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Hablemos del Pájaro Verde



Lo sé, lo sé. Era negro el halcón del que quería hablar con urgencia Sam Spade, aquel duro detective que encarnaba el no menos duro Humphrey Bogart en el Halcón Maltés. Pero tratándose de baloncesto sólo ha habido un pájaro que merezca tal apelativo. Y durante toda su carrera como jugador profesional siempre vistió de verde.

Hablar de "El Pájaro" en la NBA es hacerlo de un personaje tan tímido como soberbio, tan trabajador como orgulloso, tan castigado como obsequiado por la fortuna, de Larry, de Bird, de un genio.

Diga "33" y habrá dado con su número, el que luce colgado del Garden de Boston junto al "32" de McHale y que pronto, por desgracia, se verá acompañado del "34" de Paul Pierce. Diga Indiana y habrá dado con el lugar donde labró su temperamento. Diga lesiones y sabrá por qué su carrera no fue más larga y próspera. Diga victoria y habrá dado con su destino.

No sabemos si ya era inteligente o si sus terrenales piernas agudizaron su ingenio para leer las defensas rivales y comprender un juego que en ocasiones parecía haber inventado él mismo. Como los grandes poetas, la leyenda del pájaro se alimenta al cincuenta por ciento de trabajo e inspiración, de método e improvisación.

De su carrera universitaria baste decir que ha sido elegido mejor tirador de la historia de la NCAA, honor que corroboraría posteriormente con sus tres concursos de triples del All Star de la NBA. Muy recordado fue el de 1987 en el que mientras se ponía las zapatillas le preguntaba al resto de competidores: "¿Quién de vosotros quedará segundo?".

Sirva otra anécdota para matizar el engreimiento del que durante tanto tiempo ha sido acusado. Una tarde, cuando la expedición de los Pistons se encontraba ya en el Garden para hacer una ligera sesión de tiro, el fallecido Chuck Daly reunió en un círculo a todos sus jugadores (los bad boys) y les dijo: "Dejad de hablar. ¿Escucháis el sonido de unas zapatillas? Es Larry que está subiendo y bajando las escaleras de todo el pabellón".

Pero Larry "The Legend" no sólo nos dejó unas cuantas anécdotas sobre su arrogancia y su capacidad de trabajo, sino que también nos legó algunas de las jugadas más recordadas de la historia de nuestro deporte. Remontémonos al primer partido de las finales de 1981 ante Houston Rockets en el que Larry tras fallar un tiro coge su propio rebote, casi sin ángulo y en el aire es capaz de cambiarse de mano el balón para dejar una bandeja imposible con su izquierda. Y quién no conoce el duelo anotador que mantuvo con Dominique Wilkins en el séptimo partido de las semifinales de conferencia de 1988. Sin embargo, fue un robo de balón la jugada que mejor define su inteligencia y su denodado afán por ganar. Con cinco segundos y uno abajo ante los Pistons Larry aparece de la nada para interceptar un mal pase de Isiah Thomas para entregar una canasta casi hecha al también fallecido Dennis Johnson en lo que suponía un triunfo decisivo para alcanzar su quinta final en siete años.

Si Bird fue grande fue porque Magic estuvo ahí, acechándole desde la distancia. Decía el "32" de los Lakers que cada mañana leía los periódicos para ver qué habían hecho los Celtics de su íntimo enemigo deportivo Larry. En la retirada de camiseta del de Indiana, en la casa del eterno rival, Johnson nos dejó un discurso muy emotivo. "Larry, sólo me mentiste una vez, cuando me dijiste que habrá otro Larry Bird. Y hoy, Larry, estoy seguro de que jamás habrá otro Larry Bird".


Voraz reboteador, infravalorado pasador, gran manejador de ambas manos, ambicioso y genuino. Uno de los cinco mejores jugadores de todos los tiempos, una leyenda. Dejémonos de lockouts, de posibles fichajes, de primas de riesgo y hablemos de lo importante, hablemos del pájaro verde. 



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS