Quizá fue porque el baloncesto norteamericano aterrizó en España con el All Star de 1988 mientras que los mejores años de la carrera de esta leyenda transcurrieron en el recóndito Medio Oeste en una franquicia recién nacida ligada a una ciudad a la que se conoce como la capital de la cerveza durante una década, la de los setenta, en la que la NBA hubo de competir con una mucho más espectacular liga ABA en la que impresionantes atletas (Julius Erving o David Thompson entre otros) machacaban el balón tricolor enardeciendo a toda la grada. Estoy seguro de que fue por esta anacronía que las paredes de las habitaciones de los adolescentes que crecieron viendo Verano Azul todas las tardes no estaban repletas de retratos de este mito.
Supongo que no os harán falta muchas más pistas para identificarle. Nacido en Nueva York y bautizado al catolicismo, se convirtió al islamismo cuando era entrenado por un integrista de los banquillos, John Wooden, en la Universidad de California Los Ángeles. Allí consiguió tres títulos universitarios de tres intentos, fue elegido dos veces el mejor jugador del campeonato y se ganó, por aquella estancia, el reconocimiento como jugador más destacado de la historia de la NCAA.
Ya lo tenéis, ¿verdad? Rookie del año y MVP del campeonato en su segunda temporada en la que formó una dupla imparable con el señor del Triple Doble, un tal Oscar Robertson. 2, 18 metros de altura y una gran envergadura le convirtieron en un enorme intimidador. Un talento innato para dominar su cuerpo le ha permitido ser el máximo anotador de los sesenta y cuatro años de historia que tiene la mejor liga del mundo.
Si existen premisas universales para considerar a un jugador como una leyenda creo que Ferdinand Lew Alcindor, Kareem Abdul Jabbar, reúne todas ellas. Sus récords individuales, como el de máximo anotador o taponador de la historia (como bien apunta Mo Sweat superado ya por Hakeem Olajuwon), hablan por sí solos de su labor sobre el parqué. Sus seis anillos (uno con Milwaukee y cinco con los Lakers) son síntomas inequívocos de que Kareem no sólo era muy bueno, sino que además sabía lo que debía aportar en cada momento para que sus equipos ganasen. Su longeva carrera, diecinueve años, indica que fue un profesional. Su "sky hook" es simplemente música imperecedera, una herencia a la que podemos acceder todos a través de los vídeos.
Eso en cuanto al Kareem Abdul Jabbar jugador de baloncesto, pero su mito se alimenta no sólo de ganchos y mates, tapones o rebotes. Es más, para muchos, su labor contra el segregacionismo le eleva a una categoría superior. Descendiente de esclavos africanos destinados a la isla de Trinidad, su labor por la comunidad afroamericana no ha sido lo suficientemente valorada.
Copiloto del avión de "Aterriza como Puedas" y mentor de algunos fiascos como Jerome James o Michael Olowakandi, Kareem también puede presumir de haber superado un cáncer que afectaba a sus huesos y a su sistema linfático. Su labor como novelista ha obtenido un gran reconocimiento y sus actividades benéficas le definen como persona.
Hace pocos meses, desconozco si llegará a España, presentó un documental producido por él mismo sobre el primer equipo profesional integrado en su totalidad por jugadores negros, los Harlem Rens que en una época, la de la Gran Depresión, de auge racista lucharon por hacerse un hueco en un deporte como el baloncesto al son de un nuevo estilo de música al que, pronto, también los blancos se rendirían, el jazz.
Más que un jugador, un humanista, un hombre total al servicio de sus orígenes y muy religioso. Una leyenda que nos dejó mucho más que un gancho indefendible y numerosas marcas batidas. Un servidor del ser humano que entendió que era en torno a una canasta donde mejor podía desempeñar su misión.
UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS





