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MVP





Qué fantástico duelo el vivido anoche entre Miami Heat y Oklahoma City Thunder, dos de los mejores equipos de la competición que tienen, además, la bendición de contar en sus filas con dos jugadores superlativos con evidentes dotes de liderazgo. Ganaron los Thunder y, en lo personal, por eso mismo, ganó Kevin Durant. El “35” de los Thunder supo encontrar dentro de su enorme catálogo de recursos los necesarios para anotar 33 puntos frente al mejor defensor uno contra uno en posiciones exteriores, Lebron James. El de los Heat se encontró muy solo, desasistido por un Wade que trata de recuperar la forma y por unos secundarios, entre ellos Ray Allen, Shane Battier o Mario Chalmers, que se mostraron poco acertados. Al chico normal de Ohio, como se autoproclamó durante la entrega de su segundo Larry O´Brien en la primavera pasada, se le notó especialmente motivado en la defensa y más centrado de lo habitual en tareas anotadoras (34 puntos en 20 tiros).



Pero enfrente se encontró no sólo con Kevin Durant, sino con una escuadra que está aprovechando la baja de Westbrook para promocionar a sus jóvenes y desarrollar una química que huele a anillo. Tras un arranque decepcionante de partido en el que Ibaka adoptó un protagonismo exagerado, los de Scott Brooks lograron encontrar el equilibrio. Desestimada la presencia de Perkins por incompatible con el quinteto de Miami (Bosh se lo hizo saber enseguida) y hasta con el buen gusto baloncestístico, el “small ball” les dio fantásticos resultados. A destacar, por supuesto, la labor defensiva de Perry Jones y Nick Collison, el talento ofensivo de Jeremy Lamb y la astucia y veteranía de un Derek Fisher que supo darle al partido lo que éste necesitaba.



Pero además de la consagración de Kevin Durant como induscutible MVP de lo que llevamos de temporada, aprovecharé la ocasión para rescatar, a modo de titular, lo que esta temporada de NBA nos está deparando. 





No sin estrellas. Los Pacers ostentan el mejor récord de la liga gracias a una plantilla plagada de muy buenos jugadores y a una inmaculada gestión en lo que se refiere a la aceptación de roles, el reparto de responsabilidades y la mentalidad defensiva. Pero si precisamente esta mentalidad es “conditio sine qua non” para aspirar a un título, la historia nos dice que es necesario contar con una gran estrella de la liga. Tal vez George reivindique en lo que queda de temporada y en playoffs dicha condición o tal vez nos encontremos, diez años después de que los Pistons de Larry Brown vapulearan a los Lakers, ante una nueva excepción.



Menos es más. Tres equipos, Phoenix Suns, Chicago Bulls y Atlanta Hawks, se han erigido en estandartes de esta filosofía que sienta sus bases en la maximización de los recursos y en la prohibición absoluta de la autocomplacencia. Ante pronósticos de partida negativos o ante lesiones graves y a priori definitivas a la hora de replantear objetivos estos equipos han decidido rebelarse y confiar en activos infravalorados por el mercado como Markieff Morris, Gerald Green, DJ Augustine, Charlie Scott, Shelvin Mack y tantos otros hombres que han demostrado ser útiles cuando están bien utilizados. Hornacek, Thibodeau y Budenholzer, los benditos culpables.



Vivir y morir del triple. Reconozco haber disfrutado como espectador de varios partidos disputados por Golden State Warriors o Houston Rockets. Su propuesta repleta de vértigo e improvisación nos remonta a tiempos pretéritos, a equipos ochenteros como los Nuggets de English, Vandeweghe y compañía o los Mavericks de Rolando Blackman, Mark Aguirre y Sam Perkins. Sin embargo, la falta de equilibrio y su fe ciega en el lanzamiento más allá de la línea de tres los descarta como candidatos y convierte a sus entrenadores, Mark Jackson y Kevin McHale en merecidas dianas de los críticos. 





Van de negro. El arranque de temporada de los Brooklyn Nets responde a la estructura argumental de toda gran obra narrativa. Después de un planteamiento esperanzador surgieron los conflictos y las dificultades y, justo ahora, en medio de un mes de enero muy favorable para la banda de Prokhorov parece iniciarse un proceso de recuperación basado en un juego libre por conceptos que se podría calificar con cualquier adjetivo menos “ortodoxo”. El small ball y una rotación cuanto menos compleja anuncian tiempos de bonanza para la franquicia del otro lado del río. Van de negro y no por casualidad. No son representantes de la troika, pero sí de una concepción del baloncesto que no entiende de colorido. ¿El final? Apuesto que decepcionante, pero con estos tíos no me sorprendería una incursión fructífera y duradera en los playoffs. 





Perder es ganar. Cuando llega enero y las opciones de entrar en playoff son quiméricas, más aún si se anuncia la llegada de jóvenes talentos procedentes de la universidad, cualquier marcador a favor es dinamita para un futuro proceso de reconstrucción. Lo saben muy bien en Milwaukee, Orlando, Sacramento y Philadelphia. Lo deben aprender, por su bien, los Celtics y los Lakers. A la vista de los últimos resultados bien podríamos definirles como alumnos aventajados. 





Distintos pero peligrosos. La adaptación a un nuevo técnico y las lesiones de jugadores importantes les ha impedido desarrollar su potencial. Hablo de Los Ángeles Clippers y de Memphis Grizzlies, dos opciones a tener en cuenta cuando llegue el mes de abril. El hermano pobre de LA tiene todo lo necesario para ganar un anillo, al menos sobre el diseño. Los de Tennessee, por su parte, cuentan con el mejor juego interior de la liga y con la defensa mejor preparada y concienciada. Rivers y Joerger representan concepciones diferentes de baloncesto. El primero lo entiende como una confrontación marcada por la emoción y el segundo como una ecuación algebraica. Si fuera el entrenador de algún aspirante en el Oeste intentaría librarme de las emociones fuertes y, por supuesto, también de las matemáticas.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

La mejor liga del mundo






(Hace unas cuantas horas)

Mientras medito si regresar al alcohol y abrazarme de por vida a una botella de ron en una de las últimas filas de una de las salas del Palacio del Arzobispo Fonseca de Salamanca en el marco de un Seminario sobre desarrollo territorial, sólo soy capaz de pensar en lo que sucederá esta próxima madrugada, con un vasto (casi tanto como el sopor que me invade) océano de por medio, en el arranque de la mejor liga del mundo.

Porque la NBA es la mejor liga del mundo. Lo es a nivel organizativo, económico, social (vínculos entre equipos y ciudades, así como temas relacionados con el apoyo a la comunidad) y también deportivo. En ella participan los mejores jugadores, entrenadores y árbitros. En ella, además, se explota mejor que en ningún otro sitio el concepto de espectáculo. Business is business sí, pero sólo porque en el parqué juegan los mejores con reglas que invitan a que lo demuestren.

La NBA es, además, un modelo de sostenibilidad. El hecho de que se trate de una competición cerrada, sin ascensos ni descensos, permite que el riesgo de las inversiones sea en todo caso moderado. Los límites salariales, a su vez, pretenden evitar los derroches y el establecimiento de jerarquías inamovibles al más puro estilo de las grandes ligas europeas. Sólo así se explica que mercados modestos como los de San Antonio u Oklahoma hayan disfrutado, y disfruten, de la presencia de franquicias ganadoras. Aun así, a pesar de las bondades del modelo, es imposible obviar la existencia de determinados trusts deportivos que acaparan los activos más importantes. Estos conglomerados de estrellas surgen por motivos no precisamente económicos. Estas razones se apoyan más en cuestiones deportivas, en la búsqueda de la gloria deportiva ante la posibilidad de construir un legado imperecedero.

Los grandes jugadores atraen a grandes jugadores. Es un hecho. Por este motivo Miami, Lakers o Boston vuelven a llevar este año, y ya van unos cuantos, el cartel de favoritos colgado del cuello. Por tercera edición consecutiva los chicos del sur de Florida parten como principales favoritos al título. A su fantástico Big Three han añadido al mejor tirador, números en mano, de la historia del campeonato y a un cuatro abierto, Rashard Lewis, que encaja perfectamente en el esquema de juego de Erik Spoelstra quien pretende la maximización de los espacios de ataque para la generación de ventajas a partir del demoledor uno contra uno de Bosh, Wade y, sobre todo, Lebron. El Rey.

Los Lakers, por su parte, intercambiaron a Bynum por Howard esperando mejorar en defensa y ganar agresividad en ataque. Sin embargo, la gran incógnita no está en el rendimiento del pívot y sí en el modo en el que compartirán la bola Steve Nash y Kobe Bryant, dos MVP´s de la liga que basan su juego en el acaparamiento del anaranjado esferoide. Del mismo modo, también existe una gran incertidumbre en cuanto a las posiciones del campo por las que se moverá Pau Gasol, el interior más talentoso del campeonato.

Para los Celtics la temporada 2012-2013 se presenta apasionante. La marcha de Allen fue cubierta con la llegada de Terry y el banquillo ha ganado profundidad con las adquisiciones de Milicic, Barbosa, el regreso tras la operación coronaria de Jeff Green y el “robo” en el Draft de Jared Sullinger. Courtney Lee, titular a priori, contribuirá a que la defensa de los de Doc Rivers vuelva a rozar los finos límites de la excelencia. Todos ellos, más Brandon Bass y Avery Bradley (convaleciente aún de su operación en ambos hombros) secundarán al núcleo compuesto por el base más genial de la liga, Rajon Rondo, el anotador con más recursos de la Conferencia, Paul Pierce y el mejor defensor de todo el campeonato, aunque los números puedan indicar lo contrario, Kevin Garnett. Estos tres equipos librarán con Oklahoma City Thunder una dura y bella batalla por el campeonato. Una batalla que es, además, una guerra de estilos y de formas de hacer. Por qué. Pues porque Oklahoma es el producto más perfeccionado de la reconstrucción en movimiento a partir de elecciones en el draft. El buen ojo de Sam Presti les llevó a reclutar para sus filas a Jeff Green, James Harden, Russell Westbrook o Kevin Durant. A cambio de los dos primeros se hicieron con valiosos activos, con profesionales del baloncesto de esos que son necesarios para conformar un proyecto ganador (Kendrick Perkins o el recién llegado Kevin Martin). De los dos últimos, por su parte, penden sus opciones reales de optar al campeonato.

Estos cuatro equipos se jugarán el campeonato al final de la primavera. Mientras tanto, ilustres como New York Knicks, vacas sagradas como los Spurs, recién llegados como Brooklyn o alternativas valientes como Nuggets o Clippers contribuirán a la incertidumbre y el espectáculo. Nos esperan siete meses y medio de caviar de importación, muchas horas para disfrutar y alejarse, aunque sea por un corto espacio de tiempo, de la cruda realidad. Ojalá nos las pudiera narrar Andrés. I love this game!

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Un movimiento ganador




El primer gran traspaso de la temporada NBA ha llegado antes de que ésta comience. Los Thunder de Oklahoma se han desprendido de James Harden a cambio de Kevin Martin, Jeremy Lamb y varias elecciones de Draft. Así, aunque a primera vista puedan surgir dudas, el equipo finalista de la pasada edición soluciona por la vía rápida un asunto que amenazaba con convertirse en una pequeña pesadilla, en un virus interno llamado a afectar a la química del equipo.

Con esto no quiero dejar pasar por alto el rendimiento ofrecido por el escolta durante su periplo por el estado de las infinitas praderas. Allí, con su zurda precisa y sus agresivas penetraciones se convirtió en el mejor sexto hombre del campeonato y en un indiscutible en los quintetos finales del equipo capitaneado por Russell Westbrook y Kevin Durant. Después de esta noticia, la supremacía de esta pareja escala un peldaño más. Es probable que el base dispute más minutos (no tendrá problemas) y que Durant asuma aún más protagonismo en finales de partido apretados (como tiene que ser).

Kevin Martin es un fantástico escolta, un profesional de la anotación con muchos y variados recursos en la parcela ofensiva. Además, el hecho de que no necesite abusar del balón ocasionará menos conflictos de ego de los que podría suscitar el afán acaparador de Harden. Jeremy Lamb, por su parte, es canela en rama, uno de los mayores talentos de una escuela, la de la Universidad de Connecticut, de la que han salido escoltas tan fantásticos como Ray Allen, Rip Hamilton o Ben Gordon. Su muñeca, su elegante suspensión y su inteligencia dentro de una cancha le han de convertir en un referente de la liga. Démosle, si no, tiempo al tiempo.

Los Rockets, dirigidos por Kevin McHale, reciben una fuente anotadora que cuando tiene el día parece inagotable. Sin embargo, habrá que ver si el bueno de Harden es capaz de adaptarse al modelo de juego coral propuesto por el mítico número 32 de los Celtics.

La mayor parte de expertos y columnistas de los grandes medios de comunicación norteamericanos expresarán sus dudas acerca de este movimiento. La mayoría hablará de una segura merma en las opciones de campeonato de unos Thunder que se quedaron muy cerca en temporadas pasadas. Sin embargo, yo, desde mi modesta atalaya y desde la ignorancia más absoluta de lo que se cuece en los despachos de un equipo NBA, respeto y saludo este traspaso. Los Thunder seguirán corriendo el contraataque, jugarán mejor en estático y brillarán más en el futuro de la mano de un Jeremy Lamb que tiene todos los ingredientes de un plato de alta cocina. 




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Ahora ya lo sabes





Estimada majestad:


Hace poco más de un año me dirigí a usted de la siguiente manera: ¿Cuál es tu lugar? Lo hacía después de que los Mavericks se pusieran a un solo triunfo de la victoria en las Finales de la NBA. Entonces, en un partido de triple doble, simplemente hiciste dejación de tus funciones cuando los balones más quemaban. Desapareciste del país al más puro estilo Carlos V y su obsesión por su Alemania natal. Claudicaste como lo hubiera hecho el borbón más borbón de todos los borbones en Fontainebleau dejando al país, tu equipo, en la más desoladora orfandad.

Ahora, en cambio, te muestras ante el mundo como un rey noble y considerado. Despachaste a los Celtics con señorío recordando lo difícil que te lo habían puesto en temporadas pasadas. Ahora, en las finales, alabas al Príncipe Durant tachándolo de imparable. En tus declaraciones evitas rememorar el pasado y anticipar el futuro. Vives en el presente como indican todos los manuales de budismo o zen. Y en ese presente te sabes superior al resto de congéneres. Entiendes que sólo tú puedes fallar una bandeja tras chocar con Ibaka y Perkins para después rehacerte y coger tu propio rechace. Entiendes que no te hace falta anotar como Durant, rebotear como Howard ni asistir como Rondo para ser el jugador más completo y decisivo del campeonato. Tu cetro, como desde que llegaste a la liga, sigue siendo propiedad de todos tus compañeros. En cambio, cuando todos los ojos del mundo depositan la mirada sobre tus hombros, ya no cedes la batuta y te cobijas en cualquier esquina de la cancha. Ahora eres el rey de principio a fin, en las buenas y en las malas, igual en Rivendel que en Mordor, tanto en la paz como en la guerra.

Que no nos engañen tus entradas ni tu rostro demacrado. Tienes 27 años y los mejores partidos de tu vida por jugar. Si te haces con el anillo lo habrás hecho con varios meses menos de lo que lo hizo el propio Michael Jordan para dar comienzo a una enorme racha triunfal que aún pudo ser mejor de no haberse retirado en el 93. Habrá que ver cómo te pasa factura el contador de esfuerzos y partidos tras haber llegado a la liga siendo un adolescente. El tiempo dirá si “The Decision” fue la correcta y si la costa de Florida es esa tierra prometida escriturada y tú El Elegido anunciado por todos los profetas.

No olvides que aún no conseguiste nada, que si bien un 3-1 es una garantía estadística de éxito, en frente de ti hay un extraño mutante con las mejores cualidades de un base o escolta en un cuerpo de 2,08 y brazos infinitos que no entiende ni de números ni de leyendas y es que él, Kevin Durant, se dedica, simplemente, a jugar al baloncesto de esa forma desenfadada que tanto gusta en los parques del bajo New York o en los suburbios del D.C.

A estas alturas, después de haberte negado más de tres veces, ya no puedo dejar de apostar por ti. Será en el quinto partido, con todo el mundo mirando, cuando bajo la luz de los focos del American Airlines Arena, en tu particular y voluntario destierro, en la Ítaca que se te aparece en todos los sueños, te autocoronarás emperador y rey de todos los que practicamos este deporte. Sólo un Kevin Durant tocado por una varita podría impedirlo. Disfrutemos de estos momentos para la historia. Saboreemos cada segundo de este baloncesto que no están regalando Heat y Thunder en el lugar que Lebron ha elegido para establecer su legado. 



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Tougher than the rest






Aprovechando el último día de “The Boss” en España he querido rendirle un personal homenaje utilizando alguno de sus títulos más conocidos para hacer un pequeño análisis sobre las múltiples lecturas que nos está dejando la final de la NBA.

Land of hope and dreams. Una tierra para la esperanza y para los sueños. Justo eso es la Península de Florida en la que unos españoles atracaron allá por el siglo XVI. Más recientemente, Miami se ha convertido, también, en una vía de escape ideal para los disidentes cubanos perseguidos por el régimen militar. La imagen del American Airlines Arena reflejado sobre la lámina de agua que lo circunda con la noche ya cerrada sobre Miami vino a corroborar esta teoría. Sin duda un fantástico escenario para que los sueños se vean de una vez cumplidos. 



Cover me. La confianza en el compañero es el principal pilar de la defensa de los Heat, una retaguardia ideada para contener los ataques, siempre de frente en uno contra uno o pick and roll, de unos Thunder a los que les cuesta anotar si no es en transición. Las rotaciones defensivas de los de Spoelstra son simplemente magníficas y su capacidad física no tiene nada que envidiar a la de los chicos de Oklahoma.

Wish I were blind. Eso debió pensar Joe Crawford cuando señalizó la cuarta falta personal de Kevin Durant. El veterano árbitro no quiso pasar por alto un leve contacto del antebrazo de éste sobre Wade y envió a la estrella de los Thunder al banquillo cuando estaba desarrollando su mejor juego ofensivo. Joe Crawford no quiso hacer la vista gorda y a los de Brooks se les cayó el mundo encima mientras el aro se les hacía cada vez más pequeño.

My best was never good enough. Al menos hasta ahora. Lebron James tiene muy claro que su talento atlético y baloncestístico no ha sido suficiente hasta la fecha. Por ello entiende que está ante su gran oportunidad para demostrarle al mundo, y sobre todo a sí mismo, que su juego, a fecha de hoy, sí es el requerido para erigirse en el único dueño y señor de la competición.



Working on a dream. Tipos como Bosh, una estrella cómodamente instalada en un rol secundario, Battier, Haslem o James Jones lo tienen muy claro, ellos trabajan por un sueño y lo hacen en el sentido más literal de la palabra. Su actuación sólo puede ser calificada como de profesional y ello, en estos tiempos que corren, es toda una garantía de éxito. En la batalla de secundarios los Heat se están imponiendo a unos jugadores de Oklahoma perdidos en medio de una rotación que, en mi opinión, no está siendo la acertada.

Thunder Road. Empieza a oscurecer sobre la cada vez más estrecha carretera por la que han decidido circular los Thunder para llegar hasta su objetivo final. Su juventud les impide preocuparse por las cerradas curvas y las escarpadas cunetas. En la eliminatoria contra San Antonio ya se asomaron al precipicio. No les gustó lo que vieron y ganaron los cuatro partidos siguientes. ¿Serán capaces de controlar el pánico y llegar hasta ese lugar llamado Victoria?

Tougher than the rest. Así, más duro que los demás, ha demostrado ser Lebron James en estos tres partidos que llevamos de final. Su juego no está siendo brillante y sus tiros en suspensión, pocos, no están cayendo en el aro. Sin embargo, a base de potencia, deseo y ambición, Lebron James está consiguiendo sumar en ambos lados de la cancha y está haciéndole la vida mucho más difícil a un Kevin Durant que si no hace más tiros es porque la defensa de James se lo impide.

El cuarto partido, en la madrugada del martes al miércoles, nos dará muchas pistas sobre el destino del acontecimiento más importante de un deporte, no lo olvidemos, nacido en los Estados Unidos. A partir de su desenlace podremos presumir cuál de los dos equipos yacerá sumergido en las profundidades del río y cuál, sin embargo, se adentrará en un túnel de amor, el que conduce inevitablemente hacia el anillo de la NBA. 



UN ABRAZO Y BUEN VIAJE DE VUELTA BOSS

Juego de Tronos





Derrocadas las dinastías más pujantes de la primera década de siglo, Spurs y Lakers, y enterrada, aunque es difícil adivinar si para siempre, la mística que envuelve a los caballeros del trébol, un nuevo panorama se abre en ese océano de tierra que se encontraron españoles, ingleses y holandeses allá en la Edad Moderna.

En esa tierra indómita, mezcla de pedregales y llanuras fértiles, de montañas cuarcíticas y desiertos fríos, dos reinos se disputan la hegemonía. De la Península de Florida, estrecha franja de tierra que separa el Océano Atlántico del Golfo de Méjico, proceden los Heat, los señores del calor, doce guerreros acostumbrados a batallar sin armadura intentando hacer daño en el campo abierto. Su indiscutible señor responde al nombre de Lebron James. Le escoltan sus dos más fieles aliados: Dwyane Wade y Chris Bosh. Su séquito, más que por su habilidad o destreza, destaca por su intachable fidelidad, por su más que probada lealtad.

Dos mil kilómetros hacia el oeste, entre las Tierras Altas y las Grandes Llanuras, asolado por incendios y tornados, se erige el reino del trueno gobernado por una dinastía que abandonó, hace pocos años, el frío y lluvioso noroeste para instalarse en latitudes más cálidas. Aquí, en esta tierra de nadie abierta al ataque de cualquier enemigo que ose penetrar sus fronteras, manda Kevin Durant, un extraterrestre con cualidades de procedencia desconocida. Un siempre insidioso Westbrook, le disputa el cetro desde dentro. Por fortuna, el otro miembro del triunvirato se encuentra centrado en otras guerras y es que para Harden no hay nada mejor que herir una vez tras otra la moral del enemigo a base de triples o penetraciones imposibles. Cabe destacar, también, la imponente presencia de dos centinelas, Serge Ibaka y Kendrick Perkins, la pareja mejor preparada para contener los ataques enemigos.


Calor y trueno no son realidades físicas enfrentadas. Más bien, al contrario, se encuentran íntimamente ligadas y coalescen en el tiempo. Lo que está claro, es que ambas necesitan de una importante fuente de energía, una energía que, durante las dos próximas semanas, encontrará su origen en el deseo que ambos reinos tendrán por hacerse con el anillo de la NBA, un anillo para dominarlos a todos.

Un anillo que pasa, ya en clave baloncestística, por lo que puedan hacer secundarios como Battier o Haslem en los Heat y Collison o Fisher en los Thunder. Su aportación suele pasar desapercibida, pero son esos puntos con los que los rivales no cuentan los que más daño hacen a la estrategia rival.

Será clave, también, la aportación de Chris Bosh. Puede que Spoelstra siga utilizándolo desde el banquillo para igualar el flujo anotador que aporta Harden en Oklahoma y para evitar enfrentarlo, directamente, con esa guardia pretoriana formada por Perkins e Ibaka que protege el aro de los de Brooks.

Decisivas, también, serán las actuaciones de Westbrook y Wade. Dos de los mejores dribladores de la liga, dos de los físicos más explosivos, se verán cara a cara durante muchos minutos cada partido. No descarten que Westbrook defienda a Wade en los minutos calientes de la serie mientras Durant se “relaja” tapando con su envergadura los triples y las penetraciones de Mario Chalmers.

Será interesante, también, comprobar cuál de los entrenadores conduce la partida a su terreno, quién de los dos, Spoelstra o Brooks, mueve sus fichas antes para colocar un quinteto formado por cuatro exteriores. Creo que a ambos, por las piezas que tienen, les puede interesar oponer este formato. En ese momento la táctica dejaría paso al talento y la trinchera a un frente descubierto de cualquier tipo de obstáculo para que decidan el talento y la fortaleza mental.

Será esta última cualidad, la fortaleza mental, la que termine por decidir cuál de los dos monarcas es el rey mejor preparado para dirigir los designios de la nación. Aunque a priori parece imposible decantarse por Lebron James o Kevin Durant atendiendo a cuestiones numéricas o deportivas más allá de gustos o preferencias personales, esta final, este choque en las alturas, nos puede dar muchas pistas sobre el verdadero carácter de los aspirantes. James intentará anotar en transición, tras penetración, desde el tiro libre o a través de sus suspensiones en el rango de los 5-6 metros. Durant, además de todo eso, puede hacerlo también desde más allá de los 7,24. James defenderá a Kevin. No, en cambio, Kevin a James salvo en contadas ocasiones. Lebron, buen conocedor de la leyenda de Alejandro el Magno, intentará convertir el duelo en algo personal. Durant, más persa que macedonio, más Darío que Alejandro, se refugiará en sus tropas sabedor de que la gloria final no pasa por meter, rebotear o asistir más que Lebron, sino porque el equipo anote un punto, aunque sólo sea uno, más que el rival. 




Por ello ganarán los Thunder, por la astucia y saber hacer de su rey. He ahí mi pronóstico. Los del trueno en siete bonitos partidos en una final que promete ser la mejor desde las que libraron Celtics y Lakers en los ochenta. Y tú, ¿con qué rey te quedas? 



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Va de finales





Junio es un mes especial. Es prólogo y epílogo, alba y ocaso, hola y adiós. Es un salón de entrada con vistas al deseado verano, pero también una especie de finisterre en el que es inevitable echar la mirada atrás. Este junio, como siempre, va de finales. De finales de curso, de finales de ciclo. De finales tristes, pero también felices. De finales que son el final y de otros que son sólo el principio. Lo que es seguro es que, al menos el baloncesto, aún nos tiene que deparar varios de éstos inciertos.

El deporte de la canasta apura los últimos acordes de su genial melodía. Este año, es cierto, nos regalará un bis en Londres, pero no sabemos, aunque lo esperamos, si la cita olímpica logrará estar a la altura de los regalos que nos viene haciendo durante todo este año. Hagan memoria, si no, y recuerden esa canasta de Printezis que puso el lazo dorado a una remontada digna de cualquier epopeya griega. O las sorpresas con las que nos obsequiaron Real Madrid y Perfumerías Avenida en los respectivos trofeos coperos. Por no hablar de lo mucho y bueno que se está pudiendo ver en los playoffs de la NBA en una temporada a la que habrá que quitarle para siempre el asterisco del lockout.

Pero no se trata de hacer balance. No, al menos, todavía. No cuando aún se encuentran en juego las dos competiciones más importantes de la esfera basket. Desde hoy, y quizá hasta que se dispute un quinto partido, se pone en juego la hegemonía en el territorio español entre las dos marcas más reconocibles de nuestro deporte y, probablemente, de nuestro país. Real Madrid y Barcelona miden fuerzas y comparan sus particulares virtudes enfrente de un espejo detrás del cual, esperemos, estén millones y millones de aficionados. Los de Laso jugarán a ser más y los de Pascual intentarán que todo parezca menos. El Madrid buscará ser más rápido, más alto y más fuerte, es decir, jugar en campo abierto, anotar en la zona y controlar el rebote. El Barcelona, por su parte, intentará minimizar todas las aptitudes del conjunto blanco apelando a su mayor cualidad, la defensa. Si hiciéramos caso a la máxima baloncestística de que los ataques ganan partidos y las defensas campeonatos deberíamos ir entregándole el trofeo a los de Pascual. Por fortuna, a Laso también le salen las cuentas. Le bastará con que su colección de talentos le ganen en inspiración a un Navarro al que no sabemos muy bien cuánto le están afectando sus repetidas lesiones.

En el otro lado del charco, en esa sucesión de noches mágicas que a modo de aurora boreal iluminan nuestras casas de madrugada, las finales de conferencia han ido cogiendo forma. Se disputaron ya los quintos y habitualmente decisivos encuentros. Para sorpresa de todos, al menos en la Conferencia Este, ganaron los visitantes. Los jóvenes traviesos de Oklahoma City de la mano de su cuarteto mágico de cuerda en el que no debemos dejar de incluir a Ibaka y los viejos rockeros de Celtics que, siguiendo una partitura un poco más emborronada, siempre consiguen reunir la admiración de todos los que les seguimos. Consiguieron, ambos, ganar tres partidos consecutivos con todo lo que ello implica. Demostraron que es posible ajustar sobre el ajuste y prever lo que el entrenador rival puede diseñar. Ganaron Thunder y Celtics. Ganaron Brooks y Rivers. Ganaron Durant y Harden, Pierce y Garnett. Lo dicho, con diferentes registros y modos de hacer. Apelando a patrones opuestos que, si logran cerrar las eliminatorias, veremos colisionar en una Final que no por inesperada dejaría de albergar grandes dosis de interés.

Llega el final. El ganar o el irse a casa. Se siente ya el calor de las caldeadas atmósferas que tanto en el Ford Center de Oklahoma City como en el TD Banknorth Garden de Boston se están cociendo a fuego lento para recibir a Spurs y Heat, los a priori favoritos que ahora sienten la necesidad, imperiosa, de ganar para jugar la Final. De ganar, para que no sea el final. 



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS