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Uno de esos días





Ayer fue uno de esos días. Uno de esos días en los que la jungla se convierte en un afable safari. Uno de esos momentos históricos en los que un rey se deja de cazar elefantes en Botswana para ser, simplemente, eso, el rey.

Y el rey, en esa espesa selva que se preveía iba a ser el Boston Garden, fue Lebron con 45 puntos y 15 rebotes que no lo dicen todo, que no reflejan en toda su crudeza el dominio tiránico que James ejerció sobre un partido que podía haber sido decisivo.

En este contexto los Celtics decepcionaron. Se olvidaron del manual del juego en equipo, quisieron cantar “a capella” un solo que resultó desafinado. Sobre todo Paul Pierce, un capitán acomplejado que quiso rememorar aquel séptimo partido de las semifinales de conferencia de 2008 entre Celtics y Cavaliers en el que Lebron también se fue a 45, pero en el que él replicó con 41. Pero ya no están las piernas para alardes. Son ellas, no otra cosa, las que hacen que los triples no entren, que los tiros de media distancia no caigan donde solían caer. Hay veces en las que el corazón no es suficiente. Ayer sin ir más lejos.

Los Celtics volvieron a desaprovechar un sexto partido para cerrar una eliminatoria. Lo hicieron contra Atlanta y Cleveland en 2008. Contra Chicago y Orlando en 2009. Contra Lakers en 2010. Ganaron los tres primeros séptimos en casa. Perdieron uno en el Garden y otro en el Staples. Se repite el mismo patrón de convertir lo fácil en difícil. El problema es que ahora lo difícil roza lo imposible y el coro suena a despedida.

Tendrá que regresar el Rondo extraterrestre. Tendrá que aparecer el Garnett inoxidable. Será necesario, por encima de todas las cosas, que a Lebron el aro deje de parecerle una piscina. Si no, de poco servirán los ajustes defensivos de Doc o los posibles triples de Allen. Si desde todos los ángulos, distancias y posiciones, Lebron anota una vez tras otra de la forma en que lo hizo en este histórico sexto partido en el Garden, a los de Rivers sólo les quedará hacer las maletas y rendirse a la evidencia.

Porque el 45-15 de anoche fue simplemente impecable. Mucho más eficiente que los 63 del Dios disfrazado de baloncesto del que habló Larry Bird tras las dos prórrogas del primer partido de la primera serie de playoffs entre Boston y Chicago en 1986. Mucho más eficiente y mucho más importante. Estoy convencido de que Lebron podría haberse ido a una cifra ridícula de haberlo necesitado. No hizo falta. Ni para ganar ni para permanecer, para siempre, en la memoria de los buenos aficionados. Fue sensacional. Como aquella otra en Detroit. Como la que puede suceder en cualquier momento. 



Para el sábado permítanme recomendarles una buena siesta. Les espera un domingo con fútbol y tenis que empezará con una noche que no será otra cualquiera. A la luz de la luna reflejada sobre el Atlántico Miami y Boston se jugarán un pase para las finales de la NBA en un partido que puede suponer la despedida del viejo Big Three de Celtics y el despegue de un nuevo trío victorioso, el que forman Lebron, James y los demás. Lo siento Wade pero, y a pesar de tus grandes partidos contra Indiana, cuando Lebron juega así sólo te queda ayudar y mirar. Lo mismo que al resto. Disfrutémoslo.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS