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Es el baloncesto




Apenas han pasado noventa minutos, escasa hora y media en la que he tenido la oportunidad de conocer mejor que nunca a mis jugadores, de abrazarlos, de sentir lo que sentían y de conocer lo que pensaban.

Hace una hora y cuarto recorría el pasillo de un autobús para sentarme en la última fila como hacen los alumnos más gamberros cuando salen de excursión con el colegio. No era mi intención liarme un porro a hurtadillas o tan siquiera vacilar a los profesores. Quería tomar el pulso a todos y cada uno de mis jugadores para tratar de que sintieran mi calor y el orgullo que siento por haberlos podido entrenar durante todo este año.

Ganó la lógica y no hubo opción, vencieron los cuatro días de entrenamiento sobre los dos, el conocimiento del terreno y la experiencia. Santa Marta ganó y se merece nuestra enhorabuena, pero nosotros no perdimos. O yo al menos lo siento así.

Todo este año de entrenamientos mejores y peores, de grandes partidos y pequeñas decepciones, de alternancia de aciertos y errores, es ya una página más en la historia de nuestra vida. Supongo que es de ley que las personas entren y salgan de tu vida, que los momentos sean efímeros y que apenas tengamos tiempo para saborearlos. Supongo que entrenaré a más equipos y que el paso del tiempo difuminará estos recuerdos. Pero yo me niego a hacerlo.

He tenido pocas experiencias más enriquecedoras que los quince minutos de autobús que nos han traído de vuelta a Salamanca. Hay pocos materiales más transparentes que el corazón de un chaval de quince años.

Lo mejor de todo es que el baloncesto sigue, que a pesar de que cada partido deje un único ganador, el equipo derrotado trabajará duramente para que la próxima vez todo sea diferente. Esto es lo que lo convierte en especial. Es por eso que lo queremos tanto, aunque a veces nos genere dolor o frustración. Es la vida misma. Es el baloncesto.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Santa Marta, allá vamos




5 de mayo. Punto final a una temporada magnífica del equipo cadete de Padres Trinitarios. 5 kilómetros separarán el autobús que cojamos en Paseo Canalejas del Municipal de Santa Marta, ese pabellón al que queremos convertir en un nuevo lugar de culto para cuando un día nos juntemos en torno a la barra de un bar para recordar este día.

Es una lástima que sólo pueda haber un entrenamiento previo a una final. Ayer martes, durante el último ensayo antes del partido, mis chicos parecían adultos no en busca del Provincial de Salamanca, sino más bien camino de Barcelona para jugar la Final Four. Nunca les había visto tan concentrados, nunca tan motivados ante una meta que para ellos supone casi tocar el cielo con los dedos.

Y ganar será lo de menos. Ya se lo dije. Jugamos contra un equipo con una gran mayoría de jugadores federados, de jugadores que entrenan cuatro días a la semana y que están acostumbrados a las grandes citas, a los grandes partidos. Pero no vamos a Santa Marta para recoger la medalla de los perdedores, no sin entregar todo nuestro sudor y alguna gota de sangre si en ello nos va la victoria.

Imagino que en Santa Marta también tienen el confeti preparado como aquellos Lakers del 69. Yo desde luego no llevo puro porque no fumo. Está por ver si ganarán los que tienen que ganar o si habrá un nuevo Don Nelson que meta esa canasta con la que nadie contaba y que nos dé el triunfo.

Ayer pude mirar a los ojos de mis jugadores recordándoles que el trabajo ya está hecho, que mañana no hay ninguna final porque están sólo en el principio. Con 15 ó 16 años el baloncesto acaba de entrar en sus vidas. Mi objetivo no es que ganen, es que después de ganar o perder, eso da igual, tengan ganas de coger un balón, llamar a un amigo y bajarse los tres, su amigo, el balón y él, a lo que tradicionalmente llamamos "echar unos tiros".

Ojo, Santa Marta, allá vamos. Y nos gusta mucho el baloncesto. Eso ni lo dudéis.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Reflexionando en voz alta




Al fin acabé los exámenes. Es momento de retomar dos de mis grandes pasiones, la escritura y el baloncesto, que este blog me permite conciliar a la perfección.

Y el regreso es amargo porque se produce tras sufrir la primera derrota como entrenador de la temporada. Quizá sienta la necesidad de escribir sobre ello porque mis errores del pasado sábado fueron decisivos para el resultado final y me siento arrepentido por ello. Buscando vuestra comprensión quiero redimirme de mis pecados que achaco a la juventud y a la falta de experiencia.

Lo peor de todo es que renuncié a mis principios y me basé en dos máximas equivocadas: "Lo que funcionó una vez tiene que seguir funcionando" y "el factor sorpresa es muy importante".

Lo que funciona una vez, dos y hasta cien veces puede fallar en la siguiente ocasión. Cualquier lector de Hume me lo podría haber recordado. Es lo que tiene no tener asistentes. En el partido anterior una defensa zonal 3-2 nos había posibilitado un parcial de 22-2 gracias a la agresividad sobre el balón y los buenos ajustes. Pero esta vez los del equipo rival nos conquistaron dos zonas claves para cualquier defensa zonal: el tiro libre y la línea de fondo y no supimos ajustar con rapidez.

En cuanto al factor sorpresa decir que está sobrevalorado. Además, de poco sirve sorprender al oponente si el primer sorprendido eres tú. Creo que a partir de ahora me aferraré a otra máxima: "Si tienes que morir que sea en base a tus principios". Con esto quiero decir que debíamos haber defendido en individual no por nada en especial, sino porque creemos en ello, porque es lo que les vengo inculcando desde agosto, porque tenemos muy clara la respuesta a la disyunción que lleva por título este blog. Seguro que muchos de mis chicos fueron los primeros sorprendidos al enterarse de que saldríamos en zona. Lo siento chicos, ataque de entrenador. Lo siento chicos, pero seguramente no será el último.

Me desquiciaron las pérdidas que tuvimos por infracciones del reglamento. Pasos por pivotar mal en el poste bajo, pasos de salida, pasos al recibir en carrera, pérdidas de pase por malas fintas de recepción, pérdidas al meter el balón en poste bajo por no ganar bien la posición. Quizá éste sea el mayor fracaso de un entrenador de un equipo en edad de formación. La técnica individual ha de ser una prioridad. No por nada es la técnica la que les va a permitir ser mejores jugadores en el futuro y, sobre todo, divertirse sobre una cancha. Creedme cuando os digo que no tiene ni pizca de gracia tener que regresar a defender por haber perdido un balón sin haber ni siquiera amenazado su aro.

En unas edades y unas categorías en las que el acierto en el tiro puede estar rondando el 30% es fundamental tener más posesiones que el rival. Es decir, es fundamental defender duro, dominar el rebote y no perder balones. No hicimos nada de esto. Y yo soy el único responsable.

Y después de todo este harakiri os tengo que decir que sólo caímos por cinco puntos. No supimos jugar los minutos finales. En nuestra defensa decir que nunca habíamos experimentado un final de este tipo. Nos faltó sangre fría. A mí el primero.

 Os tengo que dejar, es hora de encontrarse de nuevo con los chicos. Es momento de tragar saliva y de mirarles a los ojos esperando que sigan manteniendo su confianza en mí. Es hora de entrenar y de recuperar los principios que nunca debimos dejar de lado.

Me alegro de volver a tener tiempo para escribir. Espero que sigáis ahí después de estas dos semanas en que la obligación asesinó a la devoción. Tendrá que ser así.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Buenos augurios

13 de noviembre. P.P. Trinitarios-Fernando de Rojas. 12 meses y 1 semana después se repite el emparejamiento con el que debutamos el año pasado.

En estos 372 días han cambiado muchas cosas. De los once jugadores que integraban nuestra plantilla el año pasado ahora siguen siete. Nuestros líderes y jugadores más carismáticos han cambiado de categoría, aunque muchos de ellos siguen ligados a nuestra causa ayudándonos, incluso, a completar entrenamientos con diez jugadores (gracias David Díaz).

A estos siete jugadores se añadió un refuerzo de calidad, Jose, que nos aportará anotación y rebote bajo los tableros. Su adaptación ha sido sorprendentemente rápida y todos estamos encantados con su presencia.

El grupo destaca por su cohesión, por el compañerismo, por el buen nivel medio y por estar muy compensado entre juego interior y exterior. En general, me preocupan pocas cosas en relación con la gestión del grupo porque son chicos modélicos que saben funcionar colectivamente. Sin embargo, ninguna personalidad destaca sobre el resto y a lo mejor, en determinados momentos, podemos echar de menos la figura de un líder.

Pero incluso este aspecto es trabajable y mejorable. En ocasiones, incluso, puede ser el entrenador quien ejerza este papel (a lo Red Auerbach o incluso Pat Riley en su época de los Knicks). Pero yo no fumo puros ni visito asiduamente clínicas de cirugía estética para estirarme la piel. Mi deseo es que el rendimiento en la cancha hable y que a base de defensa, esfuerzo y anotación en momentos difíciles un jugador se erija como esa referencia a la que los otros escuchen cuando tenga algo que decir y al que le entregaremos el balón en los momentos más delicados.

Deportivamente, y no debería dar pistas a los rivales, adolecemos de tiro de larga distancia y de mentalidad de contraataque. Tenemos toda la temporada para mejorar en estos aspectos.

Defensivamente gozamos de gran actitud y compromiso. Nuestro sistema de ayudas funciona por la solidaridad intrínseca del grupo, pero a veces nos olvidamos que la principal responsabilidad en una defensa individual es de cada uno y permitimos excesivas penetraciones.

Realmente estoy jugando a hacer hipótesis. Lo único real es que jugamos mañana contra el mismo rival contra el que debutamos la pasada campaña. Lo único cierto es que acabamos ganando el trofeo provincial. Lo único que sabemos es que dependerá de nosotros el que la historia se repita. No es cuestión de suerte o azar, aunque sí de estar en el lugar adecuado en el momento justo. Y para no faltar con nuestra cita final no deberemos olvidar nuestras citas puntuales con los entrenamientos y con la mejora diaria.

Como diría Sigmund Freud: “He sido un hombre afortunado; en la vida nada me ha sido fácil”.

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Regreso a la oficina


Cuando me preguntan por el motivo principal de la victoria del cadete masculino de los Trinitarios en todas las competiciones en que participamos en 2010 mi respuesta es clara: “Demostramos que amamos más este deporte que el resto de equipos”.

Obviamente hubo muchos otros aspectos técnico-tácticos, actuaciones individuales grandiosas y aportaciones más discretas pero esenciales que marcaron nuestro triunfo. Pero la clave fue desear más el título y amar más y mejor el baloncesto que los demás.

Quizá alguno de vosotros puede pensar que soy demasiado presuntuoso al afirmar esto, pero no lo soy. Cómo, si no, se explica que un 26 de julio, fecha de tradicional recreo, de piscinas repletas y cuerpos bronceándose al sol, estos chicos se comprometan a iniciar los entrenamientos para la próxima temporada, a sudar la camiseta para tratar de lograr una meta que se presenta, hoy, muy lejana en el tiempo.

Muchos chicos cambian de categoría. Nuestros líderes dentro y fuera de la cancha pasan a la edad junior con la intención de demostrar que su talento puede lucir también ante defensas más preparadas y cuerpos más potentes. Sé que lo harán bien.

Los que se quedan saben que el reto es importante. Defendemos título. Conocemos el sabor del triunfo y queremos volver a degustarlo. Repetir será complicado no sólo por el cambio generacional, sino también porque los Trinitarios ya no son un desconocido más en la esfera del baloncesto en Salamanca. Nos hemos hecho un nombre.

Podemos y debemos ser referentes como competidores y sobre todo como deportistas. Hay equipos que pierden incluso cuando ganan y perdedores que se granjean el cariño y la admiración de todos. Lo ideal, y por lo que lucharemos, es ser caballeros en la victoria demostrando en cada acción que no basta con anotar más puntos que el rival, sino que será necesario parafraseando a Don Miguel de Unamuno, no sólo vencer, sino también convencer.

Convencer aceptando decisiones arbitrales discutibles, ayudando al oponente herido y demostrando ser un equipo respetuoso con las reglas escritas y, especialmente, con las no escritas del juego, las que han hecho de este deporte ese lenguaje universal del que todos los que lo practicamos nos sentimos tan orgullosos.

Decía el libertador sudamericano Simón Bolívar “para el logro del triunfo siempre ha sido indispensable pasar por la senda de los sacrificios”. Parece que el equipo cadete de los Trinitarios tiene aprendida la lección. Ahora sólo es necesario pasar de las vacuas palabras a los imborrables hechos.

Y es que como diría el gran jugador de golf sudafricano Gary Player (aunque se la han adjudicado a mucha más gente aplicada a muchos otros campos) “cuanto más practico más suerte tengo”. Llamemos, pues, a la suerte.


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