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Y "mañana" llegó (Brooklyn Nets)

 




Esta entrada va dirigida a todos aquellos entrenadores que no creyeron en aquello de sembrar para mañana, de plantar árboles que no verán crecer. Que planificaron la temporada pensando en el campeonato que, por casualidad, disputarían sus equipos; la semana, en el partido que estaba por llegar. Esta entrada va dirigida a mí, entrenador corto de miras por excelencia, práctico y concreto por falta de talento y de visión.

 

Esta entrada no es necesariamente una crítica, es muy probable que nunca hayamos entrenado al próximo Kevin Durant, pero sí es una advertencia, porque tal vez sí y ahora nunca lo sepamos. El mañana que no veíamos aquella tarde fría de jueves ha llegado. Se llama Brooklyn Nets.

 

La falta de perspectiva de muchos frente a la visión de unos pocos

 

El gordo estiró, el largo musculó y el pequeño jugón sigue siendo el pequeño jugón. El talento hay que entrenarlo, adquiera la forma que adquiera en una edad temprana. El talento puede venir en envoltorios de distinta belleza, pero es el contenido lo que cuenta. El talento hay que educarlo y motivarlo para que no caiga en la pereza, para que no busque nuevos estímulos fuera de la cancha. Desde aquí, como espectador maravillado de lo que están haciendo los Nets en estos Playoffs… Gracias.

 




Gracias, sí, a todos los entrenadores de formación que invirtieron horas junto a Kevin Durant, Kyrie Irving y James Harden, entre otros. Principalmente por no haber sido fronteras insuperables en un desarrollo que seguramente se hubiera producido de igual manera, al margen de sus propuestas, aunque no de igual modo. Gracias también a los que se abstuvieron de dar su opinión, a los que los tuvieron al lado, siendo pequeños, y no supieron, o no pudieron, convencerlos e introducirlos en su visión mediocre de la vida y el baloncesto.

 

Todos hacen de todo… Porque todos hacen de todo

 

Gracias también a Steve Nash. Por crear el ambiente necesario para que estos jugadores se desarrollen. Por basarse en la distribución de espacios, en la organización de la salida de contraataque y en los roles de rebote y balance, en aspectos básicos del juego que no van mucho más allá de la planificación de un buen equipo infantil, que es, por otra parte, en lo que se convierte, de nuevo, el baloncesto, cuando completa el círculo y se libra de los lastres de que se sirve cuando el pequeño pájaro aún no sabe volar, o cuando nosotros, cigüeñas extremadamente protectoras, pensamos que no sabe. 




 

Para que todos hagan de todo hay que pasar por largos períodos de sequía, por largas sesiones aburridas, también para los entrenadores. Hay que pasar por una ingente suma de repeticiones y un no menos ingente número de tareas que concentran la atención y la demanda atencional para fortalecer la adquisición y mecanización de gestos que luego se aplicarán de un modo más global e incierto en el juego.

 

Y por eso, y no me contradigo (aunque no me importaría hacerlo) hay que jugar, y jugar a juegos que compartan las bases fundacionales del baloncesto, no necesariamente a baloncesto. Y fomentar el multideporte, y celebrar que los niños de nuestra escuela vayan también a la de fútbol y se formen en el uso de espacios reducidos, en la percepción disociada, en ejecuciones complejas que suponen verdaderos desafíos motrices y cognitivos en sentido amplio.

 

Y sin embargo se mueve. El balón, digo. Pese a los pronósticos.

 

Para jugar como juegan los Nets hay que ser muy buenos atletas, hay que tener talento, este tiene que haber sido educado global y analíticamente y, además, debes contar con jugadores que dominen los tres fundamentos básicos del baloncesto, pero fundamentalmente dos: el tiro y el pase (y jugar sin balón).

 

El balón de los Nets se mueve tan rápido porque todos los jugadores son una triple amenaza potencial antes de recibir el balón, tal y como demuestran cuando, efectivamente, lo reciben. Los espacios se maximizan, la presión sobre la defensa se vuelve insoportable y, en este contexto, todos ellos son capaces de reconocer las ventajas antes de que existan, de anticipar las reacciones de la defensa antes de que se den y de intuir dónde se moverán los compañeros.

 

En el baloncesto moderno, a la velocidad que se juega, no hay nada que leer. No hay que pensar, contra lo que normalmente se dice. Hay que intuir e inventar colectivamente. Hay que probar y saber vivir con el fallo, es más, hay que saber suplirlo con un esfuerzo extra de rebote o balance que será el que terminará de unir a una plantilla que, a estas alturas, solo puede perder la NBA si median lesiones.

 

No hay ritmo de entrenamiento sin recursos y un nivel de desempeño alto


Como os decía, esta entrada va dirigida a entrenadores como yo, también a los obsesionados con el ritmo de entrenamiento, antesala, por supuesto, del ritmo de juego que he venido alabando en esta entrada y que es consecuencia, no solo del esfuerzo, la intensidad y la preparación física, sino también de mentes y cuerpos bien educados, con paciencia, en el espacio reducido, la práctica deliberada y la repetición consciente. Que puedan ejecutar acciones con notable éxito de forma continuada. 





Que no se nos olvide, por si el mañana nos vuelve a sorprender entrenando para el próximo sábado.  


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Lección 1. Anclajes contra la presión





Empezaron los playoffs y casi no me doy ni cuenta. Las fechas antes señaladas ahora pasan desapercibidas entre asuntos de una u otra prioridad. El deporte televisado, que bien da de comer a quienes lo protagonizan, no hace más que menguar capitales, tiempo y relaciones de pareja entre quienes lo disfrutamos en la sombra. Ni siquiera twitter ha convertido en social una actividad tan onanística como ver NBA. Porque el fútbol, por los horarios en que se emite y por las pasiones compartidas a las que da lugar (con cada vez mayor seguimiento femenino), sí puede presumir de una componente social más o menos exacerbada. Pero créanme, es difícil reunir a la pandilla de amigos o convencer a tu pareja para ver un partido a altas horas de la madrugada. Aunque sea de playoffs.

Toda una pérdida. Hay pocas escuelas de vida que muestren de manera tan clara y cruda la naturaleza humana como lo hace un partido de playoffs. Anoche mismo se comprobó, aunque haya tenido que esperar a hoy para conocerlo. Los Hawks dieron la campanada ante unos Pacers que, o se miran al espejo y se aplican crema correctora, o languidecerán a lo largo de esta primavera hasta caer tarde o temprano dejando vacante una plaza en la final que por plantilla y justicia habrían merecido. Creo que ha llegado el momento de que Larry Bird se dirija al vestuario de sus Pacers, construidos con buen gusto y afinado criterio, para compartir con ellos alguno de los secretos que convierten a los buenos equipos en equipos campeones.

Perdieron también los Clippers, con una discutible gestión desde el banquillo y con dos fallos decisivos en los tiros libres de Chris Paul. Al pequeño base jugón se le apagó la luz en el momento culminante. Lo mismo le sucedió a Curry, pero éste contó con mayor colaboración por parte de los compañeros. Destacaron Draymond Green y Harrison Barnes. El primero, por hacer lo que lleva haciendo desde que nació: ser un profesional. El segundo, por hacer lo que muchos pensamos que puede llegar a hacer y aún no ha hecho: anotar bajo presión y ser un referente dentro de la liga.

Vencieron los Thunder a unos Grizzlies que juegan a ritmo de “Último Cuplé”, o si no al ritmo, sí, al menos, al mismo baloncesto que se practicaba cuando Sara Montiel era joven. Los Thunder no me convencen, son previsibles y están cogidos con alfileres. No tienen los tiradores para facilitarle la vida a Durant cuando los equipos rivales decidan doblarle la defensa. No tienen el talento interior suficiente como para alcanzar un sano equilibrio que libere a Westbrook y al ya mencionado Durant.

Dejo para el final lo del principio, es decir, lo que sucedió en el primer partido de la postemporada. Perdió Toronto dejando clara su bisoñez al compás de los acordes tristes del Oh Canadá. La hoja de arce lució marchita y se postró bajo los pies de uno de los tipos que más me han hecho disfrutar viendo baloncesto. Sigue llevando el “34” a la espalda, aunque ahora viste de negro como señal de luto hacia sus rivales. Respeto, eso sí, sólo para vestir. La boca le pierde, pero no miente. Dice lo que piensa y dice, como bien reza su apodo, “la verdad”. “Me trajeron aquí para esto” decía tras aniquilar a los Raptors con una serie de cuatro tiros sin fallo en las postrimerías del encuentro. Quizá un alarde excesivo. Quizá, tal vez, sólo un anclaje necesario para soportar esa presión que a tantos dejó por el camino.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

MVP





Qué fantástico duelo el vivido anoche entre Miami Heat y Oklahoma City Thunder, dos de los mejores equipos de la competición que tienen, además, la bendición de contar en sus filas con dos jugadores superlativos con evidentes dotes de liderazgo. Ganaron los Thunder y, en lo personal, por eso mismo, ganó Kevin Durant. El “35” de los Thunder supo encontrar dentro de su enorme catálogo de recursos los necesarios para anotar 33 puntos frente al mejor defensor uno contra uno en posiciones exteriores, Lebron James. El de los Heat se encontró muy solo, desasistido por un Wade que trata de recuperar la forma y por unos secundarios, entre ellos Ray Allen, Shane Battier o Mario Chalmers, que se mostraron poco acertados. Al chico normal de Ohio, como se autoproclamó durante la entrega de su segundo Larry O´Brien en la primavera pasada, se le notó especialmente motivado en la defensa y más centrado de lo habitual en tareas anotadoras (34 puntos en 20 tiros).



Pero enfrente se encontró no sólo con Kevin Durant, sino con una escuadra que está aprovechando la baja de Westbrook para promocionar a sus jóvenes y desarrollar una química que huele a anillo. Tras un arranque decepcionante de partido en el que Ibaka adoptó un protagonismo exagerado, los de Scott Brooks lograron encontrar el equilibrio. Desestimada la presencia de Perkins por incompatible con el quinteto de Miami (Bosh se lo hizo saber enseguida) y hasta con el buen gusto baloncestístico, el “small ball” les dio fantásticos resultados. A destacar, por supuesto, la labor defensiva de Perry Jones y Nick Collison, el talento ofensivo de Jeremy Lamb y la astucia y veteranía de un Derek Fisher que supo darle al partido lo que éste necesitaba.



Pero además de la consagración de Kevin Durant como induscutible MVP de lo que llevamos de temporada, aprovecharé la ocasión para rescatar, a modo de titular, lo que esta temporada de NBA nos está deparando. 





No sin estrellas. Los Pacers ostentan el mejor récord de la liga gracias a una plantilla plagada de muy buenos jugadores y a una inmaculada gestión en lo que se refiere a la aceptación de roles, el reparto de responsabilidades y la mentalidad defensiva. Pero si precisamente esta mentalidad es “conditio sine qua non” para aspirar a un título, la historia nos dice que es necesario contar con una gran estrella de la liga. Tal vez George reivindique en lo que queda de temporada y en playoffs dicha condición o tal vez nos encontremos, diez años después de que los Pistons de Larry Brown vapulearan a los Lakers, ante una nueva excepción.



Menos es más. Tres equipos, Phoenix Suns, Chicago Bulls y Atlanta Hawks, se han erigido en estandartes de esta filosofía que sienta sus bases en la maximización de los recursos y en la prohibición absoluta de la autocomplacencia. Ante pronósticos de partida negativos o ante lesiones graves y a priori definitivas a la hora de replantear objetivos estos equipos han decidido rebelarse y confiar en activos infravalorados por el mercado como Markieff Morris, Gerald Green, DJ Augustine, Charlie Scott, Shelvin Mack y tantos otros hombres que han demostrado ser útiles cuando están bien utilizados. Hornacek, Thibodeau y Budenholzer, los benditos culpables.



Vivir y morir del triple. Reconozco haber disfrutado como espectador de varios partidos disputados por Golden State Warriors o Houston Rockets. Su propuesta repleta de vértigo e improvisación nos remonta a tiempos pretéritos, a equipos ochenteros como los Nuggets de English, Vandeweghe y compañía o los Mavericks de Rolando Blackman, Mark Aguirre y Sam Perkins. Sin embargo, la falta de equilibrio y su fe ciega en el lanzamiento más allá de la línea de tres los descarta como candidatos y convierte a sus entrenadores, Mark Jackson y Kevin McHale en merecidas dianas de los críticos. 





Van de negro. El arranque de temporada de los Brooklyn Nets responde a la estructura argumental de toda gran obra narrativa. Después de un planteamiento esperanzador surgieron los conflictos y las dificultades y, justo ahora, en medio de un mes de enero muy favorable para la banda de Prokhorov parece iniciarse un proceso de recuperación basado en un juego libre por conceptos que se podría calificar con cualquier adjetivo menos “ortodoxo”. El small ball y una rotación cuanto menos compleja anuncian tiempos de bonanza para la franquicia del otro lado del río. Van de negro y no por casualidad. No son representantes de la troika, pero sí de una concepción del baloncesto que no entiende de colorido. ¿El final? Apuesto que decepcionante, pero con estos tíos no me sorprendería una incursión fructífera y duradera en los playoffs. 





Perder es ganar. Cuando llega enero y las opciones de entrar en playoff son quiméricas, más aún si se anuncia la llegada de jóvenes talentos procedentes de la universidad, cualquier marcador a favor es dinamita para un futuro proceso de reconstrucción. Lo saben muy bien en Milwaukee, Orlando, Sacramento y Philadelphia. Lo deben aprender, por su bien, los Celtics y los Lakers. A la vista de los últimos resultados bien podríamos definirles como alumnos aventajados. 





Distintos pero peligrosos. La adaptación a un nuevo técnico y las lesiones de jugadores importantes les ha impedido desarrollar su potencial. Hablo de Los Ángeles Clippers y de Memphis Grizzlies, dos opciones a tener en cuenta cuando llegue el mes de abril. El hermano pobre de LA tiene todo lo necesario para ganar un anillo, al menos sobre el diseño. Los de Tennessee, por su parte, cuentan con el mejor juego interior de la liga y con la defensa mejor preparada y concienciada. Rivers y Joerger representan concepciones diferentes de baloncesto. El primero lo entiende como una confrontación marcada por la emoción y el segundo como una ecuación algebraica. Si fuera el entrenador de algún aspirante en el Oeste intentaría librarme de las emociones fuertes y, por supuesto, también de las matemáticas.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Titulares inocentes (II)





Dos años después, la entrada “Titulares Inocentes” sigue siendo la más visitada de este humilde blog gracias, en gran medida, a la publicidad que dio de la misma el periodista deportivo de Canal Plus Antoni Daimiel. Tentando de nuevo a la suerte, aunque siendo consciente de lo difícil que será engañar de nuevo a tanta gente, he decidido probar con otra retahíla de titulares con los que los periódicos deportivos podrían abrir su tirada mañana por la mañana.



Pau Gasol fichará por el Real Madrid al finalizar la temporada. El ala pívot de Sant Boi, consciente de su penoso estado físico, ha decidido regresar a Europa para disfrutar de sus últimos años de baloncesto y ayudar al Barcelona a ganar más títulos. Sí, habéis leído bien. 





Milwaukee Bucks, nuevo equipo de la Liga de Desarrollo. Ante la desastrosa campaña del equipo de Wisconsin, sus propietarios han decidido que, en vez de enviar a todos sus jugadores a la Liga de Desarrollo, les saldrá más rentable participar en una competición con menos equipos y, por lo tanto, menos viajes.



Carmelo Anthony acusado de participar en una red de apuestas ilegales. Al parecer el alero portorriqueño habría amasado una fortuna billonaria apostando en contra de sus equipos. 



José Luis Sáez, presidente de la Federación Española de Baloncesto, anuncia que no concederá más entrevistas. El presidente, que ostenta el récord de apariciones consecutivas en fotografías de toda índole, afirma estar harto de restar protagonismo a quienes realmente lo merecen. 





Gigi Lamónica, árbitro internacional, seleccionado para el jurado de la nueva edición de Mira Quién Baila. Al parecer el colegiado italiano adoptará el papel de gracioso pues se rumorea que no tiene ni puta idea de pasos. De pasos de baile se sobreentiende. 





Juan Antonio Orenga elegido entrenador del año por parte de la Asociación Española de Entrenadores de Baloncesto. El gremio se rindió a la evidencia y eligió por unanimidad al seleccionador para este prestigioso galardón. Preguntados por el porqué de las críticas durante la celebración del Campeonato de Europa en Eslovenia, alguno de los asociados afirmó que eran para disimular el enorme cariño que le profesan a Juanan.



Xavi Pascual envió una propuesta a la FIBA para que los tiros de tres puntos valgan cuatro. De esta manera sus equipos pasarían de meter 60 puntos a anotar 80 y nadie se quejaría de lo rácano de su sistema.



Los Brooklyn Nets cambiarán de colores y vestirán de verde. El magnate ruso Mikhail Prokhorov está convencido de que sólo vistiendo de verde Paul Pierce y Kevin Garnett podrán rendir como jugadores profesionales y no como jubilados residentes en Florida. 



Isiah Thomas afirma tener la clave para invertir la tendencia de los Knicks. El antiguo base de la Universidad de Indiana y de los Detroit Pistons, afirma que en caso de regresar a la gerencia deportiva del equipo neoyorquino no dudaría en fichar a Stephon Marbury, Penny Hardaway y Allan Houston.



Allen Iverson convencido de que él sólo, acompañado por cuatro colegas cocainómanos del barrio, ganaría la NBA. La noticia corrió como la pólvora por los salones de juego de Atlantic City y llegó a los oídos de Michael Jordan quien afirmó: “No se lo cree ni él. Me bastaría con un cojo que sacara de fondo y de banda para ganar a ese equipo y a todos los demás” a lo que Barkley, que estaba a su lado, añadió: “Siempre que el entrenador sea Phil Jackson, claro”. En la esquina se podía ver a Tiger Woods hablando con una rubia. 





Se admiten más propuestas siempre que sean tan creíbles como éstas.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Tú te vas y yo me quedo






Hace casi diez años, en plena fase de no adolescencia (me pareció un coñazo quererme tanto, odiar a los padres y rechazar toda sombra de autoridad) y culminado mi ciclo en el fútbol sala con una victoria ante Babilafuente en mi Champions League particular (lo entenderán si les digo que perseguimos ese trofeo provincial durante seis años) decidí hacer público mi cambio al baloncesto comprándome una camiseta de la NBA, una liga que llevaba siguiendo de cerca poco más de un año y en la que estaban de moda tipos como Kobe Bryant, Tracy McGrady, Allen Iverson o Vince Carter, aunque, en realidad, los campeonatos los decidiesen Shaquille O´Neal y Tim Duncan.



Allí, en la vieja tienda de Pablo García situada en la calle Toro, sustituida ahora por una tienda en la que sólo veo entrar a señoras (incluyo como señoras a los señores que cargan con el bolso de sus señoras), aquellas camisetas de marca “Champion” buscaban dueño y me pareció, no sé por qué, que la que llevaba más tiempo esperando era una de color verde con el número 34 estampado en el dorso. No crean que fue mera intuición. Yo ya estaba enamorado del juego de Paul Pierce y de ese parqué más propio de una sala de baile en el que juegan los Celtics. Eran los años en los que el alero de Inglewood se asociaba con la otrora estrella de la Universidad de Kentucky, Antoine Walker (Soldado Universal) para resarcir a una afición que empezaba a olvidar los años de abundancia, aquellos maravillosos sesenta, setenta y ochenta en los que el Garden debió parecer, por momentos, un taller de anillos de oro.



No fue aquélla una apuesta a caballo ganador. Fue más bien un flechazo hacia las cualidades baloncestísticas de un jugador con múltiples talentos, pero incapaz de destacar en ninguna faceta. Tiraba bien, pero no mejor que Ray Allen o Allan Houston. Penetraba bien, pero no mejor que Allen Iverson o Vince Carter. Pasaba bien, pero no mejor que Jason Kidd o Steve Nash. Anotaba con facilidad, pero ni de lejos al nivel de Kobe Bryant o el mejor T-Mac. Eso sí, las once puñaladas que aún hoy adornan su espalda, le convierten en un tipo con suerte. Pudiendo haber protagonizado la tercera parte de las nefastas tragedias de Len Bias y Reggie Lewis, el que será para siempre capitán de los Celtics de principios de siglo, se aferró a la vida para intentar compararse con otros mitos de la ciudad de Boston. Y lo consiguió.



Y es que aunque un anillo sepa a poco, aunque las lesiones lastraran aquella ventana de tres años que luego quisieron mantener abierta dos y hasta tres años más, la ilusión volvió a inundar las aceras de Boston e ir al Garden volvió a convertirse en una rutina sagrada. A nivel internacional los Celtics recuperaron el hueco que ahora, de nuevo, abandonarán. En la NBA es difícil perpetuarse en la élite, pero quiero ser optimista pues, si en los cajones de las oficinas de alguna franquicia reside la fórmula de la victoria, ésa sólo puede ser la de la ciudad de Boston.



Por desgracia, en esa fórmula no entrabais ni tú, Paul, ni tu camarada Garnett. Al cinco le agradeceremos para siempre que nos rescatara de las catacumbas, que aportara una nueva actitud, que hablara por los cinco en defensa, que amara lo que nosotros, los célticos, también amamos. Su intensidad, su lucha y su ética de trabajo también merecieron más de un anillo.



Ahora, cerrada definitivamente la ventana, os vais para daros una última oportunidad a vosotros mismos. Lo haréis en una atmósfera completamente diferente, en un equipo que aún busca labrarse un sitio en el corazón de los aficionados y jugando, curiosamente, para un entrenador (Jason Kidd) con el que habéis batallado durante más de quince años en la pista.



Si no ganan los Celtics, hecho harto improbable, mi aliento estará repartido entre vosotros y también Doc. Aun así, trasladando aquel “yo me bajo en Atocha, yo me quedo en Madrid” del maestro Sabina, yo también lo tengo claro, yo me quedo en el Garden. Porque no somos nosotros los que elegimos un equipo, son los equipos los que nos adoptan a nosotros y nos enamoran poco a poco hasta convertirse en una parada imprescindible de nuestras vidas, una estación de metro que nunca abandonaremos por muy honda que esté o aunque se marchen los ídolos. 





UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

New York, New York





Perdónenme por hablarles de Nueva York sin haber pisado Central Park. Discúlpenme por hacerlo en la semana en que la Gran Manzana fue atacada de manera violenta por el huracán Sandy. Entiendan que me base en lo que el cine, la literatura y el arte nos han legado, para tratar de explicar el nacimiento de una nueva rivalidad en la mejor liga del mundo. Un puente separa los distritos de Manhattan y de Brooklyn. Un río, el East River, en su desembocadura, y una bahía, confrontan y oponen dos maneras de entender la vida, la arquitectura y el arte en todos sus géneros.

Sin embargo, antes de incidir en las diferencias existentes entre ambos distritos, me gustaría hacerlo de las dos franquicias que los representarán en esta nueva temporada. Una de ellas, los Knicks, forma parte imborrable del paisaje NBA. No en vano disputaron el 1 de noviembre de 1946 el primer partido de la historia del campeonato. Los Nets, por su parte, son un producto de la ABA, una de las franquicias que se integran en la NBA tras la fusión de 1976, momento, además, en el que se mudan hacia Nueva Jersey después de haber sido bautizados como New Jersey Americans en 1967 y tras haber disputado ocho campañas bajo el nombre de New York Nets. Curiosamente, fue durante el período de cohabitación entre ambas ligas cuando los equipos neoyorquinos alcanzaron las mayores cuotas de éxito. Así, si los Knicks conseguían sus dos únicos anillos hasta la fecha en los años 1971 y 1973, los Nets se impusieron en 1974 y 1976 en la competición del balón tricolor. Numerosas estrellas de nuestro deporte vistieron en algún momento alguna de las dos camisetas. Rick Barry, el Doctor J, Drazen Petrovic o Jason Kidd jugaron por los Nets e ídolos como Willis Reed, Earl Monroe, Walt Frazier, Bernard King, Patrick Ewing o Latrell Spreewell lo hicieron defendiendo la camiseta de los Knicks.

En el centro de Manhattan, entre la Séptima y la Octava Avenida, junto a la parada de metro Pennsilvania Plaza, y sobre los escombros de una vieja estación de tren derruida, se levanta la cuarta versión del Madison Square Garden, una verdadera catedral del deporte, el teatro y la música, un escenario de ensueño que se llama Garden y que bien pudiera ser el mismo edén. En él se celebran los partidos de los Knicks como locales y en él, a pesar de la presencia de famosos de toda condición a pie de pista, acuden principalmente, al menos en las primeras filas, blancos de mediana edad y de clase alta embutidos en trajes de diseño que bien podrían responder al nombre de Sherman McCoy, el protagonista de la Hoguera de las Vanidades de Tom Wolfe, o ser, por qué no, los herederos del Gran Gatsby, ese rico solitario que organizaba fiestas en el Lower East Side con la única intención de reconstruir una vieja historia de amor que la guerra, como es habitual, rompió. Y es que los Knicks, aunque tengan a Spike Lee como abanderado y aunque sean el equipo favorito de Whoopi Goldberg o Puff Daddy (habrá que ver si lo siguen siendo después del paso de los Nets a Brooklyn), representan el clasicismo y la tradición. Son el emblema de un distrito, Manhattan, donde se urden las tramas de las novelas de Auster y en el que viven los ejecutivos de alta cualificación académica y pobre condición moral de algunas películas de Woody Allen. Y sí, en Manhattan también hay adictos a la pornografía que recorren en su taxi las calles de la ciudad en medio de la noche o prostitutas de lujo que se enamoran de gigolos, pero a éstos no les interesa el baloncesto.

En cualquier caso, todos ellos tendrían cabida en Brooklyn, el distrito más poblado de la ciudad que nunca duerme, un hervidero de culturas mezcladas en perfecta, aunque no siempre, armonía. Lugar de residencia de artistas sin la solvencia necesaria como para vivir en la otra orilla del East River, nodo de intercambio de ideas y paraíso para todo el que viaja en busca de inspiración. Frente al clasicismo de Manhattan Brooklyn enarbola la bandera de la modernidad. Por ello no debe extrañar que el Barclays Center, sede de los partidos de los Nets como locales, sea lo más parecido a una nave intergaláctica. Una nave revestida de colores atractivos que después, para sorpresa de muchos, presenta unos interiores dominados por el negro, el color de piel que tapizará las primeras filas durante los partidos de su equipo. Negro rapero y hiphopero. Ritmos venidos de otras tierras que encontraron cobijo, al igual que sus portadores, en el acogedor distrito de Brooklyn. 

Los efectos del huracán han impedido que el partido previsto para esta noche se disputase. Aun así, si nada extraño ocurre, nos esperan años de rivalidad entre ambas franquicias. Y yo, aunque más de Sinatra y su “old New York” que de Jay Z y su Jungla de Cemento (Concrete Jungle) y aunque más de Broadway que de Coney Island, prefiero la apuesta baloncestística de los Nets dirigida por Avery Johnson desde el banquillo y por Deron Williams en la cancha. Éste, bien rodeado por Joe Johnson, Gerald Wallace, Brook López, Kris Humphreys, Blatche o Marshon Brooks, ha de llevar a los de Brooklyn a ser el primer equipo de Nueva York, a cruzar el puente, subirse a los rascacielos y a tocar el cielo de la capital del mundo con sus manos. 

 



Que empiece la batalla. Ah, eso sí, en términos deportivos. Que lo que un puente ha unido, no lo separe el basket.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS