Peligro de extinción (II)





La semana pasada he estado siguiendo el Campeonato de Europa masculino sub 18 disputado en Grecia en el que la selección española solo ha podido ser séptima tras caer ante Bosnia en los cuartos de final. En él he observado que los chicos juegan igual que los adultos, es decir, que las selecciones de formación son clones de equipos ACB y selecciones absolutas. Esto es, corren más bien poco, juegan con sistemas elaborados que rara vez culminan en menos de catorce segundos, apenas introducen un balón interior, (los grandes son ejecutores de bloqueos y esforzados del rebote) definen en situación de bloqueo directo y como las defensas priorizan parar al driblador y la continuación todo acaba resumiéndose en un concurso de triples.

Solo las selecciones balcánicas constituyen una excepción, aunque la de Serbia U-18, en concreto, menos de lo que lo pudo ser la U-20 que le arrebató el oro a España en la final. Son verticales, construyen desde el uno contra uno y el concepto de dividir y doblar (draw and kick) y dominan el arte de la parada y tiro (pull up shot) y el de la fabricación de espacio desde bote. Normalmente carecen de especialistas y cuentan con tipos grandes, muy grandes, con una gran lateralidad, amenaza de tiro y presencia en el rebote.

La pregunta es si la formación debería tener sus propios códigos, si en vez de victorias los logros debieran estar enfocados a la promoción de los jugadores, aunque claro, defensores del estado actual de cosas afirman que solo a través de la competición puede terminar de formarse un jugador llamado a formar parte de la élite. Si preguntas a los técnicos federativos todos presumen de que el jugador español destaca entre sus compañeros de generación por su capacidad para competir. Y es cierto, pero a su vez es también un eufemismo de ciertas carencias relativas a la técnica individual que son, al final, junto con los condicionantes físicos, las que dan el pase a grandes contratos y grandes ligas.

Quizá el excesivo uso de soluciones tácticas que van más allá de nociones básicas sobre ocupación de espacios, acompañamiento de penetraciones y ofrecimiento de ángulos de pase se deba a que, de lo contrario, sin estas herramientas, nuestros jugadores no podrían competir de tú a tú con otras selecciones. Tiro de memoria y vengo a recordar una selección sub 19, en el mundial junior de Lisboa que vencemos, mucho más vertiginosa y simple en sus planteamientos. Y también con soluciones novedosas y a priori poco lógicas (Raúl López posteando a su par, unos contra uno de Pau Gasol desde seis metros,...). Ahora bien, quizá aquello solo pueda repetirse cuando volvamos a tener una generación de semejantes características. Y el sentido común nos dice que no se volverá a repetir.

Bueno, todo esto para continuar dotando de argumentos a mi particular posición en favor del juego uno contra uno, del enfrentamiento directo, de la lucha frontal entre el ánimo de crear y la necesidad de destruir. Nuevamente acompaño un vídeo, esta vez de Carmelo Anthony, ese nativo de Brooklyn de ascendencia portorriqueña y afroamericana que juega como dicta tal mezcolanza, como esa mezcla de parque y escuela que terminó derivando en uno de los más versátiles jugadores ofensivos. Capaz de anotar desde cualquier punto de la cancha, Carmelo es, junto con Kobe Bryant, el verdadero maestro de la triple amenaza, la situación de juego en la que el atacante, con los pies encarados a la canasta, puede realizar cualquier acción del juego pudiendo, a través del uso de las fintas, cubrir sus verdaderas intenciones. De nuevo, si sois jugadores o entrenadores, os invito a aprender de los mejores a través del siguiente vídeo. 


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UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Peligro de extinción





Los cuerpos son cada vez más atléticos, los brazos y las piernas de los jugadores cada vez más largos, los planteamientos tácticos defensivos cada vez más sofisticados gracias, en parte, a la utilización del scouting y a la lógica obsesión por contrarrestar los puntos fuertes del rival. Sin embargo, el campo mantiene sus viejas dimensiones y el reglamento permite a los equipos colapsar la zona para evitar penetraciones con triángulos defensivos tan amplios que es difícil encontrar un espacio por el que atacar. Eso y cortar, sin ni siquiera hacer el esfuerzo de defender, numerosos contraataques o intentos de penetración con la llamada falta táctica. Todo eso mientras se es extremadamente riguroso, en mi opinión, a la hora de aplicar el reglamento en torno a la violación por “pasos” en las arrancadas, los reversos o los traspié, por poner solo un ejemplo. De ahí, entre otros muchos motivos, que esa suerte primitiva de juego en la que dos jugadores se retan el uno al otro para medir sus habilidades haya quedado relegada a un segundo o tercer plano.

Pero no es solo una cuestión legal. Es también un tema de educación. No formamos a jugadores capaces de superar en el uno contra uno a su defensor. Enseguida, en edades cada vez más tempranas, le ofrecemos al jugador soluciones tácticas, bloqueos que le faciliten la recepción, bloqueos que le permitan progresar hacia el aro. Poco a poco hemos ido eliminando esa bella pugna del uno contra el otro poniendo trabas al desarrollo del talento del jugador, poniendo demasiado alto el listón de lo que consideramos “un buen tiro”. Muchos entrenadores de cantera, obsesionados por un resultado inmediato y consumidores, fundamentalmente, de baloncesto adulto, profesionalizan sus métodos de instrucción y buscan que sus equipos sean reproducciones a escala de los que ven por la televisión. Y los equipos que se muestran por televisión son orquestas llenas de especialistas en una pequeña función, con roles muy bien definidos y con poco margen para saltarse el guión.

Por fortuna aún quedan ciertos reductos donde la formación en técnica individual lo es casi todo: La Penya, la escuela balcánica,... Por suerte, además, aún nos queda la NBA como exponente máximo del baloncesto dentro de esta “aldea global”, con un reglamento que castiga las acampadas defensivas en la zona y con una noción de espectáculo que linda con la de negocio. Y en ambas entra el uno contra uno, la oposición frontal y sin obstáculos entre dos jugadores que desean medir su talento.

Ahora bien, si estáis de acuerdo conmigo en que es necesario recuperar esta faceta del juego por el bien del espectáculo del que deriva, a fin de cuentas, el que el baloncesto pueda llegar a ser rentable, es necesario formar buenos jugadores en el uno contra uno. Y aquí empiezan mis dudas. ¿Qué cualidades debe tener un buen jugador de uno contra uno? A priori se me ocurren:

1. Debe ser una amenaza de tiro. De lo contrario lo defenderán con distancia y le será difícil rebasar.
2. Debe ser un buen pasador. De lo contrario le lloverán ayudas defensivas castigando su escasa visión.
3. Debe manejar el balón como si este fuera una prolongación de su propio cuerpo, lo que le facilitará su control e hilar, de esta manera, la acción de bote con la de pase o tiro.
4. Debe tener gran agilidad de pies, capacidad para cambiar direcciones en poco espacio y de forma muy explosiva.
5. Debe manejar el cambio de ritmo, herramienta fundamental para rebasar. Y no solo poder acelerar en muy poco tiempo, sino también, fundamental, ser capaz de parar en seco castigando la inercia de los defensores.
6. Debe ser capaz de disociar el trabajo de los pies y de las manos haciendo que funcionen a diferente velocidad.
7. Debe ser agresivo en todas sus acciones y gozar de una gran confianza en sus habilidades.
8. Debe ser inteligente, capaz de leer situaciones antes de que ocurran anticipando reacciones defensivas.

Seguro que vosotros podéis añadir alguna más. Ahora bien, conocidas las cualidades que ha de reunir, ¿cómo ha de ser el proceso de enseñanza? ¿Lo basamos en la repetición de gestos técnicos o entrenamos cualidades más generales (coordinación, disociación de pies y manos) dejando que sea el jugador el que una vez provisto de esas habilidades invente situaciones o gestos técnicos para rebasar a su par? En fin, seguramente me digáis que una mezcla de ambos métodos.

En cualquier caso, para ayudarme y ayudaros, he elaborado un vídeo con alguno de los recursos que Stephen Curry utiliza para rebasar a su defensor. Lo decía Jenaro Díaz en una charla, Stephen Curry representa hoy en día la excelencia. Él es el mejor ejemplo de talento entrenado, de velocidad de ejecución y de variedad de gestos técnicos. El contexto en el que creció, el hecho de ser hijo de un jugador profesional, su propia constitución física, al alcance de muy pocos mortales, fueron factores que jugaron a su favor, no cabe duda. Pero sin las horas de entrenamiento, sin la terquedad y la constancia a la hora de afrontar el lento camino del progreso, no sería el jugador que es hoy en día. Disfrutad del vídeo como yo lo he hecho haciendo las capturas y montándolas. Puro deleite.




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Aclarando conceptos (VIII)





Qué personaje Jenaro Díaz, qué cerebro más despierto, qué actividad e inquietud. En su caso la meditación, además de una opción vital, debe de ser una necesidad. Duerme menos que nadie, trabaja más que ningún otro. Pone el listón del esfuerzo, la dedicación y el entusiasmo a una altura casi inalcanzable. Pero a su vez motiva, transmite pasión por el juego y nos insta a ser mejores profesionales, más fieles y entregados amantes del baloncesto.

“Hoy vamos a pasar el día juntos”, nos dijo al comenzar la jornada. “Lo siento”, se disculpó a continuación con un deje irónico que, como siempre ocurre con el empleo de este recurso oratorio, esconde tanta hipérbole como verdad. Porque su discurso, fruto de largas jornadas de estudio, es denso, cargado de conceptos clásicos pero también propios, difícil de seguir sin ibuprofeno, pero útil, muy útil, cuando consigues captar sus detalles.

Aprovechando que mi presencia en el Master coincidió con sus clases, hecho provocado y no casual, he decidido renovar una sección que acabo de comprobar que tenía abandonada desde hace casi dos años. Aclaremos y confundamos conceptos.

Dinamismo horizontal. Bien podría ser el sinónimo de hacer la croqueta o rodar por el suelo. O una forma de llamar al acto sexual ejecutado en su vertiente más clásica o misionero. Pero ahora, en la nueva terminología táctica, consiste en las ventajas que se generan a partir del juego disimétrico entre los pívots que se desplazan horizontalmente, (en paralelo a la línea de fondo) fundamentalmente a partir de una continuación corta o una finta de bloqueo (no bloquear o hacer un flash pivot para alejarse del bloqueo) directo de uno de ellos con su compañero situado pegado a la línea de fondo.

Bump. Eufemismo empleado para lo que antes se llamaba body check y que consiste básicamente en lo mismo, en interponerse en la trayectoria de un atacante (en una continuación tras bloqueo directo, en una salida de indirecto o tras un corte) y golpearle sin exceso de violencia y sin sobrepasar los límites del propio cilindro para dificultar su acción y romper el timing del ataque. ¿Por qué se cambió el nombre? Por una suerte de esnobismo y también porque se decidió que el body check estaba prohibido. Suerte para la defensa, que el bump no lo está todavía, salvo que se ejecute con una mala posición o sin respetar los elementos de tiempo y espacio.

Romper el bloqueo bien podría ser la acción diplomática llevada a cabo en meses recientes por Estados Unidos y Cuba, pero en baloncesto consiste en las acciones previas que ejecuta la defensa para impedir que el bloqueo directo o indirecto se produzca o, al menos, para forzar un mal timing.

Romper la espalda es la forma común con que se conoce la actual moda de situar los bloqueos directos, con los pies apuntando a la canasta propia, forzando la máxima verticalidad en el juego del atacante. Sin duda, una acción muy complicada de defender.



