Para
los primeros colonos que se hicieron al camino con la intención de
conquistar el oeste, este punto cardinal simbolizaba lo lejano y lo
desconocido. Para los amantes de las películas ambientadas en los
desiertos de Texas, Nuevo Méjico o Arizona, el Oeste representa una
tierra sin ley donde la supervivencia se gana con las armas y en la
que vaqueros e indios suceden a los héroes tebanos o troyanos en una
suerte de épica contemporánea. En cualquier caso, el Oeste está
rodeado de leyenda y mitología, igual que sucede en el baloncesto.
Y es
que alguno de los equipos más mitificados de la historia de nuestro
deporte sientan sus raíces en estas tierras más allá de las
Grandes Llanuras, a barlovento o sotavento de las Rocosas. La
Blazermania se instaló durante los años 70 en la ciudad de Portland
como lo hiciera el Showtime en la megalópolis de Los Angeles durante
la siguiente década. Famosos fueron también los Jazz de la dupla
Stockton y Malone, así como los Kings de la tortilla de patata
(Bibby, Christie, Stojakovic, Webber, Divac,...), que diría Montes,
o de nuevo aquellos Blazers de Rasheed Wallace, Pippen, Stoudamire,
Sabonis, Randolph, Bonzi Wells,... que igual que terminaron siendo
asociados por su carácter macarra, bien podrían haber sido
recordados por su buen baloncesto. Durante muchos años el Oeste
fabricó equipos caracterizados por su baloncesto vertiginoso y su
inevitable fatídico destino. Y es que a los Jazz, los Kings y estos
Blazers habría que unir a los Suns liderados por Steve Nash, a los
Sonics de Payton o Kemp y, por supuesto, a los Lakers de Baylor
(jugador con mayor número de finales sin anillo), West (único MVP de las finales que no consiguió el anillo) y
Chamberlain, un equipo que habría podido marcar una época de no
haber sido por la presencia constante de la maquinaria céltica, tal
vez más roma y menos brillante, pero sin duda mejor engrasada.
El
cambio de siglo vino a alumbrar una tendencia claramente marcada por
la supremacía del Oeste. Con Phil Jackson cambiando el viento de
Chicago por el sol de California a la sombra de Shaquille y de Kobe,
los Lakers del “threepeat” sentaron las bases de dicho dominio.
Lo hicieron de la mano de los intermitentes Spurs; intermitentes,
digo, porque se dedicaron a ganar anillos solo en los años impares.
Solo Pistons, Heat y Celtics lograron inmiscuirse en este festín
hasta que los de Miami se hicieran con la tripleta formada por Wade,
Bosh y Lebron, pero ni siquiera sus títulos consiguieron alterar la
lógica de poder de un tablero claramente descompensado. Los datos
son esclarecedores en este sentido. Desde que comenzara el milenio
solo en una temporada los equipos del Este registraron un balance
mejor que los equipos del Oeste. Y si nos aproximamos en el tiempo a
nuestros días, es escalofriante el récord de 547 a 353 partidos a
favor del Oeste en los dos últimos años. Un 61% de victorias que
resultaba más descorazonador si cabe al ser la NBA una liga cuyos
mecanismos están llamados a equilibrar las tendencias y buscar la
igualdad de oportunidades.
Este
año, como por arte de magia, después de cuarenta días de
competición, el Este registraba a fecha de 4 de diciembre, una
ventaja de 54 a 47 en los partidos frente al Oeste. Además, un
vistazo a la clasificación basta para comprobar que los playoffs,
por primera vez en mucho tiempo, se encuentran mucho más baratos
hacia el Pacífico. Y si bien los 82 partidos terminarán de poner en
valor esta aparente mejora, yo me atrevo a concluir que el cerco se
ha estrechado y que el Este es, efectivamente, más competitivo que
en años anteriores. Y no, no gracias especialmente a la llegada de
nuevos talentos vía Draft o traspasos, sino a partir de proyectos
que se han ido consolidando en el tiempo como son los de Atlanta,
Indiana, Toronto, Orlando o Boston.
Estamos,
en cualquier caso, de enhorabuena. El Este ha dejado de ser ese
núcleo de baloncesto enjaulado en sistemas conservadores y, desde esta nueva perspectiva, el Far West se nos muestra no tan lejano. Warriors aparte.
Los
reyes magos vinieron cargados de interesantes libros firmados por
nombres que construyeron algo más que un digno legado en el mundo
del baloncesto. Si antes me pronuncié sobre las obras de Mike
Krzyzewski y John Wooden, hoy lo hago sobre The winner within, el
bestseller que Pat Riley publicara allá por 1993 mientras, como
entrenador de los Knicks, convertía a la franquicia de la Gran
Manzana en la gran amenaza de los Chicago Bulls.
En
esta obra, Riles, como le conocían sus jugadores, hace una analogía
entre el mundo de la empresa y el del baloncesto centrándose en el
modo de gestionar los grupos de trabajo para obtener su máximo
potencial. Sin duda, para los que consideramos el baloncesto desde un
punto de vista más romántico, la comparación chirría desde el
momento en que conceptúa el éxito como una búsqueda de la
“significancia” o de obtención de números y resultados. Pero si
de este arrogante Narciso del siglo XXI conviene aprender algo es de
su firmeza a la hora de aplicar los principios en los que cree, los
mismos que le llevaron a escalar, no sin ciertas dosis de
oportunismo, la rampa que le condujo desde la locución de partidos
hasta el puesto de primer entrenador de la franquicia de moda en los
ochenta. Los mismos, por cierto, que introdujo con indudable eficacia
en un grupo, el de aquellos Lakers, integrado por varios miembros del
Hall of Fame. Supongo que no habría podido escribir este libro sin
la aportación de Kareem Abdul Jabbar, Magic Johnson, James Worthy y
tantos otros talentos sobre el parqué, jugando de su lado. Pero
quizá tampoco éstos hubiesen adornado sus respectivos palmareses
del modo en que lo hicieron sin Riley al frente del proyecto.
Lo
más atractivo del libro es, sin duda, el modo como lo estructura. En
un análisis a posteriori y, sin duda, sobrevalorando algunas
decisiones que, me atrevo a apostar, tuvieron más de azarosas que de
concienzudas, Pat Riley nos conduce por su trayectoria vital
deteniéndose a describir las diferentes fases vitales, y también
grupales, por las que tuvo que atravesar. Para todas ellas las
recetas son diferentes. Y, aunque no lo creamos, insiste, siempre hay
al menos una. La adecuada. La que conduce al éxito.
Pero
claro, puede que la de los Lakers fuera la historia de la sucesión
de un inocente ascenso, (titulo de 1980) del contagio de la
enfermedad del “yo”, (1981) de la fijación de un compromiso,
(anillo de 1982) de la recepción de un rayo, (lesiones que les
impiden ganar las finales de 1983) de un fracaso relacionado con la
ansiedad que acompaña a la victoria, (derrota en las finales contra
los Celtics en 1984) de un proceso de autodescubrimiento, (victoria
en 1985) de la lógica caída en la autocomplacencia (barrida de los
Rockets en las finales de conferencia de 1986) y de la consecución
de la maestría y el culmen de la excelencia (“back to back
victories” en 1987 y 1988) justo antes de que el proyecto decaiga,
exhausto, y llegue el momento de reinventarse. Pero qué quieren que
les diga, resultando atractiva, lo que revela esta estructura es que
el señor Riley cree que su propia experiencia puede llegar a ser la
de todo el mundo, aunque en realidad sea muy consciente, cuando se
mira al espejo, de que nadie sueña tan siquiera, con ser tan guapo,
joven y millonario como él.
No
sé si invitaros a su lectura, interesante y formativa, u ofreceros
un plan alternativo para no terminar aborreciendo a un entrenador al
que siempre he tenido como uno de los mejores. Y es que hay que ganar
y saber ganar. Y, una vez leído su libro, creo que a él solo se le
dio bien lo primero.
He
escrito sobre su retirada. He criticado sus críticas. Lo he
ensalzado como la parte de un todo, pero no como el todo que
realmente fue. Por eso, hoy y no más tarde, le dedico este post, el
que se merece y el que durante tiempo he deseado escribir siendo
consciente desde el primer momento, también ahora, de que mi pluma
no podrá en caso alguno reflejar su maestría en el manejo del balón
o en el empleo de su cuerpo.
Nació
donde nadie podría augurar. En la nada más absoluta de todas las
nadas, entre quercíneas adaptadas al rigor del invierno y coníferas
dispuestas a soportar el húmedo calor del verano. Donde ningún
profeta hubiera situado al jugador más inútilmente imitado de todos
los tiempos. Porque querer ser como Magic es tan absurdo como
imaginar que su magia pudiera proceder de Lansing, Michigan.
Es
difícil destacar en una familia corriente de nueve hijos cuando tu
padre es sólo uno más de los trabajadores de la General Motors y tu
madre la conserje de una escuela. Fue vital la compañía que le
ofreció una pelota de baloncesto, la misma que manejaba mientras
hacía los recados y con la que dormía cada noche. Lo afirma él
mismo y aunque es cierto que todo en torno a Magic adquiere un cariz
hiperbólico no existen motivos para no creerle.
La
figura de Magic es la de un héroe local orgulloso de sus orígenes y
aferrado a sus raíces. Por ello quiso completar su formación en su
estado natal, Michigan, temeroso de un mundo, el que se levantaba más
allá de las fronteras de lo conocido, al que terminaría asombrando.
Así, aunque más ateniense que espartano, más Pericles que
Leónidas, Johnson decidió enrolarse en las filas de la universidad
estatal para conseguir como líder de los Spartans el título
nacional en el partido colegial que más expectación ha levantado
hasta la fecha, el que le enfrentó al otro héroe deportivo de la
nación, al ídolo local del estado vecino, Indiana. A Larry Bird.
En
1980, mientras el Pájaro provocaba una convulsión en la ciudad de
Boston transformando dramáticamente el récord de su equipo, Magic
decidió que no había tiempo que perder. Si su legado estaba llamado
a ser único e inimitable por qué no empezar por el principio. Y el
principio fue ser número 1 del Draft y recalar en Los Ángeles
Lakers, en la capital del glamour, allí donde su sonrisa podía
dibujarse con la seguridad de saber que en esta tierra de sueños y
espectáculo ésta, la sonrisa, es el mejor antídoto contra la
hipocresía y las envidias que surgen a cada paso.
Ni
rookie wall ni miedo escénico. Lo único que escuchó Magic en su
primer año fue la llamada de los dioses. Así lo atestiguan sus
números (18 puntos, 7 rebotes, 7 asistencias) en temporada regular.
Aun así, nada comparable a lo que consiguió en el último partido
de su primera temporada, en la fecha de su autocoronación como
jugador total. Jugando de todo, en ausencia de Jabbar, Magic Johnson
firmaría uno de las más apoteósicas actuaciones en unas finales de
la NBA. Sin el suspense que acompañó a la última canasta de Jordan
en Salt Lake City, aquel partido tuvo todos los demás ingredientes.
Los Lakers viajaban a Philadelphia con un 3-2 a favor, pero con el
factor en cancha perdido. Toda una generación de Sixers (Erving,
Bibby, Collins, Dawkins, Cheeks,...) aspiraba a aprovechar la ventaja
de jugar en el ruidoso the Spectrum para remontar la serie. Pero
Magic tenía otros planes y anotando la mayor parte de sus puntos a
dos metros del aro o desde el tiro libre cosechó un 42-15-7 para la
historia que demostró que además de un mago genuino era también un
jugador duro física y mentalmente.
Aquel
día también demostró que podía anotar. Si el equipo lo demandaba
Magic podía irse hasta los 30 puntos con facilidad. De hecho, dando
un repaso rápido a sus números y a pesar de que nunca rebasó los
25 puntos de media en temporada regular, el hecho de que sus
porcentajes superaran o rondaran, en el peor de los casos, el
cincuenta por ciento de acierto demuestra que si no lo hizo fue
porque no quiso, porque su equipo no lo necesitó o porque,
simplemente, prefirió asistir e impartir magisterio en ese arte en
decadencia que las marcas publicitarias y los indomables egos
pretenden enterrar para siempre: el del pase. Sus 12,3 asistencias de
promedio en playoffs cobran mayor valor aún por encontrarse en un
equipo sin tiradores puros, sin una de esas ametralladoras que
convierten cualquier inocente pase en una asistencia que sumar a la
estadística.
Contó,
eso sí, con uno de los mejores finalizadores de la historia, con un
muelle andante con el 42 a la espalda tan portentoso en el ejercicio
de sus facultades como limitado a la hora de generarse sus propias
canastas. Worthy fue un tipo honrado, un experto a la hora de
culminar contraataques y un buen tirador de media distancia. Poco
para entrar a formar parte del selecto club al que pertenece de no
haber sido por la inestimable ayuda de su compañero de fatigas, de
su cómplice en aquellos fantásticos contraataques que convirtieron
al Forum de Inglewood en la capital mundial del entretenimiento.
El
otro miembro del Big Three fue Kareem, el máximo anotador de la
historia de la liga y el jugador más infravalorado cuando de
elaborar listas de los mejores de todos los tiempos se trata. El
Kareem de los Lakers ya no se parecía en nada al exultante Lew
Alcindor de sus primeros años en Milwaukee. Bien entrado en la
treintena, a Jabbar le quedaba correr la cancha, anotar los ganchos, la intimidación y,
claro, comer gratis, alimentarse de lo que Magic le servía en
bandeja.
Con la
llegada de Pat Riley Magic consiguió su segundo anillo, el de 1982,
también ante los Sixers. Sin embargo, la derrota de 1984 ante los
Celtics de Boston levantó ampollas en el vestuario angelino y, sobre
todo, en la moral de Magic. Larry, su rival en la distancia,
cosechaba títulos y MVP mientras Johnson parecía pequeño a la
sombra de Jabbar y ante el derroche de exuberancia de un técnico,
Pat Riley, al que es difícil calificar entre los adjetivos que le
tachan de oportunista y aquellos otros que le perfilan como un genio.
En
1985 llegó la venganza. Tras el primer partido de las finales, el
conocido como “The Memorial Day Massacre”, en el que en medio de
una atmósfera asfixiante los Celtics apabullaron a los Lakers
anunciando una reedición de lo ocurrido un año antes, los Lakers
consiguieron darle la vuelta a la situación para acabar ganando 4-2
cosechando el definitivo partido a domicilio, en el mítico Boston
Garden, el sancta sanctorum de la religión céltica. Se cobraban así
numerosas cuentas pendientes. Chamberlain o West tuvieron que esperar
a que los Celtics desaparecieran de las finales para poder hacerse
con un título de la NBA. Magic no.
En
1986 las torres gemelas de Houston (Sampson y Olajuwon) eliminarían
a los Lakers en la Final de la Conferencia Oeste para perder, a
continuación, ante la mejor versión de los Celtics en la década de
los ochenta, la que contó con Bill Walton como imponente sexto
hombre. Así, la reedición del duelo hubo de esperar a 1987 y,
entonces, acompañando a unos números insultantes (para los rivales)
de 21,8 puntos 7,7 rebotes y 12,2 asistencias, Magic nos dejó la
canasta más importante de su carrera, un gancho a unos cuatro metros
del aro por encima de Parish y McHale que silenció el Garden y que
determinó el resultado final de la eliminatoria y el fin de ciclo
definitivo de unos Celtics que no volverían a comparecer en unas
finales hasta 2008. Esta canasta de póster, ese “baby hook”
anotado cuando todas las luces del planeta apuntaban al centro de la
zona céltica, le encumbró definitivamente como un mito. El mundo ya
sabía que podía dirigir la orquesta, dar asistencias de fábula o
meter bandejas y tiros en momentos más o menos importantes. Sin
embargo, a partir de aquel gancho, el mundo supo también que en las
manos callosas del número 32 de los Lakers radicaba la esencia misma de la
victoria
En el
88 llegó un último título, el quinto, ante unos Pistons que
enviaban señales inequívocas de que el período de reinado angelino
estaba tocando a su fin. Así llegaron las finales perdidas, dos ante
los Bad Boys y otra más frente a los Bulls. Las piernas de Magic ya
no eran las mismas. Tampoco las de Scott o Worthy. Además, donde
antes se erigía la escultural estampa de Jabbar, empezó a aparecer
la desaliñada barba de un Divac que, aunque talentoso y pleno de
virtud, no resistía la comparación. Indiscutible era también el
talento de los AC Green, Mychal Thompson, Sam Perkins o el propio
Elden Campbell. Tan indiscutible como insuficiente ante un equipo
físico como aquellos Bulls de los primeros años 90 que no dudaban
en presionar toda la cancha cuando el partido así lo requería.
Y
entonces llegó el 7 de noviembre, el anuncio que pilló a Jordan
conduciendo y que por poco le origina un accidente. El
desconocimiento generalizado sobre una enfermedad considerada mortal
obligó a Magic a colgar las botas y a morir en vida. A dejar su
pasión cuando aún quedaba cátedra por impartir, cuando ya tenía
memorizados nuevos pases de fantasía y bandejas en extensión. Los
rumores sobre el origen del virus se multiplicaron. Sólo Barcelona,
aquellos Juegos para el recuerdo, pudieron insuflar un poco de baloncesto y vida en el organismo enfermo, no por el VIH y sí por la
melancolía, de un Magic al que el traje de ejecutivo nunca le acabó
de sentar bien.
Yo,
humilde bloguero, siempre le recordaré luciendo los colores oro y
púrpura de unos Lakers a los que mi condición de céltico no me
impide admirar, unos Lakers dirigidos por uno de los tres mejores
jugadores de la historia, Magic Johnson, un hombre que se inspiró en
el pasado, que jugó en el presente y que, en realidad, vino del
futuro. Un futuro al que el juego todavía no ha llegado. Un futuro
del que Magic nos dejó un adelanto que siempre, por muchos vídeos
que veamos, nos sabrá a poco. Se retiró con 10 finales y 5 títulos. Nos legó, para siempre, un estilo que nadie hasta el momento ha sabido imitar. No están los tiempos para ello.
En el calendario de todo seguidor de los Celtics siempre hay una fecha marcada en rojo. Se trata de la visita de los Lakers al Garden, de la reedición de la rivalidad más encarnizada del deporte americano, mayor aún de la que mantuvieron en el pasado los Cowboys de Dallas y los Redskins de Washington en la NFL y al nivel de la enemistad existente entre los New York Yankees y los Boston Red Sox en la MLB. Sirviéndonos de símiles futbolísticos sólo un Real Madrid-F.C. Barcelona o un Boca Juniors-River Plate resistirían la comparación.
Todo desde un ambiente que se ha ido moderando. Lejos quedan las batallas de los 80 en las que los aficionados del Garden o del Forum de Inglewood odiaban realmente a los jugadores rivales. Es mítica la falta de Kevin McHale sobre Kurt Rambis que para muchos expertos supuso un factor clave en el desenlace de la eliminatoria (Los Celtics acabarían venciendo 4-3 en las finales de 1984). Para el conocido analista norteamericano Bill Simmons (@Sportsguy33) la clave no fue la falta de McHale, sino la reacción de James Worthy separando a su compañero empujándolo contra las Cheer Leaders. Una conmovedora escena, no cabe duda.
Es más, durante la propia década de los 80, la rivalidad adquirió, incluso, tintes raciales. Los afroamericanos simpatizaban más con unos Lakers liderados por Magic, Worthy y Kareem, mientras que los blancos (la mayoría republicanos en cuanto al espectro político) se identificaban en mayor medida con los Celtics de Larry, McHale o Danny Ainge. Sin embargo, esta identificación peca de simplista y podría elevarse a la categoría de mito. No en vano un negro, KC Jones, entrenaba a los Celtics mientras que un blanco, Pat Riley, fue el ideólogo de esa filosofía de juego que pasaría a la historia con el sobrenombre de “Showtime”.
Lo verdaderamente cierto es que esta rivalidad no fue tal hasta que en 1985 los Lakers consiguieran batir por primera vez a los Celtics en unas finales de la NBA. Hasta entonces habían disputado ocho finales y en todas ellas habían vencido los de Boston. Gigantes de este deporte como Chamberlain, Baylor o Jerry West hubieron de despedirse sin conocer el sabor de vencer a los chicos de verde en la gran cita.
Jugar en casa siempre es importante. Sin embargo, tradicionalmente, este factor cobraba mayor importancia cuando el partido había de disputarse ante la ruidosa (y bien surtida de cerveza) afición de Boston. Este matiz tenía un indudable carácter socioeconómico. Los aficionados de los Celtics acudían a los partidos tras un duro día en la fábrica de acero, mientras que los de los Lakers lo hacían después de recoger la sombrilla de la playa con las diferencias en los niveles de estrés que ello supone. Sin embargo y más allá de estos tópicos, el halo del Garden se ha ido perdiendo no sólo por la modernización de la base económica del estado de Massachusets, sino también por la pérdida de elementos identitarios que hacían del Garden un lugar único en la liga (derribo del viejo pabellón junto a la vía del tren en el que no había aire acondicionado, introducción de las Cheer Leaders, proliferación de palcos VIP). Recurro de nuevo al irónico Bill Simmons quien en una entrevista asegura que las únicas dos diferencias que existen en la actualidad entre el Staples y el TD BankNorth Garden son “que los aficionados de Boston asisten de pie al salto inicial y que no abandonan el pabellón en partidos igualados para evitar la congestión en el tráfico”.
Pues bien, mañana jueves las franquicias más laureadas de la liga medirán sus fuerzas en un encuentro marcado por la reciente consecución de récords individuales por parte de sus jugadores estandarte. Así, si el pasado lunes Kobe Bryant superaba a Shaquille O´Neal como quinto máximo anotador de la historia de la liga, esta pasada madrugada Paul Pierce se situaba como segundo máximo anotador de la historia de los Celtics al rebasar la marca de Larry Bird. Ambos jugadores llegaron a la liga en los momentos finales de la carrera de Michael Jordan y ambos, al igual que el 23 de los Bulls, son ejemplos de longevidad y de lealtad a una franquicia. Y aunque la diferencia en títulos es obvia a favor del escolta de Philadelphia, Paul Pierce está considerado como el mejor anotador de la historia del equipo con más anillos de todos los tiempos.
Al duelo individual entre los dos hombres récord del momento, hay que unir, como aliciente extra, el reciente rumor de traspaso que involucraría a ambas franquicias. Según éste Pau Gasol aterrizaría en Boston a cambio de Rajon Rondo y Brandon Bass. Los Celtics sacrificarían la posición de base y apostarían por rodear a sus dos anotadores, Pierce y Allen, con dos futuros hall of famers en posiciones interiores, Kevin Garnett y Pau Gasol. Para el de Sant Boi se abriría una opción única para ser el primer jugador en ganar el título con las dos franquicias, algo que Shaq no pudo conseguir la temporada pasada (lo mismo podría aplicarse para Rondo). Los Lakers adquirirían un base joven con categoría de All Star que podría aliviar a Kobe de las tareas de play maker que a veces se ve obligado a asumir por la incompetencia en el manejo de balón de Derek Fisher. Sin embargo, un juego interior sin la pareja Bynum-Gasol se convierte en vulgar e insuficiente de cara a pelear por el campeonato.
Poniendo en duda la viabilidad de este rumor, me parece más interesante y realista hablar del aspecto puramente deportivo. Aunque tanto Celtics como Lakers acuden a la cita con balances casi idénticos (14-10 y 14-11 respectivamente) los resultados recientes permiten concluir que los verdes van para arriba, mientras que los de púrpura y oro están atravesando un pequeño bache. Bryant, Bynum y Gasol no son siempre suficientes. El banquillo es uno de los peores de la liga y los sistemas de Mike Brown parecen ortopédicos y previsibles. El partido del jueves puede marcar el destino de los Lakers en la gira por el este que están realizando y que les llevará a New York en la noche del viernes. Y a su vez, y encadenando, del resultado de esta gira pueden depender próximas decisiones en los despachos.
Doc Rivers, en cambio, está empezando a confiar en su banquillo. Los titulares no juegan más de treinta y cinco minutos en los que son altamente productivos. Kevin Garnett parece estar recuperando sus piernas y Paul Pierce promedia más de 6 rebotes y 6 asistencias desde que Rondo cayera lesionado. Por su parte, Ray Allen, como viene haciendo en los últimos años, se mueve en un 50% de acierto en triples. Sin embargo, más allá de estas pequeñas luces, pesan más las sombras pues todo hace indicar que esta plantilla, envejecida, no podrá competir ante las piernas frescas de los Heat o los Bulls.
Como suele decirse en estos casos, un derby siempre es especial y diferente. No importan los antecedentes, la historia o el pasado reciente. Sólo lo que ocurra en los 48 minutos que durará el partido y en el que se renovará la rivalidad más apasionante de nuestro deporte. Y a riesgo de parecer parcial... Let´s go Celtics!
Un 22 de junio de 1947 nacía en el estado de Pennsylvania uno de los mayores genios que ha dado el baloncesto en su historia. De seguir viviendo, Pete Maravich sería uno de los iconos vivos de la liga. No precisamente de los que se pasean por las canchas de sus ex equipos, pero sí uno de esos excéntricos ex jugadores (a lo Barkley) que nos dejan frases para el recuerdo. O tal vez compartiría afición (más bien vicio) al juego con Jordan o a las mujeres con Tiger. Nadie lo sabe. Lo único cierto es que Pistol Pete Maravich nos dejó en 1988 tras un ataque al corazón mientras jugaba un tres por tres con unos amigos en una pequeña cancha en Pasadena, California. Un final digno para un ser humano atormentado, para el Van Gogh del baloncesto.
Pistol pertenece a esa clase de hombres virtuosos en su trabajo y claramente insatisfechos con sus vidas. Su rostro desencajado siempre trataba de disimular una leve sonrisa. Pura escenografía. Sus continuas depresiones y su vida desordenada delatan que Pete sólo era feliz en una pista de baloncesto. Tal vez por eso pasó en ellas tantas horas perfeccionando su manejo de balón y esa suspensión tan majestuosa.
Dicen de Maravich que siempre pensó en él mismo primero y en el equipo después. Dicen que de tanto entrenar en solitario muchas veces creyó estar solo en la cancha. De hecho, aunque nos dejó pases espectaculares, sus cifras de asistencias nunca superaron las siete.
Siempre se le recordará por promediar 44,2 puntos en su carrera universitaria en Louisiana State University, por haber sido un precursor del showtime y, también, por no haber superado una ronda de playoffs cuando era el jugador franquicia de los Hawks (junto a Lou Hudson) o de los New Orleans Jazz (llegó a las finales de Conferencia con los Celtics en los 80 pero aportando sólo 6 puntos por partido).
Pero, ¿por qué de un perdedor reconocido como Pete se hicieron dos documentales, una película y fueron escritas varias biografías? Tal vez porque Maravich se adelantó a lo que sería la NBA más adelante. Pete tiraba de tres antes de que existiera la línea, (se impuso en la 79-80) hacía de cada pase una obra maestra y se convirtió en el jugador más popular al dar auténticas exhibiciones en los concursos de H-O-R-S-E (nuestro tradicional burro en el que un jugador anota de una particular manera y los demás tienen que imitarle si no quieren anotarse una letra a su casillero) que pasaba la CBS en el descanso de los partidos.
Pistol Maravich se destrozó su rodilla en 1978 como él solo podía hacerlo. Saltó para dar un pase por debajo de las piernas y cayó mal destrozándose los ligamentos. Durante este período adquiriría numerosos malos hábitos ¿Qué se podía esperar de un hombre al que una lesión le había alejado de su lugar sagrado, de esa cancha de baloncesto donde se sentía libre para hacer virguerías con el balón, soltar ganchos con ambas manos o hacer tiros imposibles?
Si Magic Johnson afirmó que nunca habrá otro Larry Bird, creo que también estaría de acuerdo en reconocer que jamás tendremos ocasión de ver jugar a alguien como The Pistol, el precursor del “no looking pass”y de tantas otras maravillas sobre el parqué.
Escuché hace tiempo que Ricky Rubio podría ser el nuevo Pete Maravich. No puedo dejar de sonreir ante semejante afirmación, no hasta que a Ricky un genio salido de una lámpara le conceda un tiro en suspensión como el que Maravich anotó hasta en 26 ocasiones para anotar 68 puntos ante los Knicks de Walt Frazier. Tarda un poco en cargar, pero merece la pena tomarse cinco minutos y dusfrutar del arte convertido en baloncesto a través de la figura de Pistol Pete Maravich.
Licenciado en Geografía, master de profesorado de secundaria y bachillerato, máster en Creación Literaria por la Universidad de Salamanca y Doctor en didáctica de la escritura creativa también en esta universidad. Autor de dos libros de relatos, Hasta que la noche nos alcance y Madrid, Nueva York, Logroño, y autor también de Individual o Zona, selección de artículos e historias sobre baloncesto. Entrenador superior de baloncesto (CES 2014) y actualmente entrenador ayudante en San Pablo Burgos (ACB y Eurocup). Te invito a conocer más en mi página web personal: http://jjnieto.com