La
pasada semana quise emplear el espacio de la columna que todos los
jueves escribo en el diario digital Salamanca RTV al día para
hablar de la relación entre los jugadores y el entrenador, entre
este y cada uno de ellos. Una relación que va más allá de lo
deportivo, de las tiranteces del día a día, de las victorias y las
derrotas y hasta de los desencuentros generacionales.
Al
iniciarse en todo oficio es bueno contar con referentes. La osadía
está bien, pero cuando carece de fundamentos deviene enseguida en
ignorancia. Los míos, sin duda, se encuentran en el baloncesto
universitario norteamericano, allí donde los preparadores,
entrenadores, técnicos, o como se les quiera llamar, además de
formar para la competición hacen las veces de tutores, de guías
formativos y espirituales. John Wooden y Mike Krzyzewski estarían en
el primer lugar de la lista.
Poco antes de morir, de los ciento ochenta chicos que jugaron en sus
equipos, John Wooden, el entrenador más laureado del baloncesto
universitario norteamericano, conservaba relación con ciento setenta
y dos. La mayoría lo llamaban semanalmente para preguntarle por su
estado físico deseando, secretamente, poder recibir una nueva
enseñanza –tal vez la última debido a su precario estado de
salud– de quien fuera su maestro para poder transmitírsela a sus
hijos. Y, de nuevo, como si no hubiera pasado el tiempo, su viejo
entrenador les citaba las mismas palabras que les recitara a modo de
sermón en su primer día en la Universidad de California Los Ángeles
(UCLA): No mientas, no hagas trampas, no robes; gánate el derecho
a estar orgulloso.
Buenas
noches, estaba pensando que debería estar estudiando. Eso creen que
estoy haciendo los que piensan que me quieren, eso me dicta la
conciencia, el ser racional, la res cogitans. Les pido perdón y
prosigo. Prosigo porque creo que tengo algo que contarles, algo que
he sacado a rastras de la butaca del cine del que acabo de regresar.
Les
cuento, a pesar de los impulsos que me invitan a cerrar esta ventana
y recuperar la de los apuntes de Historia Antigua, que termino de ver
Wiplash, una obra escrita y dirigida por Damien Chazelle y en la que
J.K. Simmons borda el ingrato papel de insensible tutor de un joven
aprendiz de batería de vocación desbordante. La ambición
desmesurada del novato encontrará el molde perfecto en el rigor
(sadismo, si lo prefieren) de su profesor, el director de la escuela
de música en la que espera encontrar la catapulta ideal para el
despegue de su carrera. En la pantalla, sangre, sudor y lágrima, tal
cual, como lo leen, en singular. También las cabriolas del azar, las
idas y vueltas del destino. Pero sobre todo pasión.
Porque
es en la pasión, en el amor compartido por el jazz donde se cruzan
los caminos de maestro y aprendiz, las tortuosas sendas que cada uno
de ellos debe abordar por separado y que colisionan de manera
apoteósica en determinados momentos de la película. Pero cómo
seguir hablando de pasión si no alcanzamos a recordar el preciso
momento de nuestra infancia en el que nos dejó de interesar mirar al
horizonte, deslumbrar a nuestros padres o conquistar la sonrisa de la
chica de los columpios. Podría ponerme trágico y poético, pero
prefiero no perder el sentido de la realidad para hablar de la crisis
de las vocaciones.
“No
he tenido a ningún Charlie Parker, pero lo he intentado todo para
sacar un Charlie Parker”, le asegura una noche el recio profesor a
su alumno. El problema para muchos maestros, enseñantes de oficios
variados, es que ya nadie aspira, siquiera, a ser Charlie Parker. No es
que no quieran pasar por los sacrificios que ello conlleva o tener
que afrontar vidas que, como en el caso de muchos genios como el
propio “Birdman”, se tornan miserables. Es que no quieren serlo.
Ni siquiera se atreven a pronunciarlo por si lo toman por imbécil o
le llevan al psicólogo. Ya nadie quiere ser Michael Jordan.
Por
qué soportar tal cantidad de sacrificios, por qué renunciar a las
horas muertas de sofá, a las cantinelas de los amigos o a la
apacible mediocridad. En una sociedad plagada de arribistas en la que
la ignorancia es bienvenida por su intrínseca gracia (maldita la) se
echa de menos la figura del padre volcado hacia la felicidad de sus
hijos (la equivocan a menudo con la comodidad y las zapatillas de
marca) o la de ese profesor capaz de sacrificar una hora de lectura
del libro de texto para sacar a sus alumnos al campo o al museo.
Decir que asistimos, pasivamente, a una crisis de vocaciones sería
autocomplaciente. Todos somos sujetos agentes cuando pronunciamos
discursos de manual sobre la vida e impregnamos de miedos y
pragmatismo la atmósfera en la que desarrollan sus juegos los niños.
Añadan
esto a la lista de dilemas del entrenador de baloncesto y propongan
este debate para charlas y simposios. ¿O es que acaso es más
importante hablar de la inyección de dinero del Banco Central
Europeo? Mejor no me respondan, que ya sé que debería estar
estudiando. Pero si no lo hace nadie más déjenme que lance las
siguientes preguntas: ¿Cuánta pasión debe ponerle un entrenador de
baloncesto de cantera a sus sesiones? ¿Debe adaptar esta cantidad a
su afán obsesivo por buscar la siempre escurridiza perfección o, al
contrario, ajustarla al nivel de pasatiempo o hobby con que se toma
el 90 por ciento de los jugadores su actividad? ¿Es la firma de una
ficha de categoría autonómica la expresión de una especie de
consentimiento a sufrir desprecios, ataques de ira o arrebatos
furibundos de un entrenador obsesionado con el trabajo y la mejora de
sus jugadores? ¿Dónde está el límite? Y si nos percatamos de la
presencia de un jugador bendecido por un talento innato para jugar,
¿debemos procurarle, por todos los medios, al aficionado su
presencia en el baloncesto profesional, aunque él nos confiese que hace
tiempo que dejó de ocupar un puesto de honor entre su lista de
prioridades?
Llegué
del cine y me encontré con mi padre. Sus tres oraciones fueron: "¿Qué
tal está tu hermano?" "Tienes pan en el cajón de abajo". "Ya está
puesto el lavavajillas". Supe que tenía que cenar rápido y ponerme a
estudiar. Pero me puse a escribir.
El
verano, en nuestra cultura de trabajar once meses para intentar
disfrutar uno, representa un tiempo para la reflexión, una especie
de paréntesis en nuestros quehaceres cotidianos que nos impulsa a
viajar, leer y, en definitiva, a redescubrir todas aquellas pasiones
que dejamos aparcadas una vez que la infancia llega inevitablemente a
su fin.
Lo
mismo sucede en el mundillo del baloncesto. Durante el período
estival éste se reencuentra con su vertiente más lúdica, la de
parques y playgrounds. En estas catedrales del juego individualista y
del lucimiento por el lucimiento el jugador de equipo se encuentra
fuera de lugar, como una talla 44 en un desfile de moda o como,
tirando de tópico, un pulpo en un garaje. Aun así, desde este
humilde estrado, me gustaría que las canchas en la calle recuperaran
el ambiente que de unos años a esta parte parece haber desaparecido.
Me encomiendo a la crisis para que las terrazas y las jarras de
cerveza dejen paso a un regreso paulatino del jugador a las canchas.
Un regreso, eso sí, que no debe ser repentino y que conviene
acompañar con un poco de trabajo aeróbico previo y con un control
en el consumo de grasas saturadas.
Pero
volvamos a la reflexión, a esa necesaria pausa que nos debemos
regalar cada poco tiempo para redefinir objetivos y analizar porqués.
Ello, tan necesario en todos los ámbitos de la vida, se vuelve
imprescindible cuando a baloncesto nos referimos. Ya sea desde la
óptica de un jugador, amateur o profesional, desde la de un
entrenador o un árbitro, siempre es oportuno realizar un balance.
Un
balance que, por otra parte, no nos puede llevar tres meses. Se trata
de identificar las causas, de valorar las consecuencias y de plantear
mejoras para ponerse, enseguida, manos a la obra. El jugador debe
identificar sus déficits a nivel técnico y táctico y asesorarse
sobre la mejor forma para corregirlos. Debe profundizar en el trabajo
físico y debe realimentar su deseo no tanto en términos de
resultados, como sobre todo en términos de ambición.
El
entrenador, por su parte (por la mía), debe aprovechar este tiempo
para estudiar y viajar, para conocer nuevos métodos, leer opiniones
y observar partidos con la lupa del que ve más allá de lo que todos
ven. Debe indagar en nociones que se alejan de lo estrictamente
baloncestístico como las pertenecientes a campos como la psicología
o la propia filosofía. Toda actividad que le lleve a conocer mejor a
las personas en todas sus dimensiones será bienvenida en el proceso.
El
árbitro debe reciclarse. No sólo en cuanto al conocimiento del
reglamento, sino sobre todo en cuanto a la interpretación del mismo.
Viendo partidos y hablando con jugadores acabarán por definir un
estilo propio y personal que les identifique convirtiéndolos en
únicos e irrepetibles. De esta manera el jugador sabrá, antes de
que empiece el partido, cómo actuar y de qué manera dirigirse al
colegiado en función de las características de su arbitraje.
Me
preocupan los que ya decidieron colgar las botas, los que no se
dieron tan siquiera unos días para averiguar si el virus del
baloncesto aún seguía pululando por su organismo. Me inquieta el
chico (la chica) que interpretó el baloncesto como un problema y no
como una solución. En categorías inferiores son varios los chicos
que tienen decidido dejar de jugar, muchos los que no conciben el
modo de complementar los estudios con el ejercicio y aprendizaje de
nuestro deporte. Otros, en medio de fases vitales complicadas,
sacudidos por circunstancias difíciles de corte personal, deciden
que no hay nada en el baloncesto que les pueda ayudar. Yo sólo les
pido, les demando, les exijo, que recuerden a través de las
fotografías o los vídeos o simplemente explorando en los recovecos
de su memoria, lo felices que se sintieron el día en que anotaron su
primera canasta, en el que dieron su primera asistencia o cuando
entendieron el valor de una ayuda defensiva, la máxima expresión
del trabajo colaborativo que exige el baloncesto, el máximo
exponente de esa comunión de esfuerzos que implica jugar en un
equipo. Y es que aunque formar parte de una colectividad implica
renuncias, lo cierto es que siempre, si se juega con el corazón
abierto y la mente despejada, las recompensas son mucho mayores.
Por
eso chicos, en ese salón de película del oeste en el que se
convierte a veces nuestra vida, recordad la única regla que rige en
ese mundo sin ley: No disparen al pianista. No apunten al baloncesto,
el único inocente de toda la cantina.
Licenciado en Geografía, master de profesorado de secundaria y bachillerato, máster en Creación Literaria por la Universidad de Salamanca y Doctor en didáctica de la escritura creativa también en esta universidad. Autor de dos libros de relatos, Hasta que la noche nos alcance y Madrid, Nueva York, Logroño, y autor también de Individual o Zona, selección de artículos e historias sobre baloncesto. Entrenador superior de baloncesto (CES 2014) y actualmente entrenador ayudante en San Pablo Burgos (ACB y Eurocup). Te invito a conocer más en mi página web personal: http://jjnieto.com