Porterías. Sí, las porterías han llegado al baloncesto. El mundo del fútbol, en su ánimo invasivo, ha terminado por ocupar una parcela que parecía estarle vedada. En realidad, es solo una manera diferente de nombrar el doble trabajo al que se enfrenta un jugador cuando su equipo se ha visto desbordado o cuando, por iniciativa propia, ha decidido salir agresivo a parar con dos jugadores a uno solo del rival dejando una situación de inferioridad en lado contrario que exige, al menos, de dos jugadores, la necesidad de atender a una doble función, a los dos palos de la portería, con el objetivo de anticiparse al posible pase. Parar un penalty, en definitiva.


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Regreso a Zaragoza (II)





La excelencia es una mierda, vociferó Jenaro en el salón de actos del hotel Tryp de Zaragoza. Se refería a lo volátil de un concepto que se altera en función del baremo que se utilice para la comparación. “Hoy es Curry, pero mañana será otro”. Un no parar.

La empatía táctica. Como también sucedió el año pasado, cada curso eleva a la categoría de mantra alguna reflexión surgida del propio desempeño de los alumnos, amén de alguna otra lanzada más o menos abiertamente por el claustro de profesores. Este año, además de la insistencia en aspectos pedagógicos, se ha hecho mucho hincapié, a raíz de la intervención de Roger Grimau a la que hice referencia en el post anterior, en la importancia de tener involucrados a los jugadores en el entramado táctico del conjunto tratando de que se sientan cómodos y crean en nuestra propuesta.

Hacer que los jugadores crean. Hilando con el punto anterior y a colación de una entrevista que concediera Zeljko Obradovic con motivo de la Final Four de la Euroliga en Madrid, surgió en el foro de debate con los entrenadores de LEB que han conseguido el ascenso deportivo con sus respectivos equipos, la trascendencia de tener a la plantilla de nuestro lado, a muerte con nuestras decisiones, con un lenguaje corporal que denote que los jugadores serían capaz de ir a la guerra si nosotros se lo pidiéramos. Para ello, claro, conocimiento, capacidad de convicción y empatía. El arte de entrenar es también, o más aún, el arte de dominar las relaciones humanas.

Que el ritmo no pare. Ya por la tarde, en el pabellón, tomaron la palabra Orenga y Jenaro Díaz para introducirnos en la importancia de que no se detenga nunca el balón. El jugador profesional debe ser capaz de decidir con el balón en el aire, antes de la recepción. Ha de ser capaz de estar tirando, pasando o poniendo el balón en el suelo antes de que este repose en sus manos para que la defensa nunca pueda alcanzar las posiciones deseadas tanto en la recuperación o closeout al jugador con balón como en los triángulos defensivos fuera de él. En formación se le enseña al jugador a parar y mirar antes de tomar una decisión. La élite exige ir un paso más allá.

Bendito y maldito bloqueo directo. No hay espacios para jugar uno contra uno. Los entrenadores solo consideramos un buen tiro el lanzamiento liberado y aquel otro que se intenta bajo aro, aunque sea en presencia de varios defensores. Sin querer, como consecuencia de la reducción de talento en todas las competiciones, de la mayor preparación física y actividad de pies y manos de la defensa y de los scouting, el espacio para jugar uno contra uno y generar ventajas a partir del mismo se ha reducido. Así, aunque parezca un contrasentido, poner dos jugadores cerca facilita el spacing de los otros tres jugadores, ensancha el campo y mejora la capacidad de obtener ventajas en diferentes puntos de la pista. Sin embargo, dado su profusa utilización, los niveles de adaptaciones defensivas son también de una sofisticación increíble, lo que hace que esa capacidad de generar ventajas dependa, como casi siempre, de la amenaza que representen los jugadores implicados (que son los cinco) y de su capacidad para leer los ajustes que proponga el rival. Estas fueron alguna de las conclusiones de un foro en el que los participantes del Máster de Táctica pudimos comprobar cuáles son las últimas tendencias en el ataque y defensa del ínclito bloqueo directo. Aunque insisto, se pueden hacer muchas más cosas.

Cuidar el negocio. Fue Ñete Bohigas, entrenador del Ciudad de Cáceres, el más claro al respecto. O cambiamos ciertas normas o nos quedamos solos, con el pabellón vacío y con cuatro despistados viéndonos por el televisor. Se habló de darle un metro más al campo a lo ancho, de introducir los tres segundos defensivos que llevan años instalados con éxito en la NBA y de castigar severamente la falta táctica, al menos esa que corta contraataque y que impide que disfrutemos del vértigo que suele acompañarlo por definición. Con estos cambios acabaríamos con las ayudas que ni siquiera tienen que ir, sino que ya están preparadas y le devolveríamos parte del protagonismo a una acción, el uno contra uno, en la que dos jugadores miden sus capacidades al más puro estilo del oeste.



El oficio. Quiero terminar esta entrada agradeciendo las más de dos horas que Gonzalo García de Vitoria, entrenador del Ourente, nos dedicó al final de la jornada, y hasta bien entrada la madrugada, revelándonos no solo cuestiones relativas al bloqueo directo que habíamos dejado pendientes en la charla prevista en el horario, sino también aquellas otras que tienen más que ver con el oficio de entrenador. Lo hizo recuperando las claves tácticas, pero también emocionales, que llevaron a su equipo a remontarle un 2-1 en contra al Breogán de Lugo para hacerse con el derecho al ascenso a ACB. Ahí comprobamos el grado de detalle que se alcanza, dónde está el listón de la excelencia, por mucho que a Jenaro le repugne la palabra. Y por mucho que yo le entienda. Tomar la decisión de querer ser entrenador en nuestros días es difícil. Llegar a serlo profesionalmente, una larga y dura travesía.


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Regreso a Zaragoza


En distinto medio de transporte, pero con un mismo destino. Unos días más tarde, pero bajo el mismo sol abrasador. En el mismo hotel donde nos alegró ver alguna cara conocida entre el personal, señal inconfundible de que sus contratos han sobrevivido a estos atribulados tiempos. Con alguno de los profesores y ponentes de 2014 a los que se han unido otros como Juan Antonio Orenga. Con muchos menos nervios aunque con el mismo deseo de escuchar, tomar notas, experimentar y aprender. Aquí estoy, de nuevo en Zaragoza.

Me bajé prácticamente en marcha del tren, tras un trayecto de más de seis horas, para presentar las conclusiones del proyecto de investigación que ya avancé en su día en esta bitácora. Lo hice responsabilizado por el alto nivel de los alumnos de la nueva promoción, entre ellos un Roger Grimau que unos minutos antes había expuesto de forma excepcional el papel que puede jugar la táctica a la hora de conectar con nuestros jugadores. Haciendo un breve repaso a su carrera, en cuyo transcurso pasó de ser un ávido anotador a obsesionarse por su falta de amenaza de tiro –lo que hizo que las defensas prácticamente lo ignoraran–, el recién jubilado jugador de élite nos comentó cómo los diferentes entrenadores le apoyaron en la búsqueda de una nueva identidad proporcionándole opciones para aportar de otro modo, jugando sin balón.

Por la tarde, ya en el pabellón, Mario Pesquera desentrañó las claves de la defensa matchup, una propuesta táctica que pasa por defender al hombre en la zona, que exige comunicación, concentración, trabajo en equipo; un esquema heredado de alguno de los principales gurús del baloncesto universitario norteamericano e importado en Europa por el propio Mario a través del maestro Aza Nikolic. Quizá por la mayor frescura con la que afronto estos días, pero creo que también gracias a una exposición más ordenada y elocuente, lo que tanto me costó seguir hace justo hoy un año, se ha convertido en una propuesta interesante que, tal vez y en función de las circunstancias, pueda introducir en un equipo durante la próxima temporada.

Tras la merecida y emocionante dedicatoria de Mario Pesquera hacia quien fuera su ayudante, el malogrado José Luis Abós, tomó la palabra Juan Antonio Orenga para explicarnos diferentes esquemas para generar juego a partir de un grande, ya esté este situado en poste medio o poste alto, dibujos que emplearon para tratar de que Marc Gasol luciera en su papel favorito, el de facilitador de vidas. Orenga nos habló como entrenador pero también como ese jugador que aún conserva las sensaciones de lo que supuso pelear por unos pocos centímetros de espacio en la zona.

Finalmente, con la incorporación de Ñete Bohigas, exitoso entrenador y artífice del ascenso del Ciudad de Cáceres a LEB Oro, a una tertulia que también incluyó la presencia de Audie Norris, profundizamos en el papel del jugador interior, esa especie en peligro de extinción que ha debido refundarse con nuevas características, más propias de un jugador de perímetro, para sobrevivir y poder figurar en los momentos trascendentales de un partido o, más aún, en las diferentes plantillas de las principales competiciones del planeta.

Toda vez sentado en la terraza donde vieran la luz las entradas del diario que elaboré sobre la experiencia del año pasado, con la agenda de eventos concluida, envuelto en este ambiente de baloncesto que tanto me gusta, tuvimos que tocar ese tema que tan poco nos agrada, el que versa sobre el estatus del entrenador en una sociedad que apenas valora sus esfuerzos y que lo viene a considerar como victima propiciatoria para dar rienda suelta a sus propias frustraciones. Pero bueno, nos fuimos animando y los temas volvieron a versar sobre esas cuestiones tan nuestras que nos elevan a la categoría de enfermos. Felices enfermos.


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¿De verdad importa?





El pasado domingo, la selección española ganó el campeonato sub 20 femenino. Lo hizo basándose en una magnífica demostración de poderío defensivo, siendo mucho más agresiva que cualquiera de sus rivales en el campeonato. Su medalla de oro se suma a la larga lista de condecoraciones que adornan las vitrinas de la Federación y, al menos, se consiguió con Teledeporte como testigo. Bueno, también con bastante afición en las gradas de Teguise, en Lanzarote.

Los chicos de su misma edad, en cambio, afrontan en Italia la búsqueda del campeonato en un ambiente de clandestinidad. Sus partidos se pueden seguir por streaming a través de la página de la FEB, lo que es de agradecer, pero eso mismo nos permite comprobar que apenas son capaces de reunir cien almas en el pabellón. Después de siete victorias consecutivas afrontarán a partir de mañana el camino hacia las medallas. De conseguirla, tendremos otro galardón más del que presumir.

A veces tengo la sensación de que todas estas victorias son poco menos que números. Números, sí, como de los que echan mano los políticos en sus intervenciones en el Parlamento. Claro que, detrás de esos números, hay largas semanas de trabajo y años de selección y perfeccionamiento. Sin embargo, si el mérito escapa de los focos, si los éxitos quedan en un segundo plano y apenas sí ocupan un exiguo espacio en los periódicos; y si además los mejores jugadores europeos de una generación son incapaces de reunir a más de cien personas para ver sus partidos, a uno le cabe preguntarse por qué le damos tanto valor a todo esto.

Trascendencia e importancia no deberían estar reñidas, es cierto. La primera es una dimensión social; la segunda, una percepción subjetiva (la foto de portada es un claro ejemplo de ello). Es más, si el desarrollo de una actividad dependiera de la valoración colectiva de la tribu, el abanico sería estrecho y de dudosa calidad. De ahí que los técnicos de la federación se afanen por presentar equipos competitivos, por hacer exhaustivos scouting de los rivales, por motivar a los jugadores, por tener controlados todos los aspectos extradeportivos de una concentración,... Por hacer bien su trabajo, en definitiva. De ahí, también que los chicos ofrezcan lo mejor que llevan dentro, su máximo esfuerzo, desde la base de que este es innegociable. E igual los árbitros, los oficiales y auxiliares de mesa, los voluntarios y organizadores de cada torneo. No es una cuestión de trascendencia. Es un asunto de orgullo, competitividad y compromiso personal.

Pero entiéndanme cuando les propongo la siguiente pregunta. ¿En qué medida importa el baloncesto? Sin una repercusión que rebase los límites de un círculo cerrado el baloncesto pasa por ser un divertimento privado, parecido al de esos chicos que se reúnen semanalmente para jugar al rol o para pegar unos tiros virtuales en un videojuego. Es decir, si los éxitos federativos en categorías inferiores permanecen fuera del conocimiento del común de los ciudadanos, si son conocidos solo por una pequeña “casta” de frikis del baloncesto y se limitan a un resultado, como el de ganar o perder en una partida de cartas con los amigos, ¿por qué reclamar de instituciones y empresas privadas subvenciones o patrocinios para clubes o proyectos de dimensión aún más reducida que los de la federación?

Perdonen este acceso de nihilismo. Ver las gradas vacías en un partido entre dos de las mejores selecciones sub 20 del continente me hizo reflexionar. Y llegué a la conclusión de que, aunque ganar deba ser el objetivo último de cada equipo que salta a una cancha de baloncesto, como entrenadores debemos reforzar todas aquellas facetas que van más allá del marcador, especialmente la formación integral del jugador. Porque el resultado es algo que queda para nosotros, para el reducido círculo de toxicómanos del baloncesto, pero la formación, en todas sus facetas, es un activo que el jugador lleva consigo y arrastrará en el conjunto de su vida.

Si en el contexto de una cantera de una ciudad de provincias, me dedicara solo a intentar ganar partidos, a gestionar un capital humano para sacarle la máxima productividad, no sería más que el manager de uno de esos clubes que manipulábamos en el PC Basket o el PC Fútbol. Y qué quieren que les diga, si los padres nos confían a sus chicos no es para que actuemos con ellos de esta manera, sino para que, luchando cada día por alcanzar nuestro potencial como equipo, les otorguemos también una experiencia que va más allá de un campeonato, tal vez la excusa para que todo lo demás suceda. Y tal vez todo lo demás sea lo verdaderamente importante.


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La respuesta era la catedral





Anoche regresé tarde de Burgos tras haber asistido a la Asamblea de la federación regional de baloncesto. En ella se expuso, amén de estados de cuentas y bases de competición, la necesidad de formular y ejecutar un plan estratégico durante los próximos cinco años. Un leitmotiv principal: la búsqueda y persecución de la excelencia. Fantástico.

Fantástico si no contrastara con el estado financiero de los clubes y de la propia federación, (que aunque bien gestionada no deja de manejar un presupuesto austero) fantástico si no hubiera seguido a un discurso en el que se recalcaba el carácter amateur de los diferentes actores que saltan a la escena durante una temporada de baloncesto, (directivos, árbitros, oficiales de mesa, entrenadores,...) carácter que sin duda repercute en su estatus sociolaboral, en la visión que de ellos pueda tener la sociedad o en la ausencia de incentivos para progresar, por muy quijotes que seamos, por muy enamorados que estemos de esa particular Dulcinea llamada baloncesto. Aun así fantástico. Cómo no aspirar a la excelencia cuando su búsqueda, aunque esencialmente infructuosa, es uno de los motores de la existencia.

En la misma asamblea se puso de manifiesto, también, cómo la crisis afecta no solo a las estructuras de cantera, sino, y principalmente, a los clubes profesionales. El no ascenso por tercer año consecutivo del equipo masculino de Burgos y la previsible desaparición del mítico Club Baloncesto Valladolid, dibujan un panorama sombrío del que Castilla y León no es monopolista. Orense, tras ganarse, ellos también, una plaza en ACB, tampoco vio admitida su candidatura. La mayor competición de clubes de nuestro país muestra, cada vez más, las señas de identidad de una liga cerrada, lo que unido a la bicefalia Madrid-Barcelona, que acapara títulos y finales, está conduciendo a la desafección del aficionado.

La demanda de baloncesto sigue una curva descendente desde hace años. Ni siquiera la coincidencia temporal de las dos mejores generaciones de nuestra historia, (en baloncesto masculino y femenino) y su innegable magnetismo, ha conseguido arrastrar a una masa de aficionados que vaya más allá del oasis de los campeonatos de verano. En 2015, los deportes han de abrirse espacio a codazos no solo frente a otros deportes, sino principalmente respecto a nuevas ofertas de ocio. Los usuarios cuentan con infinitas posibilidades para distribuir su tiempo y el baloncesto no consigue situarse entre las primeras opciones perdiendo de paliza ante marujas, cocineros, tertulias políticas de escaso valor intelectual, junglas, vídeos musicales, youtubers, juegos de estrategia o dosis ingentes de humor burdo (ojo, no es que sitúe a todas en el mismo nivel, son solo ejemplos).

Pero es que el aficionado, aunque pueda nacer, sobre todo se hace. Se hace si en casa se ve baloncesto, si en el cole monitores entusiasmados y conocedores del deporte le infunden pasión por el juego. Se hace si disfruta compitiendo, si comprende los valores asociados a dos aros y un balón y si observa, en los niveles profesionales, que los que ganan ven recompensado su esfuerzo, que los que ganan además de ganar divierten y se divierten, y si encuentra, en su pueblo o ciudad, referentes a los que imitar y con los que soñar. De lo contrario, el aficionado al baloncesto ni siquiera existirá o se diluirá con facilidad al llegar a la edad adulta. Si esto no es así; sin entusiasmo en el seno del hogar, en los coles y clubes, sin referentes arriba y sin una adecuada promoción del producto, crítica habitual a la televisión que difunde los derechos de la ACB, el chico optará por otras ofertas de ocio. Y será padre y le enseñará a sus hijos otras ofertas de ocio. Y este quedará con sus amigos y les hablará de otras ofertas de ocio. Y ya nadie dirá al día siguiente en el colegio: “¿viste el canastón que metió anoche Navarro?” Porque ya nadie verá baloncesto. Y, como consecuencia, nadie jugará tampoco.


Como os dije al comenzar este post, ayer regresé de Burgos y de ver su magnífica catedral, una amalgama de elementos arquitectónicos que desafían la gravedad, un conjunto de motivos decorativos que rozan lo sublime y, sobre todo, una labor conjunta y prolongada en el tiempo de numerosos obispos y también nobles, en su condición de servidores de dios y mecenas, de ingenieros y arquitectos, de escultores y pintores, de ebanistas y orfebres, de obreros y albañiles al servicio de una obra que insulta, por comparación, a todas nuestras imperfecciones. Una de ellas, la incapacidad para trabajar en equipo y dejar atrás el ego, el personalismo que destruye grandes proyectos por ofensas de pitiminí. 

Anoche buscamos soluciones en el salón de un hotel. Nos equivocábamos. La respuesta estaba fuera, a escasos metros. Tras el Arco de Santa María. La respuesta era la Catedral.



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El baloncesto total





Hablar de fútbol total supone hacerlo de aquel Ajax de comienzos de los 70 entrenado por Rinus Michels y capitaneado, futbolísticamente hablando, por Johan Cruyff y su tocayo Neskeens. Al fútbol ofensivo que ya habían practicado en un pasado más o menos reciente el Madrid de las Copas de Europa y el Brasil de los tres mundiales, (58, 62 y70) los holandeses añadieron la presión en el campo rival, el adelantamiento de la línea defensiva y una versatilidad, hasta entonces desconocida, que hacía que el dibujo táctico fuera lo de menos en la medida en que todos los jugadores podían hacer de todo. En aquel equipo, y también en la Holanda del Mundial de 1974, todo el mundo defendía y todo el mundo atacaba. A ese fútbol que mezclaba el vértigo ofensivo con la disciplina en la recuperación, Guardiola simplemente le añadió el cuidado del balón, el sosiego y la tranquilidad que ofrece el estar en posesión de la pelota. Y entonces vimos al mejor Barça y, tal vez, al mejor equipo de fútbol de la historia.



En el baloncesto, cualquier referencia pasada nos conduce a los Celtics de los 60, al mejor equipo que ha conocido el deporte sin distinción de disciplina. Aquellos Celtics practicaban posesiones cortas, trasladaban el balón en un pestañeo a la pista delantera con una precisión asombrosa de pase y no dudaban a la hora de materializar una ocasión de lanzamiento. Contaban con la garantía de que Russell correría una y otra vez la cancha por el carril central para cargar como un poseso el rebote ofensivo, controlar el defensivo o candar el propio aro. Ya en 1961, en el que sería su tercer título consecutivo, los chicos entrenados por Red Auerbach lanzaron 118 veces por encuentro. Su mejor porcentaje, a lo largo de los once anillos cosechados durante la era Russell no llegó al 43 por ciento. Aun así, aquella fórmula alocada que pudiera parecer suicida, derivó en una sucesión de éxitos. A Wilt Chamberlain, el llamado a dominar aquella época, solo le quedó darles la mano una vez tras otra y con la lengua fuera, a sus enemigos deportivos.



Casi medio siglo después, en uno y otro lado del Atlántico, dos equipos que imponen un ritmo ofensivo acelerado han dominado la competición. Golden State Warriors lideró la liga en número de posesiones por encuentro siendo, curiosamente, un equipo mediocre en las tasas de rebote ofensivo (21º) y defensivo (18º). El mérito residió, además, en liderar la liga también en el “effective field goal percentage” y en compartir el balón con gusto y generosidad (2º en porcentaje de tiros anotados tras asistencia detrás de Atlanta). Su defensa fue la segunda mejor a la hora de provocar malos porcentajes en los rivales y la sexta forzando pérdidas que después materializarían en contraataques.

Un patrón semejante empleó el Real Madrid en Europa, siendo el equipo que más asistencias dio por partido en la Euroliga, el cuarto forzando pérdidas y el que más tiros lanzó (65 por partido, 25 de ellos triples). La versión más exitosa del Madrid bajó un poco el ritmo e incrementó los porcentajes. Redujo un tanto la espectacularidad y reforzó los mecanismos del “otro basket” para ser más eficiente en los momentos decisivos de las finales. El estilo estaba. Faltaba Nocioni.

Las victorias de Golden State Warriors y Real Madrid nos dejaron unas cuantas enseñanzas.

1. La importancia de la preparación física y las rotaciones. Para poder jugar a tantas posesiones sin ver reducida la eficacia ofensiva y la agresividad defensiva, es importante contar con una plantilla amplia, gestionarla bien y tenerla bien preparada físicamente. Las rotaciones de Kerr y Laso consiguieron que todos los miembros de la plantilla estuvieran involucradas al tiempo que permitieron que los jugadores llamados a decidir en los partidos importantes llegaran con las piernas frescas.

2. La línea de tres. El Real Madrid fue el segundo mejor equipo en porcentaje de tiros de tres anotados en Euroliga y ACB. Los Warriors rozaron el cuarenta por ciento siendo el equipo con el mejor porcentaje de la NBA. El tiro de media distancia pierde valor con el tiempo. El lanzamiento de tres, además de permitir a los equipos sumar con mayor rapidez, se convierte en una amenaza que obliga a las defensas a desguarnecer la zona. La figura del tirador, un tanto apagada en el pasado, ha recobrado su proverbial valor. Thompson y Carroll, con su sola presencia en la cancha, ensanchan la pista y multiplican el tiempo.



3. La difícil tesitura para el cinco clásico. Draymond Green y Marcus Slaughter; Andrés Nocioni y Andre Iguodala fueron los ganadores entre los ganadores. Falsos cuatros. Dos metros pelados al servicio de la intendencia y con un corazón enorme. Con piernas para defender a pequeños tras el cambio en el bloqueo y con piernas, también, para correr la pista, taponar lanzamientos y enardecer a la grada. Perdieron, en cambio, Tomic y Bogut. El primero sumó en ataque menos de lo que restó en defensa y en el rebote. El segundo, pese a estar muy implicado en las labores de basurero que Kerr le había encargado, tuvo que sacrificarse y ver desde el banquillo como un quinteto sin ningún jugador con más de dos metros ganaba el anillo. Esta noche, sin embargo, dos pívots, Karl-Anthony Towns y Jahlil Okakor, han sido elegidos en las tres primeras posiciones del draft. Les esperan largas jornadas de trabajo para mejorar su lateralidad, su coordinación de pies y su resistencia para correr la cancha. De lo contrario, lo tendrán difícil para hacerse con un hueco en los minutos decisivos de los partidos.

4. La redefinición del base. El base actual juega el bloqueo pensando primero en anotar y luego en asistir. El base actual sale de los indirectos como un escolta y sabe jugar sin balón. El base actual debe ser capaz de generarse su propio lanzamiento. El prototipo de base actual es Stephen Curry y Sergio Rodríguez y Sergio Llull, aunque diferentes entre sí y respecto al modelo, dos buenos aprendices.

5. El basket total. Atravesamos una fase de transición. El baloncesto ha dejado de reclamar especialistas y reclama polivalencia. Los equipos, por su parte, son maquinarias perfectamente engrasadas en las que el caos luce ordenado. Los entrenadores apuestan por multiplicar sus opciones de anotar utilizando la línea de tres e incrementando el número de posesiones. La defensa, aun siendo fundamental, se ha convertido, al igual que en la Holanda de los 70, el Milán a caballo entre los 80 y los 90 y el Barça de Guardiola, en una herramienta al servicio del ataque, al servicio de un baloncesto total.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

¿Creatividad y baloncesto?





Hace pocos días, leyendo el libro Si Beethoven pudiera escucharme de Ramón Gener me crucé, en el capítulo dedicado a la curiosidad, con este cuento de Helen Buckley; entiendo, aunque desconozco el dato, que se trata de un referente en la formación de todo futuro maestro, pero yo, en mi ignorancia, carecía de referencias. Descubriendo su contenido, me pareció tan actual y tan aplicable a nuestra dura realidad como sociedad, que no he tenido más remedio que servirme de él para ilustrar este post. Aunque nos duela.

Había una vez un niño pequeño que fue a la escuela. Era muy pequeño y la escuela era muy grande. Pero cuando descubrió que podía ir a su clase con solo abrir la puerta que tenía delante, se sintió feliz y la escuela ya no le pareció tan grande.

Una mañana, cuando el niño estaba en la escuela, la maestra le dijo: “Hoy haremos un dibujo”. “Qué bien”, pensó el niño. A él le gustaba mucho dibujar. Podía dibujar muchas cosas: leones y tigres, vacas, gallinas, trenes y barcos. Sacó la caja de colores y empezó a pintar.

Entonces la maestra dijo: “Esperad, aún no es hora de empezar”. Y esperaron a que todos estuvieran a punto. “muy bien. Ahora dibujaremos flores”. “Qué bien”, pensó el niño. Le gustaba mucho dibujar flores y empezó a dibujar flores preciosas con todos sus colores.

Entonces la maestra dijo: “Esperad, yo os enseñaré”, y dibujó una flor roja con el tallo verde. El niño miró la flor de la maestra y luego miró la suya. A él le gustaba más la suya, pero no dijo nada y empezó a dibujar una flor roja con un tallo verde igual que la que había dibujado la maestra.

Otro día, cuando el niño estaba en clase, la maestra dijo: “Hoy trabajaremos con barro”. “Qué bien”, pensó el niño. Le gustaba mucho el barro. Podía hacer muchas cosas con el barro: serpientes y elefantes, ratones y muñecas, camiones y coches. Así que empezó a estirar su bola de barro.

Entonces la maestra dijo: “Esperad, aún no es momento de empezar”. Y esperaron a que todos estuvieran a punto. “Muy bien. Ahora haremos un plato”. “Qué bien”, pensó el niño. Le gustaba mucho hacer platos de barro y empezó a construir platos de diversas formas y medidas.

Entonces la maestra dijo: “Esperad, yo os enseñaré”, y ella mostró a todos los niños cómo hacer un plato hondo de barro. “Aquí lo tenéis” –dijo la maestra– y después miró el suyo. Le gustaba más el suyo, pero no dijo nada y empezó a hacer un plato hondo igual que el que había hecho su maestra.

Muy pronto, el niño aprendió a esperar y a mirar, a hacer las cosas igual que las hacía su maestra y dejó de hacer las cosas que surgían de sus propias ideas.

Un día ocurrió que la familia del niño se fue a vivir a otra casa y el niño cambió de escuela. El primer día de clase, la maestra dijo: “Hoy haremos un dibujo”. “Qué bien”, pensó el niño, y esperó a que la maestra le dijera cómo lo tenía que hacer.

Pero la maestra no dijo nada solo caminaba y miraba. Cuando llegó a donde estaba el niño, le dijo. “¿No quieres empezar tu dibujo?” “Sí”, dijo el niño. “¿Qué tengo que dibujar?” “No lo sé”, dijo la maestra, “tú mismo.” “¿Y cómo tengo que hacerlo? “Como tú quieras”, contestó la maestra. “¿Y puedo pintar con cualquier color?” “Sí, claro. Si todos pintaseis el mismo dibujo con los mismos colores, ¿cómo podría saber quién ha hecho cada dibujo?” “No lo sé”, dijo el niño, y empezó a pintar una rosa roja con un tallo verde.

Probablemente lo mejor sería dejar el post como está, con las preguntas flotando en el aire y con ese dolor de sienes que nos provoca la ardua tarea de la reflexión, más aun cuando esta nos sitúa ante el espejo y nos disgusta lo que vemos. Ahora bien, ¿es el contenido del cuento aplicable a la enseñanza del baloncesto o sus efectos quedan acotados al mundo del arte y la creación? ¿Hasta qué punto el fomento de la creatividad puede ir en contra de la enseñanza de los fundamentos que nos parecen básicos en todo buen jugador? Estoy seguro de que la primera profesora le habría invitado a Navarro a repetir una y otra vez el tiro en suspensión para hacerlo más rápido y hubiera borrado de su mente ese lanzamiento en “bomba” tan heterodoxo. Navarro inventó su bomba para poder acceder a un aro que los jugadores más grandes que él querían que permaneciera sellado. Para nuestra fortuna, su invento permaneció porque un entrenador, al menos, no le llamó loco ni le obligó a hacerlo como se venía haciendo toda la vida. ¿Debemos dar un paso atrás y dejar que el jugador invente o debemos ser canónicos en la enseñanza de los fundamentos poniendo por encima de la capacidad de invención, los movimientos que antes los balcánicos y soviéticos entrenaban por intuición y que ahora vienen respaldados, o matizados, por la biomecánica, a riesgo de que todos los jugadores sean iguales? Ya, ya lo sé, equilibrio y un poco de todo. Eso está claro, pero también es necesario el debate. Así que anímense y repartan juego.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Hasta siempre, Legends





Recuerdo perfectamente la primera llamada de Javier García-Palao para pasarme a entrenar con su equipo de Cabrerizos, entonces todavía en busca de patrocinador (Bambú lo sería durante los seis años en que yo he formado parte del conjunto). La acepté encantado. Llevaba tiempo siguiéndolos, disfrutando con su juego, consciente, además, de que se trataba de un grupo de amigos que, simplemente, se había organizado para jugar a su pasión compartida, el baloncesto, de manera algo más "profesional". Surgieron del parque para ganar en los pabellones jugando de una manera alegre, con pocas rigideces y estructuras.

Toda vez que ingresé dentro del conjunto, además de sentirme importante desde el primer día, noté el cariño y el respaldo de cada uno de sus miembros. Tres veces por semana, dos para entrenar y una para jugar, nos juntábamos, nos divertíamos, luchábamos para ser mejores. Y lo conseguimos. Con los años, mientras la competición se hacía más y más dura, nosotros seguimos subiendo el nivel para mantenernos competitivos. Y lo fuimos. Sí, lo fuimos. Y no solo cuando al final tuvimos la suerte de alzar el trofeo, sino también cuando pusimos contra las cuerdas a equipos muy potentes, formados por alguno de los mejores jugadores de baloncesto que haya habido nunca en nuestra provincia.



Hace dos años, incluso, ganamos la Liga Senior Interprovincial Zamora-Salamanca en una final con prórroga ante Carbajosa, uno de los grandes enemigos deportivos a los que nos hemos enfrentado en estos años. Aquel fue, seguramente, el cénit de nuestra trayectoria. Desde ahí, quizá por autocomplacencia, o puede que solamente por el paso de los años y el hastío, lo cierto es que la curva inflexionó y empezamos a descender y a caer en hábitos poco compatibles con la victoria.

En mi caso particular, no son los años ni el físico los que me invitan a dejar de jugar estas ligas que bien podría seguir disputando con la filosofía con la que se la toman muchos, la de una pachanga con árbitros. Pero no, le debo tantos momentos de felicidad a este deporte y a este equipo, que dedicarme a él en un porcentaje mínimo de mi capacidad e ilusión, sería poco reconfortante. En mi caso digo adiós porque cada vez disfruto más de mi faceta como entrenador a la que pretendo dedicarme aún más plenamente, lo que implica también descansos y períodos de reflexión para los que es conveniente vaciar un poco la agenda.

El asunto es que, si he de fiarme de las palabras de Javi, nuestro capitán, el partido de ayer supuso, además, el cierre definitivo de este proyecto de diez años que tuvo precisamente en él, en Javi, a su estandarte. Fundador, manager, capitán, entrenador, alero y fundamentalmente amigo. Todo eso fue Javi para cada uno de nosotros durante el tiempo en el que nos mantuvimos juntos. Todos te debemos nuestro más sincero agradecimiento. Puedes estar seguro de que seguiremos hablando de baloncesto, de la vida y de cine. Y seguiremos discrepando, porque en ello residió siempre la gracia.

Javi, sí, él fue el gran culpable de que nos conociéramos el resto y no os voy a citar a todos para no correr el riesgo de olvidarme de algún nombre. Con la premisa innegociable de mantener unido al grupo, de solo introducir retoques cuando fuera necesario por el abandono por causa mayor (casi siempre laboral) de uno de sus miembros, lo que formó fue un gran círculo de amigos, una pequeña comunidad intergeneracional unida por el amor al baloncesto y caracterizada por el sentido del humor, la solidaridad mutua y el buen ambiente.

A partir de ahora, amigos, nos queda regresar al parque, cuando las temperaturas lo permitan, juntarnos para sonreír al calor de los recuerdos y, por supuesto, cumplir con el deber de decir en alto y orgullosos, tanto en entrevistas de trabajo como en reuniones con otros grupos de gente, se tercie o no la ocasión, aquello de “yo soy un Legend”. Lo fui y lo seré siempre, porque ese fue uno de los pactos no escritos sobre los que se basó nuestra amistad: la fidelidad y la lealtad.



Muchas gracias compañeros, fue un auténtico placer.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS