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Diario de un encierro. Día XXXII






¿Y si fuera más sencillo?

Cuando hace casi doce años tuve la sensación, y por momentos la certeza, de morir en un accidente de avión sobre el Mediterráneo, de regreso de Túnez, me abracé a mi compañero de asiento y recé, ahora bromeamos sobre aquello. Sin embargo, de nuevo en la antigua Cartago, donde aterrizó de regreso la aeronave averiada, en lo que pensaba era en la pericia del piloto para resolver la situación, en cuánto nos habían ayudado sus kilómetros de vuelo, su veteranía. Cada Navidad le mando una tarjeta dándole las gracias. No, en realidad esto no, no tengo ni idea de dónde vive, pero sin duda, a pesar de llevar más de un mes en cuarentena, le estoy muy agradecido.

Si entrenar fuera como pilotar un avión lo tendría claro, elegiría a un comandante de vuelo con muchas millas a sus espaldas aunque lo suficientemente joven como para mantener intactas ciertas facultades físicas: la resistencia a la somnolencia, los reflejos, un corazón sano,… Si entrenar fuera un saber procedimental, un mero “saber cómo” entendería que se nos diera un manual al comienzo de la carrera y un tutorial para desentrañarlo.

Si entrenar fuera la tarea de un estadístico, el análisis de una realidad que se comporta con parámetros regularmente ordenados, o desordenados, elegiría a un matemático para ello. Ellos sabrían predecir con un escaso margen de aleatoriedad o incertidumbre lo que va a pasar. Si fuera únicamente una rama de la preparación física, de la gimnasia, elegiría a un experto en biomecánica orientado al máximo rendimiento muscular, a incrementar la eficiencia energética de los distintos procesos. Pero esto supondría reducir el baloncesto a un “saber qué”, un saber al que también podrían acceder especialistas de otras áreas.

Cuando escucho a entrenadores decir, probablemente con buen criterio, que el baloncesto es un juego de espacios, me tienta llamar a un geómetra. Y cuando me dicen que es una cosa de espacios y tiempos, me tienda ponerlo en contacto con el viejo relojero de mi barrio. Lo que no haría, en ningún caso, es rebuscar entre los materiales que fuimos acumulando a lo largo de los cursos de formación, y no porque los crea obsoletos, que tal vez, sino porque creo que nos limitaron muchísimo la visión del baloncesto.




Si para regresar a salvo a Madrid tuvimos que echar mano de un experto piloto y un poco de suerte, para triunfar en el baloncesto me aferraría antes a un extraterrestre inteligente, capacitado para la comunicación y el liderazgo de personas al que le comentaría la misma mañana del primer entrenamiento de la pretemporada las normas básicas del juego: “pues mira, hay dos canastas, diez jugadores, cinco de cada equipo, y se juega con un balón como ese, ¿lo ves?” Ah, bueno, le daría los mejores jugadores del mercado y me aseguraría que viniera amparado por la fortuna y los árbitros, quienes, aun siendo impecables profesionales, nadie lo duda, ejercen, efectivamente, una influencia en el resultado de los partidos.

Sirva esta exageración para concluir la siguiente tesis. Me parece que hay una sobreconceptualización que contamina nuestra mirada, que nos hace poner el foco en determinadas anécdotas y no en otras, y no en cualquier anécdota, sino en aquella que tiende a confirmar nuestras teorías. Cuánto nos alegra compartir vocabulario, soluciones o metáforas con los ponentes de las diferentes charlas que inundan la red estos días, pero, ¿esto es bueno? Casi siempre que hacemos una inferencia en baloncesto y pensamos que algo funciona partimos de supuestos no extrapolables, los asumimos, los creemos y los confirmamos hasta el punto de autoengañarnos sin revisar la validez de las premisas: "usted no tiene los jugadores de Obradovic, tal vez su defensa de pick and roll no sea la mejor para su equipo". 

Nos olvidamos muchas veces de la simpleza fundacional del juego: dos canastas, un balón, diez jugadores. Tal vez si nos desnudáramos de todo el lastre de conceptos, categorías, anécdotas, pudiéramos llegar a formas nuevas y más eficaces de anotar y evitar canastas. No, no me digan que si nadie las descubrió en 129 años de historia es imposible hacerlo ahora. Llevamos 129 años mirando igual, bautizando Kevin a todos los varones y Lucy a todas las mujeres de nuestro país. Llevamos 129 años conduciendo bajo el manual o, gracias a dios, copiando a los que un día se olvidaron de él y provocaron cambios repentinos en la deriva. Y a expensas de los jugadores (que son los que más cambios provocan en la práctica), el azar y las posibles equivocaciones de los árbitros, menos mal.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Del mito al logos







Hace un par de días discutía, departía quizá es más apropiado, con mis colegas de Crónica desde el Sofá sobre identidades, filosofías, mitos y demás leyendas que envuelven al deporte. Yo defendía una visión más romántica y, por qué no decirlo, más periodística. Ellos, una perspectiva más práctica, que viene a decir que ganan los que tienen los mejores jugadores, los equipos que están mejor entrenados. Que triunfan, y fracasan, en definitiva, las personas y no las ideas ni las señas de identidad.

Aunque sea difícil discernir sobre la antecedencia o subsidencia de la gallina y el huevo, parece claro que el titular sigue a la noticia y no al contrario. La actualidad, fiel compañera de nuestro caminar diario, me ha puesto en bandeja varios ejemplos con los que ilustrar una teoría que ni siquiera pretende ser tal pues, para empezar, pone en entredicho esa óptica romántica desde la que tradicionalmente me he aproximado al mundo del deporte.

Os pongo en situación. Hablábamos (tuiteábamos si es que se puede españolizar este vocablo y añadirle impunemente una tilde) de los Celtics y de los Lakers, de ganar por el peso específico de una camiseta. En eso coincidíamos. El escudo no gana partidos. Sin embargo, yo defendía que los de Boston, al menos ellos, representan unos valores (Celtic Pride, pase extra,...) que parten del pasado y deben permanecer en el futuro. Para ellos, en cambio, hay tantos Celtics como temporadas pues cada equipo, cada unión de doce jugadores, es diferente de la anterior y de la siguiente. Mi idea es que si eliges a las personas adecuadas para los cargos directivos (General Manager y entrenador principalmente) puedes dar continuidad a una idea. Hay en el deporte marcas registradas de las que todos conocemos sus características. En deportes individuales Rafa Nadal representa la lucha continua del mismo modo en que Roger Federer encarna a la elegancia. En cuestiones de equipo el Inter de Milán, salvo en contadas excepciones, ha sido el principal exponente del catenaccio, mientras que en el mundo del ciclismo los equipos holandeses y belgas llevan décadas sembrando el pánico del pelotón cuando la carretera ni siquiera insinúa una pequeña cuesta. 



Es decir, existen factores históricos y geográficos e irrumpen figuras icónicas que parecen elevar el deporte a una categoría por encima de su aparente simplicidad. Así como los altiplanos keniatas acogen razas con ínfimas cantidades de masa corporal predestinadas a correr muy rápido en largos trayectos, y de igual manera que el Caribe acogió, debido al reprobable tráfico de esclavos, la mejor mezcla genética para la carrera explosiva, también circunstancias culturales contribuyen a la conformación de identidades que perduran en el tiempo. O al menos eso defendía yo.

Prohombres de nuestro tiempo como Red Auerbach o Santiago Bernabéu han significado tanto para sus respectivas sociedades deportivas (franquicia y club respectivamente) que su legado, casi por inercia, aspira a prorrogarse década tras década. Sin embargo, el halo de perdurabilidad que rodea a su obra se tambalea cuando la actualidad a la que antes hacía mención, irrumpe de manera caótica dotando de razón a quienes opinan que en el deporte no hay ayer ni mañana, sólo un presente marcado por el talento y por el trabajo.

No cabe duda de que la universalidad del Real Madrid se convirtió en provincianismo (prefiero no añadir epítetos) cuando su presidente, amigo de grandilocuentes discursos vacíos de contenido (Zidanes y Pavones), autocoronado heredero de Don Santiago y notablemente irritado por el dominio del Barcelona, eligió a José Mourinho para el banquillo de su primer equipo. El señor Florentino Pérez admitía, de esta manera, que esa presunta universalidad se asentaba únicamente en la victoria. Primer mito destruído, pero esperen, que hay más.

Cuando tu único ideario es la victoria y no ganas, ¿qué te queda? Si tu propuesta futbolística es esencialmente mezquina (al basarse en los errores del rival y al confiar únicamente en la inspiración de alguno de los mejores jugadores del mundo) y te dedicas a engendrar enemigos a cada paso que das, ¿cómo es que aún mantienes la etiqueta de ganador si no ganas? Sigo.

Hilo Real Madrid y Mourinho con la necesidad de superar el 4-1 de la ida de las semifinales de Champions. Tengo 25 años y aún no he vivido ninguna remontada histórica. Lo más aproximado que he vivido ha sido un 4-0 ante el Real Zaragoza en semifinales de la Copa del Rey de 2006. Impresionante si no fuera porque era necesario un 5-0. La remontada se quedó en un casi y sobre los años 80 sólo he podido leer y escuchar historietas. Juanito, por desgracia, ya estaba bajo tierra cuando aprendí la norma del fuera de juego. ¿Es, por lo tanto, el Real Madrid un equipo acostumbrado a remontar? ¿Servirá de algo apelar al mito? ¿Es acaso el Bernabeu del siglo XXI la misma caldera explosiva que llevaba al equipo en volandas durante los años 80? Desde luego, tengo claro que los yuppies que atestan las tribunas del estadio no sienten la camiseta como lo hacían los humildes obreros o profesionales de clase media que coreaban aquello de... “que Juanito la prepara que Juanito la prepara y Santillana mete gol”. 



Me quito la coraza y escribo en carne viva sobre mis Celtics. Soy del equipo de Boston porque conocí su historia, porque me enamoré de sus mitos y porque otra leyenda viviente, Paul Pierce, me cautivó con su juego. Ahora, tras dos partidos marcados por la impotencia de un grupo infinitamente inferior al de temporadas anteriores, entiendo que la historia no juega, que como diría Pitino Larry Bird no va a entrar por la puerta y que a Paul Pierce los 35 años de experiencia no le sirven para defender a Carmelo Anthony. Ahora entiendo que los de Crónica desde el Sofá tienen razón (como casi siempre), que ganan los mejores en cada momento y que luego ya llegamos nosotros, los juntaletras, para elaborar cuentos con los que dormir a los niños (que si Celtic Pride, que si espíritu de Juanito, que si fútbol total,...)

Alego frente al tribunal popular que antes que verdugo fui víctima, que primero escuché los cuentos, luego me los creí para más tarde elaborarlos y ahora los quemo. Eso sí, me quedo con unas cuantas cenizas no sea que mis dos equipos resuciten y me hagan creer nuevamente en ellos. En los mitos que el raciocinio se empeña en desprestigiar pero sin los cuales, sin su existencia, todo se volvería más anodino. 



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS