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Cuentos de la Alhambra (I)





LA LIBERTAD DE SER NADIE


Tras más de quinientas entradas, me permitirán que comience esta con una frase que, a buen seguro, aunque no pueda confirmarlo, ya he utilizado. Es de Vittorio Gassman y dice algo así como: “El único error de Dios fue no habernos dotado de dos vidas: una para ensayar y otra para actuar”. Lo cierto es que, a escasas horas de madrugar para viajar a Granada con los infantiles que tengo el placer de entrenar casi diariamente, me siento como el actor italiano, en rebeldía contra esta vida tan corta y que nos expone tantas veces ante escenarios nuevos e inexplorados; quizá para contemplarnos en plena improvisación, disfrutando de nuestras lógicas dudas de eternos adolescentes disfrazados de adultos, envueltos en ese ropaje de infalibilidad que hoy, Día del Padre, le otorgamos a las canas y a la experiencia de nuestros progenitores en un acto de fe como otro cualquiera.

Me ampara, nos ampara a todos los que entrenamos en cantera, el halo de lo inocente, el manto de lo amateur. No para enmascarar dejaciones de responsabilidad o huellas de inmadurez, qué va, pero sí para dotar a cada acto de su verdadero valor. No envidio en absoluto a los profesionales, a los Xavi Pascual o a los Pablo Laso de turno. No discuto que hayan tocado el techo de nuestro oficio, solo digo que, a veces, el mundo se asemeja a una suerte de estructura bifaz en la que cielo e infierno se hallan separados por una delgada frontera. La fama que da la élite es la libertad que concede el anonimato.

Así, desde este modesto cubículo, como entrenador de un equipo modesto de un club modesto de una ciudad de provincias; a punto de iniciar un viaje a ninguna parte en un autobús sin nombre por carreteras donde transitan, sonámbulos, vehículos cuya matrícula no es sino una estrategia de control administrativo, me puedo permitir llevar este pequeño diario de la experiencia –y decidir, incluso, si seguir adelante o abandonarlo– y no tener que declarar si hemos ganado o perdido, si la estrella brilló o pasó desapercibida, si el público nos aplaudió o nos abucheó o si hemos cumplido con las expectativas de los múltiples intereses corporativos que hay detrás de un gran club.

Desde mi no posición, desde este indefinido lugar de la blogosfera, me puedo permitir cerrar esta entrada sin una conclusión razonable que ponga orden a todos los pensamientos que he expuesto de manera caótica, algo que ningún medio de masas, podría permitirse. Hasta mañana.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Lost in translation





Aunque la facultad comunicativa es inherente al ser humano, su sistematización tuvo que esperar al siglo IV a.C. Fue entonces cuando Aristóteles se embarcó en una más de sus múltiples tareas titánicas creando lo que hoy conocemos como Retórica o arte de la persuasión. El sabio griego afirmaba que en la búsqueda de la fidelidad de la comunicación, es decir, en el intento por conseguir que nuestro mensaje influya a nuestro receptor del modo deseado, es importante no solo el mensaje en sí mismo, sino también la relación entre la fuente del mismo y su receptor. De esta forma, incidía en las características propias del emisor valorando especialmente sus habilidades comunicativas (dominio del lenguaje, habilidad verbal para hablar, capacidad adecuada para pensar y reflexionar), su actitud (autoconfianza y congruencia), su conocimiento respecto al tema del mensaje y al propio proceso de comunicación y, por último, su estatus socio-cultural, pues este va a condicionar su rol en el acto comunicativo al suscitar en el receptor diferentes expectativas.

Ahora bien, la retórica no es suficiente y por ello debe echar mano de su correlato más práctico, la oratoria, el arte de hablar con elocuencia. En palabras de Cicerón, el perfecto orador habría de poseer disposición natural, cultura profunda y conocimientos de la técnica del discurso. En un nivel más cercano a la puesta en escena habla de la necesidad de aunar invención (búsqueda de argumentos adecuados), disposición (ordenación de los argumentos), elocución (hallazgo de las palabras convenientes), memoria y acción (todo lo relacionado con el aspecto físico y el lenguaje corporal).

Lógicamente, tanto Aristóteles como Cicerón, se referían la comunicación como un acto esencialmente protocolario, pautado, guiado por reglas que regulan los turnos de palabra y los tiempos. Pensaban en un orador erigido en un púlpito sobre el que se centra toda la atención del auditorio. Nada que ver con el acto de comunicación al que se enfrenta el entrenador de baloncesto, especialmente en cantera. Este, aunque avalado por un currículum de dimensiones bíblicas o por un Premio Nobel de literatura, ha de ganarse cada día la atención de sus interlocutores echando mano de las habilidades personales que mencionaba Aristóteles y de las estrategias discursivas citadas por Cicerón, pero también de una capacidad de empatía que va más allá de todos estos talentos innatos o aprendidos, que es casi un saber esotérico concedido a unos pocos por una suerte de gracia divina. Quizá sea lo que el orador latino definía como “disposición natural”.



Sin embargo, no querría que este post sirviera solamente como constatación de la existencia de un don para la comunicación que a muy pocos nos ha sido concedido de manera graciosa. Quería más bien, tras este largo preámbulo y dado que mi posición es la de la mayoría, reunir una serie de consejos para articular un buen discurso con el que llegar a los jugadores y conseguir, de esta manera, la eficacia del mensaje. Estas son, para mí, después de echar mano de varias lecturas sobre el tema, las claves del acto de comunicación en un equipo de baloncesto.

1. El conocimiento y asimilación del contenido del mensaje. No basta con saber qué se quiere transmitir, sino que es necesario que este saber esté integrado dentro del corpus del entrenador de modo natural. Es decir, no basta con haber estudiado el día antes, sino que habrán sido necesarias largas horas de reflexión y, mejor que mejor, otras tantas de puesta en práctica.

2. La estructuración del contenido del mensaje. Me remito a lo que Cicerón llamaba disposición, es decir, a la ordenación lógica de los argumentos. Ahora bien, la clave está en la palabra “lógica”. Si nuestro discurso es básicamente didáctico, la lógica tendrá que ver con la secuencialización de los contenidos o la jerarquización de los objetivos de un ejercicio o enseñanza. Si nuestro discurso es motivador, igualmente habremos de ordenar los puntos a tratar distinguiendo entre lo fundamental y lo accesorio.

3. La elocuencia, efectivamente, es clave. Ahora bien, encontrar las palabras adecuadas para persuadir es una labor camaleónica pues hay tantas como contextos. No serán las mismas con un grupo senior de Málaga, que con un infantil de Tokio. Estas palabras, además, han de ir bien aliñadas por el lenguaje corporal. Si queremos transmitir seguridad, más vale que la aparentemos.

4. Conocer al receptor. Y este conocimiento no solo lo da el paso del tiempo, sino fundamentalmente la capacidad para escuchar, la suma o, mejor dicho, la multiplicación de aprendizajes fruto de las diferentes conversaciones mantenidas de modo particular con cada uno de los miembros del equipo. Conocer la psicología, los miedos y ambiciones del otro es esencial. También cuando el otro es un ser colectivo o grupo.

5. Valor ejemplarizante. Significar algo para tus jugadores. Solo de esta manera tu palabra adquirirá un sentido superior al de las propias palabras. Solo de esta manera, el verbo se hará carne, emoción. Solo así conseguiremos transmitir. Por suerte, este valor no depende de atributos traídos desde la cuna, sino del trabajo duro, de la honestidad y el compromiso de sinceridad que establecemos con los jugadores. Y esto, aunque complicado, está al alcance de cualquiera.

En esta sociedad que ha confundido la multiplicidad de portavoces, altavoces y mensajes con la verdadera comunicación, se hace necesario reflexionar sobre el modo de transmisión, sobre el canal y también sobre los códigos. En este mundo se hace más necesario que nunca recuperar el valor de la emoción y el sentimiento para no caer en esa estampa del brutal y genial cuadro de Edward Hopper (arriba) o en esta otra de la película Her: en ese aislamiento deshumanizador.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Debates nada inocentes





Últimamente estoy haciendo lo que nunca se me pasó por la cabeza durante mis años de universidad: colarme en una clase que no me corresponde. La celebración del curso de nivel I de entrenadores de baloncesto me está permitiendo escuchar las lecciones de los mejores técnicos de la ciudad y el diálogo que estos entablan con los que pretenden serlo de aquí a unos cuantos años. Durante estos seminarios, las cuestiones metodológicas se mezclan con aquellas otras de corte más bien conceptual partiendo siempre de la base de que “casi todo vale” o de que “cada cual puede mantener su posición”. Sin embargo, estas afirmaciones, siendo necesarias para dotar al discurso del pertinente tono de humildad, son rápidamente matizadas por la presencia más o menos perceptible de los espectros de los padres de la estadística, la geometría o la biomecánica moderna. Por no hablar de los de la psicología, la preparación física, la sociología y otras ciencias auxiliares de las que el entrenador debe conocer al menos unas nociones básicas.

En el curso de estas charlas se dejan caer algunas afirmaciones cuanto menos susceptibles de abrir nuevos debates y yo, ante la necesidad de seguir llenando de contenido este diario, he tomado nota.

1. ¿Ganar o formar?

1.1. Las defensas zonales en categorías de formación.
1.2. La asignación de roles en la búsqueda de la mayor efectividad del equipo ahora y sin vistas al futuro. (“Este no tira”, “jugamos para este”).
1.3. El uso mayoritario de sistemas como herramienta de control del entrenador sobre el juego por conceptos, mucho más complejo de enseñar, con mayor protagonismo de los jugadores y con, tal vez, peores resultados en el corto plazo.

2. El papel de la técnica individual.

2.1. “La técnica individual no existe” (Alberto Miranda). Es decir, no se debe entrenar descontextualizada, sin que el jugador comprenda su aplicación inmediata en el juego.
2.2. La técnica individual aplicada como tendencia reciente. No entrenar recursos que un jugador no vaya a emplear en el partido.
2.3. Los jugadores y los entrenadores deberían intervenir en la elaboración del reglamento, algo que ha venido quedando en manos del Comité Técnico de Árbitros de la FIBA.

3. Los entrenadores.

3.1. La escasa ambición y capacidad de autocrítica del nuevo entrenador.
3.2. El amateurismo. La dificultad para conciliar la tarea de entrenador con las otras fuentes de ingresos, vida familiar, vida social,…
3.3. ¿Un gremio? ¿Nos coordinamos como tal? ¿Compartimos información? La lógica de los clubes frente a la lógica de los entrenadores.

4. El papel del baloncesto en el marco de la nueva “cultura del ocio” (este es de mi cosecha)

4.1. ¿Qué valor debe aportar el baloncesto en el marco socioeconómico actual? ¿Deben volcarse los esfuerzos financieros en su dimensión mediática como espectáculo o más bien en su vertiente educativa como complemento en la formación?
4.2. La necesidad de fidelizar futuros “consumidores” de baloncesto. ¿Cómo implantar una cultura de baloncesto aprovechando los éxitos de nuestra selección absoluta? ¿Qué medios emplear para esta difusión?

Debates necesarios a los que nos deberíamos plantearnos darle respuesta. 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Peligro de extinción (II)





La semana pasada he estado siguiendo el Campeonato de Europa masculino sub 18 disputado en Grecia en el que la selección española solo ha podido ser séptima tras caer ante Bosnia en los cuartos de final. En él he observado que los chicos juegan igual que los adultos, es decir, que las selecciones de formación son clones de equipos ACB y selecciones absolutas. Esto es, corren más bien poco, juegan con sistemas elaborados que rara vez culminan en menos de catorce segundos, apenas introducen un balón interior, (los grandes son ejecutores de bloqueos y esforzados del rebote) definen en situación de bloqueo directo y como las defensas priorizan parar al driblador y la continuación todo acaba resumiéndose en un concurso de triples.

Solo las selecciones balcánicas constituyen una excepción, aunque la de Serbia U-18, en concreto, menos de lo que lo pudo ser la U-20 que le arrebató el oro a España en la final. Son verticales, construyen desde el uno contra uno y el concepto de dividir y doblar (draw and kick) y dominan el arte de la parada y tiro (pull up shot) y el de la fabricación de espacio desde bote. Normalmente carecen de especialistas y cuentan con tipos grandes, muy grandes, con una gran lateralidad, amenaza de tiro y presencia en el rebote.

La pregunta es si la formación debería tener sus propios códigos, si en vez de victorias los logros debieran estar enfocados a la promoción de los jugadores, aunque claro, defensores del estado actual de cosas afirman que solo a través de la competición puede terminar de formarse un jugador llamado a formar parte de la élite. Si preguntas a los técnicos federativos todos presumen de que el jugador español destaca entre sus compañeros de generación por su capacidad para competir. Y es cierto, pero a su vez es también un eufemismo de ciertas carencias relativas a la técnica individual que son, al final, junto con los condicionantes físicos, las que dan el pase a grandes contratos y grandes ligas.

Quizá el excesivo uso de soluciones tácticas que van más allá de nociones básicas sobre ocupación de espacios, acompañamiento de penetraciones y ofrecimiento de ángulos de pase se deba a que, de lo contrario, sin estas herramientas, nuestros jugadores no podrían competir de tú a tú con otras selecciones. Tiro de memoria y vengo a recordar una selección sub 19, en el mundial junior de Lisboa que vencemos, mucho más vertiginosa y simple en sus planteamientos. Y también con soluciones novedosas y a priori poco lógicas (Raúl López posteando a su par, unos contra uno de Pau Gasol desde seis metros,...). Ahora bien, quizá aquello solo pueda repetirse cuando volvamos a tener una generación de semejantes características. Y el sentido común nos dice que no se volverá a repetir.

Bueno, todo esto para continuar dotando de argumentos a mi particular posición en favor del juego uno contra uno, del enfrentamiento directo, de la lucha frontal entre el ánimo de crear y la necesidad de destruir. Nuevamente acompaño un vídeo, esta vez de Carmelo Anthony, ese nativo de Brooklyn de ascendencia portorriqueña y afroamericana que juega como dicta tal mezcolanza, como esa mezcla de parque y escuela que terminó derivando en uno de los más versátiles jugadores ofensivos. Capaz de anotar desde cualquier punto de la cancha, Carmelo es, junto con Kobe Bryant, el verdadero maestro de la triple amenaza, la situación de juego en la que el atacante, con los pies encarados a la canasta, puede realizar cualquier acción del juego pudiendo, a través del uso de las fintas, cubrir sus verdaderas intenciones. De nuevo, si sois jugadores o entrenadores, os invito a aprender de los mejores a través del siguiente vídeo. 


Si te interesó puedes recuperar la lectura de: 



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

En obras






Otra temporada más a la mochila, otro embarazo de algo más de nueve meses que engendró frutos desiguales. El pasado domingo, con motivo de la celebración del campeonato interprovincial de centros del Programa Regional de Detección de la Federación de Castilla y León, culminé empapado en el sudor que me provocó un emocionante final, otro año al borde de las pistas y cerca, muy cerca, de la realidad de la infancia y la adolescencia, un panorama complejo y en ocasiones difícil.

Ser un niño, antes, era mucho más fácil. Todo lo que había que gestionar era una exigua propina y una agenda de eventos bastante simple (partido de fútbol hoy, partida de canicas mañana,...), y todo lo que había que conservar era la fidelidad de los camaradas, esos amigos que algunos aún podemos presumir de mantener. Ahora el niño navega por las procelosas aguas de un río a merced de una corriente que baja demasiado deprisa y no siempre amarrado con los preceptivos arneses.

Y es que aun teniendo la suerte de haber coincidido con un grupo de padres fantásticos, tanto en el infantil masculino del Club Baloncesto Santa Marta como en la selección alevín femenina de Salamanca, he podido observar esa carrera en la que se hallan inmersos muchos de ellos por convertir a su hijo en un competidor apto para sobrevivir en el mundo globalizado que les espera. Y nadie les culpa, quién no lo haría en su lugar. Precisamente ahí es cuando entramos nosotros, los entrenadores, igual de ambiciosos a la hora de crear un proyecto competitivo, igual de enfocados hacia el éxito, sea cual sea este en función del potencial de cada grupo. Es nuestra obligación hacer de cada sesión una obra maestra y exigir el cien por cien de cada uno; lograr que el jugador disfrute acabando exhausto física y mentalmente, satisfecho de haberlo dado todo. Estoy convencido de ello, sí, hay que sufrir en los entrenamientos y disfrutar en los partidos. De lo contrario esto no sería divertido y solo quedaría el abandono, pero no debemos olvidar que hay que conjugar la faceta deportiva con la humana pues solo un porcentaje mínimo de ellos terminará jugando a un baloncesto de cierto nivel competitivo, mientras que todos ellos crecerán y se convertirán en ciudadanos llamados a formar familias y comunidades, a hacer del mundo un lugar un poco más habitable y generoso.

De ahí que el resultado muestre solo una pequeña parte de lo conseguido, ocultando detrás de los tonos rojos de los led otros mecanismos de evaluación de una temporada, mecanismos que bien podrían pasar por el grado de cohesión del grupo, por el crecimiento y maduración personal de los jugadores, por sus mejoras individuales o por sus niveles de motivación de cara a trabajar en verano y prepararse para ser mejores el próximo año.

Trabajar en verano, sí, aunque suene a broma pesada, es la clave de todo jugador que quiera aspirar a alcanzar el máximo de su potencial, del mismo modo que nos sucede a los técnicos. En este proceso de formación continua, el verano, por su propia condición, se erige en la época idónea para revisar ideas, conceptos y metodologías y a ello me pondré tras esta semana de respiro. Allá en mi frente un nuevo reto en el C.B. Tormes, club referente en el ámbito masculino a escala regional y lugar de trabajo de numerosos entrenadores de prestigio de los que poder seguir aprendiendo.

Aprendiendo como lo he hecho en mi periplo de cuatro años, aunque interrumpido por motivos personales, en Santa Marta, club que queda en buenas manos y encaminado a convertirse, también él, en una referencia de excelencia dentro de la región, principalmente en el campo femenino. Allí dejo a grandes profesionales y amigos a los que cito ya para tomar un café y hablar de esta pasión que nos une y que no es otra que el baloncesto de formación; la educación, en definitiva, a través de una pelota y dos aros.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

En el principio fue el pase





Uno de los episodios que más me impactaron durante mi estancia en Zaragoza a propósito del Curso Superior de Entrenador de baloncesto, fue la charla que nos ofreció Moncho Monsalve acerca de nuestra pasión compartida. En un momento dado, con el auditorio invadido por un respetuoso silencio, el mítico entrenador medinense (de quien les escribe es paisano) se desmarcó con la siguiente afirmación: de todos los fundamentos que hay que enseñar para jugar al baloncesto, el más importante es el PASE.

Bueno, al final hay que meterla, ya saben. De lo contrario la circulación de balón y el pase no lucirían igual; sería algo así como estar en posesión de una fórmula milagrosa para la que hace falta un ingrediente que no existe. Pero sí, en esencia estoy de acuerdo con Moncho. El pase hace a los equipos felices y compactos, contribuye a la identificación del objetivo común y refuerza los vínculos entre los miembros del equipo. Quiso el profesor Naismith que jugaran diez y solo hubiera un balón. Parece obvio que buscaba que se compartiera.

Y aún hay más. El pase es la mejor herramienta para atacar. Todos los entrenadores exigimos de los defensores que se desplacen rápidamente en función de su posición relativa respecto de la esfera, pero claro, hacerlo de manera armoniosa, manteniendo continuamente la visión del jugador y la pelota como vértice más cercano al aro de un triángulo que se amplía o disminuye en función de la posición del balón, es una tarea que se complica cuando la circulación de dicho balón por parte del equipo contrario es rápida e inteligente. Si la pelota viaja de un lado a otro con velocidad es muy posible que la defensa no pueda realizar los ajustes necesarios en el tiempo indicado y con la coreografía precisa.

Eso lo saben bien en San Antonio Spurs, donde tras caer derrotados por Phoenix Suns en las semifinales de conferencia de 2010 decidieron abordar una renovación de su estilo de juego, acelerando el tempo y utilizando a los jugadores interiores como distribuidores de la pelota en zonas alejadas del aro ganando, así, además, un precioso espacio para atacar la zona con penetraciones, cortes y puertas atrás. Así, tras años construyendo la base de esta nueva filosofía, los Spurs son ahora, en abril de 2015, el mejor equipo de la competición –con independencia de lo que digan los números– y los máximos favoritos para revalidar, y conseguir por primera vez en su historia dos anillos consecutivos, el título de la NBA.

Lógicamente, para desplegar el juego que ofrece San Antonio, hacen falta amplias nociones de baloncesto, un alto “basketball IQ” por parte de los jugadores y numerosas horas de entrenamiento para memorizar los movimientos a realizar con y sin balón. Todo ello es importante, no cabe duda, pero los entrenadores no debemos olvidar que todo empieza con un amplio dominio del fundamento del pase tanto en lo que se refiere a su ejecución como a la toma de decisiones acerca del tipo de pase a utilizar en función de la situación de juego. Es importante que el jugador domine todas las suertes del pase, que las ejecute en su debida forma, pero también que de entre el abanico elija la opción más apropiada.

Por lo tanto, entrenadores, estamos condenados a no dejar nada al azar, a trabajar todos los tipos de pase, yendo más allá del, en muchas ocasiones, poco funcional pase de pecho. Y no solo eso, estamos obligados a enseñar a nuestros jugadores, si ellos no lo descubren antes, (que con los buenos jugadores es lo que suele pasar) qué tipo de pase es más apropiado para según qué situación, amén de a exigir rigor en cada ejecución. No permitamos más “lazy passes” (pases despreocupados) en los ejercicios, aunque busquen otro objetivo; no renunciemos a perseguir obsesivamente el detalle, aunque muchas veces sepamos que no hallaremos nada al final del camino, pues el camino es la propia persecución.

Como ayuda para los entrenadores y como mero, que no vano, disfrute de los espectadores, empecé a visualizar y a preparar el vídeo que os presento a continuación y que persigue el afán de categorizar los tipos de pase y las opciones que ofrece cada uno dentro del juego posicional (no echen de menos, por lo tanto, los pases en transición). Para ello, tuve la suerte de ver de nuevo los cinco partidos de las finales del año pasado y, para que la recogida de cortes fuera mayor, también me serví de alguno de los partidos de la reciente racha de victorias que los Spurs aún mantienen viva (nueve en estos momentos). No se trata de una catalogación exhaustiva, (echarán de menos el pase picado por espalda y algún otro) pues aunque las fijé a priori, luego tuve que adaptarlas al material con el que contaba, ni tampoco se abarcan todas las posibilidades de cada tipo de pase por este mismo motivo. Aun así, creo que contiene un buen resumen de los pases que tenemos que enseñar y de la toma de decisiones que ha de acompañar a su ejecución. En fin, mejor que hable San Antonio por mí. 



Espero que lo disfruten. Muchas gracias y


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Desmontando el clutch time (III)




Finalizo con esta, la serie de tres entradas en las que he compartido con ustedes el contenido del proyecto de investigación a propósito del Curso de Entrenador Superior de Baloncesto. Si llega a esta entrada sin haber leído las anteriores, no puedo otra cosa que aconsejarle su lectura, no solo como una puesta en antecedentes, sino como un necesario ejercicio para la comprensión de lo que aquí se pretende explicar.


Como bien recordarán, nos restaba conocer el análisis sobre los tres últimos puntos de discusión de los seis en torno a los que hice girar el análisis de las jugadas decisivas de finales igualados de partido.

4. Diseño táctico. Como premisa y en base a nuestra experiencia como espectadores, habíamos introducido la creencia de que tanto el bloqueo directo central como el aclarado serían los dos modelos de jugada más utilizados. Para confirmar esta hipótesis vamos a intentar analizar, a partir de un gráfico bastante elocuente de por sí, si ambas alternativas, las del aclarado y el bloqueo directo central, son, además de las más empleadas, las más adecuadas en función de su rendimiento recordando, nuevamente, y no está de más hacerlo, lo limitado de la muestra en términos cuantitativos.


Desde luego, a la vista de los datos, el bloqueo central no demostró el porqué de su preeminencia al mostrarse vulgar en términos de eficacia. Sólo en 31 de cada 100 posesiones sería exitoso extrapolando los datos de la muestra. ¿Por qué? En mi opinión, solo una más, porque es una jugada que todos los equipos entrenan mucho y contra la que las defensas se hallan, por esto mismo, muy bien preparadas. Quizá, sin desechar por esto la fórmula, parece necesario dotarla de nuevos aditivos y, por ejemplo, tal y como se muestra en la fotografía, la opción de los bloqueos consecutivos puede resultar una buena alternativa.



El aclarado exterior sí enseña, en cambio, una estadística de éxito notable. En una de cada dos jugadas estudiadas en las que se practicó esta opción, el resultado fue favorable. Esto demuestra que en una liga dotada de tanto talento la apuesta por este no es una negligencia ni una dejación de responsabilidades. Es más, unida a la estadística tratada en el punto anterior que concedía el favor de la lógica a la decisión de confiarlo todo a la estrella, se demuestra que muchas veces la toma de decisiones es tan simple como concederle una buena opción de atacar el uno contra uno a tu mejor jugador. Eso sí,  hay diferentes fórmulas para que ello funcione.


Lo cierto es que, eso sí, con un número de sucesos estudiados muy limitado, las mejores opciones pasaron por el desarrollo de dibujos tácticos clásicos como el corte de UCLA o el juego de puertas atrás y cortes perfeccionado por Pete Carrill en la universidad de Princeton. No sorprende que los equipos que plantearan estas opciones fueran San Antonio, Minnessota y Chicago, escuadras entrenadas por técnicos clásicos como Gregg Popovich, Rick Adelman o Tom Thibodeau, algo más joven (57 años), pero embebido de las mismas fuentes.



En siguiente lugar resaltar la escasa utilización del balón interior como arma ofensiva en los minutos finales, algo para lo que no hacía falta estadística alguna, pues resulta un denominador común tanto en la NBA como, también, en la ACB. Los motivos para descartar esta opción pueden ser muchos, pero sin duda, si me tuviera que quedar con uno, este pasaría por el escaso rédito en forma de faltas que se cobran los contactos en la pintura, más aún, si cabe, en el desenlace de los partidos, cuando por lo general los árbitros tienden a señalar como faltas, únicamente, acciones muy ostensibles.


Igual sucede, y ya concluyo, con el dibujo de carretores o “staggers” para la salida de buenos tiradores, quizá relegados a un papel marginal por concebirse como estructuras demasiado complejas para momentos tan culminantes de un choque.

5. Número de pases por jugada. Sobre la elección de este punto de discusión siempre tuve dudas, lo reconozco. ¿Por qué? Pues porque en muchas ocasiones el número de pases no es una elección apriorística, sino una consecuencia del devenir de la propia jugada. Si doblan la defensa sobre el jugador con balón lo lógico es que doble un pase cuando a lo mejor no estaba previsto. Igualmente sucederá si le saltan a una ayuda con la que no contábamos y en la que lo más sensato se vuelve compartir el balón. Pero si decidí mantenerla es porque la estadística de los Spurs los confirmaba como el equipo más devoto de la religión del pase extra y la circulación de balón. En cinco de las seis jugadas estudiadas del equipo tejano hay, al menos, un pase añadido al de puesta en juego del balón. En dos de ellas, la cifra fue de tres o superior. Y sí, del mismo modo que fueron campeones de la NBA, también resultaron ser el equipo más exitoso en el clutch time (anotaron o sacaron falta en todas las ocasiones).


Aun así, tal y como demuestra el siguiente gráfico, la apuesta generalizada de los entrenadores fue la de poner el balón en juego, dejar correr el tiempo y atacar el uno contra uno o el bloqueo directo desde bote y sin previa circulación del balón. Muchas veces, además, se asumieron malos tiros a pesar de contar con compañeros abiertos, por lo que, tal vez, exista como trasfondo, más allá de la propia toma de decisiones, una filosofía, una manera de entender el baloncesto.



Siendo fácil de asumir que el hecho de no pasar el balón reduce casi al mínimo las opciones de perderlo, conviene recordar, lo que también es sencillo de entender, que la tarea defensiva se vuelve más amable si el móvil típico del baloncesto, el balón, permanece estático en las manos de un único jugador. No sorprende, por tanto, que la estadística refleje que aquellas jugadas en las que el balón no viaja en ningún momento por el aire sean las que presenten un menor porcentaje de éxito.


6. El marcador como elemento de presión añadida. Es curioso, lo que para el resto de mortales parecería una obviedad se demuestra equivocado puesto en consideración con los mejores jugadores del mundo. ¿O acaso no parece lógico pensar que un marcador desfavorable pudiera pesar más en la mente del jugador que otro que supusiera que el eventual fallo no fuera determinante? Esto es, mi hipótesis preconcebida se basó en la creencia de que el porcentaje de éxito sería menor en el caso de resultados desfavorables (-1,-2) que ante marcadores empatados siguiendo esta lógica tan, a priori, humana. Pero me equivocaba.


La gráfica, y los datos, refutan la hipótesis, pero, aun así, me gustaría explorar, quizá en una ulterior investigación, lo que dirían tomando una muestra mayor de casos. Aun así, la mera invalidación de la hipótesis es una aportación de interés, principalmente para los equipos que deben optar entre defender o hacer falta, situación que se plantea en determinados casos y ante eventuales circunstancias. Aunque lo cierto sea que, por pura estadística, se falla siempre algo más de lo que se acierta (aun siendo la NBA), dándole la razón a aquellos que, como yo, optan siempre por defender.

Para terminar, ahora sí, introducir el producto audiovisual de este proceso, este vídeo de 46 minutos en el que analizo las jugadas de los ocho equipos que han sido objeto de la investigación y en la que apunto tanto aspectos de técnica individual, como cuestiones más de táctica colectiva. Se trata, en cualquier caso, de tomar nota para progresar como entrenadores. Se trata de que acertando en nuestra toma de decisiones podamos sacar adelante más partidos igualados pues éstos, dada su alta frecuencia, son los que pueden determinar el éxito de una temporada y nuestra supervivencia laboral. En mi canal de youtube, por si os resulta difícil rescatar tres cuartos de hora de vuestra agenda, he subido también los vídeos equipo por equipo. Fue un placer.





UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Desmontando el clutch time (II)





Una vez presentadas, en la anterior entrada, (que te aconsejo leer para poder seguir esta) las claves del trabajo de investigación que he llevado a cabo a propósito del Curso de Entrenador Superior deBaloncesto, hoy pretendo haceros llegar las conclusiones alcanzadas no sin olvidar, quede esto claro, la provisionalidad de las mismas en atención al limitado tamaño de la muestra.

Si lo recuerdan, con el objetivo de estructurar la información, generé seis categorías de análisis que vendrían a corresponder con seis elementos determinantes, a priori, en el resultado final de una jugada ofensiva en el contexto, acotado de cara a la investigación, del clutch time. Hoy me ocuparé de las tres primeras variables.

1. Estructura de quinteto. los diferentes entrenadores apostaron por un quinteto clásico integrado por un base, dos jugadores exteriores y dos jugadores interiores; un quinteto con cuatro pequeños con un alero haciendo de “falso 4”; un quinteto con cinco exteriores que bien podría ser definido como “small ball” y un quinteto con doble base (más un alero y dos interiores). Veamos gráficamente en qué proporción se utilizó cada una de estas estructuras.



La mayor utilización de un quinteto clásico contrasta con la mayor eficacia demostrada, al menos sobre la muestra, de las opciones de quinteto con doble base o con cuatro pequeños. Nos lo enseña el siguiente gráfico.


Las ventajas de presentar un quinteto clásico con dos jugadores interiores son evidentes. Por un lado se gana presencia en el rebote ofensivo y, por otra, se mejora en la calidad de los bloqueos directos e indirectos (incluso en las pantallas para facilitar penetraciones). Sensu contrario, las desventajas también van a ser notorias y éstas van a tener que ver con el spacing y con la reducción, a priori, de las amenazas de tiro exterior. En el siguiente fotograma se observa tanto la posición favorable de Taj Gibson (número 22 de Chicago Bulls) para el rebote ofensivo como la aglomeración de jugadores que se provoca como respuesta a la penetración de DJ Augustin.


Como si se tratara de un negativo del anterior fotograma, un esquema con cuatro jugadores exteriores y una sola referencia interior convierte, automáticamente, las ventajas de la estructura anterior en deficiencias, y viceversa. Es decir, a la pérdida de poder reboteador se opone la mayor amenaza de tiro exterior y a ello se le une la existencia de más y más anchos canales de penetración. El siguiente fotograma es suficientemente expresivo de todo lo anteriormente mencionado. En él podemos observar cómo la pintura está vacía de defensores, cuyas ayudas habrán de ser necesariamente largas tanto para frenar una posible penetración como para poner un cuerpo delante de la propia continuación del bloqueo.


Los quintetos con doble base, tan exitosos a la vista de los resultados de la investigación, buscan, a priori, maximizar la presencia de talento en cancha. Muchos equipos sacrifican la presencia de su tres, muchas veces un jugador rocoso especialista en la defensa y el rebote y sitúan en pista a un jugador con mejores y más variadas armas ofensivas. Como ya lo apuntamos anteriormente, fue situación habitual en los Cleveland Cavaliers con Jack e Irving, pero también otros equipos probaron alguna vez con esta fórmula (Chicago con Hinrich/Rose, Minnessota con Ricky/Barea, etc.).


En cualquier caso, por lo que se refiere, al menos, a la elección de la estructura de quinteto todo se reduce a una toma de decisiones en la que ninguna de ellas es perfecta. Entrarán en juego elementos como la filosofía de los entrenadores, las situaciones concretas de partido, los retos planteados por el oponente y, por supuesto, como veníamos apuntando, las características intrínsecas de la propia plantilla. Y es que, de alguna manera y dado que nada puede garantizar el éxito, quizá lo mejor sea confiarse a una decisión con la que cada entrenador pueda permitirse convivir en el futuro, sea cual sea el desenlace.


2. Pedir o no pedir tiempo muerto. Los datos obtenidos para el trabajo vienen a indicar que muy pocos entrenadores se atreven a renunciar a esta opción reglamentaria. Ayuda para que la diferencia sea tan contundente, como vemos en la ilustración, la propia normativa de la NBA, al habilitar a los entrenadores para solicitar tiempo muerto con el balón vivo. Así, si determinadas jugadas no transcurren por los derroteros previstos aún queda esta última opción para reestructurar la acción ofensiva y calmar los nervios. A todo ello hay que unir el hecho de que la petición de tiempo muerto durante los dos últimos minutos de partido permite trasladar el balón a la cancha delantera.


Cabría suponer que todas estos beneficios que concede el reglamento, unidos al tiempo que pueden emplear los entrenadores para sacar de entre el libro táctico la mejor opción anotadora, tendrían que aportar resultados abrumadores a favor de la opción de pedir tiempo muerto. Sin embargo, sin dejar de incidir, de nuevo, en lo escaso de la muestra, los datos resultan sorprendentes. Es cierto, sólo ocho jugadas de las analizadas se disputaron sin tiempo muerto previo, pero cuatro de ellas finalizaron con éxito, un 50% que se sitúa por encima del 46,3% que obtuvieron las que se ejecutaron tras un “timeout”.


Sin embargo, a pesar de lo que digan los datos de esta modesta investigación, o de aquella elección de Phil Jackson en un momento de presión extrema, (sexto partido de las finales de la NBA ante la amenaza de un séptimo y decisivo encuentro en el siempre complicado feudo de los Utah Jazz) e incluso contemplando el hecho de que el tiempo muerto lo es también para el equipo rival, creo que es importante, por mucho que se intenten recrear situaciones de este tipo en los entrenamientos, hacer una puesta en común y determinar qué es lo que todos, como equipo, vamos a hacer. Creo que es la elección más sensata y la que deja menores residuos en la conciencia. Es, también, la mía.


3. La asunción de responsabilidad por parte de la estrella. No hay liga dentro del baloncesto profesional donde se conozcan tan bien los roles de los jugadores dentro del equipo como la NBA. Los minutos de cada jugador e, incluso, el número de tiros asumidos, son aspectos monitorizados y sobre los que se ejerce un exhaustivo seguimiento que conduce a una posterior toma de decisiones. Es más, los propios salarios están estratificados de manera que cada cual sabe qué puede esperar, también, a modo de protagonismo sobre la cancha. La estrella, en cualquier caso, no es un ser desconocido. Ni en el vestuario, ni entre el gran público. Tampoco para el conjunto rival.


Lo habitual, en cualquier caso, tal y como vienen a confirmar los datos de la investigación, es que sea este jugador, especialmente dotado para las labores ofensivas y de liderazgo, el que asuma la responsabilidad. Para el cómputo de las acciones se tomó como criterio el que fuera él quien tomara la última decisión, aunque ésta fuera, a la postre, un pase. Se desvirtúa un tanto, por esto, el concepto de éxito, pues para evitar caer en mayores subjetividades, decidí seguir juzgándolo en función del resultado final de la jugada, considerándolo favorable solamente si ésta finalizaba en canasta o falta personal, con independencia de que la acción inicial fuera o no la correcta. Observemos gráficamente ambos extremos, la frecuencia y su efectividad.



A la vista de los datos parece que la lógica, al menos por esta vez, se impone. Como era de esperar, la solución más eficaz para un equipo pasa por hacerle llegar la bola a su mejor jugador, por mucho que esto haya sido previsto con antelación por parte del entrenador rival. En más de un cincuenta por ciento de las veces la jugada concluyó con canasta o falta personal, es decir, en más de cincuenta posesiones de cada cien, los equipos, en función de una estimación estadística, anotarían bajo este supuesto.

Ahora bien, no basta solo con esto, sino que se hará preciso conformar toda una serie de circunstancias favorables para que este jugador pueda anotar o asistir a sus compañeros. En este punto será fundamental que entre jugador y entrenador exista una comunicación fluida, de tal modo que, en ocasiones, el producto resultante o jugada final terminará siendo el fruto de una conjunción de voluntades.

En la próxima entrada analizaré las tres últimas variables y presentaré, finalmente, el vídeo con en análisis pormenorizado de las jugadas. Os espero.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Desmontando el Clutch Time (I)






Ha pasado un año, aproximadamente, desde que completara la tramitación de la matrícula del Curso de Entrenador Superior de baloncesto y aún sigo inmerso en el proceso de acreditación de las horas de formación complementaria y en la redacción de la memoria de prácticas que debemos presentar antes del 31 de mayo. Vaya por delante que me parece bien. Si se trata de prestigiar la profesión, el que uno pueda declararse entrenador superior de baloncesto no puede ser un paseo.


Hito inexcusable, también, del camino, fue la ejecución de un modesto proyecto de investigación que tuvimos que entregar antes del 28 de febrero. Su concepción fue temprana. Enseguida supe que quería hablar de la gestión que llevan a cabo los entrenadores en situaciones de máxima presión y, para ello, gracias al material audiovisual que proporciona el NBA League Pass, me doté de una importante cantidad de jugadas que respondían a los criterios que ahora expondré.


El dato es escalofriante. Aproximadamente –teniendo en cuenta solo los partidos disputados hasta el fin de semana del All Star en la temporada 2014-2015 de la NBA– , cada equipo de la NBA había disputado, como promedio, veinticinco encuentros que, durante los últimos cinco minutos, presentaron marcadores con ventajas, o desventajas, inferiores a cinco puntos, definición amplia de lo que en Estados Unidos entienden por CLUTCH TIME, concepto que, por necesidades de la investigación que hoy os presento, tuve que acotar.


Buscando maximizar la presencia del elemento “presión”, con el que todos los actores, y actrices, del mundo del baloncesto debemos convivir; decidí acotar tanto temporalmente, como en términos de marcador, el concepto de clutch time aplicable a este estudio limitándolo a toda aquella jugada que transcurre con menos de treinta segundos de tiempo restante y con un marcador empatado o desfavorable por dos o un punto.


Acotada la muestra de estudio, finalmente, a ocho equipos (situados en diferentes quintiles en función de su eficiencia en este tipo de acciones) y setenta y cuatro jugadas, aún había que seleccionar los elementos de discusión y plantear las hipótesis de partida. Claro, la pregunta era, ¿hasta qué punto lo que sucede en los finales apretados de partido responde a la toma de decisiones de un entrenador? ¿Qué variables pueden ser analizadas de una manera más o menos científica y cuáles, en cambio, se escapan de este ámbito por responder más a la iniciativa individual de los jugadores o a aspectos, por qué negar su existencia, caóticos o azarosos? Finalmente opté por los siguientes elementos de análisis.


1. Estructura de quinteto. Sin duda, elegir los cinco jugadores que estarán en cancha para jugarse el partido en los últimos segundos, es una de las principales prerrogativas de un entrenador en el clutch time. Normalmente, a los criterios de selección basados en el talento (tener a los cinco mejores jugadores en cancha) se superponen otros relacionados con el estado físico y anímico del jugador y también aquellos que tienen que ver con la estructura del propio quinteto, ya sea en la búsqueda de una ventaja o como respuesta a una maniobra táctica del conjunto oponente. La pregunta que me hice fue, ¿la investigación podría ayudarnos a determinar la existencia de un patrón de quinteto favorito entre los entrenadores NBA y, más aún, una relación directa entre esta elección y el éxito que finalizan teniendo las jugadas ofensivas?



2. Pedir o no pedir tiempo muerto. El simple visionado de numerosos partidos nos permitiría deducir rápidamente que, en un alto porcentaje de ocasiones en que un partido llega a los segundos finales sin estar decantado, los entrenadores deciden solicitar tiempo muerto siempre que no hayan agotado su cupo. Es decir, el poder contar con unos segundos, o varios minutos, para ordenar las ideas, calmar las mentes de los jugadores y elegir la jugada a ejecutar, parece ser un recurso casi irrenunciable. No obstante, cabe recordar que ese tiempo podrá ser utilizado también por el entrenador rival para recordar los principios defensivos, ajustar emparejamientos y, quizá, aunque en la NBA sea menos corriente, idear alguna especie de trampa defensiva. La pregunta es, por lo tanto, ¿cabe esperar un mayor porcentaje de éxito en jugadas que se ejecutan tras la petición de un tiempo muerto?


3. La asunción de responsabilidad por parte de la estrella. En el seno de un equipo de la NBA los roles asignados a cada jugador están muy bien definidos desde el comienzo de la temporada, aunque la evolución de la misma pueda desembocar en leves variaciones. Una figura reconocida por todos es la de la estrella ofensiva del equipo, aquella a la que todos miran exigiéndole, casi, que asuma el tiro final del encuentro. Pero claro, igual de conscientes de este hecho son también los rivales, por lo que, en muchas ocasiones, de la pizarra del entrenador surgirá una jugada sorprendente y sorpresiva que finalice con el balón en manos de un “secundario” (aunque genere críticas en el propio vestuario). 


La hipótesis de partida es clara: Las estrellas asumen la responsabilidad de la jugada en un porcentaje muy superior al resto de jugadores, pero, ¿ese mayor porcentaje de jugadas diseñadas para la estrella está justificado en base a la estadística de éxito?


4. El diseño táctico. ¿Qué jugar cuando el marcador aprieta? ¿Un movimiento corto, un sistema largo o acaso es mejor fiarlo todo a la iniciativa individual y al talento del jugador? La hipótesis de partida, asumida casi como una leyenda de la NBA, es que la mayor parte de entrenadores apuestan por simplificar el juego y reducirlo todo a una situación de aclarado u otra de bloqueo directo central. ¿Se confirmará la hipótesis? Y, de ser así, ¿se confirmará que son las opciones que aportan un mejor rendimiento?


5. Número de pases por jugada. Llama la atención cómo, en muchas ocasiones, se renuncia a la circulación de balón y se apuesta por agotar el tiempo de posesión antes de ejecutar lo pactado desde el banquillo. Es cierto que las defensas aprietan aún más las líneas de pase en estos minutos finales y que, de esta manera, reduciendo al mínimo el número de pases, se reducen también las probabilidades de perder el balón. Pero, ¿existe una relación directa entre un menor número de pases y un mayor porcentaje de éxito?


6. El marcador como elemento de presión añadida. En principio, cabría suponer que es más difícil anotar en situaciones de todo o nada que en aquellas otras en las que la necesidad de anotar no es tan ostensible por ser el marcador de empate o por restar más de una posesión. Ahora bien, un marcador de dos abajo puede conducir a una defensa a ser especialmente agresiva en la evitación de un tiro de tres puntos, lo que puede ocasionar mayores facilidades para penetrar en la zona. Sea como fuere, la pregunta es: ¿Notan los equipos de la NBA, y sus jugadores, la presión añadida de ir por debajo en el marcador? ¿Se comprobará que existe una mayor efectividad en los ataques que se ejecutan con resultado de empate respecto a aquellos que se hacen en desventaja?


De todas las respuestas que me ofreció el análisis de los datos os daré cuenta en una próxima entrada, reservando una tercera, y última, para exponer el resultado audiovisual de todo este proceso que comenzara allá por julio y del que aquí os dejo un anticipo.





UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS