Hoy
me desplazo a la capital de España para ver el encuentro entre los
Boston Celtics y el Real Madrid, reedición de aquel otro que
enfrentara a ambos equipos en 1988, cuando Petrovic aún correteaba
por las canchas anotándola desde todos lados y cuando Larry aún
vestía de verde. Y, aunque parafraseando a Rick Pitino, Larry Bird
no va a cruzar la puerta del Palacio esta noche (“Larry Bird no va
a entrar por esa puerta” confesó el técnico para rebajar el grado
de expectativas de los periodistas), el enfrentamiento entre las dos
marcas baloncestísticas más laureadas de la historia de este
deporte tiene siempre un significado especial.
Diecisiete
anillos y nueve Copas de Europa definen el principal paralelismo
entre ambos conjuntos. La persecución obsesiva de la victoria es una
seña de identidad compartida. Tanto Boston Celtics como Real Madrid
se alimentan únicamente de gloria. Su principal combustible es un
pasado que imprime carácter y exige resultados. Nombres como
Emiliano Rodríguez, Clifford Luyk, Wayne Brabender, Juan Antonio
Corbalán, Drazen Petrovic o Arvydas Sabonis inspiran y
responsabilizan a las nuevas generaciones de madridistas del mismo
modo en que lo hacen los de Bob Cousy, John Havlicek, Dave Cowens,
Kevin McHale, Larry Bird, Paul Pierce y, por supuesto, Bill Russell
con los nuevos pupilos célticos.
Ambos
clubes, además de grandes nombres y triunfos, comparten el
paralelismo evidente y a dos entre la pareja que formaron Raimundo
Saporta y Pedro Ferrándiz en Madrid con la inseparable, hasta la
muerte del primero, entre Walter Brown, primer propietario de los
Celtics y Red Auerbach, el más grande pionero que ha conocido el
deporte de la canasta. La apuesta de Raimundo Saporta y Walter Brown
por dos entrenadores como Ferrándiz y Auerbach redundó en los dos
períodos de mayor éxito concentrado que un equipo, cada cual en su
orilla del Atlántico, haya conocido.
Sin
embargo, a fecha de hoy, los caminos se hallan separados. El Real
Madrid atraviesa una época dorada claramente ligada, una vez más,
con una afortunada elección de cuerpo técnico. Gracias a Pablo Laso
y a unos cuantos sabios movimientos en el mercado de fichajes, el
Real Madrid ha conseguido disputar tres veces consecutivas la final
de la Euroliga cosechando, finalmente, el último de estos
campeonatos. Las normas relativas a los salarios y a los traspasos
generan inercias mucho más poderosas en la NBA. De ahí que los
períodos de transición sean más largos en la mejor liga del mundo,
donde el poderoso caballero no lo es tanto. De ahí que los Celtics,
aunque circulen por el camino correcto con la elección de Brad Stevens, aún deban esperar para reverdecer viejos tréboles.
Como
cuando Phileas Fogg descubrió que su tiempo no había acabado, que
había ganado un día viajando hacia el este y que aún tenía
veinticuatro horas para abrir las puertas del Reform Club y ganar su
apuesta. O como cuando nace un hijo inesperado con el que ya no se
contaba. Así nos sentimos, en cierta manera, los aficionados
españoles de baloncesto después del triunfo de esta noche.
Pensábamos que nuestros ochenta días se habían agotado y que no
habría más vástagos de los que presumir, que toda la cosecha
estaba ya recogida y que aguardaba un largo período de barbecho en
el horizonte.
Pero
no, cuando ya las canas acechan a quienes éramos unos niños cuando
Gasol y compañía ganaron el oro junior de Lisboa, el principal
referente de esta dinastía inigualable aún sigue alucinándonos con
su polifacético despliegue en la cancha. Su control del rebote
defensivo, su capacidad para la intimidación, su dominio de los
tiempos y de los espacios tanto en el poste medio como en la cabeza
de la bombilla y su calidad para resolver en situaciones de uno
contra uno, bien anotando, bien asistiendo; lo convierten en uno de
los más grandes jugadores europeos de todos los tiempos. Pero la
mirada de admiración que le lanzó Felipe VI mientras se reunían
para la foto con el trofeo no tenía que ver solo con estas
cualidades, sino principalmente con la naturalidad con la que ejerce
su liderazgo y asume su posición en esta España rota por maleantes
que han hecho un uso cínico de la palabra; para llenarse la boca con
ella o para escupirla en el suelo.
A
pesar del justo reconocimiento a lo realizado por Pau Gasol, el
baloncesto, por sus propias características, nos exige recalcar la
labor colectiva e incluir en esta lista de agradecimientos a todos
cuantos participaron de este enorme éxito. Mención aparte, quizá,
merece Felipe, tal vez el hombre que debió saltar a la cancha para
arreglar el desaguisado en los cuartos de final del pasado mundial.
También Rudy, por su sacrificio, por aceptar que aun no pudiendo
ofrecer su mejor versión, el equipo le necesitaba aunque dolorido.
También los Sergios, jugando a otro paso del que imponen en el Real
Madrid, asumieron un papel protagonista en ausencia del resto de
bases y de Navarro. Ribas también cumplió, como lo hizo Claver
cuando nos hizo falta su presencia en el rebote. Y caso aparte fue el
de Mirotic. El montenegrino se ganó un nuevo visado a la selección.
No es Ibaka, pero sí un complemento más que apropiado para el juego
de Pau Gasol. El próximo año surgirá nuevamente el debate. No
tengo la respuesta.
Sí
me mojo, en cambio, a la hora de valorar muy positivamente la labor
del cuerpo técnico. La de Nacho Coque, al frente de la preparación
física, pues todas las dudas de los primeros partidos quedaron
despejadas con las exhibiciones en los últimos cuartos de los cruces
de octavos en adelante. Es decir, la selección llegó justa, sí,
pero premeditadamente justa al inicio de la competición. La de los
fisios, recuperando gemelos, tratando espaldas, reparando golpes
físicos pero también morales (la lejanía de la familia, las críticas de los aficionados,...). La de los entrenadores ayudantes,
Jaume Ponsarnau y Txus Vidorreta, que estudiaron a los rivales con
mimo y al detalle y, por supuesto, la de Sergio Scariolo, ese
personaje de videojuego con el que siempre querrías jugar por ser
sus vidas infinitas. Y su conocimiento. Y su templanza. Y su
profesionalidad.
Ganamos
sin Ricky, Navarro, Calderón, Garbajosa, Carlos Jiménez, Ibaka,
Marc Gasol,… Ganamos contra Nowitzki, Antetokoumnpo, Parker,
Bjelica, Gallinari o Valanciunas. Ganamos mientras en España se
señalaban culpables con el dedo y se afilaban las guillotinas.
Ganamos cuando ya no contábamos con ello, cuando habíamos asumido YA el progresivo languidecer de nuestros héroes. No, no es
1999, ni 2006. Ni 2011 o 2012. Comprúebenlo, si no, mirándose en el
espejo.
Para
comprender la verdadera dimensión de Pau Gasol no hace falta
recurrir al partido de ayer, superlativo en todas las facetas, las
evidentes (puntos, rebotes, faltas recibidas, tapones,…) y las que
no lo fueron tanto (liderazgo e intimidación). Basta con repasar el
vacío que representó y representará su ausencia cuando esta se
vuelva permanente. Pese a que su compromiso con la selección es
innegable, alimentado por el propio entusiasmo que le genera el poder
competir junto a sus compañeros, también hubo veranos de merecido
descanso para él. El primero, el de 2005, en el Europeo de Serbia,
donde caímos en semifinales ante Alemania antes de ser apabullados
por Francia en el tercer y cuarto puesto. El segundo, el de 2010,
cuando un triple de Teodosic nos impidió, en cuartos de final,
defender el título conseguido en Japón. El tercero en 2013, donde
conseguimos el bronce tras perder en la prórroga ante Francia en
semifinales.
En
aquel campeonato, injustamente valorado por parte de la prensa y los
aficionados, Marc Gasol ejerció la labor de líder en ausencia de su
hermano. Huérfano de sus compañeros de pintura (no estuvieron
tampoco Reyes, Ibaka o Mirotic) aunque rodeado de todos los
exteriores; Navarro, Ricky y Calderón incluidos, Marc trató de
ejercer esa labor de abanderado en la cancha. Y en la pista, en mayor
o menor medida, lo logró al erigirse en una auténtica referencia.
Pero su figura es otra, diferente en cualquier caso de la que
simboliza su hermano mayor.
Pero
es que en la comparación con Pau pierden todos, también los grandes
pívots americanos, a los que superó en los enfrentamientos
individuales que libraron en las dos últimas finales olímpicas.
También todas las estrellas europeas que brillaron en la NBA. Ni
Nowitzki ni Parker, MVP de la temporada el primero y ambos de la
final de la liga estadounidense, han conseguido representar para sus
respectivos países lo que Pau es para España.
Gasol
mezcla a la perfección la ambición que se necesita para llegar y
mantenerse en la élite del deporte con la humildad que siempre
caracterizó a los grandes hombres. Pau no necesitó hacer de menos a
nadie para ser uno de los mejores del mundo. Tampoco entrar a valorar
comentarios despectivos que le situaban a la sombra de James Posey
como verdadera estrella de los Memphis Grizzlies de comienzos de
milenio, como un jugador blando incapaz de llevar a su equipo a un
anillo de la NBA o como principal responsable de la debacle de los
Lakers tras el anillo de 2010. Ante cada insinuación respondió con
una gran actuación en la cancha. Ante cada provocación con un
micrófono por medio, con las palabras precisas para defender su
posición sin caer en lo vulgar.
Pau, en estos tiempos en los que el sentido común se halla a la
deriva, con la vida política de su Cataluña natal más agitada que
de costumbre y compartiendo minutos de televisión con ídolos con
pies de barro y cerebro de serrín, se postula como uno de los
grandes ejemplos a seguir. Si todo fuera como debiera ser, su partido
de ayer habría sido comentado esta mañana en todos los colegios del
país. Pocos libros de texto recogen tan bien como la actuación de
anoche de Pau, esos valores que todos los docentes enamorados de su oficio desearían
enseñar.
El
final del verano huele a la tierra mojada que dejaron las últimas
tormentas –¿o quizá fueron solo las lágrimas que anticiparon
amargas despedidas?– El final del verano suena a las bielas de las
bicicletas que, una vez abandonadas por sus dueños, se niegan a
aceptar su hibernación forzosa. El final del verano luce tonos
oscuros, crepusculares, y su tacto es áspero y cortante. Y, sin
embargo, anuncia un nuevo capítulo de nuestras vidas; un año
laboral, académico o deportivo que se abre ante nosotros y que es
habitual comenzar repletos de optimismo.
Tiene
el verano el don de poner a cero los contadores. Entre la arena de
las playas, los riscos de las altas cumbres o en la quietud de las
hamacas junto a la piscina es fácil padecer un ataque de amnesia
selectiva y rescatar de lo vivido, únicamente, su vertiente más
amable y reconfortante. Por eso es habitual llegar a septiembre
ilusionados. Por eso el primer entrenamiento suele ser el mejor de la
temporada en términos de voluntad y esfuerzo, aunque el balón parezca un extraño y pese a que al final
del mismo las piernas parezcan sacos de hormigón. Por eso en el
reencuentro del colegio o el trabajo, todos parecen más guapos y
hasta más jóvenes. Todo gracias al verano.
Tiene
el final del verano, también, un aire de regreso, de retroceso en el
tiempo. Y es que cuando todo arranca parece necesario volver a
repasar los mecanismos y protocolos, recordar cómo se avanza una
pierna sobre la otra para mantenerse en equilibrio. Cada comienzo
implica un acto de humildad y reconocimiento de nuestras
limitaciones. En cada comienzo, leyes naturales, pero también
convencionalismos, nos recuerdan lo gregario y dependiente de nuestra
existencia. Esto mismo nos sucede a los entrenadores. Y no solo a la
hora de afrontar planificaciones de mesociclos, microciclos o
sesiones. También a la hora de afrontar el trato personal con los
chicos y sus familias, o a la hora de llevar a cabo trámites
imprescindibles como la elaboración de las licencias o el alta de
todos los miembros de la plantilla en un seguro deportivo. Todo es un
volver a empezar. Todo es un continuo aprender.
Todo
para que luego la temporada nos envuelva en su particular vorágine
de entrenamientos, viajes y partidos hasta que, inmersos en la bruma
y una vez alcanzada la alta mar, sea inútil ya volver la vista hacia
la playa que abandonamos en esos días tristes, pero al mismo tiempo
alegres, del final del verano.
MUCHA
SUERTE PARA TODOS EN ESTA TEMPORADA QUE ESTÁ A PUNTO DE COMENZAR. UN
ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS.
Otra
vez en los cuartos de final de un gran campeonato, en el lugar que
nos corresponde por demografía y tradición baloncestística.
Estamos donde hace un año, en nuestro mundial, pero con la sensación
de haber retrocedido dos décadas en el tiempo, a un nuevo período
de transición, como aquel que tuvimos que atravesar entre la
generación de Los Ángeles 84 y esta que apura sus últimas fuerzas.
Ahora mismo, a fecha de hoy, a una semana de que finalice el
Eurobasket, un objetivo razonable podría pasar por ganar un único
partido. Ello nos garantizaría estar entre los siete primeros y
acudir al Preolímpico a luchar por una plaza para Río. Hay tres o
cuatro selecciones mejores que España quilate a quilate y una de
ellas es Grecia. Ganarles, admitámoslo, sería una sorpresa.
Es
triste, pero son las sensaciones que nos deja un grupo que, sin el
talento de otras ocasiones, se aferra a la presencia de Pau Gasol
para seguir soñando en bronce, plata u oro. Pero Pau está
magullado, al límite de sus fuerzas, soportando el dolor sabedor de
su importancia. Una importancia que sería extraordinaria en
cualquier equipo, y que se muestra vital en las actuales
circunstancias. Su séquito tiene menos talento, menos desparpajo y
menos gasolina que aquel que le acompañara en pasadas citas
olímpicas, mundiales o continentales. Gasol quiere estar en Londres.
Gasol quiere ganar cada partido. Gasol sabe que, sin Gasol, España
es una selección vulgar.
De
la sequía de nuevos talentos, quizá tenga que ver la propia
alargada sombra de esta generación, una generación a la que todos
los seleccionadores han ido prolongando su fecha de caducidad,
conscientes de lo insustituible de su sello. Sin embargo, más allá
de que se le hayan cerrado puertas a posibles talentos de futuro, lo
cierto es que la factoría lleva años funcionando bajo mínimos. La
base de nuestra selección ronda o supera ampliamente La treintena.
Ricky, Mirotic e Ibaka, con la particularidad de que de estos dos
últimos solo podremos utilizar a uno en los diferentes campeonatos,
están a la espera de dar un salto en su protagonismo. Es el
resultado del descenso de nivel de las competiciones nacionales,
víctimas de la crisis; de las prisas de algunos entrenadores por
cosechar antes de tiempo y de numerosos factores sociológicos que
hacen que cada vez sea menos rentable arriesgarlo todo para emprender
una carrera profesional.
Hace
veinte años, un 30 de junio, en la radio del coche de mi padre,
aparcado junto a la playa de Alba de Tormes, escuché cómo perdíamos
ante los anfitriones griegos en el choque de cuartos de final por 66
a 64. Eran los años de Dejan Stankovic como presidente de FIBA, años
de continuas sospechas de prevaricación arbitral. Eran años,
también, en los que la selección acudía acomplejada a las citas
internacionales. Quizá, siendo realistas, debamos ir
acostumbrándonos a acudir nuevamente a los torneos sin la vitola de
favoritos. Tal vez tuviera razón el gran Carlos Gardel. Tal vez
estemos obligados a aceptar que veinte años no es nada y "volver" a pensar como entonces.
P.D. En los últimos minutos se ha conocido la muerte de Moses Malone, uno de los pívots más dominadores a comienzos de la década de los ochenta. Descanse en paz.
La participación de la selección española de baloncesto en el Eurobasket 2015 no ha comenzado bien. La contundente derrota ante Serbia no ha ayudado a despejar dudas. También empezamos perdiendo el Eurobasket 2009 ante Serbia, dicen los optimistas, pero más allá del resultado el partido dejó dudas sobre los mecanismos e inercias de nuestra selección.
Solo dos miembros, Pau Gasol y Felipe Reyes resisten de la promoción del 80, una generación que se estudiará en la asignatura de historia cuando esta incluya en el currículo, como hace con otros elementos culturales, el estudio del deporte. Aquella hornada de jugadores nos elevó a un cielo que no es el nuestro, que no nos corresponde ni por tradición, ni por demografía ni por escuela.
El pasado jueves, en la columna de temática deportiva que escribo en el diario digital local de Salamanca, quise hablar de esta generación al tiempo que compartir el escaso poso que esta ha dejado en la cultura deportiva de nuestro país. Pasarán definitivamente los Gasol, Navarro, Reyes y compañía y el baloncesto seguirá despertando el mismo entusiasmo entre nuestros jóvenes.
El próximo sábado comenzará una nueva andadura de la selección
española de baloncesto. Será el octavo Eurobasket para los
supervivientes de la Generación del 80, la encabezada por Pau Gasol,
Felipe Reyes y Juan Carlos Navarro, y a la que los buenos aficionados
recordaremos como si de la del 98 o 27 se tratase. Juntos ganaron el
Europeo junior de 1998 y el Campeonato del Mundo, también junior, de
1999 y, con la ayuda de compañeros de otras edades, toda una
panoplia de medallas en torneos absolutos entre la que destacan el
oro en el Mundial de 2006, el de los Europeos de 2009 y 2011 y las
dos platas olímpicas en las que consiguieron llevar al límite al
combinado de estrellas estadounidense.
Han pasado dieciséis años desde aquel julio lisboeta. Dieciséis
años en los que muchos hemos crecido al paso de sus quijotescas
aventuras. Porque era empresa digna de Don Quijote el soñar con lo
que han conseguido muchos de ellos, también a nivel de club: soñar
con jugar en la NBA y, mucho más aún, el hacerlo con ser All Star o
campeón. Ahora, todos nosotros, Sanchos enloquecidos ante lo que han
visto nuestros ojos, nos lamentamos únicamente porque al final del
camino no habrá ínsula, reino o señorío para el baloncesto
español. Disfrutamos el camino, claro, pero hemos despertado y nos
encontramos pesarosos porque solo fue eso, un camino que desembocó
en la misma yerma llanura de la que partió.
Es cierto, somos nuestras elecciones. Un sí o un no en un momento
determinado y crucial de nuestra vida puede determinar el destino de
la misma. Es inevitable, lo admito, pero no admito, en cambio, que un
chico con cierto talento para el deporte deba inclinarse por estudiar
o abordar sin arneses la escalada hacia el profesionalismo con apenas
diecisiete años. Y es que, aunque existan excepciones, a esa
disyuntiva nos conduce el sistema universitario español, más aún
ahora que con Bolonia pretenden convertir al alumno en un agricultor
“de sol a sol”, únicamente preocupado de su plantación,
únicamente dedicado a un estudio que, por lo demás, sigue instalado
en la regla agustiniana.
Luego nos extrañamos de que cada vez menos jugadores den el salto,
de que las ligas inferiores, que deberían tener la fisonomía de una
lanzadera, sean en realidad geriátricos de los que se niegan a
salir, porque salir es morir, los viejos dinosaurios de nuestro
baloncesto. Y con razón, claro, porque, como ellos bien afirman, no
vienen por debajo chavales con la ilusión, el talento y la capacidad
de sacrificio suficiente como para quitarles un sitio que ellos se
ganaron entrenamiento a entrenamiento.
La mejor opción pasa por Estados Unidos, donde el sistema permite
conciliar ambas realidades igualmente imprescindibles para quien se
halla infectado por el virus del deporte y por la necesidad de sacar
adelante un buen expediente académico que actúe como salvaguarda en
caso de que el talento no sea suficiente o la fortuna se muestre
esquiva. Ahora bien, todo lo que suena a cruzar el charco e ingresar
en uno de esos campus mitificados por las películas de nuestra
adolescencia, genera cierto miedo en los jóvenes deportistas y sus
familias. Es lógico. Más aún si tenemos en cuenta que en este
mundo globalizado permanecen inalteradas las fronteras culturales,
idiomáticas y sentimentales.
Como toda gran decisión vital, ir a estudiar a Estados Unidos
requiere de una fuerte carga de información y asesoramiento para la
que, después de haber estado leyendo sobre el tema, es necesario
tratar con profesionales. A mi juicio, tras haberme informado para ayudar a un jugador al que tuve la suerte de entrenar, creo que la empresa que mejores y más completos servicios ofrece es la
agencia AGM Sports, gestionada por antiguos beneficiarios de becas y,
por lo tanto, por personas que conocen muy bien el proceso y las
gestiones que acarrea. Y es que iniciar el curso en una universidad
americana, ya sea con una beca deportiva o con una de carácter
académico, requiere de numerosos trámites y de un trabajo de
concienciación y de preparación previa con el deportista
estudiante que comienza con muchos meses de antelación.
Todo para lograr ese reto que a priori no debería parecer tan
improbable, ese sueño que no debería ser tal de integrar el deporte,
de forma más o menos profesional, en la vida, sin que esta unión
suponga un divorcio inmediato o una frustración imperecedera. Pero
para ello hace falta una cultura deportiva que aquí en España, paraíso de tapas y cañas y de sueños que juegan a la lotería, aún no
tenemos. Para ello hace falta que instituciones y corporaciones se den cuenta de los valores que aporta el deporte a nivel humano, de que formación académica y formación deportiva no deben ser rivales, sino complementos.
Mucha suerte para todos aquellos que intenten cumplir este objetivo tan
salpicado de sacrificios como de satisfacciones.
La
pasada semana quise emplear el espacio de la columna que todos los
jueves escribo en el diario digital Salamanca RTV al día para
hablar de la relación entre los jugadores y el entrenador, entre
este y cada uno de ellos. Una relación que va más allá de lo
deportivo, de las tiranteces del día a día, de las victorias y las
derrotas y hasta de los desencuentros generacionales.
Al
iniciarse en todo oficio es bueno contar con referentes. La osadía
está bien, pero cuando carece de fundamentos deviene enseguida en
ignorancia. Los míos, sin duda, se encuentran en el baloncesto
universitario norteamericano, allí donde los preparadores,
entrenadores, técnicos, o como se les quiera llamar, además de
formar para la competición hacen las veces de tutores, de guías
formativos y espirituales. John Wooden y Mike Krzyzewski estarían en
el primer lugar de la lista.
Poco antes de morir, de los ciento ochenta chicos que jugaron en sus
equipos, John Wooden, el entrenador más laureado del baloncesto
universitario norteamericano, conservaba relación con ciento setenta
y dos. La mayoría lo llamaban semanalmente para preguntarle por su
estado físico deseando, secretamente, poder recibir una nueva
enseñanza –tal vez la última debido a su precario estado de
salud– de quien fuera su maestro para poder transmitírsela a sus
hijos. Y, de nuevo, como si no hubiera pasado el tiempo, su viejo
entrenador les citaba las mismas palabras que les recitara a modo de
sermón en su primer día en la Universidad de California Los Ángeles
(UCLA): No mientas, no hagas trampas, no robes; gánate el derecho
a estar orgulloso.
Allá
por el mes de febrero, apurando el límite para la ejecución de
traspasos, los Milwaukee Bucks intercambiaron a Brandon Knight por
Michael Carter-Williams. El objetivo último de esta operación era
seguir construyendo una plantilla plagada de hombres grandes para su
posición, versátiles, esto es, con la capacidad para defender a
tres o cuatro oponentes, y con gran envergadura.
Esta
última fue la característica principal de los jugadores de rotación
de los Milwaukee Bucks durante la pasada temporada; largos brazos
para incomodar el bote, para tocar balones, para forzar pérdidas,
para cerrar penetraciones, para cortar líneas de pase y para
intimidar. Largos brazos también para puntear tiros desde distancias
desde las que hacerlo sería imposible para el resto de mortales.
Largos brazos para poder defender los uno contra uno con mayor
separación y darse así una mejor oportunidad para anticiparse a los
movimientos del atacante. Largos brazos que favorecen también
closeouts más ordenados y no tan suicidas.
Gracias
a esta apuesta y a los sistemas propuestos por Jason Kidd, su nuevo
entrenador, la de los Bucks fue junto a la de los Warriors la mejor
defensa, estadísticamente hablando, de la liga. Los Bucks fueron el
equipo que forzó más pérdidas (17,4) y consiguió más robos (9,6)
por partido. Consiguieron también de sus rivales el quinto peor
porcentaje de tiro y ser el octavo equipo que menos puntos encajara,
siendo el segundo bajo el parámetro normalizado de puntos recibidos
cada cien posesiones (defensive rating). Pagaron peaje, eso sí, a la
hora de cerrar el rebote defensivo, siendo el sexto peor equipo en
esta faceta concediendo 26,7 segundas opciones cada 100 posesiones.
Ello
les permitió pasar de un récord de 15 victorias y 67 derrotas a un
balance equilibrado de 41-41. Eso sí, no lo consiguieron solo a
base de tamaño y envergadura, sino también asumiendo los esquemas y
la demanda de intensidad que les propuso su entrenador. Porque,
parafraseando de un modo bastante libre el comienzo de Anna Karenina,
todas las buenas defensas se parecen, pero las malas lo son cada
una a su manera. Veamos en qué se parecen las buenas defensas.
1.
Cierran las penetraciones impidiendo ganar con facilidad el
centro de la zona, lugar del campo donde más posibilidades existen
para generar un daño irreversible. Ello se consigue a base de un
alto compromiso, una gran capacidad física y una buena técnica
individual de desplazamientos y closeout.
2.
Usan las manos provocando numerosos “deflections” o
desviaciones de la pelota, terminen o no en una recuperación. Estos
“balones tocados” merman la confianza de los atacantes y se comen
segundos de posesión.
3.
Llevan la iniciativa. Aprietan el balón para que no piense,
conducen a los atacantes a zonas del campo no deseadas, le quitan el
balón de las manos a la estrella rival. Son, en terminología
reciente, proactivas. No reaccionan en función de la propuesta del
atacante, sino que obligan a reaccionar.
4.
Cuentan con grandes con capacidad de intimidación. Solo así,
con la puerta de casa bien vigilada, se puede ser proactivo y
agresivo. Solo si se cuenta bajo aro con gente grande, con capacidad
y buen timing de salto es posible estrechar marcajes y forzar a los
rivales a situaciones que les hagan sentir incómodos.
5.
Se comunican y son generosas en los esfuerzos colectivos. Los
jugadores se conceden e inspiran mutuamente confianza y se comunican
constantemente para llegar a defender, por orden de prioridad, balón,
aro y jugadores más próximos a balón. Todas las buenas defensas
presentan un lado débil muy activo y bien posicionado para acudir a
las ayudas.
6.
Reducen al mínimo la producción ofensiva del equipo rival en
acciones de pick and roll. Dado que el bloqueo directo se ha
convertido en la fórmula más empleada de ataque, reducir su impacto
estadístico se ha vuelto una prioridad. Los Bucks lo consiguieron
siendo agresivos al balón en el caso de rivales con capacidad para
tirar y generar juego (hedges o incluso traps y recuperación con
posible rotación entre grandes) y negando el bloqueo en el caso de
jugadores más bien penetradores y, por supuesto, en la situación de
bloqueo lateral (45 grados) con independencia de la pareja que lo
jugara. De hecho, fueron el mejor equipo defendiendo dicha situación,
tal y como muestran las estadísticas avanzadas de NBA. Permitieron
el menor número de puntos por parte del driblador (0,7 por cada
situación de bloqueo directo) forzando el quinto peor porcentaje. En
el caso del jugador bloqueador, permitieron 0,94 puntos, pero a
cambio forzaron el mayor número de pérdidas. 7. Pelean cada balón. Ganan las batallas particulares y se apoderan de cada balón suelto.
La
adición de principios defensivos básicos con la apuesta por el
tamaño, la envergadura y la versatilidad, derivó en un ejercicio defensivo fantástico
del que todos debemos aprender y tomar nota. Antes de que empiece la
temporada, e incluso a pesar de los traspasos acontecidos, me atrevo
a apostar que la de los Bucks será nuevamente una de las mejores
defensas de toda la NBA. Cuentan con un inteligente ideólogo en el
banquillo y con los jugadores necesarios para ello; jóvenes,
atléticos y humildes. Os dejo con este vídeo ilustrativo. Espero
que os guste.
Hay
veces en que, por mi defensa de la recuperación del juego uno contra
uno, de los duelos individuales dentro de un deporte colectivo,
parece que me posiciono en contra de la utilización del bloqueo
directo. Y no es así. Si acaso me hastía el abuso de este recurso,
el que los sistemas de los equipos prevean una cantidad ingente de
movimientos para culminar prácticamente todos en una situación de
pick and roll, pick and pop o cualquiera de sus variantes.
Ahora
bien, su uso parece inevitable y se remonta, aunque el dato no es del
todo fiable, a los años veinte del pasado siglo. Sin embargo, hasta
convertirse en una moda tendría que esperar. Y es que si Adolph Rupp
lo adoptó como un sistema dentro de los muchos que utilizaría en la
Universidad de Kentucky a caballo entre los años cuarenta y
cincuenta, sería la pareja Stockton-Malone la que más contribuyó a
su popularización.
Su
uso, además de inevitable, es lógico. Sus ventajas son innumerables
y van desde lo más obvio; la interposición de un cuerpo en la
trayectoria del defensor del balón o la obligación de hacer salir a
defender a un jugador grande al perímetro, hasta lo más
sofisticado; el aislamiento de parte del “stuff” defensivo y la
mejora, a raíz de ello, de los espacios para atacar.
Si
en la actualidad hay un equipo que domine la situación de pick and
roll como inicio del juego ofensivo, planteándola como lo que es, un
sistema de ataque que involucra a cinco jugadores y que genera una
ventaja primigenia a la que luego dar continuidad, ese equipo es San
Antonio Spurs. Los chicos de Popovich, aunque eliminados en la
primera ronda de playoff por un conjunto mucho más atlético,
demostraron durante los siete partidos de que constó el
enfrentamiento, dominar la coreografía del pick and roll. A
continuación os voy a mostrar los esquemas más habituales que
utilizan para sacar el máximo partido del talento de sus jugadores y
del reducido espacio de la cancha para, por último, mostraros un
vídeo con numerosos cortes de la mencionada eliminatoria.
1.
Esquinas ocupadas. Postes asimétricos. Dinamismo vertical y
horizontal (gráfico).
Aunque, probablemente debido a la pareja de pívots a la que se enfrentaban,
repitieron poco este dibujo durante la eliminatoria que he analizado, este esquema es uno de los más
utilizados por el equipo tejano a lo largo de la temporada. Consiste
en un bloqueo directo central que culmina, en función de las
alternativas defensivas en un movimiento complementario de los postes
alrededor del contorno de la zona. El hecho de que las esquinas estén
ocupadas por tiradores dificulta las ayudas y hacen de los codos de
la zona fantásticas zonas para recibir y atacar el aro.
2.
Bloqueo directo lateral con la esquina de lado balón liberada.
Este
es el dibujo que más se repite durante un partido de los Spurs. Lo
juegan directamente en llegada o tras una inversión. El otro poste
se esconde y juega apariciones a la espalda o en la región del tiro
libre. Dos buenos tiradores abren el campo y dificultan las ayudas
que habrán de ser necesariamente largas. Los Clippers, en la
eliminatoria estudiada, tardaron en darse cuenta de la necesidad de
negar este bloqueo obligando a los Spurs a convertirlo en un lateral
guiado a fondo aunque, aun así, los de Popovich encontraron
soluciones exitosas.
3.
Bloqueo directo lateral o central con dos jugadores a la cara y uno a
la espalda.
Situación
típica en la que el equipo juega con una sola referencia interior y
cuatro jugadores exteriores con amenaza de tiro. Nuevamente, si la
defensa es agresiva a balón, se genera una situación de dos
atacantes con un defensor en el lado fuerte, lo que provoca muchas
dificultades a la defensa. La negación del bloqueo, bien a través
de lo que en la jerga se conoce como “blue”, o bien la conversión
del mismo, pasando de tercero o de cuarto y forzando el repick,
obliga a jugar hacia la esquina ocupada y contar con dos jugadores en
el lado de ayuda capaces de “golpear” la continuación y de
evitar pases directos a los tiradores.
4.
Continuación corta con dos jugadores a la espalda.
Cuando
el esquema es el contrario y el bloqueo se dirige hacia donde solo
hay un jugador dejando, en cambio, dos a la espalda, la norma pasa,
en caso de defensas agresivas, por jugar continuaciones cortas, en la
región del tiro libre, desde las que un hombre grande y buen
pasador, con capacidad de poner el balón en el suelo, puede generar
verdaderos desequilibrios atrayendo a los defensores del lado débil.
5.
Situaciones novedosas.
Aunque
el uso del pick and roll por parte de los San Antonio Spurs es
bastante clásico (en el buen sentido) también emplearon situaciones
diferentes como bloqueos consecutivos, bloqueos entre grandes y
bloqueos de dos acciones, que son aquellos en los que el bloqueo
directo coincide con una situación diferente en el lado contrario de
flare, (bloqueo ciego para caída de exterior) pin down o preparación
de un bloqueo directo dinámico tras inversión. Se trata de una
jugada muy difícil de defender porque los jugadores han de
transformar muy rápido sus posiciones y su mentalidad desde el lado
de balón hasta el lado de ayudas.
*Situación particular conocida como "pick the picker" en la que el bloqueador luego recibe un bloqueo ciego. Dificulta mucho las segundas acciones defensivas.
Sin
duda, un tratado sobre cómo emplear el bloqueo directo en nuestros
equipos que queda mejor reflejado en este vídeo. Fíjense sobre
todo, en los tres jugadores que están alejados del balón, en sus
posiciones y sus movimientos.
Licenciado en Geografía, master de profesorado de secundaria y bachillerato, máster en Creación Literaria por la Universidad de Salamanca y Doctor en didáctica de la escritura creativa también en esta universidad. Autor de dos libros de relatos, Hasta que la noche nos alcance y Madrid, Nueva York, Logroño, y autor también de Individual o Zona, selección de artículos e historias sobre baloncesto. Entrenador superior de baloncesto (CES 2014) y actualmente entrenador ayudante en San Pablo Burgos (ACB y Eurocup). Te invito a conocer más en mi página web personal: http://jjnieto.com