Lejos
de previas y pronósticos con los que solía destaparme en las
jornadas previas al inicio de la temporada de la NBA en años
anteriores, sirva como prólogo de las madrugadas que vendrán esta
modesta columna que publiqué el pasado jueves en un diario local. ¿O
es que acaso no hemos crecido y moriremos de la mano de estos tipos
que juegan a la pelota intentando trasladarla al interior de un aro?
Esta
tarde a eso de las siete en la Cafetería Cervecería 5 Arcos de
Salamanca (C/Alfonso IX de León, 122), como previa a la final
olímpica que enfrentará a Serbia y Estados Unidos, y gracias a la
confianza depositada por José Ángel Cortés Ramos, responsable del
área de entrenadores en la delegación de Salamanca, expondré en
una breve charla las claves que, en mi opinión, explican los
indiscutibles éxitos de la selección norteamericana, la cual
afronta esta noche la búsqueda de su decimoquinto oro en diecinueve
Juegos Olímpicos (y que puede presumir, también, de seis oros consecutivos en categoría femenina).
Claves
que residen, probablemente, en cuestiones que van más allá del
baloncesto (demográficas, económicas, sociológicas,…) pero que
también se encuentran en el núcleo del propio deporte, en su
historia, en sus relaciones con los diferentes niveles educativos y,
sobre todo, en la existencia de un método de enseñanza que, si
antes perduraba por el contacto entre “escuelas de entrenadores”,
hoy se ha institucionalizado gracias a los esfuerzos de USA
Basketball por unificar todas esas tendencias en una que, siendo
flexible, pretende marcar el camino de la excelencia: el youth development curriculum.
Dado
que en la cumbre de dicha pirámide que abarca a las más de treinta
millones de personas que practican el baloncesto en Estados Unidos
–en todas las edades y categorías– se encuentran las
selecciones absolutas, me he querido valer de lo que el equipo
entrenado por Mike Kzyzewski ha ofrecido a lo largo de la
competición. Un equipo, por cierto, cuya propuesta me ha parecido
poco ambiciosa –quizá por el poco tiempo para prepararse–, pero
que sigue mostrando el ADN fundamental del jugador norteamericano,
mezcla de escuela y baloncesto callejero, con mil recursos sobre
bote, dominio absoluto de su cuerpo en las finalizaciones y muy
buenos fundamentos desde la situación de triple amenaza. Un jugador
que defiende con posiciones muy ortodoxas, agobiando el balón con
sus manos y cerrando líneas de pase.
En
cualquier caso, aunque los estadounidenses pudieran terminar
imponiéndose esta noche consiguiendo el doblete olímpico, dos
modelos salen igualmente reforzados de la cita demostrándoe, tal
vez, como los únicos que, en la actualidad, cuentan con un nivel
adecuado de planificación, programación y seguimiento, además de
con vías de financiación suficientes como para mantener la apuesta.
Estos son el serbio, que con siete millones de habitantes ha colocado
a sus dos selecciones en las medallas y, por supuesto, el español,
el derivado de la FEB, pero deudor indiscutible del trabajo que los
jugadores realizan en los clubes.
Si
España logra, como todos deseamos, conquistar el bronce ante
Australia, tres selecciones se habrían repartido las seis preseas en
juego. Tres selecciones con filosofías y métodos distintos, sí,
pero con filosofía y método. Esto para los que empiezan en el
baloncesto pensando que se trata básicamente de enseñar a botar,
pasar y tirar. Esto para los que creen que todo pasa por meter un
punto más que el rival. Filosofía y método.
Os
dejo con el avance de la presentación, que podéis ver pinchando
AQUÍ.
Me
pillan preparando una pequeña charla sobre el sistema de formación
de jugadores en los Estados Unidos. Para ello estoy viendo muchos
vídeos y acudiendo a numerosas webs de Primary Schools donde se
cursan los ciclos elemental y primario; de High Schools, donde se
imparte la enseñanza secundaria y también de centros
universitarios, que ofertan grados y maestrías en diferentes
disciplinas. También de escuelas de baloncesto, aunque lo cierto es
que son escasas, pues la primera seña de identidad de este modelo es
la trabazón estructural entre deporte y educación. Todo surge, de
hecho, en un centro de la YMCA (Asociación de Jóvenes Cristianos),
en Springfield, Massachusetts, en la antesala del solsticio de
invierno de 1891, hace 125 años.
Buscaba
el señor Naismith, ministro de la iglesia y profesor del centro, un
deporte interesante, fácil de aprender, que se pudiera jugar en
invierno con luz artificial. Todo para atraer la atención de un
grupo de aspirantes a administrativos, a quienes no les motivaba nada
la ejecución de las rutinas clásicas de la educación física:
hacer el pino, flexiones, saltar obstáculos,… Dicen que se encerró
una tarde en su habitación con el compromiso de salir solo cuando
las reglas del juego estuvieran trazadas. Lo hizo pasadas cuatro
horas y fueron trece los primeros preceptos, que apenas fueron
retocados en los años posteriores salvo en la norma del dribling,
inicialmente prohibido porque el profesor pensaba que propiciaría el
juego violento, como sucedía en el rugby cuando un jugador intentaba
avanzar con el balón.
Y es
que una de las bases fundacionales del balón cesto (así, en dos
palabras, hasta 1927) era la promoción de la habilidad por encima de
la fuerza; la destreza y la coordinación por delante de la violencia
y la intimidación que reinaban en otros deportes. De ahí que
situara el objetivo –inicialmente una caja, pero finalmente, por
necesidades del guión, unos cestos de melocotones– muy por encima
de la altura de las cabezas de los jugadores (a diez pies, casi 3,05
m) con la intención, además, de que los lanzamientos fueran
arqueados, evitando así un posible destrozo del mobiliario. Tal era
el afán por mantener la limpieza en el juego, que tres faltas
consecutivas de un mismo equipo lo penalizarían con una canasta en
contra (entonces “goal”) y dos, solo dos, de un mismo jugador,
obligarían al equipo a jugar con uno menos hasta la siguiente
anotación. Quizá, cabría repensar esta cuestión al albur del
abuso flagrante –cuando no sangrante– de las faltas tácticas y
los bumps (contactos de antebrazo que intentan evitar la progresión
de un jugador sin balón). Todo en aras de respetar el espíritu del
juego.
Pero
para respetar dicho espíritu primero hay que conocer su historia.
Pocos entrenadores saben que en diciembre estaremos celebrando el
125º aniversario, que las normas fueron publicadas en el periódico
del centro, llamado “The Triangle”, que en su base se encuentra
la promoción de los ideales cristianos, que hasta 1898 no se podía
botar o que hasta 1913, tras una situación de fuera, sacaba el
jugador que primero tocara la bola. Por cierto, ahora que estamos de
Juegos Olímpicos, la primera edición, Berlín 1936, la ganaron los
Estados Unidos, un equipo integrado únicamente por jugadores
blancos, tras vencer en la final por 18 a 9 a Canadá. Yo mismo
desconocía alguno de estos detalles hasta que he iniciado la lectura
de la obra “Coaching Basketball” un libro editado por la NABC
(National Association Basketball Coaches), una asociación surgida en
1927 para, entre otras cosas, dignificar el juego.
Pero
de la NABC os hablo mejor en la próxima entrada, en la que seguiré
detallando algunas pinceladas de la historia del durante décadas
conocido como “The American Game… played worldwide”. Por si a algunos, ahora que los de USA Basketball parecen vulnerables, se les olvida.
La
mayor parte de los viajes que emprendemos, por mucho que nos queramos
parecer al despistado Odiseo, implican una partida y un regreso. Todo
regreso, a su vez, exige una ardua labor de supervivencia, más aún
si el puerto en el que hemos atracado por unos días no es un
estercolero; o si la dársena de llegada, en la que pasaremos gran
parte de nuestras vidas, no se parece precisamente a un vergel (real
o figurado). La primera paradoja que debemos afrontar a la vuelta
encuentra su razón de ser en el propio concepto “vacaciones”,
cuya mera existencia revela, tal vez, el fracaso de un modelo que
quiso convertir a la felicidad en su eje motor. Durante su disfrute,
los seres humanos descubren que el mundo es más que una oficina o
una estación de metro, pero se percatan, también, de que no les
pertenece, llegándose a esta posible conclusión: “Pudiendo
disponer de paraísos naturales o culturales, el ser humano se
condena a vivir en junglas de asfalto”. Sí, ya sé lo que está
pensando, que invente, si me atrevo, una solución mejor. Denme tiempo.
