vida de Howard, se divisa una nueva sombra en forma de leyenda de los tableros, de señor de la pintura. El bailarín de claqué del Cotton Club, con quien ha trabajado durante algunos veranos, le espera sentado para comprobar sus progresos y contrastar su capacidad de liderazgo.



Hakeem Olajuwon, pese a haber impuesto un dominio tiránico en las proximidades del aro, tuvo que esperar a que Jordan se tomara un par de años de descanso para cosechar dos anillos. Mucho me temo que, ni aun retirándose Lebron a hacerse un tratamiento capilar, Howard sería capaz de repetir sus logros. Y es que al pívot de Georgia le falta lo que a aquellos Rockets les sobraba: el corazón de un campeón. 





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De sí mismo, para sí mismo






Patrimonio de la humanidad. Así habría que calificar la exuberante carrera de un ser tan excepcional como lo fueron sus números. Y es que Wilton Norman Chamberlain, autor de cien puntos en un partido, amante de más de veinte mil mujeres e icono involuntario de toda la generación de homosexuales que salió a la luz al amparo de los movimientos en pro de la defensa de los derechos civiles, es también un emblema de ese período clásico del baloncesto norteamericano que los estudiosos sitúan en la década de los sesenta.

Aunque Philadelphia fue su cuna él siempre presumió de ser de sí mismo y de con ello ya tener bastante. Sin banderas ni patrias que defender, pululando libre por un mundo que asistía incrédulo a la puesta en acción de sus facultades físicas, empezó a despuntar en el instituto Overbrook de su ciudad natal. Desde allí, tras desentenderse de los cantos de sirena procedentes de los Celtics que le invitaban sibilinamente a formar parte de una universidad de Nueva Inglaterra para luego ejercer los derechos de proximidad, recaló en la Universidad de Kansas a la que condujo en su primer año a la final estatal en una cita, la primera con la gloria, que le enseñó el que iba a ser su desgraciado destino: Perder. Y no de cualquier manera. Tras tres prórrogas y siendo nombrado jugador más impactante del torneo.

La realidad es que Wilt Chamberlain venció en muchas más ocasiones de en las que fue derrotado. Lideró durante catorce años a franquicias (Philadelphia/San Francisco Warriors, Philadelphia Seventysixers, Los Ángeles Lakers) con récords positivos a través de números tan asombrosos por su grandeza como achacables a una época distinta, a un período jugado por hombres normales, criaturas en su mayoría blancas de brazos y piernas mundanas que poco o nada podían hacer ante superhombres del talante y el talento de Wilt Chamberlain o de su homólogo contemporáneo Bill Russell. A ambos les ayudó compartir cancha con chavales que fallaban tiros uno detrás de otro multiplicando exponencialmente las opciones de rebote, con jugadores que lanzaban desde la cintura y que se desplazaban a velocidad de crucero.

De las aptitudes atléticas de Wilt poco más se puede añadir. Era más alto, más fuerte y estaba mejor coordinado que cualquiera de sus rivales. Por una mezcla de indefensión y acomplejamiento a los estamentos de la liga sólo les quedó tirar de ley, acotar su imperio a través de variaciones en el reglamento que le impidieron habitar en la zona o desviar los tiros en trayectoria descendente así como tocar todo balón que sobrevolara la prolongación vertical del aro. A pesar de ello sus rivales tuvieron que convertir la finta, un recurso, en una filosofía de vida. Para el recuerdo los dos tapones consecutivos que, ya en el ocaso de su carrera, le colocó a Kareem a dos de sus ganchos venidos del cielo, a dos de esos tiros llamados “intaponables”, llamados “imposible de defender”. 



Saben a poco los dos anillos con que puso fin a su carrera. Sorprende que de ocho ocasiones en que se viera las caras con Russell sólo resultara vencedor en una. Bueno, en realidad Chamberlain cogía más rebotes, anotaba más puntos, taponaba más balones,... Pero el 6 de los Celtics metía el tiro libre decisivo (cosa que Wilt con su 51% no pudo nunca conseguir), palmeaba pelotas para que las cogieran sus compañeros o convertía un tapón en un outlet pass para sacar con celeridad el contraataque. Russell conocía el secreto del juego tan bien como Wilt lo menospreció a costa de alimentar su ego. Muchos especialistas coinciden a la hora de apuntar que sus mejores temporadas fueron las últimas, en los Lakers, jugando para ganar y no para sí mismo. 



Para sí y para nadie más, aunque la historia terminara por adoptar aquella noche de récord, fueron los cien puntos del 2 de marzo de 1962. Los 100 puntos que el acta acredita y que necesitaron de 63 tiros de campo y de 32 tiros libres para materializarse. Aquella noche Chamberlain acreditó él solo la estadística de un equipo completo. En unas declaraciones posteriores al final de su carrera comentaba lo siguiente: “No sé cómo pude utilizar tantos tiros en aquel partido. Hoy me doy cuenta de que fue un error, un error que encuentra su razón de ser en todos los entrenadores que a lo largo de mi carrera me insistieron para que tirara una vez tras otra. Algunas veces aquellos tiros fueron buenos, pero en otras ocasiones no fueron más que un error”. 



Pero si el paso del tiempo le dotó de una nueva perspectiva, el final de su carrera baloncestística fue sólo el comienzo de sus exhibiciones en otros deportes y en otras materias. La negativa de los Lakers a que formara parte del equipo de la ABA, San Diego Conquistadors, provocó una reacción en cadena que condujo a Wilt a hacer sus pinitos en la liga de volleyball, en el tenis, corriendo maratones o incluso jugando al polo. Es más, durante meses llegó a entrenarse con la convicción de que Muhammad Ali aceptaría una pelea contra él con el título en juego. El que sí aceptaría el reto sería Arnold Schwarzenegger en Conan El Destructor. 



A pesar de estas exhibiciones no fue el jugador más querido por los fans pues como él mismo decía “nadie apoya a Goliath”. Aun así, se labró el respeto de quienes compartieron cancha con él. Kareem dijo de él que “el juego no volvería a ver a nadie como él”. Russell, por su parte, reconoció que Wilt y él iban a ser amigos para toda la eternidad. Oscar Robertson no lo dudó ni un segundo cuando le preguntaron si Chamberlain había sido el más grande: “Los libros no mienten”, dijo.

A su obsesión por los récords y a su pasión por las mujeres habría que añadir su afición por la lectura y su dedicación a la escritura. Si tuviera la ocasión de encontrarme con él en esta vida o en la otra me gustaría preguntarle cómo pudo hacer tantas cosas en tan poco tiempo, cómo pudo dominar el juego, amar a tantas señoras y ser tan culto en una vida cuyo epílogo llegó a los 63 años de edad a causa de un fallo cardíaco. Vivió deprisa y murió joven. Lo hizo sin ser de nadie y de ningún lugar. Siendo de sí mismo. Y en su caso, creo que estaréis de acuerdo, fue más que suficiente.


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Una cuestión de estilo





La brisa que llega desde el Pacífico huele otra vez a campeonato. En Los Ángeles y en gran parte de California los Lakers han vuelto a ser trending topic. Ello gracias a los últimos movimientos, a la penúltima maniobra de un Mitch Kupchak que parece el genio de la lámpara de un Aladino caprichoso llamado Kobe Bryant quien en su afán por alcanzar un sexto anillo se ha convertido en un cacique que decide quién puede jugar y quién no en su particular cortijo. Los últimos tres deseos tienen nombre propio. Nash, Jamison y Howard deberían asegurar un presente feliz para los de oro y púrpura. Con ellos se han de resolver los recientes problemas de la franquicia angelina: la posición de base, el banquillo y la ambición.

Steve Nash aportará experiencia y calidad, control del tempo del partido, lectura del pick and roll y tiro exterior. El canadiense tiene todo lo que nunca tuvo Fisher. Todo menos cinco anillos. A sus 38 años y pese a sus dos títulos de MVP, Nash todavía no ha realizado ninguna visita a las finales. Jugar al lado de Kobe, Pau y Howard debería ser garantía de ello. La convivencia con el primero será complicada. A Bryant le gusta tener la pelota y generar ventajas a partir de dribling (ver vídeo). Mike Brown deberá conjugar las necesidades de ambos cracks para no convertir a Nash en un simple tirador desde la esquina y a Bryant en un escolta que nunca fue, un funambulista de esos que flirtean con los bloqueos para generarse opciones de tiro. 



Antawn Jamison es un producto de North Carolina, un tipo que siempre pareció haber ganado todo lo que tenía que ganar en su vida, es decir, nada. Este paradigma del talento por encima del trabajo desperdició en 2010 la ocasión de ganar un anillo a la sombra de Lebron James. Si su aportación en los Cavaliers fue un fiel reflejo de lo que puede ofrecer, entonces más les valdría a los angelinos esperar más bien poco. Quienes intenten cargar sobre sus hombros la responsabilidad de ser un nuevo Odom se equivocan. Es lo que es. Pura seda. Nada más.

Poco se puede decir de la capacidad de intimidación de Howard, de sus aptitudes para el rebote y de su mejorado juego de uno contra uno. Mucho, en cambio, se escribirá sobre su operación de hernia de disco y sobre los cuatro meses que lleva sin ni siquiera trotar. Si esta lesión se enquistara los Lakers habrían cambiado rodillas por espalda, problemas por problemas en la posición de cinco. Quilate a quilate no sé cuál es la ganancia, qué ofrecerá Howard que no ofrecía Bynum. Por eso, tal y como adelantaba, quiero pensar que se trata de ética de trabajo y de ambición profesional.

¿Y Pau? ¿En qué posición queda dentro de este nuevo panorama? Pues depende. Dependerá de cómo maneje las múltiples opciones de ataque Mike Brown. No sé con quién dibujará los pick and roll el entrenador angelino. No sé si buscarán preferentemente un Nash-Howard, un Nash-Gasol, un Kobe-Howard o un Kobe-Gasol (sin descartar un Gasol-Howard. Ver vídeo). Mucho me temo, ojalá me equivoque, que volveremos a ver al de Sant Boi alejado del aro, anotando triples y generando espacios. 



Los Lakers tienen centímetros, intimidación y rebote. Tienen una estrella en el perímetro y dos torres que no encuentran parangón en toda la liga. Representan, por tanto, una idea de baloncesto que cotiza a la baja después del anillo de los Heat y de la exhibición de baloncesto dinámico del equipo estadounidense. Se enfrentarán a modelos contrapuestos, a entrenadores que apuesten por el “small ball” (cuatro jugadores exteriores) y a equipos que buscarán defender con agresividad el balón y las líneas de pase para generar errores en la circulación y salir al contraataque. Tendrán que defender con Gasol y Howard a equipos que utilizarán a James o a Durant de cuatro. Tendrán que frenar sin piernas las veloces transiciones enemigas y en ataque harán que 24 segundos parezcan toda una vida. 



Queda dicho. Los Lakers jugarán a dos por hora. Si en los ochenta su modelo de baloncesto alegre y transiciones vertiginosas fue imitado por toda la liga, ahora, en 2012, tratarán de que la aguja del reloj gire a contracorriente, de que vuelvan a la liga los tiempos del blanco y negro y las chicas ye-ye. Los Lakers de 2012, más que a los del showtime, se parecerán a los de finales de los 60 con West (Nash) amasando el balón, Baylor (Kobe) esperando para matar y Chamberlain (Howard salvando muy mucho las distancias) dominando los tableros (eso si la jugada no había terminado antes de llegar). Por esto, y no por ninguna especie de obstinada rivalidad, no puedo apostar por este equipo, por este modelo de juego en el que no creo y con el que no disfruto. Ojo, puede llegar a ser una fórmula ganadora, pero no es la mía.



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¿Sabías que...?


El Doctor Naismith (inventor del juego) pidió en 1894 a los hermanos Spalding que desarrollaran la primera pelota de baloncesto. Hasta ese momento al baloncesto se jugaba con una pelota de fútbol.

Los Ángeles Lakers poseen el record de mayor número de victorias consecutivas (33) no sólo en la NBA sino en todos los deportes profesionales en Estados Unidos.

El 10 veces medallista olímpico, Carl Lewis, fue drafteado en 1984 por los Chicago Bulls en la posición 208, el mismo año en que seleccionaron a Jordan como número 3 (y Portland a Sam Bowie con el número 2).

En la temporada 2005-2006 los Detroit Pistons entrenados por Flip Saunders (Cortefiel Saunders para Montes) repitieron quinteto en 73 partidos de forma consecutiva hasta que Rasheed Wallace fue sancionado. ¿No os suena familiar?

Tras 39 años jugando en la Conferencia Este, los Atlanta Hawks no han alcanzado nunca las finales de conferencia pese a haber contado en sus filas con uno de los mejores anotadores de la liga, “The human highlight film” Dominique Wilkins. Sin embargo, los Sant Louis Hawks (1956-1971) obtuvieron un título (1958) y jugaron otras tres finales de la NBA (1957, 1960 y 1961) con Bob Pettit (2 MVP de la temporada) como máximo representante.

Los cinco equipos con mejor porcentaje de tiro durante una temporada coinciden con los Lakers de los 80 (1985 con un 54,5%, 1984, 1980, 1983 y 1986). Esto se puede interpretar de muchas maneras. En cualquier caso, seguro que el juego alegre de contraataque y los casi infalibles “sky hooks” de Kareem Abdul Jabbar contribuyeron a estas cifras.
Wilt Chamberlain nunca fue expulsado por faltas durante su carrera pese a promediar 46 minutos por partido y aun disputando todos los minutos posibles en la temporada de 1962. Wilt siempre persiguió este record por lo que dejaba de defender los tiros cuando le pitaban la cuarta falta. Alguno de sus contemporáneos están seguros de que Chamberlain hubiera ganado más anillos si no hubiera perseguido este objetivo.

