Sobrevivir a la paradoja





La mayor parte de los viajes que emprendemos, por mucho que nos queramos parecer al despistado Odiseo, implican una partida y un regreso. Todo regreso, a su vez, exige una ardua labor de supervivencia, más aún si el puerto en el que hemos atracado por unos días no es un estercolero; o si la dársena de llegada, en la que pasaremos gran parte de nuestras vidas, no se parece precisamente a un vergel (real o figurado). La primera paradoja que debemos afrontar a la vuelta encuentra su razón de ser en el propio concepto “vacaciones”, cuya mera existencia revela, tal vez, el fracaso de un modelo que quiso convertir a la felicidad en su eje motor. Durante su disfrute, los seres humanos descubren que el mundo es más que una oficina o una estación de metro, pero se percatan, también, de que no les pertenece, llegándose a esta posible conclusión: “Pudiendo disponer de paraísos naturales o culturales, el ser humano se condena a vivir en junglas de asfalto”. Sí, ya sé lo que está pensando, que invente, si me atrevo, una solución mejor. Denme tiempo.

Situado sobre un acantilado, uno se da cuenta de la existencia de un tiempo geológico prácticamente inconcebible desde la perspectiva humana. Viendo al mar cincelar la roca caliza uno se percata de su propia nimiedad, no ya solo en términos espaciales, también temporales. Es curioso, seres que no son nada –apenas un eructo de la naturaleza– lo quieren todo deprisa. Curioso pero lógico: el mar tiene todo el tiempo del mundo, morirá con el planeta. Pero ello no elimina la paradoja. Si la naturaleza acepta firmar una obra inacabada ¿por qué estos seres diminutos se empeñan en quererlo todo ya, en dar por terminados miles de bosquejos imperfectos? ¿Por qué no se conforman con sobrevivir?



Tal vez porque trascender sea también pervivir, inmortalizar una obra que entierra a un cuerpo y se desvincula de su triste penar. Una suerte de progenie surgida de regiones inhóspitas de nuestro cerebro. Y de trascender sabe un poco Gaudí, de quien me enamoré aún un poco más tras ver su “opera prima”, El capricho, en la localidad cántabra de Comillas. La que pretendía ser la residencia de Máximo Díaz de Quijano, abogado, músico y filántropo (pero que moriría siete días después de su inauguración), es, no cabe duda, la obra de un genio. Si vista desde lejos parece una casa de fantasía, examinada al detalle fascina por sus guiños a la melomanía de su inquilino o por la sutil fusión de pragmatismo y belleza. Sin embargo, mirarse en el ejemplo de Gaudí supone una cura de humildad dolorosa. También una lección de matemáticas. Probablemente, su existencia elimina la posibilidad de que nazca otro arquitecto de su envergadura en su mismo contexto cultural hasta finales de este siglo, por mucho que se hayan acortado los ciclos económicos o tecnológicos, que no el que atañe a los genios (menos aún el que afecta a los “clásicos”).

Ligo aquí, a duras penas, con la temática de este blog. Entrar en íntimo contacto con la obra de la naturaleza, y con aquella otra de un maestro de la arquitectura, me ha dificultado el poder disfrutar de los partidos de la selección de baloncesto. Escuchando como una lejana banda sonora los comentarios de Pepu Hernández sobre tipos de arrancada, sistemas o toma de decisiones, encontraba grandes dificultades para prestar atención a semejante banalidad. En la época en la que mayores y más variadas son las posibilidades para el aprendizaje, el ser humano se empeña en levantar su edificio sobre cimientos del tamaño de un átomo. Estudiamos con un microscopio la anécdota más irrisoria de las que conforman el universo y pretendemos obtener, por ello, una medalla. Y lo peor es que muchos lo creen. Y los demás nos lo tenemos que creer.

Y sin embargo hay que seguir, aunque aquello de darle sentido a la vida deba de ser un sinónimo de autoengañarse. Toca olvidar la visión del mar enfurecido y quedarse con el inopinado afán del pescador de bonito. Es hora de dejar de aspirar a ser Gaudí y de conformarse con poseer una millonésima parte de su talento. Un nuevo reto baloncestístico espera a la vuelta de las verbenas y sus miembros, para su fortuna, aún no se han hecho estas preguntas. Solo quieren aprender a vivir jugando al baloncesto. Sin paradojas que se lo impidan.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

De pasada






Dado que no me he levantado muy olímpico, ni de cuerpo ni de espíritu, y dado que no es motivo de ninguna resaca, voy a optar por tratar el tema Río de manera más bien oblicua. De pasada, como siento que han llegado a su fecha de inauguración estos Juegos que confirman la muerte del deporte en su versión romántica, decimonónica y coubertiniana. O como prefieran llamarla.

No descarto, tampoco, que sean los años los que hayan provocado esta rebaja en el entusiasmo, este cercenamiento de la pasión infantil con la que antes afrontaba la llegada de este acontecimiento. Pero claro, antes creía en las naciones, y en la fraternidad entre las naciones. Y en el deporte, y en los valores que se le asociaban. Y en la limpieza de los deportistas. Y en la honradez de los prebostes del COI. Y en Prometeo como benefactor de la humanidad y azote de los dioses.

Sin embargo, a escasas horas para el encendido de la antorcha, todo lo que ocupa la actualidad en torno a este magno evento, son aspectos derivados relacionados con la seguridad y la tensión social en el país anfitrión, la emergencia sanitaria del Zika o el caso de dopaje institucionalizado en Rusia. Por no hablar de los aspectos organizativos, con una villa olímpica que se desmonta y con un cenagal por laguna para la disputa de una serie de pruebas acuáticos. Quisiera equivocarme, pero mucho me temo que, en esta ocasión, los Juegos no van a servir de catapulta, sino de espejo. Y no, Rio no es la mujer más bonita del reino.

En cuanto al baloncesto, me pillan revisando plantillas y resultados en los partidos amistosos. Suficiente para saber que hay un favorito claro y dos aspirantes que se elevan sobre el resto. El favorito, obvio, es Estados Unidos, un equipo repleto de bajas que echará de menos, sin duda, a Harden, Westbrook, Paul, Lebron, Aldridge, Griffin, Davis,… pero que debe bastarse para conquistar el oro no solo por el talento individual, sino por tener una concepción del baloncesto tan simple como integrada en el ADN de los jugadores. Los veremos defender con numerosas fintas y muchas manos, rebotear y correr como panteras, y dividir y doblar, o jugar situaciones de pick and roll central, para conseguir ventajas inmediatas en los primeros ocho segundos de ataque. Y bueno, algún balón interior le meterán a DeMarcus Cousins, el cinco puro más dominante que ha parido la liga desde la retirada de Shaq.

Justo por detrás, quizá a quince o veinte puntos en condiciones normales, están Francia y España, las dos grandes potencias europeas de los últimos años y, en mi opinión, en este orden. Si un Gasol de leyenda nos permitió vencerlos en su Eurobasket tras una brillante prórroga, no es difícil olvidar que en las dos ocasiones anteriores el resultado fue favorable a los galos. ¿Por qué Francia antes que España? Por juventud y exuberancia física. Por estar llevando a cabo el relevo generacional de los Diaw, Parker, Pietrus y compañía con mucha mejor nota que nosotros. Ahora bien, todo queda, nuevamente, en manos de lo que pueda hacer Pau, ese hombre de estado, como lo define Kzyzewski, capaz de invertir los términos del sentido común y devolvernos a una final olímpica aun sin la presencia de su hermano y con sus compañeros de batalla cada vez más fatigados.

Y luego ojo. Ojo a Serbia y a Croacia, aunque se les augure más peligrosos en Tokio. Y al anfitrión, por si algún día le da por jugar con ocho, dado que en condiciones normales no dejan de ser una buena banda al servicio, eso sí, de un gran director de orquesta: Rubén Magnano. Y en menor medida a Argentina, sin pegamento entre la generación de los padres (Ginobili, Scola o Nocioni) y la de los hijos. Más peligrosa que éstas es Lituania, sin duda: más grande, más fuerte, más técnica. No, en cambio, Australia, suma de nombres resultones pero sospechosa habitual de incurrir en comportamientos anárquicos. Ni el resto; China, Venezuela o Nigeria, concesiones simbólicas de la geografía en pos de un universalismo panfletario en el que ya no cree ni dios.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Barbarismos "baloncestísticos" (A)







No sé si es una crisis o es que no he dormido bien, pero lo que más me interesa de la Gira Ñ es la Ñ, esto es, la letra que viene a diferenciar nuestro idioma con su perturbadora presencia. Supongo que llegarán los Juegos y se me pasará. Y que me volverá a importar lo que ese puñado de profesionales puedan hacerle a la pelotita naranja de cuero (de cuyo lugar de manufactura prefiero no acordarme).

Sí, será una crisis, una más a sumarse a cuantas nos definen como generación. La financiera, la económica, la inmobiliaria, la de valores, la de valores morales, la política,… Es la crisis del fin de siglo prolongada en el tiempo. Del fin de siglo XIX, me refiero. Y como para sobrevivir a este tipo de crisis –a todas menos a la financiera– suelo echar mano de un cuaderno y un bolígrafo, hoy he vuelto a reincidir y me ha dado por escribir unas cuantas definiciones de términos más o menos baloncestísticos copiando, literalmente, la idea de Andrés Neuman, fantástico autor argentino, que estuvo en Salamanca hace unos meses y que nos iluminó con su lucidez mental y su agilidad verbal, aunque esto último pueda sonar redundante toda vez anunciado su pasaporte. Bueno, al grano.

Acierto. 1. Probabilidad de fracaso que el error se concede a sí mismo. // 2. Producto de la indulgencia futura de uno hacia sí o de los otros hacia los demás cuando están bien muertos.

Acompañamiento. 1. Infracción del reglamento por acunamiento del único hijo que no te abandonará de mayor. // 2. Como en toda violación, algo que cometen solo los del otro equipo.

Aficionado. 1. Enorme jugador de cantera que se rompió la rodilla en el momento de dar el salto a profesional (lo que a veces es cierto). // 2. Padre seguro de que su hijo es su hijo, pero no de que este deba ser tan malo como lo fue él. // 3. Ciudadano griego en tratamiento psiquiátrico (con cariño, eh. ¡Somos amigos!).

Alero. 1. Escolta del escolta // 2. Tercer hombre.

Asedio. Lo que el catenaccio ve cuando se mira en el espejo.

Ataque. 1. Pesadilla recurrente de Xavi Pascual. // 2. Invento de los americanos, según Xavi Pascual. // 3. Concepto consecuencia del error cometido por James Naismith en la redacción del reglamento al proclamar que el objetivo es introducir una pelota en la cesta, cuando todo el mundo sabe que es al contrario. Todo ello según Xavi Pascual.

Atleta. 1. Negro mejor que el de tu equipo. // 2. Vecino cachas del quinto (¿o esto solo es en mi caso?) que le recuerda a tu mujer que estás echando tripa.

Atlético. 1. Locura transitoria que se alimenta de derrotas por la mínima o en los penaltys. // 2. Equipo de Belén Esteban (Hala Madrid).

Ayudante (de entrenador). 1. Aprendiz de traidor. // 2. Masturbador compulsivo en el tiempo que le queda entre montaje y montaje de vídeo. // 3. Ex marido, ex amante, ex amigo,… // 4. Típica clase de hombre del que todo el mundo se pregunta cuándo fue la última vez que lo vio.  

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

El peligro de encontrar minas de oro






Coincidiendo con la Pascua de Resurrección de 1656, varios viajeros portugueses, que habían acudido esperanzados a la región de Bahía, en Brasil, descubrieron que, allí donde debía de haber minas de oro y plata, solo había polvo. Ante el desconsuelo natural de esperar y no hallar, que ya se había generalizado entre sus familias y afectado al espíritu de todo el país, el padre jesuita Antonio Vieira, en uno de los sermones que pronunciaba (Sermón Primero del segundo día de Pascua de Resurrección en la ciudad del Belén del Gran Pará) y que ahora son estudiados como ejemplo de retórica argumentativa, dijo lo siguiente: “Es mucho mejor no haber descubierto las minas”. “Ved, si no, de cuántos peligros y trabajos os redimió”. De la codicia ajena y de invasiones extranjeras. De todo ello les libró, según el Padre Vieira, el hecho de que no se hallaran, finalmente, las minas prometidas y recordó, como ejemplo, la invasión romana de la Península.

Minas de oro y plata que han devenido, ahora, en máquinas de tirar dólares. Revisado hace dos años el contrato de televisión y en base al convenio salarial con el que pretenden, ahora, negociar duramente los sindicatos de jugadores; y sin que a nadie le pueda parecer mal que una mayor parte del pastel vaya a parar a estos, lo cierto es que la NBA se ha convertido en el único destino posible para quien apunta mínimas maneras. La pregunta es evidente, ¿acabará siendo esto una desgracia?

Si no lo es ya, habríamos de apuntar en primera instancia. Si no lo es ya para las ligas continentales, que no solo pierden, como antaño, a los talentos consagrados, a los currículums de dos tomos, sino también a los diamantes por pulir, a jóvenes de doce minutos por partido. Si no lo es ya para estos propios chicos, cuyo ímpetu y, en cierto modo avaricia, no merecen reproche, pero que corren el riesgo de estrellarse contra los modos de hacer y las inercias de los equipos NBA, ejemplos categóricos de la búsqueda de la máxima rentabilidad. Si no lo es ya para la propia NBA, que depaupera su producto al ritmo de esta inflación salarial que hace que sea aún más de necios, de lo que ya lo era, “confundir valor y precio”.

Del querer siempre se ha dicho que es poder. Sin embargo, del poder no debería derivar de forma automática un querer. Lo saben muy bien los clásicos, que nos hablaban de prudencia y contención, de mesura en la toma de decisiones. Me parece fenomenal que haya dinero y que, como afirmé antes, este llegue a los jugadores en cuanto que parte fundamental del juego. Ahora bien, es indignante escuchar el baile de cifras, pensar que de verdad conquistan con su trabajo diario todos esos millones de dólares que, en este sistema entrópico, hubieron de salir de algún otro estrato de la sociedad y negársele a quien no nació provisto de dones o suerte suficiente.

Son los riesgos de ir a buscar minas… y encontrarlas. El precio de que el salario sea un número a caballo entre lo que se está dipuesto a pagar y lo que se está dispuesto a cobrar (sindicatos y patronal por medio) cada vez menos referenciado a la economía real, a los costes y al sentido común. Son los delirios propios de una grandeza que el pueblo otorga a cambio de entretenimiento. Pero que se anden con cuidado, pues con este afán abarcador, “democratizador” a su manera, se corre el riesgo, también, de terminar con las ligas europeas, nexo de unión y puente con el aficionado europeo, el que antaño se enamoraba del basket animando desde la grada al equipo de su pueblo. Ya se verá.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Inocente de ser tan bueno





La de Tim Duncan, jugador que ha anunciado esta pasada tarde su retirada, es la historia de un “no”, un cuento construido a base de lítotes, es decir, de negaciones que lo afirman todo. Porque no es que Tim Duncan sea el mejor jugador interior de su generación, o el líder de una franquicia que lleva veinte visitas consecutivas al Playoff. Y no, no es solo que Tim Duncan sea un especialista defensivo o el mejor reboteador del siglo XXI, ni la figura más cercana a Bill Russell o Kareem Abdul Jabbar. No, no se trata de que no sea un amante de los titulares, de las entrevistas, del marketing. Ni que no sea un compañero egoísta o fanfarrón. Ni un hombre hecho para ser conocido en los ascensores (en los que pasa desapercibido) o para ser condecorado por la comunidad por todos los servicios que le presta de manera callada, como le enseñaron a hacer las cosas. No, no es eso.

De Tim Duncan se cuenta que iba para nadador y que un huracán, Hugo, cambió los planes del chico tras arrasar la piscina donde se entrenaba a conciencia para debutar en Barcelona ´92. Dicen también, los periodistas, que en aquel ya lejano junio de 1997, todo parecía indicar que serían los Knicks el destino del chico de Islas Vírgenes. Y no mienten ni el pívot, ni su entrenador, Gregg Popovich, cuando recuerdan la visita que este le hizo al primero a Saint Croix, lugar de nacimiento del jugador que hoy se retira, y cuando mencionan y reflexionan sobre la conexión que ambos sintieron en el interior de su alma. Y sí, parece que es un hecho que a Popovich le tocó nadar varias millas adaptándose al plan previsto por el que a la postre sería, tal y como confesara el entrenador de los Spurs de manera irónica, la clave de sus victorias y su gran aportación al baloncesto.


Y dicen que ya tiene cuarenta y que si hoy dijo adiós es porque después de responder mil veces a preguntas sobre su retirada, siente que ya no le sale decir aquello de “aún me queda un partido más”. Toca vaciar, al fin, la pintura de la que durante tantos años fue centinela. Es el momento de colgar la camiseta en lo alto del cielo de San Antonio, cerca de la de David Robinson, su torre gemela y mentor, el humilde y esforzado marine que le abriera el camino. Toca recoger la cosecha y sentarse junto a la piscina lejos de los estériles debates que ya se cerraron (Garnett o Duncan, ala pívot o pívot) o de aquellos otros que permanecen abiertos (comparaciones históricas) y a la espera, tal vez, de que un nuevo huracán le lleve de nuevo a San Antonio como entrenador o miembro del staff técnico a aportar toda su experiencia y sabiduría, la que durante tantos años amasó desde el silencio que envuelve a esa gente inteligente a la que preferimos llamar “rara”.

Dicen, cuentan, redactan y susurran, narran y confiesan. Lo hacen otros por él, mientras él calla. Mientras lo niega todo: que fuera el mejor defensor, que fuera una lección de fundamentos, que fuera el jugador clave de la más exitosa y longeva franquicia desde los Chicago Bulls de los años 90.

Abraza un proyecto






Últimamente tengo la sensación de que la vida de mucha gente a mi alrededor se desmorona con sorprendente facilidad. Es cierto, no es una ayuda que te deje la persona “amada”, o que entren en conflicto dos realidades a las que no tenías previsto renunciar. O que se sucedan ante nuestros ojos tantas catástrofes (la mayoría de origen antrópico), tanto mal envuelto en los ropajes de lo convencional o heredado. Es cierto, sí, y, mientras tanto, George Steiner denunciaba ayer en una entrevista para El País, que los jóvenes ya no tienen tiempo de tener tiempo, que nunca la aceleración casi mecánica de las rutinas vitales ha sido tan fuerte como hoy. No hay tiempo para la reflexión. Vivimos en el fondo de un sumidero de estímulos superficiales, en un régimen de monocultivo de lo banal y en la ceguera de la que nos alertó José Saramago en su célebre “ensayo”, una de esas novelas con las que nos equivocamos al leerla en clave de ficción.

Ayer, en cambio, al dar carpetazo al VIII Campus del C.B. Tormes en Villamayor, tras ocho días de convivencia con 150 niños y adolescentes, me he dado cuenta de que todo es mucho más sencillo de lo que nos creemos. Es todo una cuestión de perspectiva y desde hace tiempo el ser humano, al menos el tipo de ser humano con el que convivo habitualmente (principalmente yo mismo), ha decidido afrontar el muro de la vida mirándolo desde el origen y tumbado boca arriba. Y ante esa pared vertical es fácil rendirse y dejarse secuestrar por el modo de hacer de los semejantes dando por sentado que no hay otras opciones y que a la mezquindad se la combate con mezquindad y al odio, pues eso, con más odio. Cuando es todo lo contrario.

Ahora que comienza el verano, y aunque no esté de más tomarse unos días de abandono completo de uno mismo (no confundir este abandono con irse de vacaciones para fijar un estatus, dar envidia y tocar las pelotas a los que no pueden irse), mi propuesta para todos los lectores de este blog, sean o no amantes del baloncesto, es que abracen un proyecto. Sí, un proyecto que abarque su fase de ideas previas, planteamiento de alternativas, selección final y, por supuesto, que desarrollen con persistencia y método. Un proyecto que les permita responder a las malintencionadas preguntas de conocidos con un lacónico “estoy trabajando en ello”. Un proyecto que les permita sentirse bien y realizados, no para con el mercado, perversa creación del ser humano (más dañina, si cabe, que Dios aunque me digan que necesaria y contingente), sino con su espíritu, entidad difícilmente definible, pero que debería encontrarse en todos los manuales de anatomía por ser la parte que con mayor facilidad enferma en nuestros días.

Y ya centrándome en el baloncesto; ahora que afrontamos el período estival, época de torneos internacionales de selecciones, y que las ligas más modestas ya han echado el cierre, todo entrenador debería abrazar un proyecto: salir del verano más preparado. Ser mejor entrenador y mejor persona, que como bien dijo Pedro Martínez en un clínic organizado por el Campus de Marta Fernández en Carbajosa, es prácticamente lo mismo en la medida de que se trata, ante todo, de transmitir valores. Toca releer apuntes, acudir a escuchar a los mejores, leer con calma (y con el móvil apagado) el libro que nos regalaron en navidades, mejorar el inglés (lenguaje universal en este campo), ver baloncesto con mirada de entrenador. Toca empaparse de la realidad actual de los jóvenes, comprender cuál ha de ser el canal para llegar a ellos, ahora que competimos con referentes mucho más atractivos, por guapos que seamos, que nosotros (cantantes de moda, personajes de serie o videojuego, jugadores de NBA o fútbol,…). Toca planificar el proyecto del próximo invierno, y planificar debe ser un proyecto en sí mismo.

Solo entonces, enfrascados en un reto atractivo, elegido por nosotros y que, a modo de espejo, nos sitúe ante nuestra propia realidad, terminará el desencanto de la búsqueda infructuosa de “un lugar en el mundo”, de un salario miseria, de una pareja perfecta, de un sueño que no existe, amigos, salvo que se llame proyecto y exija, más que imaginación, compromiso. Abrace un proyecto y no lo abandone: Él nunca lo haría


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Rescoldos de una noche de hogueras






Amaneció un nuevo día de San Juan. También en Londres, sobre las cenizas de 43 años de permanencia en Europa, sobre sueños y estrellas ya no amarillas, sino negruzcas. Y aún huele a humo en las playas de Levante, hollín anuncio, tal vez, de fumatas blancas de cara a un lunes de resaca electoral. Y se siente aún la brisa cargada de lo viejo que anoche incineramos. Y urge abrir las ventanas del mundo, situadas entre ventrículos y aurículas, y que entre sístole y diástole recobremos el pulso a una vida que, como ese regalo que no nos gusta, parecemos decididos a malgastar.

Llegó a tiempo, también, esta noche mágica para aquellos que a 30 de junio deben hacer balance, cuando no maletas, y discriminar lo que sirve, lo que no, lo que se hizo mal y lo que se pudo hacer mejor. Hoy amanecieron también quemadas las 73 victorias de los Warriors, estériles en el recuerdo de los aficionados, que hubieran cambiado un puñado de ellas por un anillo que se les escapó a poco más de un minuto para que finalizara la temporada, con una secuencia demoledora de tapón y triple, de James e Irving.

No llegó a tiempo, en cambio, Xavi Pascual. Enfrascado en una disyuntiva insoluble, renunció a decidir si seguir o no, si apostar por los jóvenes o volver a fichar ocho extranjeros para después seguir viviendo de Navarro y de Tomic o si mudarse de planeta. Lo cierto es que el Barcelona, tras lo vivido en esta final, necesita algo mucho más contundente que la quema de lo viejo y la plegaria de unos cuantos deseos. Una noche de San Juan no bastará, si no se acompaña, a su vez, de una visita estival a Lourdes. O a Montserrat.

Y así estamos todos hoy, seis años y un día después del nacimiento de este blog, echando de menos la noche más corta del año, lamentando que amaneciera tan temprano y que el oxígeno que a otros nos falta consumiera tan pronto las mágicas llamas. Llegó el solsticio, como se vino y vendrá uno nuevo dentro de doce meses (obvio el lúgubre correlato del invierno). Pero se queda el verano, época de reciclaje personal, de tiempo para leer que luego no se emplea, de viajes que no siempre se realizan. Ah, y de Juegos Olímpicos, esperemos que no marcados por el zika y sí por una última gran actuación de nuestra Generación de Oro.


UN ABRAZO Y BUEN VERANO PARA TODOS

Sufrir o divertirse




Después de más de cien partidos, decenas de miles de canastas, tapones o rebotes; tras más de millones de kilómetros de avión y de autobús, la NBA se va a decidir en una sola noche, en cuarenta y ocho minutos, ante una audiencia de escala planetaria y, eso sí, tras al menos una decena de tiempos muertos. Como titulan los diarios de todo el país, bastará un séptimo partido en el Oracle Arena para saber si hemos asistido a la mejor temporada de la historia (o si Curry es, en esencia, un fraude que depende de Iguodala y los Warriors un equipo que no sabe distinguir lo prioritario) o al encumbramiento de Lebron como uno de los más grandes de siempre (o a la constatación de su carácter de perdedor).

Ganarán los Warriors, dice la lógica, por lo improbable de perder tres partidos seguidos, más aún siendo un equipo de récord. Por la escasa probabilidad de ceder un segundo partido consecutivo en casa cuando solo han sido derrotados cuatro veces en nueve meses. Por la inexistencia de un solo caso de remontada de un 3 a 1 en el registro de las finales. Porque todos los equipos que rozaron o llegaron a las 70 victorias terminaron cosechando el anillo. Porque teniendo que ganar cuatro partidos seguidos para batir el récord de los Bulls, lo hicieron. Porque teniendo que ganar tres partidos seguidos para seguir vivos ante los Thunder, lo hicieron. Porque ahora solo se trata de ganar un partido. O porque en el fondo somos de Curry, y de Thompson, y de Green, y de este juego que han renovado en su esencia misma y que, aunque sigamos llamándolo baloncesto, sabemos que ya no volverá a ser nunca lo mismo.

Pero pueden ganar los Cavaliers, por supuesto, porque solo se trata de un partido más, de cuarenta y ocho minutos al margen de lo acontecido anteriormente. De un cinco contra cinco, o un doce contra doce, con tres árbitros y unas normas conocidas por todos. A domicilio, sí, igual que el quinto encuentro. Frente a la estadística, sí, un dios tan fantasioso como el resto. Contra la historia que dice que Cleveland no celebra el campeonato de una liga profesional desde hace medio siglo, sí, como España nunca había ganado un mundial hasta el gol de Iniesta.

Es decir, puede pasar de todo, pero quizá debamos atender a una serie de claves para interpretar mejor, aunque sea a posteriori, lo que haya ocurrido.

1. La “performance” de los secundarios. Aunque sepamos que los focos no se posarán sobre ellos, la actuación de Harrison Barnes, minimizando el impacto de Lebron y anotando los lanzamientos abiertos, y de Tristan Thompson, dominando el rebote defensivo y concediendo segundas oportunidades en la zona rival, serán determinantes. También la de Iguodala o Richard Jefferson. Quizá la de Love, pero esto resulta más complicado de creer. Y por supuesto la de Green, aunque con esta contemos sí o sí.

2. El primer cuarto. En tres ocasiones han terminado los Warriors por debajo de los veinte puntos el primer cuarto. Aunque expertos en remontada, los de la Bahía no quisieran verse apretados desde el inicio, ante su público y ante la visión de una oportunidad histórica que se escapa. El sentimiento de urgencia debe dejarse notar desde el inicio y los tiros no pueden esperar para entrar.

3. La regularidad que puedan alcanzar Irving y Thompson en cada equipo. Un acceso de fiebre anotadora por parte de cualquiera de estos dos jugadores puede conducir a un parcial difícil de atajar por el equipo contrario. Los Cavs tratarán de provocar cambios defensivos para que su base quede custodiado por un Curry que se ha mostrado endeble (muy endeble) en defensa. Los Warriors, por su parte, intentarán procurarle a su escolta tiros liberados tras rebote ofensivo, juego roto, sistemas o, mejor aún, en transición.

4. Sufrir o divertirse. Este es el dilema que afronta Curry antes del séptimo partido. De que el número 30 de los Warriors sufra o se divierta dependen en gran medida las opciones del equipo. Si se encuentra incómodo en defensa, comete faltas tontas y se sale mentalmente del encuentro, el escenario se presenta lúgubre para los locales. Sin embargo, si consigue robar un par de balones, pasar los bloqueos sin falta o cambio defensivo y entrar en ritmo anotador, Curry se divertirá y con él todos los que hoy desean que ganen los californianos.

5. ¿Humano? Del éxito de los Warriors, y de las circunstancias, en hacer parecer mortal a Lebron dependerá en gran medida que este pueda conducir, o no, a su equipo al anillo. Si anota, asiste, intimida, rebotea y domina mentalmente el encuentro, la NBA tendrá un merecido rey; si no votado, sí al menos bendecido por todos los aficionados. Nos guste más o menos su estética. Aceptemos mejor o peor su tiranía.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Claro que quieren ser Michael Jordan




Hay entradas que deben ser escritas a la una de la madrugada de un sábado por la noche, con los amigos de fiesta y tras diez horas de baloncesto en vena, debiendo madrugar al día siguiente e incubando un resfriado. Digo deben porque, si no, quedarían flecos por atar, verdades por decir y todo se edulcoraría con el sol de la mañana y la diplomacia con la que, dicen, debemos acompañar nuestros actos.

Les explico, vengo de sufrir un partido con más de ochenta violaciones por “avance ilegal” en 48 minutos de juego. Y sí, era un partido de chavales de diez y once años. Pero no, no era su primer día de baloncesto. Es más, se supone que eran los doce mejores jugadores de sus respectivas provincias en sus respectivas generaciones, en sus respectivas… No, no hay más respectivas, solo pasos una y otra vez, balones lanzados a la izquierda con la mano derecha, posiciones de ataque propias del toreo, pases de lanzadores de peso (¿quizá por la paronimia entre “pase” y “peso”?), tiros cruzando las manos,… Y así respectivamente; perdón, sucesivamente.

Mientras conducía y cenaba he llegado a la conclusión de que ya nadie quiere ser Michael Jordan. Como nadie quiere ser Niccolo Paganini, Ludovico Einaudi, Oliver Sacks o Valle-Inclán. Ahora todo el mundo quiere “disfrutar”. Los niños de un rato con los amigos, alejados de la agenda de ministro en la que se ha convertido su infancia. Los padres, de un rato sin hijos, aferrados a la agenda de obrero del siglo XIX en la que se ha convertido su vida para que la de sus hijos sea aún peor (aunque ellos crean que es mucho mejor), o con hijos, pero transformados estos en medallas de las que presumir saliendo de tapas con los amigos. Y aunque puedo llegar a comprender a unos y a otros, de verdad, que “disfruten” con actividades menos serias que el baloncesto; que intercambien cromos, que jueguen a la Play, que miren culos si hace falta y que los padres presuman del buen gusto de sus hijos y no de lo bien que se lo pasan haciendo terrorismo baloncestístico por culpa de un sistema que no se preocupa de enseñar bien y sí, únicamente,  de albergar niños en la guardería con balones en la que se han convertido muchos patios de colegio de mi ciudad (salvo honrosas excepciones).

Es una frase manida aquella con la que los entrenadores criticamos al padre por creer (querer) que su hijo pueda llegar a ser Michael Jordan. El único problema de esos padres es el intervencionismo, querer ir más allá de su papel saturando de información a los niños e impidiendo a los entrenadores hacer su trabajo. Pero no está mal que un padre, o una madre, quieran que su hijo sea Michael Jordan, sobre todo si el chaval también lo quiere. Siendo esto así, el padre se informará y no aceptará que el entrenador no planifique las sesiones, que desconozca los fundamentos técnicos de su deporte o que se pase por alto los valores más básicos que van asociados al mismo. Siendo esto así, el padre comprenderá que su hijo llegue reventado (y feliz por ello) a casa, que no es más importante que el resto de sus compañeros, y que afronta un proceso, el de mejora, que es lento y que puede ser doloroso.

Y es que solo los padres de hijos que se tomen suficientemente en serio el baloncesto estarán capacitados para exigir que mejoren las estructuras, las competiciones (que hasta ahora, al menos en la provincia desde la que os escribo, deben ir entrecomilladas), la formación de los entrenadores y los árbitros,… Porque solo niños que quieran ser Michael Jordan deberían alcanzar la oportunidad de representar a una selección provincial, por menor que pueda ser este hecho dentro de nuestra dimensión espacio-temporal.

Prometo, por lo tanto, no volverme a quejar de los padres que quieren que sus hijos sean Michael Jordan como no lo hago de los chicos que, aunque nunca serán Michael Jordan, abordan cada minuto de entrenamiento con la convicción interna y, a su juicio, bien fundamentada, de poder llegar a serlo.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Previa a posteriori




No se inquieten. Aunque sea cierto que ya han empezado las Finales de la NBA, aún hay tiempo para pronósticos. Pronósticos puede que no tan puros y valiosos, pero sí más difíciles de llevar a cabo en cuanto que condicionados por un partido, el primero de la serie, del que se pueden extraer algunas conclusiones. Sin embargo, no hace muchas fechas que quien os escribe quiso pontificar el trabajo de los San Antonio Spurs a raíz de la inicial paliza que estos le dieran a los Oklahoma City Thunder en el primer partido de una serie que terminaron ganando los de Billy Donovan en seis mangas. Del mismo modo, no creo que muchos analistas apostaran por los Lakers tras el primer partido de las finales de 1985, después de que los Celtics los barrieran por un contundente 148-114 en el Memorial Massacre Day, un partido recordado por el calor que hacía en el Boston Garden y las mascarillas de oxígeno que necesitaron varios de los angelinos para sobrevivir a la atmósfera asfixiante.

Yo, sin embargo, aunque tentado en dar como vencedor al gran derrotado de este primer encuentro, creo que van a ganar los Warriors. Aquí mis cuatro razones:

1. Batallas igualadas. Tras una eliminatoria en la que los Warriors se sentían inferiores físicamente en, al menos, cuatro emparejamientos (Westbrook-Curry, Durant-Barnes o Thompson, Ibaka-Green, Adams contra cualquiera), los Cavs les resultarán un juego de niños. Frente a Irving, Curry o Thompson sufrirán mucho menos; ante Love, Green volverá a ser el Green que rebotea y lanza el contraataque de su equipo; contra Thompson, Bogut sacará a relucir su mayor envergadura y su infinita mayor inteligencia (y clase) y, bueno, frente a Lebron, Iguodala ya se ha mostrado como un defensor eficaz gracias a sus buenas posiciones defensivas y a sus manos de ratero.

2. Banquillos desequilibrados. No hay un base suplente en Cleveland que mida dos metros y pueda meter una vez tras otra tiros en suspensión desde cuatro o cinco metros. Tampoco un defensor como Iguodala, capaz de meter todos los tiros que su equipo necesita. Tampoco un pívot inteligente y sucio como Varejao. Tampoco un brasileño rescatado de una gira circense como Barbosa. Sí un tirador que las mete, como Speights, aunque está por ver que Frye pueda mantener el nivel de acierto con la presión que envuelve una final.

3. Las matemáticas. Los Warriors perdieron nueve partidos en poco menos de seis meses. Por regla de tres simple directa, en condiciones normales, no es posible que pierdan nueve, que son los que harían falta para que Cleveland gane el anillo, en dos. Este axioma matemático tiene su traducción deportiva en eso que se llama “inercia ganadora”. Los de la Bahía se han repuesto de tantas situaciones complicadas a lo largo de esta temporada histórica que, si hiciera falta, podrían hacerlo una vez más.

4. Baloncesto. Guste más o menos; sea más o menos puro, clásico o académico, lo cierto es que los Warriors juegan mejor al baloncesto que Cleveland. Así de simple. Comparten mejor la bola, entienden mejor los espacios que deben atacar, leen mejor las ventajas que se generan, disfrutan moviéndose sin balón,… Y esto al final cunde. Cunde porque genera mejores inercias, una mejor química en el vestuario, un mayor compromiso defensivo y una mayor implicación en tareas menos amables como el cierre del rebote o la ejecución de bloqueos y pantallas. Y cunde, también, claro, en el marcador.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS