Héroes
de un tiempo huérfano de Jordan. Jugadores con un estilo propio,
casi inimitable. Las retiradas de Allen Iverson y Tracy McGrady
marcan el inicio del epílogo de una generación que llegó a la liga
a finales de los noventa y que se mantiene en pie gracias a la
durabilidad de hombres como Tim Duncan, Kevin Garnett, Ray Allen,
Dirk Nowitzki, Kobe Bryant o Paul Pierce. Ellos, al contrario que
éstos, entendieron la idiosincrasia del oficio, trabajaron a destajo
y vieron realimentada su pasión con uno, dos, cuatro o hasta cinco
anillos.
No
quisiera participar, en cambio, en la comparación que muchos medios
han querido llevar a cabo entre el uno y el otro. Nada tienen que ver
entre sí las historias, las carreras y, sobre todo, los estilos
baloncestísticos de Allen Iverson y Tracy McGrady, aunque ambos nos
levantaran del asiento con su particular talento. Por eso os invito a
conocer sus historias, ésas a las que he dedicado unas pocas líneas
que aparecen publicadas en www.jordanypippen.com
Patrimonio
de la humanidad. Así habría que calificar la exuberante carrera de
un ser tan excepcional como lo fueron sus números. Y es que Wilton
Norman Chamberlain, autor de cien puntos en un partido, amante de más de veinte
mil mujeres e icono involuntario de toda la generación de
homosexuales que salió a la luz al amparo de los movimientos en pro
de la defensa de los derechos civiles, es también un emblema de ese
período clásico del baloncesto norteamericano que los estudiosos
sitúan en la década de los sesenta.
Aunque
Philadelphia fue su cuna él siempre presumió de ser de sí mismo y
de con ello ya tener bastante. Sin banderas ni patrias que defender,
pululando libre por un mundo que asistía incrédulo a la puesta en
acción de sus facultades físicas, empezó a despuntar en el
instituto Overbrook de su ciudad natal. Desde allí, tras
desentenderse de los cantos de sirena procedentes de los Celtics que
le invitaban sibilinamente a formar parte de una universidad de Nueva
Inglaterra para luego ejercer los derechos de proximidad, recaló en
la Universidad de Kansas a la que condujo en su primer año a la
final estatal en una cita, la primera con la gloria, que le enseñó
el que iba a ser su desgraciado destino: Perder. Y no de cualquier
manera. Tras tres prórrogas y siendo nombrado jugador más
impactante del torneo.
La
realidad es que Wilt Chamberlain venció en muchas más ocasiones de
en las que fue derrotado. Lideró durante catorce años a franquicias
(Philadelphia/San Francisco Warriors, Philadelphia Seventysixers, Los Ángeles
Lakers) con récords positivos a través de números tan asombrosos
por su grandeza como achacables a una época distinta, a un período
jugado por hombres normales, criaturas en su mayoría blancas de
brazos y piernas mundanas que poco o nada podían hacer ante
superhombres del talante y el talento de Wilt Chamberlain o de su
homólogo contemporáneo Bill Russell. A ambos les ayudó compartir
cancha con chavales que fallaban tiros uno detrás de otro
multiplicando exponencialmente las opciones de rebote, con jugadores
que lanzaban desde la cintura y que se desplazaban a velocidad de
crucero.
De las
aptitudes atléticas de Wilt poco más se puede añadir. Era más
alto, más fuerte y estaba mejor coordinado que cualquiera de sus
rivales. Por una mezcla de indefensión y acomplejamiento a los
estamentos de la liga sólo les quedó tirar de ley, acotar su
imperio a través de variaciones en el reglamento que le impidieron
habitar en la zona o desviar los tiros en trayectoria descendente así
como tocar todo balón que sobrevolara la prolongación vertical del
aro. A pesar de ello sus rivales tuvieron que convertir la finta, un
recurso, en una filosofía de vida. Para el recuerdo los dos tapones consecutivos que,
ya en el ocaso de su carrera, le colocó a Kareem a dos de sus
ganchos venidos del cielo, a dos de esos tiros llamados “intaponables”,
llamados “imposible de defender”.
Saben
a poco los dos anillos con que puso fin a su carrera. Sorprende que
de ocho ocasiones en que se viera las caras con Russell sólo
resultara vencedor en una. Bueno, en realidad Chamberlain cogía más
rebotes, anotaba más puntos, taponaba más balones,... Pero el 6 de
los Celtics metía el tiro libre decisivo (cosa que Wilt con su 51% no pudo nunca conseguir), palmeaba pelotas para que las
cogieran sus compañeros o convertía un tapón en un outlet pass
para sacar con celeridad el contraataque. Russell conocía el secreto
del juego tan bien como Wilt lo menospreció a costa de alimentar su
ego. Muchos especialistas coinciden a la hora de apuntar que sus
mejores temporadas fueron las últimas, en los Lakers, jugando para
ganar y no para sí mismo.
Para
sí y para nadie más, aunque la historia terminara por adoptar
aquella noche de récord, fueron los cien puntos del 2 de marzo de
1962. Los 100 puntos que el acta acredita y que necesitaron de 63
tiros de campo y de 32 tiros libres para materializarse. Aquella
noche Chamberlain acreditó él solo la estadística de un equipo
completo. En unas declaraciones posteriores al final de su carrera
comentaba lo siguiente: “No sé cómo pude utilizar tantos tiros en
aquel partido. Hoy me doy cuenta de que fue un error, un error que
encuentra su razón de ser en todos los entrenadores que a lo largo
de mi carrera me insistieron para que tirara una vez tras otra.
Algunas veces aquellos tiros fueron buenos, pero en otras ocasiones
no fueron más que un error”.
Pero
si el paso del tiempo le dotó de una nueva perspectiva, el final de
su carrera baloncestística fue sólo el comienzo de sus exhibiciones
en otros deportes y en otras materias. La negativa de los Lakers a
que formara parte del equipo de la ABA, San Diego Conquistadors,
provocó una reacción en cadena que condujo a Wilt a hacer sus
pinitos en la liga de volleyball, en el tenis, corriendo maratones o
incluso jugando al polo. Es más, durante meses llegó a entrenarse
con la convicción de que Muhammad Ali aceptaría una pelea contra él
con el título en juego. El que sí aceptaría el reto sería Arnold Schwarzenegger en Conan El Destructor.
A
pesar de estas exhibiciones no fue el jugador más querido por los
fans pues como él mismo decía “nadie apoya a Goliath”. Aun así,
se labró el respeto de quienes compartieron cancha con él. Kareem
dijo de él que “el juego no volvería a ver a nadie como él”.
Russell, por su parte, reconoció que Wilt y él iban a ser amigos
para toda la eternidad. Oscar Robertson no lo dudó ni un segundo
cuando le preguntaron si Chamberlain había sido el más grande: “Los
libros no mienten”, dijo.
A su
obsesión por los récords y a su pasión por las mujeres habría que
añadir su afición por la lectura y su dedicación a la escritura.
Si tuviera la ocasión de encontrarme con él en esta vida o en la
otra me gustaría preguntarle cómo pudo hacer tantas cosas en tan
poco tiempo, cómo pudo dominar el juego, amar a tantas señoras y
ser tan culto en una vida cuyo epílogo llegó a los 63 años de edad
a causa de un fallo cardíaco. Vivió deprisa y murió joven. Lo hizo
sin ser de nadie y de ningún lugar. Siendo de sí mismo. Y en su
caso, creo que estaréis de acuerdo, fue más que suficiente.
En
Philadelphia, la ciudad del amor fraterno, el deporte se vive con
mucha intensidad. Con los Flyers (hockey hielo) eliminados, los
Phillies (beísbol) últimos de su división y los Eagles a la
búsqueda de una identidad propia más allá de los milagros que
pueda hacer Michael Vick, todos los esfuerzos se vuelcan ahora en lo
que puedan lograr los de Doug Collins en el séptimo partido de la
Semifinal de Conferencia contra los Celtics. Y si no me creéis
comprobadlo vosotros mismos visitando esta página.
Desde
que en 2001, de la mano de Larry Brown y con Allen Iverson como
estandarte, llegaran a la final de la NBA han pasado once años. Once
años instalados en la mediocridad marcados por la inestabilidad en
el banquillo y por la ausencia de jugadores franquicia. Sólo un
hombre ha permanecido fiel en todos este tiempo. Su nombre es Andre
Iguodala y, aunque no se trate de una estrella, pocos jugadores
pueden presumir de una mayor honradez profesional. Iguodala es el
pegamento que mantiene unida a una plantilla muy joven sustentada
sobre el talento de los Holiday, Williams o Turner. Elton Brand,
antiguo número 1 del draft hace las veces de veterano e inculca, a
través del ejemplo, profesionalidad dentro del vestuario. Doug
Collins, acusado durante su época en los primeros Bulls de Jordan de
excesivamente táctico, ejerce ahora de maestro de escuela
insistiendo en aspectos como la dureza mental o la agresividad
defensiva.
Ahora
los jóvenes Sixers tienen a los veteranos Celtics contra las
cuerdas. La lesión de Avery Bradley ha venido a aumentar la
porosidad de la defensa verde, una retaguardia que con Ray Allen de
vuelta a la titularidad, sufre en sus carnes el poderoso juego uno
contra uno de los de Philadelphia. Por otro lado, jugadores como
Allen o Hawes, gracias a su acierto desde los cinco metros, están
consiguiendo sacar a Garnett de la zona impidiéndole desarrollar su
fantástica defensa de ayudas.
Un
hipotético buen arranque haría que el factor cancha se volviese en
contra de unos jugadores de los Celtics que saben que están
disputando sus últimos minutos juntos. Si el marcador se pone a
favor de los visitantes no se sorprendan si Pierce, Rondo o Garnett
empiezan a asumir el papel de superhéroes y que Doc Rivers se sienta
incapaz de dominar esos egos revividos. Sólo una cosa podría salvar
entonces a los de Boston. La mística de un parqué que aunque
trasladado de lugar aún conserva las huellas, el sudor y la sangre
de los muchos hombres que a lo largo de la historia de la franquicia
del trébol se enfundaron la chamarra verde para conducirla a 17
anillos y a otras tantas noches inolvidables.
De
mística, de héroes y leyendas, tiraron también los Sixers al
comienzo del sexto partido. En el videomarcador recordaron la
victoria de 1982 ante los Celtics de Larry y el propio Allen Iverson,
arruinado no sabemos cómo, se dirigió a la grada para demandarles
un apoyo incondicional. Y funcionó. Pero en esa batalla de mitos, en
esa partida de ajedrez, Boston juega con blancas. En la grada del
Garden estarán Bob Cousy, John Havlicek, Tom Heinshon (comentarista
para la televisión), Danny Ainge (General Manager) y Bill Russell
(11 anillos, 9 de ellos consecutivos). Puede que también Kevin
McHale o Robert Parish. Quizá Dave Cowens. Seguro Red allá en el
cielo puro en mano. También Larry, en su rancho de French Lick
sentado frente al televisor. Célticos exitosos, célticos de pura cepa que
en un duelo de históricos ganarían, estoy convencido, a los Erving,
Barkley, Moses Malone, Allen Iverson o Wilt Chamberlain. No porque
uno a uno los Celtics tuvieran mejores jugadores. Sí porque, a
diferencia de éstos de los Sixers, la mayoría de los mitos
vivientes de los de Boston no conocieron más color que el verde. El
verde y el blanco de la franquicia más exitosa de la historia del
baloncesto.
Déjenme
hacer una doble apuesta. Si el partido se juega en transición, de un
modo físico y a pecho descubierto gana Philadelphia. Si, por el
contrario, el encuentro se convierte en una batalla de orgullo y
tradición, de amor al baloncesto, entonces, queridos amigos, ganan
los Celtics. Los de ahora y los de antes. Los de siempre. Que así
sea.
Esta
temporada de lockout está siendo un alegato a aquella vieja máxima
del “sálvese quien pueda”. Las lesiones están marcando el
devenir de los equipos y en todas las plantillas hay más de un
jugador con algo roto o a punto de romperse.
Sin
duda, el precio más alto lo han pagado los Chicago Bulls. El mejor
equipo de la temporada regular había movido bien sus piezas para que
éstas llegaran a punto para el playoff. Sin embargo, paradojas de la
vida, tras meses de criogenización, de estancia en barrica de roble
canadiense, en el minuto 48 de un partido decantado, Derrick Rose se
rompió el ligamento interno de su rodilla izquierda acabando, de
súbito, con las opciones de anillo de una franquicia que, después
de los dorados noventa, ha comprendido el cúmulo de circunstancias
que han de darse para ganar un campeonato (ni qué decir tiene para
ganar seis en ocho años). Ahora, cuando todos se acuerdan de Rose y
Noah, yo prefiero hacerlo de Thibodeau.
Cuando
he conocido la noticia de la victoria de los Sixers sobre los Bulls
me he imaginado lo duro que va a ser para el bueno de Thibs
enfrentarse a su escritorio lleno de apuntes, DVD´s, tuppers vacíos
y restos de frutos secos, lo complicado que le resultará
conciliar el sueño después de varias jornadas sin escuchar el eco
de las zapatillas resbalando sobre el parqué. Ahora, en vez de
preparar los ajustes para frenar a sus antiguos pupilos Pierce,
Garnett o Rondo, se las tendrá que ver con una guía de viajes y una
maleta vacía, con unas vacaciones de cuatro meses y medio que para
cualquier mortal serían un lujo y que para Tom representan el mismo
infierno. Sólo queda esperar que los días vayan cayendo para que
las cruces rojas en el calendario acerquen al presente ese 1 de
octubre en el que está prevista la vuelta al trabajo. No os extrañe
verle en la tercera fila de alguno de los pabellones en los que la
bola aún sigue en juego tomando nota de todo, olvidándose de esa enfermedad llamada tiempo libre.
No
volverán a encenderse, tampoco, las luces del Philips Arena de
Atlanta. No porque no merecieran los Hawks que hubiera un séptimo
partido. Con la vuelta de Horford y la recuperación de Josh Smith el
Frontcourt de los de Larry Drew castigó uno de los puntos débiles
de los de Boston, el rebote defensivo. Sin embargo, con 76-79 arriba,
a los chicos de Atlanta el aro se les empezó a hacer muy pequeño.
La situación demandaba líderes y los Johnson, Smith o Teague
prefirieron mantenerse en la trinchera. Horford tuvo dos tiros libres
para empatar y falló el primero.
No
tuvo este Celtics-Hawks la mística de los duelos que libraron estas
mismas franquicias en los años ochenta. Pero tuvo todo lo demás. De
hecho, antes de que el balón fuera lanzado al aire del TD Banknorth
Garden en la pasada madrugada, uno de los dueños del equipo de
Atlanta había calificado a Kevin Garnett como el jugador más sucio
de todo el campeonato. La respuesta del “5” de los Celtics, 28
puntos, 14 rebotes, 5 tapones y un dominio del juego que nadie se
podría esperar de un jugador que llegó a la liga en 1995. Los
números no lo dicen todo, pero sirva como dato la diferencia en la
eficiencia ofensiva de los Hawks cuando se enfrentaron a una defensa
con Kevin Garnett en el centro: 107,8 sin KG, 83,9 con él. Eso
atrás. Adelante, una canasta ganadora, la que ponía por delante a
los Celtics 81-80, muestra inequívoca del carácter ganador de un
jugador enamorado de la historia y tradición de la camiseta que
tiene el honor de defender.
La
diferencia que marca Garnett con sus compañeros más jóvenes se
llama ética. Ética de trabajo. Madrugar en verano para trabajar
hasta que acabe la primavera. No son meras exhibiciones sus carreras
por las playas de Pasadena. KG sabe muy bien que el amor es una
cuestión de dar y recibir y por eso lo da todo preparándose
mientras otros se dejan la piel en la tumbona. Ahora los Celtics se
cruzan con Philadelphia en otra eliminatoria con sabor añejo. La
lucha por el nordeste del país comienza el próximo sábado. El
premio, una Final de Conferencia.
Muy
lejos de esa vieja cuna de la democracia moderna que es el corredor
Boston-Philadelphia están las remotas Montañas Rocosas. Allá, a
más de mil quinientos metros de altitud, los Lakers padecieron el
mal de altura empezando un partido que podía haber sido decisivo con
un 13-0 en contra. La exhibición ofensiva de Kobe no fue suficiente
para esconder las muchas carencias de los angelinos. Gasol,
ninguneado por los propietarios y obviado en todos los sistemas de su
entrenador (¿Messina no tiene nada que decir al respecto?), parece
estar pensando en Londres. Mike Brown, por su parte, mira al
banquillo y rápidamente deja de hacerlo. No hay nada en esos chicos
sentados que pueda mejorar lo que le aporta un quinteto demasiado
monopolizado por lo que pueda hacer o dejar de hacer Kobe Bryant. Que
la dupla Bynum-Gasol intente dos tiros menos que el escolta de
Philadelphia es como intentar dividir un número cualquiera por cero,
un desastre matemático que tiende al infinito. Y no es precisamente
infinito el tiempo que tienen los Lakers para reagruparse. El sábado
se juegan la temporada. Ganarán, lo han hecho muchas veces en estas
situaciones. No convencerán. Tampoco pretenden hacerlo.
Una
noche de gran baloncesto. Inicio de vacaciones para unos,
continuación del sueño para otros. Así son los playoffs de la NBA.
Así será, también, en versión comprimida, la Final Four de
Estambul. Suerte para el Regal Barcelona. Atentos a Navarro. Stay
tuned!
Juan José Nieto Lobato. Licenciado en Geografía, master de profesorado de secundaria y bachillerato, máster en Creación Literaria por la Universidad de Salamanca y Doctor en didáctica de la escritura creativa también en esta universidad. Autor de dos libros de relatos, Hasta que la noche nos alcance y Madrid, Nueva York, Logroño, y autor también de Individual o Zona, selección de artículos e historias sobre baloncesto. Entrenador superior de baloncesto (CES 2014), con experiencia como ayudante en Primera FEB y como entrenador principal en Tercera FEB. Te invito a conocer más en mi página web personal: http://jjnieto.com