Curiosamente, Phil Jackson y Red Auerbach sólo han ganado una vez el galardón de “entrenador del año” pese a ser los más laureados. Por ejemplo Pat Riley y Don Nelson (0 anillos como entrenador) han ganado 3.

Durante la década de los 70 tres equipos ganaron el título sin haber ganado 50 partidos durante la temporada regular: Golden State (1975), Portland (1977) y Washington (1978). En los siguientes 32 años sólo un equipo lo consigió: Los Rockets de 1995. Los Celtics de este año han estado a punto de ganar con sólo 50 victorias.

El único jugador en promediar un triple doble en una temporada fue Oscar Robertson jugando en los Cincinnati Royals (30,8 puntos, 12,5 rebotes y 11,4 asistencias).

Hablando de triples dobles Chamberlain patentó el doble triple doble al conseguir al menos 20 en tres categorías. El 2 de febrero de 1968 consiguió 22 puntos, 25 rebotes y 21 asistencias (hay que tener en cuenta que en aquella época no se contabilizaban los tapones). De hecho desde 1967 su inabordable ego le llevó a perseguir ser el máximo asistente de la liga y dejó de tirar en buenas posiciones. Sin duda, todo un personaje. 

Espero haberos sorprendido con alguno de estos datos. Aun así me gustaría que participarais comentando otra serie de cifras relacionadas con el baloncesto que os hayan llamado la atención. 




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La Anecdoteca (I)


Tengo el placer de presentaros la primera serie de una recopilación de anécdotas ambientadas en el baloncesto que espero despierte vuestras sonrisas.

Poco después de un viaje a Grecia un periodista le pregunta a Shaquille O´Neal“¿Viste el Partenón?” a lo que el bueno de Shaq responde “¿cómo pretendes que recuerde todas las discotecas que visité?”
Charles Barkley, el jugador de menos estatura de la liga capaz de liderar la clasificación de rebotes siempre se mofaba del sobrepeso de su compañero en Phoenix Suns Oliver Miller (uno de los jugadores favoritos de Montes) diciendo “cómo es posible que juegues al baloncesto si eres incapaz de llegar al aro salvo que pongan en él una hamburguesa gigante”.

Las dos primeras palabras que el rumano de más de 2,30 de estatura Gheorghe Muresan aprendió al llegar a Estados Unidos fueron “shit” y “hello” y durante mucho tiempo creyó que la manera más educada de presentarse era decir “shit” (mierda).
Wilt Chamberlain siempre presumió de haberse acostado con más de 20.000 mujeres. Tras declarar que quería ordenar su vida amorosa Jay Leno declaró irónicamente “Wilt lo que quiere es encontrar las 200 ó 300 mujeres de su vida para sentar cabeza”.

Bill Russell trató de compartir su filosofía de vida con una chica que conoció en una fiesta. Le dijo: “Todos podemos conseguir en la vida aquello que queremos si mostramos un deseo inquebrantable y luchamos por ello”. La chica le contestó: “Pues yo quiero ser rica, pero vengo de una familia pobre y no tengo estudios”. El gran Bill lo tuvo claro: “Siempre puedes hacerte prostituta”.
Elgin Baylor, gran jugador de los Lakers en los 60 tenía, en virtud de su capitanía, que elegir entre pedir chaquetas doradas o púrpura y entonces organizó una votación entre sus compañeros. La mayoría eligió que fueran doradas, pero sin embargo las compró de color púrpura. Explicándole a Bill Russell cómo fue la situación Baylor confesó: “Les dije que votaríamos, no que tuviera en cuenta su decisión”.

En 1995, Vernon Maxwell solicitó unos días libres por problemas personales. Poco más tarde confesaría que su único problema es que es un mentiroso compulsivo. En realidad aquellos días los pasó tumbado en la playa y jugando al golf mientras los Rockets le costeaban la baja.

En su primer año en la liga Reggie Miller se hubo de enfrentar a los Celtics de Larry Bird. Con tres puntos abajo y tiros libres para “The Birdman”, Miller que desconocía lo buen tirador que era Larry empezó a hablar y toser para descentrar al “33” de los Celtics. Larry cogió el balón, se paró y miró al rookie diciéndole “chaval, debes de estar bromeando, estás ante el mejor tirador de la liga”. Por supuesto Larry metió los dos tiros libres y todavía hoy Reggie Miller se avergüenza de aquella situación en la que intentó desequilibrar a uno de los mejores jugadores de la liga y máximo exponente del “trash talking”.

Poco después de su retirada le preguntan a Barkley sobre su futuro. El gran jugador responde: “Soy justo lo que América necesita, otro negro más en el paro”.


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