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Diario de un encierro. Día XXXIV




Esa puta sonrisa en la cara. 


Los Bilardo y Mourinho del mundo del fútbol, no creo que exista comparación posible en el baloncesto, pueden acumular títulos, pero no son capaces de juntar las palabras del modo en el que lo pueden hacer los Lillo, los Valdano, los Guardiola o los Menotti. Aquí estoy, tratando de ordenar la tristeza, dice Azkargorta, en su perfil de Twitter, que le ha respondido este último a la simple y protocolaria pregunta con la que se inicia cualquier conversación: ¿qué tal?

Yo también estaría ordenando la tristeza de haber sido capaz de semejante ocurrencia. En fin, el coronavirus amenaza con llevarse por delante también la inspiración que otorgan los paseos, los cambios de escenario, el sol, el aire y el contacto con el otro. Mi fortaleza cede enteros, mi capacidad para seguir la oferta formativa, gratuita y de calidad en su mayor parte, es cada vez menor. Siento que hay algo de obsceno en que sigamos hablando del sexo de los ángeles, de la XIX encíclica papal o de técnica y táctica individual con tantos muertos, enfermos y miseria económica y moral.

Entiendo que cada uno se distrae como puede, y que hay que aferrarse a los cimientos de nuestra profesión para justificar nuestra existencia, más aún cuando no dejan de llegar noticias alarmantes que pospondrían un retorno a la antigua normalidad a 2021, 2022; sine die, en cualquier caso. Se nos complica la obtención de pan por esta vía, se nos estrecha el mapamundi. ¿Cómo podríamos aportar valor a la sociedad desde nuestras humildes moradas? ¿Qué tipo de conocimiento atesoramos que no es posible imaginarlo mejorando vidas, educando espíritus, disciplinando abusos de libertad y excesos de ego, si no es con un balón en la mano?

Pero hablemos de la finta, y de los límites de la finta. De los límites en la enseñanza de la finta, me refiero. Enseñar a engañar es ofensivo. Si nuestros jugadores tuvieran calle, cancha, barrio, nos mandarían al carajo. Como diría un antiguo presidente del gobierno, ¿quién le ha dicho a usted que quiero que finten por mí? En fin, este es el trigésimo cuarto día de encierro, y, aunque el país ya está regido de facto por la Ley de O´Neal, a mí el número 34 me recuerda a Paul Pierce.

Paul Pierce es el tipo que me enganchó definitivamente a los Celtics, de quienes ya me interesaba su historia. Y lo hizo cuando perdíamos más que ganábamos y era incapaz de liderar un proyecto. Lo cierto es que su físico nunca fue tan espléndido como para poder situarse a la altura de las grandes figuras. Pero esa ausencia de explosividad, precisamente, hizo el resto. Cada canasta de Paul Pierce era un modesto truco de magia, un pasar de lento a más lento, o de lento a ligeramente menos lento, como Valerón.

Y una finta por aquí, y un “parece que me levanto pero no”, y un “¿lo ves? Ya no lo ves” y un constante duelo con su defensor, con una enorme sonrisa en la cara. Y si queréis lo llamamos técnica o táctica individual, lo encapsulamos y se lo enseñamos a quien lo tiene todo menos esa puta sonrisa en la cara. En fin, les dejo, queda mucha tristeza por ordenar.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

De pasada






Dado que no me he levantado muy olímpico, ni de cuerpo ni de espíritu, y dado que no es motivo de ninguna resaca, voy a optar por tratar el tema Río de manera más bien oblicua. De pasada, como siento que han llegado a su fecha de inauguración estos Juegos que confirman la muerte del deporte en su versión romántica, decimonónica y coubertiniana. O como prefieran llamarla.

No descarto, tampoco, que sean los años los que hayan provocado esta rebaja en el entusiasmo, este cercenamiento de la pasión infantil con la que antes afrontaba la llegada de este acontecimiento. Pero claro, antes creía en las naciones, y en la fraternidad entre las naciones. Y en el deporte, y en los valores que se le asociaban. Y en la limpieza de los deportistas. Y en la honradez de los prebostes del COI. Y en Prometeo como benefactor de la humanidad y azote de los dioses.

Sin embargo, a escasas horas para el encendido de la antorcha, todo lo que ocupa la actualidad en torno a este magno evento, son aspectos derivados relacionados con la seguridad y la tensión social en el país anfitrión, la emergencia sanitaria del Zika o el caso de dopaje institucionalizado en Rusia. Por no hablar de los aspectos organizativos, con una villa olímpica que se desmonta y con un cenagal por laguna para la disputa de una serie de pruebas acuáticos. Quisiera equivocarme, pero mucho me temo que, en esta ocasión, los Juegos no van a servir de catapulta, sino de espejo. Y no, Rio no es la mujer más bonita del reino.

En cuanto al baloncesto, me pillan revisando plantillas y resultados en los partidos amistosos. Suficiente para saber que hay un favorito claro y dos aspirantes que se elevan sobre el resto. El favorito, obvio, es Estados Unidos, un equipo repleto de bajas que echará de menos, sin duda, a Harden, Westbrook, Paul, Lebron, Aldridge, Griffin, Davis,… pero que debe bastarse para conquistar el oro no solo por el talento individual, sino por tener una concepción del baloncesto tan simple como integrada en el ADN de los jugadores. Los veremos defender con numerosas fintas y muchas manos, rebotear y correr como panteras, y dividir y doblar, o jugar situaciones de pick and roll central, para conseguir ventajas inmediatas en los primeros ocho segundos de ataque. Y bueno, algún balón interior le meterán a DeMarcus Cousins, el cinco puro más dominante que ha parido la liga desde la retirada de Shaq.

Justo por detrás, quizá a quince o veinte puntos en condiciones normales, están Francia y España, las dos grandes potencias europeas de los últimos años y, en mi opinión, en este orden. Si un Gasol de leyenda nos permitió vencerlos en su Eurobasket tras una brillante prórroga, no es difícil olvidar que en las dos ocasiones anteriores el resultado fue favorable a los galos. ¿Por qué Francia antes que España? Por juventud y exuberancia física. Por estar llevando a cabo el relevo generacional de los Diaw, Parker, Pietrus y compañía con mucha mejor nota que nosotros. Ahora bien, todo queda, nuevamente, en manos de lo que pueda hacer Pau, ese hombre de estado, como lo define Kzyzewski, capaz de invertir los términos del sentido común y devolvernos a una final olímpica aun sin la presencia de su hermano y con sus compañeros de batalla cada vez más fatigados.

Y luego ojo. Ojo a Serbia y a Croacia, aunque se les augure más peligrosos en Tokio. Y al anfitrión, por si algún día le da por jugar con ocho, dado que en condiciones normales no dejan de ser una buena banda al servicio, eso sí, de un gran director de orquesta: Rubén Magnano. Y en menor medida a Argentina, sin pegamento entre la generación de los padres (Ginobili, Scola o Nocioni) y la de los hijos. Más peligrosa que éstas es Lituania, sin duda: más grande, más fuerte, más técnica. No, en cambio, Australia, suma de nombres resultones pero sospechosa habitual de incurrir en comportamientos anárquicos. Ni el resto; China, Venezuela o Nigeria, concesiones simbólicas de la geografía en pos de un universalismo panfletario en el que ya no cree ni dios.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS