La temporada perfecta





Se cumplieron los pronósticos. Un gran equipo ganó a un buen equipo liderado por un único gran jugador. El mayor número de armas, la mayor versatilidad de todas ellas y el uso inteligente de las mismas por parte de un fantástico entrenador, Steve Kerr, decantó la balanza de una interesante final del lado de los Golden State Warriors. El otrora letal tirador ha demostrado tener manga ancha y mano izquierda en el trato con sus jugadores. Estos, a cambio, pusieron a su disposición el sacrificio que genera el hambre de victorias y una suma de talento a la que muy pocos equipos pueden hacer frente.

De unos años para acá, la toma de decisiones de los General Manager del equipo ha sido inmejorable. Las elecciones del draft de Thompson, Barnes, Ezeli y Green vinieron a reforzar la genial maniobra de seleccionar a Curry en el número siete de una promoción que vio pasear por el escenario, antes que al genio salido de Davidson, a nombres tan sospechosos como los de Thabeet, Tyreke Evans o Johnny Flynn. Incluso el de Ricky Rubio chirría, vistas las circunstancias. A pesar de sus iniciales problemas de tobillo, esos que nos hicieron pensar que el suyo sería un nuevo caso Grant Hill, los rectores de los destinos de la franquicia californiana no dudaron a la hora de destronar a Monta Ellis y enviarlo a Milwaukee a cambio de Andrew Bogut, un center que intimida al tiempo que puede jugar de base y al que el karma ha premiado con un año libre de lesiones después de varios de penurias. Solo la adquisición de David Lee a precio de jugador estrella de la liga puede ser discutida, aunque sus números eran magníficos antes de lesionarse en marzo de la temporada pasada. Así, siendo el decimocuarto equipo en el pago de salarios, los Golden State Warriors, con los retoques de Iguodala y Speights, el año pasado, y de Livingston y Barbosa, este, han demostrado ser, sin lugar a dudas, la mejor plantilla del campeonato. Y lo serán nuevamente el próximo, donde el “expiring contract” de David Lee puede ser una jugosa moneda de cambio para reforzar la rotación interior.

Ahora bien, de los dieciséis triunfos más en comparación con el año anterior y de este anillo que viene a suceder al que conquistaran hace cuarenta años bajo la égida de Rick Barry, mucha culpa tienen dos hombres: Steve Kerr y Stephen Curry. El primero, al que ya he alabado en un pasaje anterior de esta entrada, ha conseguido tener listos e involucrados a los quince miembros de su plantilla y, de esta manera, además, ha podido regular los minutos de sus jugadores más importantes. Su postura ecléctica, su flema a la hora de afrontar los errores y la asunción de que con tanto talento reunido lo único que tenía que hacer era convencer a sus chicos para defender unidos, correr y compartir la bola, han sido elementos clave. Steve Kerr ha dejado funcionar algo que de forma natural también lo habría hecho, aunque no tan bien.

Concluyo con Curry, el motivo de cientos de sonrisas repartidas por el mundo a cualquier hora del día. Qué no habría dicho Andrés Montes de este jugón que, compartiendo cartel con cuerpos hercúleos y una profusa generación de bases, ha demostrado ser mejor que todos ellos gracias a un escudo llamado técnica. Técnica para elevarse en menos tiempo y menos espacio que cualquier otro rival. Técnica para driblar por senderos imposibles y sacar pases con ángulo negativo. Técnica para finalizar contra ogros que pretenden aplastarlo. Técnica, pura técnica, para hacernos soñar con una evolución del deporte hacia modelos distintos a la que parecían encaminarnos esos robots biónicos que son Cristiano Ronaldo o Lebron James. Curry mueve los pies como Messi y su mano es la de Maradona, la de Dios, sí. Nadie tiró como él en los 68 años de historia que tiene la liga y nadie olvidará que la no concesión del MVP de las finales obedeció a un ataque de pedantería y erudición mal entendida por parte de siete analistas (los otros cuatro votaron a Lebron) que quisieron premiar el trabajo sucio de Iguodala y su oficio a la hora de aprovechar todos los espacios generados por las amenazas de Curry y Klay Thompson. En fin, seguiré tratando de reconciliarme con el oficio periodístico, pero tendrá que ser en otra ocasión.




UN ABRAZO Y ENHORABUENA A LOS GOLDEN STATE WARRIORS

En obras






Otra temporada más a la mochila, otro embarazo de algo más de nueve meses que engendró frutos desiguales. El pasado domingo, con motivo de la celebración del campeonato interprovincial de centros del Programa Regional de Detección de la Federación de Castilla y León, culminé empapado en el sudor que me provocó un emocionante final, otro año al borde de las pistas y cerca, muy cerca, de la realidad de la infancia y la adolescencia, un panorama complejo y en ocasiones difícil.

Ser un niño, antes, era mucho más fácil. Todo lo que había que gestionar era una exigua propina y una agenda de eventos bastante simple (partido de fútbol hoy, partida de canicas mañana,...), y todo lo que había que conservar era la fidelidad de los camaradas, esos amigos que algunos aún podemos presumir de mantener. Ahora el niño navega por las procelosas aguas de un río a merced de una corriente que baja demasiado deprisa y no siempre amarrado con los preceptivos arneses.

Y es que aun teniendo la suerte de haber coincidido con un grupo de padres fantásticos, tanto en el infantil masculino del Club Baloncesto Santa Marta como en la selección alevín femenina de Salamanca, he podido observar esa carrera en la que se hallan inmersos muchos de ellos por convertir a su hijo en un competidor apto para sobrevivir en el mundo globalizado que les espera. Y nadie les culpa, quién no lo haría en su lugar. Precisamente ahí es cuando entramos nosotros, los entrenadores, igual de ambiciosos a la hora de crear un proyecto competitivo, igual de enfocados hacia el éxito, sea cual sea este en función del potencial de cada grupo. Es nuestra obligación hacer de cada sesión una obra maestra y exigir el cien por cien de cada uno; lograr que el jugador disfrute acabando exhausto física y mentalmente, satisfecho de haberlo dado todo. Estoy convencido de ello, sí, hay que sufrir en los entrenamientos y disfrutar en los partidos. De lo contrario esto no sería divertido y solo quedaría el abandono, pero no debemos olvidar que hay que conjugar la faceta deportiva con la humana pues solo un porcentaje mínimo de ellos terminará jugando a un baloncesto de cierto nivel competitivo, mientras que todos ellos crecerán y se convertirán en ciudadanos llamados a formar familias y comunidades, a hacer del mundo un lugar un poco más habitable y generoso.

De ahí que el resultado muestre solo una pequeña parte de lo conseguido, ocultando detrás de los tonos rojos de los led otros mecanismos de evaluación de una temporada, mecanismos que bien podrían pasar por el grado de cohesión del grupo, por el crecimiento y maduración personal de los jugadores, por sus mejoras individuales o por sus niveles de motivación de cara a trabajar en verano y prepararse para ser mejores el próximo año.

Trabajar en verano, sí, aunque suene a broma pesada, es la clave de todo jugador que quiera aspirar a alcanzar el máximo de su potencial, del mismo modo que nos sucede a los técnicos. En este proceso de formación continua, el verano, por su propia condición, se erige en la época idónea para revisar ideas, conceptos y metodologías y a ello me pondré tras esta semana de respiro. Allá en mi frente un nuevo reto en el C.B. Tormes, club referente en el ámbito masculino a escala regional y lugar de trabajo de numerosos entrenadores de prestigio de los que poder seguir aprendiendo.

Aprendiendo como lo he hecho en mi periplo de cuatro años, aunque interrumpido por motivos personales, en Santa Marta, club que queda en buenas manos y encaminado a convertirse, también él, en una referencia de excelencia dentro de la región, principalmente en el campo femenino. Allí dejo a grandes profesionales y amigos a los que cito ya para tomar un café y hablar de esta pasión que nos une y que no es otra que el baloncesto de formación; la educación, en definitiva, a través de una pelota y dos aros.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Malo malísimo





Dicen que se lo ha ganado a pulso con su llegada a la liga, con sus polémicas decisiones, con la arrogación de facultades mitológicas y la adopción de apodos mesiánicos. También con sus gestos y una manera de liderar a los equipos basada en el servilismo. Afirman que Lebron James es un villano de manual, el prototipo de malo de ficción; más aún, una evolución. Porque en él se reconocen la mirada perdida del comandante nazi Amon Göth que representa Ralph Fiennes en La lista de Schindler, la resabiada y cínica del reverendo Harry Powell en la Noche del cazador y también aquella otra de Hank Quinlan en Sed de Mal, a la que nadie podría calificar de amistosa, aunque luego, al final de la película, nos enteráramos de que no era un hombre tan malo.

Esas miradas, que asustan cuando las sientes próximas, generan odio en la distancia. Nadie puede compadecerse del orco pudiendo amar al hobbit. Nunca nos detenemos a pensar que la bondad o mezquindad de los motivos que conducen a la actuación es un juicio maniqueo que realizamos guiados por quienes ya han decidido previamente el reparto de dones y vicios. Fijaos, si no, en como a los buenos les sigue la cámara allá donde van, aunque hayan fracasado. De los malos solo tenemos noticias a través, precisamente, de los buenos. Por sus palabras sabemos que son vanidosos, despreciables, ambiciosos. Por sus hechos, narrados en tercera persona, tomamos conciencia de lo sibilino de sus planes y de su enfermiza obsesión por tiranizar el mundo y, claro, terminamos aborreciéndolos. Así ha sido hasta ahora, también, el cuento de Lebron.

Que Lebron se encuentre cómodo asumiendo este papel es discutible; que se lo hayan impuesto, en cambio, un hecho. No crece en Ohio la semilla del diablo, ni resuda de su piel una sustancia venenosa. En realidad, todo se resume a la fórmula de la victoria que ha escogido este chico ya treintañero y que tan poco ha gustado entre gran parte de la prensa (la menos especializada, si me lo permiten) y entre todos aquellos nostálgicos que con su presencia veían amenazada la primacía en el panteón histórico de sus ídolos de infancia.

Solo así, su capacidad de jugar como y donde le da la gana, su talento para encontrar al jugador abierto, su intuición para el rebote y su capacidad –apoyada en un físico sobrenatural, claro– para darse de bruces con la canasta tras sortear a sus defensores, han quedado ocultas bajo los lemas y eslóganes de la propaganda dedicada a minimizar su obra:

1. Lebron es puro físico. En primer lugar me gustaría desmentir la tesis que asegura que el físico de Lebron James es ideal para el baloncesto. La mezcla de potencia, (velocidad) y altura es maravillosa, pero de nada servirían sin la coordinación que tanto ha mejorado durante sus años en la liga. Desplazar, cambiando de direcciones y esquivando obstáculos, un cuerpo de tal magnitud, tiene verdadero mérito. La simple posesión de potencia muscular es más útil en deportes donde puedes arrollar rivales, en campos con espacios más generosos, con un móvil que se pueda desplazar agarrado,... No sé si me explico: el baloncesto no es para culturistas.

2. Lebron solo gana juntándose con otras estrellas. Bueno, él mismo se ha ganado a pulso esta afirmación tras la famosa “Decision”. La ayuda de Wade fue inestimable por momentos, aunque sus lesiones mermaran mucho sus condiciones y bueno, la presencia de Bosh se mostró, en ocasiones, decisiva. Pero vaya, no creo que los Lakers y los Celtics de los 80, los Bulls de los 90 o los Lakers del siglo XXI fueran un erial de talento. A las cuatro finales que disputa con Miami llega apoyado en jugadores a los que el tiempo ha situado como mediocres (Mario Chalmers, Rashard Lewis, Joel Anthony,...). Y qué decir de la primera final que alcanza con Cleveland. Por no hablar de un quinteto formado por un Irving maltrecho, Shumpert, Tristan Thompson y Mozgov. ¿Los imaginan jugando sin Lebron?

3. Lebron ha perdido tres de las cinco finales que ha disputado, luego es un perdedor. Este argumento, basado en datos sólidos e irrefutables, queda suspendido a la espera de lo que pueda suceder a partir de esta próxima noche en su sexta final. En el caso de ganarla, un honroso cincuenta por ciento acallaría muchas voces críticas. En el caso de perderla, el argumento de que llegar a una final en la Conferencia Este es un regalo quedará asumido como ley.

Mucho en juego, por lo tanto, a partir de esta próxima madrugada en nuestro país. Lo que la prensa y aficionados han catalogado como un duelo personal entre el chico bueno y el perfecto villano será, sin duda, para los que nos gusta deleitarnos con los tonos grises del baloncesto y de la vida, mucho más que eso. En cualquier caso, un espectáculo que no se pueden perder.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Premio al premio





Empezaré defendiéndome asegurándoles que no soy sospechoso de no alabar el juego de los Gasol, su importancia histórica dentro de nuestro baloncesto, su filantropía, su buena educación. En múltiples ocasiones me he hecho eco de sus innumerables éxitos y de su buena disposición y, por supuesto, he pedido respeto para Pau cuando se le acusaba de estar caducado para los niveles que exige el deporte profesional, afirmación que se ha demostrado falsa tras la temporada que acaba de concluir para él con su eliminación en los playoffs. Pero perdónenme que me pregunte, ¿quién vota en la elección del Premio Princesa de Asturias del Deporte? ¿Es el Princesa de Asturias una excusa para que el deporte español se vanaglorie de sus triunfos? ¿Son los deportistas un cuerpo más del ejército español y el Princesa de Asturias, en realidad, un acto de entrega de la Cruz Laureada de San Fernando? El nacionalismo, en contra de lo que pudiera parecer, no nos hace grandes; nos hace pequeños, muy pequeños.

Para que esto no parezca una rabieta sin más, aportaré una serie de motivos por los que me parece que el premio, siendo siempre merecido en el caso de los dos hermanos, no es oportuno ni justo con quienes en esta temporada han reunido muchos más méritos.

1. Pongamos que el premio, por esa suerte de “chauvinismo” a la española, ha de recaer en un nacional. Los Gasol, vestidos con la roja, cosecharon unos decepcionantes cuartos de final en el mundial que teníamos a bien organizar (y que muy bien organizamos, por cierto). En competiciones internacionales Javier Gómez Noya, Javier Fernández o Carolina Marín son vigentes campeones mundiales como lo es Marc Márquez, la joven perla del motociclismo español. También Marc Coma siguió cosechando rallies Dakar como si no costara. ¿Había, o no, buenos candidatos?

2. Pongamos que se definiera que el premio fuera para el baloncesto (que no creo). Dos equipos fueron los grandes triunfadores en este año natural que ha transcurrido entre premio y premio y en ninguno militaban los hermanos Gasol. Me refiero a los San Antonio Spurs y a la selección estadounidense de baloncesto. Los primeros dominaron una competición para la que parecían excesivamente mayores, mientras que la segunda acudía con un conjunto excesivamente joven, víctima propiciatoria para que los europeos les demostráramos dónde se juega mejor a este deporte. La historia fue que se pasearon dando verdaderas lecciones de que lo bueno, si fácil, dos veces bueno.

3. El premio es doblemente redundante. Pau y Marc ya lo recibieron como miembros de la selección española en 2006. Desde entonces han cosechado nuevos méritos, claro, pero si se trataba de premiar carreras a nivel individual ha habido mejores oportunidades. No debemos olvidar que ya han pasado cinco años desde el último anillo conseguido por Pau. Porque de eso se trata en deportes colectivos, ¿no? De ganar como equipo. A este solapamiento se une el siguiente: Si el jurado del galardón lo que pretende hacer es poner en valor la doble presencia como titulares en el All Star están reconociendo un reconocimiento, premiando, como bien reza el título de este post, al propio premio. Estar en el All Star no constituye un mérito deportivo en sí mismo, sino que es ya una especie de gratificación añadida. Aquello ya era el premio por una buena temporada. Esto, el absurdo premio al cuadrado.

En fin, si de lo que se trataba era de ser originales y de premiar a una pareja de hermanos sin parangón en la historia de nuestro deporte, fantástico. Muy merecido. Pero si de lo que se trata es de dotar de importancia a esta distinción lo estamos haciendo muy mal. Y no, amigos, Leonor no tiene la culpa. 


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Jugar en un mundo de adultos





Me hice mayor. Me fui acostando cada noche un poquito más tarde robándole décimas, segundos, minutos, incluso, a los sueños. Y fui arrinconando en beneficio de mi reputación aquel entusiasmo juvenil como encarcelé en cajones que ya no existen a mis cromos, a mis canicas, a mis chapas, a mis muñecos. Y escribí cartas que nunca entregué. Y recité declaraciones de amor frente al espejo que nunca más pronunciaría. Y callé; callé, sí, tras comprender que hacerse mayor es ir renunciando poco a poco a nuestro verdadero ser, ese que jugaba despreocupado con una pelota y regresaba al hogar envuelto en barro, encajando con una sonrisa el azote y la justa reprimenda de una madre.

Pero nos queda Curry, sí, Don Stephen, ese niño de veintisiete años que sigue jugueteando con la pelota mientras sus pies corretean de un lado a otro sin detenerse demasiado en ningún lugar concreto. Su juego es un aluvión de curiosidad, la máxima expresión del deseo del ser humano por explorar sus propios límites. El base de Golden State Warriors, equipo finalista de la NBA, es al baloncesto lo que Messi al fútbol con la gran diferencia de que la canasta, aunque eso a él no le importe demasiado, se encuentra a 3.05 metros de altura. Porque eso da igual cuando armas el tiro en menos de cinco décimas de segundo, cuando en una baldosa eres capaz de levantar un muro de contención frente a tu defensor o cuando tienes la habilidad de un bailarín del Bolshoi para desplazarte con el balón cambiando direcciones y sorteando obstáculos.

El MVP de la temporada afronta el gran reto de conducir a la franquicia de la Bahía de San Francisco a un nuevo anillo después de cuarenta años de una feroz sequía. No lo tendrá fácil; frente a ellos el Mosad, personificado en la figura de David Blatt, un amplio número de francotiradores, (JR Smith, Iman Shumpert, Matthew Dellavedova) infantería pesada (Tristan Thompson y Timofey Mozgov) y el arma de guerra más perfeccionada de la historia del baloncesto: Lebron James. La burocracia del estado de Ohio jugará todas las bazas posibles para que el título aterrice por primera vez en la ciudad de Cleveland, pero ellos sí que no lo tendrán fácil.

Steve Kerr, el entrenador de los Warriors, ha llamado a Klay Thompson y ambos han pasado a recoger a Draymond Green, que ya había quedado con Andrew Bogut y Harrison Barnes. Los cinco, juntos, se habían citado con el resto de la pandilla a las siete de la tarde en el parque. Efectivamente, a esa hora todos estaban allí. Bueno, todos no, una figura se les acercaba a contraluz botando una pelota. El reflejo del sol solo les permitía distinguir una sonrisa, aunque con eso fue suficiente. “Sí, es Stephen, ya estamos todos, ¡a jugar!”


Y cuando los Warriors juegan sus rivales tiemblan. Perseguir la pelota no es divertido. Ver a Stephen Curry en directo, vestido con otra camiseta, tampoco. Porque es una insolencia jugar en un mundo de adultos. Porque el descaro y el desparpajo son características que solo deberían poder aplicársele a chicos de no más de doce años. Porque a veces, sufriendo a Stephen Curry, solo queda citar a Serrat y cantar aquello de “niño, deja de joder ya con la pelota”.  



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Saber esperar





Tendrás que esperar, Pablo. No creció esta hiedra que ahora tupe la tapia que tienes enfrente en una tarde. No se formó aquella luna –a la que en ocasiones te sorprendo mirando en las noches de verano– en un súbito desvelo. Querido amigo, te he concedido un largo viaje no sin confiarte generosas alforjas. Pero tendrás que esperar para conocer su último destino, y ser paciente.

Deberás madrugar cada jornada aun cuando los témpanos de hielo te impidan abrir las ventanas y aun cuando los gatos no hayan emprendido aún su retirada. Deberás programar cada mesociclo y microciclo con el mismo mimo con el que envuelves bajo las sábanas a tus hijos. Deberás implementar en cada sesión un nuevo incentivo con el que motivar a tus jugadores, aunque también les hayas dicho esto mismo que te estoy contando; que sean pacientes, que no caducan los billetes de este metro en el que decidisteis montaros. Pero son jóvenes, Pablo, y tienen prisa.

Sé que esto te duele especialmente, pero habrás de despedirte de buenos amigos, incluso de aquellos con los que un día firmaras un pacto de sangre. “Siempre juntos”, os dijisteis, pero ambos sabiáis que no podría ser, que la vida es una despedida a plazos que no terminan nunca de amortizarse (o que se amortizan en el momento que dejas de ser consciente de ello). A cambio conocerás a nuevas personas que te enseñarán diferentes puntos de vista. No, no te preocupes, no te cambiarán. Seguirás siendo ese chaval humilde que empezó a jugar en los patios de Vitoria. No, no, de verdad que no. Seguirás haciendo jugar a tus equipos con velocidad y siempre con una sonrisa en el rostro. Pero, por favor, escúchalos. Quizá puedan explicarte por qué te vas a quedar, en más de una ocasión, sobre el sinuoso borde que separa el grito victorioso del lamento que acompaña a una dolorosa derrota.

Conocerás otras personas, en cambio, que te enseñarán la puerta de salida y deberás decir inmediatamente que no, que de tu mente siguen saliendo ideas a borbotones y que aún mantienes las ganas de coger la mochila cada mañana y sentarte en el pupitre. Otros, además, te acusarán de perdedor. Son los voceros de la envidia y el desprecio. Reconócelos, junto a los anteriores, como miembros de esa clase de gente que enviaba a la hoguera a los genios por su propia ignorancia. Y sigue adelante.

Acepta, también, que la redención se fabrica con mucho esfuerzo y pocos resultados (aparentes). Comprende que tras años deambulando por los bares, sin proyecto, sin presente ni futuro, la sección aún arrastra vicios irresolubles a los que se ha intentado poner fin con curas de nostalgia. Mantén, por ello, alejado de cualquier toma de decisión a ese millonario de gafitas que se sienta en el palco. Es buen chaval, y madridista, y millonario (perdón, eso ya lo dije). Pero ni idea de basket (aunque se proclame sucesor de Bernabeu o Saporta). 

Y espera. Espera sin renunciar a tus principios y hazlos valer, precisamente, cuando más duro arrecie el huracán contra la proa. Y quiérelos, a los chavales digo, haz que se sientan importantes. Y escúchales; porque nadie como tú, desprovisto de vínculos filiales o matrimoniales, para darles un consejo, un consejo de entrenador.

Y cuéntales un cuento cada día. Pero no uno de esos en los que los personajes tienen poderes especiales. Ni siquiera aquellos clásicos con final feliz. No, mejor cuéntales una historia real. Haz una excepción, no me importa, rompe tu silencio y descubre mi identidad. Cuéntales que hablas con el Dios del baloncesto cada noche, pero no olvides, claro, cuando deseosos de saber el final quieran saltarse las páginas intermedias, que tendrán que esperar. 

Cuando leas estas líneas comprenderás que ha merecido pena. 


UN ABRAZO Y ENHORABUENA AL REAL MADRID DE BALONCESTO POR SU NOVENA COPA DE EUROPA.

Estrellas, entrenadores (,) estrellados





“A Gasol lo que le interesan son los museos, los teatros y esas cosas”. Así, indignado, se mostraba Kevin Durant en una entrevista durante la fase de preparación de la selección americana para el Mundial de España del verano pasado; molesto porque Gasol había declinado la oferta de los Thunder y estaba decidido a firmar por Chicago, por una urbe mucho más atractiva desde el punto de vista cultural, por un mosaico cosmopolita en el que comunidades venidas de medio mundo se mezclan en obligada armonía (a veces también sin ella). No entendía que un tipo de 34 años y escasas –por pura biología– posibilidades de volver a saborear la gloria de un anillo no hiciera primar los criterios deportivos. Conviene decir que Kevin Durant, en las vísperas de firmar un contrato multimillonario con Under Armour abandonó la concentración de la selección estadounidense alegando fatiga. Su temporada ha estado marcada por una grave lesión de tobillo en una especie de fátum tejido, tal vez, con las madejas del propio karma. Cada uno da lo que recibe. Luego recibe lo que da.

Pero no se trata de Kevin Durant. Se trata de un Pau Gasol sobreexplotado en temporada regular, ignorado en multitud de desenlaces igualados y forzado ahora, nuevamente, tras una lesión muscular. En los Lakers Gasol podía aceptar que Kobe asumiera un protagonismo a veces desmesurado, pero tener que asistir a un monólogo de Rose, un jugador disminuido física y mentalmente por las lesiones y muy inferior, en cualquier caso, a Bryant, ha debido causarle más de una indigestión. Ojo, tras años vilipendiado por los sistemas de los inquilinos del banquillo de los Lakers, Thibodeau le ha devuelto el protagonismo, los minutos y la importancia. Eso hasta que llegaron los playoffs y el bueno de Thibs decidió que moriría con y por Rose. Murieron todos.

Lo hicieron a mano de unos Cavs que juegan a lo que dicta Lebron. La pusilanimidad de Blatt bien podría ser entendida como una sabia maniobra. Chocar con el rey siempre supuso penurias para el súbdito o vasallo y Blatt lo sabe. Tratar de imponerse y reivindicarse, como intentó en un principio, conduce, en el mejor de los casos, a la obtención de resultados mediocres. Con Love lesionado e Irving renqueante –más bien lesionado, aunque en cancha– Lebron dirige la orquesta en transición, desde la base, el alero o desde el poste medio. Falla, comete errores, pero sintiéndose el rey, el resto de piezas del tablero se mueven con libertad castigando el exceso de atención que genera su halo de invencibilidad en los rivales. No, haters, un escuadrón formado por Mozgov, Tristan Thompson, Shumpert y JR Smith no es superior a aquel integrado por Longley, Rodman, Kukoc y Pippen. Si Lebron gana con todos los condicionantes a los que se ha visto expuesto, esta victoria será pura como el diamante. Y va por buen camino.



Cierto, por el mismo buen camino por el que iban los Clippers hasta esta noche, la noche en la que a esta franquicia engendrada por un gen perdedor le vinieron a ver todos los fantasmas juntos. Su propuesta de juego colectivo es superior a la de unos Rockets que tuvieron que recurrir a un quinteto sin Harden para remontar el partido e igualar la eliminatoria. El chico de la barba mueve bien la pelota, tiene múltiples recursos, anota sin esfuerzo, pero hace peores a sus compañeros. Huelga decir que esto que hizo McHale, mandar a la estrella al fondo del banquillo en los momentos decisivos del encuentro, es lo que Thibodeau nunca se hubiera atrevido a hacer.

En fin, una gran noche de NBA que sirve de víspera de una Final Four a la que el Madrid llega con la urgencia añadida del fracaso de la sección de la que es deudora. No sé si Laso hará las veces de Thibs o de McHale o si anda en busca de un rey al que confiarse, como Blatt. Lo cierto es que, si pierde, de poco le servirá cantarle por Gardel a la afición aquello de “que veinte años no es nada”. Y es que enfrente tendrá a Zeljko Obradovic. Y él sí que sabe lo que han pasado en estos veinte años tras dejar al Real Madrid como campeón de Europa y en los que mientras la sección se unía y deslavazaba según soplaban los vientos (hasta la llegada de Laso, todo hay que decirlo) él no ha parado de ganar.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

A vueltas con el hack





Parece intolerable que en una competición que presume de ser la definición del concepto “entretenimiento”, que exporta tantos sueños como camisetas y que provoca insomnio –y sus consecuentes malos expedientes y bajos rendimientos en el trabajo–, en la población del resto de continentes, permita que se le hagan a un jugador 17 faltas intencionadas a metros, casi kilómetros, de la posición del balón. El hack hace que los infractores salgan beneficiados, que al ladrón le compense robar quinientos y devolver trescientos o que a la empresa de plásticos le convenga internalizar la multa por contaminación, al ser esta muy inferior a los beneficios obtenidos.

¿En la guerra como en el amor todo vale y siempre queda un perdedor? Parafraseando a Melendi, genio y referente de la contemporaneidad, (permítanme la ironía) lanzo la pregunta al aire. En realidad esta va dirigida al tejado de los entrenadores con los que convivo y dialogo a menudo y también al de todos aquellos a los que sigo desde la distancia. El caso me recuerda al de las incompatibilidades de los diputados en el Congreso. Decía Pujalte que es legal asesorar a una empresa, aunque luego contrate con la Administración. Legal porque lo permite la ley, aunque no ético. Entonces, ¿desde cuándo las leyes no son el reflejo de la moral imperante en una sociedad? Yo se lo diré: desde que quienes las hacen se rigen más por intereses propios o de clase que por valores universales. Luego hasta qué punto goza de valor el epíteto “legal”. ¿Sirve como justificación del hack que han propuesto en estos playoffs entrenadores como Gregg Popovich, Kevin McHale, Brad Stevens o el mismo, aunque en menor medida, Doc Rivers?

El argumento que emplea Popovich es claro: “Que aprenda a meter tiros libres”, dice dirigiéndose a DeAndre Jordan. Nadie puede discutirlo, se le pagan millonadas para ello y por pequeño que le quede el balón a sus manazas, toda mejora es una cuestión de técnica y repetición, algo que, sin duda, un jugador debe poder asumir. Otra opción que se abre, claro, es que el entrenador del equipo en el que juega el sujeto paciente del hack decida sentarlo, pero claro, por una mezcla de orgullo y por todo lo que este jugador aporta en defensa, Doc Rivers ha optado por mantenerlo en la cancha siempre que la situación no ha llegado a ser insostenible. Y a los resultados se remite.

Lo que parece evidente es que el experimento –más allá de lo cuestionable de su eficacia, a la vista de la eliminación de los Spurs y de la situación, contra las cuerdas, de Houston Rockets– juega en contra de la NBA como negocio. De perpetuarse como costumbre, la NBA corre el riesgo de ver mermada su masa social o de sufrir, al menos, un castigo necesario para que se tomen medidas. No es de recibo ofertar por un precio tan elevado un espectáculo tan pobre. De lo contrario, a su lema tantas veces hecho bueno por los héroes vestidos de corto de “Where amazing happens” habrá que añadir el adjetivo “boring” (Where amazing and boring happens). Urge un cambio de legislación. No creo que a Adam Silver se le escape.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Todo en su mano





En la mano de John Wall, ahora fracturada, depositaron los Wizards su destino cuando la eligieron, junto al resto de elementos de su cuerpo, en el número 1 del draft de 2010. El base, oriundo de Raleigh, Carolina del Norte, y alumno de la Universidad de Kentucky, promediaba más de 17 puntos y 12 asistencias en estos playoffs. Cinco huesos rotos parecen presagiar, en cambio, para desgracia de los buenos aficionados, que estos números no se verán alterados de aquí a junio. Sí, en cambio, las posibilidades de los capitolinos para quienes la eliminatoria contra Atlanta, pese a haber recuperado el factor cancha con la victoria inicial, se ha puesto muy cuesta arriba sin su base.

Y si hablamos de giros copernicanos en una eliminatoria, debemos hacerlo también del regreso a las pistas de Mike Conley. Pese a portar una poco lustrosa máscara de plástico sobre su rostro aún demacrado y aun luciendo un derrame poco halagüeño en el ojo izquierdo, su presencia en la pista sirvió para espolear a los Grizzlies y para recordarles, de paso, que en sus cromosomas viene inscrita la palabra DEFENSA. Volando en el balance a proteger su propio aro sin descuidar las amenazas exteriores y atravesando las pantallas que buscaban conceder el medio segundo que necesitan Thompson o Curry para tirar, Tony Allen y el resto de esbirros al servicio de Dave Joerger cortaron de raíz, durante el segundo encuentro, las fuentes de anotación de los chicos de un Steve Kerr a quien ya imagino revisando cintas antiguas tratando de averiguar cómo Phil Jackson y sus Bulls encontraron soluciones para derrotar a los Karate Knicks de Pat Riley o a los bad boys de Chuck Daly en los 90.



Va de bases, como ya habrán podido comprobar. Y es que como ya adelantábamos hace meses, este es su siglo. Base por excelencia, maestro ondeando la batuta al ritmo que más conviene, virguero en el uno contra uno y resolutivo en cualquiera de las fórmulas de pick and roll, la presencia de Chris Paul se nos intuye necesaria con el 1-1 que lograron situar los Rockets tras la victoria angelina inicial. La elasticidad de sus isquiotibiales es una incógnita, pero a sus 30 años recién cumplidos, Chris Paul no puede dejar pasar como anécdota su quehacer heroico ante los Spurs sin intentar, al menos, probar el olor de las finales.

Unas líneas, finalmente, para terminar con la NBA, para la eliminatoria entre Cavaliers y Bulls, definida, hasta la fecha, por el papel que en ella han ejercido Derrick Rose y Lebron James. Ante la consistencia de Irving, Gasol o el resto de acompañantes en la elaboración de sus números, todo parece indicar que seguirá siendo la excepcionalidad del papel de sus respectivas estrellas la que decante la contienda a un lado o a otro y yo, por si les sirve de algo, no suelo apostar en contra de Lebron.

Por último hablar de la confirmación oficial del nombramiento de Scariolo como seleccionador nacional. Chirría, dicen los que saben, que con tanto egresado del Curso de Entrenador Superior y estando los banquillos de la principal liga del país ocupados por apellidos castizos, (Laso, Pascual, Plaza,...) el máximo cargo técnico de la federación descanse en manos de un italiano, por muy adaptado que esté a las tradiciones patrias. En cualquier caso, afirman los otros, que también saben, que mejoramos prestaciones en comparación con Orenga; que este por lo menos sabe llevar un vestuario y hacer rendir a un equipo tras una breve concentración. Y yo, pues no sé qué decir. Leo a Gasol feliz y si viene Gasol pues oye, con independencia de quien marque los sistemas, se nos abre el cielo de Río de Janeiro, al que aspiramos a entrar por la puerta y saludando a San Pedro, esto es, llegando a la final del Eurobasket, y no a través del Purgatorio tras pasar una temporada en el infierno (Preolímpico).


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Héctor resucitado





Hacía mucho que no sentía, a la finalización de un partido, la pulsión irrefrenable de sentarme frente a las teclas de un ordenador para relatar los sentimientos que se han congregado en torno a la lucha de dos grandes equipos, los Spurs y los Clippers, en el séptimo partido de una eliminatoria que, como les gusta decir del otro lado del Atlántico, se ha convertido en un “Instant Classic”.

Coincidiendo con la Batalla del Siglo, el Staples Center, de aspecto más bien futurista, ha viajado en el tiempo para hacer las veces de coliseo. Desde el comienzo, el pueblo angelino, con el pulgar hacia abajo, exigía la ejecución del campeón. Sin embargo, los de negro –y en especial Tim Duncan–, apelando al espíritu de los Rockets del 95, decidieron rebelarse contra todos aquellos factores que jugaban en su contra (incluido el tiempo) para disputar, seguramente, el mejor partido hasta la fecha.

Sin embargo, los paralelismos se hacen aún más evidentes con la Guerra de Troya y con la crónica más o menos fantasiosa que de ella nos legara Homero, quien quiera que fuese éste, a través de la Ilíada. Y es que por momentos, durante las idas y venidas en el marcador, pareció que el combate entre ambas potencias nunca terminaría pues resultaría imposible, como sucediera en la lucha que mantuvieron de sol a sol Áyax y Héctor, determinar el ganador.

Del mismo modo, no resulta difícil identificar como supercherías alejadas de cualquier forma de honor en la batalla, tanto la construcción del caballo de troya (mencionado en la Odisea) como el empleo del Hack-a-Jordan por parte de Gregg Popovich. Quizá los griegos, como pareció evidente en el caso de los Spurs, sintieran que no había otra manera de desmantelar las líneas enemigas sino a través de argucias alejadas de la lucha frente a frente. Lo cierto es que ambas artimañas vienen a demostrar que la defensa de los valores queda suspendida en tiempos de guerra.

Urge, sea como fuere, una revisión del texto homérico. Y es que en el héroe troyano Héctor, (nombre que viene a significar “el que sostiene” o “el que defiende”) en su astucia y en su concepto de la venganza deportiva, veo a Chris Paul. Más aún cuando este se echó la mano a la parte posterior del muslo advirtiendo una lesión muscular de la que solo resta conocer su alcance. Entonces, Paul, abandonado por su tradicional protector Apolo, tras verter lágrimas de rabia en el parqué, decidió seguir en la lucha aun sabiéndose tocado físicamente. Tony Parker, cual Aquiles, no tardó en atacarlo y Patty Mills lo defendió toda la cancha tratando de menguar aún más su condición. Su cuerpo, como el cadáver de Héctor, fue arrastrado durante minutos que parecieron días, pero cuando el desánimo empezaba a echar raíces entre las filas de los Clippers, Héctor, desafiando a la lógica biológica y al mito, resucitó. El 2 de mayo de 2015 la guerra la ganó Troya y Héctor salió a hombros de sus compañeros tras haberse ganado el respeto de todas las gentes de su tiempo gracias a una actuación que va más allá de unos números ya de por sí espectaculares (27 puntos) y de una fantástica canasta ganadora. Y no hará falta que ningún Schliemann deambule en la búsqueda de los restos pues aquí, y en muchas otras bitácoras (lástima que solo en una pequeña reseña de la prensa digital española) quedará registrada la hazaña para siempre. 

Pero la historia no se detiene y ante nosotros, en breves horas, se abre el espectáculo de las Semifinales de Conferencia. Tres enfrentamientos coinciden con los pronósticos realizados desde este blog. El que enfrentará a Rockets y a Clippers demanda, sin embargo, un nuevo diagnóstico. A la vista de lo sucedido anoche mi corazón se inclina sin pudor hacia los pupilos de Doc Rivers, pero la razón dice que el desgaste de los angelinos, lesión de Paul incluida, y la mayor presencia física de los de Houston, en comparación con la que presentaban los Spurs, hacen favoritos a los tejanos. Ahora bien, ¿quién se atreve a apostar en contra del nuevo Héctor redivivo que ha osado reescribir una de las leyendas mejor asentadas de la civilización occidental? Yo no, desde luego. Gloria al héroe.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS