El mejor entre nosotros







El sol luce en el cielo de Miami a la misma altura sobre el horizonte que el 31 de marzo anterior. Y que el anterior. David Ferrer, mientras, pronuncia su discurso ante las abarrotadas gradas del Crandon Park. Su mensaje está cargado de gratitud hacia quienes le ayudan y acompañan en el ejercicio de su profesión, pero el tono, apagado, revela un íntimo sentimiento de culpa y frustración.



A David, como al resto de perdedores, se le permite hablar primero. Así puede sentirse en posesión de un falso privilegio, ser el sujeto pasivo de una atención que bien podría compararse con la que reciben los niños pequeños al cenar o al acostarse antes que los adultos. Es más, hablar primero no implica más que pasar delante y, claro, todos sabemos que aquello de “las damas primero” no es más que una simbólica compensación que recibieron las mujeres por haber perdido, injustamente, la batalla frente a sus iguales en el mismo momento de la creación.



En realidad, para ser honestos, David Ferrer se había asegurado su derecho a hablar llegando a la final del torneo, la quinta en un Masters 1000, la decimotercera ante un Top 5 a lo largo de su carrera. Para David, colarse en estos acontecimientos supone un acto de rebeldía pues Ferrer, por su juego y condiciones, no es más que un obrero de clase media, el mejor, tal vez, pero un obrero. Y claro, cada Masters 1000, por no hablar de los Grand Slams, busca asemejarse a una fiesta de carácter exclusivo, a aquellos encuentros que el Gran Gatsby organizaba en su residencia privada junto al East River neoyorquino.



En esta sociedad de clases, directa heredera, o eso nos cuentan, de las revoluciones liberales burguesas de finales del XVIII y del siglo XIX se supone que se puede ascender en la escala social a través de los méritos y del trabajo, desde la disciplina y el esfuerzo. Y si no es a través del mérito, quizá puedas caerle bien a la hija de un terrateniente o dejarte ganar al poker en presencia de un empresario con más billetes que luces. Es decir, las posibilidades de ascenso son incuestionables. Sin embargo, el deporte, quizá una de las manifestaciones más primarias del ser humano en cuanto que animal, ha vuelto, hoy, a mostrarse inquebrantable. La inferioridad de Ferrer ante los cuatro mejores del circuito ha vivido hace unas horas su punto culminante. Un punto que se extiende a lo largo del medio centímetro por el que la bola de Murray, durante punto de partido a favor del español, entró dentro de los límites reglamentarios de la pista. Medio centímetro que expresa gráficamente una distancia mental inabarcable que pone en entredicho todos esos mensajes de autoayuda pronunciados por profesionales de la psicología que después terminan suicidándose. Que sí, que sí, que si siembras una acción cosechas un hábito y que si siembras un hábito cosechas un carácter y que si siembras un carácter cosechas un destino... Un fatal destino, en todo caso, en el que por más que actúes, generes hábitos, poseas un carácter y creas haber cosechado un destino la bola de Murray entra.



Y es que salvo para cuatro genios contados que bien podrían llamarse Novak, Andy, Rafa y Roger, la vida es una sucesión de derrotas y pérdidas. Perdemos el tiempo, enterramos proyectos, nos despedimos demasiadas veces de personas que querríamos tener a nuestro lado y, lo que es peor, en ocasiones lo hacemos para siempre. Luchamos y, aunque nos lo prometemos constantemente, muchas veces durante una tarde de domingo cualquiera como ésta, volvemos a tropezar con la misma piedra.



Pero después de decir lo que pienso no puedo despedirme desparramando sombras entre quienes dedicáis, en vano, un par de minutos de vuestras vidas en la lectura de estas letras. En realidad, cuando Ferrer se desplomó acalambrado sobre el cemento del sur de Florida, me emocioné y soñé con ser, al menos durante unos segundos de mi vida, ese gladiador alicantino que se cree, a sabiendas de que son basura, todos los mensajes de autoayuda para madrugar cada mañana para correr y entrenarse sabiendo que sólo aspira a ser el mejor de los perdedores, el mejor entre nosotros.



P.D. Si este post les ha parecido excesivamente pesimista entiendan que es domingo, que es de noche y que, nuevamente, llueve a cántaros del otro lado de la ventana. Pero bueno, como pensaría el propio Ferrer, al menos no llueve en este lado.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Eternamente jóvenes





La eterna juventud no depende de cremas antiarrugas o dietas milagrosas. La eterna juventud depende de la calidad de nuestros recuerdos y de las vivencias acumuladas en el zurrón de la memoria. Todos nosotros, al menos los que nos detenemos de vez en cuando a reflexionar sobre aspectos que no se compran con dinero, tenemos una época fetiche, una década en la que nos hubiera gustado vivir. Idealizamos, quizá por desconocimiento, momentos de nuestra historia en base a mitos que sobreviven en nuestro imaginario colectivo. Y en el imaginario colectivo del baloncesto, una época y dos iconos se elevan por encima del resto. Los ochenta: Magic y Bird. 

A Courtship of Rivals (Un noviazgo entre rivales), un documental con el sello HBO, nos presenta la relación entre ambos genios, los paralelismos y también las contradicciones de dos carreras que no se entenderían de manera separada. Probablemente, de no haber existido uno de los dos, las alforjas del otro estarían, hoy, aún más cargadas de títulos. Como las de Federer o Nadal o las de Ali o Frazier. ¿Hubieran optado Larry o Magic por haber ganado más anillos en ausencia del otro? La duda ofende.

A su grandeza, la de ambos, contribuyó lo singular de unos años marcados por las políticas conservadoras de Reagan y Bush y su contraste con los movimientos cívicos urbanos que tenían como leitmotiv principal la liberación de las clases sociales marginadas por un sistema cada vez más voraz. Por otro lado, los medios de comunicación se sofisticaban y se convertían en un cuarto poder omnipresente. El baloncesto, tras una larga década de hiberno (hasta las finales de la NBA se emitían en diferido), se convirtió en la verdadera atracción del país. Ni siquiera las hazañas de Montana pudieron competir con los duelos en la cumbre entre dos chicos de orígenes humildes llamados a dominar su deporte. 

En los ochenta la distancia aún suponía una barrera real. Las noticias volaban entre Los Ángeles y Boston a velocidad de paloma y el periódico aún debía leerse en papel. Allí, en los viejos papers, Magic y Larry buscaban con ansiedad las estadísticas de su rival (las de hace dos noches) mientras degustaban el primer café de la mañana. El hecho de que la tecnología aún fuera analógica dotó de romanticismo a sus duelos. Se encontraban dos veces al año en temporada regular y se citaban para la final. Se vigilaban en la distancia, se respetaban desde el silencio y, no nos equivoquemos, se odiaban dentro de la cancha. 

Aunque la prensa tratara de vender esta rivalidad como una contienda entre un negro y un blanco, entre el libertinaje hollywoodiano y el puritanismo de la añeja Nueva Inglaterra, Magic y Bird simplemente saltaban a la cancha para vencer. El baloncesto lo era todo en sus vidas y la victoria, claro, suponía una motivación más que suficiente. Sin embargo, pese a que la historia de Magic y Bird es la de una sucesión de contiendas deportivas que comienzan en la final del Torneo Universitario de 1979 y culminan en las finales de la NBA de 1987, su vida, la de ambos, no se explica sin atender a los momentos en que se cruzaron sus caminos y a los paralelismos que cimentan sus historias. Además de la falta de holgura económica durante su infancia, Magic y Bird gozaron de referentes familiares que dieron sentido a sus tempranas vidas, de entrenadores que apostaron por ellos, de compañeros de enorme talento que les ayudaron a ser lo que finalmente fueron. Ambos, además, se toparon con la adversidad al final de sus carreras. Los dolores de espalda de Larry mediatizaron sus últimos cuatro años de baloncesto; el contagio del V.I.H por parte de Magic le obligó a tomar la decisión más difícil de su vida: dejar el baloncesto. 

El uno, con la muñeca más perfecta que Dios ha creado, el otro, con la sonrisa más ancha que el mundo ha conocido. Demasiado perfectos para ser reales, demasiado perfectos para fusionarse. Barcelona y un cada vez más lejano 1992 fueron testigos de que nada es demasiado, de que a veces, en un mismo tiempo y lugar pueden coincidir dos fuerzas opuestas para rescatar al ser humano de lo anodino de su existencia y convertirle, de pronto, en una raza privilegiada y eternamente joven. Tanto, al menos, como sus recuerdos. 



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

La vida a veces







Los ecos del fin de semana se desvanecen entre las luces de la ciudad. Aún hay ropa en la terraza y marzo sigue empeñado en marcear. Es domingo por la noche y en la soledad de mi cuarto mis dedos se preguntan cuál será la próxima tecla a golpear. Me autorreceto una dosis de escritura para superar una dura tarde en la cancha, vestido de largo, sin la posibilidad de luchar por un balón suelto o de ayudar a un compañero a detener a un atacante, aprendiendo del sabio, pero indigesto, arte de errar. Errar en la dirección de partido y, sobre todo, en la tutela de un grupo humano que hoy se comportó como una suma de individuos sin rastro alguno de alma o espíritu colectivo.



El pasado viernes acudí a una librería del centro de Salamanca, vacía por cierto, para adquirir el primer libro de Carlos del Amor, La Vida a Veces, en el que narra con su reconocible voz una serie de pequeñas historias que no cambiarán el mundo, pero que lo convierten, en cambio, en un lugar más agradable para vivir. En ellas, lo cotidiano se eleva por encima de la noticia por encerrar, dentro de sí, valores universales como la belleza, el amor o la amistad, valores éstos, creo, que en cierta medida también deben estar presentes en una pista de baloncesto.



No busquen conexión alguna entre los dos primeros párrafos. Son pensamientos deslavazados fruto de una reflexión inexistente acerca de una tarde de baloncesto que yace sobre el suelo con la sangre aún caliente. Sirva además esta anarquía como metáfora del nomadismo al que están sometidas las rachas o los momentos. Ocho días después de disputar nuestro mejor partido, con una defensa basada en la confianza en el compañero y en la solidaridad y un ataque agresivo y comprometido, hemos ofrecido una versión totalmente distinta, ni prima ni lejana de la anterior.



Quizá seamos los entrenadores como esa mujer fiel que teje y desteje su sudario a la espera de un marido que no llega. Quizá seamos los últimos en enterarnos de que algo está pasando a la vista de unos ojos sumidos en una blanca ceguera. ¿Cómo puede cambiar tanto un equipo en tan poco tiempo? La lógica me lleva a pensar en que la semana de entrenamientos no había sido buena. Quisimos interpretar una buena obra sin el número suficiente de ensayos y para que una escena parezca natural debe ser repetida miles de veces. Tomamos el camino fácil y nos encontramos todas las trabas al final cuando lo ideal es ir sorteando poquito a poco, pasito a paso, cada una de las dificultades.



Y sobre todo, y lo que más me duele, decidimos hacerlo solos, de manera individual. Cogimos un remo cada uno, en vez de uno para todos. Nos embarcamos en luchas diferentes y de ninguna extrajimos el sentido. Quisimos ser como el viejo en el mar, pero no tuvimos ni su paciencia ni su ambición y un pez mucho menos fiero, con todo el respeto hacia un rival que disputó un buen partido, nos hizo naufragar.



Supongo que la vida, a veces, dura cuarenta minutos. Cuarenta minutos repletos de pequeñas historias que no se pueden entender sin retroceder al pasado y que de nada sirven, si no contribuyen a mejorar el futuro.



La vida, a veces, es una lluviosa noche de domingo.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

La autoridad que da el fracaso





Los domingos por la noche son como los amigos de toda la vida. Parece que no están pero siempre llegan puntuales para escucharte y decirte, no lo que quieres oír y sí, en cambio, lo que la realidad impone. Es decir, que mañana es lunes. En mi caso particular las noches de los domingos coinciden con el epílogo de un par de jornadas teñidas del color anaranjado del balón de baloncesto. Sirva, de paso, la redundancia, para enfatizar esa sobredosis de pantalones cortos y choques de manos sin la cual muchos no podríamos vivir. Pero claro, cuando el efecto de la droga se consume (aunque de fondo tengo un Clippers-Thunder) llega el momento de la reflexión.

En realidad esta entrada viene habitando en mi cerebro junto al resto de funciones primarias y algún que otro proyecto de modesta enjundia durante varias semanas y aunque se publicará en un blog de baloncesto su contenido es general e, incluso, si alguien recoge el guante, generalizable. Se trata de que quienes exponemos públicamente nuestra vanidad dejando por escrito nuestros torpes pensamientos, reflexionemos sobre nuestro papel, la necesidad que nos impulsa a publicar y, sobre todo, acerca del tiempo que algunas personas dedicáis en la lectura de algo que se parece a un diario, pero que a diferencia de éste, no es ni secreto ni instransferible.

Decía Scott Fitzgerald, representante inmortal de la generación perdida, una hornada de escritores norteamericanos de indudable calidad literaria, que él hablaba desde la autoridad que le concedía el fracaso (en contraposición a Hemingway que hablaba desde la que le concedía el éxito). Si esto lo decía el autor de El Gran Gatsby entonces la autoridad de quien os escribe es simplemente ilimitada. Y como la mía, la de muchos.

Entiendo aquello del derecho a la información, aquél que nos permite hacer un juicio crítico sobre diferentes temas. Comprendo, claro, el derecho a tener una opinión y a difundir un pensamiento. Sin embargo, interpreto que pese a la ausencia de reconocimiento explícito existe también un derecho a reservarse la opinión, a callarse cuando nada se tiene que decir. Ante la ausencia de filtros, la calidad media de los artículos publicados impunemente en esa ventana abierta al mundo que es la red es escasa.

Si en determinadas circunstancias hasta un tonto hace un reloj lo mismo se puede decir del universo bloguero. La única defensa del usuario pasa por ser selectivo, pero ante el exceso de oferta queda también el hastío. Normalmente, el gestor de este tipo de diarios electrónicos empieza en esto para probar, pero, más a menudo de lo deseable, un par de elogios de malos amigos les conminan a seguir enfrascados en la humilde tarea de aburrir.

Dado que es éste uno de esos blogs y, además, a veces habla de baloncesto, mi preocupación se asienta sobre la desmesurada oferta de literatura relacionada con este deporte. Decía Alonso Quijano, entre otras muchas cosas, “que se hable de uno, aunque sea para mal”. Ojo, no decía que se hable de uno, aunque sea de mala manera, con pobreza de estilo y sin fundamento. Se refería a que es bueno estar en boca de la gente, llegar a las masas. Pero claro, ya que intentamos vendernos, vendámonos bien.

Sé que roza el cinismo criticar la banalidad con la que a menudo se habla de baloncesto en pleno ejercicio de escribir por escribir, pero creo que es necesario hacer una llamada a todos aquéllos que inundamos el ciberespacio con elementos decorativos de latón. Últimamente escribo poco. No lo he hecho por velar por la calidad y sí por falta de tiempo e inspiración. Aun así, ante el aluvión de artículos, crónicas, entrevistas o panegíricos uno ya no sabe ni dónde ni cómo meter baza.

Que se hable de baloncesto, sí, pero con criterio, buen gusto y buena pluma. Lo dice alguien dotado de una gran autoridad. La que me da el fracaso.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Ni yo, ni me, ni imprescindible





Este fin de semana he sido privilegiado observador y oyente en las charlas organizadas por el Club Baloncesto Tormes, el principal por número de licencias y resultados dentro del ámbito masculino en Salamanca. En ellas entrenadores de reconocido prestigio han compartido experiencias y métodos con otros que, como yo, nos consideramos simples aprendices.



Puede que lo que aquí voy a escribir levante ampollas (aunque claro, para eso haría falta que alguien lo leyera). Es habitual que los profesionales de un determinado gremio realcen el valor de su actividad en la búsqueda de un mayor reconocimiento social y pecuniario. De hecho, en ciertos ámbitos son los propios profesionales los que se encargan de asegurarse el sustento. Los periodistas generan noticias de la nada, se enfangan deliberadamente en debates absurdos para generar polémica y arrastrar audiencia. Los abogados son, a su vez, uno de los colectivos más despreciados en determinadas culturas. ¿No les parece curioso que cerca de cualquier conflicto siempre haya un abogado? Mejor no hablar de los publicistas, cómplices, entre otros muchos, de este sistema que ha terminado por reventar hasta generar un caos que se cobra varios suicidios al día.



No, no voy a menospreciar la importancia que tiene el deporte en la formación de personas. Estaría loco si no defendiera los efectos positivos que una buena enseñanza del baloncesto puede acarrear en el proceso de maduración de los niños y adolescentes. No se trata de eso. Se trata de criticar un empleo del idioma que revela una actitud, un carácter. Una forma de ser, por cierto, que por mi experiencia parece ser generalizable. Ahora bien, que nadie se dé por aludido si no se reconoce en la siguiente descripción.



El entrenador al que me refiero habla siempre en primera persona del singular o eso, al menos, si se trata de recordar éxitos, jugadas ganadoras sobre la bocina o el nombre de jugadores profesionales que pasaron por sus manos. En ese momento su estómago se hincha y su barbilla se eleva a la misma velocidad con que olvida aquellos grandilocuentes discursos en los que ensalzaba el valor del colectivo y del trabajo en equipo. Obvia, por no decir otra cosa, que quienes sudaron yendo de línea a línea, que los que anotaron aquella última canasta decisiva y quienes dedicaron más de diez mil horas a la práctica del baloncesto fueron los jugadores. Padece el síndrome del yo, del mí, del me. Desconoce, al menos a la hora de repartir méritos, la existencia del pronombre NOSOTROS.



Ojo, entiendo que el entrenador ha de ser un líder, un amplio y a la vez minucioso conocedor del juego y un juez justo en la gestión del vestuario. Reconozco, por mi propia ineptitud hasta la fecha, que ser un buen entrenador requiere de práctica, constancia y virtud. No se trata de restar méritos. Se trata de ser humildes, de predicar con el ejemplo y con el discurso. Si no queremos jugadores vanidosos no lo seamos. Si no queremos jugadores egoístas... Pues eso.



Ahora bien, cómo sobrevivir en esa jaula de grillos que supone la pelea por los puestos importantes de entrenador, manejando un discurso de perfil bajo y centrado en el valor del jugador por encima de todo. Pues no lo sé. Supongo que en cualquier entrevista de trabajo tras la defensa de esta visión me responderían con algo así como: “Entonces, ¿para qué le necesitamos?” Pues para ser un guía y no un monarca, un referente que no un ídolo, un vasallo al servicio de la mejora del jugador y no un señor que se sirve de sus súbditos para engrandecer un currículum.



Lluevan las críticas si es menester. Así veo mi misión, así entiendo el baloncesto. Y el día que me escuchen hablar de mí en primera persona del singular espero que sea en pleno proceso de autocrítica y sin darme demasiada importancia. Juegan los jugadores. Es una redundancia, pero es así.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

El hombre de la montaña





A pesar de haber nacido en La Mesa, a escasos kilómetros de la costa, en el sur de California, Bill Walton es un hombre de montaña. No por tener un maxilar extremadamente afinado, una barba habitualmente desaliñada, o una larga y rizada cabellera pelirroja. William Thedore Walton es un hombre de la montaña porque su infancia son recuerdos de laderas salpicadas de secuoyas y de glaciares supervivientes del calentamiento global en el entorno del Yosemite Valley. Ahora, décadas después, Bill sigue acudiendo puntualmente cada verano a las estribaciones de la Sierra Nevada para desintoxicarse de la polución que impregna el día a día y disfrutar caminando en bicicleta junto a su esposa mientras tararea temas de Neil Young, Bob Dylan o de sus idolotrados Grateful Dead.

(...)

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Los europeos





Hace tiempo cayó en mis manos una edición de contrastada solera de la novela de Henry James “Los Europeos”. En ella, dos hermanos franceses acuden a visitar a su familia de Nueva Inglaterra fundiéndose de esta manera el puritanismo propio de este extremo de los Estados Unidos, colonizado no lo olvidemos por calvinistas que huían de las persecuciones religiosas en la madre patria, y el libre albedrío propio de la burguesía europea del XIX, una clase social que levitaba por encima de las epidemias, la violencia y el hambre que acuciaba al pueblo llano.

Pues bien, unas palabras de Popovich esta misma noche me han hecho pensar de nuevo en esta obra de James que habitaba ya en la cara oculta de la estantería. Con delicadeza he quitado el polvo y he releído alguno de sus pasajes. De esta manera he recordado la incestuosa curiosidad que despertaron en Félix sus dos primas o la indiferencia con la que desde un principio actúa su hermana Eugenia, deseosa, nada más llegar, de regresar a la Francia de Napoleón III.

Es el técnico de los Spurs un ejemplar cuanto menos peculiar. Sus canas, sus cuatro títulos y el merecido reconocimiento del que goza dentro del mundillo de la NBA le permiten decir lo que le da la gana sin temor a quedar en ridículo. Su palabra es ley dentro del vestuario de los Spurs, aunque en los últimos años ha ido ganándose la confianza de los pesos pesados demostrando que además de mano dura, también tiene mano izquierda. En más de una ocasión ha cedido su pizarra a alguno de sus jugadores para que fueran ellos quienes diseñaran las jugadas de final de partido, “ellos saben mejor que yo quién está en mejor momento, dónde y cuándo quieren recibir la pelota”. El pasado mes de noviembre, en un momento en el que el calendario parecía más bien un campo sembrado de minas para su equipo por la sucesión de encuentros en muy pocos días y en diferentes pabellones, Popovich decidió darle descanso a cuatro titulares en un partido televisado a nivel nacional. Le costó a su equipo una multa sí, pero rápidamente recibió el apoyo de colegas y analistas. A ver si no puede gestionar uno su plantilla como le dé la gana.

Sus palabras, de las que se ha hecho eco hoy mismo Marca.com (ver aquí) son, al menos, una invitación a la reflexión. Probablemente alabar la preparación de los entrenadores europeos y las aptitudes de los jugadores formados en el viejo continente no suponga desvelar secreto de estado alguno, pero que lo diga Popovich ayuda a remover conciencias. Y es que el entrenador de los Spurs es uno de los principales defensores de la globalización del baloncesto y uno de los portavoces más cualificados para que esta idea, lejos de resultar burda, cale en las mentes de los propietarios de las franquicias y en la de los gerentes de ese gigante del marketing y el merchandising que es la NBA.

Ahora bien, y retomando de paso el hilo de la entrada, las palabras de Popovich contrastan con una realidad que nos dice que Andrei Kirilenko ha sido elegido mejor jugador europeo del año 2012. El ruso, no cabe duda, es un magnífico talento capaz de hacer de todo, y todo bien, sobre una cancha de baloncesto, pero si en los más de diez millones de kilómetros cuadrados que van desde los blancos Urales hasta la verde Irlanda y desde el polo norte hasta el Mediterráneo no hay un jugador mejor que él, es que algo falla. En Estados Unidos, con menor extensión y la mitad de habitantes, podríamos citar más de quince jugadores con mayores aptitudes, se llamen atléticas, tácticas o técnicas, que el ruso. 



No sé si se trata de genética, de cultura deportiva o de métodos de enseñanza, pero la realidad es que la cantera norteamericana es más prolífica y, sobre todo, menos coyuntural que la europea. Kirilenko, de 32 años, sucede en el galardón a Juan Carlos Navarro, también con 32 años, que sucedió a su vez a un Dirk Nowitzki, de 34 que siguió a un Pau Gasol a punto de cumplir 33 primaveras. Siguen surgiendo genios (Shved, Ricky Rubio, Gallinari), sí, pero sin un patrón geográfico o temporal previsible. Una vez que el telón de acero se volvió transparente la escuela balcánica se balcanizó, es decir, se dividió en tantas como países y, además, empezó a sufrir el expolio prematuro de sus futuras promesas por parte de clubes que ofrecían mejores condiciones de futuro a nivel económico, pero no a nivel formativo. En los 90 los aficionados podíamos recitar de memoria las plantillas de Yugoslavia o Croacia. Ahora pronunciamos algún nombre y recordamos otros con dificultad. ¿Qué está pasando? Pues lo mismo que en Rusia por parecidos factores geopolíticos. Italia, por otra parte, aunque un compañero del curso de entrenadores me trataba de convencer de que el trabajo de cantera es bueno, padece la crisis económica, la ausencia de patrocinadores. En España nos aferramos a esos paritorios que aún sobreviven por una mezcla de romanticismo y entrega por parte de sus técnicos. Larga vida a la Penya y al Estudiantes. No sé qué haríamos sin ellos. 



En este mundo de influencias mutuas, en este camino de ida y vuelta que inauguró Colón hace más de quinientos años, el sentido de los flujos ha ido cambiando. Aquellos bostonianos de claro sesgo rural que inmortalizó Henry James admiraban los aires europeos de sus familiares, su capacidad para degustar una obra de arte o la habilidad para disfrutar del tiempo libre. Los europeos, en cambio, no entendían el porqué de una moral tan rígida, el denuedo con el que cumplían sus obligaciones religiosas o la cantidad de horas que empleaban en el cuidado del jardín sus primos de Nueva Inglaterra.

La Historia y la Economía ya emitieron juicios al respecto, y aunque éste sea un blog de baloncesto a nadie se le escapa que es más fácil obtener resultados dentro de un país en el que 50 estados se declaran encantados de formar parte del mismo que en un continente con 45 países que cualquier día pueden ser 46 ó 47. O 48. Y si el mapa político está tan fragmentado lo mismo ocurre a nivel federativo. Cada federación nacional, si no cada federación regional, si no cada club, hace de su capa un sayo, fija sus objetivos y trata de cumplir con su parte del trabajo. Luego, si el destino quiere que salga un gran jugador, todos correrán a apuntarse el tanto y hablarán de métodos maravillosos y toda una serie de cuentos fantásticas que habría podido firmar Allan Poe.

Por lo tanto, esta vez y sin que sirva de precedente, no le puedo dar la razón a Popovich aunque sea cierto que existen entrenadores preparados y jugadores tan buenos técnica y tácticamente como el mejor estadounidense. Simplemente no se puede hablar de baloncesto europeo pues de existir carecería de una única identidad. Se puede hablar de buenos técnicos, de escuelas de baloncesto de alto prestigio o de clubes que trabajan bien la cantera, pero no de un baloncesto europeo.

La senda va por otro lado. Se distancia la línea de tres puntos (una línea de tres puntos que surge en Estados Unidos), se introducen los catorce segundos (el reloj de posesión, adivinen, también fue un invento suyo), se pinta una semicircunferencia bajo el aro y pronto se ampliarán, Dios lo quiera, las dimensiones del campo. Es decir, la corriente es unidireccional. Ellos crean, nosotros copiamos. Y ojo, cada vez copiamos mejor y por eso hay equipos como España que en un partido pueden hacerle frente a su selección, pero aun así, el esfuerzo, por lo que sea, sigue resultando insuficiente.

El proteccionismo fue la seña de identidad de un país que proclamó el libre comercio de puertas para fuera mientras seguía imponiendo aranceles a los productos agrarios del exterior. Así creció su sector agrario y de los réditos del mismo se benefició el sector industrial y el financiero. Gracias a estos beneficios se fundaron las mejores escuelas del mundo y en ellas se formaron los profesionales con más iniciativa del planeta. El modelo de vida americano puede ser criticable e incluso aborrecible. Esconde muchas miserias y desconoce el significado de la palabra escrúpulo, pero en el baloncesto, que es de lo que aquí se trata, sigue siendo el más eficiente. 



Tendrán que pasar muchas décadas para que los entrenadores europeos puedan contarse por decenas en la NBA. Sirvan como consuelo, por el momento, las palabras de Popovich.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Tarde de clásicos





En determinadas materias, ya sean ciencia o arte, es difícil delimitar lo clásico de lo moderno, lo viejo de lo nuevo, el ayer del hoy. Los doctos en cada disciplina suelen recurrir a sucesos que a modo de hito marcaron, y marcarán para siempre, una frontera. Sin embargo, ni siquiera los cambios de paradigma en la pintura, la música, la literatura o el cine pueden evitar que haya autores que apuesten por recuperar viejos cánones estilísticos o narrativos, que haya, en definitiva, una mezcla de estilos tan enriquecedora para el propio arte como fastidiosa para quienes lo pretendemos entender desde una postura mucho más simplista.

Sería cuanto menos osado, si no pedante, pretender dividir en períodos la corta vida de un deporte cuyas reglas se sentaron hace poco más de un siglo y cuyo desarrollo profesional acaba de alcanzar la otrora edad de jubilación. Sin embargo, 65 años de NBA y 55 de baloncesto profesional en España han dado mucho de sí y es posible, sin caer en el exceso, hablar de rivalidades clásicas, de duelos con sabor añejo que elevan la categoría de deporte un peldaño más allá. Y es que los duelos entre Lakers y Celtics por un lado y Barcelona y Real Madrid, por otro, han mantenido su interés a lo largo de las décadas con independencia de que se jugaran con o sin reloj de posesión, con o sin línea de tres puntos, en pabellones de madera o en recintos que desafían las leyes de la gravedad. Estos partidos son clásicos porque, además, oponen maneras diferentes de entender la política, el juego o la propia vida. 



Es difícil establecer símiles entre realidades tan distintas. Admitiendo la pluralidad intrínseca de España sigue resultando arriesgado comparar dicha diversidad con la que podemos atisbar en un país que es casi un continente. Y si Madrid y Barcelona siempre se han presentado a sí mismas como polos opuestos, Boston y Los Ángeles pertenecen a dimensiones diferentes. En ambos casos se percibe cómo, en cada caso, una de las dos ciudades representa el cosmopolitismo, la liberalidad y el progresismo, mientras que la otra parece defender, aunque a veces las apariencias engañan, la moralidad, el patriotismo y una visión más conservadora tanto de lo público como de lo privado.

En cualquier caso, lo que convierte en clásicos a los duelos que disfrutaremos esta tarde y noche en la Península, es que en ellos se verán las caras los equipos más laureados de ambas ligas, los verdaderos dominadores del baloncesto a uno y otro lado del océano. La Historia nos dice que Barcelona y Lakers gobernaron la rivalidad en sus inicios (años 40, aunque en España sólo se disputaba la Copa) y que después fueron Real Madrid y Celtics los que maniataron al conjunto de la competición (años 60 y 70). Pero si hay que rescatar una época, si hay que definir un período como el más brillante de la historia del baloncesto, éste sería la década de los 80. Y es que en los 80 tanto Real Madrid como Barcelona, tanto Celtics como Lakers, nos brindaron partidos históricos, peleas (algunas literales) y batallas para el recuerdo. En aquellos tiempos Solozábal y Corbalán nos mostraron que hay diferentes maneras de jugar en la posición de base, Epi, Jackson, Sibilio o Petrovic que hay mil formas de matar y Martín y Norris que nada es suficiente cuando se trata de defender tu orgullo y el de todo un equipo. Al mismo tiempo, Ramón Trecet, Héctor Quiroga y Esteban Gómez, nos hicieron soñar cada noche retransmitiendo los enfrentamientos deportivos entre un paleto de Indiana, Larry Bird, y un humilde chico de Michigan que dormía siempre con un balón, Magic Johnson. Bueno, sin olvidarnos de las mil maneras que trató de inventar Robert Parish para frenar a Kareem, de las finalizaciones de contraataque de James Worthy o el juego de pies en el poste de Kevin McHale. 




El epílogo en ocasiones trágico (muerte de Petrovic y Martín, contagio del virus VIH de Magic) de estos mitos dio la bienvenida a un nuevo período de prosperidad tanto en Los Ángeles como en Barcelona. En estos últimos veinte años ambos conjuntos han estrechado el cerco que les separaba a nivel de títulos respecto a sus particulares némesis (aunque hay que resaltar la diferencia aún notable entre las 30 ligas del Real y las 17 del Barcelona, así como entre las 8 Copas de Europa de los blancos y las 2 de los azulgrana).

Esta noche, aunque la nostalgia pretende atraparnos, el presente, y su aire pragmático, será el que marque el desenlace de ambos encuentros. En Vitoria todo parece indicar que será una cuestión de ritmo. A muchas posesiones el Barcelona sólo puede ganarle al Madrid una vez de cada diez y esa vez ya ocurrió. Centrarán la atención, cómo no, el choque entre Lorbek y Mirotic, el daño que pueda hacerle Tomic a un juego interior blanco corto de centímetros o los recursos que utilizarán ambos entrenadores para limitar el daño que determinados jugadores puedan causarles. Estoy pensando en Mickeal y Navarro por parte del Barcelona y en Llull o Sergio Rodríguez atacando a Huertas o Rudy y Carroll castigando al propio capitán culé.

En el Garden de Boston colisionan dos equipos en busca de una identidad que se muestra cuanto menos difusa. Los Celtics encadenan cinco victorias consecutivas desde que se confirmara la lesión de ligamento cruzado de Rondo. Y yo, aun siendo un defensor del talento de este base, creo que hay una cierta relación causal. Ahora hay cinco jugadores que defienden, no cuatro que se multiplican por el capricho de ir a robar balones del quinto. Ahora hay cinco jugadores que intervienen en ataque cuando antes eran dos, Rondo y al que le diera el pase para tirar después de quince segundos botando. Dicen los jugadores que no juegan mejor por la lesión de su base, sino porque están jugando para dedicarle las victorias. Sin embargo, recuerdo un equipo, el del 2008, con Rondo como actor secundario, que cosechó 66 victorias en temporada regular y un anillo. Y aunque no sea 2008 y las piernas pesen mucho más, prefiero esta versión.

Como deberían preferir en los Lakers un quinteto con Gasol como único referente interior. Con él la bola fluye, circula, entra dentro, sale fuera. Con él pierden intimidación atrás, pero son un equipo más feliz. Y es que ver a tu hombre alto lanzar por debajo del cincuenta por ciento desde la línea de tiros libres debe de ser cuanto menos frustrante. D´Antoni se encontró con dos de los mejores pívots del campeonato y aun así puso sus principios por delante para no cambiar la hoja de ruta. Cuatro abiertos. Con tanto talento, me atrevo a apostar por que Groucho Marx ya tendría al equipo angelino en playoffs. La fortuna para el italiano, que no para los seguidores de la franquicia, es que Gasol estará seis semanas de baja siendo éste un buen pretexto para empaquetarlo en un traspaso.

Aun con la baja de Pau no me atrevo a hacer vaticinios. Lo haría si fueran dos choques corrientes, dos partidos más en el medio de una temporada. Pero no. Son clásicos y en los clásicos, perdónenme la perogrullada, gana el equipo que mete más puntos. 



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El bueno, el guapo y el malo





Él puede parecer un idiota y actuar como un idiota. Pero no se deje engañar, él es realmente un idiota”. Estoy convencido de que, de haberla conocido, muchos jugadores de los años 60 y 70 hubieran utilizado esta frase de Groucho Marx para referirse a uno de los grandes jugadores de su generación, un Rick Barry que entendió su venida a este mundo como una ocasión única para buscar la perfección y castigar la mediocridad.

El aterrizaje se produjo en Elisabeth, New Jersey, en el seno de una familia de clase media-alta y en un ambiente dominado por el amor a los deportes, especialmente el baloncesto y el béisbol. De hecho, al joven Rick siempre le entusiasmó la idea de poder imitar a su gran ídolo Willie Mays, en cuyo honor decidió portar el número 24 a sus espaldas. Con sólo 13 años Barry estaba considerado como el mejor pitcher del condado y, además, como uno de los mejores bateadores. Por este motivo, durante uno de los encuentros que disputó con su instituto, Rick se enfrentó a su entrenador por no emplearle como bateador: “¿Por qué tienes jugando a chicos que golpean la bola una vez de cada seis, si yo puedo hacerlo una vez de cada dos?”. Claro, el castigo no se hizo esperar y en el siguiente partido sólo lanzó dos veces, motivo suficiente para dejar el equipo y hacerle un enorme favor al baloncesto. Y es que mucho se puede argumentar acerca de su arrogancia y prepotencia, pero poco en contra de su calidad y capacidad de sacrificio. Probablemente el béisbol perdiera a un prodigioso pitcher y a un más que notable bateador. Lo que es seguro es que el baloncesto ganó a un alero capaz de anotar, rebotear y pasar, un all around player al que el mítico entrenador Lou Carnesecca comparó con Mozart o Picasso y al que muchos definieron como Larry Bird antes de que existiera Larry Bird. 

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¿Tú también?





Hoy el caso Bárcenas vuelve a estar en la calle. Resulta que unos cuantos cabecillas del PP, incluido su ilustrísimo presidente que es de paso el del gobierno de todos los españoles, accedieron a cobrar dinero sin conocimiento de Hacienda. Ahora se lamentan. No por haberlo intentado, sino por haber sido cazados. Hicieron lo que muchos hacemos también en nuestra vida cotidiana, pero con la particularidad de presentarse ante la opinión pública como defensores de sus derechos y portavoces de sus anhelos. Es decir, como políticos de casta, que invierten su juventud en pegar carteles y chupar pollas, no siempre literalmente, para trepar en esa especie de escalera que conduce a la fortuna material y a la ruindad espiritual.

La sociedad, claro, se ha rebelado. Lo ha hecho a través de twitter convencida de que con 140 caracteres se puede cambiar el mundo, derrocar a un gobierno y, además, parecer inteligente. Identifican el problema con los políticos actuales cuando en realidad éste sienta sus bases en la educación. Pero no en la de las escuelas públicas, privadas, católicas u ortodoxas, sino en la que se recibe (recibía) en casa. Cuando las madres, cuando digo madres me refiero a aquellas magníficas mujeres con capacidad para instruir en los principios más elementales del respeto a todo hijo de vecino con independencia de su manera de vestir, condición económica o ideología, desaparecieron del hogar, entraron de pronto los televisores y a través de ellos mil maneras de vivir la vida sin trabajar, sin respetar y sin pensar.

Pues bien, a mí me lo enseñó prácticamente todo mi madre y aunque seguramente ella también me hubiera insistido para convencer al fontanero de pagarle en efectivo y sin factura, sólo puedo estarle agradecido. Por lo menos tengo claro que no debo hacer lo que no me gustaría que me hiciesen a mí. Y en estos tiempos que corren, pues qué queréis que os diga, no me parece poco.

Si hubo otra influencia importante, ésta la ejerció el deporte. A través del deporte conocí a mis amigos y reconocí a mis potenciales enemigos porque de la honesta pelea por saltar más alto, ser más fuerte o más rápido, emanan los valores que configuran nuestra personalidad. En la lucha deportiva no hay máscaras ni poses, sólo seres humanos llevados al límite de sus posibilidades, desnudos ante la opción de caer derrotados. O así debería ser.

Con las declaraciones de Lance Armstrong en las últimas semanas se ha hecho público lo que muchos no queríamos creer. El deporte, actividad física tan vieja como el propio hombre, ha dejado de ser tal para convertirse en un asunto pluridisciplinar en el que los laboratorios juegan un papel similar al que representan los ingenieros en el éxito de un piloto de Fórmula 1.

Afirma el norteamericano que ninguna generación del ciclismo está libre de mácula. Por extensión, me atrevería a decir que no es el ciclismo el único foco infectado. En el tenis han sido muchos los sancionados, aunque en este caso el cumplimiento de las sanciones ha conducido en la mayor parte de los casos a una redención total. En el atletismo grandes estrellas se convirtieron después en grandes fraudes para el aficionado. Estoy pensando en Marion Jones o Tim Montgomery, por no citar al celebérrimo Ben Johnson. No se libran tampoco los grandes deportes de equipo. Todos sabemos que el COI mira para otro lado para que los jugadores NBA compitan en los Juegos Olímpicos y que en el fútbol fueron práctica habitual las transfusiones de sangre.

¿Entonces quién gana? ¿El que más talento heredó? ¿El que más esfuerzo puso para depurar dicho talento? ¿El que siendo rico de cuna contrató al mejor (peor) doctor? ¿El espectador, porque de esta manera ve espectáculos más grandilocuentes y alejados de sus más modestas posibilidades?

Perdemos todos. Porque el deporte es ante todo un espejo que retrata las aspiraciones del ser humano por superar los límites establecidos. Y no, la medicina no debería inmiscuirse en esta lucha que en algunos casos puede conducir a la muerte, pero que siempre, y digo siempre, ha de ser honrada y transparente. La victoria no es llegar el primero, es caminar sin atajos por esta senda que ya está de por sí lo suficientemente minada.

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