Situado
sobre un acantilado, uno se da cuenta de la existencia de un tiempo
geológico prácticamente inconcebible desde la perspectiva humana.
Viendo al mar cincelar la roca caliza uno se percata de su propia
nimiedad, no ya solo en términos espaciales, también temporales. Es
curioso, seres que no son nada –apenas un eructo de la naturaleza–
lo quieren todo deprisa. Curioso pero lógico: el mar tiene todo el
tiempo del mundo, morirá con el planeta. Pero ello no elimina la
paradoja. Si la naturaleza acepta firmar una obra inacabada ¿por qué
estos seres diminutos se empeñan en quererlo todo ya, en dar por
terminados miles de bosquejos imperfectos? ¿Por qué no se conforman
con sobrevivir?
Tal vez porque trascender sea también pervivir, inmortalizar una obra que entierra a
un cuerpo y se desvincula de su triste penar. Una suerte de progenie
surgida de regiones inhóspitas de nuestro cerebro. Y de trascender sabe un poco Gaudí, de quien
me enamoré aún un poco más tras ver su “opera prima”, El
capricho, en la localidad cántabra de Comillas. La que pretendía
ser la residencia de Máximo Díaz de Quijano, abogado, músico y
filántropo (pero que moriría siete días después de su
inauguración), es, no cabe duda, la obra de un genio. Si vista desde
lejos parece una casa de fantasía, examinada al detalle fascina por
sus guiños a la melomanía de su inquilino o por la sutil fusión de
pragmatismo y belleza. Sin embargo, mirarse en el ejemplo de Gaudí supone una
cura de humildad dolorosa. También una lección de matemáticas.
Probablemente, su existencia elimina la posibilidad de que
nazca otro arquitecto de su envergadura en su mismo contexto cultural
hasta finales de este siglo, por mucho que se hayan acortado los ciclos económicos o tecnológicos, que no el que atañe a los genios (menos aún el que afecta a
los “clásicos”).
Ligo
aquí, a duras penas, con la temática de este blog. Entrar en íntimo
contacto con la obra de la naturaleza, y con aquella otra de un
maestro de la arquitectura, me ha dificultado el poder disfrutar de
los partidos de la selección de baloncesto. Escuchando como una
lejana banda sonora los comentarios de Pepu Hernández sobre tipos de
arrancada, sistemas o toma de decisiones, encontraba grandes
dificultades para prestar atención a semejante banalidad. En la
época en la que mayores y más variadas son las posibilidades para
el aprendizaje, el ser humano se empeña en levantar su edificio
sobre cimientos del tamaño de un átomo. Estudiamos con un
microscopio la anécdota más irrisoria de las que conforman el
universo y pretendemos obtener, por ello, una medalla. Y lo peor es
que muchos lo creen. Y los demás nos lo tenemos que creer.
Y
sin embargo hay que seguir, aunque aquello de darle sentido a la vida
deba de ser un sinónimo de autoengañarse. Toca olvidar la visión
del mar enfurecido y quedarse con el inopinado afán del pescador de
bonito. Es hora de dejar de aspirar a ser Gaudí y de conformarse con poseer
una millonésima parte de su talento. Un nuevo reto baloncestístico
espera a la vuelta de las verbenas y sus miembros, para su fortuna,
aún no se han hecho estas preguntas. Solo quieren aprender a vivir
jugando al baloncesto. Sin paradojas que se lo impidan.
Dado
que no me he levantado muy olímpico, ni de cuerpo ni de espíritu, y
dado que no es motivo de ninguna resaca, voy a optar por tratar el
tema Río de manera más bien oblicua. De pasada, como siento que han
llegado a su fecha de inauguración estos Juegos que confirman la
muerte del deporte en su versión romántica, decimonónica y
coubertiniana. O como prefieran llamarla.
No
descarto, tampoco, que sean los años los que hayan provocado esta
rebaja en el entusiasmo, este cercenamiento de la pasión infantil
con la que antes afrontaba la llegada de este acontecimiento. Pero
claro, antes creía en las naciones, y en la fraternidad entre las
naciones. Y en el deporte, y en los valores que se le asociaban. Y en
la limpieza de los deportistas. Y en la honradez de los prebostes del
COI. Y en Prometeo como benefactor de la humanidad y azote de los
dioses.
Sin
embargo, a escasas horas para el encendido de la antorcha, todo lo
que ocupa la actualidad en torno a este magno evento, son aspectos
derivados relacionados con la seguridad y la tensión social en el
país anfitrión, la emergencia sanitaria del Zika o el caso de
dopaje institucionalizado en Rusia. Por no hablar de los aspectos
organizativos, con una villa olímpica que se desmonta y con un
cenagal por laguna para la disputa de una serie de pruebas
acuáticos. Quisiera equivocarme, pero mucho me temo que, en esta
ocasión, los Juegos no van a servir de catapulta, sino de espejo. Y
no, Rio no es la mujer más bonita del reino.
En
cuanto al baloncesto, me pillan revisando plantillas y resultados en
los partidos amistosos. Suficiente para saber que hay un favorito
claro y dos aspirantes que se elevan sobre el resto. El favorito,
obvio, es Estados Unidos, un equipo repleto de bajas que echará de
menos, sin duda, a Harden, Westbrook, Paul, Lebron, Aldridge,
Griffin, Davis,… pero que debe bastarse para conquistar el oro no
solo por el talento individual, sino por tener una concepción del
baloncesto tan simple como integrada en el ADN de los jugadores. Los
veremos defender con numerosas fintas y muchas manos, rebotear y
correr como panteras, y dividir y doblar, o jugar situaciones de pick
and roll central, para conseguir ventajas inmediatas en los primeros
ocho segundos de ataque. Y bueno, algún balón interior le meterán
a DeMarcus Cousins, el cinco puro más dominante que ha parido la
liga desde la retirada de Shaq.
Justo
por detrás, quizá a quince o veinte puntos en condiciones normales,
están Francia y España, las dos grandes potencias europeas de los últimos años
y, en mi opinión, en este orden. Si un Gasol de leyenda nos permitió
vencerlos en su Eurobasket tras una brillante prórroga, no es
difícil olvidar que en las dos ocasiones anteriores el resultado fue
favorable a los galos. ¿Por qué Francia antes que España? Por
juventud y exuberancia física. Por estar llevando a cabo el relevo
generacional de los Diaw, Parker, Pietrus y compañía con mucha
mejor nota que nosotros. Ahora bien, todo queda, nuevamente, en manos
de lo que pueda hacer Pau, ese hombre de estado, como lo define
Kzyzewski, capaz de invertir los términos del sentido común y
devolvernos a una final olímpica aun sin la presencia de su hermano
y con sus compañeros de batalla cada vez más fatigados.
Y
luego ojo. Ojo a Serbia y a Croacia, aunque se les augure más
peligrosos en Tokio. Y al anfitrión, por si algún día le da por
jugar con ocho, dado que en condiciones normales no dejan de ser una
buena banda al servicio, eso sí, de un gran director de orquesta:
Rubén Magnano. Y en menor medida a Argentina, sin pegamento entre la generación de los padres (Ginobili, Scola o Nocioni) y la de los hijos. Más peligrosa que éstas es Lituania, sin duda: más
grande, más fuerte, más técnica. No, en cambio, Australia, suma de
nombres resultones pero sospechosa habitual de incurrir en
comportamientos anárquicos. Ni el resto; China, Venezuela o Nigeria,
concesiones simbólicas de la geografía en pos de un universalismo
panfletario en el que ya no cree ni dios.
No
sé si es una crisis o es que no he dormido bien, pero lo que más me
interesa de la Gira Ñ es la Ñ, esto es, la letra que viene a
diferenciar nuestro idioma con su perturbadora presencia. Supongo que
llegarán los Juegos y se me pasará. Y que me volverá a importar lo
que ese puñado de profesionales puedan hacerle a la pelotita naranja
de cuero (de cuyo lugar de manufactura prefiero no acordarme).
Sí,
será una crisis, una más a sumarse a cuantas nos definen como
generación. La financiera, la económica, la inmobiliaria, la de
valores, la de valores morales, la política,… Es la crisis del fin
de siglo prolongada en el tiempo. Del fin de siglo XIX, me refiero. Y
como para sobrevivir a este tipo de crisis –a todas menos a la
financiera– suelo echar mano de un cuaderno y un bolígrafo, hoy he
vuelto a reincidir y me ha dado por escribir unas cuantas
definiciones de términos más o menos baloncestísticos copiando,
literalmente, la idea de Andrés Neuman, fantástico autor argentino,
que estuvo en Salamanca hace unos meses y que nos iluminó con su
lucidez mental y su agilidad verbal, aunque esto último pueda sonar redundante toda vez anunciado su pasaporte. Bueno, al grano.
Acierto.
1. Probabilidad de fracaso que el error se concede a sí mismo. // 2. Producto de la indulgencia futura de uno hacia sí o de los otros hacia los demás cuando están bien muertos.
Acompañamiento.
1. Infracción del reglamento por acunamiento del único hijo que no
te abandonará de mayor. // 2. Como en toda violación, algo que cometen
solo los del otro equipo.
Aficionado.
1. Enorme jugador de cantera que se rompió la rodilla en el momento
de dar el salto a profesional (lo que a veces es cierto). // 2.
Padre seguro de que su hijo es su hijo, pero no de que este deba ser
tan malo como lo fue él. // 3. Ciudadano griego en tratamiento
psiquiátrico (con cariño, eh. ¡Somos amigos!).
Alero.
1. Escolta del escolta // 2. Tercer hombre.
Asedio.
Lo que el catenaccio ve cuando se mira en el espejo.
Ataque.
1. Pesadilla recurrente de Xavi Pascual. // 2. Invento de los
americanos, según Xavi Pascual. // 3. Concepto consecuencia del
error cometido por James Naismith en la redacción del reglamento al
proclamar que el objetivo es introducir una pelota en la cesta,
cuando todo el mundo sabe que es al contrario. Todo ello
según Xavi Pascual.
Atleta.
1. Negro mejor que el de tu equipo. // 2. Vecino cachas
del quinto (¿o esto solo es en mi caso?) que le recuerda a tu mujer
que estás echando tripa.
Atlético.
1. Locura transitoria que se alimenta de derrotas por la mínima o en
los penaltys. // 2. Equipo de Belén Esteban (Hala Madrid).
Ayudante
(de entrenador). 1. Aprendiz de traidor. // 2.
Masturbador compulsivo en el tiempo que le queda entre montaje y montaje de vídeo. // 3. Ex
marido, ex amante, ex amigo,… // 4. Típica clase de hombre del que
todo el mundo se pregunta cuándo fue la última vez que lo vio.
Coincidiendo
con la Pascua de Resurrección de 1656, varios viajeros portugueses,
que habían acudido esperanzados a la región de Bahía, en Brasil,
descubrieron que, allí donde debía de haber minas de oro y plata,
solo había polvo. Ante el desconsuelo natural de esperar y no
hallar, que ya se había generalizado entre sus familias y afectado
al espíritu de todo el país, el padre jesuita Antonio Vieira, en
uno de los sermones que pronunciaba (Sermón Primero del segundo día
de Pascua de Resurrección en la ciudad del Belén del Gran Pará) y
que ahora son estudiados como ejemplo de retórica argumentativa,
dijo lo siguiente: “Es mucho mejor no haber descubierto las minas”.
“Ved, si no, de cuántos peligros y trabajos os redimió”. De la
codicia ajena y de invasiones extranjeras. De todo ello les libró,
según el Padre Vieira, el hecho de que no se hallaran, finalmente,
las minas prometidas y recordó, como ejemplo, la invasión romana de
la Península.
Minas
de oro y plata que han devenido, ahora, en máquinas de tirar
dólares. Revisado hace dos años el contrato de televisión y en
base al convenio salarial con el que pretenden, ahora, negociar
duramente los sindicatos de jugadores; y sin que a nadie le pueda
parecer mal que una mayor parte del pastel vaya a parar a estos, lo
cierto es que la NBA se ha convertido en el único destino posible
para quien apunta mínimas maneras. La pregunta es evidente, ¿acabará
siendo esto una desgracia?
Si
no lo es ya, habríamos de apuntar en primera instancia. Si no lo es
ya para las ligas continentales, que no solo pierden, como antaño, a
los talentos consagrados, a los currículums de dos tomos, sino
también a los diamantes por pulir, a jóvenes de doce minutos por
partido. Si no lo es ya para estos propios chicos, cuyo ímpetu y, en
cierto modo avaricia, no merecen reproche, pero que corren el riesgo
de estrellarse contra los modos de hacer y las inercias de los
equipos NBA, ejemplos categóricos de la búsqueda de la máxima
rentabilidad. Si no lo es ya para la propia NBA, que depaupera su
producto al ritmo de esta inflación salarial que hace que sea aún
más de necios, de lo que ya lo era, “confundir valor y precio”.
Del
querer siempre se ha dicho que es poder. Sin embargo, del poder no
debería derivar de forma automática un querer. Lo saben muy bien
los clásicos, que nos hablaban de prudencia y contención, de mesura
en la toma de decisiones. Me parece fenomenal que haya dinero y que,
como afirmé antes, este llegue a los jugadores en cuanto que parte
fundamental del juego. Ahora bien, es indignante escuchar el baile de
cifras, pensar que de verdad conquistan con su trabajo diario todos
esos millones de dólares que, en este sistema entrópico, hubieron
de salir de algún otro estrato de la sociedad y negársele a quien
no nació provisto de dones o suerte suficiente.
Son
los riesgos de ir a buscar minas… y encontrarlas. El precio de que
el salario sea un número a caballo entre lo que se está dipuesto a
pagar y lo que se está dispuesto a cobrar (sindicatos y patronal por
medio) cada vez menos referenciado a la economía real, a los costes
y al sentido común. Son los delirios propios de una grandeza que el
pueblo otorga a cambio de entretenimiento. Pero que se anden con
cuidado, pues con este afán abarcador, “democratizador” a su
manera, se corre el riesgo, también, de terminar con las ligas
europeas, nexo de unión y puente con el aficionado europeo, el que
antaño se enamoraba del basket animando desde la grada al equipo de
su pueblo. Ya se verá.
La
de Tim Duncan, jugador que ha anunciado esta pasada tarde su
retirada, es la historia de un “no”, un cuento construido a base
de lítotes, es decir, de negaciones que lo afirman todo. Porque no
es que Tim Duncan sea el mejor jugador interior de su generación, o
el líder de una franquicia que lleva veinte visitas consecutivas al
Playoff. Y no, no es solo que Tim Duncan sea un especialista
defensivo o el mejor reboteador del siglo XXI, ni la figura más
cercana a Bill Russell o Kareem Abdul Jabbar. No, no se trata de que
no sea un amante de los titulares, de las entrevistas, del marketing.
Ni que no sea un compañero egoísta o fanfarrón. Ni un hombre hecho
para ser conocido en los ascensores (en los que pasa desapercibido) o
para ser condecorado por la comunidad por todos los servicios que le
presta de manera callada, como le enseñaron a hacer las cosas. No,
no es eso.
De
Tim Duncan se cuenta que iba para nadador y que un huracán, Hugo,
cambió los planes del chico tras arrasar la piscina donde se
entrenaba a conciencia para debutar en Barcelona ´92. Dicen también,
los periodistas, que en aquel ya lejano junio de 1997, todo parecía
indicar que serían los Knicks el destino del chico de Islas
Vírgenes. Y no mienten ni el pívot, ni su entrenador, Gregg
Popovich, cuando recuerdan la visita que este le hizo al primero a
Saint Croix, lugar de nacimiento del jugador que hoy se retira, y
cuando mencionan y reflexionan sobre la conexión que ambos sintieron
en el interior de su alma. Y sí, parece que es un hecho que a
Popovich le tocó nadar varias millas adaptándose al plan previsto
por el que a la postre sería, tal y como confesara el entrenador de
los Spurs de manera irónica, la clave de sus victorias y su gran
aportación al baloncesto.
Y
dicen que ya tiene cuarenta y que si hoy dijo adiós es porque
después de responder mil veces a preguntas sobre su retirada, siente
que ya no le sale decir aquello de “aún me queda un partido más”.
Toca vaciar, al fin, la pintura de la que durante tantos años fue
centinela. Es el momento de colgar la camiseta en lo alto del cielo
de San Antonio, cerca de la de David Robinson, su torre gemela y
mentor, el humilde y esforzado marine que le abriera el camino. Toca
recoger la cosecha y sentarse junto a la piscina lejos de los
estériles debates que ya se cerraron (Garnett o Duncan, ala pívot o
pívot) o de aquellos otros que permanecen abiertos (comparaciones
históricas) y a la espera, tal vez, de que un nuevo huracán le
lleve de nuevo a San Antonio como entrenador o miembro del staff
técnico a aportar toda su experiencia y sabiduría, la que durante
tantos años amasó desde el silencio que envuelve a esa gente
inteligente a la que preferimos llamar “rara”.
Dicen,
cuentan, redactan y susurran, narran y confiesan. Lo hacen otros por
él, mientras él calla. Mientras lo niega todo: que fuera el mejor
defensor, que fuera una lección de fundamentos, que fuera el jugador
clave de la más exitosa y longeva franquicia desde los Chicago Bulls
de los años 90.
Últimamente
tengo la sensación de que la vida de mucha gente a mi alrededor se
desmorona con sorprendente facilidad. Es cierto, no es una ayuda que
te deje la persona “amada”, o que entren en conflicto dos
realidades a las que no tenías previsto renunciar. O que se sucedan
ante nuestros ojos tantas catástrofes (la mayoría de origen
antrópico), tanto mal envuelto en los ropajes de lo convencional o
heredado. Es cierto, sí, y, mientras tanto, George Steiner denunciaba ayer en una entrevista para El País, que los jóvenes ya no
tienen tiempo de tener tiempo, que nunca la aceleración
casi mecánica de las rutinas vitales ha sido tan fuerte como hoy.
No hay tiempo para la reflexión. Vivimos en el fondo de un sumidero
de estímulos superficiales, en un régimen de monocultivo de lo
banal y en la ceguera de la que nos alertó José Saramago en su
célebre “ensayo”, una de esas novelas con las que nos
equivocamos al leerla en clave de ficción.
Ayer,
en cambio, al dar carpetazo al VIII Campus del C.B. Tormes en Villamayor, tras ocho días de convivencia con 150 niños y
adolescentes, me he dado cuenta de que todo es mucho más sencillo de
lo que nos creemos. Es todo una cuestión de perspectiva y desde hace
tiempo el ser humano, al menos el tipo de ser humano con el que
convivo habitualmente (principalmente yo mismo), ha decidido afrontar
el muro de la vida mirándolo desde el origen y tumbado boca arriba.
Y ante esa pared vertical es fácil rendirse y dejarse secuestrar por
el modo de hacer de los semejantes dando por sentado que no hay otras
opciones y que a la mezquindad se la combate con mezquindad y al
odio, pues eso, con más odio. Cuando es todo lo contrario.
Ahora
que comienza el verano, y aunque no esté de más tomarse unos días
de abandono completo de uno mismo (no confundir este abandono con
irse de vacaciones para fijar un estatus, dar envidia y tocar las
pelotas a los que no pueden irse), mi propuesta para todos los
lectores de este blog, sean o no amantes del baloncesto, es que
abracen un proyecto. Sí, un proyecto que abarque su fase de ideas
previas, planteamiento de alternativas, selección final y, por
supuesto, que desarrollen con persistencia y método. Un proyecto que
les permita responder a las malintencionadas preguntas de conocidos
con un lacónico “estoy trabajando en ello”. Un proyecto que les
permita sentirse bien y realizados, no para con el mercado, perversa
creación del ser humano (más dañina, si cabe, que Dios aunque me
digan que necesaria y contingente), sino con su espíritu, entidad
difícilmente definible, pero que debería encontrarse en todos los
manuales de anatomía por ser la parte que con mayor facilidad
enferma en nuestros días.
Y ya
centrándome en el baloncesto; ahora que afrontamos el período
estival, época de torneos internacionales de selecciones, y que las
ligas más modestas ya han echado el cierre, todo entrenador debería
abrazar un proyecto: salir del verano más preparado. Ser mejor
entrenador y mejor persona, que como bien dijo Pedro Martínez en un
clínic organizado por el Campus de Marta Fernández en Carbajosa, es
prácticamente lo mismo en la medida de que se trata, ante todo, de
transmitir valores. Toca releer apuntes, acudir a escuchar a los
mejores, leer con calma (y con el móvil apagado) el libro que nos
regalaron en navidades, mejorar el inglés (lenguaje universal en este campo), ver baloncesto con mirada de entrenador. Toca
empaparse de la realidad actual de los jóvenes, comprender cuál ha
de ser el canal para llegar a ellos, ahora que competimos con
referentes mucho más atractivos, por guapos que seamos, que nosotros
(cantantes de moda, personajes de serie o videojuego, jugadores de
NBA o fútbol,…). Toca planificar el proyecto del próximo
invierno, y planificar debe ser un proyecto en sí mismo.
Solo
entonces, enfrascados en un reto atractivo, elegido por nosotros y
que, a modo de espejo, nos sitúe ante nuestra propia realidad,
terminará el desencanto de la búsqueda infructuosa de “un lugar
en el mundo”, de un salario miseria, de una pareja perfecta, de un
sueño que no existe, amigos, salvo que se llame proyecto y exija,
más que imaginación, compromiso. Abrace un proyecto y no lo abandone: Él nunca lo haría.
Amaneció
un nuevo día de San Juan. También en Londres, sobre las cenizas de
43 años de permanencia en Europa, sobre sueños y estrellas ya no
amarillas, sino negruzcas. Y aún huele a humo en las playas de
Levante, hollín anuncio, tal vez, de fumatas blancas de cara a un
lunes de resaca electoral. Y se siente aún la brisa cargada de lo
viejo que anoche incineramos. Y urge abrir las ventanas del mundo,
situadas entre ventrículos y aurículas, y que entre sístole y
diástole recobremos el pulso a una vida que, como ese regalo que no
nos gusta, parecemos decididos a malgastar.
Llegó
a tiempo, también, esta noche mágica para aquellos que a 30 de
junio deben hacer balance, cuando no maletas, y discriminar lo que
sirve, lo que no, lo que se hizo mal y lo que se pudo hacer mejor.
Hoy amanecieron también quemadas las 73 victorias de los Warriors,
estériles en el recuerdo de los aficionados, que hubieran cambiado
un puñado de ellas por un anillo que se les escapó a poco más de
un minuto para que finalizara la temporada, con una secuencia
demoledora de tapón y triple, de James e Irving.
No
llegó a tiempo, en cambio, Xavi Pascual. Enfrascado en una
disyuntiva insoluble, renunció a decidir si seguir o no, si apostar
por los jóvenes o volver a fichar ocho extranjeros para después
seguir viviendo de Navarro y de Tomic o si mudarse de planeta. Lo
cierto es que el Barcelona, tras lo vivido en esta final, necesita
algo mucho más contundente que la quema de lo viejo y la plegaria de
unos cuantos deseos. Una noche de San Juan no bastará, si no se
acompaña, a su vez, de una visita estival a Lourdes. O a
Montserrat.
Y
así estamos todos hoy, seis años y un día después del nacimiento
de este blog, echando de menos la noche más corta del año,
lamentando que amaneciera tan temprano y que el oxígeno que a otros
nos falta consumiera tan pronto las mágicas llamas. Llegó el
solsticio, como se vino y vendrá uno nuevo dentro de doce meses
(obvio el lúgubre correlato del invierno). Pero se queda el verano,
época de reciclaje personal, de tiempo para leer que luego no se
emplea, de viajes que no siempre se realizan. Ah, y de Juegos
Olímpicos, esperemos que no marcados por el zika y sí por una
última gran actuación de nuestra Generación de Oro.
Licenciado en Geografía, master de profesorado de secundaria y bachillerato, máster en Creación Literaria por la Universidad de Salamanca y Doctor en didáctica de la escritura creativa también en esta universidad. Autor de dos libros de relatos, Hasta que la noche nos alcance y Madrid, Nueva York, Logroño, y autor también de Individual o Zona, selección de artículos e historias sobre baloncesto. Entrenador superior de baloncesto (CES 2014) y actualmente entrenador ayudante en San Pablo Burgos (ACB y Eurocup). Te invito a conocer más en mi página web personal: http://jjnieto.com