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Temporada 24-25. Guion y obra



 

Elegí el baloncesto, o el baloncesto me eligió a mí, porque es una pequeña representación de la vida, porque permite, de alguna manera, expresar sentimientos e ideas que sobrepasan la contienda deportiva. Elegí el baloncesto porque es un lienzo en blanco en el que, eso sí, los óleos, o las acuarelas, tienen vida propia: intereses particulares, una mirada única de lo que el cuadro debería terminar reflejando. El juego de un equipo de baloncesto acaba siendo más bien una construcción colectiva en el que las aportaciones de los distintos arquitectos, de los propios constructores, carpinteros y albañiles acaban generando un conjunto que aspira a la armonía, pero que no siempre la consigue.

 

Pero hay que tener una idea. A la aventura de entrenar, al contrario, tal vez, que a la de la literatura, hay que ir con mapa y con brújula, tener una hoja de ruta, un libro blanco de buenas conductas y, desde luego, un código moral y de valores que el juego del equipo, de una forma u otra, terminará reflejando siempre que seamos insistentes y encontremos la manera adecuada de trasladar los mensajes.

 

Aquí entra en escena mi faceta de escritor y la construcción de personajes y la elaboración de los diálogos (dos de los aspectos más complejos de la narrativa), algo que constantemente hacemos con nuestros jugadores, proyectando para ellos un desarrollo y rol, mucho más que una jerarquía en pista, también una forma de encontrar su hueco en una pequeña sociedad que es por esencia cambiante. En muchos casos, al contrario que los Cercas o Aramburu de turno, no elegimos las características personales y deportivas de estos “personajes”, sino que nos los encontramos y tenemos la misión de, en primer lugar, conocerlos para, desde el conocimiento, proponerles cambios y exigirles un cierto acomodamiento al guion a sabiendas de que no podremos adelantarles el desenlace.

 

Si entrenar solo fuera maximizar rendimientos, exprimir cualidades; si entrenar solo fuera confrontar ejércitos y diseñar estrategias ganadoras, que también lo es, desde luego, esta sería la última entrada que le dedicaría a este oficio. Comprendería que otros siguieran haciéndolo o enfocándolo desde este punto de vista, pero para mí sería insuficiente: nos estaríamos perdiendo la vertiente más humanística de este trabajo; las conexiones emocionales, los puentes que se crean (y destruyen) entre individuos en la construcción de una comunidad que aspira a convivir en paz y hacer mejores a cada uno de sus integrantes. 

 

Todo esto, en fin, porque ha pasado una semana desde que terminara la andadura del Grupo de Santiago San Pablo Burgos, filial del Silbo San Pablo Burgos y equipo que aspira a ser referencia de toda una cantera (y quien dice cantera dice toda una serie de jugadores con nombre y apellido que sueñan con poder jugar al baloncesto). Y aunque, por definición, por ser un equipo al servicio de un club, encuadrado entre dos realidades distintas a las que debe atender, creo que es uno de los equipos que he entrenado que, finalmente, tras atravesar períodos difíciles, mejor ha reflejado mi manera de entender el baloncesto.

 

Por ser un equipo joven, plataforma para quienes aspiran a tener una carrera profesional y, al mismo tiempo, destino de aquellos burgaleses que aún quieren jugar al baloncesto a cierto nivel. Por ser un equipo mezcla de realidades, ambiciones y deseos, era necesario fijar una filosofía y una línea estratégica, optar entre distintas posibilidades. En este caso, priorizamos las necesidades de los jugadores jóvenes que aspiran a crecer y poder jugar en categorías superiores, ya sea dentro del club o en algún otro lugar. Es decir, le pedimos un sacrificio extra a los jugadores locales, amateurs que terminan de trabajar y estudiar y acuden al entrenamiento muchas veces sin haber comido, que venían de una tradición distinta de baloncesto y que tuvieron que adaptarse al nivel de exigencia y a un ritmo de juego más propio de lo que debe ser, bajo mi punto de vista, un equipo filial (y no un equipo senior más habitual) en la antesala del profesionalismo.

 

El ritmo alto, el sacrificio defensivo, la democratización en la creación de las ventajas y la resolución de las mismas, la apuesta por ser agresivos en la búsqueda del rebote ofensivo hilaban bien con los objetivos del equipo dentro del club, con las necesidades de los “jugadores proyecto” y, además, casaban a la perfección con mi manera de entender el baloncesto, producto mezcla de las propuestas de los equipos que he visto y admirado (Kings 2000-2002, Celtics 2008-2010, Spurs 2013-2015) y de las ideas de los entrenadores con los que tenido la suerte de coincidir y a los que he ayudado mientras aprendía, siendo el principal, claro, por tiempo y generosidad, Jenaro Díaz.

 

Además, no se puede infravalorar la fortuna de quien diariamente ha compartido despacho, pista, conversaciones sobre baloncesto y vida con Bruno Savignani y Jorge Álvarez en el contexto de un primer equipo que ha logrado el ascenso a ACB de una manera brillante gracias, en gran parte, a la mentalidad instalada y que, de igual modo, ha encontrado su reflejo en la pista a través del hilo conductor entre ideas y obra que es el baloncesto cuando se juega como se imagina. Esta conexión es la que ha facilitado la subida y bajada de los jugadores, la implantación de reglas comunes que ha hecho más sencilla la transición de los chicos vinculados a una y otra realidad.

 

De cara a planificar y poner negro sobre blanco todas estas ideas y dotarlas de coherencia, me serví de la sabiduría de otro buen amigo, Fernando García, y sus constantes reflexiones sobre el ciclo de juego, de modo que el baloncesto puede ser concebido como un todo que orbita en torno a la forzosa alternancia de posesiones y la interacción entre las distintas fases del mencionado ciclo de juego, lo que hizo que le diéramos un papel preponderante a las transiciones.  

 

Mil ciento veinte es producto de 28 y 40 y en esta multiplicación entre los metros de la cancha y los minutos de juego radicaba el núcleo de nuestra idea tratando de poner en valor cada segundo y cada metro en la medida en que son los principales recursos que tienen los jugadores y los equipos para progresar. Así, por tanto, decidimos trabajar todo el tiempo y en toda la pista tanto en ataque como en defensa porque así, también, valorando cada minuto y cada metro, justificábamos la presencia en pista de un jugador y, por tanto, la presencia en el banquillo de otros siete. No cabía el ahorro energético, no era concebible la regulación de esfuerzos.

 

Llamamos Guardiola a nuestro balance principal, basado en las líneas altas del fútbol (y en presionar cuanto antes el balón), lo que colaboró con otros objetivos secundarios como desgastar a los rivales y a sus jugadores más talentosos (muchas veces los manejadores principales), mantener al oponente lejos de la canasta (donde tenían gran ventaja de altura y peso) y elevar los niveles de sacrificio individual y colectivo, lo que terminó, al cabo de los meses, por reforzar la cohesión del grupo. Al mismo tiempo, dotamos a los jugadores de la facultad de tomar decisiones más o menos arriesgadas en la defensa con y sin balón y les exigimos estar todo el tiempo concentrados y conectados con sus compañeros (pues cada decisión desencadenaba otras cuatro decisiones simultáneas y otras tantas sucesivas).

 




En la transición ofensiva, alimentada en muchas ocasiones por la propia labor defensiva, liberalizamos y flexibilizamos la salida, dando libertad a quienes tenían la capacidad para salir en bote, priorizando una recepción en carrera y encarada al campo contrario sobre un pase profundo (si la recepción de este pase no cumplía con los primeros objetivos), siendo el objetivo prioritario detectar y encontrar al jugador con mayor espacio y tiempo para maniobrar y acrecentar la ventaja.

 

Cualquiera de los tres manejadores podría ser el teórico receptor de este primer pase, lo que nos hizo, tal vez, ser primeros en pérdidas, pero, también, el equipo con los primeros segundos más peligrosos de todo el campeonato. Un receptor y tres corredores debían provocar un gran estrés en la defensa, opciones rápidas de anotación y la generación de un campo abierto y sembrado para una toma de decisiones agresiva y una continuidad que evitara la colocación de las defensas (más físicas, recuerden) e incentivara un juego libre a partir de asociaciones de dos, tres, cuatro y cinco jugadores basada en reglas de continuidad que, por supuesto, podían encontrar sus debidas excepciones si el talento de los jugadores así lo determinaba.

 




El tercer pilar de nuestro juego se basó en dar una importancia extra al rebote, fundamentalmente al ofensivo y especialmente a través de la metodología de entrenamiento, primando ir con 3 y 4 jugadores en función de la posición del lanzamiento, lo que ya nos preparaba para iniciar ese balance de presión alta y en toda la pista. El deseo y la fe con la que los jugadores acogieron esta idea nos ha permitido ser uno de los tres mejores equipos en rebote ofensivo, con lo que ello supone en forma de oportunidades extra y ventaja anímica sobre las ya de por sí castigadas defensas oponentes.




 

La forma final de la obra, más allá de los resultados obtenidos, me ha dejado ampliamente satisfecho pues, siendo los medios y el horizonte del equipo nuestra guía principal, hemos llegado a recrear las ideas que me hicieron elegir el baloncesto (o que el baloncesto me eligiera a mí) sobre cualquier otro deporte o profesión. A partir de una serie de decisiones, de una conversación a corazón abierto con todos los miembros del equipo, el trabajo comenzó a cobrar sentido y el baloncesto desplegado nos ha permitido crecer colectiva e individualmente, algo que también me preocupa y me mueve, y dejar la camiseta, o el polo de entrenador, en mejor lugar del que nos lo encontramos.

 

No siempre es fácil determinar cuándo ha llegado el fin de la obra, hasta el punto de que muchos afirman que no se concluyen, sino que se abandonan, pero frente al sol que ilumina este precioso café de Menorca, pongo orgulloso este punto y final a la temporada dándoles las gracias a todos los jugadores y a todos los que nos acompañaron en el camino, con mención especial para Evaristo Pérez y Miguel Ángel Segura, cada uno en su particular papel. Os pedí que entre todos cuidarais de los recuerdos y vivencias de este año y entre todos conseguimos crear una bonita historia.

 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Un mosaico para interesarlos a todos




Durante el proceso de búsqueda de editorial, además de varias no respuestas, recibí otras muy amables, lo digo completamente en serio, que rechazaron la publicación del manuscrito por su carácter multidisciplinar, por su falta de unidad temática, genérica e incluso de tono. Es muy difícil vender libros en España, un país en el que se escribe más que se lee y en el que la mayor parte de contenidos culturales se consumen por la vía rápida de las imágenes, los reels o vídeos preferiblemente cortos. El riego de producir un libro y no obtener un mínimo retorno era muy grande como para publicar este mosaico de textos relacionados con el baloncesto que conforman Individual o zona, más aún tratándose de un escritor anónimo sin un exagerado alcance en las redes, sin una particular popularidad.  

Pero estaba en la esencia del proyecto, en el sentido de dedicar varios meses (y molestar a familiares y amigos) a la corrección, selección y edición de los textos de este blog querer reflejar su esencia, la naturaleza principal de este espacio que no deja de ser, por ser fundamentalmente un diario, un reflejo por escrito de la mente de su autor. Y este autor ha cambiado mucho en estos 14 años. Y necesita explorar diferentes géneros, medirse ante los retos formales de los aspectos ontológicos de cada uno de ellos. También escribir de diferentes temas, dar voz a diferentes personajes, no siempre los más nombrados o famosos, que suelen ser los que menos me interesan.

 

Por lo tanto, Individual o zona, el libro, es como Individual o zona, el blog del que se nutre en su mayor parte: un producto deliberadamente abigarrado, fragmentario, poliédrico… No esperen encontrar aquí una biografía, un libro de encargo, un producto al servicio del mercado que sabe lo que se lee e intenta escribirlo. Este no es un libro en busca de lectores, sino, ante todo, un libro que aglutina una visión del baloncesto y la vida que parte de su presunción de complejidad, de la negación de la parcelación de los saberes y la hiperespecialización a la que parecen querer abocarnos las fuerzas ocultas que mueven los hilos en el planeta y, por lo tanto, también en este pequeño sector.

 

Y, sin embargo, creo que, en su variedad temática, en su mezcla genérica, en su vocación holística está también su fortaleza y, sin haber nacido como un producto destinado a la venta masiva, creo que pueden ser muchos los potenciales lectores, aunque no se vean directamente interpelados. Sin conocer el contenido de ningún algoritmo, creo que Individual o Zona puede generar el interés de muy diferentes lectores.


1.      Los jóvenes aficionados al baloncesto pueden disfrutar de las crónicas de aquellos sucesos que han vivido muy de cerca, contrastar su propia visión con la mía; rememorar pasajes recientes de la historia de nuestro baloncesto, que es también la nuestra.

 

2.      Los aficionados al baloncesto y su historia pueden ahondar en alguna de las figuras cuya vida se aborda en el capítulo dedicado a las leyendas. Es más, les gustará encontrar en ella a personajes que no ocuparon portadas, jugadores y entrenadores importantes, pero no los más importantes.

 

3.      Los entrenadores de baloncesto (y otros deportes) pueden encontrar comprensión, consuelo y verse reflejados en las reflexiones personales y, por otra parte, discutir, confrontar o concordar con los argumentos expuestos en los artículos más ensayísticos o filosóficos, los que pretenden dar que pensar (no generar adhesiones). También, de esto estoy seguro, saborearán el prólogo de Jota Cuspinera, ese primus inter pares que, a diferencia del despotismo ilustrado, practica un «todo para el pueblo y solo con el pueblo». Fue todo un lujo tratarlo y conocerlo. También que aceptara escribir y firmar el prólogo.

 

4.      Los entrenadores de baloncesto (y otros deportes) disfrutarán también conociendo cómo los más grandes de nuestro oficio padecieron y disfrutaron, explorando qué había detrás de su toma de decisiones, de su manera de actuar en un banquillo y en la forma de liderar un grupo.

 

5.      Las personas que orbitan alrededor del deporte, no necesariamente del baloncesto, pueden encontrar útiles, incluso inútiles, los artículos relacionados con lo que he venido a llamar «el hecho deportivo», esto es, la expresión deportiva y el modo en que se relaciona con la sociedad en su conjunto.

 

6.      Puede que hasta los educadores que enseñan otras ramas del saber consideren interesantes las disquisiciones sobre pedagogía y didáctica. No compartimos campo, pero buscamos la transferencia del conocimiento y la transmisión de unos valores, amén de una conexión íntima entre individuos que posibilite lo anterior.

 

7.      Quizá también un lector cualquiera, que ignora todo del baloncesto, pueda disfrutar de la lectura de este libro, encontrar placer en una prosa que he intentado cuidar, extrapolar cuestiones a menudo específicas a su mundo, a su día a día. O, lo dicho, solo disfrutar, que ya es mucho, y cada vez más, en un mundo que se autocensura continuamente, que se avergüenza tan a menudo de ser como es.

 

Individual o Zona estará mañana a la venta en la web de Ediciones en Huida, la editorial que, por conocimiento y amistad, quiso dar a luz a esta colección de reseñas, artículos, crónicas, reportajes, ensayos y entradas de diario. Apostar por el libro es también reconocer su osadía. Solo puedo darles las gracias.

 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Si esto es entrenar

 




Hace muchos años me comentaba un entrenador amigo, citando al entrenador principal de su equipo, que entrenar es entrenar en el conflicto, y que si este no surge es necesario preocuparse hasta el punto de tener que provocarlo. Se asume que el ser humano es por naturaleza egoísta, perezoso, indisciplinado y se acude a métodos conductivistas para corregir comportamientos cuando las narrativas se vuelven insuficientes para convocar las voluntades y provocar o conseguir las mejoras oportunas. Y lo peor es que en demasiadas ocasiones estas pautas funcionan y demuestran su efectividad por la vía de los hechos. Somos animales, me comentan a menudo, no sé si como lección o recordatorio.

 

El deporte de alto rendimiento es así, una continua lucha por fracasar mejor. Son pocos los ganadores y es difícil medir las victorias que no tienen reflejo en el resultado. La sensación del trabajo bien hecho no soporta una derrota el fin de semana, aunque el equipo contrario fuera objetivamente mejor en términos de antropometría o talento. Es más, no siempre hay un traslado eficiente del trabajo del martes, el miércoles o el jueves al domingo: competir es otra cosa, me comentan a menudo, no sé si como lección o recordatorio.

 

Ser entrenador es someterse a constantes lecciones de escepticismo y pérdida de fe en el ser humano y los principios rousseaunianos. A veces parece cierto que fracasamos educando a los niños y por eso no queda otra que castigar a los hombres, y lo peor es que a veces se comprueba: no hay rendimiento (o eso parece) sin cierta acumulación de ira, desprecio o indiferencia. No hay relato, insisto, me alecciono e intento recordar, que justifique los esfuerzos, la disolución de la identidad que exigen los deportes colectivos y que no siempre el crecimiento de dicho colectivo sirve para explicar cuando no sabemos realmente por qué lo hacemos y somos incapaces de sentir los símbolos (el escudo, la ciudad…) como nuestros.

 

O puede que suceda lo contrario, y que la misión no sea suficientemente atractiva, aunque objetivamente llevar la nave a buen puerto suponga la supervivencia en términos laborales de los marineros. No sé si nos equivocamos al dar por hecho que todo jugador de deportes de equipo ha pagado, por el hecho de serlo, el peaje de ser generoso. Estaríamos asimilando, lo que es mucho asimilar, que lo que los condujo al baloncesto, o al fútbol, o al balonmano, fue el gusto por compartir, un instinto genuinamente altruista o solidario. Sabemos que no es así, que el germen fue egocéntrico, que al niño le gustó un deporte porque se emocionó al verlo (él, no sus amigos), porque lo practicó y se divirtió (él, no sus amigos) o porque encontró un rápido reconocimiento, interno y externo, a sus competencias y habilidades. A las suyas y de nadie más.

 

Estas ideas que quieren convertirse en certezas me tienen dividido. No me gustan las estructuras, las instituciones, las religiones, los colectivos. Comprendo la necesidad de vivir en sociedad y la existencia de todas ellas, la filosofía que las inspira y apoyo alguna de sus reclamaciones, sobre todo cuando están destinadas a mejorar la vida de los individuos. Y, sin embargo, siento que muchas veces entrenar es crear una estructura por encima de las alargadas sombras de los hombres (y las mujeres) y que el equipo es una suerte de deidad en la que los jugadores tienen que creer con independencia de que se compartan, o no, las lecturas sagradas.

 

Inspirar y educar llevaría demasiado tiempo, tener un diálogo abierto y sincero con todos los miembros de la colectividad, acudir cada poco al 3ºH, no solo a por sal o aceite, es casi inviable en términos de eficiencia, así que nos vemos obligados a homogeneizar, crear estructuras, categorías, ampliamente injustas, como lo son todas en sus márgenes. Y toca tratar como animales, claro, a los niños que no fueron educados. Castigarlos para sacar rendimiento, sentarlos a rezar mirando a La Meca o en el Muro de las Lamentaciones para conseguir esas victorias que lleven la nave al puerto indicado. Y es así, me comentan, no sé si como lección o recordatorio.

 

Pero uno duda, aunque la duda sea enemiga del rendimiento y ganen siempre los chicos duros de la clase, los que menos piensan o mejor se engañan. Y renuncia al silbato a la hora de entrenar porque en el principio fue el verbo y porque el lenguaje, junto al uso de las herramientas, es la principal nota distintiva de nuestra subespecie. Y al pavlovianismo como método de mejorar el rendimiento porque no sé si determinados medios justifican determinados fines, aunque medie una relación contractual, un pacto que se firma en la quietud del verano y que debería firmarse, para garantizar su validez, al concluir una serie de diez suicidios.


Y se pregunta si esto es ser entrenador. Si puede serlo. Si quiere serlo. Si merece la pena. 

 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS


Diario de un encierro. Día XLVII




Why can´t we be friends?


Seguramente, la principal razón de que no tenga claras las fases a seguir en el desconfinamiento tenga que ver con mi desinterés por el asunto. Y sé que es importante, pues es posible que las canteras puedan retomar el trabajo, algunas ligas ensayar fórmulas para cerrar el año y, además, que todo vaya bien puede ser la garantía de que puedan celebrarse los campus, veremos en qué condiciones, lo que salvaría el verano de muchos pequeños emprendedores, de los entrenadores, que obtienen unos ingresos extra fuera del ejercicio, y también de muchos padres, que se “desembarazan” de sus hijos y los entregan para que se formen en los ámbitos deportivo y humano, hecho que exigirá, al menos este verano, de un plus de confianza.

También ello posibilitaría que los jugadores que terminan la etapa junior, o que se hallan en ese páramo frío y desangelado que media entre los 18 y los 22 años, apuesten por recorrer el camino y asumir sus dificultades. De eso hablaban en una interesante conversación organizada por la federación gallega, Antonio Pérez Caínzos, Diego Ocampo, Paco Redondo y Carlos Colinas. Es el momento de que el jugador de formación, a quienes los reglamentos de las competiciones van a empezar a premiar con plazas en los equipos, invierta en su futuro. Es también, quizá, el momento, de que los agentes den un paso adelante y se hagan con una maquinaria en condiciones para que sus agenciados puedan subir un escalón el nivel, algo que muchos han pretendido que sucediera por arte de magia.

No tardará mucho en llegar la cultura del trabajo en verano a nuestro país. Pronto entrenadores especializados en la enseñanza de fundamentos y lecturas individuales alquilarán sus naves y crearán grupos de trabajo para conseguir una motivación, precisamente grupal, a la hora de afrontar la meta. En este sentido, para quienes se aventuren en esta empresa, un título fundamental es The hoops whisperer, de Idan Ravin, un libro en el que este entrenador de jugadores cuenta su particular trayectoria y el modo en el que contactó y se ganó a figuras de la talla de Lebron James, Carmelo Anthony o Chris Paul.

Una vez más, establecer un clima de confianza con el jugador, fijar unos códigos de comunicación internos con los que ambos, entrenador y jugador, se encuentren cómodos, se torna fundamental. Y esto es algo que me sorprende también de lo observado en la producción de moda del momento, The last dance, donde Phil Jackson aparece estrechamente unido a figuras como Jordan o Rodman, o de lo que manifiesta también en el documental sobre los San Antonio Spurs, “su secreto”, en el que vemos cómodamente sentados en corro a Manu Ginobili, Tim Duncan, Tony Parker y el propio Gregg Popovich departiendo amistosamente, señal de que se ha roto el distanciamiento social. 



No es esto lo que se nos comenta en los cursos de entrenadores, ni lo que se observa en las plantillas de las ligas profesionales y semiprofesionales, seguramente por la aún mayor incertidumbre, por la doble condición de entrenador y verdugo, por los recelos mutuos y, seguramente, porque haya motivos objetivos para que esto sea así, pero no sé, quizá haya que darle una vuelta y dotar a todo de una mayor naturalidad. Aunque para ello tengamos que resetear décadas de experiencias filtradas bajo los parámetros de la culpa, la búsqueda de la responsabilidad y la desconfianza mutua. ¿Por qué no podemos ser amigos?



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Entrenar era esto



                               

Ayer, tras la derrota ante Colegio Leonés en un partido que suponía un todo o nada en la lucha por la final a cuatro, tocó a su fin la temporada en la competición autonómica de Castilla y León. Lo hizo con un quinto puesto final que habríamos firmado en septiembre y que ahora, en cambio, nos deja un sabor amargo, el de sabernos, vano consuelo, merecedores, por juego y sensaciones, de una plaza que ocuparán otros. Así es el deporte, enemigo de los estériles condicionales, de un realismo tan brutal que a veces abruma.

Lo cierto es que llegamos unos días tarde a nuestro mejor nivel, hecho provocado por una sucesión de lesiones que, aunque no fueran determinantes al caer en la mitad de la temporada, retrasaron la preparación de varios jugadores. Lo cruel es que llegamos a la meta con capacidad para correr otra maratón, pero nos encontramos con que ya habían quitado los carteles publicitarios. También nos quedamos seis puntos cortos de recuperar un average que a la postre resultó determinante, una renta de doce que se fabricó en unos pocos y fatídicos minutos de un parcial que no supimos atajar (yo el primero) en la ida.

Pero qué placer entrenar a los catorce chicos que componen el grueso de la plantilla, y a los otros cinco, pertenecientes al equipo de primer año, que en un momento u otro nos han ayudado a entrenar y han participado en algún partido. Con su respeto, su atención y su genuino amor al baloncesto hicieron de cada práctica un espacio de recreo, de cada hora dedicada a su preparación, una inversión productiva en la que era muy fácil poner lo mejor de uno mismo. Este grupo hizo de la necesidad virtud, de la ausencia de expectativas un revulsivo para creer y crecer (y a fe que creyeron y crecieron).

Qué imprescindible es, en una dinámica de grupo, que la fe y la confianza fluyan por una autovía despejada en ambos sentidos y en todas las direcciones. Del tronco a las ramas y de cada rama a las otras ramas que integran el árbol. Tanto como el hecho de valorar por igual las canastas anotadas como las no recibidas. Y los medios por encima, incluso, de los resultados: las ayudas defensivas, los bloqueos, los rebotes, los buenos balances y los segundos esfuerzos por encima de la postrera canasta. Sin desdeñar el talento, por supuesto, merecedor de alabanzas, claro. Pero para eso ya están todos los demás.

Acabada la temporada brindo por cada dedo ofrecido en gesto de agradecimiento al autor de un generoso y preciso pase. Y por los ocho brazos que levantaron al compañero tendido en el suelo tras un esfuerzo por atrapar el balón. Y por cada cuerpo que se puso delante de un rival más alto y fuerte ofreciendo el pecho, en perfecta posición defensiva, para provocar un error o una falta ofensiva. En esos detalles residió la base de nuestra ostensible mejora.

Por primera vez en mi carrera he logrado poner un símbolo de “checked” en cada objetivo programado, aunque tras una semana de merecido descanso para todos, afrontaré con motivación renovada la obsesión por los detalles y la lectura de situaciones tácticas universales, esa de las que se compusieron nuestros movimientos, series cortas en las que buscábamos colocar el balón donde queríamos para que fueran los jugadores, protagonistas del juego, los que decidieran qué, cómo y cuándo. No por ello dejo de hacer autocrítica, sabedor de que pude aprovechar mejor algunos minutos de entrenamiento, calcular mejor las progresiones, dar a cada uno lo suyo de forma más individualizada, reconocer mejor los momentos claves de un partido, sacar más rendimiento a alguno de los chicos,…

No quiero olvidarme de agradecer a Rodrigo Valladares su inestimable colaboración, por más que en ocasiones no le hiciera suficientemente partícipe de mis porqués, error que sigo cometiendo. Él ha sido clave en este pequeño éxito ejerciendo de algo más que un ayudante para mí y de mucho más que un soporte espiritual para todos los chicos que encontraron en él un confidente en el que sus propios mensajes rebotaron, mejorados por su experiencia y valores.

Y despido emocionado esta entrada que hace las veces de obituario de una temporada que recordaré toda mi vida y que, después de un año muy difícil, en el que fue complicado encontrar momentos de disfrute, me ha reunido de nuevo con los motivos que un día de septiembre de 2008 me llevaron a reunir al equipo de fútbol sala que entrenaba en el colegio con el objetivo de convencerlos de que lo pasaríamos mejor jugando al baloncesto. Sirva esta entrada como prueba documental de que lo hicimos. Y de que lo hemos vuelto a hacer.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Cuento de Navidad




LA FOTOGRAFÍA



En un rincón sin árbol, sobre una mesa sin belén, bajo una ventana desde la que no se divisan paisajes nevados ni estampas pastoriles. Allí, entre la quietud que anuncia el silencio, moviéndose al compás de sus latidos, un sobre blanco tamaño cuartilla, el único inquilino de un buzón que había permanecido vacío, cubierto únicamente de polvo, durante el largo período en el que su dueño, el titular de la dirección postal, había estado fuera.



“Ya la abriré”, pensó mientras se deshacía de los bultos y abría el grifo del agua caliente. Lo giró con delicadeza, pero la resistencia del agua a correr, hizo que sus brazos, aún fatigados por el viaje, recobraran el vigor de décadas pasadas. Pero el agua, pese a su tozudez, no corrió, como no lo hace tampoco por los desiertos o los polos, allí donde no se la espera.



Al menos los retratos sí obedecieron a la fuerza con la que los tumbaba, con la palma o con el dorso, a veces también de una patada. Tampoco los cuadros se resistieron a su impulso, ni siquiera el último post-it que había escrito su madre antes de morir. “No te olvides de sacar la basura”,rezaba. Por si acaso, pese a que habían pasado más de veinte años desde que la enterrara, se acercó al cubo para cumplir, si fuera necesario, su última voluntad. Pero estaba vacío. Por un momento, aunque fugaz, sonrió, se alejó cinco pasos, manipuló el viejo adhesivo hasta darle forma y lo lanzó hacia el cubo encestándolo. “Aprende hermanito, algún día jugaré con los mejores”. Miró hacia abajo. Y no encontró a nadie.



Ahora su infancia, el único período verdaderamente feliz de su vida, se ceñía a borrosos recuerdos, escenas incompletas sesgadas por el paso del tiempo y la inmediatez del presente. Ya no era capaz de distinguir los rostros de sus compañeros de patio y de parque, las notas y los acordes de las melodías de esas canciones cuyos ecos resonaban hasta el alba, tampoco el contenido de los sueños de los que ahora sólo puede afirmar que no se cumplieron. Tumbado sobre el sofá, alargó el brazo para rescatar de la librería el viejo cuaderno Oxford que solía acompañar a su padre, ese inconfundible perfil chepudo vestido de gris que encontraba acomodo en el rincón más solitario y lúgubre de los pabellones donde jugaba.



Arrancada y parada en dos tiempos hacia izquierda para parar y tirar. Finalización en pérdida de paso con mano interior. Cien flexiones de castigo. Lanzamiento posicional cuarenta y cinco grados a tablero 28/30. Dos suicidios. En la portada su frase favorita, la que le repetía una y otra vez antes de cada sesión: No entrenes hasta que sepas hacer algo, entrena hasta que nunca puedas fallar. Al final, intercalada entre la última hoja y la contraportada, una fotografía en la que aparecía junto a su padre y a su entrenador en el año de juveniles. Calpe. 25 de mayo de 1984. Final del Campeonato de España.



Abandonó de un salto el sofá y, como renovado por una secreta inspiración, abrió y cerró con ímpetu los cajones de todos los muebles de la casa hasta que dio con un bolígrafo bic azul y un folio en blanco. Barrió con el brazo el polvo del viejo escritorio y se sentó en un sillón reclinable.



Querido entrenador:



Me da vergüenza dirigirme a usted después de tanto tiempo. No sé si ha pasado un siglo o tal vez sólo treinta años. Lo que es seguro es que se sucedieron avatares, idas y venidas, subidas y bajadas que me han colocado ahora en lo más hondo de las tinieblas. Cuando iba y subía, se lo reconozco, no tuve tiempo para compartir mi felicidad con usted. Todo era grato. Todo se hacía a mi manera. De hecho, si le hubiera escrito hubiera sido para decirle “se lo dije, todo va bien. No había por qué preocuparse”.



Seguro que sabe que gané dos campeonatos nacionales y que triunfé con la selección. Quizá le hayan contado que me casé con una modelo y que me fui a vivir con ella a la costa. Tuve dos hijos, Alberto y Manuel, y me fui a Italia justo cuando la LEGA era la competición que mejores salarios pagaba en Europa.



Fue entonces cuando, ganando de veinte a Rieti, en un partido en el que llevaba camino de anotar más de cuarenta tantos, mi rodilla dijo basta y se rompió de manera traumática. Al principio todo el mundo estuvo pendiente, se sucedieron las atenciones y los parabienes, los deseos de pronta recuperación y los mensajes de ánimo. Sé que uno venía firmado por usted. Mi madre me lo dijo, pues llegó a la casa donde ahora me hallo, pero debió de extraviarse en el camino a Italia.



Aquel año terminaba contrato (confiaba en que mi rendimiento me permitiría firmar por más dinero), pero nunca pensé que sería el último de mi carrera. A Casandra le sobraron horas para decirme que no quería estar con un parado, con un hombre que ya no podía hacer lo único para lo que se había preparado en la vida. Mi padre ya no me hablaba desde que le descarté como representante y le impedí viajar conmigo a Italia (en realidad fue Casandra la que me lo prohibió). Y a mi madre no la volví a ver hasta que me anunciaron que un cáncer terminal la consumía por minutos.



Llegué tarde, como siempre. Para enterrarla y pagar el sepelio con los pocos bienes que pude librar del divorcio. A tiempo sólo de sellar la casa de mi infancia y de comprobar que mi hermano era feliz como profesor de universidad en Bélgica.



Y ahora regreso para comprobar que todo lo inerte sigue en su sitio, para mirarme al espejo y encontrar, detrás de cada cana y en el abismo de mis pupilas, todo el tiempo que malgasté, todos los consejos que no quise escuchar mientras me creía dueño de mis circunstancias.



P.D. Le acompaño esta fotografía que acabo de encontrar. Le imagino algo más gordo y con menos pelo recorriendo los patios de los colegios y los pabellones donde juegan los chavales. ¿Qué tal está el nivel? ¿Hay algún chico que tire como yo?



Un saludo entrenador. Hasta siempre.



Jaime Aguilar #11



Dobló el folio por la mitad y respiró hondo. No tenía intención de acercarse al estanco más próximo a por un sobre, así que decidió reutilizar aquel que había osado visitar el buzón de su hogar. Lo abrió y lo vació sin hacer caso de su contenido. Tras tachar la dirección a la que venía remitido, escribió el nombre de su entrenador, el único dato cierto que tenía sobre él en estos momentos y lo dejó reposar sobre la mesa camilla del comedor confiando que alguien, algún día, pudiera hacérsela llegar.



Y entonces se dedicó por completo a su misión, la que le había traído de vuelta al hogar. Rescató de su pesada maleta un pastillero de plástico azul y vació el contenido en su garganta. Se ayudó de un poco de agua y se preparó para despedirse lentamente de su propia necedad, de décadas de sufrimiento baldío y desesperación. Se sorprendió al comprobar que el viejo reproductor de cd´s aún era capaz de llevar a cabo su función y tarareó unas pocas notas de jazz, la música favorita de su madre. Así, moviendo los pies al compás de esos ritmos sureños se recostó en el sofá donde se hallaba tirada la carta que había recibido y con los párpados decididos a cerrarse de un momento a otro, optó por echar un vistazo.



Era una simple fotografía con dos hombres ancianos agarrando entre ambos un balón de baloncesto rodeados por once hombres algo más jóvenes y de una edad parecida. Creyó reconocer el lugar, una sala cerrada con gradas de hormigón en el fondo. “Sí, fue allí. Ahora recuerdo”. Dio la vuelta al retrato y cuando el sopor ya se hacía insoportable acertó a leer el nombre de todos los compañeros que formaban parte del juvenil del club en el Campeonato de España de 1984 acompañados de una frase sentenciadora: “Jaime, sólo nos faltas tú”. Calpe. 21 de diciembre de 2013.

Un par de regalos navideños





Después de más de tres años y cuatrocientas quince entradas, ahora que el blog se adentra en su cuarto período navideño, al fin me he decidido a ofreceros un pequeño regalo. En realidad dos. Sencillos y rudimentarios. El primero es una nube de palabras que viene a definir la realidad semántica de este pequeño diario (una nube de palabras cuya elaboración debo a mi querido hermano Fernando). El segundo un crucigrama que, en este tiempo de homenaje a la nostalgia, quiere recuperar nombres que no pueden faltar en el glosario baloncestístico de todo buen aficionado. Espero que compartáis la elaboración con vuestros familiares o amigos y que entre todos revisitéis la biografía y los logros de esos nombres propios que significaron tanto para nuestro deporte. 


Aunque el proceso de elaboración es automático, me alegra comprobar que las palabras que ocupan un mayor espacio, después de "baloncesto", sean "equipo" y "jugadores". Y es que el baloncesto no deja de ser un juego de equipo jugado, y valga la redundancia, por jugadores. 

Y ahora el crucigrama. Intentad resolverlo sin recurrir a diferentes fuentes de internet. Forzad la memoria y, como os decía, antes de visitar páginas de baloncesto, consultad con vuestros familiares o amigos. Un consejo: no introduzcas espacios entre el nombre y los apellidos y, además, como bien apunta en twitter @arcarrera12 no olvidéis colocar las tildes. 

Para acceder al crucigrama pincha AQUÍ

file:///C:/Users/Juanjo/Desktop/art%C3%ADculos%20basket%20y%20golf/crucigramabaloncesto.htm

UN ABRAZO Y FELICES FIESTAS PARA TODOS

Se abrió la veda





Este sitio dejó de ser, hace mucho tiempo, un blog de actualidad para convertirse en un vertedero de mis desmanes y desvaríos. Otros años era habitual que servidor se desmarcara con algunos análisis, previas o pronósticos sobre la mejor liga del mundo, sí, ésa que ha comenzado hace tres días con la entrega del anillo al campeón. Éste, sin embargo, me ceñiré a, con nocturnidad y a deshora, hacer lo que todos hacen en los medios de comunicación y las redes sociales. Es decir, a opinar. Simple y llanamente.



Porque a fin de cuentas informar está sobrevalorado. Igual que memorizar o enseñar contenidos. Total, todo está en la red. Sólo hay que saber dónde buscar, servirse de una fuente dotada de la autoridad suficiente y dejarse llevar por lo que diga asumiendo su infalibilidad, aceptando como dogma todo lo que afirme en base a ese poder que le otorga su historial, currículum, número de lectores o prestigio.



Pero vaya, no se trataba de analizar con sarcasmo la deriva en la que vive sumido el consumidor medio de información en este país y otros tantos (a ver si vamos a ser ahora tan especiales), el descrédito que sufre la memoria como interruptor de saberes y el sectarismo con que se rechazan determinadas visiones por no ser las de uno. Cuando más fuentes de información están a nuestro alcance, menos preparados estamos para analizarlas desde un punto de vista crítico. Cuantas más opciones tenemos menos utilizamos. Leemos, y gracias, sólo aquéllas que respaldan nuestro discurso, aquéllas en las que nos podemos sentir amparados. Seguro que más de uno de vosotros, yo el primero (aunque no en el ejemplo que sigue), se reconoce en la figura de ese amigo que llega a la cafetería henchido de orgullo apelando a un artículo en el que un “experto” estira hasta el infinito una estadística en la que, al parecer, se prueba que Kobe es mejor que Jordan, desechando otro que en esa misma revista, unas páginas detrás, rendía homenaje a la figura del eterno 23 situándolo como el dios único y verdadero de este deporte. Y como en el baloncesto, en todo lo demás.



Y a eso me voy a limitar, a opinar, a expresar mis gustos sobre los equipos y jugadores de la que, como ya he dicho, es, y esto no es opinable, la mejor liga del mundo.



El jugador más plástico. Si el baloncesto fuera ballet, Rudolf Nureyev se llamaría Klay Thompson. Su mecánica de tiro, sus arrancadas directas y cruzadas y sus finalizaciones son de alta escuela.

Otros jugadores contemplados: Ray Allen, Jamal Crawford, Kevin Durant. 




El jugador más competitivo. Kobe Bryant. A Kobe le gusta menos perder que a Rajoy hablar en público. A veces equivoca los caminos, pero si alguien es capaz de picarse con un niño que está jugando a la peonza, ése es Kobe Bryant.

Otros jugadores contemplados: Kevin Garnett, Tim Duncan, Lebron James.



El jugador más inteligente. Si los partidos de baloncesto se decidieran resolviendo Cubos de Rubik hay pocos más preparados que Rajon Rondo. El base de los Celtics es una calculadora andante de espacios, combinaciones y porcentajes.

Otros jugadores contemplados: Steve Nash, Ricky Rubio, Tony Parker. 




El jugador más completo. Hijo, marido, amante (que no tiene por qué coincidir con marido) y padre excelente. Abuelo mezcla de compasión y dureza. Igual aporta fondos para una causa benéfica que invierte en España (bueno, eso es lo mismo). No puede ser otro que Paul George, el base-escolta-alero de los Pacers, el más digno sucesor de Scottie Pippen y John Havlicek.

Otros jugadores contemplados: Lebron James, Harrison Barnes y Josh Smith.



Una de breves...

Pagaría por ver a... Stephen Curry

Me cruzaría de acera si me encuentro a... Metta World Peace (a pesar del nombre).

Construiría mi equipo a partir de... Lebron James

Le confiaría la vida en un tiro libre a... Ray Allen

Le daría la última bola en un partido igualado a... Kevin Durant

Será el MVP de la temporada... Paul George



El equipo mejor orquestado. Si se trata de trabajar en equipo, de ganar y perder de manera colectiva sin dedos inquisitivos ni egos hipertrofiados éste debe ser San Antonio Spurs.

Otros equipos contemplados: Miami Heat, Golden State Warriors, Indiana Pacers



El equipo más sucio. No existen muchos equipos del perfil de aquellos Pistons de finales de los 80 o de los Knicks y Heat entrenador por Riley en los 90. Hasta el año pasado los Celtics representaron esa vieja tradición de dar antes de preguntar. La presencia de Joe Johnson y de Brook López inhabilita a los Nets para este honor, así que me quedaré con los Chicago Bulls de Butler, Boozer y Noah con Thibodeau en el banquillo.

Otros equipos contemplados: Memphis Grizzlies, Miami Heat, Indiana Pacers.



El equipo más espectacular. Si mi concepto de espectáculo fuera el de la mayoría, a esta cuestión respondería los Clippers. Pero no, a mí me gusta disfrutar no sólo con la demostración de facultades físicas, sino, principalmente, con la puesta en escena de gestos técnicos de enorme dificultad. Y ahí, entre los cambios de mano, dirección y ritmo de Curry y la pureza de Klay Thompson, me tengo que quedar con los Golden State Warriors.

Otros equipos contemplados: LA Clippers, Denver Nuggets, Oklahoma City Thunder



Otra de breves...

Pagaría por jugar en... los Celtics (cuestión de colores).

Sufriría jugando en... New York Knicks (una posesión para cada uno y tiro porque me toca).

Si el estilo de juego de un equipo resumiera tu filosofía de baloncesto éste sería... San Antonio Spurs (mi filosofía y la de muchos, creo).

Confiaría mi vida a la defensa de... Indiana Pacers

Si los equipos de NBA fueran equipos de cantera me gustaría que un hipotético hijo jugara en... Boston Celtics (no sólo por los colores, también por los valores que representan).

Ganarán el anillo... Indiana Pacers (tienen todas las piezas y a Larry Bird sentado en primera fila por si hay que enchufar la última).



En fin, esto de opinar no es coto cerrado de blogueros, expertos, sabios, periodistas, Pipi Estrada o Santiago Segurola. Así que si os han gustado mis propuestas apuntaos y compartid con todos nosotros vuestros gustos particulares sobre los jugadores y equipos de, y esto repito no es opinable, la mejor liga del mundo.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Ni yo, ni me, ni imprescindible





Este fin de semana he sido privilegiado observador y oyente en las charlas organizadas por el Club Baloncesto Tormes, el principal por número de licencias y resultados dentro del ámbito masculino en Salamanca. En ellas entrenadores de reconocido prestigio han compartido experiencias y métodos con otros que, como yo, nos consideramos simples aprendices.



Puede que lo que aquí voy a escribir levante ampollas (aunque claro, para eso haría falta que alguien lo leyera). Es habitual que los profesionales de un determinado gremio realcen el valor de su actividad en la búsqueda de un mayor reconocimiento social y pecuniario. De hecho, en ciertos ámbitos son los propios profesionales los que se encargan de asegurarse el sustento. Los periodistas generan noticias de la nada, se enfangan deliberadamente en debates absurdos para generar polémica y arrastrar audiencia. Los abogados son, a su vez, uno de los colectivos más despreciados en determinadas culturas. ¿No les parece curioso que cerca de cualquier conflicto siempre haya un abogado? Mejor no hablar de los publicistas, cómplices, entre otros muchos, de este sistema que ha terminado por reventar hasta generar un caos que se cobra varios suicidios al día.



No, no voy a menospreciar la importancia que tiene el deporte en la formación de personas. Estaría loco si no defendiera los efectos positivos que una buena enseñanza del baloncesto puede acarrear en el proceso de maduración de los niños y adolescentes. No se trata de eso. Se trata de criticar un empleo del idioma que revela una actitud, un carácter. Una forma de ser, por cierto, que por mi experiencia parece ser generalizable. Ahora bien, que nadie se dé por aludido si no se reconoce en la siguiente descripción.



El entrenador al que me refiero habla siempre en primera persona del singular o eso, al menos, si se trata de recordar éxitos, jugadas ganadoras sobre la bocina o el nombre de jugadores profesionales que pasaron por sus manos. En ese momento su estómago se hincha y su barbilla se eleva a la misma velocidad con que olvida aquellos grandilocuentes discursos en los que ensalzaba el valor del colectivo y del trabajo en equipo. Obvia, por no decir otra cosa, que quienes sudaron yendo de línea a línea, que los que anotaron aquella última canasta decisiva y quienes dedicaron más de diez mil horas a la práctica del baloncesto fueron los jugadores. Padece el síndrome del yo, del mí, del me. Desconoce, al menos a la hora de repartir méritos, la existencia del pronombre NOSOTROS.



Ojo, entiendo que el entrenador ha de ser un líder, un amplio y a la vez minucioso conocedor del juego y un juez justo en la gestión del vestuario. Reconozco, por mi propia ineptitud hasta la fecha, que ser un buen entrenador requiere de práctica, constancia y virtud. No se trata de restar méritos. Se trata de ser humildes, de predicar con el ejemplo y con el discurso. Si no queremos jugadores vanidosos no lo seamos. Si no queremos jugadores egoístas... Pues eso.



Ahora bien, cómo sobrevivir en esa jaula de grillos que supone la pelea por los puestos importantes de entrenador, manejando un discurso de perfil bajo y centrado en el valor del jugador por encima de todo. Pues no lo sé. Supongo que en cualquier entrevista de trabajo tras la defensa de esta visión me responderían con algo así como: “Entonces, ¿para qué le necesitamos?” Pues para ser un guía y no un monarca, un referente que no un ídolo, un vasallo al servicio de la mejora del jugador y no un señor que se sirve de sus súbditos para engrandecer un currículum.



Lluevan las críticas si es menester. Así veo mi misión, así entiendo el baloncesto. Y el día que me escuchen hablar de mí en primera persona del singular espero que sea en pleno proceso de autocrítica y sin darme demasiada importancia. Juegan los jugadores. Es una redundancia, pero es así.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS