De actualidad




Movistar Plus se ha hecho con los derechos de la ACB. Como cliente de la plataforma, he recibido la noticia con moderada alegría. Personalmente, podré disfrutar de cuatro partidos en el momento de la semana que yo quiera, pues los contenidos permanecen guardados durante siete días en la nube. Cuento, además, con que la realización será de mayor calidad y con que los comentarios técnicos también aportarán un poco más de luz a lo que suceda en la cancha.

Era cuestión de tiempo que Movistar Plus concentrara la oferta de baloncesto en televisión, entendiendo por televisión el actual acceso multidispositivo (tablets, teléfonos, ordenadores,...). Promocionar y difundir espectáculos deportivos cuesta dinero. Los medios técnicos y humanos tienen un valor que la publicidad no llega a cubrir por sí sola. Menos aún cuando la audiencia que puede registrar un partido de ACB apenas supera el centenar de miles.

Y aun así mi alegría es moderada. Crecí al amparo de los partidos de ACB emitidos durante el mediodía de los domingos y de los resúmenes difundidos los lunes. Soy consciente de que muy pocas familias de clase media se pueden permitir en estos momentos asumir el coste de la plataforma digital. Muy pocos niños podrán tener, así, un primer e inocente contacto con el baloncesto allá donde no exista un equipo de referencia (sin olvidar que Teledeporte mantiene la emisión de un encuentro por jornada). Lo sé bien porque es uno de los principales hándicap que acusa mi querida Salamanca. Crecer huérfanos de ídolos es difícil y es que, cuando es necesario apurar el esfuerzo, dar un poco más de lo que el sentido común indica, conviene visualizar y tener presentes a los que lo hicieron antes que nosotros.

Esto que es así desde un punto de vista más bien romántico, es bien distinto desde la óptica empresarial. El baloncesto tiene un micho de mercado reducido, sí, pero al menos permite afrontar una inversión privada. Movistar Plus era el receptor natural de estos derechos. Cuenta con la infraestructura, la experiencia y los medios humanos necesarios para ofrecer un producto de calidad. Permítanme, por lo tanto, que no me posicione en este debate que tan encendido ha estado durante los últimos días en las redes sociales.

Por otro lado, regresando al ámbito puramente deportivo, quiero transmitirles mi personal balance sobre lo vivido, in situ, como espectador del Real Madrid-Boston Celtics del pasado jueves. Dos equipos mermados por las bajas, cortos de entrenamiento y en un ambiente no competitivo midieron sus fuerzas en el Palacio y del encuentro entre dos históricos rescaté las siguientes conclusiones a modo casi de titular:

1. Los equipos NBA ejecutan técnicamente mejor, y más rápido, todo tipo de acciones ofensivas y defensivas (finalizaciones, pases tras división, recursos sobre bote, negación de trayectorias en defensa, persecución en bloqueos indirectos,...) y, además, fintan hasta para ir al baño.

2. El nivel de actividad de manos y presión al balón es mucho más alto que en Europa y la táctica existe en igual o mayor medida. Simplemente cuentan con más armas y aceptan de mejor grado el hecho de que el talento pueda imponerse sobre la pizarra rompiendo un planteamiento concreto.

3. Los equipos NBA vuelan, aunque aquí cabría introducir matizaciones. Los Celtics, al menos, vuelan. Ocupan enseguida las dos calles laterales y la central y trasladan el balón a pista ofensiva en menos de tres segundos.

4. La cantera NBA es infinita. El modelo universitario garantiza que cada año entre cuarenta y cincuenta jugadores vayan introduciéndose en la dinámica de la liga. Teniendo en cuenta la longevidad de los jugadores, esto genera una masa tal de candidatos que la competencia por un puesto se vuelve durísima, lo que garantiza, en última instancia, la calidad. Europa necesita que empiece a cundir, si no un modelo universitario que parece inviable por cuestiones geográficas y demográficas, un modelo de academias que permitan a los chicos estudiar y jugar a un alto rendimiento.

5. Todo por el espectáculo. La NBA sabe muy bien que es ante todo es un modelo de negocio que se sustenta gracias a la enorme masa de aficionados que mueve alrededor del mundo. Esta filosofía, compartida por todos sus miembros, aflora dentro y fuera del parqué de formas más o menos explícitas. Mucho que aprender.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Almas gemelas





Hoy me desplazo a la capital de España para ver el encuentro entre los Boston Celtics y el Real Madrid, reedición de aquel otro que enfrentara a ambos equipos en 1988, cuando Petrovic aún correteaba por las canchas anotándola desde todos lados y cuando Larry aún vestía de verde. Y, aunque parafraseando a Rick Pitino, Larry Bird no va a cruzar la puerta del Palacio esta noche (“Larry Bird no va a entrar por esa puerta” confesó el técnico para rebajar el grado de expectativas de los periodistas), el enfrentamiento entre las dos marcas baloncestísticas más laureadas de la historia de este deporte tiene siempre un significado especial.

Diecisiete anillos y nueve Copas de Europa definen el principal paralelismo entre ambos conjuntos. La persecución obsesiva de la victoria es una seña de identidad compartida. Tanto Boston Celtics como Real Madrid se alimentan únicamente de gloria. Su principal combustible es un pasado que imprime carácter y exige resultados. Nombres como Emiliano Rodríguez, Clifford Luyk, Wayne Brabender, Juan Antonio Corbalán, Drazen Petrovic o Arvydas Sabonis inspiran y responsabilizan a las nuevas generaciones de madridistas del mismo modo en que lo hacen los de Bob Cousy, John Havlicek, Dave Cowens, Kevin McHale, Larry Bird, Paul Pierce y, por supuesto, Bill Russell con los nuevos pupilos célticos.

Ambos clubes, además de grandes nombres y triunfos, comparten el paralelismo evidente y a dos entre la pareja que formaron Raimundo Saporta y Pedro Ferrándiz en Madrid con la inseparable, hasta la muerte del primero, entre Walter Brown, primer propietario de los Celtics y Red Auerbach, el más grande pionero que ha conocido el deporte de la canasta. La apuesta de Raimundo Saporta y Walter Brown por dos entrenadores como Ferrándiz y Auerbach redundó en los dos períodos de mayor éxito concentrado que un equipo, cada cual en su orilla del Atlántico, haya conocido.

Sin embargo, a fecha de hoy, los caminos se hallan separados. El Real Madrid atraviesa una época dorada claramente ligada, una vez más, con una afortunada elección de cuerpo técnico. Gracias a Pablo Laso y a unos cuantos sabios movimientos en el mercado de fichajes, el Real Madrid ha conseguido disputar tres veces consecutivas la final de la Euroliga cosechando, finalmente, el último de estos campeonatos. Las normas relativas a los salarios y a los traspasos generan inercias mucho más poderosas en la NBA. De ahí que los períodos de transición sean más largos en la mejor liga del mundo, donde el poderoso caballero no lo es tanto. De ahí que los Celtics, aunque circulen por el camino correcto con la elección de Brad Stevens, aún deban esperar para reverdecer viejos tréboles.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

El mejor (por inesperado)





Como cuando Phileas Fogg descubrió que su tiempo no había acabado, que había ganado un día viajando hacia el este y que aún tenía veinticuatro horas para abrir las puertas del Reform Club y ganar su apuesta. O como cuando nace un hijo inesperado con el que ya no se contaba. Así nos sentimos, en cierta manera, los aficionados españoles de baloncesto después del triunfo de esta noche. Pensábamos que nuestros ochenta días se habían agotado y que no habría más vástagos de los que presumir, que toda la cosecha estaba ya recogida y que aguardaba un largo período de barbecho en el horizonte.

Pero no, cuando ya las canas acechan a quienes éramos unos niños cuando Gasol y compañía ganaron el oro junior de Lisboa, el principal referente de esta dinastía inigualable aún sigue alucinándonos con su polifacético despliegue en la cancha. Su control del rebote defensivo, su capacidad para la intimidación, su dominio de los tiempos y de los espacios tanto en el poste medio como en la cabeza de la bombilla y su calidad para resolver en situaciones de uno contra uno, bien anotando, bien asistiendo; lo convierten en uno de los más grandes jugadores europeos de todos los tiempos. Pero la mirada de admiración que le lanzó Felipe VI mientras se reunían para la foto con el trofeo no tenía que ver solo con estas cualidades, sino principalmente con la naturalidad con la que ejerce su liderazgo y asume su posición en esta España rota por maleantes que han hecho un uso cínico de la palabra; para llenarse la boca con ella o para escupirla en el suelo.

A pesar del justo reconocimiento a lo realizado por Pau Gasol, el baloncesto, por sus propias características, nos exige recalcar la labor colectiva e incluir en esta lista de agradecimientos a todos cuantos participaron de este enorme éxito. Mención aparte, quizá, merece Felipe, tal vez el hombre que debió saltar a la cancha para arreglar el desaguisado en los cuartos de final del pasado mundial. También Rudy, por su sacrificio, por aceptar que aun no pudiendo ofrecer su mejor versión, el equipo le necesitaba aunque dolorido. También los Sergios, jugando a otro paso del que imponen en el Real Madrid, asumieron un papel protagonista en ausencia del resto de bases y de Navarro. Ribas también cumplió, como lo hizo Claver cuando nos hizo falta su presencia en el rebote. Y caso aparte fue el de Mirotic. El montenegrino se ganó un nuevo visado a la selección. No es Ibaka, pero sí un complemento más que apropiado para el juego de Pau Gasol. El próximo año surgirá nuevamente el debate. No tengo la respuesta.

Sí me mojo, en cambio, a la hora de valorar muy positivamente la labor del cuerpo técnico. La de Nacho Coque, al frente de la preparación física, pues todas las dudas de los primeros partidos quedaron despejadas con las exhibiciones en los últimos cuartos de los cruces de octavos en adelante. Es decir, la selección llegó justa, sí, pero premeditadamente justa al inicio de la competición. La de los fisios, recuperando gemelos, tratando espaldas, reparando golpes físicos pero también morales (la lejanía de la familia, las críticas de los aficionados,...). La de los entrenadores ayudantes, Jaume Ponsarnau y Txus Vidorreta, que estudiaron a los rivales con mimo y al detalle y, por supuesto, la de Sergio Scariolo, ese personaje de videojuego con el que siempre querrías jugar por ser sus vidas infinitas. Y su conocimiento. Y su templanza. Y su profesionalidad.

Ganamos sin Ricky, Navarro, Calderón, Garbajosa, Carlos Jiménez, Ibaka, Marc Gasol,… Ganamos contra Nowitzki, Antetokoumnpo, Parker, Bjelica, Gallinari o Valanciunas. Ganamos mientras en España se señalaban culpables con el dedo y se afilaban las guillotinas. Ganamos cuando ya no contábamos con ello, cuando habíamos asumido YA el progresivo languidecer de nuestros héroes. No, no es 1999, ni 2006. Ni 2011 o 2012. Comprúebenlo, si no, mirándose en el espejo.


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VALORS




Para comprender la verdadera dimensión de Pau Gasol no hace falta recurrir al partido de ayer, superlativo en todas las facetas, las evidentes (puntos, rebotes, faltas recibidas, tapones,…) y las que no lo fueron tanto (liderazgo e intimidación). Basta con repasar el vacío que representó y representará su ausencia cuando esta se vuelva permanente. Pese a que su compromiso con la selección es innegable, alimentado por el propio entusiasmo que le genera el poder competir junto a sus compañeros, también hubo veranos de merecido descanso para él. El primero, el de 2005, en el Europeo de Serbia, donde caímos en semifinales ante Alemania antes de ser apabullados por Francia en el tercer y cuarto puesto. El segundo, el de 2010, cuando un triple de Teodosic nos impidió, en cuartos de final, defender el título conseguido en Japón. El tercero en 2013, donde conseguimos el bronce tras perder en la prórroga ante Francia en semifinales.

En aquel campeonato, injustamente valorado por parte de la prensa y los aficionados, Marc Gasol ejerció la labor de líder en ausencia de su hermano. Huérfano de sus compañeros de pintura (no estuvieron tampoco Reyes, Ibaka o Mirotic) aunque rodeado de todos los exteriores; Navarro, Ricky y Calderón incluidos, Marc trató de ejercer esa labor de abanderado en la cancha. Y en la pista, en mayor o menor medida, lo logró al erigirse en una auténtica referencia. Pero su figura es otra, diferente en cualquier caso de la que simboliza su hermano mayor.

Pero es que en la comparación con Pau pierden todos, también los grandes pívots americanos, a los que superó en los enfrentamientos individuales que libraron en las dos últimas finales olímpicas. También todas las estrellas europeas que brillaron en la NBA. Ni Nowitzki ni Parker, MVP de la temporada el primero y ambos de la final de la liga estadounidense, han conseguido representar para sus respectivos países lo que Pau es para España.

Gasol mezcla a la perfección la ambición que se necesita para llegar y mantenerse en la élite del deporte con la humildad que siempre caracterizó a los grandes hombres. Pau no necesitó hacer de menos a nadie para ser uno de los mejores del mundo. Tampoco entrar a valorar comentarios despectivos que le situaban a la sombra de James Posey como verdadera estrella de los Memphis Grizzlies de comienzos de milenio, como un jugador blando incapaz de llevar a su equipo a un anillo de la NBA o como principal responsable de la debacle de los Lakers tras el anillo de 2010. Ante cada insinuación respondió con una gran actuación en la cancha. Ante cada provocación con un micrófono por medio, con las palabras precisas para defender su posición sin caer en lo vulgar.

Pau, en estos tiempos en los que el sentido común se halla a la deriva, con la vida política de su Cataluña natal más agitada que de costumbre y compartiendo minutos de televisión con ídolos con pies de barro y cerebro de serrín, se postula como uno de los grandes ejemplos a seguir. Si todo fuera como debiera ser, su partido de ayer habría sido comentado esta mañana en todos los colegios del país. Pocos libros de texto recogen tan bien como la actuación de anoche de Pau, esos valores que todos los docentes enamorados de su oficio desearían enseñar.




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El final del verano





El final del verano huele a la tierra mojada que dejaron las últimas tormentas –¿o quizá fueron solo las lágrimas que anticiparon amargas despedidas?– El final del verano suena a las bielas de las bicicletas que, una vez abandonadas por sus dueños, se niegan a aceptar su hibernación forzosa. El final del verano luce tonos oscuros, crepusculares, y su tacto es áspero y cortante. Y, sin embargo, anuncia un nuevo capítulo de nuestras vidas; un año laboral, académico o deportivo que se abre ante nosotros y que es habitual comenzar repletos de optimismo.

Tiene el verano el don de poner a cero los contadores. Entre la arena de las playas, los riscos de las altas cumbres o en la quietud de las hamacas junto a la piscina es fácil padecer un ataque de amnesia selectiva y rescatar de lo vivido, únicamente, su vertiente más amable y reconfortante. Por eso es habitual llegar a septiembre ilusionados. Por eso el primer entrenamiento suele ser el mejor de la temporada en términos de voluntad y esfuerzo, aunque el balón parezca un extraño y pese a que al final del mismo las piernas parezcan sacos de hormigón. Por eso en el reencuentro del colegio o el trabajo, todos parecen más guapos y hasta más jóvenes. Todo gracias al verano.

Tiene el final del verano, también, un aire de regreso, de retroceso en el tiempo. Y es que cuando todo arranca parece necesario volver a repasar los mecanismos y protocolos, recordar cómo se avanza una pierna sobre la otra para mantenerse en equilibrio. Cada comienzo implica un acto de humildad y reconocimiento de nuestras limitaciones. En cada comienzo, leyes naturales, pero también convencionalismos, nos recuerdan lo gregario y dependiente de nuestra existencia. Esto mismo nos sucede a los entrenadores. Y no solo a la hora de afrontar planificaciones de mesociclos, microciclos o sesiones. También a la hora de afrontar el trato personal con los chicos y sus familias, o a la hora de llevar a cabo trámites imprescindibles como la elaboración de las licencias o el alta de todos los miembros de la plantilla en un seguro deportivo. Todo es un volver a empezar. Todo es un continuo aprender.

Todo para que luego la temporada nos envuelva en su particular vorágine de entrenamientos, viajes y partidos hasta que, inmersos en la bruma y una vez alcanzada la alta mar, sea inútil ya volver la vista hacia la playa que abandonamos en esos días tristes, pero al mismo tiempo alegres, del final del verano.


MUCHA SUERTE PARA TODOS EN ESTA TEMPORADA QUE ESTÁ A PUNTO DE COMENZAR. UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS.

Que veinte años no es nada




Otra vez en los cuartos de final de un gran campeonato, en el lugar que nos corresponde por demografía y tradición baloncestística. Estamos donde hace un año, en nuestro mundial, pero con la sensación de haber retrocedido dos décadas en el tiempo, a un nuevo período de transición, como aquel que tuvimos que atravesar entre la generación de Los Ángeles 84 y esta que apura sus últimas fuerzas. Ahora mismo, a fecha de hoy, a una semana de que finalice el Eurobasket, un objetivo razonable podría pasar por ganar un único partido. Ello nos garantizaría estar entre los siete primeros y acudir al Preolímpico a luchar por una plaza para Río. Hay tres o cuatro selecciones mejores que España quilate a quilate y una de ellas es Grecia. Ganarles, admitámoslo, sería una sorpresa.

Es triste, pero son las sensaciones que nos deja un grupo que, sin el talento de otras ocasiones, se aferra a la presencia de Pau Gasol para seguir soñando en bronce, plata u oro. Pero Pau está magullado, al límite de sus fuerzas, soportando el dolor sabedor de su importancia. Una importancia que sería extraordinaria en cualquier equipo, y que se muestra vital en las actuales circunstancias. Su séquito tiene menos talento, menos desparpajo y menos gasolina que aquel que le acompañara en pasadas citas olímpicas, mundiales o continentales. Gasol quiere estar en Londres. Gasol quiere ganar cada partido. Gasol sabe que, sin Gasol, España es una selección vulgar.

De la sequía de nuevos talentos, quizá tenga que ver la propia alargada sombra de esta generación, una generación a la que todos los seleccionadores han ido prolongando su fecha de caducidad, conscientes de lo insustituible de su sello. Sin embargo, más allá de que se le hayan cerrado puertas a posibles talentos de futuro, lo cierto es que la factoría lleva años funcionando bajo mínimos. La base de nuestra selección ronda o supera ampliamente La treintena. Ricky, Mirotic e Ibaka, con la particularidad de que de estos dos últimos solo podremos utilizar a uno en los diferentes campeonatos, están a la espera de dar un salto en su protagonismo. Es el resultado del descenso de nivel de las competiciones nacionales, víctimas de la crisis; de las prisas de algunos entrenadores por cosechar antes de tiempo y de numerosos factores sociológicos que hacen que cada vez sea menos rentable arriesgarlo todo para emprender una carrera profesional.


Hace veinte años, un 30 de junio, en la radio del coche de mi padre, aparcado junto a la playa de Alba de Tormes, escuché cómo perdíamos ante los anfitriones griegos en el choque de cuartos de final por 66 a 64. Eran los años de Dejan Stankovic como presidente de FIBA, años de continuas sospechas de prevaricación arbitral. Eran años, también, en los que la selección acudía acomplejada a las citas internacionales. Quizá, siendo realistas, debamos ir acostumbrándonos a acudir nuevamente a los torneos sin la vitola de favoritos. Tal vez tuviera razón el gran Carlos Gardel. Tal vez estemos obligados a aceptar que veinte años no es nada y "volver" a pensar como entonces. 


P.D. En los últimos minutos se ha conocido la muerte de Moses Malone, uno de los pívots más dominadores a comienzos de la década de los ochenta. Descanse en paz. 

Una generación perdida




La participación de la selección española de baloncesto en el Eurobasket 2015 no ha comenzado bien. La contundente derrota ante Serbia no ha ayudado a despejar dudas. También empezamos perdiendo el Eurobasket 2009 ante Serbia, dicen los optimistas, pero más allá del resultado el partido dejó dudas sobre los mecanismos e inercias de nuestra selección. 

Solo dos miembros, Pau Gasol y Felipe Reyes resisten de la promoción del 80, una generación que se estudiará en la asignatura de historia cuando esta incluya en el currículo, como hace con otros elementos culturales, el estudio del deporte. Aquella hornada de jugadores nos elevó a un cielo que no es el nuestro, que no nos corresponde ni por tradición, ni por demografía ni por escuela. 

El pasado jueves, en la columna de temática deportiva que escribo en el diario digital local de Salamanca, quise hablar de esta generación al tiempo que compartir el escaso poso que esta ha dejado en la cultura deportiva de nuestro país. Pasarán definitivamente los Gasol, Navarro, Reyes y compañía y el baloncesto seguirá despertando el mismo entusiasmo entre nuestros jóvenes. 


El próximo sábado comenzará una nueva andadura de la selección española de baloncesto. Será el octavo Eurobasket para los supervivientes de la Generación del 80, la encabezada por Pau Gasol, Felipe Reyes y Juan Carlos Navarro, y a la que los buenos aficionados recordaremos como si de la del 98 o 27 se tratase. Juntos ganaron el Europeo junior de 1998 y el Campeonato del Mundo, también junior, de 1999 y, con la ayuda de compañeros de otras edades, toda una panoplia de medallas en torneos absolutos entre la que destacan el oro en el Mundial de 2006, el de los Europeos de 2009 y 2011 y las dos platas olímpicas en las que consiguieron llevar al límite al combinado de estrellas estadounidense.


Han pasado dieciséis años desde aquel julio lisboeta. Dieciséis años en los que muchos hemos crecido al paso de sus quijotescas aventuras. Porque era empresa digna de Don Quijote el soñar con lo que han conseguido muchos de ellos, también a nivel de club: soñar con jugar en la NBA y, mucho más aún, el hacerlo con ser All Star o campeón. Ahora, todos nosotros, Sanchos enloquecidos ante lo que han visto nuestros ojos, nos lamentamos únicamente porque al final del camino no habrá ínsula, reino o señorío para el baloncesto español. Disfrutamos el camino, claro, pero hemos despertado y nos encontramos pesarosos porque solo fue eso, un camino que desembocó en la misma yerma llanura de la que partió.


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Estudiar y competir





Es cierto, somos nuestras elecciones. Un sí o un no en un momento determinado y crucial de nuestra vida puede determinar el destino de la misma. Es inevitable, lo admito, pero no admito, en cambio, que un chico con cierto talento para el deporte deba inclinarse por estudiar o abordar sin arneses la escalada hacia el profesionalismo con apenas diecisiete años. Y es que, aunque existan excepciones, a esa disyuntiva nos conduce el sistema universitario español, más aún ahora que con Bolonia pretenden convertir al alumno en un agricultor “de sol a sol”, únicamente preocupado de su plantación, únicamente dedicado a un estudio que, por lo demás, sigue instalado en la regla agustiniana.

Luego nos extrañamos de que cada vez menos jugadores den el salto, de que las ligas inferiores, que deberían tener la fisonomía de una lanzadera, sean en realidad geriátricos de los que se niegan a salir, porque salir es morir, los viejos dinosaurios de nuestro baloncesto. Y con razón, claro, porque, como ellos bien afirman, no vienen por debajo chavales con la ilusión, el talento y la capacidad de sacrificio suficiente como para quitarles un sitio que ellos se ganaron entrenamiento a entrenamiento.

La mejor opción pasa por Estados Unidos, donde el sistema permite conciliar ambas realidades igualmente imprescindibles para quien se halla infectado por el virus del deporte y por la necesidad de sacar adelante un buen expediente académico que actúe como salvaguarda en caso de que el talento no sea suficiente o la fortuna se muestre esquiva. Ahora bien, todo lo que suena a cruzar el charco e ingresar en uno de esos campus mitificados por las películas de nuestra adolescencia, genera cierto miedo en los jóvenes deportistas y sus familias. Es lógico. Más aún si tenemos en cuenta que en este mundo globalizado permanecen inalteradas las fronteras culturales, idiomáticas y sentimentales.

Como toda gran decisión vital, ir a estudiar a Estados Unidos requiere de una fuerte carga de información y asesoramiento para la que, después de haber estado leyendo sobre el tema, es necesario tratar con profesionales. A mi juicio, tras haberme informado para ayudar a un jugador al que tuve la suerte de entrenar, creo que la empresa que mejores y más completos servicios ofrece es la agencia AGM Sports, gestionada por antiguos beneficiarios de becas y, por lo tanto, por personas que conocen muy bien el proceso y las gestiones que acarrea. Y es que iniciar el curso en una universidad americana, ya sea con una beca deportiva o con una de carácter académico, requiere de numerosos trámites y de un trabajo de concienciación y de preparación previa con el deportista estudiante que comienza con muchos meses de antelación.

Todo para lograr ese reto que a priori no debería parecer tan improbable, ese sueño que no debería ser tal de integrar el deporte, de forma más o menos profesional, en la vida, sin que esta unión suponga un divorcio inmediato o una frustración imperecedera. Pero para ello hace falta una cultura deportiva que aquí en España, paraíso de tapas y cañas y de sueños que juegan a la lotería, aún no tenemos. Para ello hace falta que instituciones y corporaciones se den cuenta de los valores que aporta el deporte a nivel humano, de que formación académica y formación deportiva no deben ser rivales, sino complementos

Mucha suerte para todos aquellos que intenten cumplir este objetivo tan salpicado de sacrificios como de satisfacciones.






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¿Qué tal, entrenador?




La pasada semana quise emplear el espacio de la columna que todos los jueves escribo en el diario digital Salamanca RTV al día para hablar de la relación entre los jugadores y el entrenador, entre este y cada uno de ellos. Una relación que va más allá de lo deportivo, de las tiranteces del día a día, de las victorias y las derrotas y hasta de los desencuentros generacionales.


Al iniciarse en todo oficio es bueno contar con referentes. La osadía está bien, pero cuando carece de fundamentos deviene enseguida en ignorancia. Los míos, sin duda, se encuentran en el baloncesto universitario norteamericano, allí donde los preparadores, entrenadores, técnicos, o como se les quiera llamar, además de formar para la competición hacen las veces de tutores, de guías formativos y espirituales. John Wooden y Mike Krzyzewski estarían en el primer lugar de la lista.  

Poco antes de morir, de los ciento ochenta chicos que jugaron en sus equipos, John Wooden, el entrenador más laureado del baloncesto universitario norteamericano, conservaba relación con ciento setenta y dos. La mayoría lo llamaban semanalmente para preguntarle por su estado físico deseando, secretamente, poder recibir una nueva enseñanza –tal vez la última debido a su precario estado de salud– de quien fuera su maestro para poder transmitírsela a sus hijos. Y, de nuevo, como si no hubiera pasado el tiempo, su viejo entrenador les citaba las mismas palabras que les recitara a modo de sermón en su primer día en la Universidad de California Los Ángeles (UCLA): No mientas, no hagas trampas, no robes; gánate el derecho a estar orgulloso.  

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Bienvenidos al futuro





Allá por el mes de febrero, apurando el límite para la ejecución de traspasos, los Milwaukee Bucks intercambiaron a Brandon Knight por Michael Carter-Williams. El objetivo último de esta operación era seguir construyendo una plantilla plagada de hombres grandes para su posición, versátiles, esto es, con la capacidad para defender a tres o cuatro oponentes, y con gran envergadura.

Esta última fue la característica principal de los jugadores de rotación de los Milwaukee Bucks durante la pasada temporada; largos brazos para incomodar el bote, para tocar balones, para forzar pérdidas, para cerrar penetraciones, para cortar líneas de pase y para intimidar. Largos brazos también para puntear tiros desde distancias desde las que hacerlo sería imposible para el resto de mortales. Largos brazos para poder defender los uno contra uno con mayor separación y darse así una mejor oportunidad para anticiparse a los movimientos del atacante. Largos brazos que favorecen también closeouts más ordenados y no tan suicidas.

Gracias a esta apuesta y a los sistemas propuestos por Jason Kidd, su nuevo entrenador, la de los Bucks fue junto a la de los Warriors la mejor defensa, estadísticamente hablando, de la liga. Los Bucks fueron el equipo que forzó más pérdidas (17,4) y consiguió más robos (9,6) por partido. Consiguieron también de sus rivales el quinto peor porcentaje de tiro y ser el octavo equipo que menos puntos encajara, siendo el segundo bajo el parámetro normalizado de puntos recibidos cada cien posesiones (defensive rating). Pagaron peaje, eso sí, a la hora de cerrar el rebote defensivo, siendo el sexto peor equipo en esta faceta concediendo 26,7 segundas opciones cada 100 posesiones.

Ello les permitió pasar de un récord de 15 victorias y 67 derrotas a un balance equilibrado de 41-41. Eso sí, no lo consiguieron solo a base de tamaño y envergadura, sino también asumiendo los esquemas y la demanda de intensidad que les propuso su entrenador. Porque, parafraseando de un modo bastante libre el comienzo de Anna Karenina, todas las buenas defensas se parecen, pero las malas lo son cada una a su manera. Veamos en qué se parecen las buenas defensas.

1. Cierran las penetraciones impidiendo ganar con facilidad el centro de la zona, lugar del campo donde más posibilidades existen para generar un daño irreversible. Ello se consigue a base de un alto compromiso, una gran capacidad física y una buena técnica individual de desplazamientos y closeout.
2. Usan las manos provocando numerosos “deflections” o desviaciones de la pelota, terminen o no en una recuperación. Estos “balones tocados” merman la confianza de los atacantes y se comen segundos de posesión.
3. Llevan la iniciativa. Aprietan el balón para que no piense, conducen a los atacantes a zonas del campo no deseadas, le quitan el balón de las manos a la estrella rival. Son, en terminología reciente, proactivas. No reaccionan en función de la propuesta del atacante, sino que obligan a reaccionar.
4. Cuentan con grandes con capacidad de intimidación. Solo así, con la puerta de casa bien vigilada, se puede ser proactivo y agresivo. Solo si se cuenta bajo aro con gente grande, con capacidad y buen timing de salto es posible estrechar marcajes y forzar a los rivales a situaciones que les hagan sentir incómodos.
5. Se comunican y son generosas en los esfuerzos colectivos. Los jugadores se conceden e inspiran mutuamente confianza y se comunican constantemente para llegar a defender, por orden de prioridad, balón, aro y jugadores más próximos a balón. Todas las buenas defensas presentan un lado débil muy activo y bien posicionado para acudir a las ayudas.
6. Reducen al mínimo la producción ofensiva del equipo rival en acciones de pick and roll. Dado que el bloqueo directo se ha convertido en la fórmula más empleada de ataque, reducir su impacto estadístico se ha vuelto una prioridad. Los Bucks lo consiguieron siendo agresivos al balón en el caso de rivales con capacidad para tirar y generar juego (hedges o incluso traps y recuperación con posible rotación entre grandes) y negando el bloqueo en el caso de jugadores más bien penetradores y, por supuesto, en la situación de bloqueo lateral (45 grados) con independencia de la pareja que lo jugara. De hecho, fueron el mejor equipo defendiendo dicha situación, tal y como muestran las estadísticas avanzadas de NBA. Permitieron el menor número de puntos por parte del driblador (0,7 por cada situación de bloqueo directo) forzando el quinto peor porcentaje. En el caso del jugador bloqueador, permitieron 0,94 puntos, pero a cambio forzaron el mayor número de pérdidas.
7. Pelean cada balón. Ganan las batallas particulares y se apoderan de cada balón suelto. 

La adición de principios defensivos básicos con la apuesta por el tamaño, la envergadura y la versatilidad, derivó en un ejercicio defensivo fantástico del que todos debemos aprender y tomar nota. Antes de que empiece la temporada, e incluso a pesar de los traspasos acontecidos, me atrevo a apostar que la de los Bucks será nuevamente una de las mejores defensas de toda la NBA. Cuentan con un inteligente ideólogo en el banquillo y con los jugadores necesarios para ello; jóvenes, atléticos y humildes. Os dejo con este vídeo ilustrativo. Espero que os guste.





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