Apenas han pasado noventa minutos, escasa hora y media en la que he tenido la oportunidad de conocer mejor que nunca a mis jugadores, de abrazarlos, de sentir lo que sentían y de conocer lo que pensaban.
Hace una hora y cuarto recorría el pasillo de un autobús para sentarme en la última fila como hacen los alumnos más gamberros cuando salen de excursión con el colegio. No era mi intención liarme un porro a hurtadillas o tan siquiera vacilar a los profesores. Quería tomar el pulso a todos y cada uno de mis jugadores para tratar de que sintieran mi calor y el orgullo que siento por haberlos podido entrenar durante todo este año.
Ganó la lógica y no hubo opción, vencieron los cuatro días de entrenamiento sobre los dos, el conocimiento del terreno y la experiencia. Santa Marta ganó y se merece nuestra enhorabuena, pero nosotros no perdimos. O yo al menos lo siento así.
Todo este año de entrenamientos mejores y peores, de grandes partidos y pequeñas decepciones, de alternancia de aciertos y errores, es ya una página más en la historia de nuestra vida. Supongo que es de ley que las personas entren y salgan de tu vida, que los momentos sean efímeros y que apenas tengamos tiempo para saborearlos. Supongo que entrenaré a más equipos y que el paso del tiempo difuminará estos recuerdos. Pero yo me niego a hacerlo.
He tenido pocas experiencias más enriquecedoras que los quince minutos de autobús que nos han traído de vuelta a Salamanca. Hay pocos materiales más transparentes que el corazón de un chaval de quince años.
Lo mejor de todo es que el baloncesto sigue, que a pesar de que cada partido deje un único ganador, el equipo derrotado trabajará duramente para que la próxima vez todo sea diferente. Esto es lo que lo convierte en especial. Es por eso que lo queremos tanto, aunque a veces nos genere dolor o frustración. Es la vida misma. Es el baloncesto.
UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

