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Sufrir o divertirse




Después de más de cien partidos, decenas de miles de canastas, tapones o rebotes; tras más de millones de kilómetros de avión y de autobús, la NBA se va a decidir en una sola noche, en cuarenta y ocho minutos, ante una audiencia de escala planetaria y, eso sí, tras al menos una decena de tiempos muertos. Como titulan los diarios de todo el país, bastará un séptimo partido en el Oracle Arena para saber si hemos asistido a la mejor temporada de la historia (o si Curry es, en esencia, un fraude que depende de Iguodala y los Warriors un equipo que no sabe distinguir lo prioritario) o al encumbramiento de Lebron como uno de los más grandes de siempre (o a la constatación de su carácter de perdedor).

Ganarán los Warriors, dice la lógica, por lo improbable de perder tres partidos seguidos, más aún siendo un equipo de récord. Por la escasa probabilidad de ceder un segundo partido consecutivo en casa cuando solo han sido derrotados cuatro veces en nueve meses. Por la inexistencia de un solo caso de remontada de un 3 a 1 en el registro de las finales. Porque todos los equipos que rozaron o llegaron a las 70 victorias terminaron cosechando el anillo. Porque teniendo que ganar cuatro partidos seguidos para batir el récord de los Bulls, lo hicieron. Porque teniendo que ganar tres partidos seguidos para seguir vivos ante los Thunder, lo hicieron. Porque ahora solo se trata de ganar un partido. O porque en el fondo somos de Curry, y de Thompson, y de Green, y de este juego que han renovado en su esencia misma y que, aunque sigamos llamándolo baloncesto, sabemos que ya no volverá a ser nunca lo mismo.

Pero pueden ganar los Cavaliers, por supuesto, porque solo se trata de un partido más, de cuarenta y ocho minutos al margen de lo acontecido anteriormente. De un cinco contra cinco, o un doce contra doce, con tres árbitros y unas normas conocidas por todos. A domicilio, sí, igual que el quinto encuentro. Frente a la estadística, sí, un dios tan fantasioso como el resto. Contra la historia que dice que Cleveland no celebra el campeonato de una liga profesional desde hace medio siglo, sí, como España nunca había ganado un mundial hasta el gol de Iniesta.

Es decir, puede pasar de todo, pero quizá debamos atender a una serie de claves para interpretar mejor, aunque sea a posteriori, lo que haya ocurrido.

1. La “performance” de los secundarios. Aunque sepamos que los focos no se posarán sobre ellos, la actuación de Harrison Barnes, minimizando el impacto de Lebron y anotando los lanzamientos abiertos, y de Tristan Thompson, dominando el rebote defensivo y concediendo segundas oportunidades en la zona rival, serán determinantes. También la de Iguodala o Richard Jefferson. Quizá la de Love, pero esto resulta más complicado de creer. Y por supuesto la de Green, aunque con esta contemos sí o sí.

2. El primer cuarto. En tres ocasiones han terminado los Warriors por debajo de los veinte puntos el primer cuarto. Aunque expertos en remontada, los de la Bahía no quisieran verse apretados desde el inicio, ante su público y ante la visión de una oportunidad histórica que se escapa. El sentimiento de urgencia debe dejarse notar desde el inicio y los tiros no pueden esperar para entrar.

3. La regularidad que puedan alcanzar Irving y Thompson en cada equipo. Un acceso de fiebre anotadora por parte de cualquiera de estos dos jugadores puede conducir a un parcial difícil de atajar por el equipo contrario. Los Cavs tratarán de provocar cambios defensivos para que su base quede custodiado por un Curry que se ha mostrado endeble (muy endeble) en defensa. Los Warriors, por su parte, intentarán procurarle a su escolta tiros liberados tras rebote ofensivo, juego roto, sistemas o, mejor aún, en transición.

4. Sufrir o divertirse. Este es el dilema que afronta Curry antes del séptimo partido. De que el número 30 de los Warriors sufra o se divierta dependen en gran medida las opciones del equipo. Si se encuentra incómodo en defensa, comete faltas tontas y se sale mentalmente del encuentro, el escenario se presenta lúgubre para los locales. Sin embargo, si consigue robar un par de balones, pasar los bloqueos sin falta o cambio defensivo y entrar en ritmo anotador, Curry se divertirá y con él todos los que hoy desean que ganen los californianos.

5. ¿Humano? Del éxito de los Warriors, y de las circunstancias, en hacer parecer mortal a Lebron dependerá en gran medida que este pueda conducir, o no, a su equipo al anillo. Si anota, asiste, intimida, rebotea y domina mentalmente el encuentro, la NBA tendrá un merecido rey; si no votado, sí al menos bendecido por todos los aficionados. Nos guste más o menos su estética. Aceptemos mejor o peor su tiranía.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Previa a posteriori




No se inquieten. Aunque sea cierto que ya han empezado las Finales de la NBA, aún hay tiempo para pronósticos. Pronósticos puede que no tan puros y valiosos, pero sí más difíciles de llevar a cabo en cuanto que condicionados por un partido, el primero de la serie, del que se pueden extraer algunas conclusiones. Sin embargo, no hace muchas fechas que quien os escribe quiso pontificar el trabajo de los San Antonio Spurs a raíz de la inicial paliza que estos le dieran a los Oklahoma City Thunder en el primer partido de una serie que terminaron ganando los de Billy Donovan en seis mangas. Del mismo modo, no creo que muchos analistas apostaran por los Lakers tras el primer partido de las finales de 1985, después de que los Celtics los barrieran por un contundente 148-114 en el Memorial Massacre Day, un partido recordado por el calor que hacía en el Boston Garden y las mascarillas de oxígeno que necesitaron varios de los angelinos para sobrevivir a la atmósfera asfixiante.

Yo, sin embargo, aunque tentado en dar como vencedor al gran derrotado de este primer encuentro, creo que van a ganar los Warriors. Aquí mis cuatro razones:

1. Batallas igualadas. Tras una eliminatoria en la que los Warriors se sentían inferiores físicamente en, al menos, cuatro emparejamientos (Westbrook-Curry, Durant-Barnes o Thompson, Ibaka-Green, Adams contra cualquiera), los Cavs les resultarán un juego de niños. Frente a Irving, Curry o Thompson sufrirán mucho menos; ante Love, Green volverá a ser el Green que rebotea y lanza el contraataque de su equipo; contra Thompson, Bogut sacará a relucir su mayor envergadura y su infinita mayor inteligencia (y clase) y, bueno, frente a Lebron, Iguodala ya se ha mostrado como un defensor eficaz gracias a sus buenas posiciones defensivas y a sus manos de ratero.

2. Banquillos desequilibrados. No hay un base suplente en Cleveland que mida dos metros y pueda meter una vez tras otra tiros en suspensión desde cuatro o cinco metros. Tampoco un defensor como Iguodala, capaz de meter todos los tiros que su equipo necesita. Tampoco un pívot inteligente y sucio como Varejao. Tampoco un brasileño rescatado de una gira circense como Barbosa. Sí un tirador que las mete, como Speights, aunque está por ver que Frye pueda mantener el nivel de acierto con la presión que envuelve una final.

3. Las matemáticas. Los Warriors perdieron nueve partidos en poco menos de seis meses. Por regla de tres simple directa, en condiciones normales, no es posible que pierdan nueve, que son los que harían falta para que Cleveland gane el anillo, en dos. Este axioma matemático tiene su traducción deportiva en eso que se llama “inercia ganadora”. Los de la Bahía se han repuesto de tantas situaciones complicadas a lo largo de esta temporada histórica que, si hiciera falta, podrían hacerlo una vez más.

4. Baloncesto. Guste más o menos; sea más o menos puro, clásico o académico, lo cierto es que los Warriors juegan mejor al baloncesto que Cleveland. Así de simple. Comparten mejor la bola, entienden mejor los espacios que deben atacar, leen mejor las ventajas que se generan, disfrutan moviéndose sin balón,… Y esto al final cunde. Cunde porque genera mejores inercias, una mejor química en el vestuario, un mayor compromiso defensivo y una mayor implicación en tareas menos amables como el cierre del rebote o la ejecución de bloqueos y pantallas. Y cunde, también, claro, en el marcador.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

La temporada perfecta





Se cumplieron los pronósticos. Un gran equipo ganó a un buen equipo liderado por un único gran jugador. El mayor número de armas, la mayor versatilidad de todas ellas y el uso inteligente de las mismas por parte de un fantástico entrenador, Steve Kerr, decantó la balanza de una interesante final del lado de los Golden State Warriors. El otrora letal tirador ha demostrado tener manga ancha y mano izquierda en el trato con sus jugadores. Estos, a cambio, pusieron a su disposición el sacrificio que genera el hambre de victorias y una suma de talento a la que muy pocos equipos pueden hacer frente.

De unos años para acá, la toma de decisiones de los General Manager del equipo ha sido inmejorable. Las elecciones del draft de Thompson, Barnes, Ezeli y Green vinieron a reforzar la genial maniobra de seleccionar a Curry en el número siete de una promoción que vio pasear por el escenario, antes que al genio salido de Davidson, a nombres tan sospechosos como los de Thabeet, Tyreke Evans o Johnny Flynn. Incluso el de Ricky Rubio chirría, vistas las circunstancias. A pesar de sus iniciales problemas de tobillo, esos que nos hicieron pensar que el suyo sería un nuevo caso Grant Hill, los rectores de los destinos de la franquicia californiana no dudaron a la hora de destronar a Monta Ellis y enviarlo a Milwaukee a cambio de Andrew Bogut, un center que intimida al tiempo que puede jugar de base y al que el karma ha premiado con un año libre de lesiones después de varios de penurias. Solo la adquisición de David Lee a precio de jugador estrella de la liga puede ser discutida, aunque sus números eran magníficos antes de lesionarse en marzo de la temporada pasada. Así, siendo el decimocuarto equipo en el pago de salarios, los Golden State Warriors, con los retoques de Iguodala y Speights, el año pasado, y de Livingston y Barbosa, este, han demostrado ser, sin lugar a dudas, la mejor plantilla del campeonato. Y lo serán nuevamente el próximo, donde el “expiring contract” de David Lee puede ser una jugosa moneda de cambio para reforzar la rotación interior.

Ahora bien, de los dieciséis triunfos más en comparación con el año anterior y de este anillo que viene a suceder al que conquistaran hace cuarenta años bajo la égida de Rick Barry, mucha culpa tienen dos hombres: Steve Kerr y Stephen Curry. El primero, al que ya he alabado en un pasaje anterior de esta entrada, ha conseguido tener listos e involucrados a los quince miembros de su plantilla y, de esta manera, además, ha podido regular los minutos de sus jugadores más importantes. Su postura ecléctica, su flema a la hora de afrontar los errores y la asunción de que con tanto talento reunido lo único que tenía que hacer era convencer a sus chicos para defender unidos, correr y compartir la bola, han sido elementos clave. Steve Kerr ha dejado funcionar algo que de forma natural también lo habría hecho, aunque no tan bien.

Concluyo con Curry, el motivo de cientos de sonrisas repartidas por el mundo a cualquier hora del día. Qué no habría dicho Andrés Montes de este jugón que, compartiendo cartel con cuerpos hercúleos y una profusa generación de bases, ha demostrado ser mejor que todos ellos gracias a un escudo llamado técnica. Técnica para elevarse en menos tiempo y menos espacio que cualquier otro rival. Técnica para driblar por senderos imposibles y sacar pases con ángulo negativo. Técnica para finalizar contra ogros que pretenden aplastarlo. Técnica, pura técnica, para hacernos soñar con una evolución del deporte hacia modelos distintos a la que parecían encaminarnos esos robots biónicos que son Cristiano Ronaldo o Lebron James. Curry mueve los pies como Messi y su mano es la de Maradona, la de Dios, sí. Nadie tiró como él en los 68 años de historia que tiene la liga y nadie olvidará que la no concesión del MVP de las finales obedeció a un ataque de pedantería y erudición mal entendida por parte de siete analistas (los otros cuatro votaron a Lebron) que quisieron premiar el trabajo sucio de Iguodala y su oficio a la hora de aprovechar todos los espacios generados por las amenazas de Curry y Klay Thompson. En fin, seguiré tratando de reconciliarme con el oficio periodístico, pero tendrá que ser en otra ocasión.




UN ABRAZO Y ENHORABUENA A LOS GOLDEN STATE WARRIORS

Malo malísimo





Dicen que se lo ha ganado a pulso con su llegada a la liga, con sus polémicas decisiones, con la arrogación de facultades mitológicas y la adopción de apodos mesiánicos. También con sus gestos y una manera de liderar a los equipos basada en el servilismo. Afirman que Lebron James es un villano de manual, el prototipo de malo de ficción; más aún, una evolución. Porque en él se reconocen la mirada perdida del comandante nazi Amon Göth que representa Ralph Fiennes en La lista de Schindler, la resabiada y cínica del reverendo Harry Powell en la Noche del cazador y también aquella otra de Hank Quinlan en Sed de Mal, a la que nadie podría calificar de amistosa, aunque luego, al final de la película, nos enteráramos de que no era un hombre tan malo.

Esas miradas, que asustan cuando las sientes próximas, generan odio en la distancia. Nadie puede compadecerse del orco pudiendo amar al hobbit. Nunca nos detenemos a pensar que la bondad o mezquindad de los motivos que conducen a la actuación es un juicio maniqueo que realizamos guiados por quienes ya han decidido previamente el reparto de dones y vicios. Fijaos, si no, en como a los buenos les sigue la cámara allá donde van, aunque hayan fracasado. De los malos solo tenemos noticias a través, precisamente, de los buenos. Por sus palabras sabemos que son vanidosos, despreciables, ambiciosos. Por sus hechos, narrados en tercera persona, tomamos conciencia de lo sibilino de sus planes y de su enfermiza obsesión por tiranizar el mundo y, claro, terminamos aborreciéndolos. Así ha sido hasta ahora, también, el cuento de Lebron.

Que Lebron se encuentre cómodo asumiendo este papel es discutible; que se lo hayan impuesto, en cambio, un hecho. No crece en Ohio la semilla del diablo, ni resuda de su piel una sustancia venenosa. En realidad, todo se resume a la fórmula de la victoria que ha escogido este chico ya treintañero y que tan poco ha gustado entre gran parte de la prensa (la menos especializada, si me lo permiten) y entre todos aquellos nostálgicos que con su presencia veían amenazada la primacía en el panteón histórico de sus ídolos de infancia.

Solo así, su capacidad de jugar como y donde le da la gana, su talento para encontrar al jugador abierto, su intuición para el rebote y su capacidad –apoyada en un físico sobrenatural, claro– para darse de bruces con la canasta tras sortear a sus defensores, han quedado ocultas bajo los lemas y eslóganes de la propaganda dedicada a minimizar su obra:

1. Lebron es puro físico. En primer lugar me gustaría desmentir la tesis que asegura que el físico de Lebron James es ideal para el baloncesto. La mezcla de potencia, (velocidad) y altura es maravillosa, pero de nada servirían sin la coordinación que tanto ha mejorado durante sus años en la liga. Desplazar, cambiando de direcciones y esquivando obstáculos, un cuerpo de tal magnitud, tiene verdadero mérito. La simple posesión de potencia muscular es más útil en deportes donde puedes arrollar rivales, en campos con espacios más generosos, con un móvil que se pueda desplazar agarrado,... No sé si me explico: el baloncesto no es para culturistas.

2. Lebron solo gana juntándose con otras estrellas. Bueno, él mismo se ha ganado a pulso esta afirmación tras la famosa “Decision”. La ayuda de Wade fue inestimable por momentos, aunque sus lesiones mermaran mucho sus condiciones y bueno, la presencia de Bosh se mostró, en ocasiones, decisiva. Pero vaya, no creo que los Lakers y los Celtics de los 80, los Bulls de los 90 o los Lakers del siglo XXI fueran un erial de talento. A las cuatro finales que disputa con Miami llega apoyado en jugadores a los que el tiempo ha situado como mediocres (Mario Chalmers, Rashard Lewis, Joel Anthony,...). Y qué decir de la primera final que alcanza con Cleveland. Por no hablar de un quinteto formado por un Irving maltrecho, Shumpert, Tristan Thompson y Mozgov. ¿Los imaginan jugando sin Lebron?

3. Lebron ha perdido tres de las cinco finales que ha disputado, luego es un perdedor. Este argumento, basado en datos sólidos e irrefutables, queda suspendido a la espera de lo que pueda suceder a partir de esta próxima noche en su sexta final. En el caso de ganarla, un honroso cincuenta por ciento acallaría muchas voces críticas. En el caso de perderla, el argumento de que llegar a una final en la Conferencia Este es un regalo quedará asumido como ley.

Mucho en juego, por lo tanto, a partir de esta próxima madrugada en nuestro país. Lo que la prensa y aficionados han catalogado como un duelo personal entre el chico bueno y el perfecto villano será, sin duda, para los que nos gusta deleitarnos con los tonos grises del baloncesto y de la vida, mucho más que eso. En cualquier caso, un espectáculo que no se pueden perder.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Jugar en un mundo de adultos





Me hice mayor. Me fui acostando cada noche un poquito más tarde robándole décimas, segundos, minutos, incluso, a los sueños. Y fui arrinconando en beneficio de mi reputación aquel entusiasmo juvenil como encarcelé en cajones que ya no existen a mis cromos, a mis canicas, a mis chapas, a mis muñecos. Y escribí cartas que nunca entregué. Y recité declaraciones de amor frente al espejo que nunca más pronunciaría. Y callé; callé, sí, tras comprender que hacerse mayor es ir renunciando poco a poco a nuestro verdadero ser, ese que jugaba despreocupado con una pelota y regresaba al hogar envuelto en barro, encajando con una sonrisa el azote y la justa reprimenda de una madre.

Pero nos queda Curry, sí, Don Stephen, ese niño de veintisiete años que sigue jugueteando con la pelota mientras sus pies corretean de un lado a otro sin detenerse demasiado en ningún lugar concreto. Su juego es un aluvión de curiosidad, la máxima expresión del deseo del ser humano por explorar sus propios límites. El base de Golden State Warriors, equipo finalista de la NBA, es al baloncesto lo que Messi al fútbol con la gran diferencia de que la canasta, aunque eso a él no le importe demasiado, se encuentra a 3.05 metros de altura. Porque eso da igual cuando armas el tiro en menos de cinco décimas de segundo, cuando en una baldosa eres capaz de levantar un muro de contención frente a tu defensor o cuando tienes la habilidad de un bailarín del Bolshoi para desplazarte con el balón cambiando direcciones y sorteando obstáculos.

El MVP de la temporada afronta el gran reto de conducir a la franquicia de la Bahía de San Francisco a un nuevo anillo después de cuarenta años de una feroz sequía. No lo tendrá fácil; frente a ellos el Mosad, personificado en la figura de David Blatt, un amplio número de francotiradores, (JR Smith, Iman Shumpert, Matthew Dellavedova) infantería pesada (Tristan Thompson y Timofey Mozgov) y el arma de guerra más perfeccionada de la historia del baloncesto: Lebron James. La burocracia del estado de Ohio jugará todas las bazas posibles para que el título aterrice por primera vez en la ciudad de Cleveland, pero ellos sí que no lo tendrán fácil.

Steve Kerr, el entrenador de los Warriors, ha llamado a Klay Thompson y ambos han pasado a recoger a Draymond Green, que ya había quedado con Andrew Bogut y Harrison Barnes. Los cinco, juntos, se habían citado con el resto de la pandilla a las siete de la tarde en el parque. Efectivamente, a esa hora todos estaban allí. Bueno, todos no, una figura se les acercaba a contraluz botando una pelota. El reflejo del sol solo les permitía distinguir una sonrisa, aunque con eso fue suficiente. “Sí, es Stephen, ya estamos todos, ¡a jugar!”


Y cuando los Warriors juegan sus rivales tiemblan. Perseguir la pelota no es divertido. Ver a Stephen Curry en directo, vestido con otra camiseta, tampoco. Porque es una insolencia jugar en un mundo de adultos. Porque el descaro y el desparpajo son características que solo deberían poder aplicársele a chicos de no más de doce años. Porque a veces, sufriendo a Stephen Curry, solo queda citar a Serrat y cantar aquello de “niño, deja de joder ya con la pelota”.  



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Es Lebron, estúpido





Para todos aquellos para los que la vida es aquello que pasa entre el primer partido y el último de las finales de la NBA hoy es una noche especial. Tras ochenta y dos partidos de temporada regular y tres rondas de playoff, los dos mejores equipos del mundo del baloncesto se enfrentan entre sí poniendo sobre el tablero dos conceptos y filosofías diferentes.

El camino, aunque más plácido el de los tejanos, ha sido largo. Lejos quedan ya las sesenta y seis victorias en temporada regular de los Heat, su racha de partidos consecutivos (la segunda mejor de la historia con 27) y, también, aunque sólo hayan transcurrido tres días, la dura serie contra Indiana. Lo mismo le sucede a los Spurs, quienes a base de contención y metrónomo han sabido medir sus fuerzas para llegar a junio con el tanque de la gasolina intacto y las articulaciones de sus mejores jugadores en su sitio. Sin embargo, todo eso es pasado, bonitas historias que sólo se recordarán si el resultado final es el de una victoria.

Los dos métodos de los que Heat y Spurs hacen gala se han mostrado eficaces hasta la fecha. La lluvia de estrellas que cayó sobre Miami en el verano de 2010 fue la antesala de un amanecer brillante para la franquicia. Tres son ya las finales consecutivas para los Heat y si los Mavericks cogieron aún tierno el proyecto, los Thunder de Durant pudieron comprobar de primera mano su fortaleza. Sin embargo, no debemos caer en el error de pensar que es éste un asunto de tres, pues ni Wade es el que era ni Bosh lo que algún día pareció que iba a ser. No estoy seguro de lo que dice la estadística, pero los verdaderos camaradas de Lebron son Chalmers, Cole, Andersen, Battier, Allen, Mike Miller y, sobre todo y por encima de todos, Udonis Haslem. Dentro de este mosaico de roles secundarios todos tienen definida su función. Es mérito del señor Spoelstra tener a la plantilla preparada y siempre dispuesta para echar una mano. Es mérito también de este entrenador de origen filipino la consistencia defensiva del equipo y la cantidad de recursos tácticos de la que hacen gala en esta mitad del parqué. Sin embargo, todo lo demás, que es bastante, es asunto de Lebron.

En este momento de su carrera, tras diez años de trabajo diario y mejora constante salpicados de aprendizajes más o menos dolorosos, Lebron James es el mejor jugador del planeta. Su impacto sobre el juego es tan notable que nadie podría dudar de que los Bobcats o los Kings podrían pasar de las sesenta victorias adquiriendo sus derechos. Lebron defiende como lo hacía Pippen, corre la cancha como la corría Worthy, pasa como lo hacía Oscar Robertson e intimida tanto como intimidaba, y no es blasfemia, Michael Jordan. Poner la bola en sus manos sí que es una operación rentable. Sobre todo si lo comparas con los bajos riesgos que conlleva.

Se lamentaba el propio Lebron, en una entrevista reciente, por la ausencia de un jugador de su nivel con el que haber establecido una rivalidad a lo largo de los años que pudiera ser recordada pasadas las décadas. Sólo Kevin Durant, si los Thunder consiguen rodearle de jugadores de garantías, parece tener las condiciones. Lo que parece claro es que durante toda la serie final el “6” de los Heat no se enfrentará cara a cara con un ídolo de similares proporciones. Pasarán por su defensa Danny Green, Kawhi Leonard e incluso el propio Manu Ginobili. Rezarán, todo lo más, para que no meta sus lanzamientos exteriores, momento en el que frenarle se convierte ya en un acertijo indescifrable.

Si un nombre hubiera que poner en el otro lado de la balanza para equilibrar el peso que carga sobre sus hombros Lebron James, éste sería el de Greg Popovich. El entrenador de los Spurs es la cabeza visible de un proyecto por el que parecen no pasar los años. Tras seis años en el apeadero, los de San Antonio se suben de nuevo al tren de las finales y, si hacemos caso a los precedentes, no suelen bajarse hasta la última estación. La estabilidad del modelo de los Spurs ha evitado transiciones traumáticas, pérdidas de estilo y comeduras de coco. Cambian los nombres, pero permanece la esencia. Aun recuerdo la temporada 2002-2003, la primera que seguí casi a diario a través de la televisión vía satélite. Por los Spurs Parker-Bowen-Jackson-Duncan y Robinson. Sexto hombre, tras labrarse palada a palada la confianza en su año rookie, Manu Ginobili. También tengo muy presente la 2004-2005 con el argentino simplemente sublime. El papel estelar lo heredaría Tony Parker en las finales de 2007. En los tres anillos tres nombres: Parker, Ginobili y Duncan. También Bowen, pero entiéndase lo que pretendo decir. Los demás jugadores iban y venían. A veces eran Malik Rose y Kevin Willis los que ayudaban en posiciones interiores y en otras ocasiones eran Oberto y Robert Horry los que cumplían con el trabajo sucio. Un año jugaba de alero Jackson, otro Barry y otro Finley. En fin, que en los Spurs podríamos jugar bien hasta tú y yo. Ello, entre otras cosas, gracias a Tim, Siglo XXI, Duncan. El para mí mejor cuatro de la historia apura sus últimas bocanadas de aire actuando como pegamento. Aun con problemas personales a sus espaldas, el desgarbado jugador de Islas Vírgenes es un manual de instrucciones viviente sobre lo que significa jugar al baloncesto en los Spurs. Y es que no todo el mundo entiende lo que significa desplazar el balón a la velocidad con la que lo mueven los de San Antonio de lado a lado de la cancha, dentro y fuera de la zona y siempre con buen criterio y sumo gusto.

Creo que es por estos motivos que leo a la gente apostar por los Spurs. Desde luego, si éste, como hemos debatido en otras ocasiones, fuera un juego de entrenadores, filosofía y estilo, de dogmas e incluso de juego en equipo, ellos serían los favoritos. Sin embargo, parafraseando a Gary Lineker y su famosa frase “el fútbol es un juego inventado por los ingleses y en el que siempre ganan los alemanes”, yo digo, y afirmo, y creo no equivocarme, que el baloncesto es un juego inventado en Estados Unidos y en el que siempre ganan los que juegan con el extraterrestre. Y en este caso son los Heat. Es Lebron, estúpido, que diría Clinton. Que nadie se dé por aludido y que todo el mundo disfrute de las finales. No volverán hasta el año que viene.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

El retorno a lo más básico






En la noche más corta del año, con los rayos del sol incidiendo perpendicularmente sobre el Trópico de Cáncer, bajo una atmósfera abrasiva, casi asfixiante, el peso de la historia cayó sobre Miami para premiar al mejor equipo de la liga en una temporada 2011-2012 que, gracias al nivel de sus playoffs, ha visto como el asterisco que planeaba sobre ella se ha desvanecido entre las dosis de buen juego y la emoción de algunos partidos que ya ocupan un lugar preeminente en la videoteca de los buenos aficionados.

El último, en cambio, más que un partido de leyenda será sólo una efeméride, una fecha para el recuerdo y el estudio, un hito más en la imparable carrera de Lebron hacia la inmortalidad que define a todos los prohombres que, en sus diferentes profesiones y actividades, y en todas las generaciones, fueron más allá del mero desempeño eficiente de sus labores dejando en la memoria de sus coetáneos momentos imborrables y sensaciones contrapuestas mezcla de admiración y abatimiento.

Abatimiento como el que sintieron todos los miembros de un equipo llamado a ser asiduo visitante de las finales de la NBA. Los Thunder se han dejado tarea pendiente para septiembre. En los despachos deberán decidir no sólo entre Harden o Ibaka, sino también, el tipo de guardia pretoriana que desean para rodear y hacer sentir seguro a Kevin Durant. Sinceramente, el modelo a seguir lo han sufrido en sus carnes. Directivos de Oklahoma City, junten a Durant con un pívot que pueda jugar dentro y fuera y rebotear, denle dos aleros que sean una verdadera amenaza desde las esquinas y domen a la fiera Westbrook para que entienda quién debe jugarse el sesenta por ciento de las posesiones del equipo. Y si la solución se llama traspaso no lo duden, háganlo. Cuentan en sus filas con un, como afirmaría el propio interesado, Kobe Bryant de 2,08, con un raro espécimen de anotador compulsivo con la sangre fría necesaria como para ganar partidos igualados. No lo desaprovechen.

Tuvo el anillo de esta pasada madrugada esa extraña cualidad. La de ser de uno sin dejar de ser de todos. Si Lebron dominó la serie, no lo hizo sin la ayuda esencial de sus amigos. En determinados momentos del quinto partido a James se le puso cara de Montana o Elway (más aún ante los poco agresivos dos contra uno que dibujó Brooks en una pizarra en la que nunca creyeron sus jugadores) y empezó a repartir juego a una y otra esquina aprovechando la atención, lógica, que la defensa de Oklahoma le prestaba. De ello se aprovecharon Miller, Battier, Chalmers y hasta el propio Norris Cole, fieles escuderos que atacaron con la libertad que les proporcionó el saberse guarnecidos por su rey. Por su rey y por su príncipe. Al fin Wade supo entender su rol en este equipo, aceptar que ya no tiene las piernas ni el respeto arbitral del 2006 para plegarse a un papel fundamental, aunque no protagonista. Y no me quiero olvidar de Bosh, el tercero en discordia, cuyo regreso tras la lesión abdominal fue clave para derrocar a quienes más dificultades pusieron en el camino de los Heat hacia el anillo, los Celtics de Boston.

Otros dos nombres propios merecen titulares aparte. Uno es el del filipino, el alumno aventajado del entrenador con más caras y registros de la liga y otro de esos nombres propios, Pat Riley. Spoelstra supo dar con el mensaje en los momentos críticos y, en aquella bronca con Wade que parecía marcar el inicio de las hostilidades, salió reforzado al definir el límite de las competencias entre entrenador y jugador. Ello, por no hablar de los sistemas defensivos, los mejores de la liga junto a los de Boston y Chicago, aplicados, a su vez, por los físicos mejor preparados. Las rotaciones defensivas de los Heat son una delicia para los que disfrutamos con el trabajo en equipo que supone una defensa de este cariz. La actividad de los hombres en el lado débil, la capacidad de intimidación de James o Wade y la astucia de Haslem o Battier, la convierten en un obstáculo cuasi infranqueable. Los Heat sufrieron ante Hibbert y Garnett y entendieron, supieron hacerlo, que Durant se fuera a más de treinta por partido. Así, mientras la defensa de los Thunder fue la de un equipo de los ochenta, siempre detrás de la bola con una distancia y agresividad más propia de otra época, la de los Heat dibujó límites internos, cotos vedados por los que no querían que pasara la pelota. De ahí los errores de los de Oklahoma, de ahí todo ese flujo de puntos en transición. 



Y si la defensa, obra maestra de la ingeniería filipina, es del siglo XXI, qué decir del juego de Lebron. Sus críticos le tacharon de egoísta en lo que supuso, además de una falacia, un inmenso error. Quienes le temen se consuelan con su presumible decadencia anticipada, con un natural declive en sus facultades físicas que fechan allá por el 2016. Él, en cambio, habla del regreso a lo más básico, de jugar sin odio, de amar el baloncesto. Lebron encontró en la derrota el acicate para trabajar más duro. No se sorprendan si en octubre su tiro en suspensión aparece mejorado y si sus porcentajes en el triple se elevan por encima del cuarenta por ciento. Y es que para Lebron, la alegría por el anillo conseguido no durará, tan siquiera, lo que tarda en llegar el invierno. Su plan consistirá en unos días de descanso, una cita con la gloria olímpica y más sesiones de mañana y tarde para seguir retrocediendo en el tiempo, para seguir redescubriendo una esencia, la del baloncesto, que no está ni en el marketing ni en la prensa, que está en lo más básico, en los fundamentos. 



UN ABRAZO Y ENHORABUENA A MIAMI HEAT POR SU SEGUNDO ANILLO DE LA NBA

Ahora ya lo sabes





Estimada majestad:


Hace poco más de un año me dirigí a usted de la siguiente manera: ¿Cuál es tu lugar? Lo hacía después de que los Mavericks se pusieran a un solo triunfo de la victoria en las Finales de la NBA. Entonces, en un partido de triple doble, simplemente hiciste dejación de tus funciones cuando los balones más quemaban. Desapareciste del país al más puro estilo Carlos V y su obsesión por su Alemania natal. Claudicaste como lo hubiera hecho el borbón más borbón de todos los borbones en Fontainebleau dejando al país, tu equipo, en la más desoladora orfandad.

Ahora, en cambio, te muestras ante el mundo como un rey noble y considerado. Despachaste a los Celtics con señorío recordando lo difícil que te lo habían puesto en temporadas pasadas. Ahora, en las finales, alabas al Príncipe Durant tachándolo de imparable. En tus declaraciones evitas rememorar el pasado y anticipar el futuro. Vives en el presente como indican todos los manuales de budismo o zen. Y en ese presente te sabes superior al resto de congéneres. Entiendes que sólo tú puedes fallar una bandeja tras chocar con Ibaka y Perkins para después rehacerte y coger tu propio rechace. Entiendes que no te hace falta anotar como Durant, rebotear como Howard ni asistir como Rondo para ser el jugador más completo y decisivo del campeonato. Tu cetro, como desde que llegaste a la liga, sigue siendo propiedad de todos tus compañeros. En cambio, cuando todos los ojos del mundo depositan la mirada sobre tus hombros, ya no cedes la batuta y te cobijas en cualquier esquina de la cancha. Ahora eres el rey de principio a fin, en las buenas y en las malas, igual en Rivendel que en Mordor, tanto en la paz como en la guerra.

Que no nos engañen tus entradas ni tu rostro demacrado. Tienes 27 años y los mejores partidos de tu vida por jugar. Si te haces con el anillo lo habrás hecho con varios meses menos de lo que lo hizo el propio Michael Jordan para dar comienzo a una enorme racha triunfal que aún pudo ser mejor de no haberse retirado en el 93. Habrá que ver cómo te pasa factura el contador de esfuerzos y partidos tras haber llegado a la liga siendo un adolescente. El tiempo dirá si “The Decision” fue la correcta y si la costa de Florida es esa tierra prometida escriturada y tú El Elegido anunciado por todos los profetas.

No olvides que aún no conseguiste nada, que si bien un 3-1 es una garantía estadística de éxito, en frente de ti hay un extraño mutante con las mejores cualidades de un base o escolta en un cuerpo de 2,08 y brazos infinitos que no entiende ni de números ni de leyendas y es que él, Kevin Durant, se dedica, simplemente, a jugar al baloncesto de esa forma desenfadada que tanto gusta en los parques del bajo New York o en los suburbios del D.C.

A estas alturas, después de haberte negado más de tres veces, ya no puedo dejar de apostar por ti. Será en el quinto partido, con todo el mundo mirando, cuando bajo la luz de los focos del American Airlines Arena, en tu particular y voluntario destierro, en la Ítaca que se te aparece en todos los sueños, te autocoronarás emperador y rey de todos los que practicamos este deporte. Sólo un Kevin Durant tocado por una varita podría impedirlo. Disfrutemos de estos momentos para la historia. Saboreemos cada segundo de este baloncesto que no están regalando Heat y Thunder en el lugar que Lebron ha elegido para establecer su legado. 



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Juego de Tronos





Derrocadas las dinastías más pujantes de la primera década de siglo, Spurs y Lakers, y enterrada, aunque es difícil adivinar si para siempre, la mística que envuelve a los caballeros del trébol, un nuevo panorama se abre en ese océano de tierra que se encontraron españoles, ingleses y holandeses allá en la Edad Moderna.

En esa tierra indómita, mezcla de pedregales y llanuras fértiles, de montañas cuarcíticas y desiertos fríos, dos reinos se disputan la hegemonía. De la Península de Florida, estrecha franja de tierra que separa el Océano Atlántico del Golfo de Méjico, proceden los Heat, los señores del calor, doce guerreros acostumbrados a batallar sin armadura intentando hacer daño en el campo abierto. Su indiscutible señor responde al nombre de Lebron James. Le escoltan sus dos más fieles aliados: Dwyane Wade y Chris Bosh. Su séquito, más que por su habilidad o destreza, destaca por su intachable fidelidad, por su más que probada lealtad.

Dos mil kilómetros hacia el oeste, entre las Tierras Altas y las Grandes Llanuras, asolado por incendios y tornados, se erige el reino del trueno gobernado por una dinastía que abandonó, hace pocos años, el frío y lluvioso noroeste para instalarse en latitudes más cálidas. Aquí, en esta tierra de nadie abierta al ataque de cualquier enemigo que ose penetrar sus fronteras, manda Kevin Durant, un extraterrestre con cualidades de procedencia desconocida. Un siempre insidioso Westbrook, le disputa el cetro desde dentro. Por fortuna, el otro miembro del triunvirato se encuentra centrado en otras guerras y es que para Harden no hay nada mejor que herir una vez tras otra la moral del enemigo a base de triples o penetraciones imposibles. Cabe destacar, también, la imponente presencia de dos centinelas, Serge Ibaka y Kendrick Perkins, la pareja mejor preparada para contener los ataques enemigos.


Calor y trueno no son realidades físicas enfrentadas. Más bien, al contrario, se encuentran íntimamente ligadas y coalescen en el tiempo. Lo que está claro, es que ambas necesitan de una importante fuente de energía, una energía que, durante las dos próximas semanas, encontrará su origen en el deseo que ambos reinos tendrán por hacerse con el anillo de la NBA, un anillo para dominarlos a todos.

Un anillo que pasa, ya en clave baloncestística, por lo que puedan hacer secundarios como Battier o Haslem en los Heat y Collison o Fisher en los Thunder. Su aportación suele pasar desapercibida, pero son esos puntos con los que los rivales no cuentan los que más daño hacen a la estrategia rival.

Será clave, también, la aportación de Chris Bosh. Puede que Spoelstra siga utilizándolo desde el banquillo para igualar el flujo anotador que aporta Harden en Oklahoma y para evitar enfrentarlo, directamente, con esa guardia pretoriana formada por Perkins e Ibaka que protege el aro de los de Brooks.

Decisivas, también, serán las actuaciones de Westbrook y Wade. Dos de los mejores dribladores de la liga, dos de los físicos más explosivos, se verán cara a cara durante muchos minutos cada partido. No descarten que Westbrook defienda a Wade en los minutos calientes de la serie mientras Durant se “relaja” tapando con su envergadura los triples y las penetraciones de Mario Chalmers.

Será interesante, también, comprobar cuál de los entrenadores conduce la partida a su terreno, quién de los dos, Spoelstra o Brooks, mueve sus fichas antes para colocar un quinteto formado por cuatro exteriores. Creo que a ambos, por las piezas que tienen, les puede interesar oponer este formato. En ese momento la táctica dejaría paso al talento y la trinchera a un frente descubierto de cualquier tipo de obstáculo para que decidan el talento y la fortaleza mental.

Será esta última cualidad, la fortaleza mental, la que termine por decidir cuál de los dos monarcas es el rey mejor preparado para dirigir los designios de la nación. Aunque a priori parece imposible decantarse por Lebron James o Kevin Durant atendiendo a cuestiones numéricas o deportivas más allá de gustos o preferencias personales, esta final, este choque en las alturas, nos puede dar muchas pistas sobre el verdadero carácter de los aspirantes. James intentará anotar en transición, tras penetración, desde el tiro libre o a través de sus suspensiones en el rango de los 5-6 metros. Durant, además de todo eso, puede hacerlo también desde más allá de los 7,24. James defenderá a Kevin. No, en cambio, Kevin a James salvo en contadas ocasiones. Lebron, buen conocedor de la leyenda de Alejandro el Magno, intentará convertir el duelo en algo personal. Durant, más persa que macedonio, más Darío que Alejandro, se refugiará en sus tropas sabedor de que la gloria final no pasa por meter, rebotear o asistir más que Lebron, sino porque el equipo anote un punto, aunque sólo sea uno, más que el rival. 




Por ello ganarán los Thunder, por la astucia y saber hacer de su rey. He ahí mi pronóstico. Los del trueno en siete bonitos partidos en una final que promete ser la mejor desde las que libraron Celtics y Lakers en los ochenta. Y tú, ¿con qué rey te quedas? 



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS