Ha
pasado un año desde que les escribía desde el otro lado de una
ventana abierta en el centro de Valladolid. Ahora, al igual que hace
365 días, con el mercurio amenazando también con rebosar el
recipiente, en un modesto cuarto de una agonizante, aunque siempre
bella, Salamanca, me siento a cerrar el círculo que empecé a trazar
entonces, aunque el círculo, por su perfección existencial, no sea
la figura geométrica que mejor defina este año de baloncesto cuyas
memorias he de empezar a redactar.
Lo haré,
vaya de antemano, porque me lo exigen, porque es requisito
indispensable y conditio sine qua non para aprobar el curso de
entrenador y obtener otro título con el que llenar mi carpeta,
inflar mi currículum, aliviar mi conciencia y, a pesar de ello,
seguir siendo igual de ignorante. Y es que en este país, también en
otros, hace unos cuantos años, se puso de moda el crear comisiones
para no resolver nada y el acompañar con unas memorias el empeño o
la desidia, allá cada cual, de un año de trabajo, estudio o jarana.
Todo ello siendo consciente, además, de que éstas, aunque fueran
redactadas por Gabriel García Márquez o, incluso, si me apuran,
aunque incluyeran fotografías del descruce de piernas de Sharon
Stone en Instinto Básico, terminarán en la basura sin dar pie,
siquiera, a una sucinta reflexión.
Por
eso, mientras decido con cuál de las catorce acepciones de la
palabra memoria me quedo, y muy a su pesar, amigos lectores, voy a
iniciar aquí, precisamente aquí, la reflexión. Lo haré echando
mano de los títulos de algunas de mis obras, de literatura o cine,
preferidas. Así, de paso, me conocen un poco mejor. Porque para los
que hemos viajado, sentido y follado mucho menos de lo que nos
hubiera gustado, la vida es también lo que pasa entre que abrimos y
cerramos la primera y la última página de un libro o en las dos o
tres horas que dura alguna de esas películas cuyo trasfondo e
imágenes pasan a acompañarnos para siempre.
Cien
años de soledad. Rodeado de los jugadores en un tiempo muerto,
en el centro de un pabellón vacío durante una sesión semanal o en
el autobús de regreso a casa. A pesar de los ánimos que nunca
faltaron y el apoyo, silencioso, de aquéllos a los que les cuesta
expresarse con palabras. Da igual. Si de algo me he dado cuenta
durante esta temporada es de la soledad que acompaña al entrenador.
La soledad y todas sus fieles compañeras.
Ensayo
sobre la ceguera. Después de este año entiendo mejor a las
mujeres de los toreros, a los maridos de las modelos y a todas
aquellas madres que aseveran, con voz firme, que su hijo nunca ha
bebido. De todo cuanto sucede en el interior de un vestuario, en los
entresijos de una plantilla, el entrenador, más aún si carece de
equipo técnico, conoce, siendo generosos, una décima parte. Este
año, lo reconozco, cuando atisbé el humo de un incendio, ya ardían
las llamas del siguiente. Reaccioné tarde. Y créanme cuando les
digo que en el baloncesto, o en la dirección de cualquier grupo
humano, no siempre es aplicable aquello del “más vale tarde que
nunca” y sí, más bien, aquel otro aforismo que dice “el que da
primero da dos veces”.
¿Por
quién doblan las campanas? “La muerte de cualquier hombre
me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente
nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti”.
De esta prosa poética y devastadora de John Donne extrajo Hemingway
el título para su novela. Y en el afán porque no sonaran las
campanas, por no dejar cadáveres en el camino, me equivoqué yo.
Será por mi moral kantiana, aquélla que me impediría matar a un
hombre para salvar a cien (o a mil) porque está mal en sí mismo, o
por mi imbecilidad supina, no lo sé, pero lo cierto es que,
intentando salvar las almas de todos los hombres herí de muerte al
grupo. Por no castigar debidamente la indolencia y la falta de
compromiso expedí invitaciones para una barra libre sumamente
perniciosa. Apelé al deber individual pensando que el grado de
conciencia de un adolescente podía equipararse al de un adulto
responsable (que en algunos casos sí) y me di de bruces con una
realidad que, mejor o peor, es la que es. Y era mi deber conocerla.
Midnight
in Paris. A pesar de todos los problemas mencionados y más allá
de que esta temporada con el equipo Junior Autonómico del C.B. Santa
Marta no haya sido, en absoluto, fácil, me llevo una maleta generosa
en experiencias y vivencias, una buena suma de conflictos de
resolución mejorable de los que espero haber tomado nota, y, sobre
todo, doce personas de las que, ya fuera de la cancha, conservaré
durante toda mi vida un recuerdo imborrable. Ellos pagaron mis
errores de principiante, pero quizá, algún día, sobre las
tambaleantes estructuras que este año construimos, se erija un
edificio que, enhiesto, esté preparado para superar cualquier clase de
contingencia. Por eso, porque de los momentos malos siempre se
aprende y porque también, no lo olvidemos, hubo pasajes alegres,
terminaré recordando esta temporada con el cariño que desde ya me
impone la nostalgia.
UN
ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS