El espíritu de Siena contra el rodillo culé



Ya llegará la Semana Santa y, con ella, la hora de flagelarme por mis, presumiblemente, fallidos vaticinios sobre la NBA. Dejadme disfrutar, al menos por esta noche, con mi acierto a la hora de pronosticar la final de esta Copa del Rey que tan buenas sensaciones está dejando entre los aficionados.

Admito que mi apuesta no reportaría grandes réditos en las casas británicas. Sin embargo, sé que muchos entrenadores ACB habían depositado su confianza en que el Power Electronics pudiera dar la sorpresa ante el Madrid esta misma tarde. Y no les faltó mucho para estar en lo cierto.

Más bien les sobró. Les sobró el último tercio de partido cuando una defensa asfixiante del Madrid al límite del reglamento condujo a los "valencianos" (las comillas porque de valencianos tienen poco) a tomar malas decisiones y a perder el tempo de un partido que tuvieron controlado durante veinticinco minutos.

No hizo falta echar mano de la pizarra. De nuevo la jugada más básica del baloncesto moderno fue suficiente para desmantelar una defensa asfixiante de las líneas de pase. Si no nos dejan mover la bola, pues no la movamos debió de pensar Messina. Sergio Rodríguez amasó el balón, Fischer acudía para poner un bloqueo directo en lo alto de la bombilla y a partir de ahí empezaban a producir ya fuera doblando al propio Fischer o encontrando ventajas en el perímetro sobre la defensa de ayudas del Power Electronics. Igual que en Vitoria. Igual que en Siena. Con Mirotic, Suárez, Tucker y el ex del Maccabi en el campo. Demasiadas casualidades.

Por su parte, el Regal Barcelona tampoco engañó a nadie al exponer su vasto repertorio ante un Caja Laboral que, en este caso, sólo aguantó veinte minutos y a base, principalmente, de las penetraciones de un David Logan al que no se le había olvidado jugar al baloncesto. Pero los catalanes supieron encontrar un perfecto equilibrio entre el juego interior y el exterior personificado en la figura de Navarro para solventar el choque.

Anderson fue pieza clave en el despegue del tercer cuarto y Víctor Sada dejó patente que el arte del rebote es, en gran medida, deseo. Ricky estuvo bien y Perovic, N´Dong, Lorbek, Vázquez y Morris demostraron que el "front court" más poderoso y profundo de Europa juega de azul y grana.

Mañana por la noche quisiera estar feliz por haberme equivocado al pronosticar una victoria culé. Sin embargo, me daré por satisfecho si el equipo de Messina sigue creciendo, en la buena línea, fortaleciendo su identidad y sin renunciar a los valores de una casa que en su día apeló al espíritu de Juanito y que, hoy, se acuesta con la mente en Siena soñando con otro partido histórico que rellene las grietas que han dejado a su paso 17 años de sequía copera. 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

No son excusas, son leyendas


Podrían parecer perfectas excusas para no hablar de la derrota de los Celtics ante los Lakers. Podrían ser una cortina de humo ideal para encubrir las miserias de un equipo, el de Boston, que ha quedado reducido a una rotación de siete u ocho jugadores por culpa de las lesiones y que está pidiendo la hora en forma de All Star con inequívocas señales de auxilio. Yo soy Danny Ainge y ya estaría abriéndome paso entre los miles y miles de parados en Detroit para presentarme en la puerta de Joe Dumars (General Manager de los Pistons) y pedirle precio por Tayshaun Prince, un tres perfecto que ya secó en su momento a Kobe Bryant (finales 2004) y con la capacidad de anotar desde múltiples posiciones. Pero no. No se trata de desviar la atención. No fui yo el base de talento y un tanto presuntuoso que se enfrentó al bueno de Jerry Sloan para situar al club en la posición de "o se va él o me voy yo". Tampoco soy ese escolta de 1,92 formado en los Huskies de Connecticut que ayer situó el récord de triples de la NBA en 2562.

Cómo no hablar de Ray Allen tras una fecha tan especial. Sería injusto para él, para Reggie Miller (el jugador al que sucede como líder de triples en la competición) y para una liga, la NBA, que vende tan bien su producto. Durante un tiempo muerto se abrazó sucesivamente con Reggie, en su puesto de comentarista, con su madre, con su mujer e hijos y recibió la felicitación de Kobe, todo un señor. Todo ello es el resultado de una dedicación absoluta a su cuerpo y a su espíritu. No en vano, ayer repitió su rutina de siempre. Llegó al pabellón cuando aun estaban limpiando la suciedad del día anterior, se enfundó su codera en el brazo izquierdo y comenzó a lanzar desde diferentes ángulos para estar listo de cara a un día especial en cuanto a las cifras pero que en realidad, para Ray, no era más que otra jornada más en la oficina.

Pero la verdadera conmoción no vino marcada, en la jornada de ayer, por los clásicos o los "milestones" superados. Os invito a ir al United Center de Chicago, mirar hacia el techo del pabellón y buscar entre los seis banners que simbolizan los seis títulos de la franquicia y entre las camisetas retiradas de Michael Jordan o Scottie Pippen la del número "4", el primer jugador seleccionado por los Bulls en el draft de expansión de 1966. Quizá la retirada se debió más al propio hito de ser el "original bull", pero en su carrera como jugador marcada por las lesiones consiguió dos triples dobles y un partido con 43 puntos sin olvidar su principal marca de estilo, la defensa.

Y por la intensa defensa y por hacer de su pabellón un fortín (esa cárcel de cinco estrellas como denominaba Andrés Montes al Delta Center de Salt Lake City) se han caracterizado los mejores equipos de Sloan durante sus 23 años en el estado que los mormones fundaron para practicar con total libertad su credo religioso. No es por tirar de tópico y mencionar las tan manidas palabras de Churchill constantemente (como hacen los periodistas deportivos a falta de otros símiles), pero Jordan se las vio y se las deseó para extender su legado cuando topó en las finales de 1997 y 1998 contra los Jazz de Stockton y Malone. Y de Jerry Sloan.

Es el tercer entrenador con mayor número de victorias, consiguió meter a su equipo en la postemporada desde 1989 a 2003 y todo ello tras pasar por innumerables enfermedades relacionadas o no con sus malos hábitos de vida que ha venido reconduciendo en los últimos tiempos. Todo ello luchando contra el escaso atractivo del estado de Utah para la captación de grandes jugadores y ante la ceguera de quienes entregan los premios en la NBA. Si Sam Mitchell ha sido entrenador del año (2007) y Jerry Sloan, en sus 23 años, no lo ha sido nunca es que algo está fallando en la Meca del baloncesto.

Resulta paradójico que tras superar tantos malos momentos sea la mala relación con Deron Williams la que a priori marca su adiós. Quizá Sloan vio en éste al sucesor de Stockton. Y a Deron no le falta talento. Pero le faltan otras cosas. Respeto creo que lo llaman.

Os dejo con la rueda de prensa de despedida de ese incansable jugador y de esa leyenda de los banquillos que es Jerry Sloan. Y sí, Kobe y Gasol jugaron un partidazo. Pero este 10 de febrero de 2011 tendrá para siempre otros protagonistas. 



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Milagros con sello de entrenador




Es todo tan extraño. En una sociedad marcada por las etiquetas y en un deporte cada vez más profesional en el que las diferencias entre los grandes y los pequeños, los escapados y el pelotón son cada vez mayores, sorprende la irrupción de figuras y equipos que, sin saber muy bien cómo, rivalizan desde la humildad y el trabajo con los tiranos de los diferentes deportes.

Como este blog está dedicado al baloncesto tres nombres van a concentrar la atención de este artículo. En menos de un año natural tres equipos han sorprendido o lo siguen haciendo en diferentes competiciones y con diferentes objetivos.

En la Liga Universitaria, durante la deliciosa locura de marzo de 2010, los Bulldogs de Butler alcanzaron la final con el único aval de estar ubicada en uno de los santuarios de nuestro deporte, Indiana. Sus 4.500 alumnos son el menor número de estudiantes de un College que alcanza tales cotas en un Torneo Final de la NCAA. Los representantes de la Horizon League pusieron a la mítica Duke con su fantástico programa de baloncesto contra las cuerdas con un baloncesto colectivo claramente inspirado en la figura de su entrenador Brad Stevens quien, codiciado por numerosas universidades de prestigio, prefirió extender su contrato con este modesto centro que nunca reclutará a los John Wall o Derrick Rose de turno, pero que sí le dotará de total libertad para confeccionar plantillas a su medida en las que el trabajo y la buena actitud serán las únicas claves de futuros éxitos.

Para evaluar con perspectiva el tamaño del logro de este equipo baste con mencionar que este año son quintos de su división y que su mejor jugador, Gordon Hayward, pese a ser una elección alta del draft no juega más de siete minutos por partido en los Jazz de Utah.

Del mesetario estado de Indiana al costero de Oregón median más de 3.000 kilómetros, pero en la bahía de Portland nos encontramos con otro tipo capaz de abrir las aguas del océano. Habitualmente fustigado por los medios de comunicación en España Nate McMillan es un maestro en la regla del "menos por menos es más". Tras limpiar los últimos restos de los Jail Blazers, el conocido por Montes como "el espíritu de la bahía" (por la bahía de Seattle donde jugó muchos años) ha visto como la esperanzadora elección de Oden como número 1 del draft levanta constantes comparaciones con la de Sam Bowie en 1984 por delante de Jordan. Las lesiones del pívot de Ohio State han impedido que podamos medir su talento y las odiosas comparaciones con Durant seguro que a veces le impiden conciliar el sueño a Paul Allen, el multimillonario dueño de la franquicia. Si a eso le añadimos las dolencias crónicas de rodilla del líder natural del equipo, Brandon Roy, muchos estarían en disposición de asegurar que estamos ante uno de los peores equipos de la liga. Pero no.

Con LaMarcus Aldridge injustamente fuera del All Star (lo siento Pau, pero las cosas claras), con Wesley Matthews encestando lo que no mete ni siquiera entrenando en el patio de su casa y con un Andre Miller al que muchas voces han querido ver fuera del equipo los Blazers son ahora el octavo equipo de una conferencia floja por arriba, pero muy potente en su clase media. Además, Rudy ha ido captando el mensaje y sabe que tendrá que agachar el culo y entrenar fuerte todos los días para ganarse el puesto en una franquicia que desde que llegó McMillan se aferra al código militar para sobrevivir a los castigos divinos en forma de lesión. Y qué mérito tienen.

En Valladolid, en cambio, el código a seguir es el que dicta el nuevo profeta del baloncesto en Castilla y León: Porfirio Fisac. El segoviano, y que me perdonen los puristas, está haciendo parecer pequeños los logros de otros castellano leoneses de postín en lo que a materia de banquillos se refiere. Y no son nombres sin peso los de Gustavo Aranzana, Francisco García o Moncho Monsalve.

Sin embargo, coger a un equipo en liga LEB destrozado financieramente tras el timo de la estampita (nunca mejor dicho) de Forum Filatélica, subirlo con el discurso del trabajo diario y la única religión de las camisetas empapadas de sudor y los sistemas defensivos aprendidos al dedillo, mantenerlo en ACB ante maquinarias mucho más poderosas y, al tercer año, situarlo en Copa del Rey y tercero de la liga tras veinte jornadas ha de despejar las dudas de los más escépticos y generar enorme ilusión entre los que a Dios no nos ha dotado de ningún talento sobrenatural.

Yo, desde ya, me subo al carro de esas universidades pequeñas, de esos EQUIPOS de NBA que maximizan lo poco que tienen y de esas pequeñas historias en las que la humildad y la fuerza de corazón se rebelan ante la hegemonía del papel moneda y los avales bancarios. ¿Os subís también vosotros?

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Vísperas de Copa


Se siente. Se acerca. Se huele. Se toca. Faltan sólo cuatro días para que empiece uno de los acontecimientos señalados en todo calendario de cualquier buen aficionado. Febrero, cada año, nos regala con dos fines de semana de oferta baloncestística diversa, pero magnífica.

Para hablar del All Star ya habrá tiempo. Además, por muchos de vosotros es sabida mi escasa devoción por eventos más circenses que deportivos en los que el baloncesto deja de ser la última ratio para pasar a ser un mero instrumento del entretenimiento gratuito de quienes nunca entendieron el verdadero valor de la competición. Aun así comprendo que buenos aficionados dediquen cuatro o cinco horas de sus agendas a desenfocar su mirada de un mundo que, si no fuera por momentos como el concurso de mates o el concurso de alley hoops también conocido como Partido de las Estrellas que, como diría mi admirado Javier Palao, ya no es lo que era cuando las grandes estrellas se picaban de verdad en defensa de su honor y en la búsqueda de la gloria. Que poco queda de eso. De honor y gloria me refiero.

Así que me centraré en la competición casera. En la monárquica. En la que cada febrero nos depara duelos memorables e imágenes para el recuerdo. En esa competición en la que Pau Gasol comenzó a escribir su historia y en la que soldados rasos y albañiles juegan papeles sobresalientes. Se me viene a la cabeza Jordi Trías, MVP de la Copa de 2007. Ver para creer.

La Copa se presenta con un claro favorito. El Regal Barcelona ha encontrado, de nuevo, esa dinámica de aplastar todo lo que se encuentra en su camino. Con un Navarro recuperado, con un Anderson que parece haber nacido en la vega del Llobregat de lo integrado que se muestra y con un banquillo tan solvente poco parece importar que Pete Mickeal esté lesionado o que Terence Morris no esté aportando tanto como nos tenía acostumbrados.

Como principales aspirantes se presentan Real Madrid y Caja Laboral. Los blancos llevan una racha ganadora importante, aunque lo ajustado de sus victorias es un hecho definitorio de equipo con etiqueta de "en construcción". Parece que Messina ya ha encontrado el quinteto para empezar los partidos (Prigioni, Llul, Suárez, Felipe y Tomic) y los cinco con los que se jurará los minutos finales de un partido decisivo (Prigioni, Tucker, Suárez, Mirotic y Fischer), aunque ya nada me puede sorprender con el italiano al que admiro, pero no siempre comprendo.

Los de Vitoria dieron un golpe sobre la mesa al vencer la pasada jornada de Euroliga al Panathinaikos. Sin embargo, no parecen ni de lejos tan sólidos como en pasadas temporadas. Barac estaba llamado a ser el nuevo Splitter, el nuevo Scola, es decir, el nuevo oscuro deseo de la NBA, pero el papel le ha quedado grande. En mi opinión, sus opciones pasan por la inspiración de ese virtuoso de este juego que es Marcelinho Huertas.

El resto de equipos viajan, como diría Manel Comas, con tantos calzoncillos como días dura la Copa pero sólo por si las moscas. Lo normal es que sólo uno de ellos llegue a semifinales, el Blancos de Rueda o el Power Electronics y que, entonces, caigan con dignidad, pero caigan. Sé que no hay que cazar al oso y bla bla bla, pero pondría bastante dinero si lo tuviera en unas semifinales Caja Laboral-Regal Barcelona y Real Madrid contra cualquiera de los dos equipos antes mencionados. Mi corazón dice Blancos de Rueda y mi cabeza dice que puede pasar cualquier cosa. En Pucela se dice que Porfi Fisac puede convertir el agua en vino, así que tendré fe.

Se admiten apuestas y, sobre todo, se recomienda ponerse cómodos para disfrutar de una competición que, seguro, nos dejaré jugadas espectaculares. 



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Desde un ángulo diferente

No sé si es pereza, poca profesionalidad o sinvergonzonería. Resulta que el autor habitual de este blog me ha confiado la redacción de un post de folio y medio para entretener a sus lectores mientras él se dedica a otros menesteres.

Espero que perdonéis mi léxico sencillo y sin alardes y alguno de los tacos que pueda soltar. En realidad he estado en numerosas escuelas y universidades, pero no salgo del gimnasio. No hago más que entrenar y entrenar.

Supongo que Juanjo, sí, el que os aburre con entradas sobre el Madrid o los Celtics cada dos días, me ha encargado esta misión por mi conocimiento cercano sobre el juego y por mi trato directo con los mejores de la NBA. También con los peores, que soy un profesional y me debo a todos ellos. No soy ni racista ni elitista.

Creo que es hora de presentaciones. Se dirige a vosotros el Spalding 29,5 pulgadas oficial de la NBA. La esfera a la que los malos tiradores achacan sus fallos y a la que los grandes taponadores maltratan sin misericordia. Un balón profesional para profesionales.

Soy como esas mujeres que se fijan especialmente en las manos de los hombres. Eso sí, el haber pasado por muchas de éstas no me convierte en facilón (si me llamáis balón) o facilona (si me llamáis pelota). Como veis me adapto muy bien a las exigencias de la ex ministra Bibiana Aído en lo que a sexo y género se refiere. Sin embargo, no soy tan tolerante con los albañiles que en vez de tirarme piropos me lanzan vehementemente contra el tablero casi sin parábola. Recuerdo a unos cuantos como Shaquille desde los tiros libres, Madsen el de los Lakers o Chamberlain, que para haber estado con tanta mujer no se le daba muy bien domar mis curvas. 



Siempre preferí aquellas manos que parecían de seda. En el cajón de la mesilla guardo fotos de Allan Houston, Reggie Miller o Ray Allen. Me han dicho que éste último está a ocho triples de obtener el récord histórico. Sin duda se lo merece. Siempre me gustaron los aleros con clase.

También adoraba ser raptada sin previo aviso, robada de los dominios de quien no sabía cuidar de mi presencia. Algunos robos pasaron a la leyenda como el de Bird a Isaiah Thomas en el último segundo o el de Jordan a Malone en Utah. O el que el locutor del Garden, Johnny Most narraba de la siguiente manera porque daba un nuevo título a la franquicia del trébol: "La ha robado Havlicek, la ha robado Havlicek". 



No os voy a mentir. Me gusta ser protagonista, me gusta que el foco apunte sobre mí en los últimos segundos de una escena épica. Me gusta que falten 12 segundos y estar en posesión de un gran jugador. Recuerdo a Kobe y ese tiro contra Phoenix en los playoffs de 2006. No me olvido de Derek Fisher que me encestó en menos de cuatro décimas según la mesa y tres árbitros que no saben lo que son cuatro décimas. Cómo ignorar aquellos tiros salvadores de Horry ante Sacramento jugando en los Lakers o ante Detroit jugando en San Antonio. Pero sin duda el que mejor me trató en esos últimos segundos, cuando la gloria y el fracaso se encuentran en el mismo camino y la línea que los separa es tan sutil, fue Jordan, Michael Jordan. Michael sabía cuando debía amasarme con cuidado hasta que la arena del reloj expirara siendo ese el momento de circular por sus dedos suavemente para salir disparada por su muñeca con una leve revolución sabiendo que sólo iba a tocar la red. 



Entonces caía al suelo, el público saltaba emocionado y yo sólo pensaba: "Lo ha vuelto a hacer, es el más grande".

Gracias a todos por estar ahí y valorarme. Espero que tratéis bien a mis hermanas porque nada hay más justo que una canasta a 3,05 metros de altura y una esfera de 29,5 pulgadas. Esto es el baloncesto y casi siempre gana el mejor.

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Venció el baloncesto colectivo




No defraudó. El clásico entre los clásicos de la NBA finalizó dejando sensaciones contrapuestas según el cristal desde el que se observe. Resultó ser un partido mucho más dinámico de lo que se esperaba (o al menos yo) en el que el buen juego destacó sobre los piques y en el que las defensas no estuvieron especialmente brillantes como se puede leer en el resultado final.

Particularmente durante tres cuartos, Celtics y Lakers demostraron por qué son dos de los mejores equipos del momento. Buenas circulaciones de balón, diferente arsenal ofensivo y buenas rotaciones defensivas se sucedían mientras el marcador iba y venía situando a unos y a otros con una ventaja nunca superior a los seis o siete puntos.

Sin embargo, tras lo anunciado en el tercer cuarto, el último asalto de doce minutos conduciría a un resultado final abultado y, en mi opinión, merecido. No fue culpa de un bajón físico o de una desproporción en los lanzamientos desde el tiro libre (precisamente las causas de la victoria angelina en las finales de 2010). Fue, en todo caso, un asunto de estilo y psicología de grupo.

Estando como estaban Pierce y Bryant enzarzados en un bonito duelo de anotación, con unos contra unos en ambos lados de la cancha, sólo el 24 de los Lakers entendió aquello como algo personal. El capitán de los Celtics pronto comprendió que el convertir el partido en un duelo particular con Kobe sería nefasto para los intereses del equipo. Al fin y al cabo el objetivo ya estaba conseguido. Phil Jackson había tenido que abandonar su plan inicial de defender a Rondo con Kobe por la necesidad de parar al "34" de los Celtics. Era el momento de ceder el protagonismo a su compañero Ray Allen para que ejecutara a los Lakers sin olvidarse, tampoco, de meter balones dentro para que tanto Garnett como Davis se encargaran de castigar a la defensa de brazos caídos de Odom, Gasol y Bynum.

Y no es por apuntarme tantos, que no me gusta, sino por reconocer el mérito de la estrategia ideada por Doc Rivers de cara al partido. Los Celtics suelen defender a los Lebrones, Wades, Carmelos y Bryants de turno procurando que jueguen solos, que no involucren a sus compañeros. Y es que defender a un jugador es más sencillo que defender a cinco y, además, el tener a cuatro jugadores mirando en ataque produce, en muchos casos, tener a cuatro jugadores mirando también en defensa.

Eso mismo sucedió a lo largo de todo el partido pero, especialmente, en un último cuarto en el que Kobe quiso hacerse el héroe y no pudo contra un arsenal ofensivo mucho más diverso y mucho mejor conjuntado.

Las estadísticas a veces hablan por sí solas. 34 asistencias contra 10, 43 rebotes contra 30, 60,3% en tiros de campo frente a 44,4%, seis jugadores por encima de los 10 puntos contra sólo cuatro (dos de ellos, Gasol y Bynum con 12 y 11). Así ganaron los Celtics y así lo piensan seguir haciendo siempre que las lesiones les respeten.

Habrá diferentes lecturas. Algún angelino optimista dirá que jugando tan mal estuvieron en el partido hasta cuando faltaban apenas cuatro minutos. Otros dirán que faltaba Matt Barnes. Algún céltico un tanto fanático recordará que era el cuarto partido de Perkins después de una lesión en el ligamento cruzado, que Pierce llegaba tocado de una rodilla y que faltaban Delonte West y Jermaine O´Neal para completar una rotación que asusta.

Lo cierto es que el partido fue muy bonito y que los verdaderos ganadores fuimos los aficionados, sobre todo los que, como yo, piensan en verde.

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El partido del siglo (I)




El silicon valley contra la Ruta 128, uno de los trece primeros estados de la federación frente a uno de los últimos en ser conquistado (en 1848 tras la guerra con Méjico), el noreste contra el suroeste, los inviernos fríos frente a los eneros al sol, Harvard contra Stanford.

Red Auerbach contra Pat Riley, Bill Russell contra Wilt Chamberlain, John Havlicek frente a Jerry West, Magic ante Bird.

El verde contra el amarillo. 17 anillos contra 16, el showtime frente al pase extra, el big three formado por Baylor, West y Chamberlain ante el integrado por Parish, McHale y Bird.

Simplemente Lakers contra Celtics. Dos modos distintos de entender la vida, dos maneras diferentes de concebir el juego, dos ejemplos igualmente válidos para demostrar al mundo que los caminos del triunfo no pasan siempre por las mismas premisas.

Y, paradojas de la vida, llegan ambos tras derrotas dolorosas por no decir vergonzantes. Los de Boston tienen la excusa de haber llegado a Phoenix a las cuatro de la madrugada desde Portland para jugar uno de esos "day to day" que levantarían en armas a los caprichosos futbolistas españoles a quienes jugar un 2 de enero les parece un martirio. Las piernas de los de verde no respondieron y se quedaron en unos míseros 71 puntos.

Peor aún fue la derrota de los Lakers en su casa frente a uno de los peores equipos de la liga, los Sacramento Kings. Mientras Kobe seguía alcanzando cotas a nivel personal con un buen partido, el "24" se encontró desasistido por unos compañeros especialmente fallones, cosa normal en Artest, Blake o Fisher, pero extraña en el caso de Odom y Pau. Éste habrá de ser el principal objetivo de la defensa céltica. Si aíslas a Kobe y éste empieza a jugar el papel de héroe sus compañeros se sentirán inútiles y bajarán los brazos tanto en defensa como en el rebote.

El partido se presenta muy interesante. En juego algo más que una simple victoria. Para Doc Rivers y su tropa se trata de empezar a cobrarse el precio de las lágrimas derramadas aquel 17 de junio. Para Kobe y los suyos se trata de seguir demostrando que las derrotas en liga regular son sólo una señal de aburrimiento y desidia enviando, de esta manera, a la competición la clara señal de que cuando el trofeo Larry O´Brien esté en juego ellos serán los principales favoritos. Que para eso son los campeones.

Habrá duelos personales interesantes. Garnett contra Gasol, Pierce contra Bryant, Shaquille contra Bynum, Big Baby Davis contra Lamar Odom y Rondo contra el que quiera Phil Jackson que le defienda.

Y todo ello a partir de las 21,30 horas en la Península. La oportunidad para disfrutar del mejor partido de la mejor liga del mundo es única. ¡Ojo! Conviene no confundir bueno con espectacular. Será partido para buenos aficionados, para aquellos que saben apreciar un buen bloqueo, una buena finta defensiva o la dificultad de una canasta trabajada ante una buena defensa. Al fin y al cabo éste es el baloncesto que conduce al triunfo, aunque sea por diferentes caminos. Y a mí me encanta.

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Y después de Siena, ¿qué?




Por motivos técnicos he tenido que retrasar la redacción de esta entrada. Algunos, no faltos de razón, podréis interpretar que ya no es momento para hablar de aquel partido, un partido de tantos que se juegan al cabo de una temporada. ¿O no?

Lo visto el pasado miércoles en la capital de la Toscana supuso un salto cualitativo para un equipo que hasta ese día, con la excepción del también magnífico triunfo en Vitoria, se mostraba dubitativo y de moral frágil. Inseguro de sí mismo el Madrid se servía de su calidad para navegar por los puestos altos de la ACB y de la primera fase de la Euroliga sin apuros.

Y nada parecía haber cambiado durante los primeros 25 minutos del partido. Los jugadores blancos se encontraban a ocho metros y de espaldas al aro intentando recibir el balón ante una defensa hiperagresiva en líneas de pase y con rotaciones defensivas magníficas para que la canasta siempre estuviera protegida.

¿Qué cambió a partir de ahí? Pues no estoy muy seguro. Supongo que, como casi siempre, se concitaron varios factores que contribuyeron al resultado final. El Montepaschi Siena bajó sin duda sus prestaciones físicas con lo que las líneas de pase dejaron ya de ser opacas. El Madrid empezó a circular la bola con mayor soltura y los jugadores comenzaron a atacar la canasta contraria en vez de simplemente proteger la bola cual alevín de colegio que se enfrenta al equipo de la cantera del gran club de la ciudad.

Y salió Sergio Rodríguez. Uno de tantos pronósticos fallidos lanzados desde este blog por la ignorante pluma de quien lo escribe. Al "Chacho", que nos maravilló a todos en su época, no le confiaría ni para que quitara del fuego la olla. Sus decisiones son dudosas y su falta de personalidad preocupante. Supongo que las voces de McMillan son mucho más graves (en el tono) que las de Messina, pero Sergio sigue siendo tratado como ese niño que se porta mal en clase. Y como no se le puede echar fuera de clase se le deja en el fondo del banquillo. Pero mira tú por dónde, el siciliano quiso sorprender y lo consiguió y el canario rompió las líneas sienesas y abrió el camino de la remontada.

Las crónicas de los "entendidos" y académicos periodistas de carrera hablaron de Mirotic y sólo de Mirotic. Parecían haber descubierto la sábana santa cuando el hispano-montenegrino empezó a anotar sus lanzamientos desde todos los lados. Este chico viene llamando a la puerta desde hace ya tiempo y el propio Messina está encantado con la intensidad que muestra en todos los entrenamientos. Fue una demostración de carácter pero reducirlo todo a los 16 puntos de este chico supondría obviar muchas otras cuestiones que estuvieron presentes durante la magnífica remontada.

No se gana un cuarto por 26-6 si no se agacha el culo, se hacen los ajustes a tiempo, se es agresivo en líneas de pase y se domina el rebote. Es decir, no se supera a un equipo por dos puntos por minuto si no se defiende. Y en ese apartado Mirotic contribuyó como uno más, pero la clave fue que Tomic despertó del letargo y como si se tratara de una primavera adelantada intimidó, reboteó, y peleó los balones sueltos. Y qué decir de Suárez, magistral en ambos lados de la cancha cuando más de uno empezaba a perder su fe en el ex colegial.

Y no leí apenas nada del base de Córdoba, Argentina, que controló el tempo del partido y dominó el arte del pick and roll como si él mismo lo hubiera patentado. Pablo Prigioni dio una nueva lección lejos de los focos y de los halagos. Sin su batuta la remontada se hubiera quedado en intentona y Siena seguiría siendo sólo la capital de la Toscana y una de las ciudades más bellas de Italia y de Europa.

Ahora, gracias a esta hombrada de todo el equipo y también de su entrenador que encontró la fuga antes de que el barco se acabara de hundir, Siena será a partir de ahora lugar de culto para el madridismo especialmente si no es sólo un oasis en el camino que aún queda para obtener algún título.

Eso sí, si el Real quiere que éste no sea un partido más deberá acabar tarde o temprano con esa pesadilla que se le repite cada pocos meses con cara de Navarro, Morris, Grimau,... Ahora en febrero hay una nueva oportunidad.

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Reflexionando en voz alta




Al fin acabé los exámenes. Es momento de retomar dos de mis grandes pasiones, la escritura y el baloncesto, que este blog me permite conciliar a la perfección.

Y el regreso es amargo porque se produce tras sufrir la primera derrota como entrenador de la temporada. Quizá sienta la necesidad de escribir sobre ello porque mis errores del pasado sábado fueron decisivos para el resultado final y me siento arrepentido por ello. Buscando vuestra comprensión quiero redimirme de mis pecados que achaco a la juventud y a la falta de experiencia.

Lo peor de todo es que renuncié a mis principios y me basé en dos máximas equivocadas: "Lo que funcionó una vez tiene que seguir funcionando" y "el factor sorpresa es muy importante".

Lo que funciona una vez, dos y hasta cien veces puede fallar en la siguiente ocasión. Cualquier lector de Hume me lo podría haber recordado. Es lo que tiene no tener asistentes. En el partido anterior una defensa zonal 3-2 nos había posibilitado un parcial de 22-2 gracias a la agresividad sobre el balón y los buenos ajustes. Pero esta vez los del equipo rival nos conquistaron dos zonas claves para cualquier defensa zonal: el tiro libre y la línea de fondo y no supimos ajustar con rapidez.

En cuanto al factor sorpresa decir que está sobrevalorado. Además, de poco sirve sorprender al oponente si el primer sorprendido eres tú. Creo que a partir de ahora me aferraré a otra máxima: "Si tienes que morir que sea en base a tus principios". Con esto quiero decir que debíamos haber defendido en individual no por nada en especial, sino porque creemos en ello, porque es lo que les vengo inculcando desde agosto, porque tenemos muy clara la respuesta a la disyunción que lleva por título este blog. Seguro que muchos de mis chicos fueron los primeros sorprendidos al enterarse de que saldríamos en zona. Lo siento chicos, ataque de entrenador. Lo siento chicos, pero seguramente no será el último.

Me desquiciaron las pérdidas que tuvimos por infracciones del reglamento. Pasos por pivotar mal en el poste bajo, pasos de salida, pasos al recibir en carrera, pérdidas de pase por malas fintas de recepción, pérdidas al meter el balón en poste bajo por no ganar bien la posición. Quizá éste sea el mayor fracaso de un entrenador de un equipo en edad de formación. La técnica individual ha de ser una prioridad. No por nada es la técnica la que les va a permitir ser mejores jugadores en el futuro y, sobre todo, divertirse sobre una cancha. Creedme cuando os digo que no tiene ni pizca de gracia tener que regresar a defender por haber perdido un balón sin haber ni siquiera amenazado su aro.

En unas edades y unas categorías en las que el acierto en el tiro puede estar rondando el 30% es fundamental tener más posesiones que el rival. Es decir, es fundamental defender duro, dominar el rebote y no perder balones. No hicimos nada de esto. Y yo soy el único responsable.

Y después de todo este harakiri os tengo que decir que sólo caímos por cinco puntos. No supimos jugar los minutos finales. En nuestra defensa decir que nunca habíamos experimentado un final de este tipo. Nos faltó sangre fría. A mí el primero.

 Os tengo que dejar, es hora de encontrarse de nuevo con los chicos. Es momento de tragar saliva y de mirarles a los ojos esperando que sigan manteniendo su confianza en mí. Es hora de entrenar y de recuperar los principios que nunca debimos dejar de lado.

Me alegro de volver a tener tiempo para escribir. Espero que sigáis ahí después de estas dos semanas en que la obligación asesinó a la devoción. Tendrá que ser así.

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Ganó Baltasar



La noche de reyes nos tenía preparada una sorpresa. Los dos mejores equipos de la liga se daban cita en el particular jardín del Edén de la NBA, el Garden de Boston, para medir sus fuerzas.

San Antonio presentó todo su potencial sobre la cancha. Para los Celtics faltaban Perkins, Garnett y Delonte West, es decir, dos titulares y un séptimo hombre que cuando estén recuperados darán un salto de calidad al equipo y, sobre todo, lo dotarán de profundidad.

Y la sorpresa no pudo ser mejor. No hubo batalla de estilos, sino que todo se limitó a diferencias en la ejecución. Ambos equipos apuestan por el pase extra, por la defensa de ayudas y porque el balón circule por dentro y fuera de la zona para que esas defensas de ayudas se tengan que multiplicar si quieren llegar a incomodar todos los tiros.

Y hubo nombres propios. Rondo cosechó otro de esos triples dobles mágicos, como la noche. 12 puntos, 10 rebotes y 22 asistencias que adornó con 6 robos de balón. Pequeño recado del "9" de los Celtics para los Chris Paul, Deron Williams o Derrick Rose en la lucha por ser el mejor base de la competición. Y me dejo a Calderón que anoche también llenó su zapato con 20 puntos y 17 asistencias.

Pero hacer feliz a la gente dando asistencias es más fácil si quienes reciben esos pases medidos a la mano son Paul Pierce (7 de 10 en tiros) o Ray Allen (13 de 16). Los dos veteranos son como esos niños que sonríen con independencia de la marca del regalo al considerar que el detalle es lo más importante. Ellos, con sus suspensiones, con sus cortes a la espalda del defensor, con las continuas carreras pasando bloqueos volvieron locos a los Spurs y contribuyeron a esas 22 asistencias del duende verde.

Por los de Texas también brilló su tridente. El francés (Tony Parker), el argentino (Manu Ginobili) y el de Islas Vírgenes (Tim Duncan) siguen brillando con porcentajes brillantes, con decisiones inteligentes y con una lectura del juego que traían de serie y que han perfeccionado con los años. Ni los achaques de la edad ni el adulterio de la Longoria pueden evitar que los Spurs sigan siendo el mejor equipo de la liga.

Y no quiero dejarme a otro factor fundamental, a Big Baby, también conocido como Croqueta Davis. Recordado por sus lágrimas tras verse intimidado por un Garnett que le reclamaba más intensidad ahora es él quien hace llorar a los rivales con su tiro de media distancia y su capacidad para anotar bajo el aro pese a ser un 2 metros pelados al más puro estilo Felipe Reyes.

No podían faltar. Los reyes magos en el Garden no eran reyes, pero sí magos. Si Jesucristo resucitó a Lázaro tanto Greg Popovich (Melchor) como Doc Rivers (Baltasar) hacen funcionar como Ferraris a estos viejos cadillac que, si fuera por algunos, ya estarían en la chatarra. Esta vez ganó Baltasar con una vieja estrategia ideada por Don Nelson (al César lo que es del César) planteando un small ball con Marquis Daniels (1,97) como cuatro, con Allen (1,92) como tres y con Nate Robinson (1,75) como dos. De esta manera defendieron mejor la amenaza desde el perímetro de Bonner y frenaron, por la mayor agilidad de este quinteto, las peligrosas penetraciones de Ginobili y Parker.

En definitiva jugada maestra del rey negro en una noche que espero fuera muy especial para todos.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS